IV

—¿Cómo ha estado? —preguntó Masaaki a Jan Di mientras degustaba sus platillos.

Jan Di lo miró por breves segundos y quiso reírse irónicamente ante la pregunta, pero se contuvo ya que no podía arriesgarse a que él pensara que le faltaba al respeto; por su puesto no podía vociferar su discurso de cómo es estrés postraumático no la había dejado dormir en meses y de cómo odiaba que Ji Hoo hubiera cancelado lo del congreso de medicina, entre otras cosas más que la tenían con los nervios de punta en ese momento. Sin poder encontrar una respuesta adecuada, se limitó a exhalar con cansancio.

—Todo mejoraría si dejara de mentir a sus amigos —opinó él ante la falta de palabras de su invitada.

Ella usó toda su fuerza de voluntad para no rechinar los dientes, ¿por qué un hombre cómo aquel tenía que haber sido privilegiado con tanta inteligencia?

—No puedo mentir si tengo la boca cerrada —Jan Di lo miró a los ojos.

—Eso, Jan Di, es mentir por omisión.

Jan Di lo miró frunciendo los labios, las lágrimas estaban a punto de escapar de sus ojos por el estrés, la rabia y el coraje que le causaba, pero lo último que quería era llorar frente a Masaaki; no lo había hecho cuando la tenía técnicamente secuestrada y no lo haría ahora.

—Me llegó su mensaje... —dijo ella sacando del bolsillo de su chamarra la carta que había aparecido en la boda de Ga Eul y Yi Jung y casi había arruinado el evento.

"Señorita Jan Di,

Espero que no haya olvidado nuestra apuesta de aquella noche en su clínica; usted apostó a que el joven Goo Joon Pyo me haría pedazos y yo aposté a que pronto viviría en una isla europea, ¿recuerda? Pues bien, como ve, no estoy hecho pedazos y vivo en esta hermosa isla en Europa, así que parece que he ganado la apuesta, espero que nos veamos pronto para que yo reciba mi pago.

Por cierto, imagino que usted y el joven Ji Hoo se la estarán pasando muy bien; incluso creo que en el futuro tal vez quieran casarse, es por eso que nos pareció adecuado devolver el anillo para que usted no luzca uno falso.

Bo Joo Rok."

—He pasado todo este tiempo tratando de descifrar esta nota... —Jan Di cerró los ojos— es obvio que tiene un mensaje que sólo yo debía entender, cuando lo descubrí fue que no pude volver a dormir.

—Y es por eso que ahora quiere el libro de Park Ni Eun...

—No es justo.

—La justicia es relativa —contestó Masaaki tranquilamente mientras comía con elegancia. Suspiró—. Yo puedo decir que todo ha marchado de acuerdo a la justicia.

—Ji Hoo no les ha hecho nada, el único deseo que ha tenido en su vida es tener una familia ¿por qué no lo dejan en paz?

—Yo no escribí el código, Jan Di —contestó sin perder la serenidad—. Y no soy yo quien lo está engañando.

El pecho de Jan Di se encogió de dolor y se mordió el labio inferior ante tal acusación. Tomó sus palillos otra vez y los enterró en la comida revolviéndola ignorando la etiqueta.

—No lo hago por engañarlo; yo amo a Ji Hoo —afirmó con determinación— y sólo quiero que él y yo estemos bien como debió haber sido desde el principio. Todo lo que hago lo hago por...

—Protegerlo —completó Masaaki—. ¿De verdad cree que puede hacer que nunca se entere?

—Puedo intentarlo.

—En aras de proteger a quienes significan algo, usualmente se termina sumiéndolos en más atrocidades. Jan Di —hizo una pausa hasta que ella lo miró a los ojos—. La historia ha sido tan bien ocultada que la mayoría de sus secretos tienen su hogar en tumbas ahora.

—Por eso necesito ese libro. He querido huir e ignorar la verdad, pero ya estoy harta de vivir fingiendo. En el libro de la madre de Ji Hoo están escritas todas las respuestas, ¿me equivoco?

—Usted no creerá que en el libro de Park Ni Eun esta escrita alguna estrategia secreta para destruirnos, ¿o sí?

—Creo que allí esta escrito todo lo que Ji Hoo necesita saber sobre su madre. Ella era importante dentro de este Clan; hasta dónde el mundo sabe ella era una abogada que trabajaba con el fiscal en el caso en contra de usted, pero era mucho más que eso, ¿cierto? Ella fue un personaje clave en la última guerra de mafias.

—Era importante, sí —aceptó Masaaki—. Ella dejó un lugar vacío.

—Quiero leer ese libro.

—Aunque pudiera dárselo; el libro de Park Ni Eun está perdido.

—¡¿Perdido?! —exclamó Jan Di abriendo los ojos con un ligero sobresalto— ¿cómo que perdido?

—Después de su muerte la mayoría de las páginas fueron arrancadas; no pudimos recuperarlo en su totalidad.

Jan Di parpadeó dejando pasar un breve silencio.

—¿Cómo pudo pasar eso?

—Fue una época en la que todo se salió de control; en medio la desestabilidad de la guerra alguien simplemente las robó.

—No puede ser —mustió inquieta y hundida. Luego desvió la mirada y pareció perderse en sus pensamientos.

Masaaki siguió comiendo distraídamente, observando de vez en cuando a Jan Di, quien no había soltado sus palillos pero su mano descansaba a un lado de su plato y ya llevaba rato sin moverse.

—La guerra nunca terminó, Jan Di; tan sólo han sido más de veinte años con un acuerdo de no agresión y a pesar de que casi todos los grandes líderes ya están muertos, aún puede volver a estallar en cualquier momento.

—O puede que no...

Masaaki sonrió bajando los ojos.

—Comprendo el motivo por el que usted quiere el libro de Park Ni Eun; es por la misma razón que fue robado. Jan Di, admiro su coraje y a veces siento envidia de su juventud —se levantó de la mesa mientras tomaba su katana, la cual había dejado a un lado de él, y la amarraba a su cintura—. Trataré de hacer algo para que su viaje no sea totalmente en vano —caminó a la salida y le dirigió una última mirada antes de salir—. Por favor, termine su cena, luego la guiarán hacia su dormitorio. Buenas noches.

—Buenas noches —susurró reverenciando con la cabeza.

Se quedó sola, revolviendo y probando de vez en cuando su sopa de miso, ahora fría. No supo cuánto tiempo más estuvo allí, perdida en sus pensamientos y en su confusión; había sido tan arriesgado y tan estúpido presentarse en la casa de Masaaki que debería patearse a sí misma.

