SEMPER FIDELIS
Capítulo Cuatro
Decir que Anthea se había enfadado era quedarse corto. Le lanzó dardos como "estúpido", "temerario" e "ingenuo" y otras palabras semejantes, al azar, pero al final tuvo que reconocer que John había obtenido hilo quirúrgico, gasas, analgésicos y todo lo que necesitaba para tratar su brazo.
-¡Podía haber sido una trampa!- siseó-. ¿Es que no lo discutimos? ¿No estuvimos de acuerdo en que era probablemente una trampa y que era mejor…?
-Por eso es por lo que fui solo- interrumpió John, con suavidad, mientras examinaba las herramientas que le habían dado, en busca de defectos-. De esa forma, si hubiese sido una trampa, solo habrían cogido a uno de nosotros.
Anthea todavía no parecía conforme.
-¿Te das cuenta de que puede que solo quiere que confíes en ella, no? Establecer una relación para que creamos en ella y así nos pueda atrapar a los dos.
-No es como si fuera a decirle nuestra localización exacta- señaló John, preparando la anestesia local-. Y solo hace falta una persona para hacer la recogida, así que nunca será necesario que estemos los dos allí.
No mencionó que también había aprendido una cosa o dos mientras trabajaba con Sherlock, entre ellas unos cuantos trucos, muy útiles para detectar si era vigilado, o para deshacerse de alguien que le siguiera.
-Ahora- dijo finalmente, satisfecho con los preparativos-, siéntate y déjame coserte.
Lo notaba raro: su brazo estaba adormecido, así que no notaba dolor, pero todavía sentía una vaga sensación de presión y de relajación cada vez que John introducía la aguja quirúrgica a través de su piel.
Anthea miraba, al principio, pero era un poco perturbador ver el hilo salir de su carne sin sentirlo en realidad, y pronto encendió la televisión para distraerse. Pero no había nada interesante, así que la dejó en las noticias mientras trabajaba con su mano libre en la tarea de hackear el sistema de la policía.
Desafortunadamente, la escena del crimen solo los hacía parecer todavía más culpables. O, al menos, hacía que John pareciera más culpable: las huellas dactilares sangrientas en la cortina, las marcas que había dejado cuando registraba los cadáveres…
- Sabes, es muy enervante verte hackear el ordenador de la policía con una mano mientras ves la tele- comentó John-. Brillante, sí; pero enervante.
-¿Tan enervante como tu capacidad de tiro?- le devolvió Anthea- ¿Te das cuenta de que podrías calificarte para los Juegos Olímpicos con ese nivel de precisión?
-Sí, pero cualquier idiota puede hacer eso- protestó John-. Todo lo que necesitas es una vista en condiciones, una buena pistola y mucha práctica.
Anthea resistió la tentación de dar un bufido.
-Lo mismo puede decirse de lo que yo estoy haciendo, todo lo que necesitas es algo de habilidad en informática y un buen equipo.
-Algo me dice que no todos los hackers son capaces de entrar en el sistema informático de la policía con esa cosita.
-Ayuda que la haya modificado un poco- concedió Anthea.
-¿Solo "un poco"?
-Oh, cállate- resopló, divertida a pesar suyo-. Estoy ocupada.
John había terminado de coser su brazo y estaba colocándolo en un cabestrillo, justo en el momento en que Anthea encontró lo que estaba buscando. Las huellas dactilares del cuchillo pertenecían a un hombre llamado Thomas Abbot, que había sido arrestado en Inglaterra, Suiza y Francia, y había pasado varios años en prisión por crímenes menores. Anthea estaba sorprendida de que la policía hubiera conseguido los resultados tan rápidamente, pero suponía que un homicidio múltiple como ese merecía que se diesen un poco de prisa.
Lo interesante era que los cuerpos de las personas que les habían atacado todavía no habían sido identificados. No estaba segura de qué significaba eso.
-¿Recuerdas el cuchillo del que te hablé?- dijo Anthea, llamando la atención de John.
-Sí, lo recuerdo.
-Han encontrado a quién pertenece. Un hombre llamado Thomas Abbot, arrestado por última vez en Francia.
-¿Francia?
Anthea asintió.
-Estoy tratando de obtener más información sobre él, con quién se le asocia y todo eso. Con un poco de suerte encontraremos algo por aquí, no queremos dejar el país a no ser que sea estrictamente necesario…
John meneó la cabeza, confundido, mientras miraba hacia su Blackberry, obviamente tratando de asimilar los datos que cruzaban la pantalla.
