Convivencia Explosiva

—Capítulo 4—

Algo tan simple, pero tan perjudicial


Parte 1

Hara Kazuya tocó dos veces la puerta y esperó paciente. Shintarō abrió pronto con un peluche cargado en la mano derecha; a su quizás futuro inquilino no le incomodó la excentricidad. Kazuya reventó una bomba de goma de mascar antes de ir directo al grano: la habitación en alquiler. Shintarō le mostró las instalaciones. La pieza era grande y estaba amoblada con un futón grande, un escritorio, dos estantes y un closet amplio; además contaba con baño privado. El negocio resultaba una ganga para cualquier burdo economista. Kazuya silbó ante tanta elegancia, había estimado pocos metros cuadrados a juzgar por el módico precio puesto en el periódico.

Shintarō era un desastre en los negocios, pero el dinero era el factor menos importante. Él necesitaba un acompañante por las largas horas que pasaba fuera del departamento. El polvo se acumulaba o los platos se quedaban sucios, y no había nadie que se preocupara por las pequeñas cosas hogareñas. Su carrera de medicina le demandaba todo su tiempo, llegando al punto de descuidar su hogar.

—O sea, ¿quieres que yo sea el encargado de limpiar? —preguntó Kazuya sin rodeos. Shintarō asintió.

—Veamos, creo que tú necesitas una muchacha del servicio.

—Puedo costear una empleada doméstica, pero nunca me ha gustado dormir con servidumbre. No es precisamente lo que me han inculcado en mi casa —aclaró—. Además, no quiero que limpies a diario. Yo tengo un programa de limpieza y solo necesito que tú te encargues de los vacíos por mis horarios.

—Ah, seguro eres el típico cerebrito de universidad —dijo. Shintarō no se incomodó, era una persona de ideas fuertes, sin contar que prefería la honestidad a la cara—. Está bien, puedo pasar trapo.

—Sí, pero ya sabes, no es hacer por hacer.

Shintarō sacó una pizarra movible donde estaba apuntado el ritual de limpieza y le explicó paso-a-paso cómo se debía barrer, trapear, desempolvar y lavar los servicios. Kazuya infló su goma de mascar otra vez y pensó algo poco amigable, pero cierto: el tipo de cabello verde tenía un serio problema mental.

—Ya entendí, amigo, ¿pero podemos hacer un par de cambios? —preguntó para cortarlo—. El lunes y martes se cruza con mi horario. Yo también estudio, aunque pocas horas en realidad.

—¿Qué estudias? Si se puede saber.

—Mecánica, me especializaré en dos ruedas.

—¿Qué signo eres? —cuestionó lo más importante de esa entrevista y se arregló los lentes.

—Cáncer, soy del 3 de julio. Yo no creo en esas cosas, pero si me beneficia ser Cáncer para ti, genial.

Kazuya lucía como un muchacho relajado, transparente. Su reputación en la escuela Kirisaki Daīchi no fue la mejor de todas, pero librado ya de ese ambiente, era una persona más auténtica. No demostraba lo que no sentía y hablaba sin tapujos; no se lo guardaba ni andaba con secretos tontos. Shintarō sonrió apenas, Hara Kazuya era un buen tipo después de todo.

"Como se esperaba de un cangrejo", pensó.

Shintarō carraspeó para llamar la atención de Kazuya.

—No mascotas y no ruido pasadas las once. —Shintarō le advirtió antes de aceptarlo como inquilino. Kazuya no replicó, hacía reuniones tranquilas una vez al mes o para motivos especiales.

—No te arrepentirás, raro ¿Y cuándo me puedo mudar, o primero te hago un giro o algo así?

—Preferiría en efectivo.

Kazuya sacó $240 exactos pagándole de inmediato, había recibido una muy buena comisión al arreglar un par de Harley-Davidson la semana pasada. Shintarō le preguntó acerca de su sustento económico si no trabajaba o no lo había mencionado. Kazuya le comentó que tenía un trabajo independiente como asistente técnico en un taller, aunque él no era el hijo de un don nadie. Kirisaki Daīchi era una escuela de familias pudientes y, en su mayoría, para hijos de grandes políticos.

Hara Kazuya pertenecía, en pocas palabras, a la alcurnia moderna japonesa, con varias oportunidades para entrar a las universidades de renombre, pero él prefería embarrarse las manos de grasas.

—¿Te apasiona lo que haces?

Kazuya miró las máquinas con interés, la lavandería estaba incluida en el contrato.

—No lo estudiaría si no me apasionara —contestó dándole unas palmadas suaves a las dos secadoras que había—. Son de buena calidad, amigo. Tienes buenas cosas aquí.

—Gracias.

—Eh, bueno, me voy por mi maleta y vengo entonces.

Shintarō aceptó y le entregó la copia de llaves, todavía tenía un par de horas libres antes de irse a la universidad. Kazuya salió del departamento dándole una última mirada a su nuevo hogar. Vivir a costa de sus padres ya lo estaba asfixiando, en cambio ese lugar se veía calmado como su tocayo cangrejo.


Parte 2

Un paquete de tostadas y un café cargado fue el desayuno de Shintarō, mientras repasaba los libros de medicina que vendrían en la práctica. Los toques de la puerta lo distrajeron, fastidiándolo, a Kazuya le había dado con qué entrar. Se arregló los lentes entre que abría la puerta. No esperaba a nadie más, fue una grata sorpresa la visita de Seijūrō, pero su aspecto tan desarreglado lo extrañó.

