Aquí está la continuación y el final del capítulo de Siberia. Gilbert sigue sufriendo a base de bien, pero es por una buena causa. Pero no todo es sufrimiento... Hay incluso ¿cosas bonitas? Escondidas como lágrimas bajo la lluvia :'D

Deseo que os guste y se siguen aceptando comentarios. Gracias a todos los que me leéis :)

A Doncella de Slytherin: ¡Gracias por tu apoyo! Es un placer que comenten tu trabajo y más si lo hacen como tú. Sobre el yaoi... bueno, yo soy de ir muy poco a poco... hasta que repente: ¡TOMA HARD! Y los lectores responden: ¡Por favor, haz que pare ya! (Jajaja). Ok, espero que no...

A Kalrathia: Qué decir de tus reviews. Me dan la vida y me hacen reír, y me hacen recapacitar... ¡Gracias! Siento que no te lo agradezco lo suficiente...

WARNING: Tortura, violencia, humillación, lenguaje explícito, yaoi.

WARNING 2: A ver, aunque hablar de tortura pueda sonar muy hard, sinceramente no creo que en mi historia sea para tanto. En mi mente todo en este capítulo iba a ser para más de 18 pero al final mi parte "uke" se ha autocensurado un poco. Ganas me dan de escribir un capítulo alternativo con la versión del "montaje del director" pero me temo que en el actual se ha suavizado todo. De todas formas ES OPINIÓN DE LA AUTORA, de modo que por favor, para aquellos a quienes no les gusten estas cosas ADVIERTO DE QUE HAY ALGUNA ESCENA CON SANGRE Y DOLOR EH... NO MUY CONSENTIDO.

DISCLAIMER: Los personajes de Hetalia no son míos sino de Hidekaz Himaruya. Solo inspiran mis cálidas noches de insomnio...


Capítulo 3. SIBERIA. 2ª PARTE

5

Los gritos furibundos en alemán que atronaban frente a la puerta de las dependencias de la jefatura del Gulag quebraron el habitual y sepulcral silencio que reinaba en el campo. Hasta los presos comunes y los habitantes de otros barracones salieron a ver qué sucedía, quién había perdido la cabeza de aquel modo. Algunos solo por simple curiosidad y aburrimiento para ver cómo reducían a aquel hombre o incluso lo liquidaban en el acto por atreverse a perturbar el orden.

Sin embargo, ninguno de los soviéticos hizo nada drástico para asombro de los alemanes que apreciaban al teniente Beilschmidt y que esperaban que alguien lo ametrallase de un momento a otro. Los vigilantes se habían acercado al prusiano y dudaban sobre cómo proceder con aquel tipo que se desgañitaba, fuera de sí. Uno lo tomó de un hombro, pero Gilbert se zafó con brusquedad y otro de los vigilantes le gritó algo, presumiblemente, que se callase.

Ninguno hizo el menor gesto por desenfundar sus armas.

Si la escena no hubiera sido tan dramática debido a las airadas exigencias alemanas y a las respuestas rusas, mucho más comedidas, aquello habría resultado casi cómico. Ante aquel galimatías idiomático, uno de los soviéticos le gritó a uno de los prisioneros y le ordenó que se acercara con un gesto de la mano. Tratando de controlar su incipiente temblor, el prisionero obedeció y el hombre armado le espetó algo en ruso. El recién llegado tragó saliva y se dirigió a Gilbert con aspecto de preocupación:

—Teniente Beilschmidt, le ruego me disculpe, pero el ciudadano Korneyev dice que deje usted de montar este escándalo —le tradujo con aspecto retraído—. O tendrá que tomar medidas.

—Dígale al maldito Korneyev que sus advertencias me traen sin cuidado. No me marcharé hasta que se me permita ver a Ivan Braginski, y si no les gusta, por mí pueden tomar sus armas y acabar conmigo, porque esa será la única forma de que me hagan callar.

El traductor improvisado les hizo llegar su mensaje, censurado claramente, y los soviéticos parecieron incómodos. El camarada Korneyev tomó entonces una decisión, y tras dirigirle una mirada cargada de veneno al prusiano, penetró en el edificio principal donde se hallaban las salas de interrogatorios y los dormitorios de los oficiales.

Los prisioneros, animados por el infrecuente espectáculo, fueron obligados a volver a sus barracones hasta que solo quedaron allí los cinco vigilantes junto al prusiano, que a duras penas podía mantener su enojo bajo control.

Transcurrieron unos diez minutos hasta que el vigilante volvió a salir. Con una indescifrable expresión en el rostro, le indicó que lo siguiera al interior.

Nada más entrar en aquellos pasillos, Gilbert vio flaquear su voluntad, pero recordó la mueca de terror congelado en el rostro sin vida de su amigo Roderich, y una nueva oleada de ira reactivó la mecha de su odio hacia el ruso. Si se diera la ocasión propicia, le arrancaría los ojos con sus propias manos. Jamás había sentido tanto rencor concentrado por nadie. Y había aborrecido a muchísimos hombres durante la guerra.

El soviético que lo escoltaba se detuvo frente a una puerta y llamó con los nudillos hasta que la inequívoca voz de Ivan les contestó que pasaran. El soldado le asió el antebrazo con dedos de hierro y lo hizo entrar por delante de él. Gilbert masculló algo malsonante pero, cuando levantó la vista, se dio cuenta de que estaba en el despacho del ruso y que este, plantado en mitad de la estancia, lo miraba con una mezcla singular de sentimientos que iban desde la sorpresa hasta la ira, pasando por la expectación y una especie de fascinada diversión.

Ivan levantó una mano y la sacudió en el aire con resolución para que el guardia se retirara, y Gilbert se sintió, de repente, demasiado solo, con la absurda sensación de que lo habían dejado a solas en una jaula a merced de un lobo hambriento.

—¿Y bien, prusiano? —inquirió Ivan con una amplia sonrisa, dedicándole una burlona inclinación de cabeza—. ¿Qué te trae por aquí? Por favor, dime, ¿en qué puedo ayudarte?

Sabía que estaba a punto de perder el control, pero aquello era ya demasiado.

—¿Cómo te has atrevido a hacerle eso a Rod, hijo de puta sin corazón? —exclamó Gilbert apretando tanto los puños que llegó a clavarse las uñas en las palmas de sus manos.

—No sé de qué me hablas, conejito enfadado.

—¡Corta esa mierda de una vez! ¿Pero cómo puedes ser tan desgraciado? Era un hombre inocente. Roderich no hizo nada para merecerse... para que le hicieras eso... —Su voz se quebrantó por la indignación y la firmeza de su tono se debilitó unos instantes.

—¿Un hombre inocente? ¿Un prisionero de guerra?

—¡Asesino! ¡Estás enfermo! ¿Y has hecho esto por celos? ¿Pero a ti qué cojones te pasa?

—¿Recuerdas lo que pasó la última vez que me acusaste de tener celos?

—Si vas a golpearme de nuevo, adelante, hazlo. Pero esta vez te la devolveré.

El prusiano ofrecía de veras el aspecto de ir a saltar de un momento a otro sobre él. Ya no parecía importarle lo que pudiera pasarle a continuación.

—Yo no he hecho nada. Me temo que alguien apostó su vida a las cartas y ganó —dijo Ivan en tono casual, y agregó con maldad manifiesta y calculada—: Mi más sentido pésame por haberte quedado sin tu putita en el barracón.

Gilbert se abalanzó sobre él y le propinó un puñetazo en la mandíbula que apenas hizo trastabillar al ruso, pero que fue lo suficientemente poderoso como para destruir toda posibilidad de llegar a serenar los ánimos entre los dos hombres.

Ivan afianzó su estabilidad sobre el suelo, se acarició la mandíbula allí donde lo había golpeado el germano, y la peor mueca que este le había visto hasta entonces asomó a su rostro.

—Al menos no golpeas como una nena. No está mal, prusiano.

Por su parte, avanzó un paso hacia él y Gilbert se preparó para bloquear el golpe de revancha que estaba seguro de estar a punto de recibir. Pero el otro hombre lo tomó repentinamente de los pelos con tanta fuerza que lo inmovilizó, y en el proceso le arrancó varios cabellos. Con la mano libre, Ivan le dio un puñetazo en el rostro, golpeándolo de lleno entre el ojo y pómulo izquierdos. Gilbert soltó un gemido grave y ronco, y el ruso se adelantó a su predecible contraataque y le dio un rodillazo en el estómago que lo forzó a doblarse de dolor y caer de rodillas al suelo.

