Vivo por ella

Capitulo III

Enfrentando la realidad

El galeno al parecer se había dispuesto a sacarlo de quicio esa mañana. Ya habían pasado como cinco minutos que se le antojaban siglos caminando por aquellos pasillos tan poco concurridos. Creyó que jamás iba a detener su andar cuando se fijo que se detuvo a una distancia prudencial de una de las puertas que tenía inscripta unos cuántos números en ella. Se podía distinguir el número 3012 en la gran puerta blanca. Tardo como unos tres segundos en percatarse que estaban frente a la habitación de su joven hermana a la cual —por un descuido suyo—, la dejo pasar la noche anterior sola.

El hombre de cabellos azabache antes de dirigirse a la habitación decidió hablar con él de lo que en verdad importaba en aquellos momentos y evitar esperar más tiempo para comunicarle la situación actual.

Se volvió a ver al sujeto que lo estuvo siguiendo y comprendió que sólo lo estaba dejando más nervioso con tanto misterio de modo que decidió hablar antes de que el pobre hombre lo aniquilara con su mirada fría y despiadada.

—Antes que nada quería informarle que ella esta sedada y que los medicamentos que le administrarán a partir de ahora serán otros, de modo que no debe sorprenderse si llega a tener insomnio, dolores de cabeza o temblor. Son reacciones adversas que puede llegar a presentar —comunicaba de manera pasiva el médico observando el semblante serio del trigueño—. Bien, ahora quería hablarle de la condición actual de la paciente. Su hermana sigue teniendo un estado depresivo grave y decidimos administrarle estos medicamentos por el hecho de que no estamos logrando ningún cambio favorable en ella… —notando su mandíbula endurecerse al igual que su expresión.

—¿Y qué hay del psicólogo? ¿Sigue con las sesiones habituales? —inquirió visiblemente angustiado.

—Sí, pero ha sugerido que un psiquiatra la trate de ahora en adelante —logrando sorprenderlo con aquella inesperada noticia.

Dejo escapar un suspiro desalentador. Nunca fue un hombre en exageración optimista, pero cada una de las palabras emitidas por el galeno lo único que lograba era arrebatarle las esperanzas a los pocos.

—¿Es… tan grave así su estado? —pregunto a duras penas tratando de asimilar las cosas.

—Ya fueron muchos meses como para que ella siga así. Me dijo que hace tres meses ella empezó con este problema y dentro de una semana serán cuatro. Ya es mucho tiempo y es necesario que se vea la manera de tratarla de inmediato y evitar que llegue a cometer algún tipo de locura…

—¿Locura? —interpeló sintiendo algo arder en su pecho al instante y tomándolo sin dudarlo de las solapas de su bata de forma amenazante—. ¡¿Acaso cree que esta loca? —refutó de golpe con enojo ante la sola mención de tal terrible palabra.

—No estoy diciendo que está loca, pero cuando uno cae en una depresión como ésta es posible que la persona quiera atentar contra su vida y es eso lo que debemos evitar —logrando dejarlo mudo por un instante—. Sé que es difícil para usted, pero debe entender que ella no esta logrando recuperarse. No coopera… es como si hubiese dejado de vivir la vida y que ya no tuviera sentido alguno continuar. Si sigue así sólo empeorará su situación. Al parecer… ella ha decidido dejar de vivir —adujo en un susurro lo último al reconocer que no era más que una triste verdad lo que acababa de afirmar, volviendo a ser liberado de las fuertes manos del sujeto al instante.

Creyó oír que el mundo se partía en dos o tal vez se trataba del cielo que se desgarraba gracias a la tormenta, logrando emitir un sonido ensordecedor. Su propia alma experimentaba algo similar en esos momentos, un dolor insoportable. Una enorme impotencia se apodero de su ser por primera vez en toda su vida. No sabía que hacer. No podía creer que su hermana, su pequeña hermana estuviera sufriendo de tal modo y que él no pudiera impedir que algo peor le pasara.

