Baile

Romano maldijo su suerte.

Había perdido jugando a las cartas con España. En la última ronda. Justo en la que a él mismo, viéndose con una buena mano, se le ocurrió la brillante idea de proponer una apuesta: que el perdedor tuviera que cumplir un deseo del ganador. El español aceptó de buena gana el desafío. Romano sonrió de lado con cierta malicia, ya se imaginaba a su antiguo Jefe cumpliendo su deseo, que consistía en que el español fuera su sirviente durante un día entero. Sin embargo, para desgracia del italiano, fue España quien se declaró ganador de la partida.

―Dime de una maldita vez lo que quieres que haga, bastardo ―dijo Romano molesto, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y la cara vuelta hacia un lado para no ver la sonriente cara de felicidad del español.

―Tengo que pensarlo todavía. Cuando sepa lo que quiero te lo diré.

Y por eso, sólo por esa estúpida razón, Romano se encontraba pegado a España en mitad de aquel salón rodeado por parejas de todas las edades que se movían al ritmo de la música que tocaba una pequeña orquesta. Y es que el deseo de España fue ir juntos a bailar.

―En serio, ¿no se te pudo haber ocurrido otra cosa mejor que esta, bastardo?

―Me gusta bailar, y si es contigo mucho más ―Romano se sonrojó―, pero siempre que te lo propongo me pones pegas, así que tenía que aprovechar la ocasión.

El español hizo que Romano diera una vuelta por debajo de su brazo y volvió a colocar la mano en su cintura. Ambos sabían bailar muy bien, se movían con gracia y soltura al ritmo de la música y estaban disfrutando bastante de aquella tarde de baile, aunque el italiano lo negara y se quejara constantemente.

―¿Cuándo vamos a terminar con esta tortura, España? ―preguntó el italiano cuando terminó la canción―. Estoy mareado ya de tanta vueltecita.

―Joo~, Roma~, no me digas que ya quieres irte ―el español puso ojitos de cordero degollado y un puchero en sus labios―, con lo bien que lo estamos pasando…

Romano rodó los ojos y se cruzó de brazos molesto, odiaba que el español le pusiera esa cara de pena, era débil contra ella y no podía negarle nada. Además, sí que se lo estaba pasando bien, el problema era que con tanto baile pegados, tanto roce entre sus cuerpos y el hecho de que España bailando se viera tremendamente sensual a ojos del italiano, Romano quería marcharse a practicar otro tipo de baile con el español.

―Y ahora, señoras y señores ―anunció el cantante de la orquesta―, ¡vamos con un pasodoble!

España soltó un grito de júbilo, le encantaba ese baile, era uno de los más típicos de su tierra. Inmediatamente se colocó en posición frente a Romano, al que tomó de la cintura y agarró de la mano. El italiano se sonrojó un poco por la cercanía y puso su mano libre en el hombro de su pareja.

Los primeros segundos de la canción bastaron para que Romano reconociera aquel famoso pasodoble, El Beso, uno de los preferidos de España. Ya se imaginaba lo intenso, en varios sentidos, que podría resultar aquel baile.

España adoptó un gesto serio y comenzó a moverse al ritmo de la música llevando a Romano, al que miró de forma penetrante, provocando que su cara se tiñera de rojo al pensar que se derretiría ante aquella mirada verde clavada en sus ojos.

En España, bendita tierra,

donde puso su trono el amor,

sólo en ella el beso encierra

armonía, sentido y valor.

España sonrió un poco con la letra, pero seguía manteniendo su gesto serio. A Romano le parecía todavía más sensual que antes.

La española cuando besa,

es que besa de verdad.

Y a ninguna le interesa

besar por frivolidad.

España hizo que Romano diera una vuelta por debajo de su brazo, lo alejó un poco y lo atrajo hacia sí provocando un choque suave de sus cuerpos y que sus labios quedaran a escasos centímetros de distancia, pudiendo sentir sobre ellos la respiración del otro.

El beso, el beso,

el beso en España

se da si se quiere,

con él no se engaña.

Siguieron bailando el pasodoble sin cambiar de posición, con los ojos clavados en los del otro y los labios casi rozándose, pero sin tocarse.

Le puede usted besar en la mano.

España besó la mano de Romano que tenía agarrada.

O puede darle un beso de hermano.

Lo apartó y lo hizo girar bajo su brazo.

Y así, le besará cuanto quiera…

Le hizo girar otra vez.

Pero un beso de amor

no se lo da a cualquiera.

España tiró de Romano hacia sí, chocaron sus cuerpos con suavidad pese a la brusquedad del movimiento, dieron juntos una vuelta completa y, para finalizar, Romano se dejó caer hacia atrás, siendo sujetado por España, que lo besó apasionadamente, confirmando la letra de la canción.

Romano respondió al beso con intensidad, dejándose llevar y olvidándose del resto de parejas que los rodeaban, le daba igual. Lo único que deseaba Romano en esos momentos era dar rienda suelta a su pasión. Así que nada más separarse, agarró a España de la mano y se lo llevó corriendo a casa.

La sesión de baile de salón había llegado a su fin.