-Entras en ese sistema con tanta suavidad que parece un poco como mirar pornografía- bromeó, arrancando una carcajada de Anthea.
Cuanto más tiempo pasaba con John Watson, más podía ver por qué a Sherlock le había gustado. Era generoso con sus elogios aunque bastante modesto sobre sus propios logros, amistoso sin ser falso, y siempre encontraba la manera de hacerla reír sobre cualquier cosa.
Estaba repasando los detalles del informe cuando el recuento de cadáveres le llamó súbitamente la atención. Hizo un cálculo rápido… pero no, eso no podía ser. Fue pasando páginas con rapidez, buscando la descripción y las fotografías de la escena, y se quedó de una pieza cuando al final las encontró.
"Pobre John". El pensamiento atravesó su mente antes de decidirse a hablar, sin preocuparse por amortiguar el golpe, porque sabía que John no lo apreciaría.
-Los policías están muertos.
John parpadeó, claramente impresionado.
-¿Qué?
-Los policías a los que redujiste, están muertos.
-¿Qué? Pero… tuve cuidado- murmuró John, en parte hablando para él mismo, desconcertado-. Me aseguré de que…
-Les dispararon- dijo Anthea-. Cuando nos fuimos, alguien volvió y les disparó.
John palideció, y Anthea sabía que él estaba pensando en el estado en que dejó a los policías. Uno inconsciente, y el otro esposado e incapaz de gritar. Prácticamente los había empaquetado para regalo para el asesino.
-¡No pongas esa cara!- repuso ella, la expresión culpable que ponía John le estaba provocando una sensación desagradable en el pecho-. No ha sido culpa tuya.
John se desmoronó.
-Lo sé, lo sé. Es solo…
Obvió el resto de la frase y meneó la cabeza, mirando la alfombra.
Probablemente era insensible por su parte, y duro y sin corazón y cualquier otro epíteto del que le hubieran acusado antes, pero Anthea estaba menos preocupada por los policías muertos que por lo que sus muertes significaban. Significaba que alguien había vuelto a esa casa cuando ellos se fueron, alguien que no quería que saliera a la luz la versión de los policías. Pero si había habido un "batallón de limpieza", por decirlo así, ¿por qué no habían recogido el cuchillo incriminatorio?
Todo lo que podía pensar era en que había habido algún tipo de fallo en la comunicación, pero eso parecía bastante inconsistente.
Anthea meneó la cabeza y decidió que lo consideraría cuando estuviera más descansada.
Durmieron por turnos esa noche. Anthea insistió en hacer la primera guardia y que John descansara más tiempo que ella, ya que ella siempre podía hacer una siesta en el coche. Tecleó en su Blackberry, a primeras horas de la madrugada, acurrucada en un sillón mientras John roncaba en la cama, tratando de descubrir todo lo que pudiera sobre Thomas Abbot y la escena del crimen donde habían descubierto sus huellas dactilares.
Cuanto más sabía, menos sentido tenía. Si la comunicación con Moriarty o la vigilancia eran tan estrechas como para enviar a alguien a asesinar a los policías, debería haber sido suficientemente estrecha también como para darse cuenta de que una de las armas de los asesinos se había quedado allí. Alguien había despojado la casa de todo el equipo electrónico, de forma metódica, después de los asesinatos. ¿No habían echado ni una ojeada debajo de la cama?
Cuanto más pensaba en ello, más parecía que lo de dejar el cuchillo allí había sido deliberado. Pero, ¿por qué? ¿Les había fallado Thomas Abbot de alguna forma, lo suficiente como para inculparle?
Discutió las posibilidades con John mientras desayunaban.
-¿Entonces qué piensas que debemos hacer?- preguntó John al final.
-¿Me lo preguntas a mi?
-De los dos, yo no soy el super espía.
-¿Quieres dejar de llamarme eso?
-¿Por qué?- se rió John, sin arrepentirse en absoluto-. Es verdad, ¿no?
El hombre sonriente y burlón que había sentado frente a ella no se parecía mucho al que parecía derrumbado ante el informe de la muerte de los policías, pero Anthea sospechaba que John usaba en humor como mecanismo de defensa. Hacía reír a la gente para distraer la atención de su propio dolor.
