Ya está aquí el tercer capítulo. Por fin aparece nuestro malo malísimo preferido. XDDDD. Espero que os guste, y que como siempre dejéis vuestros comentarios, que me animan mucho a seguir escribiendo. Por cierto, pronto habrá más Chris/Jill y Leon/Ada.

Gracias de nuevo a: Stardust4, liilamak, namine Redfield, anntrax y XY-lust!.

"La guarida del mal"

Escrito por Rikku Burnside.


Capítulo 3: Raime (Caza)

COLINAS JUNTO A TEARSVILLE, 22:00.

/-/

Un enorme Lamborghini Diablo negro pasó de 150 km/h a cero en menos de lo que cuesta parpadear, y se detuvo derrapando brutalmente ante una gran mansión cubierta de hiedra, y rodeada por majestuosos árboles, que extendían todas sus ramas más allá del tejado parduzco. Era un lugar con aspecto tétrico, ensombrecido por la antigüedad del edificio y la abundante vegetación que lo rodeaba. Todas las ventanas estaban cerradas, y las persianas bajadas, y su exterior de piedra no parecía muy cuidado. Tenía aspecto de estar abandonado desde hacía tiempo, pero en contraste con el edificio, el jardín que lo rodeaba emanaba una impresionante elegancia, con cada vegetal allí presente cuidado y modelado al milímetro. Todo un espectáculo de perfección.

La puerta del Lamborghini se deslizó repentinamente hacia arriba, y del elegante deportivo salió un hombre rubio, alto y de aspecto portentoso. Tenía unos cuarenta años, aunque aparentaba ser muchísimo más joven, al menos diez años menos.

Cerró la puerta nada más salir, y dando un paso al frente, contempló atentamente la enorme mansión mientras se dibujaba una sonrisa malévola en su rostro.

Se quitó las gafas de sol, totalmente negras, y se las colgó del cuello de la camisa. Tras hacer esto, comenzó a caminar con paso decidido hacia la casa, atravesando antes el gran jardín arbolado. Cuando llegó hasta la parte frontal de la casa, golpeó con fuerza la aldaba de la puerta, tanto que ésta tembló y se escuchó un eco dentro del edificio.

- ¡Vaya!, debería controlar mi fuerza - murmuró irónicamente con diversión.

Casi al instante, se escucharon pasos detrás de la puerta, y un hombre se asomó por la rejilla en el centro de la gran puerta.

- ¿Contraseña? – le preguntó.

- ¡Déjame entrar, estúpido! ¿No sabes quién soy? – le contestó furioso el hombre rubio.

- Lo siento, señor, pero necesito la contraseña para poder dejarle pasar – dijo el hombre tras la puerta, con una voz un tanto tímida.

- De acuerdo – contestó, empezando a perder la paciencia-. La contraseña es "Verónica".

- Está bien, ya puede pasar.

La puerta se abrió muy despacio, y en cuanto tuvo a la vista al hombre tras la ventanilla, se acercó a él sin mediar palabra y le pegó un puñetazo en la cara. Éste cayó de rodillas al suelo, tapándose la cara. Alguien apareció detrás de él.

- Veo que sigues siendo el mismo de siempre, Wesker – le dijo el recién llegado, con un tono que denotaba que estaba acostumbrado a que Albert Wesker montase esos numeritos.

Wesker volvió a mirar al hombre que un momento antes había saludado a su puño, y sin levantar siquiera la vista, dijo:

- Tú tampoco has cambiado mucho, Nicholai. Sigues siendo una nenaza.

El ruso torció la boca en un gesto agrio, pero se ahorró la contestación, y se limitó a observar cómo Wesker sonreía satisfecho de su respuesta.

Nicholai le ordenó al soldado que se retirase, sintiendo una especie de lástima al comprobar que la nariz le sangraba, y estaba claramente dolorido. El hombre desapareció al instante de la estancia, y Nicholai se volvió de nuevo hacia su compañero.

- ¿Has venido a hablar sobre los planes? – le preguntó muy serio a Wesker, que se paseaba por la entrada sin mostrar ningún interés por lo que Nicholai le decía.

- Sí, y también sobre nuestros amiguitos… Pero… ¿Por fuerza tienen que estar estos por aquí?.

Wesker miró hacia la derecha, lanzándole una mirada asesina a otro soldado que estaba de pie haciendo guardia, y que, evidentemente, ocultaba su temor por lo que había pasado hacía un momento con el otro soldado.

