Por fin, después de algún tiempecito, ya es una realidad. No ha sido del todo fácil, pero por fin lo hemos conseguido. Con 'hemos', me refiero especialmente a Kristoph, aunque yo le he ayudado en todo lo que he podido. Me refiero al bufete: después de pasarlas un poco canutas, ya tenemos un lugar para montarlo.
Tanto Kristoph como yo nos hemos puesto muy contentos, aunque a la hora de la verdad no todo es tan sencillo. Hay muchos trámites por hacer, además de un montón de gastos que cubrir en amueblarlo y demás. Invertimos en ello casi todo lo que ganamos, que por el momento no es mucho, pero ambos estamos muy volcados en el tema.
Y para colmo, yo aún lo tengo peor: ni siquiera soy mayor de edad, por lo que ni puedo ejercer ni puedo trabajar en mi profesión. Mucho prodigio y eso, pero a la hora de la verdad no es tan práctico. Sí que he conseguido un empleo de tiempo parcial como camarera en un restaurante ruso de la zona, aunque el sueldo no es gran cosa. El resto del tiempo lo dedico haciendo trabajillos jurídicos de poca monta y, bueno… Algún asuntillo personal.
Resulta que he decidido investigar un poco por mi cuenta el porqué de lo apresurada que fue mi graduación. Algo me dice que mi padre estuvo metido en el ajo, y si descubro que hizo algo ilícito para que me graduase antes, no se lo perdonaré. Simplemente, no es justo. De momento, no he avanzado mucho, pero bueno, voy haciendo.
Además de eso, tengo un pasatiempo: servirle cafés a Kristoph a medianoche, cuando todavía sigue trabajando en algo (de más categoría que lo mío, porque él es mayor de edad) y se niega a hacer una pausa. Supongo que al ser camarera a medio tiempo se me dará bien, a parte de que practico bastante: Kristoph no para de trabajar.
Intento decirle que se lo tome con un poco más de calma, porque me preocupa que trabaje tantísimo: su salud se puede ver resentida. Siempre que se lo comento, me responde lo mismo, que solo trabajando duro podrá ganar todo lo que necesita para el bufete, y no piensa parar hasta conseguirlo.
—Hasta que tú y yo no estemos trabajando juntos en ese bufete, Alitheia, no pienso parar de trabajar honradamente hasta la medianoche.—me confiesa, con una sonrisa cansada.
Y yo le dejo el café sobre la mesa y le doy un suave beso, como para darle ánimos. Le insisto para que me diga si le puedo ayudar en algo, pero siempre me dice que me vaya a descansar. Quizás sea porque Kristoph insiste en arroparme que me quedo siempre dormida antes que él.
(...)
Así pasó el tiempo un poco más, siguiendo este patrón de rutina. Sin embargo, hace poco recibí un mensaje de Kristoph, pidiéndome que me acercase a la esquina de la calle donde se encontraba el bufete.
Me extrañó un poco la petición, pero accedí y me encaminé hasta allí tras salir de mi trabajo de camarera a media jornada. Antes de que pudiese llegar allí, no obstante, noté cómo me cubrían los ojos, a lo que me asusté al principio, claro. Me pilló por sorpresa.
—No temas, Alitheia, querida, soy yo, Kristoph.—por el tono en como me lo dijo, incluso yo soy capaz de deducir que estaba contentillo.—Ven, te voy a guiar a un sitio, ¿De acuerdo?
—V-Vale… Uf, ¡Qué susto me has dado! ¿A dónde vamos?
—Lo siento por tu querida verdad, pero no te lo puedo decir. Vamos, ten paciencia. Enseguida lo verás, ¿Entendido?
Me dejé guiar por toda la calle, sin ver absolutamente nada, hasta que Kristoph me detuvo justo enfrente de algún lugar.
—¿Lista? Espero que te guste la sorpresa. ¡Tachán!
