— Capítulo 3 —
Las dos primeras semanas que Jane Dankworth pasó en Baker Street fueron tan anodinas que la joven pronto pensó, y con razón, que igual se había equivocado de destino y no debía de haber contestado a aquella oferta de trabajo. Lo primero del todo que había hecho tras ser aceptada por el señor Holmes como ayudante fue presentarse a la señora Hudson debidamente. Ésta la acogió alegremente en la casa y la invitó a subir a la que sería su habitación personal, un cuarto ubicado justo al pie de la escalera y cuya ventana daba al patio interior del edificio, únicamente adornado con un par de árboles que apenas crecían y un pozo de agua. Jane asomó el rostro por el ventanal y arrugó un poco la nariz, disgustada. Acostumbrada a las vistas de la campiña que podía disfrutar en la habitación de la casa de sus padres, ver aquel pequeño patio frío, abandonado y sucio le hizo sentir como un pequeño pájaro enjaulado. Por supuesto, no le hizo saber nada de sus sentimientos a la señora Hudson, y terminó de alabar la habitación, que por lo demás, estaba limpia, correctamente ordenada y caliente, gracias a una pequeña chimenea encendida en la pared central.
—Espero que se sienta bien aquí, señorita Dankworth. —Decía la ama de llaves mientras movía el baúl de Jane. —Esta habitación lleva mucho tiempo sin utilizarse, pero preferí asignársela, porque el señor Watson sigue utilizando muy de vez en cuando la que le asigné a él cuando llegó aquí. Este cuarto no da a la calle y tiene menos luz, pero, a cambio, es más grande y tiene una chimenea mejor.
Jane sonrió agradecida.
—No se preocupe, señora Hudson. Esta habitación es perfecta.
—Cuando haya colocado sus pertenencias mejorará, se lo aseguro—respondió la buena mujer. Con paso menudo, se acercó a la repisa de la chimenea.
—Aquí le dejo la llave del cuarto y una copia de la llave de la casa. Siempre puede llamar a la campana, pero algún fin de semana me ausento de Baker Street debido a razones familiares, así que puede que a veces tenga que abrirse la puerta usted misma y más aún si tuviera que salir a realizar alguna investigación por la noche en compañía del señor Holmes. Es muy dado a trabajar en la nocturnidad, actividad que no resulta propia de un caballero, todo hay que decirlo.
—No pasa nada, señora Hudson.
Jane giró la cabeza al oír unos pasos rápidos en la escalera, que se alejaron inmediatamente hacia la tercera habitación. Hizo un rápido gesto de desagrado que no pasó desapercibido al ama de llaves.
—No ha empezado bien, ¿verdad? —preguntó, sin realmente esperar una respuesta. Bajó la voz, aún cuando la puerta estaba prácticamente cerrada. — No tenga miedo. El señor Holmes puede llegar a ser irritablemente indigesto, pero cuando aprenda a llevarle no tendrá mayor problema. Es el hombre más inteligente que he conocido, pero tiene la profundidad emocional de un ruibarbo.
Jane la miró sorprendida por semejantes palabras, pero la señora Hudson parecía despreocupada, así que la muchacha asumió que dichas palabras se debían a los largos años que ambos habían compartido la casa. Quizás era ella la mujer que más le conocía, ¿o acaso había por ahí escondida una señora Holmes? Nunca se había hecho a sí misma semejante pregunta, pero al ver al detective viviendo en una casa regentada por una casera y sabiendo que había compartido habitaciones con el doctor Watson, por no hablar de su indecible capacidad de espantar a las mujeres, había supuesto que al famoso detective jamás se le había pasado por la cabeza contraer matrimonio con una mujer.
—Si me permite un consejo, señorita Dankworth—prosiguió ella, mientras colocaba algunas prendas en el armario—, no deje que Holmes le cree excesivos problemas. Le pondrá a prueba decenas de veces. Le sacará de sus casillas, se lo aseguro. Habrá días que no le dirigirá la palabra, y otros en que no parará de hablar. A veces, será desagradable y descomedido, y otras será un encanto. Puede pasarse horas y horas sin moverse de su asiento, y seguramente en otros momentos la pedirá ir a inverosímiles sitios a investigar cosas increíbles. Él es así. No se le puede medir por ningún rasero, y apostaría una guinea si la tuviera a que no podrá seguir su ritmo en las próximas semanas. Pero no se incomode por eso. No la conozco muy bien, señorita Dankworth, pero realmente pienso que sabrá acomodarse a este trabajo.
