Capítulo 4
Tris
David había prohibido visitar a la chica que Matthew y yo habíamos salvado. Algo me decía que la conocía, que sabía quién era y no parecía bienvenida a cualquier sitio en el que estuviera él.
No estaba dispuesta a acatar esas órdenes sin una razón justa así que me estaba dirigiendo al despacho de David cuando ocurrió: giré la esquina y una sombra veloz me empujó contra la pared con una fuerza brutal. Esa sombra era una chica, una chica joven, no tardé en reconocerla. Pero ella no se detuvo, solo me había golpeado para apartarme de su camino y seguir corriendo. Vi entonces, corriendo más lentos, a un grupo de hombres y mujeres vestidos de azul oscuro.
-¿Qué ha pasado?-inquirí.
-La chica-respondió la enfermera que nos había informado de su estado antes-Se ha escapado, despertó y saltó sobre David, le golpeó y salió corriendo. Es tan rápida que ni mi compañero ni yo pudimos detenerla.
-Yo la atraparé-aseguré.
Esos últimos días había tenido tanto tiempo de memorizarme los pasillos y accesos del Departamento que sabía cómo bloquear el camino de la fugitiva. Di varias vueltas por los pasillos y me encontré con George, pistola en mano, haciendo guardia, seguramente no se había enterado del escape de la misteriosa muchacha. Le arrebaté la pistola con un movimiento rápido y seguí corriendo.
-¡La necesito!-grité desde la distancia.
No tenía tiempo de pensar en mis traumas así que agarré con decisión la pistola y me dispuse a interponerme entre aquella muchacha y la salida. Di un último giro y me coloqué frente a la puerta. Al momento apareció por el pasillo, corriendo tan rápido que cuando me vio alzar el arma y frenó en seco sus pies desnudos resbalaron por el suelo, provocando un sonido agudo que me pitó en los tímpanos.
-Ni un paso más-dije apretando los dientes.
Hasta ahora no había podido ver el color de sus ojos, en ese momento reflejando sorpresa: mezclaban el castaño claro y el verde, dándole una extraña tonalidad dorada. Fue en ese momento cuando me convencí que la conocía.
-Tú…-musitó la muchacha.
-¿Quién eres?-inquirí.
Ignoró mi pregunta.
-¿Eres la hija de Natalie?-preguntó con la tensión palpable en la voz.
-¿Qué sabes de mi madre?-exclamé, alzando aún más la pistola, furiosa.
Esperé ver temor en sus ojos, furia, cualquier cosa menos lo que sucedió en realidad: de repente, empezó a reírse, primero disimuladamente, y más tarde a carcajadas. No sabía si se había vuelto loca o había alguna razón para que se riera de esa manera. Entonces aparecieron los hombres y mujeres que la habían estado persiguiendo. Perplejos quedaron al ver a la muchacha reír. A los pocos segundos, paró y se volvió hacia el grupo que había tras ella.
-Podéis encerrarme si queréis, siempre y cuando pueda hablar después con Beatrice.
¿Cómo sabía mi nombre? Esta muchacha empezaba a asustarme.
-¿De qué me conoces?-grité.
Mientras le ponían unas esposas giró la cabeza hacia mí con una sonrisa.
-¿No sabes reconocer a los parientes cuando los ves?