Una vez a su merced, Ivan lo pateó en el pecho y Gilbert cayó de costado en el suelo, retorciéndose por el dolor que empezaba a extenderse por cada uno de los poros de su cuerpo. El agresor de mayor corpulencia se agachó y se encaramó sobre él y, a horcajadas sobre su cuerpo, lo volvió a inmovilizar con sus propias piernas mientras apresaba sus muñecas y se las fijaba al suelo.

—Mírame, prusiano imbécil —le ordenó con voz amenazadora, imponiéndose a los quejidos entrecortados del hombre dominado—. Dime, ¿qué has conseguido con esto?

—¿Por... por qué no me matas... y acabamos con esta farsa de una vez?

Ivan Braginski soltó una carcajada y meneó la cabeza, divertido.

—Tampoco de esto te das cuenta, ¿verdad? A estas alturas ya deberías estar muerto unas veinte veces. ¿Pero quién te crees que te ha estado protegiendo ahí fuera? ¿Tu ego desbordante?

Gilbert lo miró desde su inferior posición con una expresión de odio tan intenso que no hizo sino reír a su enemigo más abiertamente.

—Mi conejito inconsciente... Eres mío. No te engañes. Todo tu ser y tu cuerpo me pertenecen a mí. Y cuanto antes te des cuenta, menos sufrirás, te lo aseguro.

—No voy a ser jamás tuyo —siseó Gilbert intentando librarse de él.

—Sigue repitiéndote eso. Así solo conseguirás que disfrute más.

Con la respiración atropellada, el prusiano reunió toda la valentía de que disponía aún y le sonrió con fiereza.

—Haz lo que quieras conmigo, ruso. Podrás dominarme así como estás haciendo ahora, aprovechando mi debilidad física, pero mi mente jamás será tuya.

—Te dije que te haría suplicarme para que me detuviese —le recordó Ivan notando que empezaba a inundarle una furia semejante a la de su cautivo.

Gil firmó entonces su propia sentencia cuando pronunció las siguientes palabras con la voz lo más alta y clara que en tales circunstancias pudo adoptar:

—No eres más que un ruso patético y solitario que tiene los días contados. Porque si no me matas aquí y ahora, ten por seguro que consagraré mi vida a acabar con la tuya.

El soviético le golpeó la cabeza tantas veces contra el suelo, que Gilbert perdió el conocimiento en apenas unos segundos.

XXX

Cuando recuperó la consciencia le fue imposible enfocar la vista durante un buen rato. Tenía los párpados hinchados y la sangre, ya seca y pegajosa, se le había cuarteado al entreabrir los ojos. Gradualmente se fue dando cuenta de varias cosas: de que Ivan le había encadenado con sendos grilletes de metal que pendían del techo, que apenas se podía sostener sobre sus propios pies, y que debía de haber estado en aquella posición durante horas, porque tenía un hambre atroz y ya ni siquiera sentía los brazos que tenía suspendidos sobre la cabeza.

Y que se hallaba, a solas, en una habitación desconocida.

Efectivamente, ¿de qué le había servido? Tenía que concederle la razón al menos en ese punto. Haber desafiado así al ruso no iba a devolverle a Roderich, y su situación distaba mucho de ir a ser inminentemente placentera. ¿Pero por qué tenía que ser tan idiota? Lo había echado todo a perder, y no creía que lo fuera a dejar libre por mucho que le suplicara. Lo positivo de todo aquello era que ya estaba tan dolorido y agotado que ya no creía que fuera a ser peor. Gilbert se echó a reír, desquiciado, con carcajadas que sonaban casi como a graznidos agonizantes, de lo lamentable que había sido su vida desde hacía ya casi una década.

El sonido de su risa debió de alertar a los carceleros, porque poco después Ivan Braginski entró en la sala vestido de arriba abajo de negro y rojo, con un abrigo de cuero oscuro y largo hasta por debajo de las rodillas. Siempre lo había visto vestir de blanco, y una parte de él se quedó fascinado con el aspecto que el soviético ofrecía, gorra de plato incluida, sobre sus cabellos clarísimos.

¿Pero en qué narices estaba pensando?

—Buenos días, conejito, ¿qué tal has dormido?

—Bien... —dijo el prusiano con voz rasposa—. Me acabo de despertar. ¿Qué tal tu día?

Ivan se rió y se plantó en frente de él. El olor a vodka inundó las fosas nasales del prisionero, y fue tan intenso que habría vomitado de haber tenido algo en el estómago.

Con la cabeza gacha, Gilbert observó las botas de cuero negro que llevaba el recién llegado, y se dijo que él les habría sacado aún más brillo a las suyas, y a punto estuvo de decirlo en voz alta y de reír, histérico, por lo absurdo de sus pensamientos.

Ivan enredó sus dedos enguantados en cuero en el flequillo del hombre encadenado y le alzó la cabeza para poder mirarlo a los ojos.

—No quería destrozarte así la cara. Es una verdadera pena.

—Oh, vamos, no exageres. Seguro que, a pesar de las contusiones, sigo manteniendo mi insuperable encanto.

El soviético le aferró de la barbilla y le examinó a conciencia el rostro, moviéndoselo de un lado a otro, como si evaluase el daño que había recibido.

—Te iba a pedir que me dieras un poco de ese vodka tuyo —continuó el germano—. Pero creo que ya no hará falta —dijo resoplando ante su cercanía.

—Todavía estoy a tiempo de amordazarte.

—¿Y perderte mis gritos de placer? ¿Acaso no es por eso por lo que estoy aquí?

Ivan le soltó la cabeza de golpe y con tanto ímpetu que las cadenas de sus brazos tintinearon y Gilbert quedó colgando de ellas durante unos segundos al tropezar con sus propios pies. El prusiano recuperó el equilibrio como pudo, y notó un pinchazo de dolor en el hombro. Esperaba no haberse dislocado un hueso solo por dedicarse a jugar a agotar la paciencia del ruso. Lo miró de reojo y vio cómo se quitaba el guante de la mano derecha tirando de cada uno de los dedos y lo arrojaba sobre una mesa en la que el prisionero no había reparado hasta entonces. Con aprensión, Gilbert comprobó que había varios útiles de tortura sobre la superficie de la mesa. Ivan siguió su mirada y, complacido por el «interés» del prusiano sobre sus juguetes, se aproximó a la mesa y tomó una fusta flexible y larga que hizo silbar en el aire un par de veces como quien calibraba una pistola.

—¿Te gusta, prussy? Apuesto a que a ti también te gustaría usarla.

Gilbert no respondió por una vez, y se limitó a observar a su torturador con una mezcla entre temerosa y reverente. El ruso se quitó la gorra militar y la dejó también sobre la mesa y se encaró con él con actitud resuelta y alegre. Como si todo su ser clamara: «¡Muy bien, allá vamos!».

—Tenía tantas ganas de jugar contigo, que te veo aquí por fin y no me lo creo. —Ivan se puso la fusta bajo el brazo y llevó la mano hasta la chaqueta forrada de piel del prisionero para proceder a desabrocharle los botones uno a uno.

Después, le liberó las muñecas temporalmente de sus grilletes para poder quitarle la chaqueta por los hombros. Luego la dejó caer al suelo, donde le pegó una patada displicente con la bota. Cuando sus miradas se entrecruzaron, le sonrió dulcemente a Gilbert.

—No te quejarás. ¿Te crees que cualquier otro prisionero lleva ropas tan cálidas como las tuyas? Estás viviendo a base de privilegios, y así me lo agradeces. Una chaqueta como esta solo las llevan los civiles del campo. —Todo esto se lo decía Ivan, en tono tranquilo, mientras se desembarazaba ahora de su camisa interior de lino.

Gilbert pensó que todo aquello pasaría rápido. Aquel hombre solo quería darle una lección, pero en el fondo no quería matarlo. Como bien había dicho Roderich, si el ruso lo quisiera muerto, ya lo habría hecho. Pensar en su amigo, que había sido asesinado por su culpa, acabó con toda la fortaleza que el prusiano había estado atesorando y los ojos se le humedecieron al tiempo que el hombre del abrigo negro le dejaba el torso al desnudo tras desechar la camisa con aire de aburrimiento.

—Oh, no llores, conejito. Me partes el corazón.

El prisionero apretó los dientes y ladeó el rostro para no ver a su enemigo más de lo necesario.

—¿Crees que ese tipo merecía tanto la pena como para haberme hecho cabrear de esta forma?

—Eres un bastardo sin alma.

—Oh, gracias. Pero ¡mírate! Si ya estás muerto de frío... —comentó Ivan con malicia, deslizando la mano desnuda por su pecho hasta rozarle uno de los pequeños pezones medio erectos, que respondió de inmediato al contacto de sus dedos helados. El rubor se le extendió hasta el cuello al prusiano, que terminó por musitar una entrecortada maldición.

