Capítulo III
Enji Todoroki
Un dolor aquejaba su pecho. Se miró al espejo. Estaba listo, pero había algo molestándolo. No sabía que y ponerse a pensar en ello era inútil; tan solo era una corazonada. Ya casi era hora del discurso. Sería parecido al del año pasado y si todo salía bien y los Dioses se lo permitían, el año siguiente estaría en las mismas, repitiendo el mismo ritual. Respiro con profundidad, encarando el reflejo de su ya cansado semblante; el tiempo comenzaba a cobrarle la juventud con la cual había reinado por las últimas 2 décadas.
La pregunta de Shoto lo venía molestando desde la mañana: ¿En verdad había hecho algo para asegurar su lugar en la historia de la dinastía Todoroki? Recordó entonces a su padre, un hombre sabio y de carácter firme tan querido por su pueblo que cuando murió, decenas de miles de velas se iluminaron en su honor la noche del funeral, cuando fue quemado en una pira hasta hacerse cenizas...¿ocurrirá lo mismo cuando él se fuera también? Y lo más importante, ¿Shoto llegaría a ser un buen sucesor? Ese era su mayor miedo, tal vez el de cualquier monarca; muchas de las familias reales terminaban en la ruina por culpa de un eslabón débil. Iba a ser lo posible que ese no fuera el caso.
Tomó pues la corona frente suyo, postrada en una delicada almohadilla bordada y la puso en su cabeza. Era pesada, como las responsabilidades que conllevaban portarla. Luego, salió. Ahí estaba el príncipe, esperándolo con cara de pocos amigos.
—Veo que has decidido acompañarme— Expresó el monarca.
—Es un deber del príncipe heredero acompañar a su padre una vez cumplidos los 16 años durante el discurso de la paz — Contestó el muchacho— Sería insensato de mi parte no hacerlo.
Enji sabía que su hijo no disfrutaba para nada la cuestión social relacionada con la corte y no lo juzgaba; él también era pésimo en ella. "Algún día tendrá que ceder", pensó, haciéndole una venida para que lo acompañara.
—Shoto— El rey carraspeó—Me enorgullece que desees ser parte de las costumbres.
—Es un deber— Repitió el joven de la cicatriz— Tendré que hacerlo todos los años hasta el fin de mis días.
—Te sugiero que no lo vieras de esa forma—Contestó Enji mientras caminaba a la par del príncipe — Es de las pocas ocasiones en la cuales el pueblo nos ve tan cerca de ellos y viceversa. Será un momento especial.
—El pueblo no nos conoce, ¿cómo podría ser especial el ver a un par de extraños hablándoles con tanta familiaridad?— Shoto preguntó tajante, volviendo más dolorosas las punzadas en el pecho del mayor— ni siquiera nos conocemos bien entre nosotros.
Enji apretó los labios unos segundos, dejando salir un resoplido. Las campanas de la iglesia principal comenzó a sonar, anunciando que el momento había llegado— Cuando estemos en el balcón, sabrás de lo que hablo— aseguró y doblaron hacia la derecha, donde la entrada del balcón se encontraba resguardada por dos hombres de la guardia, quienes al verlos los saludaron con solemnidad, corriendo las cortinas para dejarlos pasar.
Una ovación de alegría se escuchó al verlos y Shoto se paró en seco. Esas personas emanaban un cariño incondicional; en sus rostros se podían distinguir sonrisas. Estaban contentos de verlo. Sus oídos se llenaron de dulzura y buenos deseos hacia él, su padre y el resto de la familia a pesar de no estar presente. Era abrumador y relajante a la vez, no sabía si le gustaba o no esa clase de atención, aunque terminó por asumir que era cuestión de acostumbrarse. Fue entonces cuando su padre alzó las manos y todos callaron.
— Pueblo de Ionad, — Dijo el rey con voz de trueno, bajando lentamente sus brazos hasta tenerlos en sus costados—no sabría cómo empezar a agradecer su asistencia al festival este año. Verlos reunidos aquí, bajo la sombra del castillo, brindándonos sus bendiciones solo me hace desear que todos esos buenos deseos se regresen multiplicados a cada uno de ustedes. Los Dioses han sido buenos con nosotros, siendo este año uno próspero en todos los sentidos posibles, gracias a la hermandad con nuestros reinos vecinos y clanes. Este festival de Herfst es especial, hoy se cumple un siglo de paz en Áit. Hemos sido bendecidos por sus Altezas Celestiales al dejarnos vivir en una época próspera y tranquila, ¡Que nuestras plegarias lleguen hacia Ellos y nos continúen brindando más años de paz entre pueblos! — Los gritos de euforia no se hicieron esperar — Sin embargo, quien se siente agradecido soy yo, al tener un pueblo tan trabajador y honesto y tener la oportunidad de compartir este momento con mi hijo, Shoto. Me inclino ante ustedes, prometiendo, si los Dioses son misericordiosos, dar mi vida como lo han hecho para nosotros— y en un acto de lo que el príncipe consideró innecesario, el monarca se inclinó ante sus súbditos, recibiendo una oleada sonora de gritos y aplausos que de pronto se convirtieron en cánticos. Enji permaneció unos momentos en esa posición, cerrando los ojos, dejando que las voces acariciaran sus oídos antes de volver a incorporarse— ¡Que pasen una buena noche!
Shoto se estremeció al ver el primer fuego artificial explotar en el cielo, iluminando por un segundo su rostro y el de los presentes, seguido de un segundo y un tercero lanzados al mismo tiempo, pareciendo formar dos enormes crisantemos al estrellarse contra el manto nocturno. La multitud permanecía en silencio, embelesada con el espectáculo. Entonces una cuarta explosión ocurrió, más no hubo destellos coloridos. Comenzaron a escucharse gritos lejanos y no eran precisamente de júbilo.
El rey frunció el ceño, asomándose por el balcón para ver lo que ocurría. La gente comenzó a moverse, pareciendo un mar picado. Algunos apuntaban al cielo y eso le hizo dirigir su atención hacia allá. Lo que vio le dejó helado. Eran por lo menos media docena de alimañas traídas a la vida desde las peores pesadillas, enormes y deformes, volando y yéndose en picada con una rapidez tal que hubiera alejado la valentía hasta del caballero más valiente.
—¡Rápido, adentro!— Le gritó a su hijo al ver como una de esas cosas iba en dirección a ellos, con sus malignos ojos negros resplandeciendo cual ónix extraído de las entrañas del averno.
