Fata Morgana


(En una playa, donde casi lo pierde todo)

Deja caer los misiles al mar, viendo algunos explotar en medio del aire. Puede ver a lo lejos los barcos quietos, suponiendo que se están preguntando qué demonios ocurre.

Charles no se mueve, no se acerca a él. Solo lo mira con ojos cansados. Es Raven quien los saca del embrujo con su voz.

–Debemos irnos de aquí –dice, con la voz temblorosa, mirándolos a él y a Charles, para luego posar su vista en los miembros del Hellfire Club.

Los muchachos se han acercado hasta Charles, con Sean apoyando su peso en Alex y Hank adelante de ellos. Moira aún está en posición defensiva, unos pasos lejos del profesor, sus ojos fijos en Erik.

Erik cierra los ojos unos segundos, abriéndolos y mirando a los barcos en el mar, sintiendo aún los ecos de las explosiones.

–Raven tiene razón –dice en voz alta Charles, viendo a los antiguos subordinados de Shaw–, debemos irnos antes de que envíen el segundo ataque –Mirando al demonio rojo, le pregunta–. ¿Tú puedes llevarnos de vuelta, no?

El mutante lo ve indiferente–, ¿Por qué debería?

–Pronto habrá una guerra –Charles le responde con sinceridad, pasando su vista por cada uno de ellos, hasta volver a él–, y necesitaremos estar juntos.

–Aún no veo una necesidad –le responde, mirando a sus camaradas, indicándoles que se acerquen hasta él.

–Una guerra –vuelve a decir Charles, viendo sus movimientos–, y yo no dudaré en defender a los míos –termina la línea, poniéndose la mano en la sien, con sus dedos erguidos.

El mutante rojo se detiene, congelado. Angel al verlo intenta moverse a su lado, al igual que el otro mutante, pero ambos son detenidos por la misma fuerza.

Los jóvenes miran asombrados al profesor, Raven cubriéndose la boca con la mano. Moira intercambia la vista entre él y a Erik, sin saber qué hacer.

–No quería que esto terminará así –responde Charles a una pregunta muda. Mirando a su grupo les indica que se acerquen hasta llegar a su lado. Los mutantes del Hellfire Club también se mueven como marionetas hasta llegar al lado de él y Moira.

Erik es el último en unirse a la cadena, al lado de Raven. Y cuando cada uno de ellos está junto, Charles les dice que se tomen de la mano y se preparen.

En menos de un lapso se encuentran en la mansión, en la misma habitación en donde hace tan solo unas horas terminaron de formar los planes para este día.

Apenas se sueltan, Moira se gira, con confusión y preocupación en cada línea de su cuerpo, le pregunta a Charles-: ¿qué haremos? Ellos no debieron responder así. Sabían que éramos aliados, Charles –mira con aprehensión a los antiguos subordinados de Shaw y a Erik–, ¿Charles?

Alex y Sean se han sentado en el sillón frente al televisor apagado, mirándolo con caras sombrías. Hank está vigilando a los otros mutantes, que aún están bajo el control de Charles. Y Erik y Raven están observándolo a él y Moira.

–Es tremendamente terrible, lo que ha sucedido –susurra Charles, mirando a Moira con cariño–, tienes razón. Nada de esto debería haber salido así, no prevenimos su reacción. Y lamento mucho tener que hacer esto.

– ¿Qué cos –pero no alcanza a terminar, cayendo inconsciente en los brazos de Charles.

– ¡¿Charles? –Exclama Raven con urgencia, acercándose hasta ellos y afirmando a Moira.

El telépata tiene la mirada desenfocada, sin soltar el cuerpo de la mujer, hasta pestañear y mirarla con tristeza. Levanta su vista hasta Raven–, déjala en uno de los sillones.

– ¿Qué hiciste? –Es Erik quien le pregunta, mirando a Raven acomodar a Moira en el sillón restante.

–Lo que debía hacer –Charles murmura–, a pesar de su lealtad y confianza, no podemos arriesgarnos a que lo que sabe sea de conocimiento público.

–Sus memorias –dice Hank, con entendimiento. Raven aún está ocupada con Moira, manteniendo su vista alejada de su hermano.

Charles mira a los mutantes enemigos, cerrando sus ojos, hasta abrirlos y verlos moverse. Gira su rostro hacia los otros para explicarles–, borré ciertas acciones de sus recuerdos. No sabrán que sucedió con totalidad, sobre nuestra participación en el conflicto, pero sí sabrán sobre la muerte de Shaw. –Mirando al mutante rojo, continúa–, llevará a Moira hasta el cuartel de la CIA, sin hacerle daño. Y luego se irán del país.