—Tu manera de sonrojarte me parece encantadora, albino. Si solo con este levísimo contacto te pones así, me pregunto qué pasaría si te tocara por aquí... —Para subrayar sus palabras, Ivan apoyó el extremo de la fusta sobre el borde sus pantalones y la hizo descender unos centímetros desde allí, disfrutando del brillo aterrado en los ojos de su víctima.

—Pero estás aquí para recibir tu castigo por tu irreflexiva falta de respeto hacia mí, no para hacerte gritar de placer. —Retiró la fusta de sus pantalones y le echó una nueva visual al cuerpo semidesnudo del hombre que tenía bajo su dominio.

Gilbert contempló la posibilidad de pedirle que se detuviese, pero se dijo que lo más probable era que el soviético no le hiciera ningún caso y que aquello incluso podría incitarlo aún más. No, la mejor baza era mostrarse tal y como era. Y así lo hizo de nuevo, tragándose su tristeza y su miedo:

—¿Qué? ¿Te gusta lo que ves? —preguntó Gilbert con su sonrisa torcida.

—Tienes mucho mejor aspecto que en Moscú, sí. Ahora que te veo de cerca. Eres una preciosidad.

Si antes se había sonrojado, ahora le pareció que estallaría en llamas de un momento a otro. Aquel hombre estaba totalmente loco.

—Pero basta de tanta palabrería. —Se situó a sus espaldas y blandió la fusta de nuevo en el aire solo por intimidarlo. Luego Gilbert volvió a sentir los dedos fríos e inquisitivos del ruso sobre su piel, y experimentó un violento escalofrío cuando las caricias se volvieron más insistentes y las uñas sustituyeron a los dedos. Trató de no temblar cuando el soviético se inclinó sobre él por detrás y le susurró al oído con voz alcoholizada y arrebatada:

—No voy a dejar un solo milímetro de tu maravillosa espalda sin cubrir de rojo. En Rusia tenemos la misma palabra para «rojo» y «belleza». Rojo. Todo rojo sobre blanco. ¿Y sabes qué? Las rojas siempre ganan.

Gilbert gimió.

Al menos consiguió no quejarse hasta el octavo fustazo. Al noveno, su garganta decidió no obedecerlo por más tiempo y comenzó a gemir justo después de cada golpe, que el ruso se encargaba de proporcionar de forma irregular para mayor crueldad.

—Esto es muy divertido, conejito. ¿Te gusta?

—¿No... no me oyes...? —tartamudeó el prusiano, y le castañetearon los dientes—. Estoy en éxtasis, russkiy.

Escuchó la risa ebria de Ivan a sus espaldas y poco después, sus pasos. Dejó la fusta sobre la mesa y tomó un látigo que le mostró como un niño con su juguete favorito en Navidad.

—La fusta es muy divertida. Pero solo con esto conseguiré dejarte las marcas que me propongo regalarte. Porque te voy a marcar bien, prusianito. Te voy a dejar irreconocible.

En algún momento tendría que acabarse. Gilbert cerró los ojos y apretó los dientes para no morderse la lengua.

El grito fue desgarrador, y tan solo había sido el primero de los latigazos. Sobre la espalda, que ya tenía en carne viva, se le abrió la piel desde un hombro hasta un costado, y un rastro de sangre fluyó en cascada, cubriendo, centímetro a centímetro, la blancura prístina de su cuerpo.

El segundo le dibujó una equis casi perfecta.

Ivan se separó unos pasos para admirar en perspectiva su obra, y suspiró de gusto mientras el prusiano, la cabeza inclinada hacia delante y sus brazos soportando el peso de su cuerpo, temblaba de forma incontrolada. Pero algo no funcionaba como debería, y el torturador frunció el ceño. No había súplicas de piedad. Así que extendió la mano, e introdujo los dedos en una de las dos heridas abiertas hasta que la sinfonía de gritos fue tan agradable para sus oídos, que sonrió de satisfacción y se retiró.

—Eso es, conejito ya no tan blanco. Voy a asegurarme de que estas heridas no se te cierren jamás.

Al séptimo latigazo no hubo grito de dolor, y por la postura de Gilbert todo parecía indicar que había quedado inconsciente de nuevo. Ivan dejó el látigo a un lado y se colocó delante de él, le tomó del cabello una vez más, mancillando su claridad cenicienta con la sangre que manchaba sus manos, y lo miró a la cara.

—No me digas que te has quedado ya sin sentido.

Bajo sus pies, el goteo de la sangre había formado un pequeño charco sobre el suelo, solitario, obsceno en su simplicidad, y el soviético lo pisoteó sin miramientos con sus botas. Pero Gilbert entreabrió entonces los párpados y una sonrisa tortuosa se adueñó unos instantes de la situación y de las violentas convulsiones que dominaban su cuerpo.

—¿Has... acabado... ya? ¿Puedo irme... irme a dar una ducha?

Ivan lo empujó hacia atrás de tal manera y con tanta ira, que, esta vez sí, supo que se le había dislocado de veras un hombro. Gilbert se rió entre sollozos. El ruso había cumplido su amenaza y no había dejado ni un solo pedacito de su espalda sin teñir de púrpura. En siete trazos magistrales había marcado a su presa por siempre, para demostrarle al mundo que aquel hombre era suyo por entero. Y sin embargo...

—Maldito osito gruñón... —dijo el prusiano ahogándose con sus propias y desarticuladas carcajadas.

Ivan se acercó a una pared y, rabioso, arrancó con sus propias manos una de las viejas tuberías de metal que estaban fijadas a la pared. Con los ojos despidiendo esquirlas de hielo, se situó en el ángulo correcto, afianzó sus dedos en torno a la tubería, la levantó en el aire con una expresión desencajada, y la descargó con fuerza sobre el prusiano.

Fue lo último que vería Gilbert antes de sumirse en la bendita oscuridad, con un brazo quebrado en dos. El rostro descompuesto de su enemigo, y... sus ojos. Sobre todo sus ojos violeta, y el temor que los inundaba.

Ivan lanzó, colérico, la tubería contra una pared, haciendo que el sonido metálico restallara como una detonación en mitad del nuevo silencio y que el yeso saltara por los aires. Después, desapareció de la sala dando un portazo.


6

El hueso del brazo tardó en soldársele del todo varios meses, cuando ya el invierno siberiano estaba en su cenit. Debía de ser cierto que el ruso lo protegía desde las sombras, porque un prisionero en un campo de trabajo lesionado, que ya no volvería a talar ni a transportar troncos y aquejado de una apatía insuperable no servía absolutamente de nada, excepto para convertirse en carnaza para los guardianes.

Por si fuera poco, el extremo frío ártico le acentuaba el dolor del brazo en recuperación, y era un recordatorio constante de aquel fatídico día en que el ruso le había cubierto la espalda de cicatrices permanentes.

Ya nada volvería a ser lo mismo.

Para empezar, poco después del día en que todo se había torcido de forma irremediable, uno de los guardias lo interceptó cuando iba de camino a los barracones y, por un momento, Gilbert creyó que tendría que volver a proseguir con la tortura para retomarla allí donde la habían dejado. Y, ante tan terrible perspectiva, a punto estuvieron de fallerle las piernas. Pero el guardia se limitó a dejarle claro, en un rudimentario alemán, que lo habían trasladado de unidad. A partir de entonces, sus días, y sobre todo, sus noches, las compartiría con los prisioneros políticos rusos.

De modo que, de un día para otro, se lo habían arrebatado todo: a su mejor amigo, a sus compañeros germanos que tanto lo apreciaban, el orgullo que lo sostenía y, por encima de todo, su alegría. No era que ya fuera incapaz de sonreír. A partir de entonces vivía atemorizado, siempre mirando por encima del hombro, allá donde fuera. Sentía pánico de que alguno de los rusos se levantara alguna noche y le rajara el cuello mientras dormía. Porque él era alemán. Y además estaba solo.

Pero pasó el tiempo, y él seguía vivo. Aún así, en ocasiones, cuando la tristeza se apoderaba de toda su alma y se quedaba las horas muertas sentado en la cama abrazado a sus rodillas, llegaba a pensar que más le valía que sucediera precisamente aquello: que a uno de sus nuevos compañeros se le cruzaran los cables y terminara de una vez con su grotesca existencia.