Decidió sentarse en uno de los sofás que estaba en aquel pasillo ya que sus piernas le iban a fallar en cualquier momento. Su mirada oscura y perdida reflejaba su inmensa tristeza pero al mismo tiempo denotaban el horror y la desesperación. Su único familiar, ella representaba su vida entera y sin ella, él no era más que un cuerpo vacio y sin vida.

—Lamento mucho que este sucediendo esto, pero estamos haciendo…

—Lo posible por ayudarla —emitió el trigueño con desgane—. ¿No se cansa de decirles eso a los familiares de sus pacientes? —bufó con amargura volviéndose a ver el rostro del pálido hombre.

—Entiendo su dolor y créame que no es fácil evitar que una persona llegue al abismo cuando ha decidido por cuenta propia seguir ese camino —repuso con toda sinceridad acercándose a él para sentarse a su lado—. Su hermana es muy joven y tiene la vida por delante. Es penoso verla así todos los días pese a que tratemos por todos los medios levantarle el ánimo. Estamos dando todo de nosotros pero depende de ella para que pueda seguir con su vida.

"Pero depende de ella para que pueda seguir con su vida…"

Eso reverberaba en su aturdida y confusa mente una y otra vez.

Su mundo se iba desmoronando sin piedad ante sus ojos y él ya no tenía trucos bajo la manga para continuar con su labor, pero no por eso se iba a dar por vencido, nunca lo haría. Lo malo de todo aquello era que no sabía cómo evitar que empeoraran las cosas, si es que podía haber algo peor…

¿?

Ni bien el sujeto de bata blanca terminó con lo suyo, abandonó la habitación y fue junto al arquitecto que esperaba algo impaciente el diagnóstico final.

—¿Y bien? ¿Cómo se encuentra? —prorrumpió con seriedad en medio del silencio.

—La paciente al parecer no se ha alimentado bien en días ya que luce muy desmejorada y pálida —contestó el galeno sin prisas—. Sus signos vitales están algo débiles por lo que le sugiero que le proporcione algo nutritivo y que beba muchos líquidos para su pronta recuperación —hurgando en uno de los bolsillos de su bata un bloc de notas junto con su bolígrafo—. Quisiera que mañana la lleve al hospital para que se realice una tomografía. Es sólo con el fin de verificar que el golpe no llego a provocar algún daño en el cerebro —anotando en el papel lo que su paciente necesitaba, entregándole luego la orden médica—. No quisiera preocuparlo pero… es posible que la joven tenga amnesia.

—¿Amnesia? —repitió con incredulidad el hombre—. ¿Acaso… no recuerda lo que le ha sucedido? —inquirió unos segundos después.

—No —rotundo—. Estaba muy asustada y confusa, además, no puedo asegurarle aún que tenga amnesia puesto que usted con su comentario al parecer logró asustarla aún más —enfatizó el médico sus últimas palabras lanzándole una mirada recriminatoria al hombre que al instante prefirió callar y evitar meter la pata nuevamente—. Ella esta muy sensible ante la nueva situación que se le llegó a presentar de modo que sería conveniente que evite angustiarla o forzarla a recordar las cosas. Debe tomar sus medicinas a hora ya que le ayudaran a recobrar su peso normal y proporcionarle de los nutrientes necesarios para su cuerpo. También quiero que consulte con un especialista para que vea los resultados del estudio que le van a practicar. Allí le deje anotado los datos de mi colega para que pueda acudir a él —señalándole el papel que aún seguía sosteniendo en manos—. Es sólo para verificar si el golpe que recibió no dejo secuelas —comunicaba con total calma.

—¿Secuelas? —repitió perplejo una vez más tratando de comprender la magnitud del asunto.

—Así es. Pero no se angustie, es sólo un examen de rutina —explicó el hombre ante la mirada perdida del sujeto—. Por ahora sólo déjela descansar, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —profirió por lo bajo viendo al galeno dedicarle una media sonrisa.

