A/N: Título sacado de: "Eyes Closed" - Halsey (a mí me gusta más la versión stripped, pero a gustos, colores. Sois libres para escuchar la que más rabia os dé).


INTERLUDIO: IF I KEEP MY EYES CLOSED, HE LOOKS JUST LIKE YOU

Algo raro está pasando esta noche.

Te sientes extrañamente tensa, como si estuvieras esperando a que pase algo. Y no sabes por qué. Has estado muy relajada todo el día, emocionada incluso, mientras tú y Aubrey ultimabais los detalles para la fiesta de fin de año.

La primera que hacéis. La primera de – esperas – muchas.

Un brazo se enrosca alrededor de tu cintura y te empuja hacia un cuerpo ya familiar. Todos tus músculos se tensan como si estuvieras preparándote para saltar y te recuerda que algo va mal.

Porque tú nunca reaccionas así cuando te tocan. Al revés. Tú necesitas el contacto físico.

Y, especialmente, te recuerda por qué algo va mal.

Te llega el olor a alcohol cuando Tom apoya su cuadrada mandíbula en tu hombro, sin notar que estás poco receptiva – para variar –, y te pregunta en el oído con voz ronca si te lo estás pasando bien. Tu sonrisa es forzada y tu voz tiembla cuando respondes con un excitado: ¡Por supuesto!, pero no te preocupa que Tom se dé cuenta, sabes que no está escuchando.

Nunca escucha.

No sabes en qué momento de estos cuatro años que lleváis saliendo, vuestra relación se torció tanto que llevas jugando con la idea de dejarle desde hace demasiado tiempo.

Supones que, es probable que fuera culpa tuya. Que tú fueras la que puso en marcha el efecto dominó que ha terminado con todo.

Hace dos años que no sabrías responder con plena seguridad si alguien te preguntase si quieres a Tom. Te quedarías en silencio un rato demasiado largo y luego contestarías casi con ofensa porque hayan podido dudar, aunque siendo plenamente consciente de que la que dudas eres .

Hace dos años, él estaba hablando de vivir juntos, y tú le mirabas fijamente mientras pensabas qué fue lo que viste en él, de qué te enamoraste.

Sin embargo, no querías rendirte. No querías romper dos años de relación y tirarlos a la basura solo por unas pocas dudas.

Aubrey dijo que era normal cuestionarse las cosas. Dijo que era sano. Y tú lo aceptaste porque era más sencillo calmar a tu conciencia que lidiar con la idea de que quizá ya no estabas enamorada de él.

Pero, debido a tu inseguridad, a veces te sentías ahogada en tu relación. Tom podía llegar a ser un poco demasiado, podía llegar a estar un poco demasiado encima de ti. Al principio te encantaba, porque tú eras igual y lo veías como una muestra de su amor; pero en ese momento, tal muestra de amor hacía que te entrara el pánico.

Entonces, te comportabas erráticamente. Porque la ansiedad hacia que te alejaras de él, y luego, cuando te dabas cuenta de lo que estabas haciendo, te podía la culpa y lo compensabas asfixiándolo con tu presencia.

Tras un año de esto, os intercambiasteis los roles. Tom empezó a alejarse.

Pero él no volvió nunca.

Comenzó a cancelar planes en el último momento. Comenzó a tener viajes de negocios que se alargaban por semanas. Y, lo peor de todo, es que su lejanía te aliviaba.

No siempre, a veces teníais grandes peleas cuando te quejabas de que nunca estaba contigo, de que por qué tenía que viajar tanto repentinamente. Otras veces, sin embargo, en cuanto colgabas el teléfono, o en cuanto leías su mensaje, dejabas escapar un suspiro de alivio.

Un año más, y aún a día de hoy estáis así. Camino de los cuatro años y medio, y en una relación que apenas puede llamarse relación.

Pero, aunque no sea el tipo de amor que se debe tener en una relación sentimental, le sigues queriendo. Y estás segura de que él a ti también te quiere. A su manera, pero lo hace.

Tom aprieta tu cintura en su abrazo cuando intentas zafarte de él para ir abrir la puerta y recibir a los recién llegados que acaban de tocar el timbre.

- Soy la huésped, no puedes pretender que esté aquí toda la noche – te quejas entre risitas, pero tus manos son firmes cuando tiras de sus dedos entrelazados sobre tus caderas.

- No, no – sacude la cabeza y chasca la lengua –. Eres mi novia – te corrige con cierta altanería que te pone de los nervios.

A pesar de que no le puedes ver la cara, sabes que está haciendo su mejor imitación del Príncipe Encantador de Shrek, con una sonrisa Profident ladeada y morritos seductores. No sabes cómo hubo una época en la que lo encontrabas... Pues eso, encantador.

Ahora nunca sabes si reírte de él, o pegarle un puñetazo.

Por suerte, Aubrey te salva de tener que decidir. Aparece de repente a tu lado con el ceño tan fruncido que casi se le juntan las dos cejas. Lleva la mandíbula apretada y las aletas de la nariz dilatadas.

- Uh-oh – musitas.

- – sisea simplemente –. Tom, te robo un momento a mi mejor amiga – sin pedir permiso alguno, la rubia agarra tu muñeca y tira de ti de tal forma que a tu novio no le queda otra que soltarte, o arriesgarse a ser arrastrado contigo.

Suspiras de alivio en cuanto te ves libre de su abrazo y sigues a Bree hasta una esquina vacía del salón.

- ¿Qué ha pasado? ¿A quién tengo que matar? – bromeas.

- A un irritante Hobbit – sisea Aubrey.

Lanza una mirada por encima de su hombro hacia la otra punta del salón, cerca de la puerta de entrada y la zona decorada con globos metálicos.

Sigues la dirección de sus ojos y reconoces al chico que está parado en la entrada. Es Jesse, del que Aubrey te ha hablado incontables veces porque se lo encuentra todas las mañanas en el ascensor de su trabajo. El mismo que acompañó a tu mejor amiga a casa tras una cita y se presentó formalmente ante ti como si fueras los padres de su pareja.

Él también parece estar regañando a alguien, pero sus anchas espaldas impiden que veas a la otra persona.

- ¿Un Hobbit, dices? – preguntas con las cejas arqueadas, sin ocultar tu diversión.

- La mejor amiga de Jesse – aclara Bree con un bufido –. Es, como así de alta – pone la mano a la altura de su cintura en una clara exageración –, lleva las orejas llenas de piercings y necesita un cambio de actitud. Urgentemente.

- Oh. Suena interesante – exclamas, agitando tus cejas de forma sugerente y sonriendo con picardía.

- No. Mantente alejada de ella, Chlo – te advierte tu mejor amiga, apuntándote con el índice –. Créeme. Esa chica no es trigo limpio...

- Bree, solo la conoces de cinco minutos – lo desestimas con un gesto de la mano y unos ojos en blanco, acostumbrada a sus dramatismos y juicios erróneos –. Te recuerdo que pensaste que Jesse era un poco acosador y ahora solo quieres meterte en tus pantalones.

Escuchas la exclamación ahogada de ofensa de Bree y te ríes de ella cuando intenta balbucear algo en su defensa.

Justo en ese momento, como si hubiera sentido que estabais hablando de él, Jesse aparece a vuestro lado con una enorme sonrisa y tú te ríes con más fuerza cuando ves las mejillas de tu mejor amiga colorearse hasta casi parecer un tomate.

Te excusas para dejar solos a los tortolitos y socializas un poco con tus invitados. Haces tiempo hasta que solo queda media hora para medianoche, momento en que consideras aceptable encender la televisión y empezar a repartir el champán.

Ha venido más gente de la que esperabais, de modo que quizá tardéis un poco más en repartir las copas de lo planeado y no quieres que nadie se quede sin poder brindar. Es tu parte favorita de toda esta noche, junto con el beso, claro.

Piensas que quizá deberías buscar a Tom, así que mientras se vacía tu bandeja de copas, lo escaneas con la mirada entre la gente por su ancha espalda y americana granate.

Cuando lo encuentras, casi habrías deseado nunca haberlo hecho.

La bandeja metálica – por suerte ya vacía – resbala de entre tus dedos sin fuerza y cae al suelo con un sonoro repiqueteo que hace que todas las cabezas que están cerca se giren hacia ti.

La de Tom y su amante incluidas.

Ves cómo saltan lejos el uno del otro. Cómo Tom parece que acabe de ver un fantasma por la anormal palidez que se extiende por su rostro moreno. Cómo la chica se gira hacia ti y la reconoces porque es tu amiga Natalie.

- Chloe – tartamudea tu novio.

Estira una mano hacia ti, con intención de tocarte, pero le lanzas tal mirada y te alejas con brusquedad, y la deja caer junto a su cuerpo otra vez con actitud derrotada.

- Chloe – lo intenta otra vez con voz suave –. Te prometo que no es lo que parece.

