Renuncia de derechos: Trama y algunos personajes son míos, por lo que me reservo su uso. Harry Potter y su universo… ya lo saben, J. K. Rowling es dueña de todo.

Advertencia: El presente fic no sigue al canon debido a que está ligado a la Saga HHP, escrita por su servidora antes de la publicación de HP6 y HP7; por lo tanto, no se aceptan comentarios malintencionados sobre personajes y/o situaciones que Rowling jamás escribió.

El presente texto participa en el Reto Semi-anual "Más allá del epílogo", del foro "Hogwarts a través de los años".


Planteamiento.

El futuro es algo que cada cual alcanza a un ritmo de sesenta minutos por hora, haga lo que haga y sea quien sea.

(Clive Staples Lewis)

—¿Esperamos a alguien más, señor? —inquirió Truman.

—Ah, sí… Casi lo olvidaba.

Moon no dijo más, por lo cual Truman y Theodore intercambiaron una discreta mirada. Aunque muchos fuera del departamento viera a los inefables como "misteriosos" o "extraordinarios", no se imaginaban las toneladas de paciencia que se necesitaban para tratar con veteranos como Moon, tan enfrascados en sus investigaciones como para fijarse en el ánimo de la gente a su alrededor.

En ese momento, la puerta de acceso se abrió, asomándose primero la coronilla castaña de una persona de baja estatura, que resultó ser una mujer joven, de rostro en forma de corazón y grandes ojos marrones, cuya túnica llamaba la atención al ser azul con un bordado rojo en la parte baja, el cual recordaba a una enredadera.

—Buenos días —saludó ella, esbozando una de las sonrisas más abiertas que Theodore hubiera visto en la novena planta—. Mucho gusto, soy Orla Creevey —se presentó, tendiendo la diestra.

—Leanne Truman, encantada.

—Theodore Nott.

Orla Creevey mostró sorpresa por el apellido de Theodore, pero no temor. Tras un instante de duda, también estrechó su mano, cosa que él tomó como buena señal. En ese instante, el apellido de ella le fue familiar, aunque ignoraba la razón para que le causara cierta incomodidad.

—Creevey estuvo trabajando hace poco en Espacio —informó Moon de repente, llamando la atención de los presentes—. El proyecto en el que participaba concluyó, por lo que preguntó si aquí teníamos algo. ¿No es así?

A juzgar por la mueca de Moon y la turbación repentina de Creevey, Theodore supo que había algo allí que él y Truman aún no sabían.

—Sí, señor —respondió finalmente Creevey, agachando la cabeza un instante, antes de erguirse y mostrarse animada al agregar—. Oí que aquí necesitaban ayuda.

Theodore arqueó una ceja. Si su apreciación era correcta, aquella mujer estaba poniendo en su lugar a Moon por algo que no alcanzaba a comprender. Eso era tener agallas.

—Veamos si sus ideas son buenas, Creevey. De momento, observará la prueba de un prototipo de giratiempo en el que hemos estado trabajando.

A la vez, Theodore y Truman volvieron a intercambiar miradas, esta vez con un deje de hartazgo. Si Moon había hecho algo en ese proyecto era gruñir con cada fallo y restarle importancia a cualquier mínimo progreso que no hubiera salido de él.

—No hay problema, señor. ¿Le molesta si tomo notas? Quiero irme familiarizando con el trabajo.

Moon asintió, apenas mirándola, para luego hacerle señas a Theodore para que iniciaran. Él obedeció, sin quedarle más remedio.

Se dirigió a una de las pequeñas oficinas detrás del Reloj Cíclico, echándole un vistazo al artefacto que en nada se parecía a un reloj de arena ordinario. En la oficina, guardado bajo numerosos hechizos de contención y seguridad, se hallaba un reloj de arena real, de color plateado y cuyo relleno eran granos minúsculos de un blanco inmaculado, casi inverosímil. Sujetando el reloj con cuidado, Theodore volvió sobre sus pasos y se encaminó a un punto considerablemente retirado del Reloj Cíclico, para evitar cualquier percance.

—¿Cuánto debe retroceder esta vez, señor? —quiso saber Theodore, mientras Truman sacaba la varita y Creevey acomodaba sus cosas en la mesa más cercana, preparada para escribir.

—Una hora, Nott.

—De acuerdo, solo necesito un sujeto de…

—Ya es momento de hacer pruebas más contundentes. Cuélguese eso.

A aquellas palabras siguió un largo silencio. Las dos mujeres miraron a Moon con pasmo, para luego lanzar veladas y mudas advertencias a Theodore.