Pasaban los minutos, las horas, las semanas y los meses y tan solo se quedaba mirando a un punto fijo, mirando sin ver, perdiéndose en pensamientos del pasado, en un pasado esplendoroso y luminoso en el que Ludwig estaba con él y se lanzaba a sus brazos, feliz, cada vez que regresaba a casa. Y en un mundo en el que Elizaveta estaba viva, su pequeña y buena y terca y preciosa Elizaveta, preparándole y llevándole la comida cada día, de la que luego presumía en el cuartel ante sus colegas.

Ni siquiera lloraba. Y no era porque su alma no se lo pidiera a gritos, sino porque creía que ni siquiera se merecía el consuelo de llorar. Él, que había sido la alegría de todos sus conocidos, el teniente que siempre había tenido palabras amables hacia sus soldados, el amante solícito, respetuoso y responsable con su amadísima húngara, con la que se iba a casar cuando terminara la guerra. Recordaba con especial insistencia el día en que ambos habían yacido, inexpertos ambos, en las caballerizas de la casa de los Hérdeváry. A la mañana siguiente fue a pedir la mano de la muchacha a su padre, como dictaba la decencia y la tradición. Pero días después estalló la guerra y tuvieron que posponer los planes de boda... para siempre.

Así transcurrió su muerte en vida durante los siguientes meses en el Gulag. Sin pronunciar apenas palabra, como una sombra, sin ver la luz del sol, tiritando de frío todas las noches. Sin esperar nada.

Sin embargo, Ivan Braginski no estaba mucho mejor que él.

Desde el día en que había castigado y ultrajado al prusiano con sus propias manos, no había vuelto a estar sobrio. El vodka era difícil de conseguir allí, tan al norte y tan alejados de de las grandes ciudades, pero él siempre se las arreglaba para tener reservas suficientes.

Su campo había empezado a incumplir las cuotas, tanto de ejecuciones como las fijadas de producción, y desde Moscú, sus superiores empezaban a estar muy descontentos. Ivan sabía que aquellas eran muy malas noticias para él, porque, aunque era el jefe de aquel Gulag, no estaba libre de ser acusado en cualquier momento de ser un enemigo del comunismo mientras siguiese incumpliendo lo que se esperaba de un oficial soviético de alta graduación.

Pero a Ivan no podía importarle menos.

Se torturaba a sí mismo día tras día, y trataba de ahogar la culpabilidad a base de alcohol. Pero era una tarea inútil y, a pesar de que lo sabía, seguía perdiendo el pulso consigo mismo una y otra vez.

Había hecho llevar al prusiano unas cuantas veces a su despacho. ¿O habían sido muchas veces? No lo recordaba bien. Pero el prisionero se quedaba allí sentado, como una estatua pálida y marmórea, sin mirarlo, con sus ojos apagados y mirando hacia abajo, siempre hacia abajo.

Ivan, borracho, le hablaba siempre en aquellas reuniones. Y siempre eran monólogos, porque contara lo que le contase, no suscitaba ninguna clase de reacción en el prusiano.

Terminó por acostumbrarse a su compañía silenciosa, e incluso empezó a servirle como una especie de terapia en su propio beneficio. Al principio había intentado por todos los medios que el prusiano le hablara, pero ante su incapacidad para lograr arrancarle una sola palabra, poco a poco fue él quien fue desgranando su alma frente a aquel muñeco roto.

Y las primeras veces solo le hablaba de cosas generales, de las reuniones periódicas del Partido, y de lo difícil que era contentar a los líderes. Pero poco a poco, y sin darse cuenta, fue abriendo su corazón ante su muda audiencia. El mismo corazón que el propio Ivan se había encargado de recubrir de metal y espinas para evitar desmoronarse en un mundo tan hostil como el que le había tocado vivir. Le contó la presión a la que estaba sometido dentro de Partido, al que uno consagraba su vida y su espíritu. Era otra cárcel más, no tan obvia como las físicas, aunque igual de peligrosa o peor.

En otra ocasión le narró que había tenido una casa en Leningrado, donde había vivido su familia. Y no dijo más.

Otro día le dijo, riendo, aunque con los ojos muy enrojecidos, que él había tenido razón, que era un ruso patético y solitario. Pero, ¿y quién no lo era, maldita sea?

Finalmente, un día en el que estaba especialmente ebrio, le contó algunas de las cosas que había visto antes y durante la Gran Guerra Patriótica. Sobre todo en Polonia. El dolor en los brazos y las manos de los soldados soviéticos tras ejecutar a oficiales durante horas. Y le tembló la voz al describirle lo que había visto en Ucrania cuando no era más que un crío. Los cadáveres de vientres hinchados amontonados en las calles y junto a las cunetas, las familias campesinas que se comían a sus hijos más pequeños ante la imposibilidad de subsistir. Todo por el bien mayor, claro. ¿Pero el fin justificaba los medios? ¿Entonces en qué se diferenciaba un extremo de otro? Los campesinos no eran más que peones en el tablero de juego y, por lo tanto, prescindibles, y los judíos, los ladrones elitistas que acechaban en las sombras para dominar el mundo algún día.

—Y aquí estamos tú y yo, prusiano, sin saber qué narices estamos haciendo aquí ninguno de los dos. Sobreviviendo sin vivir, haciendo lo que otros han querido que hagamos. Sin haber sido libres jamás.

La voz se le distorsionó, y buscó a tientas y con los dedos temblorosos la botella de vodka de la mesa, pero entonces sucedió lo inesperado después de tantos meses de silencio, de incomunicación y de dolor reprimido. Gilbert se inclinó hacia él y posó su mano sobre la suya. Al igual que Ivan había hecho hacía ya tanto tiempo para consolarlo a él. El ruso no retiró su mano de debajo y buscó los ojos de su prisionero.

—Ivan, no bebas más, por favor.

Algo le había hecho reaccionar al fin. Los ojos del prusiano eran en aquel momento un espejo de los suyos propios.

—Te comprendo. Te perdono. Pero no bebas más. Por favor, no te destruyas así.

El soviético retiró entonces su mano, y la frialdad retornó a su mirada de forma automática. No se podía luchar contra la costumbre de casi toda una vida.

—¿Qué vas a comprender tú?

—Te pido disculpas por haberte llamado aquellas... cosas —dijo Gilbert con la voz ronca—. No tenía ningún derecho. Sé que estás solo, sé que has estado solo toda tu vida, y yo... créeme. Yo te comprendo muy bien. Habiéndote escuchado... Cuando me has contado todas esas cosas... Creo que entiendo qué es lo que te sucedió. Perdiste hace tiempo a alguien que era muy importante para ti, ¿no es cierto?

Ivan sintió que un calor familiar que hacía tiempo que no sentía lo invadía por dentro, pero hizo un esfuerzo por contenerse y siguió dejando por el momento que el prusiano hablara.

—¿Una mujer? ¿Se trataba de la mujer a la que amabas? —preguntó el prisionero, aventurándose a estrechar aquel lazo etéreo y frágil que se había extendido entre ambos—. Yo perdí a mi prometida cuando la insté a ponerse a salvo. Se llamaba Elizaveta. Y se ahogó. Por mi culpa. Porque la quería demasiado.

Gilbert no se dio cuenta del brillo metálico que adquirieron las pupilas del ruso, por lo que se asustó cuando este se levantó de la silla y descargó con fuerza su puño sobre la mesa.

—¿Pero qué cojones estás diciendo? No tienes ni idea de lo que ha sido mi vida. Tú, en tu preciosa y próspera ciudad costera, y tu prometida... Por mí te puedes ir a reunir con ella en el infierno.

—Pero Ivan...

—¡Y no me llames Ivan! ¿Cuándo hemos empezado a ser amigos tú y yo? No sabes nada... tú no sabes nada de mí.

—Señor Braginski, entonces —concedió el prusiano—. No pretendía hacerme el listillo contigo. Siento de veras que...

El ruso, entonces, hizo algo que ni él mismo habría esperado hacer. Alargó su brazo, tomó del cuello de la chaqueta al otro hombre y con la fuerza que lo caracterizaba, lo hizo inclinarse y acercarse a él sobre la mesa hasta que lo besó en los labios.

Gilbert se quedó totalmente rígido por la sorpresa, y aun trascurrieron unos segundos extraños durante los cuales ninguno de los dos hizo un solo movimiento. Se mantuvieron como a la espera, unidos por aquel beso tenso y repentino hasta que fue por fin Gilbert quien no pudo resistirlo por más tiempo y, como si hubiera claudicado tras una ardua lucha consigo mismo, comenzó a devolverle el beso con conmovedora timidez ante la pasividad de Ivan. Pero solo cuando se animó un poco más y buscó su lengua con la suya, y solo entonces, decidió el soviético poner fin a su pequeño experimento. Lo apartó de sí y empujó al prusiano hacia atrás con tanta fuerza que este fue a dar con la espalda contra la pared.