Tenía mucho mejor aspecto después de una noche de sueño reparador, y Anthea se sentía complacida. Le había costado trabajo convencer a John para que hiciese la guardia más corta, ya que insistía en que su herida necesitaba todo el descanso posible. Solo consintió cuando ella le prometió que haría una siesta en el coche.
-Dejar el cuchillo allí fue obviamente deliberado- murmuró Anthea-. Se supone que debemos seguir la pista… pero no sé qué otra cosa podemos hacer.
No era como si tuvieran muchas opciones donde elegir. Spencer y Número 5 habían sido sus mejores pistas. Ahora que estaban muertos, Anthea y John tenían que conformarse con lo que hubiera. Serían muy cautelosos, desde luego, por si fuera una trampa. Y si no lo era, y Thomas Abbot fuera solo un peón, entonces podían encontrarlo y tratar de entender por qué lo habían incriminado o embaucado, lo que les daría la oportunidad de penetrar en la organización de Moriarty.
Tenían que moverse.
-Así que… ¿manos a la obra otra vez?- preguntó John, leyendo por lo visto la resolución en su cara.
-Manos a la obra- aceptó Anthea-. Pero primero voy a llamara a nuestra "benefactora".
Se aseguró de que John oyera el énfasis sarcástico en la última palabra. John frunció el ceño.
-¿Para qué?
-Le voy a pedir las herramientas necesarias para alterar pasaportes.
-¿No las tenías ya?
-Sí, pero quiero ver hasta dónde está dispuesta a llegar- explicó Anthea-. Si su objetivo es entregarnos, si está trabajando para cualquier organismo oficial, se mostrará reacia a ayudarnos a abandonar el país. Hablando de eso, ¿hablas francés?
-Hice un par de años en el colegio- dijo John-. Lo que básicamente significa que puedo presentarme y preguntar dónde está la estación de tren. Sin embargo, mi farsi es bastante bueno, y me las apaño en pashto, pero probablemente eso no nos servirá para nada.
Anthea tomó nota mentalmente, de todas formas.
-¿Dominas algún otro idioma?
-Hace bastante que no lo uso, pero se me da bien el alemán. Oh, y puedo insultar a la gente en español y en italiano.
Anthea sopesó los datos, y no pudo evitar preguntar:
-¿Por qué aprendiste a insultar en español y en italiano?
John se encogió de hombros.
-Parecía lo correcto en ese momento. Y tú, ¿qué idiomas hablas?
-Árabe, francés, italiano, alemán, español, portugués, sueco, coreano, japonés…
-Vale, ya lo pillo, hablas un montón de lenguas- interrumpió John. Entonces, con una sonrisa-: Serás mi piedra Rosetta. ¡Eh, qué idea! ¿Nunca has pensado en llamarte "Rosy"?
-No- respondió Anthea con énfasis-. No puedes llamarme así.
-¿Por qué no? Admites que "Anthea" es un nombre falso, así que ¿por qué no puedo llamarte Rosy?
-Porque yo elijo mis nombres. Y Rosy es un nombre para perros y abuelitas.
-Lo que tú digas, Rosy.
La amplia sonrisa de John le inspiró un fuerte deseo de acercarse a él sobre la mesa y estrangularle. Pero Anthea era una persona adulta, no iba a caer en la provocación.
-Así que, ¿dónde vamos entonces, Rosy?
-A Francia, obviamente. Y si sigues llamándome así, cruzarás el Canal en un cajón de carga.
John tenía que admitirlo, estaba impresionado. Anthea les había reservado billetes en el Eurostar, pero desde luego, como había una orden de arresto para John (y probablemente también para Anthea, a estas alturas), tenían que ir disfrazados.
Tiñeron el pelo de John, y no se había afeitado, por lo que la ligera barba podía camuflar la forma de su barbilla, y con un poco de pegamento, plastilina y maquillaje en abundancia, Anthea había creado una verruga fea y desigual en un lado de su nariz. De esa forma, la gente evitaría mirarle, y si lo hacía su atención se vería capturada por la "verruga" y no por sus rasgos reales.
