Perdón por la tardanza, he estado MUY liada. Ya sabéis, con eso de la vuelta al instituto, aparte de que tengo otra serie que hacer... y estoy preparando una doble sorpresa para dentro de dos semanas, o así... En resumen, que estoy a todo :_D

Bueno, no robaré más tiempo.

Axis Powers Hetalia no me pertenece a mí, es exclusiva propiedad de Hidekaz Himaruya-san.

No reclamo ningún derecho acerca de "Charlie y la fábrica de chocolate".

¡Dentro fic!


–No se ve, no se ve... ¡Ahí, casi! ¡Casi! Perkele (Maldita sea), ahora no se ve...

Esto fue lo primero que oyó el pequeño Tino al llegar a casa al día siguiente, después de un duro día de colegio en el que todos hablaban con entusiasmo del señor Oxenstierna y los Salmiakkis Dorados. Perplejo, Tino avanzó con cautela hacia la fuente de aquellas extrañas exclamaciones –la habitación de sus abuelos– y empujó la puerta con toda la suavidad que pudo para no ser descubierto, hasta conseguir una diminuta rendija por la que pudo mirar cómodamente.

Al otro lado de la puerta, sus abuelos, sentados sobre la cama, miraban fijamente al viejo televisor del abuelo Tapio e increpaban a alguien que no podía ver. El maltratado aparato no hacía más que emitir intermitentemente rayas y puntitos de todos los colores, con alguna imagen borrosa de por medio. Esto parecía irritar sobremanera a los ancianos, puesto que protestaban y gruñían cada vez más alto.

"¿Qué estará pasando ahí dentro?", se preguntó Tino, curioso, y observó con interés cómo la abuela Akka blandía su bastón, exhortando a quien quiera que estuviera arreglando la televisión a que se diera más prisa.

Por fin, y para gran alivio de los ancianos, la pantalla parpadeó y emitió un chasquido, tras el cual miles de imágenes en color empezaron a desfilar frente a sus ojos. La abuela Akka, más tranquila, bajó el bastón, y el que había arreglado la tele apareció detrás del televisor, aliviado y satisfecho. Tino ahogó un grito de sorpresa al ver que se trataba de su padre. ¿Cómo era posible que hubiera salido antes del trabajo?

–Bueno, creo que ya está –declaró el señor Väinämöinen, alegre, y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano–. Aguantará si nadie le da ningún golpe, aunque, hablando de golpes... –miró de reojo a la abuela Akka, muy serio–. Äiti (Mamá), no era necesario que sacaras el bastón. Me hiciste daño. Además, tampoco era tan necesario que estuvierais presionándome tanto. Casi me provocáis un infarto entre todos.

–Como si tal cosa fuera a pasar –dijo ella como si nada, aunque Tino adivinó por cómo hablaba que estaba bromeando–. Tienes la salud de hierro de mi familia, puedes aguantar lo que sea. Además, ¡estabas yendo muy lento! ¡Se supone que esto tenía que ser una sorpresa para Tino! ¡Si hubiera entrado mientras arreglabas ese cacharro, se la habrías estropeado!

El señor Väinämöinen suspiró largamente, con una sonrisilla de pena en sus agrietados labios.

–Ya lo sé, äiti... Aunque no vaya a poder participar, por lo menos, podrá ver cómo va... –dicho esto, miró henchido de orgullo a la televisión, regocijándose por anticipado con la alegría que seguro tendría su pequeño hijo.

Tino, emocionado al ver lo que habían hecho por él, abrió la puerta y se arrojó a los brazos de su padre.

...

Aquella noche, la familia entera, nerviosa y expectante, se apostó delante del televisor y se lo quedó mirando fijamente, a la espera de nuevas noticias relativas a los Salmiakkis Dorados, y, tras largos minutos de agonía, fueron recompensados con la imagen de un niño rubio y sonriente con una caja de salmiakki abierta, en la que un pequeño objeto dorado brillaba a la luz del flash de las cámaras.

–¿Tan pronto? ¿En serio? –preguntó Tino, extrañado e impresionado ante la buena suerte que el primer elegido había tenido, para luego sumirse de nuevo en el silencio.

La imagen cambió, dando paso al plató del telediario, y la presentadora, una joven pequeñita y entusiasta con una larga cabellera castaño oscuro adornada con florecitas rosas, saludó alegre a la cámara.