Separó las manos de mis ojos y pude verlo: estábamos en la entrada del bufete, y donde antes había un local vacío, ahora estaba alumbrado, con mobiliario novísimo que se podía ver desde fuera, y lo más impactante según yo: en el rótulo de la puerta, se leía "Bufete Gavin and Co."
La emoción que me embriagó no tuvo par.
—¿Y bien? ¿Qué te parece, Alitheia?—inquirió Kristoph, suplicante.
Sin duda, todo nuestro trabajo se había visto recompensado. El resultado era impresionante: por fin nuestro sueño se había cumplido.
—Me… ¡Me encanta, Kristoph! ¡Es...Es increíble!
Y aquello solo fue el principio: juntos, entramos al interior. Era un local ciertamente espacioso, y con los muebles impecablemente nuevos, iluminación, paredes pulcramente pintadas y decoraciones majestuosas tenía un aspecto muchísimo más notable. Allí íbamos a trabajar Kristoph y yo.
—Por aquí, Alitheia.—me dijo, cruzándose de brazos, con una sonrisa angelical.—Te enseñaré tu despacho.
Entré por una puerta, admirada, a una habitación preciosa y muy elegante. Lo más notorio y destacable era la mesa, sobre la que había un enorme ramo de rosas rojas, como las que Kristoph me dio cuando se me declaró. Seguro que había sido cosa suya. ...Y creí adivinar por qué.
—Es maravilloso, Kristoph.—aseguré, en trance, sentándome en la silla.—Me encanta. Es perfecto. ¡Todo es perfecto!
—Han hecho falta muchos sacrificios, pero por fin lo hemos logrado, querida. Nuestro bufete ya es una realidad, ¿No crees?
—Por supuesto.—le sonreí.—¿Y estas rosas, querido? ¿Cómo habrán llegado hasta aquí, quién las habrá traído?—bromeé, sarcástica. Lo sabía.
—Quizás sean un obsequio del repartidor.—sonrió, con ironía.
—No seas mentirosillo, Kristoph. Has sido tú, ¿Verdad?
—Pues claro que he sido yo, doña inocentona.—con la mano en la cara, sacudió la cabeza.—Espero que te gusten. ¿Las has contado?
—¿Contado?
No se me había ocurrido hacerlo, como dejé bastante claro, pero nada me impidió hacerlo a continuación. Conté dieciocho. ...Oh, así que era por eso…
—¿...Dieciocho, Kristoph?
—Efectivamente. ...Como los años que cumples hoy.
Le miré con una ceja alzada: obvio que se había acordado. Siempre lo hace. Me felicitó el cumpleaños y se lo agradecí, y lo sellamos con un sincero beso. ¿Cómo lo hace para mandarme siempre a las nubes del cielo…?
—Quiero que esta noche sea muy especial, Alitheia. Voy a llevarte a cenar para que celebremos tu cumpleaños y tu mayoría de edad juntos, ¿Te parece bien?—me comentó, atento.—A causa de todo el trabajo que teníamos, no pudimos celebrar tus diecisiete apropiadamente. Vamos a arreglarlo, ¿Eh?
—Eres muy amable, Kristoph. Me parece una idea espléndida.—¡Cualquiera le miente y le dice que no!—Nada me haría más ilusión.
—Estupendo, pues.—asintió, sonriendo.—Ahora que tienes dieciocho años, Alitheia, ya eres mayor de edad, por lo que ambos podemos empezar a trabajar en el bufete lícitamente, juntos, por supuesto. Me gustaría mucho que la velada de esta noche marcase el inicio de nuestra idílica vida en común.
—Dirás "que marcase la continuación". Mi vida es perfecta desde que te conocí, Kristoph. Y sé que lo seguirá siendo si estoy a tu lado.
Se ruborizó hasta las orejas, aunque de mientras fue pensando en lo que le dije. Por eso mismo, tomó asiento a mi lado y me pidió que le tendiese mi mano derecha, mientras buscaba algo en su bolsillo.
