Caminando por el bosque lo único que se escuchaba eran sus pisadas aplastando las hojas secas victimas del otoño, iba de camino a la base.

¿Cuánto llevaba en ese lugar? Ya hacía más de medio año, pero sentía que había pasado apenas una semana y, al mismo tiempo, sentía que llevaba una eternidad.

Podía percibirlo en todo su ser. Podía sentir su cabello crecer, sus huesos moverse a través de su piel rodeados de músculos siempre tensos y su corazón palpitando como la cosa más normal del mundo. Su cuerpo era tan complejo que le fascinaba el sólo poseerlo y sentir toda clase de nuevas sensaciones desconocidas. Incluso durante un tiempo llegó a sentir fascinación por el dolor de sus caídas y demás heridas, pero pronto perdió el gusto por ello y comenzó a tener el cuidado apropiado para su contenedor. Bueno, Bill seguía con aquella fascinación al dolor.

Ya casi llegaba, estaba a menos de unos cuantos metros más.

Su hermana había ido a una Fiesta de Pijamas con sus nuevas amigas adolescentes, un par de muchachas bastante raras y simpáticas. Para ella siempre parecía fácil el encajar en todo lugar. Siempre sonriendo, siempre saltando, siempre alegre, siempre viva.

A lo lejos vislumbró una cabellera color negro brillante, muy probablemente se trataba de Bill.

Sus rutinas se estaban volviendo cada vez más y más naturales entre ambos. Entre todos.

Por la mañanas iba a la vieja tienda de regalos en la que trabajaba Mabel para ayudarle, después iba a comer con su hermana y su nuevo amigo Soos, un muchacho muy amigable que conoció gracias a Mabel y la imposible tarea de sacar dulces de la vieja máquina despachadora, después se encontraba con Bill y no regresaba hasta ya muy tarde. Incluso muchas veces no regresaban a sus respectivas casas por estar el uno con el otro.

— Ya llegaste –dijo Bill, pero no le miró por tener la mirada pegada al diario que ambos habían construido, dibujaba con gran empeño algo parecido a un rostro con enormes dientes y cabello de pinos. Estaba sentado en el viejo sillón frente al televisor con la piernas extendidas a todo lo largo del sillón.

Muy observador, Watson.

No debí de haberte mostrado esa película. Estas obsesionado.

¡Vamos, Bill! ¡Es asombrosa! –recogió la bolsa de papas olvidada en el piso sucio de la cueva para acomodarse junto a su mejor amigo –. Toda esa deducción es asombrosa, todo su método de investigación y observación. Su método era prefecto y preciso.

— Sí, muy bonito –Bill se reincorporó e hizo crujir los huesos de la espalda, ouch –, chico, dime ¿a dónde quiere ir hoy? Según mi investigación, en la colina, se esconde un Multi-oso enorme.

— ¿Multi-oso? –se cuestionó curioso, más que eso. Aún faltaba saber tanto de aquel mundo.

— ¡Sí, un Multi-oso, sordo! Hazle una revisión a tu aparato hecho de carne y cartílagos que, se supone, te ayudan a escuchar, se nota que necesitan un buen ajuste.

Rodó los ojos, sonriendo, y se acomodó mejor junto a Bill.

—El punto es –continuó su amigo –que dicen que es una fiera bestia que tiene varias cabezas de oso a la vez, algunas hablan incluso. Enemigo mortal de los Hombretauros –empuñó su bolígrafo de modo triunfal y Dipper se carcajeó –y está sólo unos cuantos metros por encima de nosotros refugiado cerca de una cueva junto al claro.

—Eh… no lo sé.

Algo que no podía decirle a Bill era que, desde hace poco, había comenzado a sentir cierto temor humano a las criaturas de aquel extraño pueblo, un miedo ciego que se moría por dar a conocer… Pero se lo calló, limitándose a hacer una mueca.

— ¿No estas convencido, eh? ¿Qué te parece buscar la Isla Flotante? He escuchado que es genial. Reuní un par de declaraciones de los habitantes de este estúpido pueblo, pero no fueron de mucha ayuda, bola de bolsas inútiles de pellejo. Dicen que se han encontrado enormes dientes a las orillas de la zona de pesca, y es cierto: lo he comprobado por mí mismo, Pino. Es real.

Bill le tendió el diario distraído mientras se ponía de pie. Algo que Dipper había observado mucho era el hecho de que su mejor amigo muchas veces se perdía en lapsos.

Dipper escribió distraído: "Criatura # 202:

Diente gigante ¿EXISTE UNA CRIATURA debajo de la isla? ¡UN DOLOR DE CABEZA GIGANTE!

No hay otro lugar en el que preferiría estar en Gravity Falls que el lago."

