Capítulo 4. Nightmares

Habían pasado unos días desde el incidente en el funeral. Las escenas se entremezclaban en la cabeza del escritor, incapacitándole para recordar los detalles de lo sucedido. Solo unas pocas imágenes se presentaban con suficiente nitidez, Beckett pronunciando su discurso, el reflejo del sol en un cristal junto a una lápida, una punzada de dolor en el costado y el rostro de su musa anegado en lágrimas. A continuación la escena se tornaba completamente negra y tan solo perduraba una voz, un susurro ininteligible que le resultaba sereno, reconfortante.

Castle se despertó sobresaltado sobre la cama del hospital. Recorrió la habitación con la mirada buscando con insistencia a la inspectora. En su lugar encontró a Martha sentada de nuevo junto a él. — Madre, deberías irte a casa— insistió Castle — Tonterías querido, ya descansare cuando te den el alta—replicó la diva. Durante los días posteriores a la operación el famoso novelista había recibido multitud de visitas. Alexis acudía cada tarde al hospital tras acabar sus clases, mientras que Beckett y los chicos aprovechaban la ausencia de la joven para saludar a su compañero y mantenerle informado sobre la investigación — No puedo dormir— murmuró Castle. — ¿Has vuelto a tener el mismo sueño? — pregunto su madre preocupada. Él asintió con la cabeza y tomó una profunda bocanada de aire buscando tranquilizarse. Los últimos días una pesadilla atormentaba sus noches, desvelándole entre sudores fríos. En ella el escritor no reaccionaba a tiempo para proteger a Beckett, y la bala alcanzaba a la inspectora, penetrando junto a su corazón. Castle procuraba insistentemente confesar sus sentimientos hacia Kate mientras la vida escapaba, sin remedio alguno, del cuerpo de su musa. La idea de perderla abrumaba al escritor, impidiéndole conciliar el sueño noches tras noche.

—Richard tienes que descansar— añadió Martha, recordándole las instrucciones de los médicos. El escritor se recostó de nuevo, tratando de borrar de su mente aquella escena.

A la mañana siguiente los médicos acudieron al paciente con buenas noticias. El postoperatorio se desarrollaba con normalidad y pronto podrían concederle el alta. Dadas las circunstancias, sin embargo, no debería realizar ningún tipo de esfuerzo físico durante una temporada. Castle empleó las horas restantes para reflexionar entorno a la situación. Quizás aquella representaba la solución a su dilema, unas semanas lejos de la inspectora le proporcionarían cierta perspectiva antes de decidir si regresar o no a comisaría. Tras el disparo ambos necesitaban un tiempo y el escritor buscaba replantearse su relación con Beckett. Al fin y al cabo se había jugado su vida para salvar a una mujer que horas más tarde había abandonado el hospital acompañada de su novio.

Pensar de nuevo en Josh le repugnaba. El doctor de la motocicleta no merecía mantener una relación con Kate, pero eso no dependía de Castle. Decidió aguardar hasta el mediodía, cuando la inspectora vendría a visitarle, para mantener la conversación que había procurado aplazar anteriormente.

Beckett apareció tras la puerta puntualmente como cada día, regalándole una sonrisa al escritor y con algún tentempié para combatir el hambre. El semblante de Castle, sin embargo se mantuvo serio durante el almuerzo. —Los médicos dicen que mañana podrían darme el alta— explicó Castle. La inspectora esbozó una breve sonrisa, alegrándose por el estado de salud de su compañero. —Pero tendré que guardar reposo durante un mes— añadió él con seriedad. Kate comprendió el motivo de la conversación y la seriedad de su compañero. —La comisaría no es un buen lugar para descansar, lo mejor será que te quedes en casa, hasta que te hayas recuperado al menos— sentenció Beckett. Las últimas palabras resonaron en la mente del autor « ¿Al menos? ¿A caso no quiere que vuelva?» pensó con una extraña mezcla de rabia y tristeza. —Sí, será lo mejor…para todos— finalizó Castle —Llámame si me necesitas para algo, incluso si es solo para hablar— añadió antes de que la inspectora pudiera levantarse. —Lo haré, no te preocupes— agradeció ella mientras colocaba la silla de nuevo en su correspondiente emplazamiento, y a continuación abandonó la habitación.

Los días posteriores transcurrieron con normalidad hasta que el médico declaró la recuperación del novelista, permitiéndole regresar con su madre y su hija. Alexis y Martha acogieron al escritor en un cálido abrazo en el apartamento. Mientras preparaban un festín para celebrar el reencuentro en el Loft, la joven decidió desvelar el pequeño proyecto que había tramado junto a su abuela —Habíamos pensado que quizás… deberías hablar con psicólogo, para que te ayude después del disparo— exclamó la joven rápidamente sin darle tiempo a reaccionar —Tienes pérdidas de memoria Richard, por no hablar de los sueños— añadió Martha para reforzar el argumento. Castle alternaba su mirada entre las pelirrojas y en ambas encontraba una expresión de apoyo y afecto. No pretendía negarse ante los deseos de dos de las mujeres más importantes en su vida, de modo que aceptó la propuesta. — ¡Bien! Porque ya habíamos concertado una cita— sonrió Alexis, ofreciéndole una tarjeta. «Doctora Christine Peterson » leyó el escritor en el reverso del papel. —Es una de las mejores querido, y tiene un hueco esta tarde—