—Discúlpame por el desaliño, Shintarō, tuve una fuerte discusión en la mañana por culpa de Ryōta —dijo aún fastidiado—. ¿Puedo pasar?

El pelirrojo fue invitado, Shintarō no lo veía desde hace un par de años.

La imagen del refinado Akashi Seijūrō se fue al tacho al verlo con las agujetas desamarradas, algunos botones sueltos y la chompa mal colgada en el hombro: una apariencia bastante informal. Shintarō no lo juzgó, por lo que omitió sus nada-agradables comentarios.

Seijūrō tomó asiento en el comedor al ver una taza servida de café y varios libros, tampoco había ido con la intención de importunar. Shintarō se lo agradeció mentalmente, aunque por cortesía le ofreció una infusión que Seijūrō no rechazó, había corrido quince cuadras y no había desayunado.

—¿Puedo saber por qué estás así? —preguntó mientras servía en la taza un poco de agua caliente—. Luces agitado.

—Ryōta.

No existía otra palabra para describir su malhumor y el entredicho a las 8:45 a. m.

Aka-chin~~, ¿hoy no tienes clases? Aka-chin~~~ —decía Murasakibara con insistencia para despertar a su amigo— Aka-chin~~~~~.

Ah… ¿Atsushi? —Seijūrō frotó sus ojos para despabilarse— ¿Qu- qué haces levantado tan temprano?

¿Temprano? Pero si son las 8:30, Aka-chin ¿No vas a ir a la universidad?

Las 8:30 —Repitió incrédulo— ¿Qué? Pero si mi alarma no ha… —Seijūrō buscó con la vista su móvil— ¿Dónde está mi celular?

No lo sé~~, ¿vas a usar el baño primero o entro yo~~?

No… Úsalo tú, no seamos dos los impuntuales, Atsushi —contestó antes de salir del cuarto.

Seijūrō paseó por la sala, recordaba haber puesto su celular en la mesita de noche, no entendía qué había sucedido. Buscó entre los sillones y en el lavadero que fueron los últimos lugares que frecuentó minutos antes de irse a dormir. No lo encontró y estaba por estresarte. Había perdido una práctica calificada y la oportunidad de ir temprano a la casa de Shintarō. Si no se mudaba de allí, iba a terminar por salir su otra personalidad, y si su padre se enteraba de la mala nota, recibiría la reprimenda del año y una posible cárcel siendo de nuevo potestad absoluta de Akashi Masaomi por haber incumplido a su palabra.

"Si tú lo tienes, te voy a… Respira…", pensó Seijūrō para no entrar en crisis.

Un Akashi no se permitía un ataque de pánico. El pelirrojo entró a la recámara de los otros dos —ahora tres— y apretó el puño al ver su celular encima de la cama de Ryōta. Tragó duro y trató de irse sin buscar problemas, pero el malhumor le ganó. El pie izquierdo predominaba mucho en él.

Ryōta —lo llamó bastante fuerte. Ryōta se despertó de golpe, solía ser de sueño ligero— ¿Qué hacías con mi celular? —dijo enojándose cada vez más. Ryōta notó el enojo y se destapó para no enfurecer a su amigo—. Contéstame.

Quería copias de uno de tus contactos, me dio pereza regresar y por eso… pero ya está aquí, Akashicchi. No he husmeado nada, te lo juro.

¡Tendré un CERO por tu estupidez de coger mi celular, Ryōta! —El ruido despertó a Daiki, quien no se movió para nada al reconocer la voz—. No vuelvas a coger NADA sin mi permiso.

Lo siento… no es para tanto, tú siempre tienes buenas notas y no creo que-…

Ryōta, —Lo calló—, cuando vuelva quiero los 570 dólares que me debes. No me interesa si te tienes que prostituir para conseguirlos. Has querido que sea el "Akashi malo" y lo has conseguido con excelencia.

Daiki lo lamentó por su amigo. Seijūrō se fue de allí y se vistió apresurado para ir rumbo al departamento de Shintarō. La práctica estaba perdida, era un desperdicio de tiempo darse la vuelta por la universidad. Los profesores no le brindaban trato especial a nadie, por más buen alumno que fuese.

—Ya veo —Shintarō susurró—. Sabes que, me sorprendió enterarme de tu decisión de mudarte.

Seijūrō suspiró, no tenía intenciones de recordar la peor decisión de su vida.

Un lapso de silencio se instaló entre ellos. Seijūrō miró hacia su amigo y notó al mismo chico de lentes de la secundaria Teikō: el callado y excéntrico de Midorima Shintaro, quien hablaba sin caretas y con ese aire serio de siempre. Nada había cambiado en él, excepto la talla.

—Shintarō, ¿tienes algún problema conmigo que deba saber? —preguntó. No encontraba la conexión entre la ley del hielo móvil y esa situación de amistad.

—¿De qué estás hablando?

—Sé que eres una persona de pocas palabras, pero no me respondes ningún mensaje.

—Nunca me ha llegado un mensaje tuyo, Akashi. —Shintarō sacó su móvil, era el mismo modelo que utilizaba desde Teikō—. Seguramente debes haber estado enviando a mi antiguo número. —Seijūrō suspiró. Efectivamente era el mismo celular, pero solo por fuera—. He cambiado mi número más de dos veces por razones personales. Pensé que lo tendrías, como vives con Kise.

A Akashi Seijūrō, en ese preciso instante, le cayó un baldazo de agua fría en la cabeza por primera vez, hipotéticamente hablando. Y Ryōta no era garantía de nada para él, ni siquiera como convivientes.