- Claro que no. Vamos a mi despacho; han mandado nuevas órdenes para el plan.

Subieron por unas grandes y lujosas escaleras, cubiertas por un tapizado azul, y al llegar a la parte superior, giraron a la derecha y entraron por la primera puerta frente a ellos.

- Siéntate – le invitó el ruso a Wesker, mientras cerraba la puerta.

- ¿Y por qué iba a querer hacerlo? – le contestó con una sonrisa diabólica.

- Tan terco como siempre – dijo Nicholai medio siseando con desagrado. Aquel tipo realmente sabía cómo sacarle de quicio -. Haz lo que te de la gana pues.

Wesker volvió a sonreír. Le encantaba sacarle de sus casillas, y además era muy sencillo conseguirlo: sólo había que llevarle la contraria. Solía pensar para sus adentros que los rusos no se caracterizaban precisamente por su paciencia y su sentido del humor. Y Nicholai, no era una excepción. Satisfecho con la desesperación de éste, Wesker acercó una silla junto al gran escritorio de madera de aquella estancia, y se sentó en ella como si estuviese en su casa, en lugar de en un despacho apunto de recibir órdenes enviadas por sus superiores.

- ¿Y bien? – preguntó con tono de impaciencia. La burocracia le aburría. Quería pasar a la acción, fuesen cuales fuesen las órdenes. Tampoco es que se caracterizase por acatar ningún tipo de orden, pero eso ya era otra historia.

- Informé a nuestros superiores de que teníamos una oportunidad de eliminar a unas cuantas sabandijas, entre ellos, a Chris Redfield, para deshacernos de algún que otro posible problema, pero me dijeron que eso no era lo más importante.

- ¿Ah, no? ¿Es que hay algo más importante? – respondió Albert Wesker enfurecido y con un brillo sobrenatural en sus ojos amarillos – Porque para mi, no lo hay…

- Sí, lo hay, y no sería muy prudente cuestionar las órdenes de nuestros jefes.

Nicholai sabía que esto iba a provocar algo más que el enfado de su compañero, y su reacción no se hizo esperar. Wesker estalló con furia, y pegó un fuerte puñetazo contra la mesa, tan fuerte, que sus nudillos comenzaron a sangrar, pero no parecía sentir ni el más mínimo dolor. Dolor no era una palabra que tuviese cabida en el diccionario de Albert Wesker. Él no era "normal", no era como todos los demás. Ya no era humano, ahora era distinto, un ser supremo…

La sangre tibia y de un rojo fulgurante se deslizó entre sus dedos en finos hilos, y comenzó a formar un charco sobre la gran mesa. Wesker había pasado de mostrar una cara propia del más puro odio, a exhibir una sonrisa macabra, que sólo podía significar que estaba decidiendo la mejor forma de matar a su eterna pesadilla durante los últimos años: Chris Redfield.

- ¡Dios! – exclamó Nicholai, visiblemente sorprendido, pero no siguió hablando al ver que Wesker le hacía ademán de que se callase y no dijera lo que sabía que iba a decir.

Este tío no es normal, pensó Nicholai paralizado. Desde que le enchufaron ese nuevo virus o lo que fuera es… un monstruo.

Casi no se atrevía a continuar hablando, porque la reacción de Wesker lo había dejado helado, pero, ¿qué importaba?. Sabía perfectamente que si aquel tipo quería matarle, lo haría en ese preciso momento, o quizá más adelante. Y si era esa su intención, desde luego tendría las suficientes agallas para hacerlo. Si seguía vivo, estaba claro que era porque quería o necesitaba algo de él, y no iba a darle motivos para opinar lo contrario y terminar con el pescuezo roto.

- …Como te iba diciendo, eso tan importante de lo que me han hablado tiene que ver con la muestra del G-Virus que salió fuera del laboratorio subterráneo de Raccon City – continuó con cautela-. Supongo que ya sabrás quién fue la culpable de toda la movida.

- Sí… - contestó Wesker, alargando la "s" como si se tratase de una serpiente de cascabel. Bajó la vista un segundo antes de seguir hablando, y comprobó satisfecho que sus nudillos habían dejado de sangrar milagrosamente-. Ada Wong.

- Exacto – contestó Nicholai asintiendo-. Veo que estás bien informado.