El azabache tomó asiento junto a él, volviendo en sí, le dedicó una sonrisa torcida y una de sus mejores miradas incrédulas, sin realmente burlarse. A Dipper le encantaba ver a Bill sonreír.

— ¿Y qué te parece la idea? Tentadora, ¿no? –dijo Bill. Ah, la cara con grandes dientes era una ilustración de la Isla Flotante.

— No, lo que quiero ahora es pasar una tarde llena de ocio acompañado de mi mejor amigo Bill Cipher, ¿a ti no?

—A mí también me gustaría pasar la tarde con Bill Cipher, ¡es tan genial! –él le golpeó en el hombro sin realmente querer hacerle daño.

Bill torció los labios un poco con el diario entre las manos, pero accedió rápidamente.

—Bien, pero nada de Sherlock Holmes, capisci?

Bill definitivamente era bilingüe.

— ¡Pero, Bill…!

La tarde pasó tan rápido que el tiempo no alcanzó a ser medido con relojes, sino con risas, bromas, películas y palomitas.

— Oh, ¿en serio? –se lamentó. Dipper reviso por mera costumbre su reloj para encontrarse con que ya eran más de las ocho de la noche y el sol se había puesto desde hace mucho.

Bill estaba totalmente recostado en la, reciente, alfombra adquirida. Había sido una muy larga sesión de películas y juegos en la consola del azabache.

— ¿Qué hora es, Pino? –antes de respondiera interrumpió y dijo muy seguro de sí–. No me digas: faltan veinte minutos para que den las nueve, a que sí.

—Vaya, eres muy bueno.

—Obviamente soy bueno. Soy un dios, puedo decirte lo que sueñas y lo que piensas si quiero.

A Dipper nunca le agradaban ese tipo de comentarios de parte de Bill. Dipper sabía que sólo había un dios en todo el universo y ese era el Todo Poderoso, pero no se atrevía a decírselo a Bill.

—Lo que tú digas. ¿No tienes que ir a casa ya?

—No. Mis tíos nunca están en casa y no es como si les importara qué es lo que haga o dónde este. Puedo hacer lo que se me dé la gana y a ellos no les importara.

—Ya veo –Dipper torció el gesto con algo de preocupación. El joven frente a él parecía no ser afectado por la falta de atención en su casa.

—Lo sé, hablo como el tipo de niño abandonado, pero no soy así. Se valerme por mi mismo y, sin mis tíos reprochándome todo, tengo total libertad. No lloro por las noches aferrado a una almohada preguntándome por qué no estoy con mis padres y siendo molestado en el colegio. Oh, no –dramatizó, aunque más bien se estaba exaltando mucho –, pobre niño, deberíamos ayudarlo a adaptarse. Oh, mira, saca sobresaliente en todo pero es introvertido. Oh, ¡míralo! Come su almuerzo solo. Pobre, pobre, chico.

Dipper se había pegado tanto al sillón al comenzar a escuchar la perorata de su amigo que casi se fundía con el sillón. Yo jamás he dicho nada de eso, murmuro bajito. Bill se tranquilizó un poco y desacomodo su cabello siempre pulcro.

—Ugh –se quejó Bill –. Olvídalo, Pino. He escuchado por tanto tiempo ese tipo de cosas que no sería nuevo si comenzases a creer eso.

—Yo jamás he dicho nada de eso –repitió.

Silencio… Silencio… Silencio...

Luego risas estallaron y resonaron a todo lo largo de la cueva, creciendo cada vez más por el eco.

De la charla no se dijo nada más. Ni incomodó ni alteró, simplemente se quedó resguardada muy en el fondo de las memorias de ambos. Finalmente ambos se quedarían a una Fiesta de Pijamas Varonil, recalcando lo último.

—Me preguntó que estará haciendo Mabel ahora –dijo Dipper.

Ambos con bolsas de dormir; Bill en la alfombra y Dipper en el sillón. En el exterior se escuchaban aves nocturnas ulular tranquilas y otros seres que disfrutaban de la vida cuando el sol se ocultaba. Ya no me dan tanto miedo, pensó aliviado.

—Seguramente está riendo como loca con una de esas revistas para adolescentes o haciéndose trenzas o cantando en un karaoke improvisado.

—Sabes mucho de fiestas de chicas, Bill –se burló. Bill le propino un almohadazo bufando.

—La envidia está hablando por ti, Pino. Duerme ya.

No necesitaba dormir, él quería seguir conversando con Bill, pero su amigo se veía realmente cansado y soñoliento (y muy irritado, pero eso era cosa de todas las noches).

Se acomodó en su saco y miró con más detenimiento el saco de su compañero. Bill dormía incluso con una leve sonrisa retorcida en los labios, burlándose de sus sueños y de los ajenos.