—No piense lo peor —viéndolo asentir en silencio de manera automática—. Sólo le pido que tenga paciencia y que no se desespere —apoyando una mano en el hombro del arquitecto para darle ánimos.

—Esta bien —susurró intentado controlar los nervios que empezaban a hacer mella en él.

—Bueno, ya debo regresar al hospital. Cualquier cambio que ocurra comuníquese conmigo de inmediato.

—Claro…

No perdió tiempo él dueño de casa y le pagó por sus servicios al médico y lo acompañó nuevamente hasta la puerta. Al quedar a solas nuevamente en el vestíbulo trató de digerir toda la información recibida hasta el momento. No supo cómo pudo su vida dar un giro inesperado de aquel modo. Una extraña estaba ahora en su casa, posiblemente con amnesia y él debía estar a cargo de sus cuidados para que se recupere en breve.

¿En qué nuevo dilema se había metido?

¿?

El tráfico que se generaba a esas horas salía de lo habitual, pero no era para menos, la tormenta no ayudaba mucho, sólo empeoraba todo. Sabía de antemano que se quedaría un buen rato esperando a que el tráfico mejorara para llegar hasta la escuela, de modo que no le quedó de otra más que ser paciente. Definitivamente ni siquiera ese domingo tuvo descanso a tempranas horas. Sus planes fueron otros al recibir la llamada de su novia informándole que debía llevar a su sobrina a la escuela —además de tener que irla a buscar de nuevo— ya que sus padres debían hacer un viaje de negocios ese día y no podrían llevarla.

Él siempre fue muy condescendiente con ella y no se quejaba de cumplir con las peticiones que le pedía su bella novia, pero si le molestaba que el clima no facilitara las cosas y mucho menos el tráfico.

Intentó disipar aquella sensación de mal humor que se quería adueñar de él y decidió fijar su mirada en la bella niña que dibujaba una casa en el vidrio empañado. Él adoraba los niños y más aún a las niñas que irradiaban tanta ternura e inocencia como la pequeña que estaba junto a sí. Una sonrisa se reflejó en su níveo rostro al verla, dejando que sus peculiares pensamientos lo trasladaran a un futuro tal vez no muy lejano. La bella sonrisa que tenía se amplió aún más ante la sola idea de pensar en un hijo suyo y de su amada: un hijo con el carácter fuerte y decidido de su madre y con las ocurrencias de él.

No pudo evitar reír por lo bajo ante la sola idea de pensar en algo parecido.

—¿De qué te ríes, tío? —emitió con inocencia la hermosa niña de risos dorados al oírlo reír.

—De nada en particular —contestó con simpleza viendo la expresión confusa que reflejaba su tierno rostro—. Por cierto, ¿qué harán hoy, princesa? —cambiando de inmediato la conversación que habían tomado.

—Debemos arreglar el escenario con la maestra además de ensayar de nuevo el baile. El festival será en breve por eso debíamos ir este domingo en la escuela —contestó sonriente—. Mi tía y tú estarán ahí para verme, ¿verdad? —inquirió con ilusión.

—Por supuesto, no nos perderíamos por nada ese evento —expresó alegre el joven hombre avanzando lentamente por las calles.

—¡SI! —aseveró con algarabía ante la respuesta de él.

¿?

El galeno ya se había marchado. Solamente su soledad y la tormenta le hacían compañía esos momentos. Todo le daba vueltas, hasta el estómago lo sentía revuelto de la impresión que había generado en ella el saber que ni siquiera recordaba su nombre. No se había percatado de la presencia del hombre que había ingresado con total calma y en silencio en la habitación en la cual ocupaba. Traía consigo una charola con la sopa que había preparado, acompañado de un vaso con jugo. Lo acomodó junto a la mesita de noche y se volvió a ver a la joven sin atreverse a decir algo. El silencio incómodo que los envolvía sólo provocaba más tensión en el ambiente logrando dejar frustrado al sujeto tal situación. Él ya sabía de su posible estado y no pudo saber qué exactamente decir en un momento así y eso fue motivo suficiente como para dejarlo más molesto.

