CIVIL WAR OR CIVIL LOVE
Meiga, observó en silencio como los agentes de SHIELD detenian al Capitán América, que ahora, a ojos de todo el mundo era también Steve Rogers, el hijo de América, el hijo caído.
Temblaba de puro miedo y apretaba los ojos, reteniendo las lágrimas en sus ojos.
Ya no era el Capitán América, ahora, ante todos era Steve Rogers, lo cual provocó en el interior de Meiga una notable fatiga y ansiedad. Se había entregado, y lo peor de todo, era que sabía que aquella guerra, solamente acababa de empezar. Los agentes de SHIELD estaban esposando a Steve cuando ella, ya se había abierto paso entre las personas y estaba frente a él, negando con la cabeza, reprimiendo unas enormes ganas de llorar.
- No debías hacerlo, eres idiota. - susurró mientras le observaba ponerse a su altura. Apretó los ojos y se mordió el labio inferior, volviendo a negar con la cabeza.
Steve, sintiendo una enorme presión, juntó su frente con la de ella. Las palabras en aquellos instantes no fluían de ninguna forma, dijera lo que dijera, no serviría de mucho a decir verdad, por lo que simplemente, detuvo sus labios sobre la frente de la joven, separándose poco a poco.
- Tienes que ser fuerte, Meiga… prométemelo.
Un nudo en su garganta, una mezcla entre fuego y su propia bilis, se mezclaban y luchaban por salir, pese a que ella se negaba. Un suspiro lento escapó se sus labios y negó, sintiendo unas cuantas lágrimas brotar de sus ojos.
- Voy a solucionar esto, Steve… te lo prometo . - Al observar como los agentes le obligaban a ponerse en pie, ella, siguió sus pasos de cerca, sin perder un solo detalle. - Te lo prometo... iré a por ti
Steve se puso recto y tensó todos sus músculos mientras alzaba la cabeza ante todos los presentes. Su equipo había detenido el fuego y observaban incrédulos lo que estaba ocurriendo, como el propio Capitán América, se había rendido ante SHIELD por aquel instinto de supervivencia que nacía de lo más profundo de él.
Se oían murmullos de varios presentes, entre ellos, de las fuerzas del estado los que más.
- Es mi decisión, Meiga .. - murmuró Steve cuando le obligaron a andar y tuvo que volver la cabeza y separarse totalmente de ella, apartar la mirada de la joven Stark, quien sentía sus rodillas flaquear y en cualquier momento, le fallarían.
Las lagrimas comenzaron a brotar con más fuerza, no solo por parte de Meiga, también de Falcón, los hermanos Storm… entre otros.
Una mano, se detuvo en el hombro de Meiga, provocando que así, ella se volteara para encontrarse frente a ella a Natasha y Clint. Nadie dijo nada, fueron unos escasos segundos de silencio mientras, por pura necesidad, la muchacha se abrazaba a ellos.
- Tu padre ha pedido que.. te llevemos a casa. - susurró Barton en su oído mientras la rodeaba entre sus brazos para poder caminar a su lado hacia el auto de SHIELD que había estacionado en la misma calle donde ellos se encontraban. Ella, simplemente asintió y comenzó a caminar en primer lugar, dejando atrás a ambos vengadores.
Tras el silencioso trayecto hasta la Mansión de los Vengadores, un portazo, resonó en toda la estancia. La tristeza de Meiga, ahora, estaba acompañada de dolor y de furia. Tony había prometido que aquello terminaría, ¿Por qué no ocurría? ¿Por qué sentía que realmente aquella guerra sería el fin de todo?. Las lágrimas no paraban de brotar.
El ruido del portazo, hizo temblar el vaso de whisky de Tony, quien suspiró resginado ante la idea de que, al estar detenido, de momento, no podía hacer nada por Rogers, y tampoco por su hija.
- Deberías tranquilizarte... - susurró Tony al ver entrar a su hija, quien se dejó caer de golpe en un gran sofá, llorando. El genio, acudió a ella, rodeandola entre sus brazos y acaricando sus cabellos - Sabiamos que esto sucedería, pequeña.
Ella, por puro instinto, mientras lloraba, negó con la cabeza, abrazada con fuerza a su padre, como aquellas noches cuando era pequeña y, tras una horrible pesadilla, se abraza a él y se dormía entre sus brazos. Este era uno de esos momentos, donde estaba horrorizada.
Fuisteis angeles con una sola ala,
ella y tú.
Ahora vuestro amor forma tu ataúd.
