Sin meterme mucho en el intro, gracias por seguirme en esto:
Helena Black Granger
Lady Angel Yue (me alegra que sea de tu agrado n.n)
cookiepeace
DISCLAIMER: los personajes no me pertenecen, son de la saga "Canción de Hielo y Fuego". Cualquier referencia de temporalidad está basada en la serie Juego de Tronos. Más allá de eso, los escenarios y diálogos son invento mio. Reviví algunos para el contexto de la historia.
ADVERTENCIAS: rated M. Lenguaje fuerte, contenido sexual.
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LOS PERROS SON FIELES POR NATURALEZA
IV. LOS ALFILES DEL REY
Joffrey estaba al tanto del matrimonio del Perro con la chica Stark. Más allá de sentir celos, solo albergaba sed de venganza por el insulto hacia su persona. Él era el Rey. Cualquier súbdito suyo debía obedecer sin miramientos sus proclamas, y todos debían odiar a los Stark tanto como él lo hacía. Sir Clegane no guardaba nada especial en su mortífera mente psicópata, pero tenía ganas de divertirse para demostrar que ningún vasallo tenía derecho de aliarse con el enemigo. Muy a su pesar, cuando conoció a Sansa le provocó cierto interés, pero como los sabios dicen: "los hijos heredan los problemas de los padres", y por esa sencilla razón, Joffrey acumuló un odio infundado sobre la casa de la pelirroja.
—Sir Meryn —llamó al soldado desde su trono
—Ordene, su majestad —dijo arrodillado
—¿Tienes la carta preparada?
No la de falsa diplomacia que habían planeado su abuelo, madre y tíos, sino otra que él mismo había mandado escribir. Cersei conocía las intenciones de su hijo, pero no iba a impedir que tomara esta pequeña venganza con sus propias manos. Conocía el temperamento de Joffrey, y orgullosamente lo secundaba en ese plan.
Sir Meryn asintió, mostrando el documento mencionado.
Joffrey se levantó del trono e hizo que todos los presentes lo miraran para lanzar una proclama real —. ¿Se ha cuestionado mi autoridad alguna vez en esta sala? No, pero afuera existen traidores que se atreven a insultarme. Le he dado la importante tarea a Sir Meryn de viajar a donde esta blasfemia sigue cometiéndose, empezando por la casa Clegane, y cuando traigan a los insolentes ante mi presencia, les meteré una flecha en cada ojo
Nadie dijo una palabra, pero Joffrey sonrió para sí mismo.
—Sir Meryn, asegúrese que el Perro se entere del contenido de la carta, aunque seguramente ese imbécil no sabe distinguir garabatos de palabras
Un veneno recorría los planes del rey, un oscuro y mortal veneno que tenía una intención sombría entre manos para hacerle la vida miserable a Sansa Stark y su nuevo esposo. No solo pensaba en tomar cartas en el asunto con ellos, sino con cada desafortunado que ya no estuviera bajo sus órdenes, o que fueran aliados de los Stark. Empezaría por los condados indefensos, con mujeres y niños, los sirvientes de cada uno, con los que no tenían armadura.
Un cobarde siempre ataca a los más débiles primero.
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—¿Cómo sabes que alguien te gusta?
Osha arqueó sus cejas ante la pregunta de Sansa.
—Ah… —no estaba segura de cómo contestar. Es decir, ella había tenido esposo antes cuando era del pueblo Libre, pero ese recuerdo de Bruni la entristecía, por eso no le gustaba hablar de asuntos así. —Sientes que es diferente, bueno, te sientes distinta —respondió llanamente, peinando el cabello de la otra.
—Sí, pero… ¿Cómo sabes que está bien? ¿Cómo sabes que tu corazón elige bien aunque los demás te repitan que no?
—Solo lo sientes. No sé. Es extraño —torció los labios tratando de hacerle una trenza perfecta —al principio no estás convencida, pero algo en ti siempre lo quiere volver a ver. Cada rasgo de él te cautiva, y sientes que es un juego
—¿Aunque no sea un príncipe?
