EL TALISMÁN
IV
«Thank you for healing my soul»
Tras ver cómo el Santa Ana se alejaba de la costa y desaparecía en el horizonte hasta hacerse invisible, Arthur sintió que era desprovisto en vida de su propio corazón y en el recién formado hueco le quedaba una negrura existencial; estaba perdido dentro de sí mismo. Antonio se alejaba en su nave; él volvía a quedar solo y profundamente traicionado. Pensó en volver a la taberna, tomar todas sus porquerías incluyendo a su sucia tripulación y volver a Inglaterra con la cola entre las piernas, derrotado, esperar un nudo ajustado y una caída rápida, porque qué sería de él ahora sin Antonio.
Pero no hizo nada de eso. Tampoco se desesperó mucho más dentro de su propia desesperación de saberse solo, arrebatada su mente y corazón. No fue la tristeza lo que lo invadió porque lo que sentía herido directamente era su orgullo, y nadie sabía cuánto le dolía que lo hirieran allí, en la reputación de la que gozaba, alardeaba y que defendía a capa y espada, y cuando lo traicionaban, nada ni nadie lo detenía. Frente a la inmensidad del mar calmo que lo esperaba, le juró a ese bastardo español despedazarlo con sus propias manos, si es que su propio corazón no lo traicionaba también y se le oponía.
Mantuvo la compostura como pudo. Fueron días enteros en donde se mantuvo allí encerrado junto a las copas de alcohol, el ron, mujeres indecorosas que se le ofrecían, marineros mal comportados y novatos navegantes entusiasmados con la leyenda del capitán Arthur Kirkland que surcaba los océanos como si el mundo le perteneciera y fuera a devorárselo. En las noches, a veces prefería la soledad de un trago y la consciencia de la abundancia de éste en sus maltrechas venas, en otras ocasiones, agarraba la estrecha cintura de alguna prostituta y la arrastraba hasta alguna habitación con palabras sensuales y a veces brutales, fuerte y varonil siempre, llegando a ser tan buen amante que lograba sonrojar a la meretriz más experimentada y seducir a la más inexperta joven. El oficio de Arthur le había obligado a acercarse con sabiduría a las mujeres si no quería pasar temporadas y años enteros sin tener un buen revolcón y sacarse las ganas. Su reputación no sólo tenía que ver con su excelente manejo detrás del timón huyendo de los Chaquetas Rojas de la reina, sino también con su desempeño como hombre hasta el punto en el que las mismas prostitutas lo elegían a él por sobre cualquier otro marinero vulgar y corriente, hasta incluso pelearse entre ellas.
Pero en aquellos días en donde Antonio estaba lejos de él, quizá habiendo llegado a España o a Portugal o al mismísimo Flandes Indiano o a donde se antojara, Arthur conducía sus gestos en una amargura y mal humor evidentes que espantaban a la tripulación entera. El mismo Govert llegó a mirarlo con el ceño fruncido a veces. Más de alguna vez Arthur escuchó de alguno de sus hombres que recién en ese momento comprendían el parentesco que hubo entre el capitán y su hermano mayor, el pelirrojo impertinente, socarrón y de carácter aguerrido que murió de la forma más denigrante en la que podía morir un hombre de mar, en un barco de cuarta y de un afeminado capitán francés.
Arthur se acostumbró a guardar silencio y parecía no importarle nada de cuanto ocurriera a su alrededor, exceptuando una vez en donde divisó un hombre entrar a la taberna del "holandés errante", como le había puesto socarronamente alguna vez Scott a Govert. Era un hombre de tez morena, ojos verdes y cabello marrón. La similitud entre aquel sujeto y Antonio fue suficiente para hacer que Arthur volteara a mirarlo con absoluto interés. No era bailarín, no tenía actitud alegre y sonriente como Antonio, pues el rostro que le devolvía el entusiasmo al capitán inglés era más bien serio y conservador, con una cicatriz larga que le adornaba irónicamente la cara, aunque a diferencia de él, el recién llegado no tenía la mirada incompleta.