El tiempo, parecía estar de acuerdo en que aquel día, no sería bueno para nadie. Los agentes del estado, además de SHIELD, que eran los encargados, casi arrastraban a Steve a las puertas de los juzgados de Nueva York, donde le esperaba su sentencia por rebelde en aquella guerra, por ser un no registrado.
El cielo, a pesar de que no era más del medio día, estaba completamente nublado, corría un fuerte aire frío, por no decir que, el aroma a humeda, predecía una fría lluvia que no tardaría en recubrir los alrededores de Manhattan.
Tan solo se escuchaban las voces de las personas presentes, algunos se manifestaban por la libertad del Capitán América, otros simplemente gritaban, pero aquellas voces eran disueltas o simplemente ignoradas.
La oscuridad, no solo la del cielo, caía sobre la ciudad de Nueva York. La fría lluvia comenzó a invadir cada rincón.
Steve, subía los escalones del juzgado con la mirada clavada en el suelo, la lluvía, confundía sus lágrimas. De nuevo lejos de ella, de sus hijos, de nuevo, solo y aterrorizado aunque mostrase lo contrario. Había prometido estar siempre a su lado, y estaba rompiendo su promesa, pese a que aquello, había sido su decisión.
Primero, fueron varios disparos acompañados de gritos, después, gruñidos de verdadero dolor, además el llanto amargo de una mujer rubia que parecía haber recuperado la consciencia.
Steve, atacado por tres disparos, cayó al suelo de un golpe sordo. Hombros y vientre sangraban de forma notable y varios agentes le recogían entre sus brazos con fuerza.
- ¡CAPITÁN! - gritaron varios de ellos, pero no recibieron más respuesta que ahogados gemidos de dolor y rabia.
Mientras tanto, en la Mansión de los Vengadores, menos de una hora después...
Seguía abrazada a su padre, ahora en puro silencio, pero todavía llorando entre sus brazos, pero sin hacer ruidos ninguno. Las caricas de Tony en el cabello, eran relajantes, pero no aliviaban el dolor.
El genio, la acurrucaba en sus brazos, también silencio. No podía aliviar su dolor, no podía fingir que nada ocurría, de poder, le haría olvidar todo su dolor, pero aquello no estaba en sus manos. Detuvo sus labios en la frente de ella, y la besó lentamente, de forma calida.
Tú me preguntabas cuanto te quería yo...
te quiero siempre amor.
El silencio, fue roto por Sam Wilson, falcón, compañero de Steve. Tan solo se escuchó la gran puerta abrirse, y Tony se giró para mirarle con una de sus habituales muecas, esperando que reaccionara, pero sus nervios, eran más que evidentes. Temblaba casi y tenía un leve camino marcado por sus lágrimas.
- Sam... ¿Qué ocurre? - murmuró Meiga al alzar la mirada y observarle. Se limpió las lágrimas y parpadeó varias veces- ¿Sabes algo de Steve? ¿Has podido verle?
Pero Sam parecía no poder hablar, así que, mientras retorcía nervioso sus manos, negó. Primero, se frotó el rostro y después, hizo un gesto a Tony para que le siguiera.
Meiga observó a ambos hombres con una leve mueca de incomprensión, pero se mantuvo toda la corta conversación en el sofá, inmóvil y pensativa. Apoyaba ambas manos en su vientre, intentaba no trasmitir sus nervios a los bebés.
Duele tanto vivir, duele siempre sin ti
- No puedo decirle eso , Falcón... ¿Y si Rogers no sale de est...
Sam le interrumpió en el instante, negandose a escuchar aquellas dolorosas palabras, se negaba perder a uno de sus mejores amigos.
- No Stark, Steve saldrá... se pondrá bien. Por ella, por sus hijos... por América.
Tony, negando, volvió al salón y colocó, desde atrás, ambas manos en los hombros de su hija, escondiendo el rostro humedo en el hueco de su cuello mientras la abrazaba con fuerza. Meiga, respondió, tomando sus manos entre las suyas.
- ¿Qué ocurre?... ¿Y Sam? - susurró Meiga mientras giraba un poco el rostro hacia su padre y volvía a apartarse unas lágrimas?
Y apesar de todo que dificil es,
que no me duela estar sin ti...
- Han... disparado a Steve... está en el hospital.
Aquellas palabras golpearon a la joven como un jarrón de agua fría. Los nervios se apoderaron de ella, también las lágrimas y una gran claustrofobia, por lo que salió corriendo y llorando al exterior de la casa. No podía ser verdad, era demasiado trágico e imposible para ser verdad.
