.


— Hambre —


Un hombre necesita alimentarse.

Un hombre que aún se encuentra en crecimiento, lo requiere más.

Un hombre que regresa de una peligrosa misión, sobre todo en la que ha sacrificado más capacidad de la que se posee, probablemente sea el ser que más derecho tiene de alimentarse. Como tú, que cumples con esas características a la perfección.

Respiras y te dejas caer pesadamente sobre la silla. Tienes la sensación de que el ruido que emite tu estómago se escucha por todos los rincones de la Orden.

Es natural, porque ya no recuerdas la última vez que comiste algo… al menos no de procedencia confiable: Komui no es el único que acosa a los demás con sus experimentos, sino Panda y sus extrañas píldoras de vitaminas. No tienes la menor idea de cómo las fabricó, cuándo o con qué, pero sin duda, el sabor agrio no pudo ser una buena señal. Era eso o morir de hambre. Tu capacidad es puesta a prueba más ocasiones de las que soportas.

Miras el reloj: han pasado 10 minutos desde que entraste al comedor de la Orden, 5 desde que le pediste a Jerry una comida decente, y sólo 3 desde que tomaste asiento. Vas a morir, lo sientes en el ardor del estómago que no tiene consideración alguna por el mínimo tiempo. Incluso juras que lo escuchas "hablar", "exigirte" que le des cualquier cosa, pero de inmediato. Mierda.

Para tu suerte es bastante tarde, así que ninguno de tus compañeros está despierto: no deseas que te vean en aquel estado "lamentable", y tampoco quieres dirigirles la palabra. No es mala intención, solamente no tienes la fuerza para hacerlo, y de lograrlo, sonidos inhumanos provendrían de tu garganta.

Recargas la frente en la mesa. Miras el piso y tu mano se dirige a tu vientre. Acaricias un poco en pequeños círculos: quizá con eso pueda reducirse parte del dolor… o eso llevas repitiéndotelo todo el viaje. De verdad, era morir de hambre o tragarse las horribles píldoras de Panda. Actuó tu instinto de supervivencia.

Comienzas a percibir el aroma de los alimentos. Delicioso, delicioso aroma de alimentos preparados por Jerry. La suerte estuvo de tu lado cuando lo hallaste en la cocina: estaba terminando de ordenar algunos sartenes y luego de eso se iría a dormir. Eso te dijo cuando entraste prácticamente moribundo por la puerta.

El aroma despierta más tu apetito, y sólo puedes rogar que se apresure. Eres un hombre que necesita comer algo, o tu tumba sería aquel comedor. Una muerte bastante patética para un exorcista, si te lo preguntan.

— ¿Lavi? — escuchas tu nombre de pronto. Reconoces la voz de inmediato, y por un momento deseaste haber muerto de verdad — ¿Q-Qué estás haciendo aquí? ¿Cuándo regresaste?

— J-Jajaja Hola — tratas de reír con normalidad. Levantas el rostro para mirarlo por completo — Bueno, llegué hace 10 o 12 minutos… y estoy aquí por la misma razón que tú, Allen.

Miras el cabello plateado y los ojos grises que se ven más oscuros por la carencia de luz. Te gusta su aspecto adormilado, su cabeza un tanto desordenada y la ropa que delata el contacto con la cama. Si no lo conocieras, pensarías que se trata de un chico normal. Como lo conoces, sabes que se ha levantado por un bocadillo nocturno. El apetito de Walker es una de las cosas que más te sorprenden del mundo.

Sonríes y contienes las ganas de abrazarlo: no cuentas con la fuerza o la movilidad para hacerlo, de lo contrario…

Enseguida notas, no obstante, que… que mastica algo… ¿una manzana, acaso?

No quieres ser grosero, y mucho menos ignorar las oraciones que emite con ese bonito sonrojo en sus mejillas. Sólo tienes hambre. Mucha. No miras nada más que esa fruta a medio morder. Ante tus ojos luce como el más exquisito de los majares.

Tú estomago vuelve a gruñir con fuerza. El dolor crece. Usas la racionalidad que te queda para no saltar encima de Allen y arrebatarle esa manzana que…

— ¿Uhn, Lavi? ¿Me estás escuchando? — la verdad no, pero le llamó la atención la sonrisa resignada que dibujó — Seguro no has comido nada en horas, ¿cierto? Por eso estás tan distraído… ¿Jerry tarda demasiado con lo que pediste? No es gran cosa, pero come mientras esto — ofreció la manzana, y juras que escuchas una tonada celestial.

Con calma la tomas y comienzas a devorarla. La palabra está bien usada para tu vergüenza. Es inevitable. Tienes hambre.

Mientras el sabor inunda tu boca y tu estómago, Walker toma asiento a tu lado.

Lo miras de reojo: sonríe ampliamente en tanto te observa.

Con tu necesidad más inmediata manifestándose, habías olvidado por un momento que lo que más extrañaste fue aquello. La sonrisa de Allen.

Aun con el sabor de la manzana en tu boca, te acercas en un instante y tomas su mentón con suavidad. Haces que te mire de frente.

Entonces lo haces, lo besas con todas las ansias que no te caben en el cerebro.

Se sorprende, pero te corresponde enseguida. Percibes la calidez en su tímido abrazo, y no sabes qué hacer contigo mismo.

Ahora has olvidado por qué estás en el comedor.