—Eso es todo lo que querías de mí, ¿verdad? Te morías por besarme, prusiano.

Gilbert estaba tan descolocado que no le dio ni tiempo de enojarse. El ruso bordeó la mesa y fue hasta él con aspecto amenazador. Colocó cada una de sus manos en la pared, dejando a su atónito prisionero entre sus brazos y lo miró desde arriba con febril intensidad.

—Siempre he imaginado, ya desde la primera vez que te vi, cómo serías en la cama, conejito. ¿Y sabes a qué conclusión he llegado? Que serías de los que hicieran mucho ruido en la cama si te follara.

El prusiano no daba crédito a lo que estaba oyendo y se lo quedó mirando como si todo aquello no fuera más que una muestra extravagante del humor del ruso.

—Pero eso no va a pasar —continuó él sin variar un ápice su tono agresivo—. Por la única y sencilla razón de que es precisamente eso lo que quieres que suceda.

Lo soltó, se recompuso, y puso fin a la «conversación» con voz mucho más neutra:

—A partir de ahora vivirás aquí, en el edificio de los oficiales. Se acabaron para ti los barracones. Pero… —Levantó un dedo en al aire a modo de advertencia— antes de que eches las campanas al vuelo, has de saber que he decidido que vas a vivir cerca de mí, noche y día. Constantemente. He decidido que vas a ser mi sirviente personal. Porque ¿sabes?, me ha gustado mucho tu compañía silenciosa durante estos meses, cachorrito. Y eso es precisamente lo que vas a ser para mí. Mi mascota muda.


7

A pesar de que pudiera parecer lo contrario, aquella arbitraria y caprichosa decisión del ruso supuso una mejora sustancial para ambos.

Quizá fuera enfermizo. Alguna que otra vez Gilbert incluso se lo había planteado. Pero después de todo por lo que había pasado, no estaba tan mal estar cerca del ruso, aunque apenas le dirigiera la palabra más que para darle órdenes o para denigrarlo de alguna forma cada vez que se sentía aburrido. Y al menos había dejado de beber. No del todo, claro, eso era imposible, pero Ivan ya no era el despojo humano que había sido y volvía a tener el Gulag bajo su control. Los superiores se habían tranquilizado y el peligro había pasado. Gilbert lo percibía claramente. Y se alegraba.

Su nueva situación tenía muchas cosas positivas. En las dependencias de los líderes del campo siempre estaba puesta la calefacción, así que se había terminado por fin el castañeteo de dientes en esas noches en las que había estado al borde de la congelación. La comida no era gran cosa, pero comparada con las raciones de los prisioneros, era ambrosía divina. También se habían acabado las duchas insuficientes en el porche de los barracones, los madrugones para formar en el patio y las jornadas de trabajo en el bosque, tras las cuales uno acababa con medio cuerpo insensibilizado y con el cerebro adormecido.

Vista en perspectiva, la suya era ahora una vida de lujos. Aunque fuera la vida de un esclavo. Desde su rincón apartado, observaba trabajar al ruso en su escritorio y, a veces, se quedaba obnubilado durante horas, absorto en la capacidad de trabajo y concentración que tenía aquel hombre. En muchas ocasiones, había pensado en ir hasta él para ofrecerle su ayuda, pero sabía que Ivan lo miraría con sus ojos impasibles y le ordenaría que se fuera a su rincón, porque no era más que una mascota decorativa.

No obstante, un día el ruso lo pilló leyendo uno de los papeles de su escritorio. O, al menos, tratando de comprender los garabatos en cirílico que había allí escritos. Gilbert soltó el papel de inmediato y retrocedió con aspecto de culpabilidad, tratando de justificarse y de disculparse, pero para su sorpresa, Ivan no le hizo nada. Ni siquiera pareció enojarse. Se limitó a tomar el papel, a echarle un somero vistazo y a ordenarle a su cautivo con voz molesta que le fuera a traer la cena de una maldita vez.

A veces rememoraba el beso que se habían dado, o bueno, lo que fuera que hubiese sido aquello, y se sonrojaba profundamente al pensar en cómo él mismo se había lanzado y cómo había deseado que hubiesen continuado besándose. En el sabor del vodka en los labios del ruso y el asombroso calor que desprendían... como si todo él fuera puro fuego, oculto bajo una gruesa capa de hielo que recubría, poderosa, el exterior.

Fue en una de aquellas ensoñaciones teñidas de culpabilidad, cuando el ruso le vino un día por detrás y le rodeó repentinamente con los brazos, haciendo que el prusiano soltara una exclamación.

—No te estoy abrazando, tranquilo —le aseguró Ivan riéndose—. Te he traído un regalo.

Entonces Gilbert reparó en lo que el soviético le mostraba en las palmas de las manos con cara de complacencia: un collar de cuero unido a una cadena de metal. Pudo ver que sobre el cuero había grabada una inscripción en cirílico, y se volvió hacia Ivan con una expresión indefinible en el rostro.

—Vamos, póntelo, conejito —dijo Ivan con animación—. ¿Sabes lo que pone ahí?

—¿Mi nombre? —respondió el otro, intentando que no se le notara ni la vergüenza ni su enojo.

—Vaya, no te he traído galletas para premiarte. Tendrás que conformarte con mis palmaditas de felicitación. —Y eso mismo fue lo que hizo, manoteando su cabeza durante un buen rato.

Gilbert se dejó hacer con un ramalazo repentino de tristeza que ensombreció aún más su estado de ánimo.

—También te he traído esta pila de papeles para que me los ordenes. Creo que me podrás servir de algo más que de cosa bonita que me observa arrobada desde su rincón. Mira, es fácil. Tienen la fecha en la esquina, ¿ves?

—¿Cosa bonita? —resopló Gibert ya sin contenerse.

—¿No te gusta? Es que eres una cosa bonita.

Gilbert le arrebató el taco de folios impresos de las manos y no respondió a su provocación. De todas formas, sus mejillas ya respondían elocuentemente por él.

—Pero ponte el collar, cachorrito. Si te sigues portando bien, quizá te saque luego a pasear.

No, la verdad es que no estaba tan mal. Y había pequeños detalles, fugaces destellos de luz en la oscuridad que le hicieron ir recobrando la esperanza perdida. Ivan ahora le traía él mismo la comida. A veces, hasta le encargaba recados que fueron adquiriendo cada vez mayor relevancia. Un día en especial, el ruso le agradeció profusamente por su buen trabajo en la sala de radio, captando señales secretas que trataban de pasar desapercibidas. El prusiano había interceptado una señal de radio norteamericana, había incluso descifrado parte del contenido, e Ivan estaba radiante. Recordaba cómo se había apoyado sobre su espalda, una mano en su hombro, y la otra sobre la mesa. Y recordaba la sonrisa de felicidad del ruso y sus mejillas animadas mientras oía junto a él el chisporroteo de los aparatos de comunicación.

—Oh, conejito, esto va a ser una bomba en el Partido. ¿Pero tú sabes qué has descubierto?

No se lo dijo, pero lo sabía. Eran informes de la Alemania Occidental, la parte no soviética. Algo sobre la guerra civil griega y sobre Truman. Recordaba que Truman era el presidente de los EEUU. Y no paraba de repetirse también algo sobre unas medidas que iban a tomar de forma inminente y, como no, sobre el comunismo, que era la clave de todo. No sabía muy bien de qué iba todo aquello, pero por la actitud del soviético, sabía que era de importancia capital.

Tuvo ganas de reír por vez primera en mucho tiempo, e incluso se permitió la licencia de, desde su asiento, apoyar suavemente la cabeza sobre el brazo de Ivan durante lo que fueron unos maravillosos segundos.

XXX

Con las idas y venidas de Ivan, era obvio que algo importante se cocía en el campo y él mismo se lo confirmó cuando comían juntos y en silencio.

—Van a reunirse aquí en unos días. Estoy de los nervios.

Ivan nunca era tan explícito y directo en lo que respectaba a sus sentimientos, así que en verdad debía de estar nervioso. Gilbert vaciló unos segundos, tras los cuales se arriesgó a preguntarle:

—¿Quiénes van a venir, ciudadano Braginski?

—La plana mayor. Mis superiores del NKVD y los jefes de las otras zonas.

No le solía dejar hablar sin su permiso, pero estaba tan eufórico que ni se había percatado de ello. El prusiano miró a su «dueño» a los ojos y sin saber por qué, le vino a la memoria justo entonces aquella crueldad inesperada que le había soltado tras aquel momento tan íntimo que habían compartido.