Natalie y tú soltáis un bufido incrédulo a la vez.

- ¿No es lo que parece? ¿Entonces qué es lo que parece, Tom? – preguntas con claro sarcasmo –. ¿Qué significa que te haya pillado con la lengua metida hasta su campanilla?

Tu voz tiembla. Tu cuerpo tiembla. La rabia es tan fuerte que conviertes las manos en puños a tus lados y tus ojos se anegan en lágrimas que parpadeas para mantener a raya.

- Na-nada – se apresura a asegurar él –. No significa nada.

- ¿Nada? – exclama Natalia indignada –. ¿Y lo que acabas de decirme, Tom? ¿Y tus promesas de que la vas a dejar para estar juntos?

Sueltas un grito ahogado que se escucha doble, y cuando te das la vuelta, ves que Aubrey ha aparecido para ver qué era ese escándalo.

Se pone a tu lado, sus ojos verdes intensos como el fuego y los brazos cruzados con tanta firmeza en su pecho que sabes que es únicamente para contener las ganas de cruzarle la cara a Tom de una bofetada.

- Yo... Chloe, lo siento mucho – suplica este, ignorando lo que ha dicho su amante y acercándose a ti con su mejor cara de profundo sufrimiento –. Ha sido un error.

- ¡Un error de un año! – informa Natalie, quien claramente está descubriendo que ella también ha sido engañada por Tom.

La cara de tu novio se desencaja cuando su secreto sale a la luz.

- ¿Un año? – gritáis Aubrey y tú a la vez.

- ¡Serás hijo de puta! – le insulta tu mejor amiga.

- ¿Un. Año? – repites, pronunciando con dolorosa claridad cada palabra para ver cómo el rostro de Tom se retuerce cada vez más –. ¿UN. AÑO?

- Chloe, no fue...

No le dejas terminar.

En un gesto que nadie ve venir y, por lo tanto, nadie puede evitar, alzas una mano y le abofeteas con toda la fuerza que tienes. Se le gira la cara hacia el otro lado por la inercia del golpe y el eco de tu bofetada es un coro de exclamaciones.

Tom se lleva una mano a la boca para descubrir, con sorpresa, que tu anillo del pulgar le ha cortado el labio. Sus dedos se manchan en sangre y te lanza una mirada suplicante.

- Vete de aquí – espetas con voz temblorosa por la rabia.

- Pero, Chloe... – intenta él por última vez.

- ¡Vete. De. Aquí! ¡No quiero volver a ver tu asquerosa cara ni volver a saber nada de ti! – reiteras en un grito.

Se hace un profundo silencio durante el cual todo el mundo contiene la respiración y nadie se atreve a mover ni un solo músculo.

Entonces, como ves que Tom está en shock y no parece que vaya a reaccionar pronto, y no puedes soportar mirarle ni un solo segundo más, te marchas de allí. Te abres paso entre la gente a empujones, sin poder contener por más tiempo las lágrimas de rabia.

Ignoras a Tom llamándote, a Aubrey llamándote.

Coges tu abrigo del perchero y cierras la puerta del ático tras de ti con un sonoro portazo que retumba por el pasillo.

Escuchas el plin de las puertas del ascensor al final del pasillo y aprietas el paso para llegar antes de que se vaya. Rodeas la esquina y tienes el tiempo justo para insertar una mano entre las dos hojas metálicas para impedir que se cierren del todo.

Te secas las lágrimas con el dorso de la mano y, al alzar la vista, descubres que no estás sola.

Tus ojos revolotean por el interior del ascensor y te fijas en los tres globos pegados al techo metálico. Son tres estrellas doradas que reconoces porque te has pasado toda la tarde inflándolos con una bombona de helio. Entonces, tu atención recae en la chica de corta estatura, con sedosas ondas castañas que enmarcan su delicado rostro e increíbles ojos azul medianoche inundados en pánico.

Entras en el ascensor con la cabeza gacha, algo avergonzada por el hecho de que estás llorando. Y no por tristeza, sino por la rabia que te da haber sido humillada públicamente.

Una cosa es descubrir que tu novio te pone los cuernos, y otra muy distinta es descubrirlo tras pillarle en acción en una fiesta de fin de año que has organizado en tu casa y tener a cientos de invitados ser testigos de cómo te enteras de que esto ha estado pasando durante un año sin que te dieras cuenta.

Sí, te parecía sospechoso el comportamiento de Tom, pero nunca pensaste que fuera porque te estaba engañando.

Confiabas en él.

En ese cabrón hijo de puta.

Te inclinas sobre la ladrona de globos para presionar en una rápida sucesión de tres veces, el botón del 0. Sientes cómo mantiene la mirada fija en ti por el rabillo del ojo, como si temiera que estés a punto de sufrir una crisis nerviosa, y te esfuerzas por contener las lágrimas.

Tu móvil empieza a vibrar en tu mano y la imagen que tienes para "Tom", seguido de un corazón, ilumina la pantalla para anunciar la llamada entrante. Contienes la hilera de palabrotas que quieres usar para denominar a tu exnovio y silencias la llamada.

Lo mismo haces las otras tres veces que lo intenta. Y con la llamada de Bree, porque ahora mismo no quieres lidiar con nadie.

Estás tan enfadada que a lo mejor muerdes a quien se acerque, sea inocente o no.

Por eso, cuando la morena te pregunta de forma un tanto inconexa si estás bien, no puedes evitar girar la cabeza hacia ella bruscamente y mirarle fijamente con ojos llorosos e incrédulos.

- ¿Qué? – se te escapa.

Puedes ver que la chica se está arrepintiendo de lo que ha dicho, porque su hermoso rostro se ha desfigurado en una mueca. Muestra sus dientes, guiña los ojos, y se nota que le haría más ilusión darse cabezazos contra la pared que conversar contigo.

- Decía que… Si estás bien – repite torpemente.

Casi tienes ganas de reírte. La chica está tan incómoda, es tan obvio que no sabe muy bien qué hacer o qué decir; pero aun así lo está intentando. Y odiándose en el proceso.

Es adorable.

Sientes que tu humor mejora automáticamente y alzas una mano para secarte la última lágrima de tu mejilla. Despegas los labios para contestar, solo que nada sale de tu garganta porque el aire se te atasca cuando el ascensor da una brusca sacudida y se queda parado a medio camino entre el tercer y segundo piso.

Observas cómo las manos de la morena salen disparadas hacia las paredes como si estuviera intentando evitar que el ascensor comience a desmoronarse con vosotras dentro, y su mirada se cruza con la tuya.

Azul medianoche refleja el pánico que sabes que ella debe estar viendo en tus ojos.

Te inclinas otra vez frente a ella una vez tienes la certeza de que no vais a hacer caída libre por el hueco del ascensor, y aprietas el botón del piso cero con insistencia y bastante miedo. Una, dos, tres y cuatro veces.

Pero el ascensor se mantiene inmóvil – lo cual son, a la vez, buenas y malas noticias.

- No puede ser… – musitas.

En un intento desesperado, comienzas a presionar todos los botones del panel. Tu respiración se acelera a medida que avanzas por el panel, te vas quedando sin botones, y seguís suspendidas en el aire dentro de una maldita caja metálica.

- No creo que eso vaya a funcionar – escuchas que dice la chica a tu espalda.

Giras la cabeza bruscamente para lanzarle una mirada venenosa, sin inmutarte por el hecho de que la pobre chica da un respingo. Se repone tan rápido que ni te da tiempo a parar y sentirte mal por estar tratando a una desconocida de esta forma.

No es típico de ti ser tan borde. Al revés. Sueles ser dulce, arco iris, unicornios y toda la felicidad del mundo contenida en un cuerpo de estatura media, ojos azul bebé y mechones pelirrojos.

Pero esta noche de verdad que no estás para bromas.

- Ya lo sé – contestas, secante.

Tu respuesta le sienta un poco mal a la chica, que hace un esfuerzo visible por mantener la calma a pesar de que probablemente ella también esté sufriendo un ataque de pánico interno. Se pausa el tiempo suficiente para exhalar aire por la nariz y contar hasta cinco.

- ¿Entonces para qué sigues haciéndolo?

Dejas caer la mano, que resbala sobre los botones del panel numérico hasta caer con un suave golpe sordo contra tu pierna. Giras tu cuerpo sobre los tacones de forma que no tengas que estar con el cuello retorcido para mirarle.

Ves cómo azul medianoche se desvía de tu cara y hace un lento pero minucioso repaso por tu cuerpo, y cuando vuestras miradas vuelven a cruzarse, ni se molesta en ocultarte el brillo apreciativo que puedes ver en sus ojos.

Sin embargo, tu irritación con todo lo que ha ocurrido en lo que se supone que debería ser la mejor noche del año impide que puedas sentir satisfacción alguna por el hecho de que te encuentra claramente agradable a los ojos.

