DISCLAIMER: Ningún personaje me pertenece. Todos son propiedad de Rick Riordan y J. K. Rowling, respectivamente. Yo sólo escribo con ánimo de entretener, sin buscar ningún fin de lucro.
ACLARACIÓN: Este fic contiene escenas de alto grado de violencia, abuso infantil y agresión, y Slash, es decir, relación entre dos hombres. Si no es de tu agrado, abandona la página, por favor. ¡Lee bajo tu propio riesgo!
La frontera de la cordura
Percy III
Percy odiaba el agua helada. Era su elemento, pero el agua de las profundidades del Inframundo, helada, no era algo de su agrado.
El agua congelada expulsó al aire fuera de sus pulmones. Sus miembros se volvieron rígidos por un corto tiempo, en el que sintió su cuerpo contraerse con una familiaridad extraña, y perdió su agarre sobre Harry. Comenzaron a hundirse. El extraño sonido de lamentos llenó sus oídos—millones de voces desconsoladas, como si el río estuviera hecho de tristeza destilada. Las voces eran peor que el frío. Ellos hicieron que se entristeciera.
«¿Cuál es el punto de luchar?» Le dijeron. «Estás muerto de todos modos. Nunca vas a dejar este lugar.»
Fácilmente podría haber funcionado, sólo si Percy no se hubiese conocido como lo hacía. Había muchos motivos por los cuales luchar y él los tenía bien claros. Aún vivía; podía sentir el diminuto gramo de adrenalina palpitando en el correr de sus venas, intacto. E iba a salir de allí, costase lo que costase.
En la negrura, observó el cuerpo de su acompañante. Flotaba inmóvil, sin signos de vida alguna.
Tal vez ya se había ahogado.
Percy agarró su mano y lo trajo de regreso a la realidad. Los ojos esmeralda brillaron por sí solos, de una forma bestial en un lugar tan negro.
Tal vez no.
Juntos nadaron hacia arriba y salieron a la superficie.
Harry exhaló hondamente, habiendo perdido las gafas. Su rostro cambiaba completamente sin esas cosas, debía admitirlo. El problema entonces, recaía en el reciente sentido débil del más pequeño en su vista.
Sintiendo una fuerza extraña tirar de ellos hacia abajo con delicadeza, Percy se esforzó por crear un remolino que los mantuviese arriba. El agua turbia le salpicaba la cara.
No podía saber dónde estaban, sin embargo sabía que era un río. Los ríos tenían orillas.
—Tierra—dijo a su acompañante, con voz ronca—. Va… mos…
Percy parecía casi muerto de cansancio. Por lo general, el agua lo revitalizaba, pero no aquella.
Controlarla debía haber tomado cada pedacito de su fuerza. El remolino comenzó a disiparse. Harry enganchó el brazo alrededor de su pecho y luchó a través de la corriente. En cualquier otro momento, Percy encontraría sumamente incómodo una cercanía de tal magnitud con un chico, pero no tenía tiempo de sobra para pensar. El río iba en contra de ellos: miles de voces llorosas susurrando en sus oídos, dentro de su cerebro.
«La vida es desesperación» dijeron. «Todo es inútil, y luego mueres.»
—No tiene sentido—murmuró Percy, sin desearlo realmente. Sus dientes castañeaban de frío. Dejó de nadar y comenzó a hundirse.
Sintió su pecho ser estrangulado.
—¡Oye!—alguien gritó—. ¡No escuches! ¡Intenta hacerte daño!
Era Harry.
Percy frunció el ceño, sin verlo claramente.
—Creo… ¡Creo que tiene una hechi-… una maldición de miseria! ¡Sólo lucha contra él!
—Miseria—dijo Percy, estando de acuerdo.
—¡Lucha contra él!—repitió el más pálido, con ahínco.
El agua se sacudía. Podía sentir a Harry patalear y forcejear, intentando mantener ambos a flote. Otra broma cósmica de Gea para reír: Mortal ignorante muere tratando de salvar a Percy, el hijo de Poseidón, de ahogarse.
No iba a suceder.
Sentía niebla en sus ojos, y pese a la resistencia que imponía, poco a poco lo iba comiendo. Los susurros se multiplicaban y temió haber llegado al punto culmine.