Pero eso no era lo que había impresionado a John, sino el disfraz de Anthea. Se había vestido de hombre, y era tan convincente que John había tenido que mirarla dos veces. Su silueta femenina, vagamente en forma de reloj de arena, había desaparecido, reemplazada por el distintivo triángulo al revés masculino, hombros anchos descendiendo hacia una cintura sin curvas. Se había cortado el pelo, e incluso había usado algún tipo de lápiz para dibujarse una sombra de barba a un lado de su mandíbula, como si se hubiera dejado un trocito al afeitarse.
-Es increíble- se maravilló John-. ¿Cómo lo has hecho?
Anthea abrió la boca para explicarse, pero John levantó una mano y se adelantó:
-En realidad, pensándolo mejor, no me respondas. Estoy seguro de que la explicación será sobre maquillaje y estética y líneas de visión y no entenderé ni una palabra.
Ella sonrió, obviamente satisfecha de si misma.
-Me sorprende que no me hicieras vestirme de mujer- murmuró John mientras subían al coche-. Si eres así de buena, podrías haber conseguido que lo pareciera de verdad.
Anthea negó con la cabeza.
-Tus hombros son demasiado anchos para mis vestidos, y tenemos que evitar comprar ropa nueva a menos que sea imprescindible.
John asintió. Era verdad que ninguno de los dos iba corto de fondos de momento, pero a pesar de que varias decenas de miles de libras parecía un presupuesto muy amplio, era todo lo que tenían, y no sabían cuánto tiempo tenía que durarles.
Desafortunadamente, viajar en el Eurostar significaba que la colección de armas de John iba a tener que quedarse allí. Había un límite al número de pistolas que se podían pasar de contrabando entre solo dos personas. Al final, John tomó su propia pistola, el táser, y las dos mejores pistolas de las que se había apropiado en la casa. Anthea le prometió que las pasaría por los escáneres, y John no estaba seguro de querer saber cómo iba a hacerlo; quería mantener algo de fe en la seguridad de las aduanas.
Lógicamente, sabía que eran más que suficientes, pero una parte de él, la del superviviente que insistía en que cada recurso era precioso, le pedía aferrarse a su arsenal, a pesar de todo. Era extraño abandonarlas en el vestíbulo de un hotel (un hotel porque al final alguien investigaría la bolsa, llamarían a la policía, y las armas acabarían en buenas manos).
Anthea le consoló señalando que si alguna vez necesitaban más armas, su benefactora se las conseguiría. Se había ablandado un poco respecto a la mujer misteriosa desde que las herramientas para alterar pasaportes habían aparecido exactamente como ella había pedido. Solo un poco, claro. No operaba para un organismo oficial, pero eso no significaba que estuviera de su lado, y el hecho de que no conocieran sus motivaciones, o cómo sabía de su situación, era inquietante.
Al menos había dejado de pinchar a John por pedir suministros médicos.
En realidad, llegar a Francia fue mucho más fácil de lo que John había pensado, aunque extremadamente angustioso. Se había quedado petrificado cuando le había entregado su pasaporte a los oficiales, seguro de que iban a reconocerle… pero solo le habían echado un vistazo a sus papeles, luego a él, y entonces le hicieron señas para que siguiera adelante.
John no estaba seguro de si sentirse aliviado por haber pasado, o asustado por lo fácil que les era a los criminales salir del país.
-Conseguiré un manual de francés y un mapa- murmuró Anthea cuando salieron de la estación de París, haciendo su voz más profunda para que sonara vagamente masculina para cualquiera que pasase en ese momento-. Nos hará parecer más como turistas.
- ¿Qué tipo de impresión queremos dar?- se preguntó John-. ¿Somos parientes? ¿Amigos? ¿Una pareja gay?
Anthea sonrió con una esquina de la boca.
-Mejor amigos, de momento. De la universidad. Tú eres fisioterapeuta, yo soy biólogo, así que teníamos asignaturas en común.
-Bien- dijo John, grabándoselo en la memoria-. ¿Y nos quedamos con los nombres de nuestro pasaporte?
-Probablemente sea lo mejor, evitaremos confusiones y todo eso.
Lo que convertía a John en "Lucas Eldon" y a Anthea en "Stephen Grant".
John asintió.
-¿Ahora qué?
-Necesitamos un hotel- contestó Anthea-. Preferentemente barato, pero bonito, un hotel de turistas, del tipo que ofrece visitas guiadas.
-¿Por alguna razón en particular?