- ¿Para qué? – de nuevo, no puedes evitar sonar incrédula cuando repites su pregunta.

Dejas escapar una risita que roza en lo histérico y sacudes la cabeza mientras te pasas las manos por las mejillas en caso de que tuvieras todavía algún rastro de lágrimas. Tus dedos se enredan en tu pelo en ambas sientes y se quedan allí enganchadas.

Tienes que luchar contigo misma para mantener la calma.

- ¿Para qué? – repites una vez más –. Porque prefiero hacer eso antes que quedarme ahí parada – acusas, aunque la chica no parece darse por aludida –. Porque acabo de descubrir que mi novio me ha estado poniendo los cuernos con una amiga durante más de un maldito año.

Sientes que la rabia se apodera una vez más de ti. Es la misma niebla roja que nubló tu vista antes de que le cruzaras la cara a Tom de una bofetada, y como quieres evitar que se vuelva a repetir la historia – especialmente porque la morena no tiene culpa de nada –, te giras hacia el panel de botones y descargas tu enfado con los números.

Prácticamente les das puñetazos con los dedos mientras las palabras envenenadas caen de tu boca sin que seas realmente consciente de lo que estás diciendo:

- ¿Qué clase de monstruo hace eso, eh? Podría haber esperado a mañana, pero no, el muy cabrón hizo que le pillara hoy entre todos los días. Ahora no solo tengo que soportar la humillación de que media fiesta se haya enterado de que soy una maldita cornuda, sino que me ha arruinado mi noche favorita del año.

Te duelen los dedos por la fuerza con la que golpeas los botones, pero empujas la molestia a un lado y continuas con ello porque cada pequeño golpe te hace sentir mejor.

En tu mente, los botones son la cara de Tom y esto es como si le estuvieras dándole a él la paliza que se merece.

Además, la chica no ha intentado detenerte en ningún momento. Supones que ya te ha tachado de demente total e irreparable y se ha rendido en sus intentos de razonar contigo. Casi lo agradeces, porque no quieres hacerte responsable de lo que habría podido pasar si hubiera seguido presionándote.

- Y ya lo último que faltaba es quedarme encerrada en el ascensor con una desconocida que ha robado globos de mi fiesta en la maldita noche de fin de año. Que no es algo que se vaya a volver a repetir. Nunca voy a poder despedir el 2016 otra vez, no voy a besar a nadie cuando el reloj toque las doce y la bola haya bajado del todo. Y…

Te cortas abruptamente al escuchar una risa detrás de ti.

No ha sido una risa suave o pequeña, ni siquiera semi sofocada para intentar detenerla. No, todo lo contrario. Es una auténtica risa, de esas que surgen de lo más profundo del pecho y cuando suben por tu garganta casi duelen por lo sinceras que son y la fuerza que llevan.

Le lanzas una mirada a la morena, sin comprender qué encuentra tan gracioso de tu situación, pero eso solo hace que ella ría con más fuerza. Parece darse cuenta de que te está ofendiendo, porque se tapa la boca y cierra los ojos, y un minuto después ha logrado controlarse lo suficiente como para disculparse.

- Lo siento, pero… Dios, ¿de verdad lo que más te preocupa es quedarte sin beso? – pregunta entre carcajadas silenciosas que hacen que se sacudan sus menudos hombros y espalda.

- ¡Entre otras cosas, sí! – exclamas, llena de indignación, agitando las manos a tus lados –. Aunque tampoco espero que lo entiendas.

Tu golpe esta vez sí que surte efecto, porque se le corta la risa de raíz y arquea una ceja. Sus brazos se cruzan, su cabeza se ladea y en sus ojos puedes ver que se ha puesto a la defensiva.

Bueno, le está bien por haberse reído de tus desgracias.

- ¿Qué pretendes insinuar con eso? – inquiere ella sin delicadeza alguna.

- Bueno, está claro que te has escabullido aprovechando que todo el mundo estaba distraído – apuntas con un encogimiento de hombros despreocupado –, y por tu cara cuando he entrado en el ascensor, se notaba que tenías mucha prisa por estar lo más lejos posible de aquí… Así que – estiras un dedo con cada idea que vas exponiendo –: O bien tienes que irte corriendo a otro sitio más importante, o huyes de alguien que está todavía en la fiesta, o, y me da que es la opción verdadera, estás desesperada por estar sola.

Intenta ocultarlo tras una máscara de indiferencia, pero no es lo suficientemente rápida. Ya has visto que le has pillado desprevenida con tu observación, que no se esperaba que te hubieras fijado tanto en ella.

Como si estuviera acostumbrada a que nadie se fijase en ella.

Analizas su ropa, negra de los pies a la cabeza, sin un solo adorno navideño. Contrasta tanto con tu diadema de cuernos de reno y la purpurina que sabes que te ha caído encima mientras decorabas tu piso con Aubrey.

No es que tú vayas llamando la atención adrede. No eres de esas personas que necesita ser el centro de atención constante.

Es solo que tu aspecto físico, porque eres plenamente consciente de que tus ojos son de un azul claro que no se suele ver; y tus ondas cobrizas son imposibles de pasar por alto, son bastante llamativas; y tu cuerpo está en forma, tonificado donde debe estarlo, con las curvas exactas para resultar atractivo; y eso, combinado con tu personalidad burbujeante, los colores vibrantes de la mayoría de tu ropa y tu energía vital que está siempre por las nubes…

Bueno, estás acostumbrada a que te miren. Estás acostumbrada a ir por la calle y provocar que se giren unas cuantas cabezas a tu paso.

No te molesta, es casi halagador cuando viene de las personas adecuadas.

Pero esta chica… Toda ella desprende las vibraciones contrarias. Es como si fuera feliz cuando nadie le está prestando atención, prefiriendo camuflarse en el fondo y satisfecha de quedarse ahí si eso significa que nadie se va a dar cuenta de su presencia en la habitación y le van a dejar tranquila. Casi parece que lo busca.

Estás segura de que, si le preguntases qué superpoder le gustaría tener, te respondería que le gustaría ser invisible.

Te parece una pena, porque tú te girarías en la calle por ella.

- ¿Para qué has venido? – preguntas de repente.

Notas que quizá las palabras caen de tu boca un poco abruptamente, y que esto hace que la chica recule un poco. Parpadea, completamente pillada por sorpresa, tanto que esta vez no tiene oportunidad alguna de ocultarlo.

- ¿Qué? – exclama, desconcertada.

Vale, culpa tuya. Ha sido un cambio de conversación brusco y sin venir a cuento para alguien que no estuviera dentro de tu cabeza y hubiera seguido tu razonamiento.

Tiendes a hacer eso. A veces se te olvida que la gente no puede leer mentes, que no pueden escuchar los fugaces razonamientos de tu hiperactivo cerebro y que lo que a ti te parece algo completamente lógico, a otras personas les puede descolocar que estés sacando un tema de forma aparentemente aleatoria.

Mantienes tu mirada fija en ella, expectante, y la morena te la devuelve fijamente durante un largo minuto, evaluándote, hasta que parece satisfecha con lo que encuentra en ti, en tu cara, en tus ojos.

Lo tomas como un permiso silencioso para seguir indagando en ella.

- ¿Para qué te has molestado en arreglarte – haces un gesto vago con la mano para señalar su camisa y tacones que, está claro, no son su atuendo habitual –, para una fiesta a la que tienes cero ganas de asistir?

- Um…

Se muestra descolocada, pero aun así se para a pensar la respuesta a tu pregunta. Su ceño se frunce en señal de que se está concentrando, pero sus ojos no se mueven ni un instante de los tuyos.

- Digamos que no quería decepcionar a alguien – dice al fin.

Vaya. Estás impresionada, debes admitirlo.

Te pegaba más con su apariencia que fuera la típica persona solitaria a la que le dan completamente igual el resto de personas, que solo se preocupa por sí misma. No en un sentido egoísta, sino más bien como si no tuviera a nadie del que preocuparse, como si no fuera consciente de que los seres humanos somos seres sociales y que lo más normal es tener relaciones con otra gente.

Pero parece que te equivocabas. Y, no vas a mentir… Te intriga. Es como un puzzle que te mueres por resolver.

- Pues me alegro que al final decidieras a venir – esbozas una dulce sonrisa, aunque te da la impresión, por la sombra de una mueca en su boca, de que no cree que lo digas de verdad. En un intento por cambiar otra vez de tema, tus ojos se desvían momentáneamente y ves tu oportunidad pegada al techo metálico del ascensor –. Aunque hayas robado mis globos – apuntas, y tu sonrisa se tuerce ligeramente.

La chica resiste las ganas de ponerte los ojos en blanco y te ignora para sacar su iPhone del bolsillo trasero de sus apretados pantalones negros – que, por cierto, estás segura de que le hacen un culo espectacular y no ves el momento de que se gire para comprobarlo por ti misma.