Demasiados recuerdos cruzaban su cabeza en aquellos momentos, desde que le había visto por primera vez, hasta aquel momento, hasta la última vez que había dormido a su lado. Todo su mundo se derrumbaba como un castillo mal formado.
La lluvía caía con fuerza, pero el contacto helado contra su piel, no le hacía sentir nada. Ya no podía sentir más dolor.
Cuando quiso darse cuenta, estaba corriendo dirección al Hospital. No esperó a nadie, no podía esperar a nadie.
Hospital de Manhattan ;
No necesitó identificarse, sus nervios, y ser quien era, fueron suficientes. Recorrió cada pasillo, cada instalación hasta que divisó a una mujer de cabellos rubios, a Sharon Carter, junto a Clint y Johnny Storm.
Su pecho y respiración, se movían a toda rapidez. Estaba fatigada, totalmente atacada por un ataque de ansiedad.
- ¿Dónde está? - murmuró ahogada mientras miraba a los ojos a Clint Barton, quien simplmente la abrazó - ¡DIME DONDE ESTÁ CLINT...! dimelo...
- No está... -susurró en su oído mientras la abrazaba con fuerza - Lo siento.
Negó varias veces, aquello era una pesadilla, un mal sueño del que quería, pero no podía salir. Empujó y apartó con fuerza de su lado a Barton y, tan rápido como pudo, entró a la habitación donde, tapado con una sábana, estaba el cuerpo de Steve Rogers. Negó y se dejo caer contra la cama, abrazando al rubio que ahora, permanecía inmóvil, casi helado, aunque aún conservaba algo de calor.
- Prometiste que siempre estarías conmigo... - susurraba ella entre lagrimas, abrazada con fuerza a su torso - LO PROMETISTE...dijiste que siempre estarías conmigo.
Era imposible hablar. Las lagrimas le provocaban un enorme nudo en la gargante, un dolor, que con palabras no podía describir. Se estremeció y observó su bello rostro, el cual, acarició con un par de dedos, observandole, contemplandole por última vez, besandole por última vez.
- Mi amor... - volvió a susurrar acurrucada junto a la cama, sin poder detener ninguna de sus lágrimas. Había perdido al hombre, al único hombre que había llegado amar más que a ella misma, había perdido a un amigo, a parte de su familia. Lo había perdido todo, absolutamente todo. La decadencia, llegó a cada Vengador. Había sido necesaria una muerte, para volver a unirlos, había sido necesario el sufrimiento para que, después de todo aquello, se volvieran a unir como tantas otras veces se habían unido.
Una estatua de piedra, a semejanza del Capitán América, se levantaba en el cementerio. Un ataúd de ébano blanco, era cubierto con una bandera de los estados unidos.
Lo rodeaban varias personas, en primer lugar la familia Stark. Frente a ellos, Brunce y Andrea Banner, seguidos de Clint y Natasha. Alredeor de estos, Falcón, entre otros muchos vengadores, además de los hermanos Storm... Peter Parker...
Sonó el himno a los Estados Unidos de América, seguido de una famosa misa de réquiem de Mozart. Meiga, apenas podía controlar su ansiedad, y fue aquello el motivo por el que se abrazó tanto a su padre, como, minutos después a su mejor amiga, la hija del Dr. Banner.
La lluvía , aquella mañana, todavía seguía, y desde el decadente día donde Meiga había perdido a su hombre, no había cesado en ningun momento. Una niebla cubría el cielo.
Tras las emotivas palabras del pastor de la iglesia, Meiga fue la primera en dejar junto al ataúd, tres rosas rojas y después, volvió junto a su padre. Apenas podía hablar, mencionar una sola palabra sin llorar. Realmente, todos estaba doloridos por aquella perdida.
Cuando todos se marcharon, Meiga, aguardó unos instantes sola, bajo su paraguas negro. Cerró los ojos, y pasó sus manos por la fría y húmeda estatua de piedra.
- Mi amor... mi amor inmortal - susurró y después miró la placa de metal con la inscripción.
Steven Grant Rogers,
el hijo caído de América.
Siempre vivo.
Besó dos de sus dedos y los pasó por la placa, por el nombre del que siempre, eternamente, sería su hombre hasta que se volvieran a reunir. Porque volverían a hacerlo.
Con algo de orgullo, acarició su rostro, ella, solamente ella, llevaba en su vientre a los hijos de Steve Rogers, a los sucedores que llevarían con orgullo y respeto el apellido no solo Stark, si no también Rogers.
Porque después de todas sus hazañas, de tanta lucha, el Capitán América, había fallecido.