(De acuerdo, parecerá muy estúpido, pero por un momento pensé que iba a ponerme un anillo para pedirme matrimonio. ¡El momento era tan ideal que me hice una ilusión tremenda! ...Sin embargo, no fue así.)
—¿...Laca de uñas, Kristoph?
Efectivamente, mi novio tenía una botellita brillante de cristal en forma de mano en su mano. Por la marca, Ariadoney, supe que era laca de uñas. La mejor del mundo, además. Tuvo que costarle un dineral.
—¿Sabes una cosa, Alitheia? Sin uñas bonitas, no se puede vivir una vida bonita.—me sonrió, mientras abría la botellita.—Por eso, me gustaría pintarte las uñas. Para que tengas una vida bonita.
Me quedé un tanto boquiabierta. No había escuchado antes esa frase, pero si Kristoph lo decía, sería cierto. Me dejé hacer la manicura, y cabe decir que el resultado fue magnífico: mis uñas nunca habían lucido tan elegantes y hermosas. Quizás en un arrebato de franqueza —a veces soy demasiado franca— le pregunté cuánto le había costado esa laca de uñas, porque sabía que cara, pero no me hacía ni una aproximación. Apreciaba el detalle, pero me supo mal que, no sobrándonos el dinero en ese momento, se hubiese gastado un pastizal por mí. Pero nada, fue inútil, Kristoph no soltó prenda. Un caballero no habla de dinero con una dama, me dijo. Qué clásico de él.
—Ya está: uñas bonitas para una chica bonita, que espero que viva la vida más bonita que se pueda imaginar.—me dijo al terminar.
—Si tanto lo esperas, no te alejes de mí. Me hará falta para vivir una vida bonita.—contenta, le quité la botella de las manos y tomé su mano derecha.—Ahora, quieto, bonito. Tú también tendrás una vida bonita.
Le chocó un poco al principio, me dio la impresión, cuando empecé a hacerle las uñas. Con las manos tan lindas que tiene, me hizo especial gracia, por no hablar de que me encanta cogerle de las manos. Cuando terminé, sus manos se veían todavía más maravillosas que antes.
—Vida bonita para ti también, Kristoph de mis amores.—le dediqué la mejor de mis sonrisas. Me ruboricé por haberle llamado de esa forma.
En ese instante, me tomó por la cintura, haciéndose el sordo cuando le dije que se le estropearía la manicura, y me dio un dulcísimo beso. (¡Dios mío…! Ignorad, ya sabéis.) Luego, muy a mi pesar, se disculpó conmigo y me dijo que tenía que ir a hacer unas gestiones, pero que pasaría a recogerme para cenar sin falta.
Una vez hechas todas las inversiones, no me quedaba demasiado dinero, pero una buena parte de lo que me restaba me lo gasté en estar resplandeciente para la cena. Después de mucho tiempo privada de ellos, me apetecía darme un capricho, además de querer estar preciosa para que la velada de esa noche fuese inolvidable. Y vaya si lo fue.
(...)
Solo quiero decir que no puedo ser más feliz en estos momentos. ¡Estoy en una nube y no hay manera de bajar de ella! Ya no solo por el bufete y por tener el novio más maravilloso del mundo… En fin, no voy a irme de la lengua por el momento. Será una sorpresa.
Como todo un educado galán que es, Kristoph fue precisamente puntual cuando pasó a buscarme para la cena. Que diga lo que quiera sobre mí o todo lo guapa que podía estar, no podía compararme a él: estaba estupendo. Todo lo que tiene de caballero por dentro lo demostraba también por fuera: el elegantísimo y sobrio traje, su sublime pelo peinado con esmero, las gafas impolutas… Absolutamente todo en él era inmejorable. Como él mismo.
Realmente fue muy gentil conmigo, como siempre lo ha sido: me cubrió de tantos elogios que podría haberme ahorrado el colorete (total, mis mejillas ya estaban sonrosadas naturalmente.), tras lo cual nos dirigimos al restaurante, trayecto en el que no me soltó la mano en ningún momento. Ambos paseando por las calles nocturnas cogidos de la mano. Cliché, pero me daba lo mismo.