Te muerdes el labio para no sonreír y cruzas los brazos, esperando a que ella solita haga el descubrimiento por sí misma.

Un juramento musitado escapa de entre sus dientes.

- Joder, no tengo cobertura – se queja. Alza la mirada y coge aire, pero algo que ve en ti le corta y no termina de decir lo que estaba pensando –. ¿Qué? – pregunta en su lugar.

- Nadie tiene cobertura a partir del quinto piso – explicas, algo petulante.

- Ah, genial. De puta madre – asiente ella con aspecto calmado, aunque su voz prácticamente chorrea sarcasmo.

Ya no luchas contra ella y dejas que la sonrisa se extienda por tus labios. Encuentras bastante adorable su enfado con vuestra situación ahora que ya no sientes enfado ni frustración alguna.

Es más, casi te sientes agradecida de que haya sucedido todo lo que ha sucedido. Sí, el universo podría habérselo ahorrado, muchas gracias; pero entonces a lo mejor no habrías llegado al ascensor cuando lo hiciste, no habrías coincidido con esta chica, y no os habríais quedado encerradas juntas.

De esta forma, tienes lo que parece tiempo ilimitado para conocerla e ir resolviendo acertijo tras acertijo.

Pero, primero, hay algo vital que quieres averiguar.

Tiras tu abrigo al suelo del ascensor sin preocuparte por si se mancha, y te recuestas contra las puertas cerradas justo en frente de la morena. Algo en ti, en tu forma de manejar la situación, parece molestarle y su ceño se frunce por momentos cuanto más te mira.

- Te sugiero que te pongas cómoda, parece que vamos a estar aquí un buen rato – observas con una amplia y brillante sonrisa que hace que su irritación flaquee por mucho que intente disimularlo –. Por cierto, estaría guay saber tu nombre – apuntas –. Así podré dejar de llamarte "la ladrona de globos" en mi cabeza.

- Jesús – suspira, poniendo los ojos en blanco de forma muy exagerada –. Si tanto te molesta lo de los globos, toma – coge las cuerdas que los sujetan con expresión de indiferencia y te los ofrece –. Tampoco los quería de todos modos.

- Me dan igual los globos – ríes apartando de un manotazo las cuerdas metálicas, que resbalan de entre sus largos y finos dedos hasta volver a flotar del aire y quedar colgando entre vosotras.

- Ah, cierto – responde ella con sorna y una sonrisa burlona –. A ti lo que te importa es el beso a medianoche.

- Obvio – resoplas, y le agradeces que te lo haya puesto tan fácil –. Pero más importante aún es quién me lo da – puntúas tus palabras con un guiño tan seductor que así te aseguras de que sea incapaz de malinterpretarlo por cualquier otra cosa.

Su mandíbula se aprieta con un tic nervioso e intenta coger aire disimuladamente, pero el ascensor es pequeño y metálico, de modo que hasta el más pequeño de los sonidos resuena con su eco.

Tu sonrisa se hace más grande todavía, sabedora de que la tienes justo donde la quieres.

- Bueno, ¿me vas a decir tu nombre o voy a tener que sonsacártelo? – insistes.

La morena parece haber recuperado el control de sí misma y se inclina ligeramente hacia delante. Su expresión es la misma que la de alguien que está a punto de desvelar un gran secreto, y su sonrisa torcida es tan atractiva como peligrosa.

- Depende – murmura. Deja que la palabra flote en el aire entre vosotras durante unos segundos, y entonces ladea la cabeza y arquea una ceja con interés –. ¿Cómo me lo sonsacarías?

Te pilla desprevenida.

Por unos instantes, todo lo que puedes hacer es parpadear mientras intentas sofocar el irrefrenable impulso de empujarle contra la pared del ascensor y hacerle una demostración práctica y exhaustiva de cómo exactamente lo harías.

Pero te repones y acortas la poca distancia que queda entre vosotras. Te sientes igual que un tigre que se relame, vigilando a la presa que no sospecha que están a punto de abalanzarse sobre ella.

Tienes las mismas ganas de devorar a la morena, que ese tigre a su ignorante presa.

- Un mago nunca revela sus secretos – susurras con una sonrisa, tan cerca que sabes que tu aliento acaricia sus labios –, pero te aseguro que tú me revelarás todos los tuyos.

- Permíteme dudarlo.

- ¿Me estás desafiando, acaso?

Ladeas la cabeza, y puedes ver tu pelo destellar por la purpurina bajo la luz amarillenta del ascensor cuando resbala por tu hombro por culpa del cambio de postura. Azul medianoche se desvía y aprovechas su distracción para acercarte dos centímetros más.

Entonces, antes de que puedas hacer algo que ya no querrías parar, escuchas un suave alboroto en el exterior que progresivamente va subiendo de volumen. Alzas una mano y silencias la respuesta de la chica con un dedo sobre sus labios que le impide hablar.

- Escucha – ordenas en apenas un hilo de voz cuando notas su confusión.

El silencio se vuelve a hacer en el ascensor y ella ladea ligeramente la cabeza para captar a qué te refieres.

El suave rugido de fondo va creciendo de intensidad hasta que se convierte en una cacofonía de ruidos. Diferentes gritos se mezclan con la música y el sonido de televisiones con el volumen a tope que aparecen y desaparecen a medida que se abren y se cierran las puertas. La gente sale a los pasillos a gritar por el año nuevo y los fuegos artificiales resuenan con sus ecos en el interior metálico del ascensor.

Bienvenido 2017, piensas sin mover ni un instante tu mirada de la chica.

Cuando sus ojos vuelven a ti, mantienes su mirada un breve instante antes de bajarla a sus labios. Tu dedo se retira poco a poco de su boca de forma que tu yema acaricia su labio inferior y tiras de él suavemente.

De entre ellos, escapa una exhalación temblorosa.

- Feliz año nuevo – murmuras.

Vuestros ojos vuelven a encontrarse y es como si el ambiente se cargara repentinamente de tensión eléctrica que puedes escuchar estallar a vuestro alrededor.

- Feliz año nuevo – responde ella en el mismo tono bajo.

Acortas el escaso espacio que os separa y tus labios cubren los suyos, que salen a buscarte y te encuentran a medio camino.

Saber que ella también quiere esto, que ella también debe de estar notando esa extraña sensación en el fondo de su estómago, te llena de alivio y suspiras cuando el beso se hace más firme.

Todavía no sabes su nombre, pero hay algo que ya tienes muy claro: quieres pasar toda la noche con ella. Quieres coger su mano. Quieres que el vaso contra el que brindes por este 2017 sea sujetado por ella. Quieres seguir revelando sus misterios poco a poco.

Y, si todo va bien, quizá no tenga por qué quedarse todo en una única noche.

Quizá puedas continuar a lo largo de los demás días del año.


Despiertas en una habitación que no reconoces.

Parpadeas y te frotas los ojos para eliminar los restos pegajosos de cansancio de ellos. Ahora probablemente parezcas un mapache, porque el talón de tu mano está manchado del rímel y eyeliner que te olvidaste de quitarte antes de ir a dormir; pero no te importa porque ya puedes ver mejor y reconoces los posters que adornan las paredes.

Ruedas sobre tu espalda hacia el otro lado de la cama y encuentras lo que buscas: la durmiente figura de Beca.

Está tumbada boca abajo, con su almohada torcida abrazada con ambos brazos contra su pecho. Una de sus piernas está estirada, la otra doblada por la rodilla, y su cabeza ladeada está oculta por alborotados mechones castaños esparcidos en todas direcciones.

Es simplemente adorable, y te recuerda una vez más que no estás de acuerdo con ella.

Tus sospechas eran ciertas: Beca cree que no es nada fuera de lo normal. Cree que es una más del montón, que no merece la pena lo que tenga que decir o mostrar, lo que oculte detrás de esos tormentosos ojos azul medianoche.

Está a gusto siendo invisible. Se ha convencido de que es su papel.

Y te duele pensar qué ha debido de vivir, cómo han debido de tratarle a lo largo de su vida, para que esté tan segura de que es cierto. Para que no lo cuestione. Para que se haya creído que no es especial.

Estuviste tirada en su cama en ropa interior y no le molestó que decidieras hablar con ella en vez de solucionar el doloroso pálpito que había entre vuestras piernas. Mantuvo en todo momento su mirada por encima de tus clavículas, en lugar de devorarte con los ojos o hablar directamente a tu escote, como muchas veces te ha pasado. Te aseguró con un solo gesto que no pasaba nada cuando te disculpaste por que la noche no hubiera ido como esperabais.

El simple hecho de estar viéndola ahora, dormida, su rostro completamente en paz, hace que algo aletee con fuerza en tu pecho.