Jane no podía comprender del todo semejante descripción del que se había convertido en su jefe y no supo qué contestar. De reojo, había visto cómo el detective se había encerrado en su habitación, y no pudo evitar que la mandíbula inferior se le abriera desmesuradamente cuando vio cómo de la habitación particular de Holmes salía una viejecita embutida en una corta capa de lana casi deshecha y tocada con un sombrerito con un pequeño pajarito en la punta. Jane se acercó deprisa a la puerta y observó incrédula cómo la mujercita avanzaba con pasos lentos hacia la escalera y, agarrándose a la barandilla, bajaba los escalones emitiendo pequeñas tosecillas.
—Ahí va—argumentó la señora Hudson a su espalda.
— ¿Quién es ella? ¿Quizás un familiar? —preguntó Jane, confundida, cerrando de nuevo la puerta de la habitación.
—Absolutamente no. Es Holmes, querida—la señora Hudson se dispuso a mover el resto de las pertenencias de Jane al lado del armario. La muchacha la miraba entre sorprendida y maravillada.
— ¿Es él? ¿Disfrazado? ¡No pude reconocerle!
—Claro que no. Es un maestro en el arte del engaño cuando se lo propone. Siempre he dicho que, de habérselo propuesto, habría sido el criminal más importante de su generación. Se viste así porque seguramente quiera inspeccionar algo relacionado con un caso de primera mano. Si fuera ataviado con su levita o un abrigo, inmediatamente lo hubieran reconocido. Por eso se disfraza. Y quizás también porque le gusta añadir un toque de espectáculo a su trabajo. Es la única persona en el mundo capaz de convertir el trabajo de un investigador en un arte.
—Espero que nunca me pida que me disfrace de esa manera—musitó Jane, cohibida.
La señora Hudson rió.
—Si le sirve de consuelo, el doctor Watson nunca tuvo que hacerlo.
— ¿El doctor era ayudante suyo?
—Sí, puede decirse que sí. En realidad son únicamente amigos. Los mejores que se pueda encontrar. El doctor y él fueron presentados por una tercera persona, pues ambos coincidieron en que buscaban alojamiento en aquellos momentos y, tras conocerse, decidieron compartir el pago de esta casa. Pero el doctor no descubrió a qué se dedicaba Holmes hasta pasado un tiempo. Y después, poco a poco, fue acompañándole en algún caso, hasta que se convirtió en una ayuda indispensable de Holmes.
Jane parecía interesada en la historia del detective y su amigo y no pudo evitar preguntar más sobre ello.
— ¿Y qué hizo que dejara de ayudarle y Holmes se viera obligado a contratar a alguien?
—El señor Watson es médico, y ése es su cometido principal. Siempre quiso trabajar activamente, y hace algunos meses consiguió un puesto en el 's, con lo que ahorró algo de dinero para abrir una consulta privada. Además, y está mal que yo lo diga porque parece un chismorreo, está viéndose con la señorita Mary Morstan, una antigua cliente del señor Holmes. Se dice que se van a casar, incluso. Por eso, el doctor Watson apenas tiene tiempo para ayudar a Holmes, y por eso también, está usted aquí.
—Entonces supongo que debo alegrarme de todo ello. —Admitió.
—Sí, desde luego. El hueco que ha dejado aquí el doctor es demasiado grande. Tendrá usted que esforzarse mucho en llenarlo.
Las palabras de la ama de llaves intranquilizaron a Jane. Parecía que el doctor Watson era muy apreciado por el señor Holmes. Seguramente hubiera trabajado bien con él, y viendo que era muy exigente en la realización de su trabajo, sería muy difícil llegar a su altura sin tener, siquiera, experiencia previa. Sin embargo, el propio aludido, Watson, se había maravillado con su presencia y parecía contento con que Holmes la hubiera contratado. Así pues se preguntaba si sería realmente imposible llenar ese vacío o simplemente Holmes no se lo estaba poniendo fácil.
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