Nota de autora: Uffff largo tiempo sin actualizar, lo sé... les pido una disculpa, es que mi vida se fue al caño durante el último año y bueno, apenas me estoy poniendo de pie nuevamente, pero estoy de vuelta con el capítulo final... notarán que no es cursi ni super romántico ni nada de eso, pero ese era el propósito... quién sabe, en otra historia las cosas podrían cambiar ;)
Nos leemos pronto y estén atentos porque hay otra historia Bubbline en camino.
Capítulo IV: Sed de rosa
Bonnibel yacía de costado sobre su cama, observando cómo Marceline dormía, o más bien, hacía como que dormía. Su pecho no bajaba ni subía, le daba la impresión de estar compartiendo lecho con un cadáver… tal vez más de una persona podría opinar que en realidad así era, pero ella no estaba asustada, ni mucho menos. Había pasado tanto tiempo con Marceline que ya ni notaba esos detalles.
Contempló su piel grisácea, su cabello azabache y sus labios rojizos. Siempre le había gustado observar a Marceline sin que ella lo notara.
— ¿En qué tanto piensas? —preguntó Marceline aún con los ojos cerrados. Mantenía la misma postura.
Bonnie dio un respingo. Sabía que Marceline en realidad no dormía y que podía percibir su mirada, pero esperaba que no preguntara nada al respecto.
El cuarto aún estaba a oscuras, pues faltaba aún un poco para el amanecer pero la luz de luna se filtraba por la ventana, así la había observado tan atentamente una vez que sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad.
—No mucho. —dijo al fin. —Es sólo que tenía tiempo sin verte tan de cerca.
La vampiresa soltó una risilla casi inaudible.
—Ya dilo, me extrañaste.
—Sólo si tú también lo dices.
—No seas tonta, Bonnibel, yo no digo mentiras.
Frunció el ceño pero inmediatamente volvió a relajarlo. Marceline nunca cambiaría y era algo que tenía que aceptar si no quería perderla de nuevo… ¿pero acaso la había recuperado?
—Marcy, ¿qué nos pasó?
La aludida alzó una ceja.
—Nos quedamos dormidas después de que perdieras la pelea de almohadas… hemos estado haciendo lo mismo las últimas cinco noches.
—No perdí, me atacaste sin avisar. —Se defendió Bonnibel volviendo a hacer un ceño. Era un gesto muy habitual en ella cuando hablaba con Marceline, pero incluso después de tanto tiempo ya comenzaba a acostumbrarse de nuevo.
—Esa es la excusa de una perdedora. —respondió Marcy con su sonrisa altiva hasta que Bonnibel le lanzó una almohada a la cara.
—No me refería a eso. —aclaró la princesa esquivando una almohada que la morena le arrojó en respuesta. —Es que… solíamos ser tan cercanas… ¿qué pasó?
La reina vampiro bufó.
—Eso deberías decirlo tú, que fuiste la que se alejó primero.
—Me traías harta con Ash.
— ¿Otra vez con eso? Ya te dije: Ash era mi novio. —se levantó rápidamente y levitó hacia las cortinas, cerrándolas muy a tiempo antes de que los primeros rayos del sol se colaran por la ventana. — ¿Por qué te molestaba tanto?
—Dejaste de hacerme caso.
—Eso no es verdad. Eras la persona más importante para… —bufó de nuevo y se interrumpió. —Ya no importa.
Bonnibel sabía que la vampiresa nunca iba a hablar al respecto… y ella tampoco lo haría. Entre ellas, las palabras eran inútiles.
—Bonnie.
— ¿Mmm?
—No quiero que eso vuelva a pasar. —dijo Marceline volteándose en la cama para verla mejor.
— ¿Qué cosa?
—Ya sabes… que nos alejemos y eso.
— ¿Eso significa que me extrañaste? —preguntó Bonnibel sin tono de burla.
—Tal vez. Un poco.
—Puede ser que podamos continuar.
Marceline no respondió. Solo se volteó nuevamente para mirar el techo. Después de lo que pareció una eternidad, se levantó bruscamente de la cama.
—Debo irme.
— ¿A plena luz del día? ¿Estás loca? —Bonnibel también se levantó muy deprisa.
—Tranquila, tengo mi sombrilla.
— ¿Qué pasa si alguien te ve?
La vampiresa pareció molesta.
—Sí, ¿qué pasa si alguien me ve?
—Yo no lo digo por mí, sino…
—Princesa, siempre te preocupas demasiado por eso. —respondió cansinamente la otra. —Desde que éramos niñas ha sido lo mismo, ¿y todavía te preguntas qué vi en Ash?
—Que él fuera un paria no significa que tú…
— ¿No significa que fuese mal vista en tu dulce reino? Ambas sabemos que eso no es verdad. Soy un problema para ti y tu dulce gente.
— ¡Deja de decir eso! ¡Mi problema es que tú nunca dirás lo que sientes!
—Tal vez, Dulce Princesa, nunca lo digo porque te preocupa más lo que sientan los demás.
—Eso no es verdad.
—Bueno, entonces no te importará que me vaya y todo mundo vea que estuve contigo.
—Adelante.
Marceline se marchó extendiendo su parasol y perdiéndose enseguida en la parte más tupida del bosque donde los rayos del sol difícilmente llegaban. Bonnibel soltó un suspiro contenido. ¿Tantos problemas se cocían entre ellas? Si bien Marceline era vista como una mala influencia para Bonnibel, a esta no podría haberle importado menos. Si se preocupaba era por Marceline, pues a ella le gustaba tener su fama terrorífica de roquera buena onda experimental que solo se juntaba con tipos cool como Finn y Jake, no con cerebritos santurrones como la princesa Bubblegum. A ella no le molestaba ni tantito, pero por lo visto a su amiga sí… o tal vez no. Parecía genuinamente ofendida por el secretismo de Bonnibel.