Osha negó con la cabeza. —No necesita tener títulos para que tu corazón lo mire como un verdadero príncipe. Si es feo, tú lo verás como el más apuesto de todos. Los defectos que tenga a la larga se transforman en tu parte favorita de su carácter
Sansa suspiró. Llevaba semanas sin saber nada de su señor, y eso la impacientaba sin ser consciente por ello. A pesar de que la servidumbre la trataba con calor familiar, ella sentía un vacío en su pecho, en su cama y su alma. ¿Cómo podía alguien como Sandor hacerla sentir todo eso? Probablemente estaba exagerando por la discusión a medias noches atrás, pero, por los siete infiernos, ella tenía que averiguar si era simplemente una rabieta, o en verdad podía albergar más sentimientos hacia Sandor.
Podría seguir divagando, pero decidió distraerse un momento cabalgando a Pascal. Osha también iba montando otro caballo por petición de su ama, y Lady estaba feliz de estirar las patas a campo traviesa.
Habría pasado media hora cuando ambas chicas miraron un regimiento de aproximadamente treinta hombres acercándose hacia su terreno. Sansa divisó a lo lejos que traían banderas color rojo con un león bordado como símbolo. De inmediato palideció al reconocer el escudo de los Lannister y como si su angustia no pudiera incrementarse, los vio rodear el camino, galopando más rápido hacia los establos. Osha y ella estaban a unos kilómetros de ahí, y Sansa agradeció a los siete dioses no estar dentro de la casa.
—¿Conoces a esos malditos?
Osha, si bien no conocía de escudos, supo que los soldados no iban solo de paso. Nunca, en sus años que vivía ahí, se había acercado un conjunto de ese número. Notó que uno de los arqueros encendía una flecha, apuntando hacia el techo de paja a un costado de la entrada principal.
El corazón de Sansa palpitó rápido. Una parte del regimiento había entrado ya a la casa, sacando a varios sirvientes, comenzando a matarlos uno por uno. Los establos ya estaban incendiándose hasta los cimientos, podía escuchar los gritos de horror de la gente siendo quemada viva, otros siendo atravesados por lanzas y flechas en la boca. Era un caos horroso.
—Vienen por mí. Los Lannister —respondió por fin, con mirada cristalina
—¿Qué diablos estás haciendo aquí entonces? Larguémonos de aquí. ¿Sansa? —Parecía petrificada por el miedo —Sansa, reacciona —. Se acercó más con su caballo hasta ella para zarandearla hasta que la pelirroja se dio cuenta de lo que pasaría si se quedaba ahí.
Los soldados comenzaron a avanzar en dirección a ellas, y Osha seriamente pensó en abofetear a la chica para hacerla entrar en razón, pero en lugar de eso tomó las riendas de Pascal y palmeó su grupa, por debajo de la cadera para escapar de ahí a toda velocidad. Lady corrió tras ellas también, y cuando Sansa cayó en sí misma de nuevo, se aferró a las riendas de su caballo, tratando de no mirar atrás, concentrándose en no ser vista.
Osha lideró el escape, llegando hasta una parte donde atravesaba un rio. Abajo había una cueva donde ambas decidieron esconderse. Sansa estaba conmocionada y buscó refugio en los brazos de Osha, callando su llanto contra la tela.
—Shh… Tenemos que guardar silencio —advirtió —respira profundo. Estoy aquí contigo. Vas a estar bien, ¿de acuerdo? Tranquila
Luego de unos segundos, Sansa logró callarse, justo a tiempo cuando oyeron las pisadas de todos los soldados rondando esa zona. Lady estaba frente a las dos chicas por si alguno se le ocurría meterse a esa cueva. No se escuchó mucho movimiento luego de unos minutos, salvo algunos gritos, y por precaución decidieron no salir de ahí.
Al otro lado, de vuelta en la casa, sir Meryn interrogaba al último mozo sobre el paradero del Perro, quien por no responder logró que le arrancaran la lengua y ambas manos.
El líder de la Guardia Real colgó el cuerpo del mozo encima de un poste, con los brazos y piernas atados, dejando un cartel de madera clavado con una estaca sobre su pecho. Era un mensaje para sir Clegane en cuanto regresara de donde estuviera, y junto al letrero martilló la carta del rey. Seguro alguno de los sirvientes que lo acompañaban supiera leer, de todas formas él ya conocía el contenido del documento y se lo haría llegar de una u otra forma. Ahora su principal objetivo era localizar a la chica Stark y llevarla como rehén para el rey.
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Las noticias del ataque volaron en segundos.