Me sorprendió un poco el restaurante que Kristoph había elegido: era el restaurante ruso donde estuve trabajando de camarera para ganar dinero para el bufete, el Borscht Bowl. Aunque no se podía decir que me desagradase el sitio, más me agradó la explicación que me dio.
—Tienes raíces rusas, ¿No es cierto? Por eso, pensé que te gustaría. Espero haber acertado.—Lo sabe todo sobre mí, y es muy detallista. Acertó.
Así se lo hice saber mientras nos sentábamos. Por supuesto, Kristoph me apartó la silla para que me sentase, como no podía ser de otra forma en él. Le di educadamente las gracias y él se sentó frente a mí. No había mucha gente en el restaurante, por lo que el ambiente era frío y silencioso. Sin embargo, yo me sentía más abrigada que nunca.
Al cabo de poco rato, una camarera nos atendió y pedimos la cena: conozco todos los platos que había en la carta, porque como Kristoph bien señaló, soy medio rusa, así que le pude ir explicando a Kristoph qué era cada cosa cuando me preguntaba. A partir de los consejos, ambos pedimos lo que más nos apetecía y cenamos muy a gusto.
Simultáneamente, hablamos de cosas triviales que nada tenían de triviales: recordamos los viejos tiempos, cuando nos conocimos en la Academia Themis, las graduaciones de ambos, el momento en el que Kristoph me declaró su amor, todo lo que habíamos trabajado para conseguir el bufete de nuestros sueños para ser compañeros de trabajo además de de profesión, cómo por fin lo logramos y cómo eso había desembocado en el momento que estábamos viviendo en ese momento: la cena rusa, que estaba siendo una velada maravillosa por el momento. Y prometía serlo aún más.
Tomamos el postre, que estaba exquisito, como el resto de platos, y tomamos un café ligero mientras continuamos con nuestra charla. Se hacía más y más tarde, aunque poco nos importase, y cada vez el local estaba más desierto. De improviso, cuando faltaba poco para las doce, Kristoph se levantó y se excusó diciendo que tenía que ir al baño.
Increíble: me había mentido. Pero se lo perdoné, porque había sido una mentirijilla piadosa para tener una excusa para darme otra sorpresa. Mientras le esperaba, escuché su voz tras de mí cantándome el "Cumpleaños Feliz". Cuando me giré, vi que venía hacia mí con una suculenta tarta en las manos, sobre la cual había un par de velas en forma de 1 y de 8 y una inscripción en azúcar glas en la que se leía: Feliz Cumpleaños, Alitheia.
Era increíble que él estuviese actuando así en público. Normalmente es muy reservado, y cuesta imaginárselo haciendo algo de semejante calibre. Se lo comenté porque me sorprendió, no porque no lo apreciase.
—La velada lo merece, mi querida Alitheia. Si es por ti, no siento ningún reparo de cantarte por un cumpleaños feliz.
¿Cómo lo hace? Diga lo que diga, me hace tener el corazón en un puño. Es un trozo de pan, no tiene ninguna maldad, y me ama tanto como yo lo amo a él. Me costó contenerme para no darle un beso en ese momento, pues mis labios tenían que estar ocupados en otra cosa: en soplar las velas.
—Pide un deseo, querida.—me dijo Kristoph, sosteniendo la tarta.
Cerré los ojos e hice lo que me pidió. Se supone que no debo decirlo porque si no, no se cumple, pero lo diré: deseé pasar el resto de mi vida al lado de Kristoph, viviendo ambos una vida maravillosa. Y luego soplé las velas.
Dejó la tarta sobre la mesa y me aplaudió con suavidad. Luego de abrazarnos por un buen rato, volvimos a sentarnos y nos repartimos esa tarta que tenía tan buena pinta. Resultó que, al igual que yo, apreciaba la verdad, porque estaba tan deliciosa como aparentaba.
