IV. DIAS

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El torso desnudo se agitaba encima del cuerpo que estaba debajo, sentado, uno sobre el otro, pero sin llegar a tocarse verdaderamente, salvo por la evidente unión de los dos, y tal vez por eso la escena resultaba tan atractiva, tan conmovedora.

Con manos llenas de calor, él, el italiano, trata de crear un exuberante incendio que no llega a consumarse, en un equilibrio absurdo y exigente, ambos arden sumisamente, de una manera casi pasiva a pesar del acto en sí.

Los muslos de alabastro abiertos rodeando su cadera, recibiéndolo, y a pesar de todo el conjunto, la composición es una clara advertencia: significa peligro latente.

Quizás es por ello que resulta sumamente excitante. Los ojos de Albafica parecían más vivos, su tez más coloreada y sus labios más ardientes, los cuerpos entremezclados, donde la identidad ya se perdió.

Era extraño, trémulo y estaba prohibido.

No por la implicación moral que cualquiera, cualquiera del vulgo, podría criticar, estaban más allá de ello. Si no por el hecho de que ambos eran perfectamente conscientes de que unos minutos más y era muy probable que el amante italiano desfalleciera, lo suficiente para agonizar en fiebre, en el mejor de los casos, en el peor, pasaría largo rato exudando sangre por los poros.

Y algo que tendría que ser un acto de vida por sí mismo, se convertía en un acto que ante todo buscaba preservarla, corriendo en sentido contrario al de la muerte, misma que tarde o temprano los consagraría en el silencio.

Una vez que todo terminó, que el éxtasis decreció, ni un minuto más, Albafica se separó, se alejó como si con ello pudiese evitar sentirse responsable por el daño del otro, que empezaba mostrar los rasgos evidentes del peligro que habían corrido.

Lo detuvo por la muñeca.

—No corras como un cobarde…

—No puedo quedarme, lo sabes, aparte de idiota no me voy a convertir en asesino —murmuró por lo bajo soltándose del agarre de sus dedos.

—Todo esto no es para ti desconocido, entonces, ¿por qué huyes? —Antes de que el otro le soltara una retahíla de maldiciones, le sonrió cínicamente—, no es una escena barata de celos, es una afirmación… ¿Qué diferencia hay conmigo… como para que salgas corriendo igual que una doncella en peligro?

—Muy gracioso… además, ya tuviste lo que querías, ¿no?

—¿Qué sabes tú de lo que quiero? —Le contestó empezando a sentirse mareado— Lo que quiero está delante de mis ojos… y no me mires con cara de sorpresa que no te queda…

El Arconte de Piscis bajó la vista, tomó una prenda de Manigoldo y se la arrojó a la cara, acabó riéndose con cierta timidez, sintiéndose como Teseo perdido, pero él estaba perdido dentro de su propio y laberíntico cuerpo….