Sandor apenas había llegado a la frontera del Nido de Águilas en su camino a Aguasdulces donde se encontraba su padre, que esperaba no lo hubieran matado por exhibicionista en alguna vinería. La posada donde estaba era menos de la mitad que su propia casa en Puerto Blanco, pero servía para pasar la noche en medio de una tormenta. Escuchaba a varios huéspedes hablar y reír. Estaba harto de todo a decir verdad. La imagen de Sansa se reaparecía constantemente desde que se fue. No estaba arrepentido de lo que dijo… ¿O sí? Habían pasado semanas desde que partió, y durante ese tiempo tuvo oportunidad de reflexionar. ¿Cuánto tiempo le llevaría llegar con su padre y volver a los brazos de su pequeña ave?
De pronto, uno de sus escoltas que había salido a mear, llegó como so hubiera visto un fantasma hasta su mesa.
—Sir Clegane —oh, cómo le calaba en los huesos que lo llamaran "sir" —. Acabo de recibir noticias de un ataque en Puerto Blanco.
Tan pronto como mencionó aquello, el Perro levantó el rostro. Tenía más expresión por oír aquello que cualquier otro día corriente. A juzgar por el modo que el hombre le hablaba, estaba seguro que tuvo que ver con su esposa; abandonó su mesa, dándole un trago a su copa y saliendo escandalosamente de ahí. Cuando estaba toda la escolta con él, Sandor clavó su mirada en el mensajero.
—¿Qué cojones dices?
El muchacho, asustado con la tormenta y con su señor en frente, trató de no tartamudear. —Oí a unos hombres hablar sobre soldados con banderas rojas y un león marchando hacia Puerto Blanco Sandor ya estaba con la ira recorriendo sus venas a ese punto.
—Nadie ha visto a vuestra esposa. Quemaron todo, sir —finalizó el muchacho.
No había necesidad de que dijera otra palabra. El hombre cargó todas sus pertenencias, ensilló su caballo y no esperó que los demás lo siguieran. Si los Lannister habían llegado hasta ahí fue solo el primer movimiento del rey en su enorme tablero de ajedrez, y ellos eran peones indefensos ante sus alfiles. Típico de Joffrey atacar a los débiles. Ese maldito mocoso, si llegaba a verlo de nuevo le arrancaría las vísceras con sus propias manos. Pero si habían matado a Sansa…
Su corazón se estrujó al pensar tal cosa. No. Ella tuvo que haber escapado de alguna forma, de haberla matado, habrían hecho correr la noticia hasta Westeros. Eso le daba una pequeña esperanza que su pequeña ave estuviera viva. Por eso salió a toda velocidad en medio de aquella tormenta, enfurecido y ansioso por degollar a todos los malditos hijos de puta que se atrevieran a lastimarla.
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"—Dime cómo quieres que te cuente todo, si no eres capaz de mirarme".
"—Te dije que eres demasiado ingenua."
"—¿Cantarás para mí?"
"—Buenas noches, Pajarito."
Sansa despertó sudando frio. Por fortuna no las habían encontrado esa noche, pero sabía que no podían permanecer escondidas por siempre en la cueva. Era llegar con su padre o ser capturadas; a Osha la violarían y luego la matarían; ¿a ella? Ni los dioses podrían ampararla. Rezó por una buena suerte y luego de apagar una fogata improvisada, salió junto con Osha, sus caballos y Lady.
En el camino recogieron algunas vallas para desayunar y Lady se las arregló para cazar dos liebres para llevárselas. Lástima que no las pudieran cocinar durante el trayecto. Tendrían que seguir el cauce del río. Era su mejor orientación hacia Winterfell, cuidándose siempre las espaldas.
En un breve descanso (el cual no duró más de cinco minutos), Osha notó que Sansa tenía la mirada fría, vacía, como si le hubieran quitado parte de su esencia vital. Le preocupaba la niña, a decir verdad, n siquiera en sus peores días tenía un semblante tan devastado desilusionado.
—¿Estás bien?