- He oído algo… - dijo encogiéndose de hombros en un gesto de indiferencia, fingiendo que no conocía a la fémina tanto como realmente la conocía.

- Pues entonces supongo que también sabrás que era agente de Umbrella, y que la mandaron a Raccon City con un único propósito: recuperar la muestra del virus, la única que quedaba intacta, aunque algo no salió sobre lo planeado. Los sentimientos la traicionaron, y llegó a dejar de lado su verdadera misión para ayudar a unos cuantos supervivientes que quedaban entre las hordas de zombis de la ciudad, en especial, a uno llamado Leon…

- Siempre lo he dicho – le interrumpió Wesker hablando con tono de sarcasmo -, los sentimientos son un asco, corrompen a la gente. Mírame a mí: ahora que ya no tengo soy invulnerable, poderoso, el soldado perfecto…

Y tras decir esto, se echó a reír a enormes carcajadas, como un demente. No sólo le divertía lo que acababa de decir, sino que la ignorancia de su compañero de filas parecía ser infinita. Ni siquiera lograba imaginarse que ni Ada ni él habían trabajado nunca en realidad para Umbrella, sino que eran agentes dobles.

Albert Wesker paró en seco de reír, y se inclinó hacia la mesa de nuevo, casi cayéndose de la silla, pero no prestó la más mínima atención a esa insignificancia.

- ¿Y qué…? – preguntó Wesker de repente con seriedad-. Supongo que ése no será el final de la historia, ¿no?. Empezaba a divertirme…

Nicholai entornó los ojos. Cada día soportaba menos a Albert Wesker y a su perturbada mente.

- No… - contestó Nicholai-. El caso es que tras ayudarles, no se conformó sólo con eso, sino que encontró la muestra, se la quedó, y huyó con ese tal Leon y dos supervivientes más, entre ellos, Sherry Birkin, de la que consiguió la muestra del G-Virus.

- No hubiese huido de no ser por mí… - murmuró Wesker casi para sí mismo.

- ¿Qué?

- Déjalo – contestó Wesker, consciente de que había pensado en voz alta-. Bien, ¿y cuál es el famoso plan?.

Albert Wesker comenzaba a impacientarse. No le gustaba esperar, y mucho menos allí. Ese lugar le ponía nervioso, y quería salir de ahí cuanto antes. Notaba cómo la sangre le hervía por las venas mientras permanecía en aquel lugar.

- Aquí está la localización exacta de nuestras pequeñas presas – le informó Nicholai, enseñándole algunas de las páginas del informe, que se encontraban extendidos sobre la mesa. Eran mapas, mapas con cantidad de localizaciones y coordenadas calculadas al milímetro –. Están a poca distancia de Raccon City, en una pequeña casa de campo – y le señaló la posición exacta.

- De acuerdo – dijo Wesker, desenfundando su reluciente Desert Eagle calibre 45, y acariciando el cañón con la mano-. Déjalo todo en mis manos. Me lo voy a pasar en grande…

- No tan rápido – le interrumpió Nicholai con tono sereno, pero prudente, levantando la mano como para pararle-. No es tan fácil como llegar y aniquilarlos. Nuestros superiores han organizado una especie de "partida de caza", y me han ordenado que vayamos también nosotros. Tú llevarás la voz cantante, pero nosotros te cubriremos las espaldas.

- Me gusta trabajar por mi cuenta, no en equipo – respondió moviendo el arma con impaciencia.

- Lo sé – continuó Nicholai-, pero las órdenes son las órdenes, y tú lo sabes.

- …

Wesker no contestó, y por un momento, Nicholai estuvo seguro de que iba a dispararle cuando alzó la brillante Desert Eagle hacia el frente, pero erró el disparo intencionadamente y fue a dar de lleno en uno de los cuadros de la habitación. En el retrato se podía ver a una risueña pareja de gemelos, y bajo la fotografía se leía: Alexia y Alfred Ashford. Tenían un semblante tan orgulloso, que Wesker se sentía asqueado, y decidió que aquel agujero de bala conjuntaba muy bien con lo que pensaba de ellos.

- ¡Manos a la obra! – exclamó por fin con un entusiasmo fingido, y se levantó al instante de su asiento.