Pero si Percy creyó ya nada iba a sorprenderlo, cuánto se equivocaba.
Una mano fría y húmeda le asestó dos certeros y dolorosos golpes en su cara. El primero lo espabiló. El segundo lo despertó por completo.
Sacudió la cabeza y miró el rostro mojado y cansado de Harry.
—Gracias. Necesitaba eso—murmuró Percy. La niebla ya era completamente inexistente en sus ojos—. Será mejor continuar. Tenemos que salir del agua o definitivamente ahogarnos va a ser la última de nuestras preocupaciones.
No obtuvo respuesta audible. Ambos comenzaron a avanzar contra la corriente. Sus miembros se sentían como sacos de arena húmeda, pero iban a lograrlo. Podía ver la oscura línea de la costa como a un tiro de piedra de distancia.
—Para ser pequeño, tienes mano dura—se quedó sin aliento. Sus mejillas picaban más que las salpicaduras.
—Nunca se juzga por la apariencia—respondió el otro, con un poco más de confianza de la que se le había visto hasta el momento.
—Sí—concordó, alargando la charla para mantenerse lúcido—. Aunque sigue doliendo.
—Lo siento—murmuró Harry.
—No te preocupes—le restó importancia, con humor—. Me dejan la cara como una chuleta todos los días.
El mortal soltó un amago de risa, y el sonido envió una onda de choque a través del agua. El llanto se desvaneció a ruido de fondo. Percy se preguntó si alguien había reído en Tártaro antes—una simple y casi risa de placer. Lo dudaba.
Usó sus últimas fuerzas para llegar a la orilla del río. Sus pies se hundieron en el fondo arenoso. Harry y él se arrastraron a sí mismos en tierra, temblando y jadeando, y se desplomó sobre la arena oscura.
Sintió unas fuertes ansias de cerrar los ojos y dormir.
A sus pies, el río pasó rugiendo, un torrente de miseria líquida. El aire sulfuroso picó los pulmones de Percy y erizó su piel. Cuando miró sus brazos, vio que ya estaban cubiertas con un salpullido agresivo. Trató de incorporarse y jadeó de dolor.
La playa no era arena. Estaban sentados en un campo de astillas de vidrio negro irregulares, algunos de los cuales ahora estaban incrustados en las palmas de Percy.
Así que el aire era ácido. El agua era de miseria. El suelo estaba hecho de vidrio roto. Todo aquí estaba diseñado para herir y matar. Percy respiró con dificultad y se preguntó si las voces en el río estaban en lo cierto. Tal vez la lucha por la supervivencia era inútil. Estarían muertos en una hora.
A su lado, Harry tosió.
—Este lugar huele a mi tío.
Percy sonrió apenas.
—Este lugar huele como mi ex padrastro—añadió.
Harry esbozó una sonrisa débil en respuesta. Percy agradecía completamente el intento para tratar de levantar el ánimo. Era sorprendente la actitud del mortal; sin duda era un chico extraño. No sólo por su forma de vestir o hablar (y es que recientemente había notado su acento británico), sino por su personalidad al acecho.
De no estar del mismo lado—o eso Percy quería creer—, seguramente se tomaría el trabajo de mantenerse en guardia con el muchacho.
Pero por fortuna, ambos estaban metidos en ello. Tristemente sólo podían confiar el uno al otro si querían sobrevivir y encontrar la salida.
Al menos tenía buena compañía.
Se obligó a hacer una evaluación de la situación. Su hombro ardía como fuego al contacto con la piel, y sus músculos latían fervientemente. Sentía los dedos de sus manos temblar otro tanto, estaban raspados por aferrarse a la saliente antes de que cayeran, y el pelo pegado a la frente. Se miró las rodillas y los pies, con trocitos malditos de vidrio roto rajando la piel. Dirigió su mirada hacia su pecho y vio su camiseta hecha trizas.
No llevaba carga para nada. La mochila era de Annabeth y como ella no estaba con él, entonces no tenía por qué siquiera pensar en contarla.
No había comida, no había agua… básicamente sin suministros en absoluto.
Eso no se veía bien en absoluto.