Repentinamente todas sus cavilaciones pararon cuando el tono de mensajes de su celular comenzó a sonar repetidamente, lo sacó de su chaqueta y se encontró con el nombre de Jae Kyung parpadeando en su pantalla. Abrió la imagen que le había mandado más de una vez, era un dibujo de un perro con un globo de diálogo que ponía "S.O.S" y era seguido por más mensajes de texto, "S.O.S" "S.O.S". Jan Di se apresuró a escribir su contestación:

"Unnie, llámame"

0o0o0

Jae Kyung, corrió a refugiarse al baño del aeropuerto y marcó.

—¡Jan Di! —exhaló aliviada cuando ella contestó— Por fin mi estúpido móvil agarra señal. Esto está horrible.

—Unnie ¿Qué ocurre?

—Woo Bin no vino con ellos —susurró recargando toda la espalda en la pared y lanzando un suspiro de derrota—; se van a reunir con él en Alemania.

—¿Qué demonios? —Jan Di se mordió el labio y cerró los ojos con frustración.

—¿Qué se supone que haga ahora? Desde que salimos de Corea no había tenido señal para poder marcarte, estamos ahora en el aeropuerto de Abu Dabi, en Emiratos Árabes, recargando combustible. Jan Di, ¿qué hago? Ji Hoo no me creyó ni una sola palabra, debiste haber visto como me miró. Creo que está planeando matarme o algo así…

—No exageres, unnie, sabes que no es así...

—No, es que no estoy exagerando —replicó Jae Kyung interrumpiéndola—, se siente horrible su mala vibra, me está asustando…

—Ya sabes cómo es Ji Hoo; sabes que tiende a ser muy serio lo que usualmente se interpreta como que está enojado y la gente a veces se intimida, pero él...

—Yo nunca me he sentido intimidada por él —interrumpió otra vez—. Me hablas como si no lo conociera; sé distinguir perfectamente entre alguien serio de alguien que me odia. Ji Hoo no confía en mí y fue él quien mandó a Woo Bin a viajar en un avión comercial, lo que significa que desde el principio sospechaba de esto.

—¿Qué hay de Joon Pyo?

—Joon por poco me echa del avión en paracaídas cuando me descubrió —pasó los dedos por sus cabellos para echarlos atrás— pero está tan enfocado en su venganza que no creo que él sospeche de mí —Jae Kyung rió brevemente— Ya me arrepentí de dejarte ir al congreso, debí rogarte que vinieras conmigo para que Ji Hoo no me matara...

—Lo siento, unnie, era tan importante para mí... obviamente no he podido concentrarme en ninguna de las ponencias...

—Lo imaginé...

—Si Woo Bin sunbae viajó en avión comercial probablemente ya está o está por llegar a Alemania —exhaló Jan Di retomando el tema—. ¿A qué hora llegan ustedes?

—Según el itinerario llegamos a las dos de la madrugada, hora de Alemania.

Jan Di miró su reloj, marcaba veinte minutos para las ocho de la noche.

—Está bien. Tú sigue con el plan como hasta ahora.

—Respecto a eso; yo creo que debemos hacer lo que te dije...

—No llames a la policía, Jae Kyung —dijo rápidamente Jan Di endureciendo su tono—. Harás peor las cosas.

—¡Pero, Jan Di! ¡Tienes que ser razonable en esta situación! —protestó alzando la voz pero rápidamente la bajó de nuevo— No voy a poner detenerlos; Ji Hoo lo tenía previsto. Están dirigiéndose los tres a una trampa y lo sabes. Lo mejor es que en cuanto averigüe la ubicación exacta de la casa de Masaaki llame a la policía para que lo atrapen y termine esto de una buena vez.

—No va a funcionar. Involucrar a la policía va a levantar una revuelta nada más y no creo que atrapen al Maestro...

—Jan Di...

—Además no sabemos si tiene actividad ilegal en Alemania, no pueden arrestarlo en ese territorio así nada más.

—Pero...

—Sigue el plan, unnie, yo me encargaré de Woo Bin sunbae, aún tengo otra carta.

—¿Yi Jung?

—Sí —afirmó—. Así que tú continúa. Me comunicaré pronto contigo, unnie, cuídate y no te preocupes, todo estará bien.

—¡Jan...!

Jan Di colgó rápidamente y Jae Kyung bufó con fastidio.

—¿Cómo que no sabemos si están haciendo algo ilegal? —dijo mirando el teléfono en su mano con el ceño fruncido— ¡Por su puesto que están haciendo algo ilegal!

Maldijo un par de veces y lo guardó en el bolsillo de su pantalón, suspiró y salió de los sanitarios fingiendo estar distraída, caminó unos pasos por el pasillo de las tiendas y sus ojos no lograban concentrarse en ningún aparador.

—¿Por qué tardas tanto? —gruñó Joon Pyo detrás de ella, sobresaltándola— No me digas que te estabas maquillando —inquirió poniendo atención en su rostro.

—No —encogió los hombros y se echó tantito para atrás—. Es decir... eso no se pregunta... no le debes preguntar a la gente lo que hace en el baño porque...

Joon Pyo lanzó una risa sarcástica mientras giraba los ojos.

—Ah... ya entiendo... —se detuvo un segundo para reír— Bueno, viendo la manera en que comes no me sorprende que tu estómago colapse fácilmen...

—¡No! —ella enrojeció avergonzada— ¡Joon! —fingió un exagerado escalofrío y habló en voz baja pero en suficiente tono para que él escuchara— La confianza da asco —él se rió—. Por cierto —cambió su postura y su tono en un segundo— ¿ya está listo el avión?

—Mmm... —levantó su manga un poco para mirar su Rolex— se supone que estará listo en diecisiete minutos... —volvió la mirada a ella— ¿por qué no estás comprando tonterías compulsivamente?

Jae Kyung parpadeó confundida y señaló con sus pulgares detrás de ella...

—Pero si me regañaste en el avión cuando dije que quería comprar el sari porque no estamos de vacaciones y gruñiste y...

—Yaaaa —Joon Pyo le tapó la boca doblándola un poco hacia atrás— ¿qué quieres que te compre?

En circunstancias normales ella habría aprovechado enormemente la oportunidad, pero en ese momento estaba tan nerviosa, ansiosa y asustada que no sabía qué regalo podría querer estando en Emiratos Árabes, es decir, es un desierto, ¿qué hay en un desierto...?

—Un camello —dijo cuando su tren de pensamiento se materializó en una palabra.