«Si te follara».

Y que eso no iba a pasar.

Bajó los párpados y rezó para que el ruso no advirtiera el estado de agitación en que se había sumido. Se dijo por vez primera y con meridiana claridad que él era un hombre. Que era un militar de carrera honorable y que no podía estar pensando en aquellas... en aquellas cosas. Que quizás se estaba volviendo tan loco como el propio ruso.

—Y tú vas a estar presente, conejito. Quieren conocerte.

Gilbert abrió los ojos de pura sorpresa ante su afirmación.

—Así que más te vale comportarte como te corresponde. Y ya sabes a lo que me refiero, ¿verdad?

XXX

—Vaya, ¿esta es tu famosa mascota alemana, camarada Braginski?

—Así es.

Gilbert permanecía firme, la espalda recta y pegada contra la pared, la expresión neutra y la mirada perdida en algún punto indeterminado. Como si fuera un elemento más del mobiliario.

—Es bien exótico este alemán —comentó otro aludiendo con cierta admiración a su cabello plateado y a sus ojos de fuego.

—¿Está bien entrenado?

Ivan miró a Gilbert, pero este continuaba impertérrito, ajeno a las palabras que decían de él.

—Por supuesto —asintió el ruso, esperando que su voz no delatara la inseguridad de aquella afirmación. Por desgracia, Gilbert todavía se le resistía de vez en cuando.

—¿Sabe ruso? ¿Comprende lo que estamos diciendo?

Todos los hombres allí reunidos se rieron. Todos excepto Gilbert.

—Supuestamente no —contestó Ivan—. Pero yo creo que sabe lo suficiente. Es un alemán muy listo.

—¿Alemán listo? —exclamó otro de los hombres—. ¡Esos son dos conceptos incompatibles!

Mientras se reanudaban las risas, el soviético que estaba a la derecha de Ivan se inclinó hacia él y le susurró en tono divertido y malicioso:

—Demuéstranos lo bien entrenado que lo tienes, Braginski.

Ivan volvió a mirar a su «mascota» y sintió una repentina angustia que no supo identificar. No supo si era por el miedo a quedar mal ante aquellos hombres rudos y achispados por el vodka, o si mas bien era por una leve compasión por el hombre que estaba a punto de humillar ante todos.

Sacudió la cabeza y se obligó a pensar que era por lo primero.

—Gilbert, ven aquí.

Se hizo el silencio en la sala tras la orden del ruso; un silencio un tanto tenso y otro tanto, curioso. El prusiano no vaciló apenas unos segundos en dar unos pasos hacia Ivan, que casi suspiró de alivio al comprobar que le había obedecido.

—Arrodíllate, cachorrito. A mis pies.

En esta ocasión ni siquiera tardó unos segundos. Gilbert se puso de rodillas y se quedó inmóvil, esperando a la siguiente orden, tratando de aparentar impasibilidad. Como que aquello no iba con él. Como si no fuera el centro de atención de un montón de hombres rusos que lo odiaban y que tenían ganas de divertirse a su costa.

—Mira mis botas, conejito —dijo Ivan, todavía inquieto en el fondo de su ser—. Me temo que se han ensuciado mucho hoy entre el lodo y la nieve. Vas a tener que limpiármelas muy bien —comentó el soviético sin dejar de observar el rostro del prusiano, que había enrojecido al oírle decir aquello. Ivan esperaba que no se le notara su propio rubor y se maldijo por estar empezando a sentir un incómodo brote de piedad por aquel hombre.

Gilbert obedeció. Sin parecer afectado por las carcajadas ebrias, se inclinó sobre las botas del soviético y comenzó a eliminar la porquería que había en el borde de la suela y la nieve sucia incrustada sobre el fieltro. El alivio de Ivan fue palpable, pero ya le daba igual. Su cachorrito se había comportado como debía delante de aquellos hombres. Rechazó el impulso de acariciarle el cuello blanco que se asomaba tentador mientras seguía limpiándole las botas con la lengua, sin la más mínima arcada, casi como si estuviera saboreando una delicia culinaria francesa.

Algunos habían aplaudido.

El hombre de la derecha, en cambio, sí que se atrevió a tocar la cabeza de su prusiano e Ivan refrenó las ganas de apartársela de un manotazo.

—Buen chico. Pues sí que lo tienes bien entrenado, sí —dijo el hombre arrastrando las sílabas—. Creo que se merece una recompensa.

El hombre tomó la correa del cuello de Gilbert, y le hizo levantar la cabeza. Luego agarró su vaso de vodka y se lo volcó lentamente sobre la boca y la cara, hasta que el alcohol quemó los ojos del prusiano y lo hizo parpadear con una leve mueca de dolor. Las risas esta vez fueron ensordecedoras.

—¿Me lo prestarás luego, Braginski? Yo... también tengo algunas cosas que... limpiar.

Ivan le arrebató la correa de las manos y lo apartó de golpe de aquel hombre que osaba tentar la palidez de sus cabellos y humillarlo sin su permiso.

—Gilbert. Vete a la sala de radio y espérame allí —ordenó el ruso con voz gélida—. Muy bien, señores, ya nos hemos divertido lo suficiente. Y tenemos cosas importantes de las que hablar, ¿no es así?

Nadie hizo ningún comentario más acerca del prusiano.

XXX

Allí estaba él, donde le había dicho que lo esperase. Sentado en el suelo, los brazos apoyados sobre las rodillas y una expresión de... ¿tristeza? En cualquier caso, el prusiano lo ocultó rápidamente en cuanto el ruso entró en la estancia con una botella de vodka sin estrenar. Reparó en sus cabellos aún húmedos por el alcohol que aquel tipo le había volcado encima, y sin decir una palabra a su mascota, encendió una radio, subió el volumen y se sentó en una silla para disfrutar del vodka con tranquilidad tras aquella intensa reunión. Lo necesitaba.

En la radio se oía una arenga política a favor del régimen. Lo usual. Abrió la botella de vodka con un suspiro y dio un largo trago antes de acomodarse en el respaldo y cerrar los ojos. Ni siquiera se le pasó la cabeza que se ponía en una situación vulnerable, pues el prusiano, de quererlo así, podría levantarse en cualquier momento y utilizar su propia cadena del cuello para asfixiarlo a traición. Hasta aquel punto se había acostumbrado a su presencia.

En la radio, la arenga había derivado hacia un ataque al mundo capitalista y en especial al fracaso del fascismo en Italia y Alemania y del éxito del mismo en España. Se perdió en las palabras furibundas del locutor contra aquellos países y pensó en lo que había dicho antes en la sala de reuniones. Había afirmado que Gilbert tenía un nivel suficiente de ruso. ¿Pero lo tenía? ¿Estaría entendiendo Gilbert los insultos y palabras denigrantes que le estaban dedicando a los despojos de la nación alemana y también a sus habitantes? Extrañamente, le afectó que Gilbert pudiera estar entendiendo aquellas palabras en idioma ruso.

Tan absorto estaba en la retahíla de propaganda, que no se dio cuenta de que en algún momento había tomado de la correa al prusiano que estaba a su lado en el suelo y había hecho que se aproximara a él. Tan sumamente ensimismado llegó a estar, que no se percató de que había empezado a acariciar con suavidad sus cabellos, como se haría con un perro cariñoso y dócil, y que Gilbert se había apoyado en su pierna con delicadeza y había cerrado los ojos.

En cuanto fue consciente de lo que estaba haciendo, apartó la mano de inmediato y el prusiano se irguió.

Ivan estuvo a punto de decir algo, pero no supo decidirse y se perdió en aquellos ojos escarlata que lo estaban empezando a devorar poco a poco. En silencio. Sin que hiciera falta nada más. Ivan sintió que se le aceleraba la respiración y que su mano, la de la correa, vacilaba en su firmeza. Lo que había en aquellos ojos que lo fascinaban era inconfundible.

De forma instintiva, adelantó la otra mano hacia el rostro de su mascota y detuvo los dedos sobre sus labios. No, no se había equivocado. Gilbert entreabrió los labios y comenzó a besarle la punta de los dedos sin que hubiera mediado palabra alguna del ruso. Pronto los besos se convirtieron en algo más cuando Ivan le introdujo los dedos en la boca y el otro procedió a lamérselos con dedicado entusiasmo y sensualidad. De modo que el cachorrito estaba sediento. Ivan casi perdió la noción de lo que estaba haciendo y, sin pensarlo dos veces, le soltó de la correa y dirigió la mano hacia la bragueta de sus propios pantalones. La reacción del prusiano no se hizo de rogar; alzó el rostro, apoyó las manos en cada una de las rodillas del ruso, se adelantó un poco y se humedeció los labios de forma inconsciente. Los dedos de Ivan temblaron.