Dipper se quedó mirando la puerta ante que se alzaba amenazante, enorme, estoica frete a él.

Leyó con cuidado.

Cipher, 7135

El buzón era tal y como se lo habían descrito. Amarillo y triangular, tan irónico como era posible. El chico se aferró a la valla blanca estilizada que protegía la casa (con desconocidos signos de color azul dibujados por todas partes). En el patio había miles y millones de trozos de cemento desprendido de color amarillo, rocas de extravagantes colores, plantas de extrañas formas y colores y triángulos de vidrio de distinta tonalidad colgados en las ramas de los árboles más raros que había visto.

— ¿Te vas a quedar ahí todo el día, niño? No poseemos la paciencia como para esperar a que termines de mirar nuestro jardín con la boca abierta de esa forma, te vas a dislocar la quijada –declaró Bill en la entrada de su casa –. Yo sé que es asombrosa, pero de verdad nos estamos muriendo de hambre aquí dentro. Entra ya.

Dipper lo hizo.

Su casa era aún más impresionante. Por dentro muchos Atrapa Sueños estaban colgados encima de la entrada de la puerta.

—Vaya, bonita casa, Bill –apenas logró decir.

—Sí, creo que sí –dijo, dejando que Dipper pasara a la cocina –. Te presento a los señores Quadratum, que lo ridículo de su apellido no te engañe, son los seres inferiores que se aprovechan de la casa heredada de este pobre huérfano.

—Mucho gusto, Dipper –dijo la mujer, quien al parecer hizo caso omiso a lo dicho por su sobrino, de ya canoso pelo y ojos azules. Bastante bonita para la edad que se le calculaba con la mirada –. William nos ha hablado mucho sobre ti.

—Oh, qué cliché –se lamentó el nombrado sentándose de mala gana junto a Dipper. Azotó la cara en la mesa con un largo quejido que hizo al ángel sonreír.

—Mm… El gusto es mío –contestó con amabilidad, también algo de nerviosismo, y extendió la mano por encima de la mesa para saludar la mujer. Eso había leído que se debía hacer para mostrar buenos modales. Gracias, Mabel.

El hombre, a comparación, parecía rudo y estoico, con cabello blanco, barba y un cebero ceño fruncido que contrastaba con lo pacifico de la mirada color verde que poseía.

—Abasi Quadratum –estrechó la mano con fuerza –, un placer.

—Dipper Pines, señor. El gusto es mío, les agradezco mucho su invitación.

—Sí, comamos de una vez. Pareciera que en mi interior un montón de murciélagos están peleando para decidir quién será el primero en comerse lo que queda de mi estómago –Dipper sonrió.

La calidez de la casa era sorprendente para la forma en la que Bill actuaba, parecía que nada le faltaba y vivía en un ambiente cómodo y muy familiar. Él no podía decir mucho sobre la comida, se había acostumbrado tanto a comer cualquier cosa que le dijeran que se comía y era capaz de devorarla sin chistar. Papas, carne, agua, papas, agua, carne, papas y el ciclo se repetía sin falta. Catorce veces se debe de masticar, no quería ahogarse.

La comida fue callada, muy callada, sólo se comió y cada quien soltó un par de comentarios meramente corteses y con el fin de pasarla lo más ameno posible, aunque Dipper no dejaba de mover las piernas con nerviosismo por debajo de la mesa.

— ¡Deja ya de hacer eso! Me estas desesperando, te arrancare las extremidades si no te quedas quieto, chico –amenazó Bill en una ocasión mientras le pateaba la espinilla con el talón.

Dipper soltó un chillido disimulado por beber agua y se relajó.

— Gracias por la comida, señor y señora Quadratum –dijo al término de la cena con un buen helado de limón como postre, el hombre le sonrió un poco y su esposa le despidió con la mano y una muy bonita sonrisa en los labios.

—Hasta mañana muchachos, procuren no desvelarse mucho.

—Bien, bien –Bill sonrió de oreja a oreja. Obviamente iban a desvelarse y él se sentía terrible al mentir, pues miraba a todos lados retorciéndose las manos y moviendo la mirada constantemente, Bill le dio un codazo y ambos subieron al tercer piso de la casa de Bill, donde se suponía que debía de estar su habitación.

Era una habitación muy humilde con solo una cama, escritorio, librería y un closet.

—No me gustan los espejos –dijo el azabache de pronto mientras se tiraba de cara en la cama –, dicen que los espejos permiten que los demonios te espíen y tengo cosas que no me gustaría que un montón de fenómenos supieran.

—No soy un fanático de los espejos –arrojó su gorra a la cama y se recostó en las cómodas colchas color azul —, pero no tengo nada contra ellos. Pueden ser de ayuda en una emergencia.