Xiàwǔ hǎo (Buenas tardes), soy Wang Mei y esto es Noticias TV1. Hoy, voy a referirles algo que les dejará asombrados –se tomó una pausa para aclararse la garganta y continuó, emocionada como un niño–. A menos de un día de haber sido proclamada la aparición y búsqueda de los Salmiakkis Dorados, ¡hoy ha sido encontrado el primero!

La chica desapareció de la pantalla para ser sustituida por el chico que había aparecido en la foto, pero su voz no se dejó de oír.

–El afortunado se llama Mathias Køhler, tiene doce años y vive en Copenhague con sus padres, los señores Odín y Frigg Køhler. Según nos cuenta, tenía una apuesta con sus amigos para ver quién de ellos encontraría antes el Salmiakki Dorado, y, llevado por su amor por los retos, no paró de comprar cajas hasta dar con la buena...

Sentado en el sofá, entre sus padres, Mathias sonreía de oreja a oreja y, con la caja afortunada en una mano, se pavoneaba y ponía toda clase de poses mientras respondía a las preguntas de los periodistas.

–...la verdad, si quieren que les sea sincero, no creo que haya tenido suerte. Todo fue mérito mío –declaró, guiñando un ojo–. Yo soy un amante de los retos, ¿saben?, y, cuando mi amigo nos propuso aquél, no me pude resistir. Adoro la victoria, no saben cuánto, y tenía muchísimas ganas de ganar ese reto. Entonces, nada más se propuso eso, salí disparado a la calle y recorrí todas las tiendas de golosinas que tenía a mi alcance. Algunos me miraron raro cuando sacudía cajas para intentar dar con la que era, pero bueno... Ya ni me acuerdo de cuántas compré, pero el caso es que, tras mucho esfuerzo, conseguí lo que quería... ¡He vuelto a ganar, como siempre!

Una exagerada carcajada dio fin a aquel precipitado discurso, y la familia oyó de nuevo la voz de la presentadora, que parloteaba alegre acerca de la alegría de la capital danesa ante aquel hallazgo. El señor Väinämöinen, anonadado, cogió con manos temblorosas el mando y apagó el televisor.

Por un momento, el silencio se hizo en la habitación, hasta que una tensa señora Väinämöinen sonrió, y, mirándolos a todos, preguntó tímidamente qué les había parecido. El primero en contestar fue el abuelo Tapio, tan seco y severo como de costumbre.

–A dónde irá a parar esta juventud... –refunfuñó, ajustándose las mantas–. En mis tiempos, a esos niños tan impulsivos se los enviaba a una buena escuela militar. Lástima que el Estado no lo permita ahora...

–Vamos, vamos, no seas así –le riñó el señor Väinämöinen, y pasó el brazo alrededor de los hombros de su esposa para tranquilizarla–. Es cierto que parece tener mucha vidilla, pero tampoco creo que sea para tanto...

–Bueno, en eso tengo que estar de acuerdo con Tapio –declaró el abuelo Ukko, jugueteando con la borla de su gorro de dormir–. Tendrá "mucha vidilla" tal y como dices, hijo, pero me da la sensación de que es de esa clase de niños que hace lo que quiere cuando quiere. Tu madre sabe más de esto que yo, kiittää Jumalaa (gracias a Dios), pero esa es la impresión que me da a mí.

Tino advirtió un pequeño movimiento por el rabillo del ojo y giró la cabeza a tiempo de ver a la abuela Mielikki apuntando a la pantalla con un dedo acusador.

–Es un mal niño –murmuró, evidentemente escandalizada, y siguió señalando–. Un mal niño. ¿Qué diría su pobre abuela...?

Las palabras de la abuela Mielikki fueron secundadas con un oportuno eco. La buena mujer, a pesar de su sordera, era muy hábil interpretando a la gente y rara vez se equivocaba. Tino suspiró. Hasta ella lo decía, y eso zanjaba el asunto de manera tajante.

–Bueno... –sonrió la abuela Akka, mirando con cariño y algo de compasión a su nieto– Esperemos que el próximo Salmiakki Dorado le toque a quien se lo merezca.

.

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No muy lejos de allí, una mano apagó con pulso firme la carísima pantalla plasma que los ojos de su dueño contemplaban y éste dejó caer el mando, que cayó enseguida sobre una pila de periódicos.