-Siempre están abarrotados, así que, mientras tengamos un mapa y un libro de frases útiles en francés, pareceremos solo otra pareja de turistas ingleses, y nadie nos mirará dos veces.
John asintió otra vez, tratando de no parecer tan alerta y a la defensiva como en realidad estaba. Sabía que era tonto, pero el hecho de haber dejado el país le estaba haciendo sentir muy solo. Como si fueran solo Anthea y él contra el mundo, sin ninguna ayuda, exceptuando a una extraña mujer al otro extremo de una línea telefónica.
Sabía que había sido así desde el principio, pero era la primera vez que lo sentía de esta manera.
Alguna gente probablemente diría que era similar a Afganistán, pero John no lo creía. En Afganistán, tenía al resto del ejército tras él, la seguridad que la gente de su unidad cubría su espalda, pero aquí no.
-Este promete- anunció Anthea, arrastrándole fuera de sus pensamientos mientras le empujaba a través de un portal.
La búsqueda de "Thomas Abbot" llevaba ya una hora en marcha, y todavía no había arrojado ningún resultado. Pero eso no sorprendía a Anthea: su Blackberry podía ser poderosa, pero aun así solo podía procesar una cierta cantidad de datos al mismo tiempo, y la tenía buscando en todas las fichas de arresto de la base de datos. Se consideraría afortunada si veía resultados hacia el final del día.
Consiguieron una habitación doble con dos camas, con un baño bien equipado y televisión, y John había intentado entretenerse haciendo zapping por los canales. Desde luego, el hecho de que no pudiera entender nada de lo que decían significaba que enseguida se cansó de eso, y acabó hojeando el libro de frases útiles en francés, en un esfuerzo por entender las revistas que había en la mesita.
Sin embargo, al cabo de diez minutos, abandonó el intento y se tumbó en su cama a mirar el techo con desgana.
-¿Estás bien?- preguntó Anthea, un poco preocupada. Dios no quisiera que John cogiera un virus estomacal o algo así, ¿qué iba a hacer ella entonces? No tenía conocimientos médicos y no podía llevarle a un hospital…
-Estoy bien- contestó John, levantando la cabeza para mirar hacia ella, probablemente dándose cuenta de la preocupación en su voz-. Solo estaba pensando que… bueno, esto está pasando muy rápido. Quiero decir, justo ayer estábamos…
Se atascó y se encogió de hombros, pero Anthea sabía a qué se refería. La gente solía decir que sus vidas habían cambiado en un abrir y cerrar de ojos, pero se aventuraba a decir que John y ella eran de las pocas personas que de verdad habían experimentado algo así. Hacía un poco más de veinticuatro horas, estaba precisamente entrando en su trabajo, sin la menor idea de que se iba a convertir en una fugitiva buscada por la justicia.
Las cosas habían ido tan rápido que no había habido tiempo para sentarse y pensar en lo que había pasado. Pero ahora, sentada en un hotel y esperando que se completase la búsqueda electrónica, no había nada más que hacer.
Y Anthea tenía la horrible sensación de que caería en una depresión si se detenía a pensar en la expresión de la cara de Mycroft, mientras le daba las gracias por los "servicios prestados". Servicios prestados, como si no fuera mucho mejor que una prostituta…
-Este sería normalmente el punto en el que intentamos ahogar nuestras penas- murmuró John, todavía mirando el techo con ojos muertos-. Pero no creo que sea una buena idea que ninguno de los dos reduzca sus facultades justo ahora.
Hacía solo un día, Anthea pensaba que John sería una carga. Ahora no podía sino sentirse agradecida de haberle traído con ella, no habría durado tanto si él no hubiera estado ahí.
Y mientras que ella ya sabía todos los detalles de su vida que podían sacarse de los registros electrónicos, en realidad no le conocía. Anthea había sido bastante indiferente hacia John, y ahora se encontraba sintiendo por él algo peligrosamente cercano a la amistad. Aunque suponía que era difícil que no te gustara alguien que mata a gente para mantenerte a salvo, cura tus heridas y trata de hacerte sonreír cuando te sientes triste.
-¿En qué estás pensando, Rosy?- preguntó John, con su sonrisa cansada indicando que usaba ese nombre solo para pincharla-. ¿Sientes la urgencia de arrasar la mini nevera?
-Jane.
John frunció el ceño.
-Perdona, ¿qué?
-Jane- dijo suavemente Anthea-. Mi nombre es Jane.
