No la vio sino hasta que la campana resonó por completo.
Alzó el rostro por primera vez, sin importarle que el enrojecimiento del golpe se notara en su mejilla sólo para llevarse la sorpresa: con la cabeza abajo, Ochako parecía ocultar sus ojos rojos debajo del flequillo.
A Bakugou le tomó por sorpresa aquello. ¿Estuvo llorando?
Se levantó en un instante, corrió en su dirección y jalando de su brazo, la irguió de la misma manera de su lugar:
—¿Qué te sucedió? —, gritó, llamando la atención pero sobre todo, llamando las lágrimas de Ochako, que trató de alejarse.
No se lo permitió y aunque pasaron por el lado del profesor, salieron a correr por el pasillo, Bakugou jalando del brazo de Ochako hacia la biblioteca. Él siempre elegía ese lugar, precisamente porque sólo la chica frecuentaba el lugar y la dependiente casi nunca estaba presente.
Se internaron en los pasillos, lo más profundo que pudieran y allí, Bakugou enfrentó a la chica.
—¿Quién te hizo llorar? ¿Qué te hicieron? —, pero ella se limitaba a berrear entre sus brazos. Y esa sensación…
Ese calor en su pecho y la sensación de la figura delicada entre sus brazos.
Era eso lo que quería y no sabía. Al fin lo tenía tan cerca.
No era la belleza, ni la voluptuosidad, siquiera un rostro o una sonrisa: era la sensación de pertenece a alguien y que ese alguien te pertenezca.
Buscar estar con alguien, como Bakugou buscó estar con Uraraka, o como Uraraka buscaba resguardarse entre los brazos de Bakugou en ese instante, mojando su camisa.
Y aceptó la derrota: fueron batallas que se pelearon pero que ella ganó sin saberlo.
Él era el perdedor.
Él era el enamorado.
Y como perdedor, quiso dar primero.
Tomó por el mentón a Ochako, elevando su rostro para verle, y en reflejo ella descubrió sus ojos de los párpados, notando así lo enrojecido. Bakugou se perdió en el contraste de rojo y castaño, y en el contraste de querer hacerle sonreír con el llanto sin razón conocida.
Se atrevió, porque atrevido ya era, y le robó un beso, un suave conjugar de labios porque parecía que con más él se podía morir en ese instante. Más Ochako tenía otros planes, alcanzando su cuello y rodeándolo con los brazos, provocando que Katsuki profundizara el beso rodeando su cintura y acariciando su espalda.
Fue de lo mejor: sus labios se movían tan dulce como se los había imaginado, y su cuerpo se acoplaba tan bien al suyo que presentía que se habían hecho el uno para el otro. El calor en sus labios, en cuerpo entero, en sus manos que por fin apresaban el premio que tanto quería y que siendo perdedor, reclamaba. Parecía que estaba a punto de incendiarse no por la excitación, no por el placer, sino por el sentimiento profundo que ese beso le dio de una pequeña chica que había pasado desapercibida.
Tomó su cintura, la apretó contra sí, y quiso fundirse con ella para siempre.
Sin embargo, Ochako tenía otros planes: de un momento a otro, lo empujó lejos, enjuagándose con la manga del uniforme los labios—: ¿quieres saber por qué lloro? —, le susurró con odio—. ¡Lloro por ti! ¡Porque piensas que con unos cuántos regalos te debo la vida!
Bakugou sintió la sorpresa.
Para ustedes los hombres es fácil: da un poco de tu dinero comprando regalos, comprando así a la mujer y haciendo con ella lo que querías. ¡Pues no! Sólo porque me regalaras algunas cosas, ¡no soy tu prostituta de turno!
Hizo el ademán de correr, pero Bakugou alcanzó a tomarla por la cintura, forzándola a quedar en su sitio—: ¡No te vayas y escúchame! —, pidió, tratando que de ella dejara de removerse—. Yo no quería nada de lo que tú piensas. Sólo trataba de mostrar mi interés por ti, porque de verdad me importas, porque de verdad no pude dejar de pensar en ti desde que te vi en clases hace tres días.