La veía allí desde su posición: muda, rígida, perdida, confusa, temerosa y todo lo que se le pudiera ocurrir. Lucía tan débil que parecía que en breve ella podría perder el conocimiento de nuevo.

El arquitecto se acomodó en la silla que estaba junto a la cama y contempló más de cerca la faz de la nueva visitante que tenía. Sabía que su mirada había causado un caos en él momentos antes, pero ahora provocaba algo muy distinto: preocupación. No supo cómo ni por qué se generaba un sentimiento como aquel. El siempre frío y despreocupado Li Syaoran nunca se tomaba la molestia de interesarse por alguien. Todas las personas le resultaban indiferentes, hasta que conoció aquella mujer que formaba parte de sus pesadillas…

—"Demonios" —maldijo mentalmente ante la sola idea de recordarla.

Apartó aquellos pensamientos de inmediato y centro su atención en ayudar a la joven mujer que yacía más pálida que nunca en aquella cama. Un aroma familiar lo ayudó a recordar el motivo por el cual estaba allí, viendo de soslayó la humeante sopa junto a él. Como no era capaz de percatarse lo que tenía en derredor —como tampoco se percató de su presencia—, decidió comunicarle que la comida estaba lista.

—Le preparé algo de comer… le ayudará a recobrar fuerzas —emitió con lentitud logrando estremecer a la ojiverde con su profunda voz.

Ella se volvió con temor en dirección a su joven salvador logrando encontrarse con sus ojos chocolate que la veían fijamente. Li se percató que estaba nerviosa y temerosa de verse cara a cara con él una vez más —algo que ellos experimentaban por igual sin saberlo—, pero al fin y al cabo algo inevitable. Ella deseaba emitir un 'gracias' como mínimo pero ni siquiera podía abrir la boca para decirlo. Decidió fijar su vista en otro rincón de la habitación sin saber exactamente a qué se tenía que enfrentar de ahora en adelante además de su posible amnesia temporal. Cerró los ojos instintivamente por unos segundos y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero al sentir la mano de aquel hombre sobre su hombro. Abrió los ojos y volvió a ver el rostro del arquitecto que la analizaba detenidamente desde allí.

—Será mejor que vaya a darse un baño —comunicó al ver que la joven observaba segundos después su ropa mojada y sus manos temblando sin desearlo.

Tardo como un par de segundos en procesar la información y asentir en silencio antes de intentar moverse de su lugar. Su mutismo imperaba sin desearlo pero se podía entender su complicada condición. Trato de mover su cuerpo que parecía estar hecho de plomo ya que le pesaba enormemente y cada nuevo esfuerzo requería el doble de sus fuerzas que se le iban a una velocidad abrumante para desgracia suya. Li se había colocado de pie al ver que trataba de incorporarse para ir a asearse como corresponde pero al ver las pocas fuerzas que tenía decidió ayudarla.

La tomó del brazo con firmeza y la ayudó a ponerse de pie con lentitud. Dio unos pasos ayudada por el dueño de casa y al ver que podía sola decidió soltarla pero siguiéndola muy de cerca en caso de que llegara a caer. La pálida joven caminaba tan lentamente por el hecho de ver el piso moverse de un lado a otro que, sin poder evitarlo, se llevó una mano a la cabeza al percatarse del mareo intenso que empezaba a padecer. Casi al instante su cuerpo perdió equilibrio y cayó. De no ser por los fuertes brazos del arquitecto ella ya hubiera estado tendida en el suelo una vez más.

—¿Se encuentra bien? —interpeló apresurado al verla asentir casi imperceptiblemente con una cabezadita—. Sea honesta porque de lo contrario deberé llevarla al hospital para que la asistan como corresponde —adujo con sinceridad al verla emitir un mudo 'estaré bien' de sus labios y verla cerrar los ojos inmediatamente.