John se sentó en la cama, y ella supo por la solemne expresión de su cara que él sabía que ese era su nombre real, y que se daba cuenta de la confianza que estaba depositando en él.
Entonces su expresión, tan seria, se vio aliviada por una sonrisa amable, y se encogió de hombros.
-Ya veo por qué preferías algo más llamativo.
Anthea dudó, y entonces le preguntó con cuidado:
-¿Me llamarás por mi nombre a partir de ahora?
-No lo creo-. Otro encogimiento de hombros de John-. Tú te presentarte como Anthea, y así es como pienso en ti. Bueno, eso y Rosy.
La esquina de la boca de Anthea se torció, pero no sabía si sus labios estaban tratando de sonreír o de gemir.
No podía sino preguntarse cómo se había traicionado. Había algo en el rostro de John, algo como una compasión amable, que le decía que él sabía que ese nombre estaba reservado para Mycroft. Que sabía que ella estaba intentando cerrarse ante el dolor y cortar sus ataduras dándole su nombre real, pero que él no lo usaría hasta que estuviera segura de que eso era lo que ella quería.
"Cuando esto acabe", pensó Anthea sin poder evitarlo, "tengo que aislar el gen o la partícula química o el defecto cerebral que hace que John Watson sea tan jodidamente comprensivo, implantarlo a escala mundial, y entonces la paz reinará por siempre en el mundo".
-Y, realmente, los genios merecen nombres llamativos- continuó John, y entonces rompió a reír-. Eres un genio y acabaste con Mycroft. Eso hace que merezcas el premio al ser humano más grande de la Tierra.
-No sabía que había galardones de ese tipo- comentó Anthea, bromeando.
-Estoy seguro de que podrías crearlo, si quisieras.
Anthea bufó, y entonces se puso seria de repente.
-Quizá, pero John… genios los hay a montones.
John parecía escéptico.
-Vale, quizá no de nuestro calibre, verdad- concedió Anthea, refiriéndose a ambos hermanos Holmes y a ella-. Pero mucha gente es un genio en algo. El mundo está lleno de gente brillante, pero ¿de buenas personas?
Negó con la cabeza y se mordió el labio, sin saber realmente por qué estaba diciendo esto, aunque se sentía obligada a hacerlo porque John no parecía entender que él era tan extraordinario como ella.
-Por eso tú eres mucho más inusual que yo, John- acabó-. Porque eres bueno.
-Alguna gente no estaría de acuerdo con eso- dijo John con suavidad, aunque con un evidente tono de auto-desprecio-. He matado a gente, después de todo.
Anthea no veía qué tenía eso que ver con su discusión.
-Sin mencionar que no he visto ninguna decisión o base moral que pueda hacerme mejor que tú- señaló John.
Sencillamente, no lo pillaba. Anthea sabía de qué estaba hablando, de todas formas: John era mejor que ella porque él era el tipo de persona que amaba sin condiciones ni límites ni fronteras. Se había pasado casi dos días en su compañía y ya sabía que él moriría por alguien que le importase sin pensárselo dos veces. En algunos aspectos ella le envidiaba eso, pero en otros… bueno, podía imaginar que a menudo la gente intentaba aprovecharse de la naturaleza de John.
Y, realmente, podían discutir sobre su valía hasta la hora de la cena, porque el trasfondo de esta conversación era el hecho de que ambos se habían enamorado de dos hermanos que por lo visto no habían reconocido su valor, y que les habían apuñalado por la espalda en cuanto habían podido.
Recordó que John le había pedido una cita, en su día, y no pudo evitar suspirar.
-Sabes, nuestras vidas habrían sido más sencillas si nos hubiéramos enamorado el uno del otro.
John sonrió débilmente, pero Anthea pudo ver un rápido destello de especulación en sus ojos.
Y, justo así, el momento se cargó de energía estática, aumentando y preparándose para ser liberada.
"¿Por qué no?", se preguntó Anthea. "¿Por qué no John? Es un buen hombre, con un malicioso sentido del humor y una habilidad para matar francamente peligrosa. Realmente, todas excelentes cualidades".
¿Por qué no John?
Nunca tuvo muy claro quién se movió primero, ella se inclinó, John movió su cabeza hacia arriba; pero al instante estaban besándose.