Ayer ya lo sabías, pero haber pasado la noche con Beca ha reafirmado tu opinión: no quieres que esto sea algo de una noche. Quieres poder repetir. Quieres seguir conociéndola.

Te tumbas de espaldas con un suspiro satisfecho y observas las sombras que el fuerte sol que se cuela por los bordes de las gruesas cortinas dibuja en el techo. Pero, tu contemplación se ve interrumpida cuando tu cerebro se despierta del todo y te recuerda que has quedado con tus padres para comer y no tienes ni idea de qué hora es.

Te incorporas de golpe cual Drácula saliendo de su ataúd y buscas frenéticamente por el suelo de la habitación tu móvil, intentando ser lo más silenciosa posible. Lo encuentras en el bolsillo de tu abrigo, en el perchero de la entrada.

Pulsas el botón central, pero la pantalla se mantiene negra. No tienes batería.

En la cocina, puedes ver parpadear la luz verde del reloj digital del microondas: las doce y cinco del mediodía. Y has quedado con tus padres a y media al otro lado de la ciudad.

- Mierda – musitas.

Giras sobre tus talones descalzos e intentas buscar con la mirada un teléfono fijo con el que poder llamar a tus padres para avisarles de que no se preocupen si llegas un poco tarde. Sin embargo, parece que Beca es totalmente de la nueva generación y solo tiene su móvil.

- Mierda – repites en un susurro contrariado.

De puntillas, recoges tu arrugado vestido del suelo del salón y te lo pones. Echas la camiseta que te prestó Beca para dormir en el cesto de la ropa sucia que tiene el baño, al que entras para hacer un rápido pis y arreglar lo mejor que puedes el desastre de maquillaje corrido que tienes por cara.

Entonces, cuando llega el momento de irte, te detienes al pie de la cama y observas de nuevo la figura durmiente de la pequeña morena. Atrapas el labio inferior entre tus dientes, debatiendo contigo misma.

No quieres irte así sin más, pero tampoco quieres despertarla. Debe de estar cansada, y está tan plácidamente dormida que te sabría fatal despertarla, aunque solo sea para despedirte en condiciones.

Al final, te decantas por otra táctica.

En la encimera de la cocina hay un bote con bolígrafos, recuerdas haberlo visto al pasar. Pruebas varios hasta encontrar uno que pinta y, usando la parte de atrás de un recibo con la mancha de un vaso que tenía Beca por ahí tirado, escribes un rápido mensaje.

Llámame ;)

1-877-415-1337

Satisfecha con tu decisión, lo dejas sobre tu almohada para que Beca lo vea nada más despertar y le lanzas un beso antes de salir de su habitación con los tacones en la mano.

Te pones los tacones una vez estás en el ascensor, usando la pared como apoyo, y te alejas del edificio calle abajo con una sonrisa llena de esperanza.


Una semana.

Una semana desde fin de año. Una semana desde Beca.

Una semana que has pasado comprobando compulsivamente tu teléfono a la espera de una llamada o un mensaje de la pequeña morena que nunca llega.

Al principio, intentas ser sutil. Pero, a medida que pasan los días sin señal de vida alguna, comienzas a lanzar toda la precaución por la borda y te abalanzas sobre tu iPhone cada vez que vibra.

Cada nueva decepción hace que tu corazón dé un doloroso latido y tu estómago se retuerza en un nudo más.

No esperabas una proposición de matrimonio. Ni siquiera esperabas que te mandara un mensaje ese mismo día, porque te dio la impresión de que Beca es una de esas personas capaces de dormir durante un bombardeo.

Pero sí esperabas algo.

A estas alturas, hasta que conformarías con un simple emoji. Solo quieres una señal, necesitas una señal. Algo que te asegure de que no fuiste tú la única que sintió que entre vosotras había algo especial.

Fin de año fue una noche que siempre guardarás en tu corazón. Y todo gracias a una pequeña morena que se quedó atrapada en el mismo ascensor que tú y que fue capaz de darle la vuelta a una noche que parecía desastrosa, para convertirla en una de las mejores de tu vida.

Sentiste que teníais potencial. Te morías por explorar lo que fuera que había entre vosotras de la mano de Beca.

Sin embargo, tu móvil silencioso es un recordatorio constante de que fueron todo imaginaciones tuyas. Y no lo vas a negar, te duele. La desilusión es una de las peores sensaciones del mundo, y debido a tu personalidad, debido a tu tendencia a creer y ver solo lo mejor de las personas, es una sensación con la que estás bastante familiarizada.

Ese vacío en el estómago. Esa pena constante. Ese odio hacia ti misma por haber vuelto a caer en la trampa.

Lógicamente, tu extraño comportamiento llama la atención de Aubrey.

Sabes que tu mejor amiga está preocupada por ti desde que desapareciste en medio de vuestra fiesta de fin de año y limitaste vuestra comunicación a un breve mensaje de texto explicando que estabas bien, que ibas a pasar la noche con Beca, y que no tenía por qué preocuparse por ti.

Todavía no habéis hablado de Tom. Ni de qué pasó en la noche del 31 de diciembre al 1 de enero.

Te preguntó, obviamente, en cuanto apareciste por la puerta de casa de esa tarde. Te bombardeó a preguntas de esa forma tan típica suya, tan rápidas y pegadas las unas a las otras que no te dio tiempo siquiera a pensar respuestas porque ya estaba con otro tema diferente. Pero contestaste con evasivas.

Eres experta en las evasivas.

Sabes dar la cantidad justa de información para realmente no desvelar nada que no quieras desvelar, pero dándole la sensación a la otra persona de que has contestado con todo lo que sabes y de forma completamente honesta.

Y luego cambiaste de conversación. Fue tan sencillo como mencionar que habías comido con tus padres, y Aubrey se olvidó por completo de fin de año, de Tom, de Beca; atrapada por el atractivo campo magnético que rodea a todos los Beale.

Sin embargo, tu comportamiento a lo largo de la semana hace que vuelva a preocuparse por ti.

Intenta ser silenciosa al respecto. Ves que hace un gran esfuerzo por no mencionar nada cada vez que te levantas de un brinco cuando escuchas la vibración de tu móvil, solo para volver con actitud derrotada. Notas sus labios presionados en una fina línea y la súplica silenciosa en sus ojos verdes.

Pero respeta que tú no hayas dicho nada hasta que gasta la última gota de su paciencia.

Es miércoles por la noche. Ambas habéis tenido un día duro, y vuestro remedio para ellos siempre es sentaros en el sillón con dos cartones de helado de Ben & Jerry's, y ver telebasura, algo que os entretenga y no requiera que necesitéis pensar.

Estáis todavía riéndoos por uno de los nuevos conflictos de ricas en los que se encuentran las Kardashian, cuando tu móvil vibra encima de la mesita del centro. Rápidamente, te metes la cuchara llena de helado en la boca y te abalanzas sobre él con las manos por delante, pero Aubrey te sujeta la muñeca y su agarre de hierro te detiene bruscamente a medio camino.

Te giras hacia ella con las cejas arqueadas y una mueca, porque la cuchara tenía un trozo muy grande de helado que hace que te duelan los dientes. Aubrey te devuelve la mirada sin inmutarse. Ladea la cabeza cuando el silencio se prolonga y suspira.

- Por favor, dime que no es Tom – casi suplica.

Tus cejas se alzan tanto que casi desaparecen de tu frente y bufas por la nariz, haciendo sonidos con tu garganta para expresar tu enfado.

Para cualquier otra persona, tu reacción no tendría sentido, pero Aubrey es tu mejor amiga y capta el mensaje sin problemas.

- Entonces, si no es Tom, ¿quién te tiene pegada al teléfono de esa forma? – inquiere.

Suspiras por la nariz y te sacas la cuchara de la boca una vez todo el helado se ha derretido. Masticas las pepitas de chocolate y el trozo de cookie dough que te ha tocado antes de hablar.

- Beca – confiesas casi a regañadientes.

El ceño de Aubrey se frunce y puedes ver que está rebuscando en su listado de nombres.

- ¿La mejor amiga de Jesse? – exclama, incrédula.

Coges aire, y entonces le cuentas por encima, sin entrar mucho en detalles, vuestra noche juntas. No te apetece ser explícita sobre ello porque el simple recuerdo de fin de año es capaz de hacer que tu corazón lata de una forma bastante dolorosa.

- ¿Y no te ha llamado? – la voz de tu mejor amiga delata la misma sorpresa e incomprensión que sientes tú. Sacudes la cabeza en una negativa y Bree bufa –. Menuda zorra.

- ¡Bree! – recriminas, escandalizada.

- ¿Qué? – ella se encoge de hombros sin arrepentimiento alguno –. Sabía que no me gustaba por algo.