Todo el día se mantuvo ocupada en sus experimentos, olvidándose momentáneamente de Marceline y su extraña relación. Estaba terminando de manera satisfactoria, una prueba con un nuevo catalizador y disponiéndose a descansar finalmente, retirando las gafas protectoras de su cara y colgando su bata blanca en un perchero, cuando sintió que Marceline había llegado. No corrió a su encuentro, sino que continuó ordenando su área de trabajo con parsimonia. Cuando hubo terminado volteó y encontró a Marceline curioseando entre sus matraces.
—Creo que no necesito decirte que tengas cuidado con eso.
—Tienes razón, no necesitas hacerlo. —se alejó de los matraces, pues había perdido el interés en ellos.
A Bonnibel no le extrañaba verla: sabía que a pesar de que pudiesen discutir, ella volvería… era tonto afirmar aquello, pues ya llevaban años sin hablarse previamente, pero lo intuía. Sabía que ahora la vampiresa no se iría tan fácil. Lo sabía porque ella tampoco iba a alejarse por tonterías.
Cumplieron la rutina que llevaban cumpliendo las últimas cinco noches: Bonnibel se cambiaba para dormir –aunque evitaba que Marceline viera que usaba su camiseta como pijama y se ponía algo más encima –mientras Marcy la esperaba con expresión aburrida. Luego Marcy comenzaba uno de sus juegos tontos y Bonnie pretendía estar fastidiada, pero terminaba cediendo y, muy a su pesar, pasando un agradable rato. Finalmente platicaban de cualquier cosa, como en los viejos tiempos hasta que la princesa sucumbía ante el sueño y Marceline la observaba durante unos segundos antes de cerrar los ojos y pretender que también dormía.
—Deberías venir al rave de esta noche. —comentó Marcy a la mañana siguiente, antes del amanecer. Solían hablar a esas horas, justo antes de que la chica se marchara para huir del sol.
Bonnibel la miró como si estuviese loca, o al menos la miró lo mejor que pudo en la penumbra.
— ¿Quieres que regrese a ese lugar?
—Oh vamos, Bonnibel, yo sé que no se compara a tu palacio y tu querido reino, —respondió Marceline con un dejo de molestia —pero al menos no podrás negar que te divertiste un poco… al menos antes de que cayeras en el tonto juego de Grumosa.
Bonnie soltó un gruñido al recordarlo.
—Bueno… no fue del todo desagradable. Además tenía tiempo sin escucharte tocar.
—Pues volveré a hacerlo, así que tienes que ir.
—Oh, ahora "tengo que".
—Sí, tienes qué.
—Bueno. —No tenía caso discutir con Marceline.
De modo que esa noche se encontraba una vez más en la nocheósfera, tratando de encajar en ese ambiente tan salvaje para su gusto. Se llevó una sorpresa al encontrar nuevamente a Princesa Tortuga, esta vez acompañada de Princesa Músculos, que se había unido al slam y dejaba inconscientes a aquellos que tuvieran el infortunio de acercársele demasiado.
Sin la presión de cumplir un reto impuesto por Princesa Grumosa, estaba pasando un buen rato… seguía siendo un lugar demasiado estrafalario para su gusto, pero Marceline le hacía olvidarse de aquello interpretando canciones que llevaba años sin tocar y que muy pocas personas habían escuchado… entre ellas, Bonnibel, cuando eran más jóvenes. Una vez finalizada su presentación, Bonnibel retornó al dulce reino, sabiendo que Marceline se le uniría después.
Estaba ya acurrucada debajo de las sábanas cuando Marceline llegó, silenciosa como siempre y rompiendo la calma con un saludo.
—Hola, Bonnibel.
—Detesto que hagas eso.
—Lo sé, por eso lo hago. —le respondió con su característica risita. — ¿Te la pasaste bien?
—Debo admitir que sí. —la chica de cabello rosa le sonrió.
— ¿Estamos bien?
—Lo estamos… creo.
Y compartieron una sonrisa que se volvió invisible en la oscuridad.
El tiempo transcurría tan rápido que parecía agua escapándose entre los dedos. Sus encuentros ya no se limitaban a la noche, ahora era normal verles juntas como antaño. Contrario a lo que pensaron, a nadie parecía importarle realmente… después de todo la princesa era ya toda una mujer capaz de tomar sus propias decisiones y lidiar con sus consecuencias… además de que parecía ser muy feliz cuando se encontraba en compañía de la reina vampiro.
— ¿Cuándo vas a admitir que estabas celosa de Ash?
—No lo estaba. —pero la chica sabía que su mentira no era convincente.
—Sí, qué buen cuento. —respondió Marceline con sorna… pero le dio un beso a Bonnibel. Fue breve y casi superficial, pero el efecto estaba hecho. La expresión fastidiada de la chica se suavizó.
—He pensado últimamente… haber ido al rave esa noche, ¿fue suerte? ¿O una serie de probabilidades que así lo disponían? No creo en el azar y eso pero…
—Bonnibel, deja de hablar de cosas aburridas.
La volvió a besar. Y para su buena suerte, Bonnibel se olvidó de su aburrida perorata acerca de la suerte y la probabilidad.
Al fin y al cabo, el dulce sabor del color rosa hacía que no le importara mucho en ese momento.
