Después de mucho tiempo vuelvo a escribir capítulo, la verdad no lo hubiese logrado sin la ayuda de Fridda. Una disculpa (como siempre lo hago) a los seguidores, tuve un accidente que me quitó las ganas de hacer muchas cosas y entre ellas, el escribir. Pero como Dragon Age me sigue apasionando, aquí seguiré esperando poner fin algún día a esta historia.
Los problemas de un arlingo
Desde su llegada a los Anderfels, una sensación seca y terrosa había inundado la boca de Alistair. Nunca en su vida se había sentido con la necesidad de saciar su sed tantas veces en un sólo día y, a pesar de que sus porciones de comida en el barco no eran abundantes, debía admitir que ahora las extrañaba pues sus raciones se habían reducido considerablemente debido a las pocas provisiones de las cuales disponían, sumando a ello que, en palabras del mismo Rorik, los comerciantes ambulantes era cosa rara de encontrar debido a lo arriesgado que suponía aventurarse por esos caminos. Lo mejor que podían hacer era llegar cuanto antes a Hossberg, la capital, para poder abastecerse y continuar su camino a la fortaleza.
Durante el trayecto, no pararon a descansar en ninguna posada, pero esa era una cuestión que no estaba en manos de él o de sus compañeros decidir muy a pesar del cansancio, el cual era visible, pues la ausencia de estas brillaba tanto como el sol que azotaba cada día las estepas abandonadas. Dormir a la intemperie nunca le había molestado, pero el aspecto tan sombrío y silencioso que tenían los Anderfels, era algo que le parecía desesperante, esa sensación sólo la había experimentado en la Capilla y se ponía a gritar literalmente en ocasiones en un intento de sacar su frustración, para disgusto de las hermanas. Y aunque tenía a dos guardas como acompañantes, lo dicho por Rorik sobre lo silencioso que era un hombre como Harold, se quedaba corto ante el rostro tosco e inmutable que mostraba el veterano guarda en todo el camino. Rorik parecía ya haberse acostumbrado a la personalidad tan apagada de su compañero y no se molestaba siquiera en hacer un esfuerzo para entablar una charla.
Alistair creía que su experiencia con Sten en sus viajes le había enseñado a ser una persona reservada en ese aspecto, sin embargo estaba equivocado. Intentó charlar con Harold en variadas ocasiones, pero este se limitaba a encontrar una forma tajante de cerrar la conversación, o únicamente a asentir o negar ante las preguntas que Alistair le formulaba. No más, así que mientras continuaban su camino, algunos días se tornaron en exasperantes silencios totales.
Jamás pensó en extrañar a Sten, Harold comparado con el qunari convertía al segundo en un gran conversador, aunque agradecía que el segundo de vez en cuando se tomara la molestia de escucharlo, sin embargo pocas veces emitía algún juicio o palabra al respecto. Alistair había comprobado con sus propios ojos la amabilidad extraña que en pocas ocasiones profesaba el qunari, como aquella vez en que lo sorprendió juguetear con un pequeño gato y gracias a esa anécdota pudo pasar horas de diversión al escuchar sus excusas de tal comportamiento en un hombre de su porte. O también estaba el tema de las galletas en Ferelden, un tema poco apasionante para Alistair pero al menos lo suficientemente interesante para hacer hablar a Sten. El pensar que el qunari era un mejor conversador así como el admitir extrañarlo, se trataba de una clara muestra de la gran tortura que ese viaje significaba.
Desde que estaba con Eli, la llegada de la noche siempre había sido su momento favorito cada día que pasaba. En estas veladas la búsqueda de una simple charla con Rorik para soportar la jornada era lo que sustituían los desvelos tan placenteros que había pasado al lado de su ahora esposa. Obviamente no había un punto de comparación, sin embargo en esos momentos el guarda novato era su única compañía junto con Charlotte, pero el pasar sus días tratando de entablar conversación con una mabari resultaba poco fructífero tomando en cuenta que Charlotte sólo respondía con el movimiento alegre de su cola o con un gruñido cuando estaba en desacuerdo con algo.