- Eso es porque no la conoces – No sabes muy bien por qué estás defendiendo a una chica que ha decidido pasar de ti, pero lo haces de todos modos –. Cuando le das una oportunidad y consigues que baje la guardia, descubres que en realidad es muy dulce y atenta – la suave sonrisa que te sale sola, se tuerce un poco cuando recuerdas las palabras de Beca en su salón, sobre quererte desnuda en su cama –. Y jodidamente sexy. Tiene un talento con la lengua…

- ¡Eeeww! – grita tu mejor amiga, tapándose los oídos.

Te ríes de ella con descaro. Disfrutas al máximo incomodando a la gente, y si tienes confianza con ellos, se convierte en tu pasatiempo favorito. Siempre estás soltando comentarios inapropiados solo para observar la reacción de las personas.

Las de Bree siempre son de lo más divertidas – especialmente si estáis en público y tiene que contenerse –, pero tus nuevas favoritas son las de Beca.

La pequeña morena es absolutamente adorable cuando está sonrojada y balbucea cosas incoherentes.

- Jesse dice lo mismo – musita Bree, pensativa, una vez termina de quejarse de las imágenes que has puesto en su cabeza y que nunca pidió.

- ¿Que sabe hacer maravillas con su lengua? – le picas, aunque sabes que no se refiere eso.

- ¡No! – exclama ella, espantada –. ¡No, por dios! ¡No! Lo de que es una gran persona una vez llegas a conocerla.

- Porque lo es – aseguras. Y a pesar de que solo conoces a Beca de una noche juntas, crees al cien por cien en lo que has dicho –. Solo tienes que darle una oportunidad.

- Hacemos un trato – propone Aubrey de repente, sus ojos verdes resplandecen con el brillo de una nueva idea –. Yo le pido a Jesse que organice una cena con Beca para empezar de nuevo, si tú prometes dejar de obsesionarte y empezar a conocer a gente nueva.

- Bree, no…

- Chloe – dice con seriedad –. Ha pasado una semana y no te ha llamado. Está claro que no tiene intención de hacerlo.

- Puede que esté ocupada… – intentas excusar.

- Te voy a parar ahí mismo – te corta tu mejor amiga, alzando una mano frente a tu cara –. Deja de justificar a todo el mundo. Lo hacías con Tom y ya has visto cómo terminó eso.

- Pero Beca no es Tom.

- Y si tuviera dos dedos de frente, te habría llamado hace días ya. Así que, ¿trato o no trato?

Aubrey te ofrece su mano extendida. Su intensa mirada clavada en la tuya no te deja otra opción que suspirar y aceptar.

Tus hombros se hunden en un gesto de derrota y dejas caer la cabeza mientras musitas un "vale" con el que no estás de acuerdo. A pesar de todo, aprietas su mano con firmeza.

Quizá algo bueno salga de todo esto.


Estás en la cocina, a medio camino de prepararte un tazón de leche con cereales para cenar, cuando alguien llama al timbre.

- Chloe, ¿puedes abrir? – te grita Aubrey desde su habitación –. ¡Es Jesse!

- ¡Voy! – gritas de vuelta, en parte para tu mejor amiga, y en parte para el chico que espera al otro lado de la puerta.

Dejas la bolsa de plástico con los cereales de chocolate sobre la encimera. Con paso rápido, sales de la cocina y cruzas el salón en diagonal para abrir puerta de par en par.

- Hola – saludas, alegre.

Te gusta Jesse, es un buen chico. Confías en él para cuidar el corazón de Bree.

- Hol… Oh – se le escapa una risita cuando se fija en lo que llevas puesto –. Bonito pijama – te felicita con aire burlón, sus ojos marrones chispean con diversión contenida.

Su burla, sin embargo, no te afecta.

Tu sonrisa se ensancha todavía más y tiras de una de las piernas de los pantalones mientras recorres con tu vista los dibujos de unicornios, arco iris y nubecitas esparcidas por la tela azul. Luego, estiras tu camiseta para mostrar mejor el dibujo de la cabeza de un unicornio sobre una nube con un arco iris detrás que dice: I believe in unicorns.

- ¿A que es genial? – observas excitadamente.

- Muy… tú.

Lo aceptas como un halago y te haces a un lado para que pueda pasar dentro, informándole de que Aubrey está terminando de vestirse y saldrá de un momento a otro. Jesse te lo agradece con amabilidad, y deberías volver a la cocina a seguir preparándote tu cena, porque el rugir de tu estómago solo se hace más fuerte con cada minuto que pasa; pero hay algo que te mantiene allí parada.

El chico se da cuenta de que sigues junto a él y mete las manos en los bolsillos de sus vaqueros, claramente incómodo con tu escrutinio.

- Oye, Jesse – dices de repente, cortando el tenso silencio –. ¿Podrías darme el número de Beca?

Haces una mueca por lo abrupto de tu pregunta. No habías planeado hacerlo así, pero eres consciente de que se te acaba el tiempo y estás rompiendo tu pacto con Bree. Además, siempre dicen que es mejor quitar la tirita de golpe, ¿no?

- He pensado que, ya que ella no me llama, pues tendré que hacerlo yo – continuas, encogiéndote de hombros.

Jesse te mira con el ceño fruncido y saca las manos de los bolsillos para cruzar los brazos en su pecho en una clara postura defensiva.

Te hace preguntarte qué demonios le habrá contado Beca sobre ti.

- No creo que eso sea buena idea – responde al cabo de un rato, y sientes que toda tu alegría e ilusión se marchita bajo el pisoteo de sus palabras sobre tu corazón.

- ¿Por qué? – preguntas, desolada.

Sabes que Beca se lo paso bien contigo, así que no logras comprender qué pudo pasar. Cómo se han podido torcer tanto las cosas.

¿Fue acaso porque no lo llevasteis más allá? ¿Te mintió cuando te aseguro que no importaba?

- Es solo que… Bueno… Beca… – Jesse duda, empezando la frase unas cuatro veces de formas distintas y parándose cada vez.

- Soy mayorcita, Jesse – le aseguras con una triste sonrisa –. Puedo encajar el rechazo.

- Beca no… no está interesada – suspira al final Jesse. Su rostro se tuerce en una mueca y sus ojos marrones están llenos de culpa.

Bajas la mirada, sintiendo unas ganas repentinas de echarte a llorar.

Tragas el nudo de tu garganta y empujas el impulso lejos de ti, porque sabes que tampoco es para tanto. No es como si os hubierais jurado amor eterno y ahora Beca se hubiera echado atrás. Fue solo una noche y sin promesas de ningún tipo.

Es tu culpa, en realidad. Por haberte hecho estúpidas ilusiones.

¿Cuántas veces más vas a tener que tropezar con la misma piedra para aprender la lección de una vez por todas?

- Gracias por contármelo – tu voz es apenas un susurro y asientes con pesadez.

La expresión del chico es de ligera confusión y bastante arrepentimiento, y una vez más te ves forzada a preguntarte si quizá no recuerdas las cosas correctamente. Si quizá tú y Beca vivisteis la misma noche pero desde perspectivas totalmente distintas. Si quizá ella no lo pasó tan bien como creías.

Le deseas que pase una buena noche con Aubrey y desapareces en la cocina antes de que tu mejor amiga salga de su habitación y te pille hablando con él, porque sabría solo por tu lenguaje corporal que algo malo había pasado y se negaría a dejarte sola en ese estado.

Ahogas los cereales de chocolate en leche y, mientras ves cómo vuelven a resurgir a la superficie, te prometes a ti misma hacer lo mismo.

Este ha sido un bache, pero lo superarás y será como si nada nunca hubiera pasado.


La oportunidad para demostrarlo viene en forma de un compañero de trabajo: Adam.

Siempre habéis tenido muy buen rollito entre vosotros, os gusta meteros el uno con el otro, picaros constantemente. Podría decirse que ligabais constantemente, pero como estabas en una relación, se había mantenido inocente.

Hasta ahora.

Adam estaba en la fiesta. Fue uno de los muchos testigos que vieron cómo pillabas a Tom. Sabe que ahora mismo estás soltera.

Se te acerca a la hora de la comida. Estás sentada, sola, en una de las mesas en la sala de los profesores, completamente inmersa en los papeles que tienes delante. No te das cuenta de que se ha sentado a tu lado hasta que se limpia la garganta sonoramente para alertarte de su presencia.

- ¿Sabes? No te tomaba por el tipo de persona que recurre a la violencia.

Sorprendida, alzas la vista del párrafo que estabas leyendo y sueltas la hoja para que regrese con las demás.

Adam tiene unos bonitos ojos verdes que destacan gracias a su pelo negro azabache y su piel morena. Su sonrisa es amplia y bastante burlona. Hace que pongas los ojos en blanco en cuanto eres consciente de a qué se está refiriendo.

- Te parecerá bonito reírte de las desgracias de tus compañeros de trabajo – le picas de vuelta.