—Estás hablando de los fenómenos del pueblo, ¿no? ¿A quién crees que te tendrás que enfrentar, contra Medusa?

— ¡Ja! Dices eso ahora, pero ¿quién era el que gritaba siendo perseguido por un grifo?

—Tú, ¡incluso te puedo imitar, mira!

Bill gritó de forma aguda y movió los brazos de manera escandalosa para luego partirse de risa, a él no le daba nada de gracia pero ladeó los labios, la risa de Bill era muy simpática.

De momento todo parecía estar más callado y los ruidos de la planta baja se perdieron. Prefirió quedarse callado y disfrutar de la tranquilidad que le quedaba hasta las doce en punto, recostándose uno junto al otro como la cosa más normal del mundo. Dipper jamás se había sentido tan cómodo en su vida (su poca vida). Era una sensación acogedora y rica, en pocas palabras, estar con Bill se sentía así. El reloj oportuno dicto que la media noche ya había llegado y que las locuras de Bill ya podían comenzar.

— ¡Ha llegado la hora, chico!

— ¿Seguro? Ja, y-yo veo que aún faltan unos minutos más a ese reloj.

—Pino, no seas un cobarde –. A nadie le gustaba ser llamado "cobarde", menos a Dipper cuando venía de parte de Bill. Él era valiente. El pelinegro sacó un morral de debajo de la cama y se lo arrojó –. ¿No has oído que la noche es eterna?

—Por supuesto que no es eterna –se calzó y acomodó su gorra –. Yo no quisiera que se volviera eterna ahora mismo.

—Tan cobarde –Bill rio entre dientes y saltó por la ventana.

—Ugh, en serio.

El bosque era mucho más siniestro por las noches, eso estaba clarísimo para Dipper. Temiendo un ataque de pánico comenzó a caminar más rápido y tropezaba a cada rato por no fijarse del camino. Bill le miró con una ceja alzada, analizándolo, pero al rato suspiró y se encogió de hombros.

—Ya casi llegamos –le avisó y caminó con más rapidez, prácticamente trotando. Se veía tan emocionado.

Llegaron a un claro iluminado de luces fluorescentes azules y verdes. Los pinos se veían más altos de lo normal y olía a gardenias y tierra mojada.

— ¡Shh…! –le calló Bill, jalándolo pecho tierra –, te van a ver.

El claro pronto se iluminó de figuras espectrales intangibles de imponente presencia. Dipper comenzó a realizar un boceto de su apariencia y tamaño. Solo había cuatro, todos diferentes.

— ¿No es genial? Cada noche vienen aquí y conversan flotando hasta que el amanecer comienza a llegar. A veces esos dos de allá se toman de la mano y se quedan observando la luna y ése se queda revoloteando por todos lados y… y ése –dijo emocionado –, a ése lo he visto varias veces moviendo árboles y otras cosas con sus llamas.

— ¡Llamas!

— ¡Sí, baja la voz! –le regañó en susurros. El más pequeño de los fantasmas paró de hablar y les miró.

Yo ni siquiera quería estar aquí, pensó Dipper. El pelinegro se puso de pie rápidamente y extendió una mano sonriendo.

— Bill Cipher, un gusto.

Las piernas de Dipper se quedaron entumidas, congeladas. No sabía qué hacer en esos casos, no es como si le pasase a diario. El castaño se quedó en cuclillas detrás del arbusto.

— ¿No sabes lo que son buenos modales, jovencito? –hablo la única fémina espectral alejándose del grupo.

— ¿Y-yo? –cuestionó torpe enderezándose apresurado, el otro se carcajeó por bajo estrechando la mano del fantasma más pequeño.

—Obviamente.

—Soy –la garganta no le respondía, pero se compensaba pues a su mente no llegaba nada –… soy…

—…

—Dipper Pines –dijo Bill.

Pipper Dines –se trabó su lengua y corrigió –: Dipper Pines, mu-mucho gusto...


Vale, hasta yo siento que esto está muy incompleto, pero necesitaba hacer este capítulo de esta forma.

Muchas cosas no están claras, pero necesitaba de esto para darle coherencia. Por cierto, quiero pedir disculpas si hay mucho OOC pero, en mi muy raro mundo de ángeles y esas cosas, todos los ángeles tienen una actitud neutra (no tienen un carácter fijo) y por ello Dipper se escucha muy raro, pero es necesario (obviamente su carácter se va a formar con el paso del tiempo). Al igual a Bill, tiene mucho OOC, pero… agh.

Dudas, quejas, aportaciones, opiniones, peticiones y demás las puedo contestar si gustan, las responderé con mucha alegría. Pero háganlo saber, por todos los cielos.

Gracias por leer.

Con amor, Wizardbot.