Fue así que entre calurosas mañanas y solitarias noches, Alistair apretaba el paso para llegar cuanto antes a la fortaleza, cumplir con los deberes por los cuales era requerido y volver a Ferelden lo más pronto posible. Al arribar a Hossberg, la capital, Alistair se sentía aliviado al comprobar que a pesar de un clima tan hostil, hubiese personas habitando en una región que parecía extinguir cualquier rastro de vida.
Si no hubiese visto a sus habitantes moverse de un lado para otro y hablar en una especie de extraños murmullos en los alrededores del pequeño y cutre mercado, él hubiese pensado que la ciudad era habitada por cadáveres resucitados por algún tipo de demonio. Alistair sabía que este no era un viaje de placer, sin embargo la sombría imagen que había visto de los Anderfels lo hacía pensar que su estado actual eran las consecuencias de que una Plaga los haya azotado hacía ya cientos de años. Tal vez Hossberg en sus mejores tiempos, pudo tener la misma vivacidad y alboroto que poseía Denerim, pero la Plaga había absorbido la vida misma con el paso de los engendros, dejando devastada la región y al borde de la simple supervivencia.
Eso fue lo que lograron evitar Elissa y él. Alistair sabía que fueron cientos de guardas grises que lucharon para detener la cuarta Plaga que tuvo su origen en el mismo lugar en el cual ahora se encontraba parado y que muchos de ellos murieron luchando sin vislumbrar el final de la tragedia que los aniquiló. Eso lo hizo sentir afortunado al creer que el horror vivido no era comparable al que vivieron los antiguos guardas durante la cuarta Plaga, tanto él como sus compañero lograron salvar, a pesar de tener todas las expectativas en contra, un país entero que apenas si logró sentir lo que significaba una Plaga como tal. En silencio, agradecía que el frenar la amenaza haya sido justo a tiempo y parte de ese mérito se lo debía a la memoria de Duncan demostrándole que los esfuerzos que invirtió en la orden así como las esperanzas depositadas en su persona, no habían sido en vano.
Su estancia en la capital fue breve, aunque tampoco es que hubiese mucho que recorrer por calles tan desiertas y casi muertas. Por curiosidad preguntó cuántos días de camino quedaban para llegar a la fortaleza.
- "Son sólo cuatro días de camino si apresuramos el paso, señor. Ojalá fuesen más".- respondió Rorik.
- "Tengo la impresión de que no tienes mucha prisa por llegar. Me parece difícil de creer que a alguien le agrade pasar los días en medio de estos parajes solitarios".
Rorik sonrió con desgano, viendo de reojo que su compañero no escuchase lo que estaba a punto de confesar.
- "La verdad me gustaría que me enviasen a más misiones fuera de la fortaleza, no me importaría recorrer estos parajes las veces que sean necesarias si en ellos puedo conservar algo del espíritu que tengo ahora. Tal vez no pueda comprenderme en este momento, pero los guardas que han pasado toda su vida en el alcázar pareciera que pierden sus emociones y con ello el deseo de vivir, al llegar la llamada les resulta más un milagro que una maldición. No he conocido a nadie que haya llegado a la fortaleza para convertirse en guarda por voluntad propia, todos somos orillados a ello debido a nuestras circunstancias. Son realmente pocos los que se quedan toda su existencia en Weisshaupt, sé que en el pasado eran miles de guardas sin embargo ahora no quedan más que unos cientos junto con los reclutas que no han pasado el Ritual de Iniciación".
Alistair sólo escuchó en silencio. Los recuerdos que él tenía de sus compañeros guardas eran en su mayoría gratos y en su momento lamentó profundamente la muerte que sufrieron debido a la traición de un hombre a quien le hizo pagar sus actos. Él sabía que no todos los hombres que conformaban la orden eran personas honorables y algunos llegaron en contra de su voluntad, ya no era tan ciego como para no darse cuenta de ello. Elissa misma admitía que el unirse a la orden no era su deseo realmente, simplemente no le quedaba otra opción.