Percy miró a Harry. Se veía bastante mal. Su piel había pasado del colorado hirviente del comienzo a un blanco papel casi gris. Su camiseta blanca, por lo que veía, estaba sólo empapada, sus pantalones oscuros sucios y mojados, y lo que parecía ser una extraña túnica negra, completamente hecha jirones. Lo más preocupante de todo, estaba temblando y sus labios estaban azules. Además, frotaba sus ojos repetidamente.
—Debemos seguir avanzando o vamos a tener hipotermia—dijo Percy—. ¿Puedes levantarte?
Harry asintió con la cabeza. Ambos lucharon con sus pies.
Él puso su brazo alrededor de su cintura, aunque no estaba seguro de quién se estaba apoyando en quién. Escaneó sus alrededores. Por encima, no vio ni rastro del túnel por el que habían caído. No podía incluso ver el techo de la caverna—sólo nubes de color sangre flotando en el aire gris brumoso. Era como mirar a través de una mezcla fina de tomate y el cemento.
La playa de arena negro se extendía hacia el interior a unos cincuenta metros, y luego caía por el borde de un acantilado. Desde donde se encontraba, Percy no podía ver lo que había debajo, pero el borde brillaba con luz roja, como si estuviera iluminada por grandes incendios.
También supo al instante que eso era importante, algo que debía saber y, sin duda, no iba a enterarse de no tener a Annabeth a su lado.
—Mira—dijo Harry. Su voz baja y rasposa le obligó a concentrarse. El menor señalaba aguas abajo.
A unos treinta metros de distancia, un coche italiano azul celeste de aspecto familiar se estrelló de cabeza en la arena. Se veía como el Fiat que había empujado a Aracne y la hizo caer al pozo.
Percy frunció el ceño, nervioso al pensar en la posibilidad de una equivocación, pero ¿cuántos coches deportivos italianos podría haber en el Tártaro? Sostuvo la muñeca de Harry, y tropezaron hacia el naufragio. Uno de los neumáticos del vehículo había salido y estaba flotando en un remolino del río. Las ventanas de la Fiat se habían destrozado, enviando cristal brillante como el merengue sobre playa oscura. Bajo el capó triturado yacían los restos andrajosos, relucientes de un capullo de seda gigante. Estaba sin lugar a dudas vacía. Marcas en la arena iban camino río abajo… como si algo pesado, con múltiples piernas, se hubiera hundido en la oscuridad.
—Vamos para el otro lado—dijo a Harry, con una exagerada reserva de tensión—. No me apetece lidiar con monstruos en este momento. Cuanto más los evitemos, más tardará en dame un ataque.
Si el mortal se mostró sorprendido por el término "monstruo" no lo demostró, aunque él sí vio un atisbo de incertidumbre en su expresión.
Percy no evitó pensar y resaltar que se encontraba en Tártaro. Tártaro. Las profundidades del Inframundo. La casa de los monstruos. A lo mejor, pensó, ellos no pueden ser asesinados aquí. Se arrepintió al instante de tener aquel pensamiento.
Harry aún estaba temblando.
Percy se inspeccionó rápidamente. Los cortes de cristal en sus manos aún estaban sangrando, lo cual era inusual para él, dado que aún se encontraba algo mojado y el agua se encargaba la mayor parte del tiempo de sanarlo velozmente.
Su respiración se hizo más y más trabajosa.
—Este lugar nos está matando—dijo—. Bueno, a la larga lo hará pero… tenemos que salir de aquí.
El menor suspiró imperceptiblemente, pero Percy pudo oírlo.
—¿Dónde estamos… exactamente?—preguntó Harry, con un tono dudoso.
Era una gran pregunta, reconoció Percy. Ambos saltaron cuando un rugido hizo eco en la lejanía, del otro lado del río.
—Ya tendremos tiempo para hablar. Será mejor que sigamos moviéndonos—alentó él, apretando el agarre en torno a la sucia y raspada muñeca ajena.
Aceptando el acuerdo sin titubear, se pusieron en marcha. Harry caminó tras él, siguiéndolo de cerca.
NOTA: ¡Otro nuevo capítulo! Hasta aquí es donde los hechos son prácticamente los mismos. Ya el próximo promete la diferencia. Espero les haya gustado. Falta poco para el punto de vista de Harry, también~
¡Gracias por leer!
RebDell'O.-