Imaginárselo, arrodillado entre sus piernas, indicándole el ritmo con la mano sobre su cabeza, observar sus ojos carmesíes, entrecerrados y resplandeciendo de lujuria mientras sus labios ávidos recorrían su miembro una y otra vez, de arriba abajo y de abajo arriba, y después su lengua, lamiéndole la punta, y relamiéndose con una de aquella sonrisas suyas... Todo aquello era mucho más de lo que Ivan estaba decidido a tolerar. Lo apartó de malas maneras y se levantó de la silla con rapidez. Con suerte, quizá no hubiera notado el grado de excitación al que lo había conducido.

—¡Largo de aquí, conejito! ¡Vete!

Gilbert no se molestó en ocultar su sorpresa, pero se levantó a su vez ante el tono agresivo del ruso.

—Maldita sea, ¡vete de una vez antes de que me arrepienta y te... !

Y... ¿hiciera qué? No estaba del todo seguro de la respuesta.

Sus dedos seguían temblando aún cuando se halló a solas, mientras daba cuenta de lo que quedaba de la botella. El inoportuno deseo era aún más difícil de erradicar que el alcohol.

Estaba muy enfadado. Había estado a punto de dejar que el prusiano lo dominara. A él.


8

Lo estuvo rehuyendo una semana, y Gilbert no estaba seguro de si debía alegrarse por ello o no. Había pasado tanto tiempo conviviendo con él, que ahora se le hacía raro volver a estar solo y no poder contemplar los cabellos tan rubios de Ivan, y oír sus pequeños murmullos cuando meditaba, o sus sonrisas, cada vez más frecuentes, o...

Ocultó la cabeza entre sus propios brazos, avergonzado de sí mismo. Se había propasado con su irreflexiva iniciativa, y ahora el ruso no quería saber nada de él. Pero es que se le había nublado toda capacidad de raciocinio. De repente, todo su ser se había convertido en puro deseo. Y ahora se moría de la vergüenza y de la frustración. Idiota, ¡idiota!

Cuando por fin Ivan regresó a él, creyó que iba a postrarse a sus pies. Y casi lo hizo, literalmente, de no haberle frenado la propuesta que Ivan le soltó sin más, con una expresión de felicidad e inocencia en su rostro:

—¡Hoy vamos a salir de aquí! ¡Quiero enseñarte algo que te va a encantar, Gilbert!

Dicho esto, se acercó a él y le desabrochó el collar de perro que seguía llevando, como siempre, al cuello. A continuación, se lo guardó en un bolsillo y uno de sus dedos acarició, fugaz, una de las mejillas del prusiano. O eso le pareció a Gilbert. Estaba demasiado sorprendido como para saberlo con certeza.

Lo hizo abrigarse más que otras veces, le rellenó las botas de fieltro y le dijo que sería mejor que se vendara los pies con lino. Le proporcionó además guantes forrados de piel de oveja, una bufanda mullida, y para terminar, le caló una ushanka de piel con un gesto tan enérgico que llegó a ocultarle los ojos por completo. Las carcajadas espontáneas del prusiano lo hicieron sonreír a su vez, pero se guardó de inmediato su sonrisa en cuanto Gilbert se liberó del gorro.

Ahora que lo pensaba, Ivan jamás lo había visto reír de aquella forma.

Así que salieron juntos del Gulag, ya sin ser amo y sirviente, con una animación moderada en el caso del ruso y una exultante felicidad en el caso del prusiano. Los soldados que patrullaban la entrada le hicieron sendos saludos marciales al soviético y los dejaron salir al exterior. Era la primera vez que Gilbert salía de allí para dar un simple paseo, y todo era tan extraño e infrecuente que pensó que seguramente tendría que suceder algo terrible. Porque ya no recordaba la última vez que algo le hubiera salido bien.

Ivan, por su parte, disfrutaba en silencio con la alegría pura y sencilla del prusiano, y hasta le respondía pacientemente a las preguntas que le hacía, como haría un padre con un crío curioso e impertinente.

—Normalmente habría sacado los trineos, pero supuse que iríamos mejor andando para no cargar con ellos por la llanura.

—¡Oh, trineos! En Königsberg nevaba también, claro, pero desde luego, no había parajes como estos. Es... Es una maravilla.

—¿Una maravilla? ¿Este páramo blanco y sin vida? —El ruso rió con ganas—. Entonces te vas a morir cuando veas lo que te voy a enseñar.

Sintió sus ojos sobre los suyos unos instantes y le enterneció ver aquella mirada sincera, llena de ilusión y de esperanza, como debería haber sido siempre. No debía pensar en el dolor que le había infligido. Solo iban a pasar un rato los dos en el exterior de las alambradas, porque ya iba siendo hora de ser libres de una maldita vez. Aunque fuera por un solo día.

El invierno parecía haberse suavizado, y hasta el viento no era tan cortante como otras veces. Un absurdo pensamiento cruzó la mente del ruso, que se imaginó a sí mismo junto a Gilbert en uno de aquellos países exóticos del sur de Europa donde siempre hacía calor. Conocía a un camarada que había servido en las Brigadas Internacionales en España, y que contaba maravillas de aquel país, a pesar de estar por entonces sumido en un infierno fratricida. Recordaba que su camarada se quejaba con amargura de lo irracional que era el mundo. Los españoles, con todos sus recursos y posibilidades, y eran incapaces de ver lo bueno que tenían a su alrededor. E incapaces también de acabar con su régimen fascista. Aquel pensamiento lo llevó a enlazar con el recuerdo de Gilbert entre sus piernas, ávido de deseo por él, mientras, en la sala, un camarada soviético despotricaba contra España y contra sus dirigentes por la radio. Ivan se sonrojó y ni siquiera se percató de que Gilbert le estaba hablando desde hacía un rato:

—Pero ¿se puede saber en qué piensas? Te has quedado ahí callado como un tontaina.

—No te pases, prusiano.

Gilbert ladeó la cabeza y se adelantó unos pasos, marcando bien sus pisadas sobre la nieve. Como lo haría un chiquillo.

—¿Sabes, Ivan? La nieve me recuerda muchísimo a la Navidad. A cosas cálidas, a comida deliciosa, a la familia... —Al decir aquello se detuvo y miró con precaución al ruso, pues lo último que deseaba era hacerle recordar algo doloroso. Pero Ivan no parecía preocupado.

—Continúa.

—Oh, bueno... La Navidad en Königsberg era la mejor fiesta de todas. De tanto comer durante aquellos días, luego tenía que estar dos meses quemándome los músculos a base de ejercicios —le dijo con una media sonrisa.

—Eres un presumido, prusiano.

—¡A ver si te crees que este cuerpazo está así porque sí!

Ivan sacudió la cabeza, fingiendo resignación.

—Siempre conseguíamos el abeto más grande de todos. A veces hasta nos peleábamos con los vecinos, pero siempre ganábamos nosotros. Ludwig disfrutaba mucho en navidades.

—Lo querías mucho.

—¡Muchísimo! Cuando era pequeño lo llevaba siempre subido a mis hombros —le dijo Gilbert con expresión nostálgica, aunque luego soltó una carcajada—. Pero luego el maldito crío creció y me superó en altura. Cuando llegaba la nieve, siempre hacíamos un muñeco y, al terminar, nuestro padre le colocaba solemnemente su viejo Picklehaube y nos hacía desfilar ante él como si Herr Schneemann fuera nuestro general. Éramos muy pequeños. —Se justificó el hombre con aspecto un tanto avergonzado—. Luego adornábamos el árbol con cintas de colores... Me acuerdo de que las plateadas eran mis preferidas, pero Lud prefería las rojas y las azules. Y pintábamos las manzanas de oro y plata... Encendíamos las lámparas por todos sitios... Todo era luz.

Ivan siguió caminando a su lado, enfrascado en lo que le contaba, reviviendo su propia niñez y entremezclándola con de aquel hombre cuya vida, como la suya, había sido truncada al crecer.

—¿Entonces te gusta la luz, Gilbert?

—La luz me suele hacer daño, pero... bueno, a todos nos gusta todo aquello que nos hace daño, ¿no es así?

Estuvo a punto de enterrarlo contra su pecho al oírle decir esas palabras. Con aquellos ojos preciosos, tan dolidos como deslumbrados. Y decirle que jamás volvería a hacerle daño. Pero no podía hacerlo porque sería mentira. Uno no puede pretender no hacer daño a alguien, por mucho que se esfuerce y por mucho que... por mucho que...