No se le hizo tan fácil acercársele porque no era como Antonio quien había tenido la intención de seducirlo hasta hechizarlo y robarle el corazón de una estocada certera al pecho, y era complicado entablar una conversación con él sin verse desesperado. Para su sorpresa, él respondió más rápido de lo que esperaba. Con ironía, Arthur sonrió al ver el crucifijo que colgaba del cuello del hombre ahora sentado frente a él, que le miraba los labios, el cabello, la mirada verde censurada. Supo que se llamaba Alfonso y que era portugués, propio de Lisboa. Arthur alzó la ceja ante esa información. No era hispano, no era la misma mirada, pero tenía un aire a Antonio que no lo iba a dejar dormir.
Alfonso visitó la taberna repetidas veces y cuando debió zarpar de vuelta hacia el reino de Brasil, donde residía en ese momento como colono portugués, lo invitó a una copa en donde tuvieran un espacio privado en el que pudieran conversar. Arthur por supuesto no se negó y el resultado de esa privacidad fue el beso ansioso que el inglés recibió sobre su boca y que no tardó en replicar con los dientes y las manos, que rodearon el cuerpo de Alfonso atrayéndolo hacia sí. Al separarse se encontraron agitados, de miradas entrecerradas y filosas, asechándose en intimidad y oscuridad. Arthur lo desnudó, se desnudó a sí mismo y se acostó con él. Siempre detrás de Alfonso, de canto sobre el colchón, Arthur le alzó una pierna y la posicionó detrás de su propia cadera rodeándole la cintura con los brazos mientras lo penetraba lentamente, como si quisiera disfrutar lo que más pudiera de una réplica que, pese a no ser lo que deseaba, le era suficiente por lo apagado que había llegado a sentirse sin Antonio.
Alfonso giraba la cabeza hacia él buscándole la boca y Arthur correspondía a sus besos sin miramientos. Permanecieron así hasta el final, donde en medio del sueño profundo del pirata, el colono tomó sus prendas y desapareció para siempre.
Arthur sabía que aquello pasaría, y no se lo tomó tan a mal. Había sido sincero desde el principio al decirle que aquella sería la última vez en la que se verían y aunque hubiera sido una despedida un tanto inusual, Arthur se contentó, de alguna forma, por aquello y porque Alfonso le haya alivianado un poco la pesada carga que llevaba en el pecho al sentir aún su orgullo herido y su dignidad pisoteada en el suelo, porque Antonio había arrebatado mucho más de él que una noche y un encuentro pasional que bordeó algo más. Antonio se había transformado en su nueva travesía, su meta jamás cumplida, el tesoro que buscaba, el talismán resplandeciente que lo ayudaba a sobrevivir desde una cruel distancia.
Alfonso había sido el mejor respiro que el Caribe le había regalado en ese eterno ir y venir tortuoso de su maraña sentimental, porque luego de lo que le ocurrió lo último en lo que iba a pensar sería en Antonio y sus deseos de venganza.
Estaba junto a la barra de la taberna, con la mirada siempre perdida en Govert o en su jarra de ron. Extrañaba el whisky, quizá era tiempo de volver a Inglaterra para degustarlo una vez más antes de perderse en sí mismo. Y como si el mismísimo Dios lo hubiera escuchado, un disparo se escuchó desde afuera y no era de pistola de chispa como la que siempre traía consigo en su cinturón de cuero, sino de un fusil del ejército que menos deseaba tener encima en ese momento: los Chaquetas Rojas.