- Espera un momento, Wesker – le detuvo de nuevo Nicholai-. Olvido mencionarte algo. La niña… Sherry. Ni se te ocurra hacerle daño. El jefe la quiere vivita y coleando, si ningún rasguño, ¿entiendes?. Al parecer, es de vital importancia para el desarrollo del nuevo virus. Bueno, creo que tú ya sabes de lo que hablo… El caso es que aún falta hacer algunas pruebas más…

Wesker asintió de mala gana, pero no llegó a salir de la habitación, al acordarse de que todavía no le había informado de las últimas noticias.

- Por cierto, parece que Jill, Barry y Carlos ya han salido arrastrándose de su agujero y han dado con Chris y el resto. Les he estado observando mientras hablaban. Lástima no haber podido matarlos en ese preciso momento.

- Carlos… - repitió Nicholai, como si ese nombre le repugnase-. Me encargaré de que no siga por mucho tiempo en el mundo de los vivos…

Wesker esbozó una sonrisa al ver su reacción. Nicholai era un soldado frío, pero todavía le quedaban unas cuantas "lecciones" para llegar a su nivel de carencia de sentimientos. Nicholai había sido integrante de uno de los grupos de fuerzas de contramedida de Umbrella (U.B.C.S.), junto con otros mercenarios, entre ellos, Carlos. Todos trabajaban para Umbrella, pero no todos perseguían el mismo propósito. Su falsa misión era salvar a los supervivientes que quedasen en Raccon City, pero en realidad, lo que Umbrella quería era que los exterminaran, ya que eran una prueba más de lo que allí había ocurrido. Él se había unido a esas fuerzas especiales tan sólo por la sed de lucha y sangre que corría por sus venas. Necesitaba acción para vivir, y ansiaba más que nada en el mundo encabezar ese grupo en lugar de Mikhail Victor, que en aquel momento era el teniente.

Carlos, en cambio, no tenía nada que ver con él. Era distinto. Un hombre al que no le importaba desviarse de su camino con tal de salvar una vida. Un hombre con ideales, pero en ciertas situaciones, los ideales mueren, como le había pasado a Nicholai. A diferencia de él, Carlos se había unido a los U.B.C.S. porque creía que podía ayudar a la castigada población de Raccon City, pero estos objetivos chocaban con los de Nicholai, y eso desencadenó una lucha entre ellos, que casi termina con su propia muerte.

- Es un cobarde – espetó finalmente con firmeza-. Desertó de su puesto en el grupo por ayudar a esa tan Valentine y a su amiguito, ese compañero de Chris Redfield: Barry Burton.

- Todos morirán – sentenció Wesker.

Volvió a caminar hacia la puerta del despacho, y antes de salir y sin ni siquiera volver la cabeza, preguntó:

- ¿Y qué hago con los demás?

- No los mates. Servirán de conejillos de indias. Sólo asegúrate de que no escapan. Y no olvides lo que te he dicho sobre She…

Nicholai no había terminado de hablar, cuando Albert Wesker salió por la puerta sin escucharle, como si tuviese prisa por salir de caza…

- Pero Carlos, tú eres cosa mía… - murmuró Nicholai para sus adentros.

/-/

Wesker, el gran Albert Wesker, demasiado orgulloso para seguir escuchando más órdenes, salió como una bestia huyendo, del despacho, y bajó apresuradamente las escaleras, casi sin rozar el suelo, como si levitase.

Al pasar junto a la entrada, vio al hombre al que le había propinado un puñetazo, y también pudo comprobar que le había roto la nariz. Sonrió satisfecho de lo que había hecho, y al pasar junto a él, vio claramente que se estremecía y daba un paso atrás. No paró de temblar hasta que Wesker no fue más que una sombra que atravesaba el umbral de la puerta de entrada. Otra cosa que hasta ese momento no había advertido, volvió a hacerle temblar, pese a que Albert Wesker ya se había marchado: habría jurado que sus ojos eran amarillos… O quizá sólo fuese el miedo…

/-/

Con la ayuda del GPS de su coche, Albert Wesker localizó las coordenadas del lugar al que debía dirigirse, y sin perder ni un segundo, puso rumbo hacia allí a una velocidad descomunal, dejando unas largas marcas de los neumáticos sobre el asfalto de la carretera.

Nicholai le siguió los pasos a los pocos minutos, dejando la protección de la mansión a cargo del desafortunado soldado al que Wesker había golpeado hacía un rato, un soldado llamado Frederick Jakes.


Qué les pasará a nuestros héroes ahora que Wesker va a por ellos?