Después del dulce, Kristoph me comunicó que pretendía hacer un brindis, razón por la cual pidió una botella del champán más caro que había.
—Kristoph, vayamos a medias con el champán.—le comenté yo, por lo bajini. Me sabía fatal todo lo que se estaba gastando en mí, cuando aún nuestro negocio no había comenzado.—Ya me has invitado a cenar, y…
—No es correcto, Alitheia, debo pagar yo.—me refutó, sonriendo.—Es tu cumpleaños, y eres mi prometida, no podría permitir que fuéramos a medias.
—Pero, ¿Tú has visto lo que cuesta esa botella? ¡M-Me sabe fatal!
—Alitheia, por favor.—me susurró, apartando la mirada.—Que no te sepa fatal si te lo mereces, ¿De acuerdo? Te recuerdo, querida, que tú también has trabajado muy duro todo este tiempo. Lo que es mío, es tuyo.
—...Realmente eres un tonto, Kristoph.—bromeé, ruborizándome.—No voy a convencerte, ¿Verdad? Estás loquito.—me reí, para que viese que bromeaba.
—Cierto es que eres muy sincera, ¿No?—me dijo, con media sonrisa.—Pues sí, como siempre la verdad por bandera: estoy loquito, pero loquito por ti.
Me encantó semejante respuesta, porque a pesar de que Kristoph es tímido, es capaz de decirme esta clase de cosas sin reparo porque es lo que siente de verdad. A veces, logra matarme.
Fui corriendo a darle un gran abrazo y terminamos por besarnos. Había perdido la cuenta ya de los besos que nos habíamos dado, lo cual me puso aún más contenta. Pronto tuvimos que parar porque llegó el champán, así que recuperamos un poco la compostura. Incluso Kristoph estaba dejando un poco de lado su reputación, la que tanto le preocupa.
—Mientras te tenga a ti, mi reputación siempre estará en segundo plano. Nada me importa más que tú, Alitheia.—me susurró, cogiéndome de la mano.
—Oh, Kristoph, basta, no creo que ruborizarme tanto sea bueno para mi salud, ¿Sabes?—...Aunque él me hacía la competencia en ese campo.
—Ten, querida.—me dio mi finísima copa de champán, llena hasta la medida justa.—Brindemos. Por nosotros.
—Por nosotros.—repetí, y chocamos nuestras copas con suavidad.
Ambos dimos un sorbo de ella: el licor sabía dulcísimo, aunque luego se volvía cada vez más estridente y amargo. No sabría decir si me gustó el sabor, no soy gran fanática del champán… Pero me lo tomé en compañía de mi amado, lo cual me fue más que suficiente.
Permanecimos en nuestra mesa por un rato más, amortiguando bien la carísima botella de champán y charlando un poco más, mientras la noche se hacía más y más oscura y las manecillas del reloj giraban. El tiempo no me pasaba y me pasaba muy rápido al mismo tiempo. Me sabía a poco.
—Alitheia, ¿No echas en falta tu regalo de cumpleaños?
—¿D-Disculpa?—me quedé flipando.—Pero bueno, Kristoph, ¿No te ha parecido suficiente con todo lo que has hecho por mí? ¿H-Hasta qué extremo pretendes que me sienta mal hoy?
—Mejor dicho, ¿Cuántas veces quieres que te repita que te lo mereces todo?
Con una sonrisa de oreja a oreja, me tendió un elegantísimo estuche por la mesa (y confieso que, de nuevo, en mi cabeza, apareció el pensamiento del anillo de matrimonio. ¡Dios Santo, vivo en el mundo de yupi!). De nada sirvió preguntarle a Kristoph qué era, tuve que abrirlo para saberlo.
Dentro del estuche, encontré un bellísimo y resplandeciente collar formado por una cadena de eslabones que acababan en una piedra grisácea como colgante. Me quedé fascinada por ese regalo.