Quedó de rodillas sosteniéndola en brazos, divisando su cuerpo entumido y su respiración algo agitada. Apartó sus cabellos de su rostro con su mano libre y se fijo en las ojeras que se enmarcaban fuertemente bajo sus ojos. Posó el dorso de su mano sobre su frente fría y suspiro aliviado de que al menos ella no tuviera fiebre. No obstante, aún estaba demasiado empapada y expuesta a pescar un resfriado por lo que era necesario que se diera un baño y cambiara de ropa, aunque no sabía con exactitud si ella sería capaz de hacerlo sola.

—"¡Rayos! —exclamó en silencio viéndola atentamente—. Luce demasiado débil como para poder hacer algo por sí misma" —pensó con impaciencia tomándola en brazos con simpleza y volviéndola a acomodar en la cama—. Oiga… —emitió tratando de atraer su atención— ¿podrá ser capaz de darse un baño usted sola…? Porque de lo contrario veré la manera de mantenerla seca por ahora —preguntó a la aturdida muchacha que lo veía confusa y asintiendo de manera vehemente pese a su mareo.

—Bien, enseguida regreso.

No tardó demasiado en prepararlo todo en cuanto ella intentaba recuperarse. Lleno la tina con agua caliente hasta la mitad —para evitar cualquier incidente por si llegara a presentarse— y fue nuevamente a buscarla en la habitación. En cuanto se acercó a ella la vio en su lecho mirando la ventana fijamente. Se acercó hasta la cama y la vio volver su rostro en su dirección percatándose de su mirada apagada, cansada y desolada. Sus hermosas gemas verdes empezaban a ganar un brillo intenso y un aspecto diferente. En silencio sus ojos se llenaron de lágrimas casi al instante.

—Lo siento —susurró al percatarse de su presencia junto a ella—, lo siento… —volviendo a fijar su rostro en la ventana para ocultar su llanto.

—"No hagas eso…" —pidió en silencio al ver las gruesas gotas de agua salada recorrer su marmóreo rostro.

Algo que él no podía soportar sería exactamente lo que estaba haciendo en ese preciso instante: verla llorar.

Creía que su sensibilidad salía a flote al ver llorar a una mujer y lograba desarmarlo de la peor manera, en especial aquella chiquilla. Hurgó en uno de sus bolsillos y le extendió un pañuelo blanco ante su vista nublada. La joven contemplaba entre parpadeos aquel pedazo de tela bien doblada y la tomó sin dudarlo. La vio secar sus lágrimas con suavidad al ver que cerraba los ojos con fuerza y arrugaba el entrecejo en señal de aflicción.

—Muchas… gracias —dijo volviéndose a verlo. Una punzada pudo sentir en su pecho al mirarla y encontrarla así, tan vulnerable y frágil ante sus ojos—. Es usted muy gentil… —agregó con suavidad sin dejar de verlo.

—No es nada —apartando la vista a un lado en cuanto pasaba una mano por su cabello rebelde con impaciencia—. Además, no es culpa suya lo que esta ocurriendo —pasando saliva e intentado reconfortarla con aquellas palabras—. Sólo cálmese y evite pensar lo peor —adujo recordando las palabras del médico—, ya veremos después cómo buscar una solución.

Asintió en silencio sin ser capaz de decir algo más en cuanto veía al arquitecto extenderle la mano. La observaba atento a cada uno de sus movimientos pero ella parecía haber olvidado por completo que podría enfermarse si seguía así.

—Es mejor que vaya a darse un baño antes de que se enfríe el agua.

—¡Oh! Claro —secándose torpemente su rostro con el pañuelo para luego volver a ponerse de pie con ayuda de éste.

¿?

El médico hacía un tiempo que se había marchado dejándolo a solas para que pudiera recuperarse de su shock emocional. Ya cuando se sintió lo suficientemente lúcido como para enfrentar aquel torbellino de preocupación que se abalanzaba sobre él, decidió ponerse de pie e ir junto a su hermana. Cogió su pequeño bolso en manos y caminó con decisión hasta la puerta que tenía delante. Ya le empezaba a dejar más angustiado el no verla que el hecho de que emocionalmente estuviera destrozado por dentro y no supiera que hacer.