Tomó a Gilbert de una mano y enredó sus dedos enguantados con los suyos y exclamó, alborozado:

—¡Entonces ven a ver esto! —Y le hizo correr tras él y subir por una pendiente de nieve.

Gilbert tuvo que apoyarse en él para no caerse hacia atrás de la impresión cuando llegaron al otro lado de la cumbre. Ante sus ojos se extendía un lago helado hasta más allá de donde abarcaba la vista, y sobre su superficie de espejo se reflejaba lo que había sobre él: una miríada de tonos de verde que cubría el cielo.

—¡Ivan! ¡Pero qué es esto!

Tenía los ojos tan abiertos, que el ruso reprimió una carcajada y le dijo que se tranquilizara y que se sentara con él para disfrutar del espectáculo.

—Pues eso es una aurora boreal. Sabía que hoy sería especialmente hermosa.

—Pero... pero es lo más bonito que he visto en... en mi vida. Dios, Ivan... —Sus ojos refulgieron mientras seguían los colores del cielo mientras que los de Ivan lo seguían a él.

El ruso levantó un brazo y estuvo a punto de abrazarlo por los hombros, pero se lo pensó mejor y siguió dejando que su fascinado compañero disfrutara con aquel espectáculo de la naturaleza que podría acabarse en cualquier momento.

El prusiano se abrazó a sus propias rodillas e Ivan percibió el entusiasmo que lo embargaba. Suspiró y se perdió en sus pensamientos, dejando al otro hombre a su aire. Recordó que, durante la conversación que habían mantenido escasos minutos antes, Gilbert había tratado de hablarle en ruso con un gran esfuerzo por su parte y aquel simple hecho hizo que algo se removiera en su interior.

Habían sucedido demasiadas cosas entre ellos en aquellos dos años y pico, y solo unos días desde que llevaba dándole vueltas a una cosa en la cabeza. Egoístamente, no quería hacerlo, pero sabía que Gilbert sería más feliz. Pero ¿por qué tenía que hacerlo feliz a él? El simple pensamiento le parecía una estupidez. No, era mejor que siguieran como hasta ahora. Mirándolo bien, ya no parecía que el prusiano estuviese pasándolo tan mal. En apenas unas horas había reído más que desde aquel lejano abril del último año de la guerra.

Cuando quiso darse cuenta, Gil se había levantado y corría pendiente abajo, deslizándose temerariamente con los pies por la nieve, los brazos en alto entre risotadas y gritos de terror.

«Pero si será idiota», pensó Ivan, y bufó antes de reírse a solas.

Parecía que quisiese llegar hasta el lago y entonces un mal presentimiento atenazó la garganta del ruso y lo hizo incorporarse de golpe.

—¡Oye, conejito! ¡Ten cuidado! —le gritó desde arriba, esperando que lo oyese desde la distancia cada vez mayor.

Había recordado que durante los últimos días la temperatura había aumentado, y aquello era fatal si uno no sabía moverse por allí.

El mal presentimiento...

El prusiano se había vuelto hacia él y su sonrisa se había congelado en su rostro al tiempo que se cuarteaba el hielo que había a sus pies. Había levantado una mano hacia él y había pronunciado una única palabra que fue a clavársele en el corazón como una daga endemoniadamente afilada.

—¡Vanya!

Gilbert desapareció de su vista.

Se lanzó por la pendiente sin preocuparse de romperse una pierna, o la cabeza, o lo que fuese, solo con un pensamiento en la cabeza: «No, otra vez no. ¡Otra vez no! ¡Por favor!». No podía volver a perder a alguien. Otra vez no.

—¡Gilbert!

Al llegar hasta el borde del hielo, miró, trastornado, el hueco que se había tragado al prusiano y gritó lo más alto que pudo:

—¡Gilbert! ¡Nada hacia la superficie! ¡Ahora!

Por suerte, en aquel lago no debía de haber corrientes internas, así que a Gilbert no debía resultarle difícil regresar al agujero que se había abierto bajo sus pies. Con el corazón desbocado en el pecho, esperó unos segundos de pesadilla hasta que una de las manos de Gilbert se aferró al borde del hielo. Con la voz tomada, el ruso se arrodilló en el borde del lago y siguió vociferándole las instrucciones:

—Sube, Gil, por favor.

Se habría acercado a él para rescatarlo con sus propias manos, pero sabía que, si el hielo se había resquebrajado en aquella zona con el peso del prusiano, con el suyo sin duda no harían otra cosa que hundirse ambos en el agua.

En cuanto el prusiano sacó la cabeza y tomó aire, Ivan respiró al unísono con él.

—Gilbert, sal lo antes posible de ahí, ¿me oyes? Y rueda para alejarte del borde. ¡No te pongas en pie!

Un breve gesto de la mano le respondió afirmativamente. Ivan esperó a que el otro saliese del agua helada e hiciese como le había explicado.

—Buen conejito —susurró para sí con un asomo de niebla en los ojos. Luego prosiguió con las instrucciones—. Ahora, ponte de rodillas, Gilbert. Ven hacia mí.

No le oyó bien, pero Gilbert fue capaz de responderle en aquella situación. A pesar de los violentos temblores que ya lo sacudían y del peligro en que aún se encontraba. Algo picante acerca de ponerse de rodillas. Ni en una situación así era capaz de callarse el maldito prusiano, e Ivan se tuvo que limpiar los ojos con el antebrazo.

—¡Idiota! Cállate y ven hacia mí.

Pareció transcurrir un siglo hasta que por fin estuvo a su alcance, fuera de peligro en lo que al menos respectaba al hielo. Lo habría aplastado de un abrazo, pero sabía que eso era perjudicial en su estado próximo a la hipotermia. Así que, con sumo cuidado pero sin perder un solo instante, lo despojó lentamente de la chaqueta, de la camisa, de los pantalones y de todas las prendas mojadas para cubrirle de inmediato con su propio abrigo seco y rodearle el cuello con la bufanda. Luego se quitó su propia chaqueta y camisa y se introdujo con él bajo el abrigo y entonces sí, lo abrazó y se apretó piel con piel contra él y le hizo apoyar sus mejillas heladas contra su pecho mientras Gilbert temblaba como no había temblado en su vida y buscaba con los dedos morados la espalda desnuda de su ángel salvador.

—Ivan... lo...

—Cállate, imbécil. —Sus manos acariciaron el pecho de Gilbert con insistencia y trató de comprobar el ritmo de sus latidos, que no era demasiado lento. Era una buena señal—. Tengo que hacerte entrar en calor, ¿de acuerdo? —se excusó con un leve sonrojo.

Cuando notó las manos del ruso sobre su vientre e incluso un poco más abajo, cálidas y suaves y tímidas y delicadas, Gilbert se rió entre temblores.

—Si... si llego a saber que... estaría así contigo... Me... Me habría tirado al agua... mucho... antes.

El ruso lo hizo callar con una exclamación de enojo.

—Jamás he conocido a alguien tan imposible como tú, prusiano. Te lo juro.

xxx

Estuvo con él lo que duró su convalecencia en cama, que fue más larga de lo normal, porque se complicó por la fiebre y unos preocupantes inicios de pulmonía.

Así no podía seguir.

Al menos tuvo tiempo de recapacitar sobre el asunto sobre el que había estado meditando antes del accidente. Y ahora, el mismo accidente lo había ayudado a tomar la decisión final. En cuanto el prusiano recuperó la salud y parecía el mismo tonto alegre de siempre, Ivan se sentó junto a su cama, lo tomó de una mano y le comenzó a hablar con voz levemente afectada:

—Gilbert Beilschmidt. Tengo que decirte algo que he decidido con respecto a ti. Me ha costado mucho tomar esta decisión, pero ahora sé que es lo que debo hacer.

Gilbert lo miró. Pero ya no había el más mínimo atisbo de miedo en sus ojos.

Picklehaube: El típico casco prusiano con la púa.

Herr Schneemann: Señor muñeco de nieve.

Acerca de los hechos históricos, solo comentaré que la señal de radio que capta Gilbert es inventada, pero los datos que menciono en el fic se refieren a la guerra civil griega (1941—1950) y a la doctrina Truman, hechos clave de los dicen que partió la Guerra Fría mediante la «Teoría del dominó». Aplicada a este contexto, se debió al miedo de los países occidentales—capitalistas a que se expandiera el comunismo a los países satélites de la Unión Soviética y de ahí al resto del mundo.

Nada más. Solo que estoy deseando escribir sobre la RDA o Alemania del Este porque la historia en estas fechas de la Guerra Fría es APASIONANTE.