- Solo si me benefician de alguna forma – no tarda ni un segundo en responder, señal de que se ha preparado cómo quiere que vaya la conversación.

Arqueas una ceja, interesada. Su rostro pierde un poco de su usual confianza y adquiere un toque más vulnerable, pero su mirada se mantiene firme en la tuya cuando se inclina hacia delante y apoya los codos en la mesa.

Esta posición hace que sus bíceps sobresalgan bajo la estirada tela de su camiseta y te obligas a no pensar en cómo podría cogerte en brazos fácilmente.

- Ven a cenar conmigo – pide en voz baja para que ningún otro profesor lo escuche. No están prohibidas las relaciones, pero lo último que queréis es que se extienda el rumor por todo el colegio.

- ¿Después de cómo te has burlado de mí? – decides jugar un poco con él, aunque ya sabes qué vas a responder.

- Te prometo que te compensaré – sus ojos verdes relucen con un brillo peligroso.

Si no te había convencido ya, eso definitivamente lo hace.

No sabes qué saldrá de esa cena, pero consideras que te mereces pasarlo bien. Te mereces desmelenarte un poco. Y Adam parece el tipo idóneo para ello.

(Pero no es a quien realmente quieres, susurra una odiosa vocecita en algún rincón de tu cabeza.

La ignoras.)

- Te guardo la palabra – le guiñas un ojo traviesamente, recoges tus papeles y te marchas unos segundos antes de que suene el timbre.

Sin embargo, llega el viernes, el día de la cita, y lo último que te apetece es salir.

Quieres ponerte tu pijama de unicornios, meterte en la cama y comer helado mientras ves capítulos de Friends. Quieres distraerte para lograr acallar de una vez a esa vocecita que sigue hablándote, cada vez más alto, desde algún rincón de tu cabeza.

Coges el móvil y abres el chat que tienes con Adam. Tus dedos se pausan sobre el teclado, sin tocarlo, pensando en qué excusa creíble puedes inventarte para cancelar la cena sin que te odie mucho.

- ¡Ni se te ocurra!

Una mano aparece de la nada por encima de tu hombro y sientes el cuerpo de Bree presionar tu espalda. Te quita el móvil de las manos antes de que tengas oportunidad de escribir nada y lo esconde tras ella.

- ¡Bree! ¡Devuélvemelo! – te quejas.

- ¿Para que te quedes en casa revolcándote en tu miseria?

Sacude la cabeza en una negativa y te arrastra hasta tu habitación con facilidad, porque tus calcetines resbalan sobre el suelo y eres incapaz de oponer resistencia. Te empuja sobre tu cama, abre tu armario de par en par y comienza a rebuscar entre tu ropa algo adecuado para una cita mientras te suelta la charla sobre cómo tienes que superar a Tom y salir ahí fuera, conocer gente nueva.

Tú solo eres capaz de pensar en cómo te ha malinterpretado.

Tom no podría darte más igual. Si bien es cierto que, si te vuelves a cruzar con él, le darías una bofetada en la otra mejilla para que tenga heridas iguales en ambos lados del labio; es más por venganza que por que sigas sintiendo algo por él.

Está más que olvidado y superado.

Quien no está olvidada y superada, sin embargo, es Beca. Y es ella la que está haciendo que no tengas ganas de ir a la cita. Porque sabes que vas a estar haciendo comparaciones toda la duración de la cena, y eso no es justo ni para Adam, ni para Beca, ni para ti.

- Te vendrá bien – te asegura Bree, ofreciéndote unos apretados pantalones negros.

Suspiras y te embutes en los pitillos, cogiendo la camiseta con amplio escote que te tiende y la sedosa chaqueta rosa que te llega hasta casi los tobillos. Te subes en unos botines negros con tacón y tu mejor amiga te regala una sonrisa orgullosa.

Apoya sus manos en tus hombros y te mira fijamente a los ojos.

- Pásatelo bien, ¿vale?

- Lo intentaré – prometes, aunque no suenas muy segura y tu mejor amiga lo detecta.

- Pero de verdad – insiste.

- Vaaaale.

- Y si resulta ser un auténtico acosador me mandas un mensaje y seré tu llamada de emergencia.

- Lo sé.

- Y ten cuidado – te pide.

- Sí, mamá – te ríes de ella cuando resopla, pero te inclinas y le das un rápido beso en la mejilla, conmovida por la preocupación y cariño que puedes ver en sus ojos verdes.

El timbre suena y Bree te suelta para ir a coger sus cosas, ya que eso significa que Jesse está esperando por ella en el pasillo para irse a su propia cena.

- ¡Dale una oportunidad a Beca! – le gritas.

- ¡Lo intentaré! – responde ella, devolviéndote las palabras.

Sigues riéndote cuando se despiden de ti y escuchas la puerta cerrarse tras ellos.


Es domingo por la mañana cuando ves a Aubrey por primera vez desde el viernes por la noche.

Entras en la cocina bostezando, con el moño completamente deshecho y más pelo caído por los hombros que sujeto por la goma. Murmuras un somnoliento "buenos días" que tu mejor amiga recibe con un resoplido divertido.

Una humeante taza de café aparece frente a ti y dejas escapar un gemido de puro placer cuando le das un trago y la cafeína comienza a hacer maravillas por tu cuerpo.

- Te quiero – le dices a Aubrey a modo de agradecimiento.

- Lo sé – ríe esta, sirviéndose a sí misma otra taza de café recién hecho –. Por lo que veo la cita no fue nada mal… – comenta.

No necesitas verle la cara para saber que está divirtiéndose mucho a tu costa, y cuando alzas la mirada, descubres que tenías razón. Una enorme sonrisa cruza su rostro de lado a lado y sus ojos verdes chisporrotean con risa contenida.

- Puede decirse que sí – respondes vagamente.

- Oh, sí. Tu cuello está muy de acuerdo.

Te llevas una mano al cuello, casi como si esperaras sentir la marca que Adam te dejó en un lateral. La viste ayer por la tarde cuando llegaste a casa y te duchaste. Le regañaste por mensaje, aunque sabes que no tuvo efecto alguno porque hasta en la distancia podías notar su falta de arrepentimiento.

Como era de esperar, tus dedos no rozan nada anormal, pero tú – y ahora Aubrey – sabes que está ahí.

- La cita estuvo bien – admites –. El sexo estuvo incluso mejor – esbozas una sonrisa torcida ante la mueca que hace tu mejor amiga –. Pero no va a haber una segunda.

Como estás esperando a que Bree intente llevarte la contraria y proteste por tu decisión, te adelantas a ella y empiezas a exponer tus motivos:

- Adam es… Es divertido y sabe cómo hacerme sentir bien. Pero. – Te pausas y te encoges de hombros, despreocupada –. Es solo para un rato.

Y no es Beca.

No lo dices en voz alta, pero lo piensas.

Aubrey se limita a asentir, sin tratar de pelear contigo. Se te desencaja la mandíbula por el shock, y estás a punto de preguntar si ya está, si va a aceptarlo sin más después de tanto insistirte, pero justo en ese momento alguien llama a la puerta y te interrumpe.

Te lanza una mirada de disculpa, alzando un dedo para que pauses ese pensamiento y lo mantengas ahí para volver luego, y se marcha a abrir.

Al otro lado, está Jesse con una bolsa de papel marrón y una sonrisa de disculpa.

Para tu sorpresa, Bree empieza a cerrarle la puerta en las narices, pero Jesse debía de estar esperando esa reacción porque interpone un pie e impide que pueda continuar.

- Por favor – suplica –. Traigo una ofrenda de paz.

Agita la bolsa de papel frente a Bree, quien, por un largo y tenso minuto en el que todos contenéis la respiración, parece que no va a cambiar de opinión. Sin embargo, al final algo en los arrepentidos ojos marrones de su novio puede más y termina por hacerse a un lado con rigidez.

Jesse se lo agradece profusamente y entra en la cocina. Le miras con ojos entornados, preguntándote qué habrá liado para que tu mejor amiga reaccione de tal forma.

Bree toma asiento en un taburete a tu lado y ambas esperáis pacientemente a que el chico hable.

- Os debo una gran disculpa – suspira Jesse –. A las dos…

Bree le corta con un gesto de su mano.

- Principalmente a Chloe – apunta, y su novio asiente, casi con avergonzado.

- Yo no… – empiezas a decir, confundida.

- Déjale hablar, Chlo – interrumpe Aubrey una vez más, aunque contigo es mil veces más amable.

Cierras la boca, pero tu ceño se mantiene fruncido. Tu mirada alterna entre Jesse, que tiene la cabeza gacha, los hombros hundidos, y retuerce tanto la bolsa de papel entre tus manos que dudas que lo que lleve en ella no esté reducido ya a migas; y luego está Bree, con su espalda recta cual tabla de madera y ojos intensos y reprobatorios fijos en su novio.