Anthea no tenía ni idea de lo que estaban haciendo. Quizá querían olvidar a los hombres a los que habían besado por última vez, quizá querían sentir algo que no fuera el extraño atontamiento de la traición, quizá querían conectar con la única persona que les creía y confiaba en ellos. Quizá incluso querían traicionar a los hombres a los que amaban, en una pequeña porción de la forma en la que ellos les habían traicionado.
Fue… raro. John besaba bien, un perfecto 10 en técnica, y tenía cuidado en no apretarle el brazo que todavía llevaba en cabestrillo. Debería haber sido maravilloso, pero en su lugar fue frío, ausente, y vagamente erróneo.
Anthea no tenía hermanos, pero no pudo evitar pensar que así era como se sentiría besando a su hermano. No tenía nada que ver con cómo se sentía besando a Mycroft, y estaba furiosa por pensar precisamente en eso ahora.
John se estaba separando de ella, y juzgando por su ceño fruncido y la expresión pensativa de su cara, estaba sintiendo lo mismo que ella.
-No- anunció Anthea con decisión.
-Oh, gracias a Dios- suspiró John.
Una parte de Anthea estaba irracionalmente molesta por no haber conseguido dejar de pensar en Mycroft. El hombre se había deshecho de ella como si fuese unas sobras del día anterior. Si había justicia en este mundo, ella debería ser capaz de dejar de amarle justo en ese instante.
John le sonrió amablemente, y Anthea odió la comprensión que vio en su rostro. Incluso le sentó mal la forma en que él le besó con suavidad en la mejilla, de forma seca y casta, como un hermano a una hermana, y luego se volvió a su libro de francés.
No pudo evitar pensar que esa era la causa de que un tipo agradable, comprensivo y empático como John estuviese soltero antes de conocer a Sherlock. Porque era un poco demasiado empático: sabía lo que necesitabas casi antes que tú, lo que te hacía sentir en desventaja. Anthea podía imaginarse a John comprando regalos de cumpleaños y de aniversario fantásticos y bien planeados, del tipo que hacen que los tuyos parezcan baratijas en comparación.
John necesitaba a alguien que pudiera leer en los detalles de la misma forma que él leía en las personas, alguien que no se sintiera intimidado por su soltura. Incluso Mycroft se sentiría desarmado frente a John, porque mientras él deducía cómo eran las personas, John… sencillamente lo sabía.
-Anthea, ¿cómo se pronuncia esto?-. La voz de John la sacó de sus pensamientos, al encontrarle echando un vistazo al manual de francés.
Todavía la llamaba Anthea, y se dio cuenta de que aquí se sentía como Anthea. Había sido Jane solo con Mycroft, y ahora… ahora, con John, era Anthea.
-Venga, Rosy, ayúdame, necesito a la experta.
Divertida a su pesar por el apodo de John, Anthea se movió a donde él estaba sentado, cerca de la ventana, y le dijo que señalara la palabra que le daba problemas.
John podía admitir que el beso no había sido malo, en realidad todo lo contrario, pero sencillamente no estaba bien. No había chispa, ni pasión, ni deseo. Podía haber estado besando una pared de ladrillo.
No pudo evitar pensar en Sherlock, y sabía que ella estaba pensando en Mycroft.
Cuanto más conocía a Anthea, más entendía que Mycroft era realmente su pareja ideal. En parte por ese intelecto afilado, que hacía que sus mentes trabajaran a un nivel que él nunca comprendería. Pero sobre todo porque Anthea parecía tener sus emociones prácticamente domesticadas, o al menos su respuesta emocional. Sus reacciones solo afloraban cuando ella decidía que debían hacerlo, y necesitaba a alguien que pudiera entender eso, que no pensase automáticamente que era fría o insensible.
Incluso Sherlock estaría incómodo con ese nivel de control, porque por mucho que siempre hablase de investigación objetiva y de no involucrarse emocionalmente en los casos, tenía sus impulsos y malhumores.
John sabía que mucha gente pensaría que dos días era poco tiempo para considerar a alguien como un amigo, pero eso era como consideraba ahora a Anthea. Suponía que fugarse juntos era una experiencia que ataba a la gente con rapidez.
-Aun así, hubiera sido más fácil- murmuró Anthea mientras trataba de ayudarle con su pronunciación.
-Sí, es probable- suspiró John-. ¿Quieres pedir algo delicioso y carísimo del servicio de habitaciones?