—¡Algo que se pueda comprar aquí en el aeropuerto, mono! —refunfuñó estirando ambos brazos para señalar su rededor— Para el camello tendrás que esperar a que volvamos a Corea... —se llevó una mano a la barbilla y reflexionó entrecerrando a los ojos— ¿lo quieres bebé o lo quieres ya adulto? Si lo quieres bebé tendrías que...

—¡Ya no quiero el camello! —rió nerviosa a sabiendas de que él era perfectamente capaz de conseguirle ese animal. Joon la miró con fastidio— Okey... mmm... —miró varios comercios— ¡veamos allí! —señaló uno al azar y corrió dentro con él siguiéndole el paso.

Desde unos metros más adelante, en una pequeña sala de espera con sillones grises ubicada en la intersección de los pasillos de tiendas, Ji Hoo observó la escena de sus amigos y sonrió un poco. Luego volvió la vista a su celular y se concentró profundamente en la pantalla por unos cuantos minutos hasta que la voz de su amigo lo interrumpió.

—Ya vámonos —le dijo Joon Pyo dándole un leve empujón en el hombro para llamar su atención. Detrás de él, Jae Kyung sonreía sosteniendo las asas de una gran bolsa de papel cartón—. El jet está listo.

Ji Hoo bloqueó y guardó deprisa su móvil antes de levantarse y seguirlos.

0o0o0

Yi Jung contestó el teléfono.

—Hola, Jan Di

—Yi Jung sunbae, ¿que tal? ¿te aburres?

—El vuelo fue aburrido pero es divertido volver ocho horas en el tiempo —contestó— ¿tú te diviertes en tu congreso?

—La verdad no... —aclaró su garganta— sunbae, tenemos un problema. Woo Bin viajó por separado y ya debe de estar llegando a Hamburgo.

Al oír esto, Yi Jung instintivamente se incorporó un poco. Estaba sentado en una sala de sillones rojos que estaban al centro de una exposición de fotografías y documentos de la Guerra Fría en el aeropuerto de Berlín.

—Te dije que algo iba a fallar —mustió Yi Jung— ¿qué hacemos?

—Jae Kyung unnie está viajando con Ji Hoo y Joon Pyo, llegarán a Alemania en...

—¿Cómo que está ella viajando con ellos? —gruñó— se suponía que tanto tú como ella se quedarían en Corea; no es necesaria su presencia.

—Intenta detener a Jae Kyung unnie —se excusó Jan Di rápidamente—, ella siempre hace lo que quiere.

—Sí, ya sé —gruñó y luego suspiró—. Al menos tú estás a salvo en Busan, qué afán de Jae Kyung de complicar las cosas, ¿por qué rayos es tan terca?

—Sunbae, escúchame, ya que unnie probablemente no sea capaz de detenerlos en Berlín, creo que llegarán a la isla.

—¿Quieres que yo vaya a la isla entonces?

—Unnie ya consiguió la dirección exacta —eso era una mentira—, te la mandaré enseguida en un mensaje de texto —Jan Di hizo una pausa—. Ve a la isla e intercéptalos ahí, pero por ningún motivo te acerques demasiado a la casa de Masaaki... —Yi Jung se quedó callado y luego de unos segundos, Jan Di insistió— hablo en serio, sunbae, estás solo allá, no será buena idea que te acerques a la casa; yo no quiero que te expongas...

—Ya estamos todos expuestos, Jan Di —contestó Yi Jung sin ánimo—, estábamos haciendo esto con la intención de que ellos no llegaran a la isla y detenerlos aquí en Berlín, pero si tengo que detenerlos en la isla, los detendré en la isla.

—Sólo cuídate mucho, sunbae.

—Claro que sí; recuerda que ya descubrimos que soy inmortal —bromeó irónicamente refiriéndose al ataque del año anterior que lo dejó meses en recuperación.

—No es gracioso...

—No te preocupes, Jan Di; regresaré a esos tres a Corea antes de que vuelvas de tu congreso y podrás fingir que nunca te enteraste de esto...

—Eso haré...

—Hablamos pronto.

Y dicho esto, ambos colgaron. Yi Jung se levantó sin despegar la vista de su celular; ya tenía en una lista a varios pilotos particulares que podrían llevarlo a la isla de Masaaki en ese momento.

0o0o0

Jan Di se dejó caer lentamente en el suelo, resbalando su espalda por la pared hasta que quedó sentada. Frente a ella estaba el bello estanque tradicional japonés de la casa en donde nadaban preciosos peces koi y perdió su vista en él por largos segundos.

A raíz de haber encontrado de nuevo a los hermanos, el grupo se había dividido tajantemente en dos; Ji Hoo, Joon Pyo y Woo Bin de inmediato quisieron buscarlos mientras que Yi Jung y Jae Kyung se opusieron rotundamente a tomar cualquier acción al respecto, Ga Eul no expresó en voz alta sus pensamientos, quería ponerse de lado de Joon Pyo pero decidió ceñirse a la decisión de su esposo... por el momento...

Y Jan Di... Jan Di oficialmente estaba aterrorizada de ellos, y era cierto, por su puesto que era cierto, pero no podía permitir que intentaran algo, no antes de tener el libro de Park Ni Eun.

Ninguno estaba dispuesto a ceder en sus posturas.

Cuando un par de días atrás, Jan Di, Jae Kyung y Yi Jung hablaron, los tres llegaron a la conclusión de que no iban a lograr impedirles viajar, así que Jae Kyung sugirió que ella podía detenerlos en un aeropuerto privado de Alemania; conocía gente allí quienes debían varios favores a su familia, gente con el poder suficiente para no dejar pasar el avión del Grupo Shinhwa más lejos y más importante aún, detener sus papeles y demás permisos de viaje. Atraparlos en algún complicado -y claro, corrupto- proceso legal y además lejos de la ciudad, por lo que no podrían acceder a otro medio de transporte, al menos por un par de días.

Yi Jung dijo de inmediato que viajaría allá y los enfrentaría cuando los detuvieran, pocas veces él había sonado tan enfadado. Estaba furioso con ellos pues bien sabía que se marcharían sin decirle nada, como si realmente nadie fuera a darse cuenta de lo querían hacer. También dijo explícitamente que tanto Jan Di como Jae Kyung y Ga Eul debían quedarse en Corea y de ninguna forma ponerse en peligro. Él se marchó la noche anterior a Joon Pyo.