Necesitó una milésima de segundo para alcanzar a ver cómo uno de ellos entraba al bar y armaba el escándalo más grande conocido y que de seguro dejaría en la ruina a Govert. Arthur corrió escaleras arriba no sin antes tomar su sombrero y abrigo rojo en medio del tiroteo entre su propia tripulación y el ejército de la marina real. Evidentemente un puñado de soldados fue tras él y al pirata no le quedó más opción que saltar por la ventana y caer con las rodillas flexionadas sobre la arena suelta de la ciudad porteña. Espada en mano, echó a correr todo lo que pudo. Delante de él aparecieron dos Chaquetas Rojas, detrás, tenía tres más. Dio la pelea con los cinco sólo con su espada y su pistola a chispa, que como todas las armas de la época, entre siete intentos de disparo sólo uno resultaba exitoso. El choque de las espadas se escuchó en toda la taberna en donde además se entremezclaba con los gritos de las prostitutas y las agonías de los marineros de su propia tripulación, también buscados por la Corona. Arthur derrotó a los cinco, de milagro, y por pelea sucia también. Volvieron a aparecérsele otro grupo, esta vez de cuatro, pero el cansancio ya se le empezaba a hacer evidente y su pistola poco y nada podía ayudar. Un soldado desde atrás lo derrotó haciéndolo abandonar la espada en el suelo. Expectante, giró hacia atrás y lo vio. Era apenas un muchacho.
—Capitán—Habló. Arthur alzó la ceja al pensar que el soldado se dirigía a él—. ¿Este es el que busca? —Y borró la sonrisa al percatarse de que no era así.
El hombre al que el soldado raso se dirigía era más entrado en edad, en cuyas manos curtidas por la brisa marina Arthur vio la experiencia con la que contaba. No le quedaba otra cosa que rendirse y pasar los últimos días de su vida en una sucia celda atravesando el Atlántico para llegar hasta el nudo apretado en el cuello y la caída rápida por los innumerables delitos que había cometido.
—Sí, muchacho. Buen trabajo—Dijo el capitán de la marina. Arthur los miró a todos y cada uno todavía con las manos levantadas sin mostrar ni un ápice de debilidad o miedo. Sabía que ese día podía llegar y bueno, de todas formas había vivido bien. No se quejaba—. Arréstenlo.
Sus manos fueron esposadas con gruesas piezas de fierro y lo subieron al bote que los acercaría al barco. Arthur lo vio a lo lejos y lo codició, irrisoriamente.
Al subir, el hombre lo empujó con brusquedad hacia el interior de una celda y lo encerró con todas las medidas de seguridad que tenía al alcance. Sería mucho más fácil morirse de viejo allí adentro antes que escapar.
Arthur se sentó en el camarote y miró a su captor.
—Capitán Kirkland—Se dirigió a él con un respeto inusitado que extrañó en demasía a Arthur—. Supongo que sabe por qué está aquí.
El pirata alzó las cejas en señal de desconcierto fingido.
—No, no lo sé. Dígamelo usted—Se burló.
El capitán de la marina real revolvió entre su chaqueta roja tan vistosa y limpia un trozo de papel arrugado y lo extendió delante de sus ojos. Era una lista. Arthur miró también. El marinero leyó en voz alta:
—Robo a mano armada, hurtos de navío, piratería, asalto, poner en riesgo la delicada situación entre Inglaterra y España, violencia, y muchísimas faltas de respeto hacia la Corona y a la reina Isabel. ¿Sigo, capitán?
Arthur parpadeó lentamente.
—No hace falta, señor—Le responde haciendo un gesto de despreocupación con sus manos esposadas.
—Usted llegará a Inglaterra y será puesto en la horca de inmediato.
—No es necesario que me lo recuerde, señor—Insiste Arthur, siempre sonriente, sin mostrar jamás miedo.
El marinero lo mira casi aterrorizado.
—Que Dios se apiade de su alma—Se lamentó entonces el hombre. El pirata inglés jamás mostró remordimiento por sus actos. O más bien, delitos. O faltas graves. Gravísimas.
—Es lo que hay—Responde sin más, riéndose—. Tuve una buena vida, a diferencia de usted—Lo provoca.