La vida que a ella le deparaba era muy diferente a la que le aguardaba a Alistair, si este no hubiese sido tomado bajo el cuidado de Duncan, ahora sería uno más dentro de la fila de los templarios. Al ingresar a los Guardas Grises realmente no tenía nada que perder, simplemente había sentido que un gran peso le era quitado de encima. Con el pasar de los días antes de llegar a la fortaleza, él trataba de meditar sobre todo ello. Se preguntaba si Eli se encontraría con bien, sabía que al regresar tendría que esforzarse por ella y darle una vida decente, sabía bien que ella jamás le pediría algo como eso. Ella se conformaría con lo que Alistair tenía para ofrecerle, ya fuese mucho o poco, pero era una promesa que quería mantener para sí mismo.
Charlotte le hacía ameno su viaje, nunca se debía subestimar a una mabari pues esta parecía notar que Alistair echaba de menos a su ama y permanecía a su lado en todo momento haciéndole compañía, especialmente cuando las noches eran tan frías y con vientos que provocaban tormentas de arena que en la oscuridad asemejaban espíritus furiosos.
- "Ya casi hemos llegado, señor.- dijo Rorik mientras andaban".
Alistair puso su mirada en el horizonte, pero no alcanzaba a ver nada todavía. Y el paisaje tampoco ayudaba, el desierto era una imagen inmutable, sólo arena y más arena.
- "¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?"- preguntó el rubio.
- "Por las rocas que se asoman entre la arena.- respondió Harold de forma seca y señalando a un punto".
- "Exacto".- puntualizó Rorik y al ver que Alistair parecía extrañado de esa señal, este prosiguió - "Esas rocas son en realidad antiguas estatuas o vestigios del Imperio Tevinterano, nosotros no los tenemos a la vista como los fereldanos, la arena y los siglos los han enterrado. Tampoco es como si quisiéramos conservarlos, ellos nos dejaron a nuestra suerte tiempo atrás, nos olvidaron a nuestra suerte y…"
Rorik se detuvo al sentir la mirada de reproche de Harold, era la misma mirada que Duncan le lanzaba algunas veces cuando Alistair era un novato. Al parecer Harold tenía real preocupación por el joven Rorik y trataba de que no soltara su lengua de más, ese tipo de regaños eran los que Alistair conocía muy bien. Sólo se limitó a sonreír, no deseaba que por sus preguntas, Rorik se buscara más problemas.
Conforme avanzaban, el camino se volvió más pesado, así Alistair comprobó lo que hace mucho tiempo Duncan le había contado sobre la fortaleza: se encontraba sobre una colina de difícil acceso. Pues a cada paso que daba, sus botas se hundían más en la arena por la inclinación, era como caminar en medio de una gruesa capa de nieve. Casi anochecía cuando notó a lo lejos pequeñas luces por doquier. Eran las antorchas y gracias a ellas fue que esa noche continuaron su camino sin detenerse y poco a poco, ante los ojos de Alistair fueron apareciendo las figuras de enormes grifos grabados en piedra, cuyo desgaste señalaba los cientos de años que Weissahupt llevaba en pie.
Los días habían pasado en Amaranthine y con ello las obligaciones habían aumentado de forma repentina, Elissa al pensar en todo ello, hundió su cabeza sobre la suavidad de su almohada poniéndose a pensar que no había logrado realizar siquiera la mitad de las peticiones llegadas. En sus inicios creyó que se limitaría a levantar la orden poco a poco, sin embargo la carga que la misma reina le había impuesto tanto a ella como a Alistair parecía ser más un castigo que una recompensa por sus valerosos actos, pues de ellos ahora dependía llevar por buen camino a Amaranthine y encargarse del arlingo completo. Elissa creyó que escogería a algún noble estirado para hacerlo y al final la noble estirada elegida había sido ella misma y Alistair. Algo en toda esa carga diplomática impuesta no terminaba por gustarle, sabía que existía un motivo oculto en las intenciones de Anora pero todavía no estaba segura del porqué tenía esa sensación que la inquietaba.