—¿Te gusta? Su brillo y su color me recordó mucho a tus ojos.—me sonrió angelicalmente, como sólo él sabe, con los brazos cruzados.—Y la lindura, claro.
—E-Es… Kristoph, es maravilloso, ¡Muchas gracias! Me encanta.
Leyó en mi mirada que estaba deseando ver cómo quedaba en mi cuello, por lo que se levantó, tomó con delicadeza el collar del estuche y me lo anudó.
—Realmente te queda perfecto.—me aduló, amablemente.—Supongo que es porque eres la mismísima verdad personificada, Alitheia.
—¿A qué te refieres, Kristoph?—inquise con interés.
—Desde que puse mis ojos en ese collar, no he parado de pensar que simboliza mucho la verdad.—explicó, colocándose bien las lentes.—Es decir, el color gris es el de la verdad, ¿No? No se define como malo ni bueno, ni negro ni blanco, simplemente neutro, gris. Además, la gema es transparente, y eso es como decir 'sincero'. Por no hablar de que está sujeto por cadenas, cadenas que a veces la acallan y no la dejan brillar.
Se debió notar que mis ojos se abrieron de lo lindo en ese momento.
—T-Tienes razón...—reconocí, tocando el collar.—Estoy completamente de acuerdo con tu explicación, Kristoph… Es… Es perfecto.
(Anda, Alitheia, confiesa de una vez si te referías al collar o a tu novio…)
De inmediato, me miró con una ternura indescriptible y me dijo que le encantaba que pensase de ese modo sobre su regalo. Siempre me deja sin palabras: es realmente un encanto de persona, le adoro. Le amo.
Llegamos al punto de tener el restaurante vacío, solo para nosotros, aunque sé que el local en particular cierra extremadamente tarde, si es que cierra a alguna hora, lo cual no tengo demasiado claro. Mientras charlaba con Kristoph no le prestaba atención a nada más. Teóricamente, ya no era mi cumpleaños, pero seguía siendo la velada más especial para mí.
—Ahora que ya nos hemos acabado el champán, querida...—me habló Kristoph de repente, levantándose de su silla.—¿Qué te parecería si nos fuéramos a otro lugar? Me gustaría que probáramos algo.
(Maldita sea, soy idiota, ¡¿Cómo pude pensar tan mal?!) Intrigada por su petición, asentí levemente, notándose mi estupefacción en mi semblante. Me levanté con suavidad, apartando la silla, dispuesta a que me mostrara a dónde quería llevarme a continuación. Al final, tampoco fuimos muy lejos.
Ni siquiera salimos del local. Lo único que anduvimos fue el trecho hasta las escaleras traseras, que bajamos, hasta llegar a La Guarida, un habitáculo helado en el sótano del Borscht Bowl, en el centro del cual hay una gran mesa donde se juegan partidas de póquer.
—Espero que no sea poco caballeroso por mi parte invitarte a jugar una partida de póquer conmigo.—me reveló.—Por aquí. Ten cuidado, aquí hace frío, no querría que te constipes. Toma mi chaqueta.
Empezó a quitársela, pero lo detuve.
—No, gracias, no te molestes, Kristoph. Ya estoy bastante caliente.
—¿...Que estás caliente, dices?—se preguntó, bajando la mirada, todo rojo.
—Estoy más caliente que un microondas.—me reí yo.
(¡Qué tonta llegué a ser! Solo bromeaba, pero creo que me pasé con la gracia. ¡A veces puedo llegar a quedar realmente mal!)
—Perdóname, Kristoph, soy una ordinaria.—me disculpé, cortada.—No quería incomodarte, disculpa. ¡E-Era una broma!
—Oh… N-no pasa nada.—me sonrió, muerto de la vergüenza.—En fin, si no tienes frío… ¿Qué dices? ¿Aceptas mi propuesta, querida?
—¡Claro! Será interesante jugar una partida de póquer contigo.