Horas más tarde el escritor se encontraba frente a la fachada de un imponente edificio de Manhattan. Rick miró de nuevo la tarjeta para comprobar la dirección y tomo el ascensor hasta la quinta planta. Una vez frente a la puerta respiró hondo, pulsó el timbre y aguardó. Segundos más tarde alguien giró el pomo desde el interior de la vivienda, abriendo la puerta para el novelista. Castle quedó perplejo ante la visión de la atractiva mujer que le invitaba a entrar. —Tome asiento señor Castle— replicó la mujer mientras se dirigía al interior de su despacho. Él se demoró unos segundos mientras contemplaba de nuevo a la mujer que ahora le daba la espalda. El cabello pelirrojo descendía grácilmente sobre sus hombros formando una larga melena que se balanceaba al compás de sus movimientos. Sus largas piernas y su esbelta figura embelesaron instantáneamente al escritor, acompañadas de un atuendo que dejaba poco espacio a la imaginación.

—Buenos días Doctora Peterson— alcanzó a decir mientras se sentaba en uno de los cómodos sillones que la psicóloga había dispuesto en su consulta. —Por favor, llámame Christine— sonrió ella, consciente de la atracción del famoso autor. A pesar de que la doctora ya conocía el caso de Castle, insistió en que él mismo le narrase la historia desde su perspectiva. Mantuvieron una conversación dinámica durante horas, en la que el escritor detalló los resquebrajados recuerdos del funeral así como la recurrente pesadilla que le visitaba cada noche. En opinión de la psicóloga la amnesia que le afectaba resultaba común en situaciones de elevado estrés y pasarían algunas sesiones antes de reconstruir la memoria de los hechos. El sueño por otra parte, llamó su atención. — ¿Qué crees que significa? — Preguntó Castle intrigado —No lo sé, ¿Te arrepientes de haberlo hecho? ¿De haberte interpuesto en la trayectoria? — contesto la psicóloga plantándole otra cuestión. —No, volvería a hacerlo— replico Castle sin dudarlo un segundo. —Pero enfrentarme a la muerte me hizo plantearme muchos interrogantes. Qué pasaría con mi madre y me hijas, que harían mis compañeros de comisaría y…pensé en todas las cosas que quería hacer y no hice— añadió finalmente el escritor. La psicóloga se mostro satisfecha. —Creo que hemos avanzado mucho hoy— manifestó tras recibir la confidencia. —Puedo ayudarle a recordar y a superar todo esto, si usted quiere. — El escritor asintió —Entonces ¿le veo la semana que viene señor Castle? — exclamó mientras cerraba el cuaderno donde había tomado apuntes de la sesión. —Rick. Puedes llamarme Rick— indicó él antes de levantarse. —Bien Rick, entonces hay una última cosa que quiero que hagas— señaló la psicóloga —Algo que nos ayudará con tu caso—

Castle tomó con premura un taxi hacia su apartamento. Martha y Alexis se había ido de compras y el Loft se encontraba libre de pelirrojas. Tras depositar el abrigo sobre el perchero y desabrocharse el botón superior de la camisa el escritor se dirigió a su despacho. Abrió uno de los cajones del escritorio y de él extrajo una libreta, un lápiz y una pluma. Blandiendo sus herramientas de trabajo regresó al salón, dejándose caer con firmeza sobre el mullido sofá. El escritor comenzó entonces a divagar sobre todos los propósitos con los que podría rellenar el cuadro que la doctora Peterson le había pedido.

Los minutos avanzaban implacables mientras el cuadernillo, abierto por la primera pagina, continuaba completamente en blanco. A pesar de haber aceptado los consejos de su psicóloga, construir una lista vital resultaba más complicado de lo que Castle había supuesto. Abundantes ideas surgían de la mente del escritor, algunas de ellas dignas de quedar expuestas en aquella lista, pero ninguna lo suficientemente importante para encabezarla. El denso silencio del apartamento se veía únicamente interrumpido por el tictac de las manecillas del reloj. Tras variar repetidas veces de postura sobre el sofá, el autor dejó el lápiz sobre la mesa y lo intercambió por la pluma. Había encontrado un propósito merecedor comenzar aquel repertorio. Castle se incorporó, apoyando los pies de nuevo en el suelo e inclinándose sobre la mesa donde había depositado previamente la libreta.

Tras horas buceando en su interior, combatiendo emociones e ideas contradictorias, había hallado aquello que mas anhelaba. Un deseo al que aferrarse en los momentos más difíciles, un faro para orientarse a través de la oscuridad. El escritor sitió como la determinación invadía su cuerpo, mientras una voz en su interior gritaba alborotada, convenciéndole de su acierto. Tomó la pluma fuertemente entre sus dedos para evitar cualquier error. A continuación, con el pulso firme, decidido, escribió únicamente tres palabras. Tres palabras que permanecerían grabadas para siempre. Tres palabras que perseguiría con toda su voluntad hasta el fin de sus días si fuera necesario.

"Estar con Kate"