Los otros miran a Charles, sin saber que decir, viendo como los mutantes de Shaw desaparecen, con Moira entre ellos.


Erik piensa que todo se está derrumbando. La muerte de Shaw debió haberle dado un cierre, y a pesar de que se siente que algo ha terminado, no puede si no pensar que no debería sentirse tan vacío.

Cuando comenzó el viaje para cazar al hombre, Erik sabía que tenía que sacrificar cosas, estaba dispuesto a morir por ello. A vengar la infancia destruida, la presencia de su madre en su vida robada por Shaw.

Claro que sabía que habría costos, pero estaba dispuesto a pagarlos.

No fue hasta que conoció a Charles, que se dio cuenta que la vida aún podía entregarle algo, que podía darle a él, un pobre bastardo, un poco de felicidad.

Y cuando todo se fue al demonio en aquella playa, Erik sabía lo que estaba haciendo desde el principio. Nunca pensó que los costos cambiarían y que terminaría arrastrando a Charles a su infierno.

Atravesando esa condenada moneda por la cabeza de Shaw, como soñó tantas veces, como no pudo hacerlo ese fatídico día en el que su madre murió. Y la atravesó, sabiendo que Charles estaba ahí, dentro de la mente de Shaw, viéndolo cumplir sus sueños.

Erik siente que todo se está derrumbando, con la mansión silenciosa y los jóvenes melancólicos, aún asustados por todo lo que ha ocurrido, por el poder de su profesor.

Charles ha estado evitándolos a todos, desde que tuvo que removerle las memorias a Moira de ellos y lo acontecido. Desde que usó sus poderes de una forma que nunca antes habían visto.

A pesar de que creía que estaba listo para asumir su victoria, no puede más que sentir que lo ha perdido todo.

Piensa en como hace tan solo unos días estaba tan seguro de todo, de que la única salida que tenía era largarse de la mansión, alejarse de Charles y terminar la vida de Shaw. Pero ahora no está tan seguro.

El solo pensar que quizás Charles no lo ve de la misma forma, que ahora sabe que en él no hay nada bueno y noble, ahora que es consciente de lo que es capaz de hacer, termina haciendo que algo le duela en lo profundo de su pecho, que tema perder algo que no sabía quería tanto.

Pero aun así, a pesar de todo, la voz que le dice, que le ordena que se aleje, sigue teniendo prioridad, y Erik cree que si las cosas no funcionan, terminará yéndose y dejando a Charles.

¿Cómo fue que se acostumbró tanto a la presencia de otro? ¿Cuándo se hizo tan jodidamente dependiente?

Detesta pensar que su amada autonomía ha sido destruida, que no podrá vivir nunca más sin Charles. Que no podrá conocer lo que es la paz, encontrar ese punto entre la rabia y la alegría. Que sin Charles no podrá seguir siendo Erik.

Y lo peor ya no es ese terror de no reconocerse. Lo peor es que quizás Charles tampoco lo reconoce. Que quizás Charles no reconoce a este nuevo monstruo que ayudó a construir y que ahora se encuentra nuevamente solo.


Encuentra a Charles afuera, en el mismo lugar en donde hace tan poco rescató la memoria de su madre de entre tantos recuerdos dolorosos.

Charles está con la vista perdida, mirando más allá del satélite. Pálido y ojeroso, de una forma que hace que Erik quiera sostenerlo, decirle algo que lo mejore todo.

Se acerca hasta él, apoyándose en la baranda. Piensa en cómo sus motivaciones han cambiado tanto, piensa en su plan de largarse cuanto antes de ahí. Alejarse de Charles.

Ahora, el tan solo pensar así hace que se le apriete el pecho. No es capaz aún de ponerle un nombre a lo que siente por Charles, es demasiado desconocido, demasiado grande como para llamarlo. Pero está ahí, como el sentimiento de posesión, de saber que Charles es suyo, que pudo haberlo perdido.

Que quizás en su ceguera ya lo perdió y no podrá recuperarlo.

Se aclara la garganta, mirando al satélite al frente–. Si estás enojado conmigo, no creo que sea muy maduro de tu parte que sigas evitando a los chicos.

Charles no contesta.

–Si quieres que me vaya de Westchester –le dice, sintiendo algo dentro de sí partirse–, puedes decírmelo.

–Dios, Erik –Charles gira su cabeza hacia él, sus ojos un azul brillante–, no quiero eso. No estoy enojado contigo. No negaré que estuve bastante molesto luego de regresar de Cuba, pero no estoy enojado contigo.