La pelirroja dejó a un lado una flor deshojada, acariciando a Lady a sus pies. —Me pregunto si debía ser yo quien muriera en ese ataque. A mí me buscan y por intentar encontrarme, han matado a todos
—Oye, no es tu culpa. En los conflictos entre tribus —es decir, casas —hay muertes, devastación, injusticia y cosas que nadie debería vivir en carne propia. Cada uno de ellos quería protegerte, todos sabían dónde estabas, sin embargo no te delataron. ¿Aun crees que no tienes un papel importante que jugar? —Sansa no respondió —. Eres Sansa Stark, hija del Guardián del Norte lord Eddard Stark, esposa de uno de los guerreros más mortíferos del reino, Sandor Clegane. Defiende tu posición, niña. Nadie va a ponerte un dedo encima, ¿me oyes? Compadezco al desgraciado que quiera hacerte daño… Tienes más personas que te están cuidando ahora mismo, aunque tú no lo veas
Sansa suspiró profundamente. Su padre, su madre, sus hermanos, los abanderados de su padre, las mucamas, la servidumbre, Lady, Pascal, Osha… Su esposo, Sandor. Todos estaban ahí con ella, y por ellos debía ser fuerte y resistir esta travesía. Se levantó como si Osha hubiera recitado un conjuro para devolverle la vida, montó a Pascal y decidió simplemente sobrevivir.
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Sandor logró llegar hasta Puerto Blanco, cabalgando por el sendero que conocía, subiendo una colina enorme desde donde se podía ver todo el terreno. En donde se suponía debía estar su casa, estaban los cimientos hechos cenizas, una enorme mancha negra en medio del prado. Observó todo lo poco que alguna vez creyó poseer desvanecerse en milésimas. Sus vasallos no lo acompañaron (pues no estaban tan desquiciados para salir en medio de la tormenta). Que se jodieran, que los dioses se jodieran, que todos los putos Lannister se jodieran. Esto se había vuelto personal.
El Perro desmontó, caminando colina abajo para encontrar el cadáver del mozo atado al poste que había dejado sir Meryn. Notó la carta con el sello del Rey clavada. La abrió, solo para encontrar un mensaje que erizó su piel.
"¿Buscas a tu esposa, Perro? No te preocupes, Sir Meryn la traerá a mí. Yo cuidaré de ella, solo si los señores del Norte vienen a mi castillo. Por cada día que se tarden en llegar a King's Landing, le cortaré algo a Sansa. Empezaré con el cabello, hasta dejarla sin nada. Les daré una semana, y si después de ese tiempo nadie se ha aparecido, bueno, espero que no extrañes sus dedos. Uno por día."
Al leer la última palabra, Sandor apretó la carta con tanta ira como le permitía su vieja armadura.
—¡JODIDO BASTARDO! —grito con amargura y furia, arrodillándose para golpear a puño limpio el suelo.
Saber que su pequeña ave estaba capturada le provocó un vacío sin precedentes. Joffrey era un cabrón, siempre fue consciente de eso; pero haberle arrancado a Sansa fue el error más grande que hubiera hecho. No le importaban los putos acuerdos, él iba a arrancarle los ojos, y de paso el cuello.
—Los señores del Norte, eh —dijo para sí mismo, levantándose. Dio un vistazo alrededor y concluyó que debía llegar a Winterfell como pudiera. Eso significaría viajar día y noche.
Su pequeña ave… Su esposa. ¿Cómo había sido tan imbécil? La había hecho a un lado. Ella le pidió ir; hubiera estado más segura con él, pero su orgullo tuvo la puta idea de alejarla por no aceptar sus propios sentimientos. Desde el primer momento que la vio y se conocieron, notó su extrema dulzura e inocencia, la forma sutil y distinta de tratarlo; incluso en su noche de bodas cuando se ocupó de él estando ebrio. Recordaba sus manos sobre su cabeza, la voz arrullándolo y su aroma a miel y leche. Cuando tomó su cuerpo, descubrió por un momento el placer de estar con alguien puro, blanco, bello, creyendo que ella no lo veía como un monstruo.
Todo eso duró poco. Él no estaba destinado a tener una vida sencilla. La quemadura en su rostro se lo recordaba siempre.
No.
Decidió que era suficiente, que debía cambiar el curso natural de la historia. No permitiría que esa pizca de felicidad le fuera arrebatada.
Lo primero que haría al llegar a Winterfell, sería mostrarle la carta a lord Stark. El resto marcharía por su cuenta, y como su hija era la manzana de la discordia, empezaría la guerra. Concentrado en ese objetivo, montó de nuevo, sin mirar atrás ahora.
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Oooook, giro en la historia D:
Gracias por leer y seguir conmigo en este viaje tan raro n.n