- Chloe, lo siento mucho – habla Jesse al cabo de un rato.

- Jesse, no tengo ni idea…

Una vez más, te cortan sin que tengas oportunidad de terminar tu frase. El chico alza la cabeza bruscamente y clava sus atormentados ojos marrones en ti.

- Te mentí – vomita las palabras.

Parpadeas varias veces y rebuscas en tu memoria, intentando pensar en algún momento en que Jesse pudiera haberte mentido.

- ¿Recuerdas cuando me pediste el número de Beca y te dije que ella no estaba interesada? – continúa él, como si ahora que ha empezado a confesar, fuera incapaz de parar –. Te mentí.

- ¿Qu…? – intentas hablar, pero es como si te hubieran hecho un nudo en la lengua.

- Beca sí está interesada.

Todo tu mundo se para de golpe y te agarras a la encimera para evitar caerte.


Aguantas hasta el lunes.

Sigues el consejo tanto de Jesse como de Aubrey y esperas a que pase el fin de semana. Esperas a que llegue el lunes. Esperas a que se termine la jornada laboral.

En cuanto la aguja larga toca el 12 del reloj y suena el último timbre del día, recoges tus carpetas de la mesa y sales corriendo de la clase lanzando una despedida por encima del hombro para tus alumnos.

Saltas dentro del coche y arrancas con una rapidez que ya les gustaría tener a los pilotos de carreras. El motor de tu viejo Beetle ruge cuando le pisas a fondo y se pone justo en el límite de velocidad, aunque por el ruido que hace cualquiera diría que vas a trescientos kilómetros por hora.

Cruzas la ciudad en tiempo récord y conduces por el barrio de Beca más despacio, atenta a las tiendas a ambos lados.

No recuerdas exactamente el número del edificio de la morena, estabas bastante distraída por la mano que trepaba poco a poco debajo de la falda de tu vestido cuando se lo dijo al conductor del Uber.

Lo que sí sabes es que estaba justo en frente de un chino. Te fijaste al bajar en el cartel de neón rosa que parpadeaba en la relativa oscuridad de la calle, anunciando que estaba abierto 24 horas.

Inclinada sobre el volante, vuelves a ver el cartel un poco más adelante. Enciendes el intermitente a la derecha y aparcas en el primer sitio que encuentras, no queriendo arriesgarte a seguir y no encontrar hueco.

Bajas del coche tras comprobar que no viene nadie en ese momento, lo cierras con llave y cruzas corriendo la carretera. Subes las escaleras de cemento del edificio y pruebas tu suerte con la pesada puerta negra del portal, ya que recuerdas que Beca simplemente la empujó.

Tienes suerte, y cuando empujas, la cerradura vence y se abre hacia dentro con un chirrido de bisagras. Es poco seguro dejar las puertas abiertas, pero hoy precisamente no vas a ponerle pega alguna.

Esperas a que baje el ascensor y tropiezas con el siguiente dilema: el número del piso.

Sabes que era alto, lo que descarta al primero y al segundo. Solo quedan el tercero, cuarto y quinto.

No era el último del todo, porque recuerdas haber visto que las escaleras continuaban subiendo, así que presionas el cuarto y esperas que la suerte siga de tu lado. Sales del ascensor en el piso escogido y recorres el recto pasillo hasta la última puerta a la derecha.

Alzas la mano y llamas.

Pasa un largo rato, tanto que temes haber sido tan rápida que has llegado antes que Beca. Estás a punto de dar media vuelta y pedirle ayuda a Jesse, explotar en tu favor que se sigue sintiendo súper culpable por haberte mentido; cuando escuchas un tintineo metálico y algo siendo descorrido al otro lado.

La puerta se abre y…

- ¿Quién eres? – inquiere una señora mayor, desconcertada.

- Oh – se te escapa por la sorpresa –. Perdone, he debido de equivocarme de piso – tuerces la boca y comienzas a recular por el pasillo.

- Espera – te para la señora, saliendo un poco más. Va vestida con un viejo vestido floreado, algo descolorido, de andar por casa y zapatillas forradas por dentro de borreguillo. Sus ojos son de un acuoso gris detrás del reflejo de sus gafas –. ¿A quién buscas?

- A Beca… um… – rebuscas en tu memoria por su apellido –. Beca, eh, Mitchell – tu voz es aguda al final de forma que parece que estás preguntando más que afirmando.

La señora no parece muy convencida al verte titubear. Se rasca la nuca y te observa con ojos entrecerrados, como evaluando si tienes aspecto de asesina psicópata y debe avisar a la policía, o fiarse de tu rostro amable y darte el piso correcto.

El silencio se alarga y empiezas a sentirte nerviosa.

Entonces, el universo parece que quiere volver a ayudarte, porque escuchas un maullido y un precioso gato negro de ojos amarillos se escurre entre el hueco entre la vecina y el umbral de la puerta para restregarse contra tus piernas.

Lo reconoces sin problemas.

- Hola, Sombra – le saludas dulcemente, agachándote para acariciarle entre las orejas. El animal ronronea y empuja su cabeza contra tu mano para que continúes. Te ríes y alzas la cabeza para mirar a la señora, que observa todo con expresión curiosa –. Usted debe de ser la Señora Robinson, Beca me habló de su gato fugitivo.

La señora Robinson parece decidir que no eres una psicópata que planea asesinar a Beca cuando te escucha decir eso y ve que su gato te conoce, de modo que sonríe alegremente y empieza a quejarse de Sombra y su tendencia a escaparse por la ventana.

- Por lo menos sé que Beca le cuida bien – suspira. Luego parece darse cuenta de la forma en que cada vez te alejas más de su puerta, pasito a pasito, y hace un gesto con su mano, como si espantase moscas invisibles –. Perdona, cielo. Probablemente tienes prisa y yo estoy aquí entreteniéndote – se disculpa.

- Oh, no pasa nada – ríes, sonriendo para tranquilizarle, aunque internamente agradeces que tu estrategia haya funcionado.

- Beca vive justo en el piso de abajo, el 3ºE – te informa con un guiño.

- Muchas gracias, señora Robinson. Y perdona por haberle molestado.

Os despedís y bajas por las escaleras los dos tramos de ocho escalones hasta el tercer piso. Una vez más, te diriges hasta el fondo del pasillo y golpeteas con los nudillos la puerta de madera.

Esperas, y esperas, y esperas.

Llamas otra vez.

Esperas, y esperas, y esperas.

Al final, te resignas a seguir esperando. Está claro que Beca todavía no ha llegado, así que resbalas por la pared hasta el suelo y te sientas con el móvil en las manos. Pasado un rato, el detector de movimiento decide que no hay nadie y te quedas sumida en la oscuridad, pero no te molestas en intentar volver a encender la luz.

Jesse te avisa de que hoy Beca tiene una reunión y es probable que llegue un poco más tarde. Para entretenerte, abres el Candy Crush y juegas distraídamente.

Acabas de superar otro nivel más, el tercero de hoy, cuando el ascensor se abre en el otro extremo del pasillo. La luz se enciende con un click. El eco de unos pasos se corta abruptamente y el tintineo de alguien que va jugando con las llaves se convierte en un golpe al caer estas contra el suelo.

Alzas la mirada del móvil y ves a Beca congelada en medio del pasillo.

Una sonrisa esperanzada se abre paso por tu rostro sin tu permiso, y no puedes evitar que se tuerza un poco cuando el shock de la morena hace que se agache precipitadamente a coger sus llaves del suelo y tropiece consigo misma en su prisa por llegar a tu altura.

Una vez está cerca de ti, su prisa se convierte en duda y cautela. Como si temiera que fueras a morderle.

Quizá no ahora, pero luego… Si ella quiere…

- ¿Chloe? – pregunta, sacándote de tu fantasía. Su voz suena extrañamente aguda y te parece adorable –. ¿Qué estás haciendo aquí?

Te incorporas con ayuda de la pared y, una vez estáis al mismo nivel, te das cuenta de que no sabes qué hacer.

No has pensado más allá de volver a verla. No has pensado qué quieres decir ni cómo lo vas a hacer. Solo querías volver a verla.

Pero, ahora que está parada frente a ti, sientes la culpa corroerte por dentro. Tendrías que haber hecho esto mucho antes. Tendrías que haber aclarado las cosas mucho antes.

- Creo que ha habido un gran malentendido – dices con suavidad.


A/N: Espero que no os haya resultado demasiado repetitivo. Quería contar un poco cómo había vivido Chloe lo que pasó, pero hasta que no me puse a escribir, no me di cuenta de que muchas cosas tenía que pasarlas por alto o contarlas por encima o terminaría diciendo otra vez lo mismo solo que desde una POV diferente.

Con suerte, este apaño ha salido bien y os gusta :)

¡Hasta pronto!