Tal vez era que se sentía decepcionada de sí misma debido a lo acontecido en días pasados, ya que si bien pudo devolver sana y salva a su padre a una joven noble que había sido secuestrada por un grupo de bandidos, su siguiente misión había fracasado ya que por desgracia no pudo salvar a unos granjeros que habían solicitado su ayuda urgente debido a una horda de engendros que había sitiado su granja y no tenían más protección que un templario, quien había corrido la misma suerte que ellos: los adultos terminaron colgados y los más pequeños fueron pasados por la espada sin piedad alguna. A pesar de haber detenido a una Plaga entera, Elissa nunca se había sentido tan impotente, pensó que debió atender primero este llamado que el del padre de la chica, pero sus cuerpos tenían signos de haber fallecido desde hace días.
- "No se culpe a sí misma, jefa. Estas cosas pasan más de lo que deberían y siempre es lamentable, pero debemos seguir adelante".- le había dicho Anders tratando de levantar su ánimo, pero lo que no pudo decirle a Anders es que se había acabado con un Archidemonio para que eso no volviese a ocurrir. Lograron matar a la mayoría de los engendros responsables de tales actos que seguían merodeando por la granja, pero eso no la hizo sentir mejor al darse cuenta que algunos se habían escapado.
Su disgusto aumentó al reconocer que ahora se cansaba fácilmente, trataba de recuperar el aliento tan rápido como fuese posible para no mostrar desventaja ante sus compañeros, ella era la líder y debía comportarse como tal. Estaba molesta consigo misma, pues había dedicado sus mañanas a ponerse en forma, a entrenar con sus dagas, pero algo en su interior la hacía fatigarse sin que pudiese evitarlo. Pensó pedirle a Anders ayuda como curandero, sin embargo no quería que sintieran que había algún problema con ella. Necesitaba mantenerse fuerte, tenía que hacerlo al menos hasta que Alistair regresara.
Después de ello, se enfocó en las reparaciones del Álcazar y ocupar en ellas su mente, no obstante el senescal Varel le tenía otros planes preparados al informarle que estaba todo listo para que la nobleza de Amaranthine rindiera lealtad a la nueva arlessa y Elissa juraba que ese día le había parecido eterno al ver desfilar uno a uno a los nobles, a algunos los reconoció, pues hasta no hace mucho eran fieles seguidores de Howe, puede que incluso hayan aprobado lo ocurrido con su casa. Sintió la mirada de muchos y no era una sensación grata, fue en ese instante en que se dio cuenta que había entrado a la boca del lobo o, mejor dicho, Anora los había puesto a Alistair y a ella en esa situación.
La charla con Ser Tamra le heló la sangre. Ella le advirtió que cuidase sus espaldas debido a que una conspiración estaba siendo organizada para atentar contra su vida y, aunque no pudo proporcionarle los nombres de quienes planeaban el golpe, Ser Tamra prometió que lo investigaría. Sin embargo Elissa quería hacerlo por cuenta propia y por ello pidió ayuda a su senescal, ya que a pesar de que Ser Tamra parecía ser una buena mujer, no estaba segura si debería fiarse de ella. Eso le parecía impropio de ella, tomando en cuenta que en el pasado no lo pensó dos veces en perdonar la vida de un cuervo antivano e incluso le ofreció su amistad, pero ella sabía que Zevran tenía algo de lo que muchos nobles carecían: honor. Puede que el elfo no se diera cuenta de ello o lo negase, pero Elissa conocía muy bien a una persona digna de esos atributos y muchos nobles que la rodeaban en ese momento brillaban por no tener ni una pizca de ese "honor" en sus cuerpos.
Más que jurarle lealtad, lo que los nobles acudieron a pedirle fueron privilegios como era de esperarse, y Elissa trataba de encontrar la justicia para todos, siguiendo el ejemplo que le había inculcado su padre y aún con ello se sentía como una niña perdida y sobre todo, sola. Tenía la suficiente confianza con Oghren para contarle lo que le ocurría pero más que ofrecerle un consejo, el enano no podía hacer más para reconfortarla que brindarle un buen trago de su mejor cerveza. Anders tampoco sería capaz de entenderla, tal vez quien estaba en mejor posición para darle un consejo pertinente sería Natahaniel aunque Elissa dudaba mucho que siquiera la escuchara.
