La Guía No Oficial de Viaje para el Vaquero

Capítulo 4: Ruta Vagancia [Holiday Road]

- o -

I found out long ago
It's a long way down holiday road

[Hace mucho descubrí
que la ruta Vagancia es larga de seguir]

- o -

La carcacha infame de coche que alquilaron con los pocos fondos de que
disponían tenía pinta de no ser capaz ni de llegar a la esquina, mucho
menos a alguna parte de Phoenix. Era un Barretta. Un Chevrolet Barretta,
pero debía tener más de veinte años. Y amarillo. Parecía abejón gigante
drogado hasta el culo. Pese a lo poco confiable del vehículo, los vaqueros
descubrieron, una vez dentro, que tenían un problema más grande.

—Ehhm... no sé conducir—admitió Spike, tamborileando con los dedos en
el volante.

—¿No sabes?

—Es que nunca me molesté en aprender. No era necesario.

—Muévete entonces. Manejo yo.

Spike pareció abismado por dicha sugerencia, como si nunca se le hubiera
cruzado por la cabeza que esa fuese una opción.

—No quiero que me andes trayendo tú para todos lados el viaje entero
—alegó.

Faye puso cara de cabreada:

—¿Qué, te volviste Jet de repente? No me vengas con cagadas machistas,
muévete y déjame manejar.

—Podría aprender —dijo él, con encogida de hombros ad hoc, agarrándose
más fuerte del volante, como para mostrar que no iba a ser hazaña poca
moverlo de aquel lugar.

En algún momento de la conversación de tres segundos, el asunto se
había vuelto acerca de ganar. No sabía por qué, pero algo dentro de él
insistía que debía conducir este auto. La idea de que Faye tuviera esa
clase de control le frotaba a contrapelo.

—No puede ser tan distinto de volar —añadió.

Faye supo que no tenía manera de poder ganar esto, en vista de que
el otro ya estaba instalado en el asiento. Ella normalmente no se sometía
con tanta facilidad, pero el meollo del asunto era que había traido a su
compañero gritando y pataleando a este viaje. Podía ganar todas las
batallas que él quisiera. Ella ya había ganado la guerra.

—Ya, bueno —suspiró—. Échale.

—A ver... —Spike respiró hondo—. Démosle.

Le dio vuelta a la llave y se entusiasmó un poquito al arracar el auto
debajo suyo. Estaba conduciendo un coche. Qué macanudo. Tanteó un
poco por la cabeza de Faye hasta encontrarle las gafas de sol. Se las
puso él y, acto seguido, se admiró en el espejo.

—Sí serás pelotudo —señaló Faye.

—Sí, pero pelotudo con auto —Spike sonrió.

—Ya, a ver, lo que tienes que hacer es poner la palanca en...

Spike ya había pisado a fondo el acelerador y el coche salió pelando
ruedas como enajenado desde el estacionamiento del rent-a-car hacia
la calle. Faye soltó un chillido de sorpresa, agarrada del costado de la
puerta como quien se agarra de la mismísima gloria.

—¿No tengo que hacer algo con las marchas? —vociferó Spike por sobre
el bramido del motor. El Barretta no era el medio de transporte más
silencioso del mundo.

—¡Es automático! —le rugió Faye—. ¡Salte de segunda!

Spike miró la transmisión y luego pasó a "drive".

—Bueno y, ¿la segunda para qué es? —preguntó.

—Mira el camino —rezongó ella, y luego añadió—: Vaca.

Spike levantó la mirada, y eludió por estrecho margen al bovino de gran
tamaño que pareció impertérrito con el acontecimiento.

—La vi —Se encogió de hombros—. ¿Y para qué era la segunda?

Faye no le hizo caso.

—No sabes para qué es la segunda, ¿cierto?

—No, no sé, ¿contento? —dijo ella, golpeado—. ¿Y quieres ir más
despacio? Si nos pasamos de la salida, cagamos. Es difícil dar la vuelta
en carreteras así. Andamos en los quintos infiernos.

Spike le dio una sonrisita y pisó con más ímpetu el acelerador. La aguja
comenzó a empinarse a los 130, 140, 150. Faye no hizo sino clavarle
una mirada de furia hasta que vio la señal de la Ruta 80.

—¡Ahí está la salida! —chilló, tras lo cual agarró impulsivamente el
volante y le dio un tirón.

El coche giró como trompo en cuatro vueltas completas antes de hacer
una chirriante detención en medio de la carretera, justo delante del carril
de acceso a la mentada ruta. Los dos se tomaron un momento para
recuperar la respiración, cosa difícil puesto que el aire se hallaba
saturado con el olor a goma ardiendo.

—De lujo la profesora —refunfuñó Spike.

Faye habría tenido una refutación, de no haber sido distraída por las
sirenas de policía en la distancia.

—Ay, no —suspiró al ver un par de luces centelleantes trepar por el
horizonte.

—La Humanidad.

De manera alguna tenían dinero del presupuesto destinado a pagar
multas por manejo a velocidad demencial. O para fianzas.

—Dejémoslos atrás. —Spike sonrió de oreja a oreja, los ojos brillándole
debajo de las gafas.

—¿En un Barretta?

—Es un sedán deportivo —dijo él en defensa del vehículo.

Salió a pelallanta en reversa, para luego meterse al carril hecho un
cañonazo, con Faye chillando el camino entero.

- o -

Spike no ingresó a la Ruta 80. En cambio, se limitó a cortar directamente
a través de esta, hasta una granja, y estacionó detrás de un silo de
cereal. Faye se agachó en el asiento como si aquello fuera de alguna
utilidad, al sentir la proximidad de las sirenas, pero en vez de acercarse,
estas se fueron apagando autopista abajo hasta perderse. Spike había
dejado atrás a los polis.

—¡Me fascina manejar! —exclamó.

Una gallina aterrizó en el parabrisas. Faye miró al ave un momento antes
de prender los limpiadores, y el plumífero aleteó suavemente hasta el
suelo. Luego la dama se dirigió a Spike y dijo:

—Fuera.

—Aaah, anda. No teníamos cómo pagar esa multa, y si nos dimos unas
vueltas fuera de control fue porque tú agarraste el volante como bruta.

—No me interesa. Fuera.

—Me vas a tener que obligar.

Faye suspiró y volvió a mirar por el parabrisas en ademán de aflojar, y de
ahí lo agarró por las costillas. La escena que siguió parecía más pelotera
de kínder que el comportamiento de dos adultos con criterio formado.
El constreñimiento del asiento delantero no les permitía ejecutar especie
alguna de maniobra ofensiva muy útil, de modo que el asunto consistió
en empujones y palmazos mutuos entre insulto e insulto. En honor a la
verdad, era una ridiculez. De no haber estado tan exasperados uno con
el otro, se abrían echado a reír. Por fin, Faye consiguió zambullirse por
entre la defensa de Spike y abrir la puerta del auto, cosa que mandó a
este de un tumbo al suelo. Ella le quitó las gafas cuando cayó, y se
deslizó con gran soltura al asiento del conductor.

—Déjame decirte que debí haber seguido mi plan original de asaltarte y
partir sola.

—Todavía hay tiempo —masculló Spike desde la tierra. Con cierto
enfurruñamiento, se desplazó al asiento del pasajero—. Y a todo esto,
¿cómo se llega a Arizona?

—Ehhm... Tengo una vaga idea. Hay que llegar al oeste y de ahí bajar un
poquito.

Spike se limitó a mirarla pestañeando unos momentos y luego se encogió
de hombros:

—Juímonos.