– ¿Entonces qué problema tienes conmigo? –le pregunta con frustración–, si no estás enojado, ¿estás decepcionado, es eso? ¿No puedes perdonarme el haberte metido una maldita moneda en la cabeza?

Charles se tensa, apretando sus labios hasta responder–, no Erik, por si no te has dado cuenta, fue mi decisión sostener a Shaw. Pude haberlo soltado, haber cortado sus sinapsis, pero no lo hice. Te dejé meterme una maldita moneda en la cabeza, como dices y no tengo nada que perdonarte por eso.

–Así que es decepción, no puedes mirarme a los ojos sin sentirte decepcionado –Erik responde, sin saber que más decir. Nunca pensó en todo lo que implicaba que Charles sostuviera a Shaw, sabía que lo estaba haciendo su cómplice, pero nunca pensó en como todo llegaba a ser una decisión del telépata.

–No –le dice Charles, mirándolo a los ojos–, no creas que estoy decepcionado contigo. Cuando soltaste los misiles –susurra–, supe que podrías ser el mejor hombre. Que no seguirías los pasos de Shaw. Qué estabas dispuesto a comprometerte, Erik.

– ¿Entonces qué es lo que ocurre? –Erik le pregunta–, ¿por qué no me explicas?

–Soy yo –Charles baja la vista, hasta sus manos–, estoy decepcionado conmigo. Proyecté mis ideales en ti, de alguna forma tratando de ignorar nuestras profundas diferencias. Cuando me preguntaste si sería capaz de dejarte matar a Shaw, no creí serlo. Tenía que creer que cada uno de nosotros tiene derechos –vuelve a mirarlo, sonriéndole con tristeza–, pero en la playa, cuando entré a su mente –cierra los ojos, frunciendo el ceño–, era todo tan horrible, sus pensamientos estaban bañados en odio, su mente era un lugar putrefacto. Sabía que no podía dejarlo vivir, no en ese momento, rodeados por las potencias mundiales al borde de una nueva guerra.

–Charles – intenta hablar Erik, decirle algo.

–No, Erik, déjame, déjame decirte esto –Charles habla–, fui en contra de cada código moral por el que he guiado mi vida. Sé que a veces piensan que no soy totalmente ético en algunos momentos, o que soy demasiado moral en otros. Pero necesito ser así, mi poder es demasiado grande, como para vivir una vida sin reglas. Matar a Shaw era una necesidad, no diré que había formas menos horribles para hacerlo, pero era lo que se debía hacer. No estoy decepcionado contigo, Erik. Estoy decepcionado conmigo, en la respuesta que tuvimos de las potencias luego de lo que hicimos para salvarlos, en que aún hay tanto odio en ti, mi amigo, que encuentro que será imposible encontrar un punto en común entre nosotros.

– ¿Qué estás diciendo, Charles?

–Estoy diciendo que lo que ocurrió en Cuba me despertó. Pronto el mundo entero sabrá sobre nuestra existencia. Y habrá una guerra, y no creo que estemos en el mismo bando. El único motivo por el que te he estado evitando, es porque soy un cobarde que teme no saber vivir sin ti cuando decidas marcharte.

–Esto no tiene que terminar así, Charles –le dice, sintiendo que lo está perdiendo en cada minuto–, tienes que saberlo.

–Lo sé, mi amigo –con tristeza le sonríe–, pero como me viste usar mi poder en los últimos miembros del Hellfire Club, sabrás que no estoy bromeando. Por eso, te lo estoy diciendo ahora –y con eso, Charles mira por última vez el satélite, caminando hacia la mansión.


Después de su conversación con Charles, la mansión parece volver a un grado de normalidad. El telépata ha dejado de evitar a los chicos, formando nuevos horarios para entrenar. También ha comenzado a tener reuniones con Raven, y la muchacha parece verse menos alicaída.

Sus vidas han cambiado, cada uno de ellos está acostumbrándose a nuevas cosas.

Es Erik al único que charles sigue evitando de una forma que pasa casi desapercibida. Conversan, pero no se reúnen. Entrenan pero no se juntan. Su relación sexual no se ha visto renovada desde el día anterior a la misión.

Las pocas veces que Erik logra atrapar a Charles mirándolo, el rostro triste del telépata hace que se le apriete la garganta. La dolida resignación en sus ojos, la sonrisa agridulce con la que lo mira.