–Vaya por Dios... –suspiró un hombre robusto de mediana edad, mirando a la pantalla vacía con repugnancia–. Aún acabo de proclamar este sorteo y ya me arrepiento de haberlo hecho.

Su interlocutor, un joven atlético y rubio con gafas, asintió, entornando los ojos al recordar la risa pretenciosa que había obtenido el primer elegido. Como adivinando sus pensamientos, Oskar Oxenstierna le sonrió y le dio un puñetazo cariñoso en un hombro.

–Bueno, aún quedan cuatro, es imposible que toquen todos a gente que no lo merezca, ¿no crees? –dijo con tono alegre, en un intento infructuoso de levantar los ánimos al otro. Éste no sólo no respondió, sino que se levantó del sofá y se dirigió a la puerta.

–¿A dónde vas? –quiso saber el señor Oxenstierna, girándose en su asiento para poder verlo.

El joven se dio la vuelta y fijó en él su mirada cerúlea, resguardada tras sus gafas cuadradas.

–V'y a v'rles... –contestó, sin dar muestras de estar nervioso, furioso o preocupado–. T'ngo qu' ir a v'rles, qu'ro h'blar con 'llos...

El señor Oxenstierna sonrió, divertido, y se mesó su rubia perilla.

–Ya veo... –declaró, guiñándole un ojo–. En ese caso, creo que con quien deberías hablar es con Peter. Creo que se alegrará ante lo que le tengas que decir, ¿no crees?

El joven asintió, o eso pareció, pues su cabeza apenas se movió; pero el otro, acostumbrado a su manera de ser, supo interpretarlo.

–Ya sabes lo que tienes que hacer –le recordó, y, tras recibir otra seca cabezada del otro, le dejó irse.

Oskar Oxenstierna se dejó caer en el sofá, algo cansado, aunque con una sonrisilla traviesa en la cara. No tenía ni idea de cómo iba a acabar toda esa historia de los Salmiakkis Dorados, ni quiénes serían los otros cuatro niños que visitarían su amada fábrica... pero de una cosa estaba muy seguro.

Esa visita sería memorable.

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La pequeña casita de los Väinämöinen estaba tranquila y en relativo silencio; lo único que se oía en las habitaciones era la respiración –ronquidos, en el caso de los abuelos–. Nada se movía, todo era paz, y la familia, dormida, esperaba la venida de un nuevo día.

Todos... menos uno.

Tino, incapaz de dormir, se incorporó y paseó la vista alrededor del ático. Todo estaba lleno de trastos viejos y rotos, a excepción de las esquinas en las que dormían él y sus padres. Suspiró, apartando las mantas a un lado, y se dirigió a un ventanuco medio disimulado entre dos pilas de cachivaches.

Estaba muy nervioso. A pesar de sus palabras cuando estaba en el regazo de su abuelo Tapio y de que él mismo era consciente de cómo iban las cosas, anhelaba hacerse con uno de aquellos Salmiakkis Dorados. Ardía en deseos de ver la fábrica de sus sueños por dentro, no sólo por fuera... pero era algo que debía callarse. No quería que su familia se sintiera mal por él, o hiciera gastos innecesarios sólo por un capricho suyo. Aún así...

Tino miró a la oscura silueta de la fábrica en busca de consuelo y apretó sus manitas con fuerza.

"Jumala, ole hyvä (Dios, por favor), si hay alguna posibilidad de que yo pueda visitar la Fábrica Oxenstierna... ole hyvä, permite que ocurra..."


Noticias TV1: me lo inventé yo, no creo que sea así ni por asomo, pero bueno... teóricamente es un telediario que echan en el canal finés Yle TV1 (de ahí el nombre).

Wang Mei: Taiwán

Padres de Mathias (Dinamarca): vendrían a ser los equivalentes a Zeus y Hera en la mitología griega o los Ukko y Akka de la finesa... sí, soy así de original :_D

¿Qué os pareció (a pesar de lo corto que es...)? Espero que no haya quedado muy mal, pero eso es opinión vuestra...

¡Reviews~~! Ya sabéis, para decirme qué está bien, qué está mal y todo eso... Ah, eso me recuerda, gracias, Hikuraiken, por la sugerencia de los guiones. En serio, gracias.

¡Hasta la próxima!