Lo decidieron de esa forma porque sabían que no tenían poder para evitar que el avión de Shinhwa despegara... pero sí tenían el poder de vararlo en algún lugar. Lo que no contaban era con que Woo Bin, al viajar por separado, no podría ser enredado en sus supuestas irregularidades y podría ir a rescatarlos en otro avión o helicóptero.

La verdadera intención de Jan Di era simplemente comprar tiempo. Había calculado los tiempos para no cruzarse con Yi Jung en el aeropuerto y al menos estaba aliviada de que ninguno se hubiera cruzado con Woo Bin.

Todo era demasiado complicado. Probablemente estallaría de la peor manera.

—Jan Di —dijo el abogado Bo acercándose a ella, sacándola de sus pensamientos.

Ella, al mirarlo, no ocultó su gesto de desagrado; no le tenía el mismo aterrador respeto que a Masaaki y, aún así, se levantó y reverenció.

—Buenas tardes, abogado.

—Buenas tardes —contestó devolviéndole la reverencia—. Hemos tomado una decisión— Jan Di tragó saliva y lo miró con atención—. Ninguno de los libros está aquí, sino en nuestra biblioteca privada, en Berlín, esto incluye los restos del libro de Park Ni Eun...

Jan Di abrió más los párpados al escuchar esa ciudad; justo en donde Yi Jung estaba en ese momento, pero se reprendió a sí misma porque no era probable cruzárselo de todas maneras, no es como si Berlín fuera un lugar pequeño...

—Mañana, a las ocho de la mañana, partiremos allá —continuó él con tranquilidad—. Si gusta, puede acompañarnos y hojear lo que no fue robado del libro.

Ella guardó unos segundos de silencio, el único sonido era el del agua del estanque y los grillos.

—No puede llevarse el libro aún —continuó explicando el hombre—, pero confiamos en que alcanzará su derecho, por eso puede revisarlo en nuestra biblioteca... además quizá descubra a unas personas realmente... —hizo una pausa— interesantes.

La mandíbula de Jan Di tembló. Era siniestro. Pero debía hacerlo, debía encontrar el libro, era la única solución en que podía pensar para liberarse para siempre de ellos...

—De acuerdo —accedió en voz muy baja—. Iré.

—Estoy esperando por ello —sonrió otra vez e hizo una reverencia—. Buenas noches, Jan Di.

Él se retiró. Cuando estuvo fuera de su vista, ella sintió el aire regresar a sus pulmones. Era una buena noticia ya que si todo salía bien, ellos estarían aterrizando en Berlín a la una de la madrugada más o menos, y aunque Woo Bin fuera en su rescate era probable que tardaran más de siete horas en arribar a la casa de Masaaki, lo que significa que aunque lograran llegar, no los encontrarían ya.

Suspiró volviéndose a sentar sobre sus rodillas, tranquilizándose.

Un rato después, la misma chica del kimono de seda amarilla la guió hasta la que sería su habitación. Jan Di se sorprendió pues no le habían destinado ninguna en esa casa a pesar de ser bastante grande, en vez de ello, la sacó afuera y caminaron un par de calles hasta otra casa notablemente más pequeña en donde le indicó que podría pasar la noche.

0o0o0

—Joven amo... —dijo el copiloto saliendo de la cabina y dirigiéndose a Joon Pyo— estamos recibiendo órdenes de aterrizar.

Ji Hoo levantó los ojos de inmediato.

—¿Aterrizar? —gruñó Joon Pyo— ¿Dónde? ¿Por qué?

—En un aeropuerto privado a setenta kilómetros al sur de Berlín. Un control de seguridad; parece que han recibido amenazas de terroristas o algo así. Según entiendo todos los aviones particulares están siendo detenidos.

—No puede ser, qué fastidio —Joon se llevó los dedos al tabique de la nariz, murmuró algunas maldiciones y luego miró a Ji Hoo buscando silenciosamente su aprobación.

—Aterriza, no te metas en problemas —dijo Ji Hoo a su amigo en calma desperezándose un poco y miró a Jae Kyung. Ella le desvió la mirada rápidamente y se unió a las protestas de Joon Pyo por tener que obedecer.

Las señales de los cinturones de seguridad se encendieron y los tres acomodaron los respaldos de sus asientos para prepararse para descender.

—¿Y ahora? —Joon Pyo se cruzó de brazos molesto— ¿Cuánto tardará esto?

—Nada —dijo Ji Hoo—, en cuanto los celulares tengan señal llamaremos a Woo Bin para que rente un avión y venga por nosotros. Le dije que estuviera listo por si tenía que ir a recogernos a algún lugar.

—¿Por eso lo mandaste por separado? —Joon Pyo parpadeó sorprendido— ¿cómo podías saber que esto nos podría pasar?

—No es tan raro que paren aviones privados —contestó con tranquilidad.

—¿En serio...? —Joon Pyo entrecerró los ojos reflexionando; toda su vida había viajado casi siempre en aviones privados y nunca lo habían detenido, sin embargo no cuestionó más a Ji Hoo, no tenía cabeza para reparar en detalles en ese momento.

Jae Kyung miraba a Ji Hoo con los ojos abiertos y asustados. Él lo sabía, de verdad lo sabía. Le desvió la mirada cuando él giró su rostro hacia ella.

0o0o0

Spiekeroog era una pequeña isla con nombre impronunciable en la costa del Mar del Norte perteneciente a Alemania, a seis kilómetros al norte de la costa del continente, en ella, sólo había un pueblo con el mismo nombre.

Yi Jung llegó de madrugada en una avioneta que rentó en el aeropuerto de Berlín. Aterrizó en las afueras, allí, el piloto le indicó cómo llegar al centro de la urbanización y le advirtió que la única manera que había de salir hacia el continente era tomando el ferry, el cual hacía sólo dos viajes por día, luego de eso, se marchó.

Con tan solo una mochila al hombro, caminó por un cuarto de hora hasta llegar a una pequeña plaza, sus pensamientos estaban llenos de reclamos hacia sus amigos mezclados con dudas acerca de a quién podía preguntarle por una dirección a esas horas de la noche... y en alemán. Resopló cansado por el cambio de horario y justo en eso, sus ojos encontraron un bar abierto al que decidió entrar y, por qué no, beber un rato. Quizá no era prudente, pero un poco de alcohol en la sangre no le caería nada mal.

Una vez allí, se quedó pasmado al divisar en una mesa a tres sujetos orientales; su primera conclusión fue que tenían que pertenecer al Clan de Masaaki Takeru y por mero instinto dio un paso atrás. Entonces, ellos sintieron la mirada y voltearon a verlo. Yi Jung pensó que si ellos eran realmente yakuzas darse la vuelta en el instante en que acababan de descubrirlo mirándolos sonaba a pésima idea, así que tragó saliva y avanzó hacia la barra decidiendo fingir que no tenía conocimiento de nada.

