Antes de nada, gracias, gracias y más gracias a la gente que se molestó en enviarme reviews :$. Ahora sí, dejo el cuarto capítulo. Muchas gracias por leer ^^


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LUZ DE LAS ESTRELLAS

Capítulo 4: Señuelo

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Gaara nunca había pensado en su muerte.

Siempre le había parecido que aquéllo estaba demasiado lejos aún. De algún modo, se sentía ciertamente inmortal. Se alimentaba de su amor propio, de su egoísmo. Por eso era fuerte. Nunca nadie había cuestionado aquel enorme muro que lo protegía del mundo real, ése en el que se negaba a vivir.

Pero aquellos traslúcidos ojos lo miraban, desafiante...

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Gaara se había quedado clavado en el sitio al comprobar la existencia de aquella chica. A diferencia de lo habitual, su cerebro comenzó a atosigarlo a un ritmo endiablado. No sólo se sorprendió a sí mismo nervioso; en realidad, estaba temblando. Y comprobó que era aquella quebradiza presencia la fuente de todos sus extrañas reacciones.

Por supuesto, la parte más cuerda de su mente no había olvidado su pregunta. En vez de responder, Gaara dirigió una intensa mirada a la chica, que ahora desviaba sus ojos hacia el suelo mientras se ruborizaba sutilmente. El pelirrojo reprimió una sonrisa desde su interior, y a continuación se acercó decididamente hacia ella.

Avanzó con largas zancadas y se detuvo cuando se encontró a su lado. La joven se puso tensa, él lo notó. Fue por eso que le habló lo más amablemente que pudo:

- Entra – le dijo, mientras abría la puerta y salía fuera.

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El pelirrojo iba a necesitar muchos cigarrillos.

Se dirigió hacia las baratas sillas que cercaban la vieja mesa de plástico que solían utilizar durante el verano. Se sentó torpemente en una de ellas, casi haciéndose daño. Pero no importaba. No al menos cuando su histeria lo estaba consumiendo. Acercó de nuevo el cigarrillo a sus finos labios, percatándose instantes después de la fatídica pérdida. Su encendedor no estaba, y su hasta ahora impertérrita calma también lo estaba abandonando. Pero es cierto que a veces la suerte lo acompañaba.

- ¿Buscas algo como ésto? - se burló su hermano.

- Puede ser – contestó Gaara con impaciencia.

Kankuro se acercó a él para darle fuego. Sobre la mesa depositó el susodicho encendedor, así como un paquete de cigarros y un cenicero. Gaara lo miró, desconcertado.

- Te los olvidaste en mi casa la última vez que nos vimos. Al menos podrías darme las gracias de haberlos conservado... - resolvió su hermano, orgulloso de sí mismo.

- Gracias – respondió muy secamente el del pelo rojizo.

Kankuro tomó asiento a su lado con intención de conversar con él, aunque sabía que eso iba a ser complicado. Su hermano no era demasiado hablador, y menos con él. Decidió probar suerte de todas formas.

- ¿Qué tal te fue ayer? He oído que había mucha gente... - dijo, amablemente.

Pero Gaara no se encontraba allí en aquel momento. Su mente viajaba por terrenos que nunca antes había explorado. Lo asoció un poco al éxtasis que experimentaba sobre el escenario, aunque se quedaba corto. Era como mezclar alcohol y violencia, en sus puntos más extremos. El pelirrojo sonreía en lo que parecía una horrible mueca.

- Bueno, si no quieres hablar no pasa nada – manifestó su hermano mayor -. Al menos deberías entrar. Temari se pondrá furiosa si no te ve por allí en un buen rato.

Kankuro se levantó de su asiento, con dirección a la puerta principal. Cuando estaba a punto de poner un pie en el interior de la casa, sintió una voz punzante a su espalda:

- ¿Cuál es el nombre de la chica que acaba de llegar? - ordenó a modo de "amable" pregunta.

El aludido se detuvo un momento. No sólo era sumamente extraño que su hermano le preguntase el nombre de nadie, sino que lo hacía sumido en aquel extraño trance que a veces lograba asustarlo. Decidió responderle, pues era la opción con menos consecuencias.

- ¿La chica del pelo azulado y ojos claros? - inquirió Kankuro. Al no obtener una confirmación por parte de su hermano, prosiguió-. Creo que se llama Hinata.

- Así que Hinata... - musitó Gaara, dibujando aquel nombre en su mente.

"No sabía que algunas drogas tuvieran nombres tan hermosos", pensó.

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El salón desbordaba ruido. Alguna que otra escandalosa carcajada se erguía por encima de los altos decibelios a los que Gaara ya se había acostumbrado. Aunque en realidad, no le importaba mucho.

Su atención tenía un irrevocable objetivo. Sus ojos estaban devorando a la esbelta chica que se sentaba en una de las esquinas de la gran mesa. Desde el sofá podía percibir todos sus gestos, y podía dar fe de que los analizaba todos. Absolutamente todos.

En un momento, ella se dio cuenta. Sus ojos lo hacían caer sin fin siempre que los colocaba sobre los suyos. Ella le sonrió, haciendo que Gaara desviase la mirada con gesto fastidiado. Se sentía un poco cruel hacia ella con aquellos ásperos gestos, pero la verdad era que no sabía cómo reaccionar, pues nunca antes se había sentido así.

El sueño se apoderó de Gaara. Se acomodó en el confortable asiento y se dispuso a navegar por los confines de su subconsciente.