Y él siente tanto, tanto que nunca ha querido sentir. No es que no sepa que es, si no que no quiere ponerle nombres a sus sentimientos. Es demasiado verdadero y grande. Y Erik sabe que no merece a Charles, que no merece nada después de haberle fallado.

Porque eso lo sabe, le falló. No solo en Cuba, si no que antes. Le ha venido fallando desde el principio, al no poder permitirse confiar en él. En no creer en Charles como Charles cree en él. Fue él quien empujó a Charles a su desilusión, a su terrible resignación sobre el destino de ambos.

Y no quiere dejarlo. Por dios que no quiere dejarlo, quiere quedarse junto a él y sus muchachos y crear aquella escuela para personas como ellos. Quiere ver si es posible el futuro en el que Charles tanto cree, quiere estar ahí para verlo. No quiere irse.

Pero es el monstruo de Frankenstein. Un niño destruido y recreado a través del dolor y el sufrimiento, a través de la ira y la rabia. Una máquina entrenada para cazar, para atrapar a sus presas. Un animal que sabe el olor a debilidad y que no está dispuesto a ser oprimido de nuevo. ¿Y quién es el monstruo sin su creador, cuando ha sido él mismo quien lo ha matado? ¿acaso no es más que un animal domesticado?

Y la epifanía lo vuelve a golpear, como cuando se dio cuenta que quería más de Charles que solo su ayuda en la cacería de Shaw.

Los recuerdos de una tarde, compartiendo con Charles, ambos en el estudio de la mansión. Recuerda haber estado puliendo sus poderes en una figura de metal, trabajando en el escritorio, concentrado en su creación, Charles a unos pasos de él, leyendo.

Charles había levantado su rostro del libro, y le había sonreído. Lo recuerda porque justo en ese momento él había estado mirándolo, y cuando Charles le encontró la mirada él se había sentido estúpidamente avergonzado de ser atrapado observándolo.

Charles había sonreído, le había dado un cumplido en su trabajo artesanal, y él aun avergonzado le había preguntado que estaba leyendo. El Principito, Charles dijo, un favorito de Raven. Charles le mencionó entonces que su momento favorito era cuando el Principito encontraba al zorro salvaje, cuando éste le explicaba lo que era domesticar. Con rapidez había buscado la página en el libro, leyéndosela: "- Los hombres-intentó explicar el zorro- poseen fusiles y cazan. Eso es bien molesto. Crían también gallinas; es su único interés. ¿Tú buscas gallinas, verdad?

-No -dijo el principito-, Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"?

-Ah! es una cosa muy olvidada -respondió el zorro-, Significa "crear lazos".

- ¿Crear lazos? -preguntó el principito.

- Así es -confirmó el zorro-, Tú para mí, no eres más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos. Además, no te necesito. Tampoco tú a mí. No soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. En cambio, si me domesticas..., sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo..."

Erik había sentido su corazón latir con fuerza en las palabras. Y Charles al terminar, cerrando el libro, le recitó una sentencia, del final del capítulo veintiuno, diciéndole que aquella frase siempre lo hacía pensar. Ojos brillándole bajo la luz opaca, de memoria sus labios habían dicho: "Eres responsable para siempre de lo que has domesticado".

Y ahora, después de días de angustia y duda y confusión. Después de estar a punto de perderlo todo, Erik entiende que él no tiene porqué ser el monstruo de Frankenstein. Qué Charles lo ha domesticado, ha visto más allá del monstruo que Erik creyó ser, hasta encontrar a la persona que una vez fue y que sigue existiendo, a un ser único y especial. Erik entiende que no es necesario que esté seguro de la guerra que vendrá, qué solo necesita estar seguro sobre su identidad, sobre quién es y cómo llegó a serlo.

Y Charles, ingenuo Charles, terrible Charles, más fuerte de lo que aparente, es quien lo descubrió. Que aquello que creía era debilidad, resultó ser la fuerza bajo la bestia.

Y con aquel conocimiento, Erik sabe que no puede abandonarlo, que no lo dejara. Qué la única forma en que se irá será si Charles se lo pide.

Porqué Erik confía en él y cree en él y nunca antes en su vida se ha sentido más libre. Y si tiene que convencerlo, que si tiene que arrastrarlo gritando y pateando hasta persuadirlo de que sí es posible un equilibrio entre ellos, está dispuesto a hacerlo.

Charles lo vale.


Notas: Aw, por fin Erik sacó su cabeza de la tierra y se dio cuenta que la vida tiene más que ofrecer. Espero que les haya gustado la inclusión de aquella escena del Principito :3. Creo que deben quedar dos capítulos para el final :D