Ella siguió ofreciendo fuerza.
¡Porque tú me gustas! ¡Y me gustas sin saber qué o por qué! ¡Tan sólo quiero estar contigo a como dé lugar!
Ochako no desistió, mas entre jaloneos no posicionó con firme su paso y resbaló, llevándose a Bakugou consigo.
Aprovechó el momento y la aprisionó entre el suelo y él:
—Entiende, por favor: sí quisiera hacer lo mismo que con esa otra chica, por qué no, pero no eso por lo que estoy aquí, en este momento—, Ochako había dejado de llorar y de moverse—. Si sólo te quisiera para un momento, no estaría aquí, contigo, tratando de parar tu llanto; no estaría aquí, sintiendo que mi corazón late tan rápido que parece que va explotar cada vez que te toco.
Uraraka volteó el rostro. No quería verle.
Dame la oportunidad. Dame el tiempo para demostrarlo como dejaste darte ese nuestro primer beso. Déjame demostrar que esto no es para un momento, sino para una eternidad.
No pudo mirarlo a los ojos.
No se atrevió a verlo y decirle que no.
—Yo no puedo hacer esto.
—¿Por qué no?—, se exaltó. Estando así de cerca, se volvería loco si volvía a esa realidad donde estaba lejos de ella de nuevo—. Sé que tienes que estudiar mucho, que tal vez no quieras distraerte, pero prometo que no seré un obstáculo: yo me meteré en tu vida, sólo seré parte de ella.
Ella mordió su labio. Parecía buscar las palabras exactas.
—Yo no puedo hacer esto, porque no lo merezco—, dijo en un susurro—. Yo no soy como esas chicas con las que sale: soy pequeña, gorda, estudio demasiado y salgo poco. No hablo con nadie y nadie quiere hablar conmigo: ¿cómo ser la reina de la secundaria así?
Bakugou enrojeció de furia.
Tú no debes estar realmente interesado en mí: soy sólo un cero redondo al lado de todas las chicas con las que te has acostado.
Y al decir eso, se sonrojó, pero Bakugou ya tenía suficiente:
—¡Deja de decir tonterías! —, gritó en medio del silencio—. ¿Tú crees que elijo a las chicas con las que me acuesto? Pues sí: yo decido con quién estar. Pero yo no decidí estar contigo: te miré un instante y desde entonces no pude ver a nadie más.
Vio cómo los ojos de Ochako se hacía agua.
No elegí enamorarme de ti: no te pensé como opción. Tú sólo llegaste a mi vida y me hiciste caer sin remedio. Me gustas, y te odio, porque no sé cómo manejar estas ansias de tenerte conmigo.
Bakugou se hechó atrás, sentando en el suelo.
Si no fuera por ti, no estaría sufriendo como lo hago. Porque te amo, pero no sé cómo acercarme a ti.
Ocultó el rostro en sus rodillas. Se sentía avergonzado, porque él no era el tipo de persona que soltara sus sentimientos así de fácil. Era el chico popular, rudo; nunca era el perdedor porque el que se enamoraba, perdía.
Y ahora… se sentía como el hombre más derrotado en el mundo.
—Bakugou…—, escuchó a Uraraka. Sintió su peso a su lado, alcanzando el cabello rubio para atusarlo—. ¿Es en serio lo que dices?
Levantó el rostro, encontrando la sonrisa inconsciente de ella.
Los ojos acuosos, la sonrisa afable, el contorno tierno de su rostro de niña.
Bakugou se dejó llevar, poniendo en segundo plano el pensar. Tomó la mano sobre su cabeza, dirigiéndola a sus labios—: dame sólo un beso para que lo demuestre.
Su sonrisa se hizo más grande. Desvió la mirada y con el brillante sol en sus mejillas, asintió.
Sólo entonces se sintió ganador, pero en esa guerra, él llevaba las de perder.
Soltó una sonrisa de lado, y en lugar de besar a Uraraka, tomó la mano entre las suyas, apretándola, y dijo—: ese beso me lo tienes que dar tú.