—Estupendo. Ven, siéntate aquí.—me ayudó a sentarme en una silla que daba la espalda a un voluminoso armario.—Por supuesto, no apostaremos, ni fichas ni mucho menos dinero, ¡Sería una grosería por mi parte!
—Más grosero sería por mi parte negarme a compartir el momento contigo.
Sin más dilación, empezamos la partida. El ambiente se puso más lúgubre y frío cuando empezamos, imagino que a causa de la concentración. Repartimos las cartas y observamos largo y tendido al contrincante antes de hacer los descartes pertinentes. Procuré hacer mi mejor 'cara de póquer', evidentemente, para que a Kristoph le fuese más difícil 'leerme'. De hecho, en eso consiste el póquer: en conocer a tu adversario y leerle.
Seguramente eso explica por qué estuvimos un buen rato mirándonos, análizándonos el uno al otro, buscando pequeños, casi imperceptibles, tics inconscientes que nos delatasen y nos hiciesen flaquear. Ninguno de los dos es perfecto (por mucho que a veces nos lo pueda parecer), y ambos cometemos errores. Y allí estábamos, analizando esos errores.
—...Es la hora de la verdad, Alitheia. ¿...Preparada?
—...Preparada. Cuando quieras, Kristoph.
Descubrimos nuestras manos de naipes, evidenciando el resultado.
—Me has ganado… Kristoph.—le sonreí.
—...Eso parece.—replicó, examinando las cartas concienzudamente.
—¡...Qué alegría me da eso!
—¿Hum? ¿Te alegra perder, Alitheia?—me miró desconcertado.
—Pues sí, especialmente en este juego. Para ganar al póquer, tienes que conocer muy bien a tu adversario, confiar en él, saber lo que piensa y saber actuar en consecuencia. Solo si haces eso podrás ganar. He perdido, pero lo interpreto como que me conoces muy bien, ¡Así que me alegro por eso!
Volvió a analizarme con la mirada, aunque la partida ya se hubiera terminado.
—Vaya… Nunca lo había visto de ese modo. En ese caso, te entiendo. Supongo que eso explica por qué has perdido por poco.—musitó.
—Oye, Kristoph, ahora no te pienses que por haber perdido no te conozco a ti, ¿Eh? ¡Tú lo has dicho, he perdido por poco! Hoy te me has anticipado.
—Oh, no temas, eso lo tengo muy claro. Sé que me conoces muy bien, y también me alegro por ello, pero… Es normal que hayas perdido por muy poquito. Porque como dices, me he 'anticipado' con algo que no sabes aún…
Menuda frasecita. Eso atrajo mi atención, por supuesto. Y el ver a quien la había articulado tan ruborizado y hecho un manojo de nervios en ese momento me hizo querer saber más desde el instante en que lo vi.
—¿Qué te ocurre, Kristoph, te encuentras bien? Te noto… Extraño.
—Ah, sí, m-me encuentro muy bien, de veras.—respiró hondo el aire helado el lugar.—Pero me gustaría retractarme de algo…
—¿Retractarte? ¿De qué en particular?—no entendía nada de nada.
—Bueno… ¿Recuerdas cuando te he dicho que no íbamos a apostar? Pues ahora mismo, sí quiero apostar algo. ...Y apuesto por ti, Alitheia.
Mientras iba diciendo todo eso, cogió algo de su bolsillo y lo puso sobre la mesa en la que estábamos jugando. Realmente parecía como si estuviese apostando algo literalmente, pero pronto supe que no era así.
Más concretamente, lo supe cuando vi lo que había dejado sobre la mesa, una cajita pequeña que abrió para mostrarme la verdadera 'apuesta': un anillo. EL anillo. Con el que apostaba por mí, por nosotros.
—¡K-Kristoph…!—fue lo único que alcancé a decir, porque me quedé sin voz en ese momento y me cubrí la boca con la mano en señal de estupefacción.