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Gaara se encontraba en un enorme barco. El mar rugía de rabia. Prueba de ello era que muchas de aquellas hambrientas olas chocaban con su cuerpo, en la cubierta. Lo golpeaban fuertemente, casi haciéndole perder el equilibrio. Se encontraba solo, ante aquel abismo de la naturaleza. Por alguna extraña razón se fijó en un punto en el horizonte.

Envuelta en un resplandor níveo, símbolo de total pureza, se encontró con el rostro de la chica que acababa de conocer. Aunque las sensaciones que experimentaba eran fruto de un ficticio contacto mucho más intenso y largo que el de aquella tarde.

Ella, desde aquel marco blanco le sonrió. Instantes después, se desvaneció, al mismo tiempo que su sueño se desvanecía también.

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Entrada la noche, Temari llamó la atención de su hermano. El pelirrojo se levantó del sofá del que se había apoderado para seguirla a donde fuera que lo estaba llevando. No perdió oportunidad de echarle una última ojeada a aquella chica que parecía existir bajo el nombre de Hinata. Ella se dio cuenta del gesto, por lo que se sonrojó.

Gaara sonrió.

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Temari lo llevó a la cocina.

El muy... (ella ya no sabía cómo llamarlo) se había quedado dormido en su fiesta de cumpleaños. Ya sabía que era mucho pedir que se comportara como una persona normal, pero al menos estaría bien que se hubiese sentado con el resto de invitados en la mesa. Se lo reprochó un poco indignada, a sabiendas de que la actitud de su hermano no cambiaría en absoluto.

- ¿Cuándo piensas crecer? - le preguntó irritada.

- Temari, sabes bien que no me gusta rodearme de imbéciles... ya sabes lo que se dice, que todo se pega – dijo vacilón.

- ¡Gaara, por Dios! - gritó-. ¿Es que acaso no puedes ser un poco considerado con tu hermana? - le rogó.

El pelirrojo se le acercó, dándole un tierno abrazo para calmarla un poco.

- Lo siento – se disculpó, a sabiendas de que la había herido-. Está bien, me uniré a esos amigos tuyos tan "guays" - se burló sonriente.

- Oh, ¿va en serio? - dijo sarcástica ella.

- Sí, pero tengo una condición – dijo él, enigmáticamente.

- ¿Una condición? - preguntó Temari extrañada, separándose de su tosco abrazo-. A ver, ¿qué desea el señor esta vez?

Gaara hizo una pausa, para aumentar su atención en él y bañarse un poco más en egocéntrica satisfacción. Seguidamente, disipó la curiosidad de su hermana.

- Quiero que me sientes al lado de Hinata.

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Temari entró de nuevo al salón acompañada de su hermano pequeño. No fue poca su sorpresa ante aquella extraña petición, pero decidió acceder a sus deseos. Era la mejor opción.

Acercó una silla a una de las esquinas de la mesa, justo en la que se encontraba Hinata. Temari no mantenía mucha relación con ella, pues en realidad era amiga de su amiga Sakura. La observó un momento, preguntándole amablemente:

- Hinata, ¿te importa que siente a mi hermano a tu lado? La verdad es que no hay muchos sitios libres... - se justificó.

La chica en cuestión se sonrojó ligeramente, pero mantuvo su voz firme al contestar.

- Oh, por favor – respondió ella, apartándose un poco a un lado.

- Muchas gracias – le contestó la rubia con una enorme sonrisa con la que ocultaba su preocupación, pues no sabía qué estaría tramando su hermano con aquello.

Gaara observó divertido la escena. Se fijó en su expresión muy detalladamente. Al parecer, no le molestaba su presencia a una distancia tan corta. Bueno, ya lo comprobaría...

Gaara avanzó con pasos cortos y seguros, por encima del bullicioso ambiente. La gente reía mientras contaba estúpidas anécdotas que al pelirrojo le importaban más bien poco. En un instante, el tiempo pareció detener su curso. Alargó un brazo y tiró de la silla hacia sí, para acomodarse correctamente. Pasó al lado de la chica, rozando sus ropas, y sintió al instante una corriente eléctrica que los envolvía a ambos. Se sentó educadamente, y la mirada del chico se perdió en un lugar indefinido del comedor. No estaba seguro de lo que debería hacer a continuación, por eso decidió cavilar durante unos minutos antes de actuar.

El alboroto no afectaba a Hinata, que se hallaba abstraída de aquel alegre y jubiloso entorno. Parecía estar recluida, como si en verdad no perteneciese a aquel sitio. Gaara la vio esbozar alguna que otra sonrisa, en respuesta a varias de las tonterías que soltaban los amigos de Temari.

El pelirrojo sacó su tabaco y se dispuso a encender un nuevo cigarrillo, cuando repentinamente una dulce voz lo detuvo.

- E-eh... Creo que esto es tuyo – dijo tartamudeando un poco la chica sentada a su lado.

La mirada de Gaara, que se encontraba escudriñando un punto infinito en la sala, se fijó de pronto en la menuda mano que le tendía su perdido encendedor. Su boca se entreabrió en un gesto de sorpresa. Poco a poco sus ojos fueron ascendiendo por el brazo desnudo de la chica. Su cuerpo se quedó inmóvil, totalmente aprisionado por el suave sonar de aquella voz. Fue entonces cuando asaltó el rostro de la joven con sus ojos, y articuló con voz vacilante:

- Hinata...

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Gaara sabía con certeza que su voz enrabietaba al público. Conocía los poderes de aquel estridente sonido que formaba parte de su ser. Su forma de hablar profunda y despreocupada, a la par que egoísta, conseguía sacar de quicio a muchas personas: generaba odio en ellas.

Pero lo que él verdaderamente desconocía era que aquella voz también podía ser amada.