El senescal Varel hizo aumentar sus preocupaciones al informarle que la reina llegaría a visitar Amaranthine en cualquier día debido a sus viajes por el bannorn, manifestando con ello sus deseos personales de ver con sus propios ojos la reconstrucción de todos los rincones de Ferelden. O al menos esas fueron las palabras del senescal durante la cena ofrecida después de que todos finalizaran de rendir sus juramentos de lealtad, una cena que no pudo terminar dicho sea de paso. No sabía si eran los nervios o las imágenes de los granjeros muertos que no sacaba de su mente, pero se disculpó retirándose de inmediato a sus habitaciones al no encontrarse del todo bien, sentía su estómago revuelto deseando vomitar, cosa que por suerte no sucedió enfrente del senescal ni de sus compañeros.
- "Tranquilizate Elissa, todo saldrá bien". - se decía a sí misma tal como cuando era pequeña y se llegaba a sentir nerviosa ante las presiones que acarreaba ser la hija de los teyrns. Recordaba que en esas épocas de igual forma su cuerpo resentía sus preocupaciones al sentirse mareada y cansada al creer que sus compromisos la abrumaban. Se paró un segundo para tomar aire fresco en el patio, con ello logró sentirse mejor. El olor a tierra mojada le trajo consigo los recuerdos de los caminos que recorrieron, era reconfortante ver que pequeñas gotas de lluvia comenzaban a caer y los árboles moverse al compás de un viento suave. Definitivamente extrañaba los caminos, echaba de menos a Alistair y a sus compañeros, quería salir a buscarlos y olvidar todo lo que ahora le ocurría.
Se quedó inmóvil por unos instantes, sus pies no pudieron huir del deber y regresó a sus aposentos resignada.
Tenía fe que al pasar la visita de la reina se sentiría mejor, no había nadie en el mundo que la pusiera más nerviosa que Anora. La mirada azul de esa mujer parecía congelarla por completo, su sola presencia imponía más que cualquier engendro tenebroso, Elissa no quería que su majestad pensara que las obligaciones de un arlingo fuesen algo que no pudiese manejar por sí misma. Pasada su visita, ya tenía su agenda ocupada en hacer un pequeño viaje a la ciudad de Amaranthine donde, además de recabar información importante sobre una entrada a los Caminos de las Profundidades, tenía que buscar a alguien que le ayudase a preservar su propia vida, debido a que al parecer había otros nobles sin contar al mismo Nathaniel que se habían visto seriamente afectados por la muerte de Howe y ahora buscaban su cabeza.
Prefería zanjar el asunto cuanto antes, debía cuidar del arlingo y tenía que admitir que necesitaba a alguien que le cubriese las espaldas. Ahora estaba sola para ello, ya no tenía a sus compañeros para protegerse unos a otros en medio de los peligrosos caminos, pero ella bien sabía que el escenario más arriesgado era siempre los desacuerdos políticos debidos a la búsqueda de poder. Sus padres murieron de esa forma y ella había aprendido de tan dolorosa experiencia.
Su mente y su cuerpo no deseaban pensar más en ello, en la calidez de las sábanas era cuando mejor se sentía. Quiso levantarse a seguir revisando algunos pergaminos que contenían peticiones adicionales para fortalecer las defensas del Álcazar, pero en esta ocasión su cuerpo no hizo el mínimo esfuerzo en escucharla. Algo en su interior le decía que debía descansar, que le era necesario hacerlo y antes de que se diera cuenta, sus ojos agotados se cerraron.
En sus sueños, ella esperaba en un sendero cuya tierra y árboles la rodeaban con un fantástico olor a lluvia. Y en la lejanía podía ver cómo poco a poco una figura se hacia nítida hasta que aparecía Alistair, él al fin volvía a su lado.