—¿Qué? —Se extraña el hombre.
—Viví intensamente. Usted, en cambio, no parece que vivirá mucho más y todo lo que ha logrado en su vida es capturar al pirata más buscado de toda Inglaterra. Ahora se llenará los bolsillos de monedas de oro y podrá morir en una cama viejo, acabado y tapado en su propia inmundicia.
El capitán está a punto de tomarlo del cuello de la camiseta pero guarda la compostura. Ni la pena de muerte logra amedrentar a ese ruin pirata. Quizá era momento de mostrarle la oferta de Su Majestad.
O no. Tal vez, que la semilla del miedo le comience a germinar en el viaje podría ser una buena idea y luego lanzarle el ofrecimiento de la reina cuando piense que su vida acabará.
Sin más, se aleja de la celda y sale a la cubierta. Arthur siente que la nave se mueve, que el mar se agita alrededor de ella y que éste lo ha extrañado. Acercándose a la ventana pequeña de su prisión, mira el manto azul extendido delante de él casi como un hombre enamorado y mirarlo se le torna la mejor entretención en todo el maldito mundo porque no quiere reconocer que extraña a Antonio y se pregunta dónde diablos estará en ese momento.
Aunque si ha de ser sincero, sabe que tiene asuntos más importantes que atender que ese bastardo español porque evidentemente su situación es compleja. Está en un barco, prisionero de los Chaquetas Rojas, y ya no posiblemente, sino que sabe con toda la seguridad que en Inglaterra lo espera un nudo ajustado, y aunque suene terriblemente contraproducente, durante los siguientes días en los que debió estar encerrado se le hace infinitamente más fácil pensar en eso que en Antonio, el hombre que lo sedujo en cuestión de minutos, con el que se acostó y gozó como nunca antes y que luego, con una sonrisa burlesca, subió a un maldito barco español hacia esa península a visitar a quién sabe quién. Probablemente ese torpe monarca al que muy seguramente sirve.
No fue el mejor viaje del mundo, ni la cama más cómoda ni las más óptimas temperaturas, así que le resultó grato volver a pisar tierra en Europa, la isla británica; Inglaterra, país con el que tenía una relación complicada si ha de ser sincero. Desciende del navío con las manos atrapadas por delante, con dos Chaquetas Rojas acompañando su tortuoso y lento caminar y su socarrona sonrisa. El sonido de los carruajes y los caballos rechinan en sus oídos como una vieja y melancólica melodía y cuando lo empujan violenta y repentinamente al gran salón del palacio, el espacio se le hace gigantesco. Nunca había tenido la oportunidad de encontrarse en un espacio así, ni menos con la importante figura que lo habitaba. La reina, Su Majestad, lo mira desde su trono.
Si Arthur hubiera contado con la más ocurrente imaginación de sus tiempos y los siguientes, ni así habría alcanzado a imaginarse que el primer lugar que visitaría después de descender del barco como un prisionero hubiera sido el palacio inglés, ni mucho menos que la mismísima reina de Inglaterra lo estuviera esperando; porque para el ajetreado sistema nervioso del pirata, aún siendo quién era y con la reputación que contaba, era la broma más macabra que alguien alguna vez le hubiera jugado.
Pero agradecía la oportunidad que le estaban dando. Sin embargo, la reina no tenía en su semblante muchas ganas de brindarle demasiadas oportunidades. Ella quería ofrecerle algo que el pirata aceptaba o aceptaba, pues de lo contrario muy probablemente acabaría muerto y no por un nudo ajustado sino por un exilio a alguna isla desierta tal como el final que le dio al pirata francés que asesinó a su hermano, así que Isabel tampoco quería aparentar ser un ángel de luz ni mucho menos.
No obstante, Arthur se había enfrentado a caras peores a lo largo de su vida. La diferencia radical y más importante era que la reina estaba allí, y con un chasquido de dedos lo hubiera mandado a volar y el hecho de que aún no lo hiciera le decía a Arthur que algo buscaba de él.