Pero ellos no le quitaban los ojos de encima mientras caminaba y cuando estuvo cerca, le indicaron que tomara asiento en su mesa. Tomó aire y obedeció tratando de parecer lo más neutral posible. Pero en su mente estaba maldiciendo.

—Todos tenemos esa misma cara de perdidos al llegar a este pueblo en medio de la nada —dijo uno de ellos en coreano, sorprendiendo a Yi Jung, pues él pensó que eran japoneses—. Vagando como idiotas en la calle; el Maestro ya debe saber que todos están llegando.

Yi Jung parpadeó al tiempo que otro destapaba una cerveza y se la pasaba; esto era surreal, lo estaban confundiendo con algún tipo de mafioso, seguramente por las cicatrices de su frente, y ese Maestro del que hablaban debía ser Masaaki. Estaba sin duda un problema, aún así se arriesgó a decir:

—El Maestro siempre tiene todo calculado.

—Exacto —le contestó el hombre con una risa sardónica—, aún hay estúpidos que creen que podemos tomar al Maestro por sorpresa.

—Bueno, ya fue capturado hace veintitrés años —dijo Yi Jung dando un trago a su cerveza; obviamente se referían a la misma persona, no obstante debía comprobarlo al cien por ciento.

—Es cierto, sin embargo, fue una guerra en la que el Maestro estuvo en definitiva desventaja —aceptó también bebiendo—, pero ahora es diferente, él tiene el control.

—Lo sobreestimas —dijo el tercer hombre—, si los rumores son ciertos será la perdición del Maestro.

Yi Jung prestaba mucha atención, algo estaba pasando mucho más allá de los deseos de venganza de sus amigos... en ese momento su celular vibró, lo sacó y abrió el mensaje...

"Fallé.

Woo Bin ha venido por nosotros en un avión privado.

Llegaremos a la isla en menos de dos horas.

Jan Di no contesta.

Jae Kyung"

Tragó saliva y miró de reojo a los demás, escribió rápidamente la respuesta:

"Estoy en problemas.

No somos los únicos buscando a Masaaki.

Creo que alguien intentará atacarlo"

La respuesta de Jae Kyung llegó casi de inmediato.

"Ya no me importa. Voy a llamar a la policía"

—¿Vienes de Seúl? —le preguntó uno de ellos. Yi Jung se sobresaltó un segundo antes de asentir, guardando su celular— Sí, tienes cara de venir de Seúl.

—Por fin alguien de Seúl —dijo otro—, tú has estado más cerca, ¿qué tan ciertos crees que son los rumores?

Podría meterse en grandes líos si ahora les decía que no tenía idea de qué estaban hablando. Era quizá momento de usar sus habilidades de verborrea para hablar sin decir nada que solía usar para ligar aunque la situación fuera diametralmente diferente.

—Son los mismos rumores que ustedes han escuchado, sé lo mismo que todos —contestó con naturalidad—, el que yo estuviera más cerca no me acercó más a la verdad.

—¿Pero crees que esa mujer realmente existe? —insistió el desconocido.

—Se ha hablado de esa mujer desde hace mucho —continuó Yi Jung bebiendo—. Realmente el único que podría saberlo con certeza es el Maestro.

—Dicen que el Maestro la llamó una vez su joya coreana —otro de ellos abrió una cerveza más—. Dicen que fue ella quien lo sacó de la cárcel hace un año.

El rostro de Yi Jung por un segundo se descompuso en sorpresa ya que la imagen de Jan Di apareció en su mente ante la última afirmación pero inmediatamente borró su expresión. Vaya que el alcohol le estaba ayudando a relajarse.

—La sola idea es absurda —farfulló uno de ellos—; que una mujer coreana esté intentando tomar liderazgo es descabellado.

—Lo sabremos esta noche —dijo alguien más, quien llegaba con una cubeta llena de hielo y más cervezas—. Esta noche el Maestro tendrá que rendirnos cuentas y si esa joya coreana realmente está aquí no sé cómo va a explicarse...

0o0o0

Pasaron un par de horas más... Yi Jung había seguido a las personas que conoció hasta al que era el hogar del líder yakuza. No comprendía qué pasaba pero sabía que una veintena de personas se habían reunido en la isla con la finalidad de atacar la casa de Masaaki Takeru en busca de una mujer que él sospechaba que era Jan Di.

Pero era imposible porque Jan Di estaba en un congreso de medicina en Busan... Yi Jung apretaba los dientes con un mal presentimiento; ella debía de estar en Busan, había dirigido tanto a él como a Jae Kyung para detener a los otros tres desde allá... los había buscado pidiéndoles ayuda para evitar que Ji Hoo, Joon Pyo y Woo Bin llegaran a esa casa...

Había tratado de llamarla muchas veces en vano. Su celular no estaba activo.

Él levantó los ojos y observó el inmueble con los dedos entumidos de frío y ahora de miedo ¿Jan Di estaba tratando impedirles llegar para alejarlos de Masaaki o porque ella misma estaba allí...?

No...

Negó con la cabeza. No debía dudar de Jan Di... Tenía que borrar de su imaginación esas conclusiones absurdas.

Se había quedado afuera sin ser capaz de procesar toda la información. Habían estado pasando muchas cosas en demasiado poco tiempo. Totalmente armados, aquellos mafiosos o lo que fueran habían entrado a la casa.

—¡No hay nadie! —anunció un hombre asomándose por la puerta para informar a los que quedaban afuera— ¡La casa está vacía!

—¡El Maestro debe tener un refugio en algún edificio aledaño! —gritó otro al cargar su arma.

—Si sabía que veníamos debe estar muy lejos ya —opinó alguien más.

—Busquémoslo —dijo otro.

Yi Jung no sabía más qué hacer, debía librarse de esas personas cuanto antes, no podría seguirles la corriente por mucho tiempo, ya se sentía atrapado hasta el cuello en arenas movedizas. Sus pensamientos se cortaron cuando el rechinido de llantas y sirenas se hicieron presentes. Volteó con rapidez y cuatro patrullas se estacionaron con brusquedad y dos oficiales de policía salieron de cada una de ellas.

Por el altavoz dieron órdenes en alemán; Yi Jung no necesitaba entender el idioma para saber que estaban exigiéndoles salir desarmados y con las manos en alto o se volverían hostiles.