Ni bien se puso frente a la gran puerta la abrió tratando de no hacer mucho ruido. Al ingresar al interior se topo con la cama algo desordenada y vacía. Dejo a un lado el bolso que trajo consigo y camino como un autómata hasta el lecho. Tomó las sábanas arrugadas con una mano y trato de comprender lo que sucedía.

—¿Pero qué…? —cayendo repentinamente en cuenta de la terrible posibilidad que asalto su mente.

Corrió a toda velocidad hasta la recepción en busca de unas de las enfermeras para que pudieran darle alguna explicación de la cama vacía que había presenciado momentos antes. Ni bien diviso a una de ellas la retuvo con muy poca delicadeza y tomándola por los hombros en un acto desesperado decidió averiguar sin rodeos la verdad.

—¿Dónde esta mi hermana? —exigió saber el autoritario y desesperado hombre—. ¡¿Dónde la llevaron?

—¡Suélteme! ¿De qué esta hablando? —repuso con molestia la sofocada muchacha tratando de responder su pregunta y zafarse de su brusco agarre.

—¡Mi hermana! La chica del 3012, ¿dónde esta? —gruñó con molestia al no obtener una respuesta satisfactoria.

—Sigue en su habitación dormida —emitió al recordar a la débil muchacha.

—¡No esta allí! Acabo de ir a su cuarto —expresó con el corazón a punto de salirse de su pecho.

—Eso es imposible, joven, a no ser que… —viendo el rostro de aquel sujeto palidecer ante la posibilidad que estaba tratando de ignorar.

Como pudo se liberó del agarre del trigueño y fue directo junto a una pared en la que se podía apreciar un panel lleno de botones. Presionó uno de ellos que emitían una luz roja parpadeante la cual servía en caso de emergencia al parecer. No tardó ni un minuto en sonar uno de los teléfonos mientras oía a lo lejos la información que le brindaba a la otra persona sobre su hermana.

En cuanto terminó de dar la información necesaria, colocó el teléfono en su lugar y volvió sobre sus pasos para ir a entablar conversación con el sujeto que la retuvo desesperado momentos antes.

Su mandíbula endurecida y su expresión nada serena eran más que obvias, pero ella sabía que su deber era tranquilizarlo antes de llegar a una conclusión tan terrible como aquella.

—Enseguida recibiremos información al respecto…

—Ahórrese sus palabras y dígame dónde esta —replicó con la furia refulgiendo en su mirar.

—Enseguida me dirán si han trasladado a su hermana a alguna otra habitación —esquivando la mirada a un lado para evitar ponerse más tensa al ver los ojos oscuros de aquel hombre—. Sea paciente, por favor…

Gruñó el sujeto de cabellos azabache sin remedio ante aquellas palabras y camino de un lado a otro para calmar los nervios que empezaban a destrozarlo más y más. Se sentía desesperado e inútil esperando en aquel pasillo sin saber a dónde ir mientras aguardaba las noticias que creía que nunca iban a llegar.

Media hora más tarde logró oír que las puertas metálicas del ascensor se abrían y daban paso al médico que estuvo con él momentos antes y a un guardia de seguridad siguiéndole de cerca.

El sujeto se detuvo en seco al ver a ambos hombres acercándose a él con cierta prisa.

—¿Qué pasa aquí? —interpeló sin rodeos caminando a pasos agitados hasta ellos—. ¿Dónde está ella?

—¿Es usted el señor Touya Kinomoto? —viéndolo asentir de inmediato—. Señor, Kinomoto, lamentamos darle esta noticia pero… al parecer su hermana… a huido del hospital —contesto el guardia de seguridad a duras penas viendo el rostro de Touya palidecer casi al instante.

—Pero… ¿cómo pudo escaparse? —inquirió tratando de obtener una respuesta coherente—. ¡¿Cómo pudieron permitirlo con un demonio? —agarrando del cuello al galeno en cuanto el guardia trataba de separarlos e impedir que el joven hiciera algo imprudente.