—Ahora que tenemos el bufete y mi querida prometida está junto a mí, creo que sólo me falta una única cosa para que mi vida sea perfecta.—me tomó de las manos con suavidad y, sonriente y con las mejillas coloradas, hizo una genuflexión delante de mí. Todo para pronunciar las palabras mágicas.—Pravda Alitheia Means, ¿Me concederías el honor de ser mi esposa?
Todavía no sé cómo no me desmayé en ese momento. Ese había pasado de ser 'un día maravilloso' a ser 'el mejor con diferencia'. Realmente entendí por qué Kristoph me había ganado al póquer aquella noche: me pilló completamente desprevenida además de 'leerme' por completo; debió de notar que hacía tiempo que soñaba con ese momento. Pero, como siempre, sabe pillarme con la guardia baja. Sabe sorprenderme.
Aunque, obviamente, mi respuesta no es que fuese una sorpresa.
—¡P-Por supuesto que sí, Kristoph!
Supongo que eso explica bastante bien por qué salí del restaurante esa noche sin ningún indicio de que alguna vez hubiese habido carmín en mis labios y con un bellísimo anillo adornando mi dedo corazón derecho. Kristoph y yo nos besamos por milésima vez allí, en el lugar donde había tenido la partida de póquer que nos había demostrado lo mucho que nos queremos y él me colocó el anillo que con tanto cariño me había regalado.
De hecho, me regaló muchísimo más que el anillo en sí: me regaló la oportunidad definitiva para vivir el resto de mi vida junto a él, junto a la persona que más amo en este mundo. Me hago cargo de que suena típicamente cursi, pero es lo que sentí yo en ese momento, y lo que siento yo ahora, también. ¡Kristoph y yo nos casamos! Tengo muchas ganas de compartir mi alegría a los cuatro vientos.
Algo importante va a cambiar en mi vida, lo presiento. Después de todo, cambiaré mi apellido, y considero que ese cambio es realmente importante. Dejaré de llevar el apellido 'Means', el de la ley absoluta 'por cualquier medio necesario', y llevaré el apellido 'Gavin', el de una ley mucho más benevolentemente verdadera y, por tanto, justa. Tiene que serlo si el chico de la ley quiere casarse conmigo, con la chica de la verdad.
(...)
¡Hola de nuevo! Hacía tiempo que no subía este fic, y esto no podía seguir así XD Me hago cargo de que lo he dejado algo de lado, y me sabe fatal… Como siempre, demasiadas cosas en la cabeza.
¿Qué tal ha estado este capítulo? Seguimos con la vida utópica, lo sé. Paciencia, paciencia xD Me ha gustado especialmente escribir este capítulo, me ha parecido muy romanticón, aunque quizás sea algo empalagoso XD En fin, eso es acorde a los gustos de cada uno.
Trataré de subir tan pronto como pueda, pero tengo que compaginarlo con otros proyectos que tengo a parte, y desgraciadamente, no me sobra el tiempo y no puedo desdoblarme U_U De todas formas, agradezco todos los apoyos, como siempre digo, significan mucho ;)
Respondo a reviews, pese a que sienta la demora x)
draoptimusstar3: Como siempre digo yo, tus comentarios son muy acertados xD Muchísimas gracias por tu apoyo constante e incondicional. Sé que no estás del todo al tanto de esta saga, y aun así te tomas la molestia de evaluar mi trabajo. Eso significa muchísimo para alguien como yo ^3^ Me alegro de que la idea general te guste, y por supuesto estoy siempre deseando que te guste el cómo sigue el fic. Una vez más, gracias de todo corazón. :)
Me despido por ahora. A cualquiera que se haya pasado por aquí y se haya tomado un tiempecito para leerlo, mis más sinceros agradecimientos. Una vez más, que se sepa que los comentarios, opiniones y sugerencias son y serán siempre más que bienvenidos, y significarán muchísimo para mí. ¡Muchos saludos para todos!
Codelyokofan210399