0o0o0

El avión que Woo Bin había contratado aterrizó en las afueras de la isla, en la pequeña pista, a pocos pasos, un edificio y una torre de control descansaban en solitario.

Los cuatro bajaron de la aeronave e inmediatamente, el piloto dio la vuelta para tomar impulso y despegar de nuevo.

—Bien —Jae Kyung se abrazó a sí misma al llegarle una corriente de frío—, por fin estamos en la isla siniestra —volteó en todas direcciones, no se veían signos de urbanización—. Demonios, aquí no hay nada, debe haber algún hotel... posada —se corrigió— en algún lugar.

—Nada de hoteles —gruñó Joon Pyo—, iremos ahora mismo a buscar a Masaaki.

—Pero son las cinco de la madrugada —replicó Jae Kyung en tono chillón—, llevamos un día entero viajando y...

—Si ibas a quejarte no hubieras salido de tu cama —espetó Joon Pyo, naturalmente molesto por todos los eventos sucedidos—. Ya tengo suficiente con que mi Larejet haya sido detenido. Vamos a buscar esa casa en este instante.

—¡Pero aquí no hay nada! —ella alzó ambos brazos señalando los alrededores, las únicas luces que había eran las que iluminaban la pista de aterrizaje; fuera de ello, no se veía nada más.

—Es una isla muy pequeña —aclaró Woo Bin—, tiene tan sólo mil habitantes, ni siquiera hay automóviles —sacó su celular y abrió su GPS—, estamos a dos kilómetros del pueblo.

—¿Cómo que no hay automóviles? —Joon Pyo señaló unos metros adelante— Allí estoy viendo dos.

Los otros voltearon y encontraron efectivamente dos coches de color negro estacionados frente al edificio en penumbras.

—Bueno —Woo Bin se encogió de hombros—, tan sólo los de uso oficial...

—Tomaremos uno prestado —Joon Pyo dio un paso hacia los autos pero Jae Kyung lo tomó del brazo para detenerlo— ¡Suéltame, mono!

—¿Podemos esperar siquiera a que amanezca? No puedes...

—No —interrumpió— ¿cuántas veces voy a decirte que estas no son vacaciones? He esperado casi un año y recorrido miles de kilómetros, quiero encontrarme con ese hombre ya —volteó hacia Ji Hoo— ¡Ji Hoo!

Él estaba con la mirada perdida en su celular, ajeno a toda la conversación.

—¡Ji Hoo!

—¿Qué? —Ji Hoo quitó la vista de su teléfono.

—Robaremos un auto —Joon Pyo señaló el vehículo— e iremos a ver nuestro amigo Masaaki, ¿qué dices?

—Sí —Ji Hoo volvió a mirar su móvil—, lo que sea, vamos rápido.

Jae Kyung trató de replicar, pero los tres hombres caminaron hacia el auto ignorándola. Woo Bin tomó la manija de la puerta del chofer y sonrió al simplemente abrirla; era un lugar tan pequeño y pacífico que ni siquiera se tomaban la molestia de cerrar con seguro.

Cuando Joon Pyo abrió la puerta del copiloto, Jae Kyung se interpuso con su cuerpo, volviéndola a cerrar.

—Aún pueden parar esta locura —suplicó empezando a perder la calma. Había fracasado en detenerlos—. Por favor.

—No me obligues a usar mi fuerza para sacarte de mi camino, Ha Jae Kyung —Joon Pyo le habló respirando hondo, usando todo su autocontrol para no enfadarse—. Muévete.

Jae Kyung tragó saliva intimidada pues la visión de él enojado era realmente amenazadora.

—Jae Kyung —le habló Woo Bin del otro lado del automóvil, ella volteó sobre su hombro—, dijiste que venías a ayudarnos, ¿qué haces?

—Ciertamente no ayudaré a que se maten —contestó—. ¿Llegar en medio de la noche a la casa de Masaaki en un auto robado? No puede ser que no vean lo peligroso que es.

Woo Bin se descolgó la mochila que traía, sacó una pistola Colt semiautomática y la cargó, acto seguido, la lanzó deslizándola por el techo del coche para que Joon Pyo la tomara.

—No, por dios... —murmuró Jae Kyung angustiada, rogando con la mirada— Joon...

—¿Vienes o te quedas a dormir en el pasto seco?

Ella no contestó, recargó más su espalda contra la ventana, mirándolo con profundo miedo. Joon Pyo resopló y la empujó a un lado para abrir la puerta y entrar. Woo Bin, cargó otra de las armas y se la pasó a Ji Hoo, luego, subió tras el volante.

Ji Hoo abrió la puerta de atrás y subió. La mujer no tuvo más opción que abrir la puerta restante y seguirlos. Una vez los cuatro dentro, ella se encogió hasta que sus codos quedaron en sus rodillas y se sostuvo la cabeza con las manos. Woo Bin estaba asomándose debajo del tablero para provocar un corto y encender el coche sin la necesidad de la llave.

Entonces, un par de helicópteros de la policía llamaron su atención al pasar sobrevolando.

—Date prisa —ordenó Ji Hoo justo cuando Woo Bin logró prender el motor.

0o0o0

Después de un largo rato, Jan Di por fin pudo conciliar el sueño. Su habitación asignada tenía un baño propio, una pequeña terraza, muebles de madera y un elegante futón sobre tatamis de paja de arroz. Sorprendentemente, no estaba teniendo ninguna pesadilla y se sentía tan cómoda como si estuviera flotando. Odiaba admitir lo buenos anfitriones que eran los yakuza.

Entonces, ruidos de gente moviéndose de un lado a otro la despertaron y se incorporó lentamente. Parpadeó repetidamente antes de poder abrir bien los ojos y pudo observar la luz filtrándose por debajo de su puerta corrediza y la sombra de quienes se movían rápidamente por los pasillos. Aún no amanecía.

El shōji se deslizó bruscamente y la misma joven que la había guiado se asomó al cuarto.

—Jan Di, date prisa —exclamó en japonés. No había escuchado su voz antes—, debemos partir a Berlín ya mismo —y con la misma velocidad se retiró sin volver a cerrar la puerta.

Menos de un minuto después, Jan Di salió vestida con sus botas desgastadas y sus jeans, acomodándose su chaqueta marrón y mirando en todas direcciones. Divisó a pocos metros a la chica, ya no traía puesto el kimono amarillo de esa tarde sino ropa casual.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó acercándose a paso veloz a ella.

—Han atacado la casa del Maestro. Debemos irnos.