—Arthur Kirkland—Dice ella con voz autoritaria, pese a la femineidad evidente de su color—. Por fin nos encontramos.
—Capitán Arthur Kirkland, Majestad—Corrige sin ningún respeto. Isabel echa un poco el cuerpo hacia atrás, verdaderamente sorprendida—. Lamento no decir lo mismo por mi parte—Ríe resignado, agitando las gruesas esposas que sujetan sus manos.
La reina se pone de pie y camina hasta él, sin darle demasiado tiempo para ingeniar alguna respuesta al gesto de ella. Arthur frunce el ceño al sentir que el grueso hierro le raspa la piel y que éste le hará heridas que probablemente tarden demasiado en sanar, sin embargo, si bien la sal de la brisa del mar solía arder como mil demonios en las yagas, más temprano que tarde sus muñecas resultarían curtidas.
Otro problema agregado a su lista interminable.
—Sabe que usted ahora mismo podría estar caminando hacia la horca, ¿no es así? —Pregunta Isabel, afilando los ojos al encararlo. Arthur mueve sus pupilas hacia un lado y se encoje de hombros.
—De hecho, me extraña que aún no dé la orden para que lo haga, pero no me quejo—Sonríe, mirándola a los ojos.
—No se preocupe, capitán—responde ella, irónica al llamarlo por su última palabra—. Aún no se decide si ese ha de ser su destino—La reina da dos pasos más hacia él. Su blanca piel parece el halo de un espectro y Arthur se siente increíblemente perseguido—. Eso es algo que depende de usted—Gira de vuelta hacia su trono.
—¿De mí? —Pregunta, extrañado.
La reina vuelve a tomar asiento. Sus amplios vestidos resbalan por las escaleras hasta difuminarse con las brillantes alfombras.
—Dime, Kirkland—Comienza ella, dejando de lado el fingido respeto—, has pasado muchas noches en las Américas, algo sabrás sobre los planes de Felipe. Algún rumor, misiva, conversación; todo me es útil.
Arthur vuelve a mover perdidamente sus pupilas de un lado a otro, intentando hacer memoria.
—Sinceramente no, Su Majestad—se encoge de hombros—. Pero dudo que haya desembolsado tantas monedas de oro sólo para preguntarme eso en persona.
Isabel sonríe de medio lado. Le agrada la suspicacia de ese hombre. Qué lástima que su vida se haya terminado perdiendo por el camino del crimen, la hostilidad y la persecución.
—Tienes razón—Admite ella.
La reina da la orden a alguno de sus solados en hacerle llegar una carta que ya fue firmada con anterioridad por ella, sellada por su propia mano y aguardada hasta que Kirkland apareciera en Inglaterra. Isabel la toma y la extiende delante de Arthur, con la intención de leérsela.
—Dime, Kirkland—Comienza ella—Cuál es el precio que pides por servirme como corsario para Inglaterra. Quiero una cifra, ahora.
Arthur abre tanto sus ojos que sus párpados, siente, se separarán del resto de su piel si alguien no le dice que lo que acaba de oír es un mal chiste.
—Yo no tengo precio, Majestad—Sentencia.
Isabel levanta sus celestes pupilas hacia Arthur, realmente sorprendida.
—¿Te parece que estás en condiciones de negociar con tu reina? —Amenaza ella—. Afuera te espera un nudo ajustado más una caída rápida. No veo que tengas muchas opciones.
Arthur rechista, molesto. Ella tiene razón, y las condiciones en las que está en ese instante se lo demuestran con creces. No le gusta admitir que está derrotado y que encima lo quieren pisotear en el piso, pero al parecer no le queda más opción.
Su resignación parece ser suficiente cuando está a punto de dar su consentimiento, hasta que la reina intenta incentivar su motivación.
—Quiero que luches por mí contra España.