—¿Dónde está el Maestro? —interrogó ansiosa persiguiéndola hasta lo más profundo del inmueble. Allí, la joven abrió una puerta que descendía a un sótano.

—El Maestro y su hermano tienen horas que se marcharon —ella no se detenía. Bajó por las escaleras encendiendo las luces y ambas eran seguidas por unas cuantas personas más—; la casa ya estaba vacía cuando la tomaron, nos marcharemos antes de que descubran esta guarida.

—¿Quién nos ataca?

—Traidores —se detuvo solo un momento—. Están buscándote a ti.

—¿Cómo que a mí?

La muchacha se detuvo y miró a Jan Di a los ojos.

—Estás tratando de tomar el lugar de Park Ni Eun —sentenció—, claramente la mitad del Clan esta enfurecido.

—¡¿Yo qué?! —Jan Di se señaló a sí misma con el rostro asustado y confundido— ¡Yo no...!

—No estás a salvo aquí; en Berlín todo será diferente.

Sin dejarla hablar más continuó su camino y Jan Di pudo apreciar que no estaba en un simple sótano sino en un complejo enorme de pasillos subterráneos que seguramente conectaban muchas de las casas en la superficie.

El lugar durante décadas había sido una guarida alejada del mundo, los viejos túneles eran iguales a refugios de la Segunda Guerra Mundial que Jan Di había visto en libros de Historia, sería seguro en un bombardeo, pero de tratarse de una persecución no había mucho dónde esconderse, principalmente porque no había ningún puente para volver al continente en algún transporte terrestre.

El paso no era sencillo; había enormes cajas de madera y metal apiladas, llenas de polvo y telarañas que no dejaban avanzar con libertad y convertían los pasillos en pequeños laberintos que habían permanecido décadas sin ningún uso.

Entonces, los ruidos de sirenas y helicópteros las hicieron voltear instintivamente hacia arriba.

0o0o0

La policía estaba tan concentrada entrando a la casa ya que el otro bando se había refugiado adentro que Yi Jung tuvo la oportunidad de echarse para atrás; la confusión era suficiente y cómo él no estaba armado no fue el foco de atención. Pronto, los vecinos se asomaron a las calles, se podría mezclar entre ellos. Además estaba casi seguro de que la presencia de la policía era a causa de Jae Kyung, eso podría servirle en caso de que intentaran detenerlo...

En eso, otro auto se estacionó bruscamente. Joon Pyo descendió de él.

Yi Jung tomó aire. Esos idiotas finalmente habían logrado llegar.

—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —gritó Joon Pyo azotando la puerta y mirando las luces prendidas de la casa y los autos de policía, además de los helicópteros iluminando.

—¡Joon Pyo! —Yi Jung se dirigió a él. Estaba enfadado con ellos por estar allí y al mismo tiempo aliviado por encontrarlos.

—¿¡Qué puta madre haces tú aquí?! —el joven heredero de Shinhwa no pudo ocultar ni su profunda sorpresa ni su enojo, tanto que se quedó pasmado.

—Es muy complicado —dijo Yi Jung— Masaaki no está aquí. Vámonos.

—¡Responde la pregunta! —rugió Joon Pyo pero fue interrumpido por Woo Bin.

—¡¿Qué diablos, Yi Jung?! —le gritó el príncipe Song— ¿¡cómo llegaste aquí antes que nosotros?!

—¡Tenía que hallar la manera de parar sus estupideces! —contestó Yi Jung en el mismo tono— ¿Acaso realmente creyeron que no sabría que iban a venir aquí?

—¡¿Qué rayos está pasando aquí, Yi Jung?! —gritó nuevamente Joon Pyo.

—¡No lo sé! ¡No son los únicos detrás de Masaaki! ¡Hay muchos otros mafiosos, o yakuzas o no sé qué son que vinieron a atacarlo esta noche!

Joon Pyo estuvo a punto de volver a gritar cuando Jae Kyung se bajó del coche.

—¡Yi Jung! —exclamó ella— ¿estás bien?

—Estoy bien —contestó—, debemos irnos ya.

—¿Por qué...? —Joon Pyo señaló primero a Yi Jung y luego a Jae Kyung— ¿Por qué se hablan con esta familiaridad? ¡¿Estaban ustedes dos de acuerdo en esto?!

—Ya te dije que es complicado.

—¡¿Que se supone que hacen?! —gritó Woo Bin ahora furioso— ¡¿Cómo te atreviste a venir aquí solo?

—¡¿Cómo me atreví yo?! —gritó Yi Jung señalándose— ¡¿Cómo se atrevieron ustedes?! ¡¿Creyeron que me iba a quedar con los brazos cruzados viendo cómo mis hermanos se vuelven locos y se matan por su estúpido orgullo?!

—¡No sabes lo que estás diciendo! —le gritó Joon Pyo y dio un peligroso paso hacia él.

—¡Sé que quieres matar a Masaaki por tu maldito orgullo! —rugió Yi Jung con más fuerza— ¡Están ciegos y locos! ¡Todo ya había terminado; sólo déjenlo por la paz!

—¡No había terminado! —se adelantó Woo Bin— ¡Tú no lo puedes entender!

—¡Lo entiendo pero...!

—¡No! —Woo Bin golpeó el capó del coche con el mago de su arma— ¡No lo entiendes! ¡Ninguno de ustedes lo entiende! ¡Si no nos deshacemos de ese líder...! ¡Argh! —se enterró su mano en el cabello— ¡La guerra nunca terminó! ¡Ellos buscarán la forma de volver!

—¡Vámonos de aquí! —pidió Jae Kyung— ¡La policía se hará cargo de esto! ¡Debemos irnos ahora!

—¡No me digas que fuiste tú quien llamó a la policía! —le habló Joon Pyo apretando los dientes.

—¡Sí! —gritó Jae Kyung— ¡por su puesto que sí! ¡ustedes deberían salir de esto y dejar a la ley hacer su trabajo!

—¡¿Cómo pudiste?!

—¡Jae Kyung tiene razón! —intervino Yi Jung— ¡Haríamos lo que fuera para detener esta locura!

—Serpientes traidoras —escupió Joon Pyo— Vine aquí a matar a Masaaki y no me iré sin su cabeza.

—¡Masaaki no esta aquí! —repitió Yi Jung— Alguien debió advertirle.

—¡No vas a encontrar paz matando a Masaaki! —seguró Jae Kyung señalándolo. Sus ojos estaban rojos de frustración, a punto de saltar en lágrimas— ¡Olvídate de esto!

—¡¿Dónde está Ji Hoo?! —exclamó de pronto Woo Bin cuando repentinamente notó su ausencia. Los demás voltearon a todas partes y dentro del auto. No estaba.

—La puta madre que lo parió... —Joon Pyo cerró los ojos con fuerza en un gruñido. Estaban tan metidos en su pelea que en nadie lo notó ni siquiera cuando se salió del coche.

De pronto empezaron los disparos dentro de la casa y los curiosos que se acercaban empezaron a gritar.

—Métete al auto —ordenó Joon Pyo a Jae Kyung mientras empuñaba con fuerza su pistola.

—¡Goo Joon...!

—¡Ya! —le gritó tan fuerte y furioso que Jae Kyung obedeció asustada, echándose atrás para entrar en el coche.

0o0o0

—La policía está aquí —exclamó un joven hombre japonés llegando al lado de Jan Di y la otra mujer—. Ha estallado una balacera en la casa del Maestro...

Jan Di se estremeció. La chica que lo acompañaba intercambió entonces palabras con el recién llegado en un japonés lleno de jerga que Jan Di casi no pudo entender; algo de que ella volvería a recoger algo y que los intrusos no tardarían en encontrar los túneles.

La chica regresó por donde había venido, dejando a Jan Di sola con el muchacho.

—¿Qué pasa? —preguntó Jan Di impaciente.

—Sabíamos que la rama coreana del Clan trataría de dar un golpe de estado por tu culpa —la miró entre cansancio y fastidio—, pero no sabemos quién llamó a la policía. No entiendo cómo es que el Maestro te permite estar aquí. Sígueme.

Él sacó una tableta electrónica y movió sus dedos rápidamente sobre ella mientras empezaba a caminar entre las enormes cajas que incluso los superaban en estatura.

—Debemos llegar a Berlín; este túnel conecta con la costa, desde allí...

Se quedó callado, revisó la pantalla de la tableta con un gesto de sorpresa. Jan Di no alcanzaba a ver qué era que lo había consternado de repente. Él alzó la vista y la miró enojado.

—¡Trajiste ayuda! ¡Nos traicionaste!

Jan Di abrió los ojos con sorpresa y se quedó sin habla un segundo. Su rostro palideció y su corazón se aceleró, asustada por semejante acusación.

—No... ¡no! —balbuceó impresionada agitando la cabeza— No.

—¡Eres una estúpida! —le señaló la pantalla del aparato pero ella no entendía que significaban los números y líneas que veía— ¡Esta era una ubicación secreta!

—¿De qué estás hablando? —Jan Di dio un paso atrás, confundida y temerosa—, llegué aquí sola, no traje a nadie conmigo.

Él negó y gruñó sonoramente abalanzándose sobre ella, forcejearon y ella se vio obligada a agacharse y caer de rodillas para esquivar su puño, quiso gatear para alejarse un poco y levantarse pero él la tomó de un tobillo y quiso jalarla hacia atrás, pero Jan Di giró todo su cuerpo y con su pierna libre pateó su pecho y se lo sacó de encima.

Un segundo después, ella estaba de pie otra vez.

Se lanzó contra ella una vez más y aunque Jan Di se libró de los primeros dos golpes, un tercero le dio de lleno en la barbilla, tan fuerte que perdió el equilibrio y cayó sentada.

—Eres una estúpida —la sometió contra el suelo al tomarla de ambas muñecas. Ella forcejeó y le escupió, ganándose una bofetada que resonó fuertemente y la hizo decidirse por dejar de luchar...

Él, con velocidad, registró sus bolsillos y le quitó su celular. Jan Di se incorporó un poco, quedando sentada sobre sus muslos, se llevó los dedos a los labios para comprobar si estaba sangrado porque tenía el sabor en la boca y miró furiosa cómo abría su móvil y le quitaba la pila.

—¿Qué haces? —murmuró Jan Di sosteniéndose con el antebrazo de muro para levantarse— dame mis cosas.

—Y te atreves a decir que viniste sola.

—Vine sola, esquizofrénico —lo insultó a sabiendas de que podría ganarse otra bofetada.

—Es un GPS —le dijo él desprendiendo de la pila del celular una delgada tarjeta, luego la dobló para hacerla inservible—. Si no viniste sola entonces eres una imbécil que se dejó rastrear.

Jan Di parpadeó sorprendida, pasmada, sin comprender en ese momento; ella no había soltado su celular ni un sólo segundo desde que salió de Corea y trataba de pensar rápidamente a qué hora pudieron haber colocado aquello.

Tragó saliva y recorrió con la vista el lugar; él era más fuerte, así que sólo podía huir, tratar de pelear sería estúpido y saldría herida por seguro, pero el pasillo era angosto y detrás de ella no había salida; su único escape tenía que ser esquivarlo. Y cuando él hizo el ademán de moverse, Jan Di corrió hacia enfrente, sin lograr pasarlo; el hombre la tomó del brazo y con furia la arrojó contra una caja impactándola fuertemente.

Se golpeó la cabeza contra la madera y la vista se le nubló por un breve instante acompañada de un ligero mareo. Entonces, Ji Hoo apareció entré las enormes cajas y sin darle tiempo siquiera de notar su presencia, golpeó al joven yakuza tan fuerte con el puño en el rostro que cayó inconsciente al instante.

Jan Di, estupefacta, sólo atinó a emitir un incomprensible balbuceo mientras lo miraba abriendo los ojos a su máximo, comprobando que no era un truco de su mente sino que Ji Hoo estaba a centímetros de ella.

—Eso me recordó un poco los viejos tiempos —dijo Ji Hoo encogiéndose de hombros y bufando una risa entre nostálgica y triste, refiriéndose a los primeros días de Jan Di en el Instituto, cuando más de una vez impidió que alguien le hiciera más daño... —¿a ti no?

—Ji Hoo... —exhaló las palabras con angustia y negando muy lento. Él le dejó ver que en su mano izquierda tenía su celular y le mostró la pantalla por un segundo, permitiendo ver un mapa en ella, para que entendiera que, efectivamente, la venía rastreando desde que la dejó en la terminal de autobuses dos días atrás.

—¿Sabes? Es muy difícil —murmuró bajando los ojos hacia el tipo desmayado— pero sobre todo muy, muy frustrante tratar de protegerte de lo que sencillamente no quieres ser protegida...

—¿Cómo...? ¿cómo sabías...?

—Jan Di —mustió Ji Hoo con una voz que no reflejaba la aparente calma de su rostro—, no vine hasta acá para ver a Masaaki Takeru... vine a verte a ti.