Arthur la mira y hasta él mismo se da cuenta, sin tener un espejo delante, que su cara se transforma totalmente.
—¿Contra España? —Pregunta, incrédulo.
—Contra Castilla y Aragón, España, Felipe; como quieras llamarle. Además, usted es uno de los mayores contribuyentes en tensar las relaciones entre él y yo—lo enfrenta hablando con irónico respeto, notoriamente irritada. Arthur vuelve a encogerse de hombros y a sonreír incómodo, sin estar realmente arrepentido de haber hecho todo lo que hizo en su momento, lo cual conllevó a afilar la diplomacia entre ambos reinos—. No nos engañemos, tú y yo sabemos que los españoles han tenido éxitos militares últimamente y su optimismo nos resulta peligroso.
Arthur arruga la frente, porque lo que la reina dice le llega tan profundamente que le molesta demasiado ser consciente de ello pues es un hecho que obligatoriamente se lo toma a personal. Recuerda a Antonio y la herida en el orgullo y el corazón le arde intensamente.
Enfrentarse a Antonio le significa muchísimo más que deseos de una revancha contra él y lo sabe perfectamente. Lo entusiasma, sin dudas, volver a verlo, y humillarlo, pisotearlo en el suelo y saberse su absoluto dueño.
Sin embargo hay algo que quiere saber.
—Usted cuenta con los mejores marineros ingleses, Majestad—Intenta cuestionar a la reina—, ¿por qué…?
—Nadie conoce los mares como tú—Lo elogia ella, y pese a que su voz siempre suena dura y temible, a Arthur no lo intimida; incluso aunque Isabel sea la reina, esté soltera, haya rechazado al mismísimo rey de España y sea todo lo poderosa que es, sigue siendo una mujer y por lo tanto será siempre susceptible a los encantos que todas las féminas reconocen indudablemente en él—. Así que mi oferta es clara, Kirkland. O aceptas guiar la Armada Real hacia España o apenas pongas un pie fuera del palacio, mis Chaquetas Rojas te atraparán y estarás muerto antes del amanecer. La decisión es tuya.
Arthur suspira, queriendo aparentar resignación pese al entusiasmo que siente florecerle en el pecho ante la idea de luchar contra los españoles. Los conoce demasiado bien, no es la primera vez que los enfrenta, así que la victoria de Su Majestad está asegurada y más si va de la mano con él. Sus intereses personales respecto a Antonio son otro tema, pero sin duda son un gran incentivo.
—Creo que no tengo opción, Majestad—Dice, sonriendo de medio lado.
Momentos después la reina le ofrece la misiva donde se acredita la redención de los cargos que se le acusan, su libertad y su nombramiento como capitán de la Marina Real, además de su autorización para poder ejercer como corsario si así lo deseara una vez que la guerra termine.
Le quitan las pesadas esposas y cuando piensa en deambular por Londres sin tener que estar siempre en alerta se le ocurre que todo se le hará extremadamente aburrido. Siempre es un placer irritar a los soldados de la reina y dejarlos en ridículo, pero ahora cuenta con absoluta autorización para hacer y deshacer. Quiere whisky, así que camina casi sin rumbo hasta dar con una taberna. Es muy diferente el tema de los antros en Europa que en el Nuevo Mundo, y por muy extraño que suene, también extrañaba a Govert, su excelente ron y su cómodo humor de perros. No se le hizo mayormente complicado lidiar con su nostalgia hasta que una mujer se le acercó, lo buscó, lo arrastró hasta alguna habitación de la taberna, lo distrajo por un momento y finalmente su remembranza cesó. No se mostró particularmente apasionado ni muy interesado, pero le sirvió para conciliar el sueño.
Se vendrían días intensos, y la esperanza de volver a ver a Antonio se hacía, segundo a segundo, un poco más palpable. Ya sabría ese torpe español de lo que Arthur Kirkland era capaz.
Continuará~