—¡Cálmese! —gritó desesperado el seguridad jalando con fuerza al trigueño para que soltara al sofocado hombre.

—¡¿CÓMO QUIERE QUE ME CALME? —espetó colérico observando el rostro del sujeto sin aflojar el agarre—. ¡Estamos hablando de mi hermana! ¡DE MI HERMANA! —zarandeando sin piedad al pálido y casi lívido hombre que luchaba por su vida en cuanto el sujeto uniformado daba todo de si por evitar el desastre.

Ayudado por unos enfermeros, el guardia pudo finalizar con la violencia que había ocasionado el imponente sujeto de casi un metro noventa. A duras penas lograron liberar al médico de las fuertes manos de Touya Kinomoto que seguía luchando con todos ellos para que lo dejaran en paz. Fueron tan sólo unos segundos, pero tal vez se trataron de los peores segundos de la vida de aquel sujeto. La figura tambaleante y débil del galeno fue asistida de inmediato por las enfermeras del lugar que vieron horrorizadas la escena. Solo su agitada respiración que trataba de normalizarse junto con su tos continua y desesperada se oían en todo el pasillo mientras veía a duras penas la figura del trigueño allí de pie siendo esposada por el seguridad del hospital con dificultad a causa de sus movimientos.

—Por culpa del disturbio que ha ocasionado en este hospital y de su violenta reacción contra el doctor debemos encerrarlo —emitió el sujeto de ojos azules sin rodeos.

—¡¿Se volvió loco? —inquirió iracundo—. ¡¿Qué hay de mi hermana, eh…? ¡¿RESPONDA? —gritaba fuera de sí y con las lágrimas saltando de los ojos por sus convulsos y rabiosos movimientos.

—De eso nos encargaremos nosotros y usted por su parte irá a la cárcel…

—¡No! —emitió una voz distinta al lado de los presentes—. No puede… encerrarlo —adujo débilmente el hombre de bata blanca sorprendiendo a todos.

—Pero, señor Takeda…

—No lo haga —viendo que Touya lograba calmarse ante las palabras que expresaba el galeno—. Es culpa nuestra que haya ocurrido esto.

—¡Casi lo mata…! —exclamó indignado viendo fríamente a Kinomoto a los ojos.

—No importa —agregó posando las manos en su cuello adolorido mientras que se abría paso entre las dos enfermeras que tenía delante para acercarse hasta Kinomoto—. Fue culpa nuestra… que su hermana haya huido estando en el estado… que se encontraba —hablaba pausadamente tratando de llenar sus pulmones a los pocos con el aire vital que necesitaba—. Es nuestra… responsabilidad hallarla —adujo.

—Pero…

—Obedezca, Kyosuke —dijo con dureza viéndolo asentir de inmediato.

Con rabia liberó al sujeto que para sorpresa de todos había logrado calmarse a cada palabra que había emitido el médico. Todos observaban temerosos a Kinomoto por si volvía a desatarse su furia, pero sólo se encontraron con un hombre devastado por el dolor que veía con animadversión al culpable de todos sus males.

—Lo ayudaremos a encontrarla —repuso el galeno tratando de apaciguar su angustia—. En verdad… lamento mucho todo lo que ha sucedido —sabiendo a la perfección que éste comprendía el doble sentido que conllevaba tales disculpas.

—Lo único que espero es que ella este bien o usted pagará las consecuencias —fueron sus gélidas y crudas palabras antes de marcharse de allí e ir en busca de su hermana.

Un silencio terrible se había generado ante aquella advertencia que había dado Touya que, ni bien sintió la mano firme del seguridad sobre su hombro, la aparto con brusquedad a un lado y se alejo de allí sin contratiempos.

¿?

Pasaron como quince minutos en los que ella seguía encerrada en el cuarto de baño cosa que el joven de cabello castaño aprovechó para volver a recalentar la sopa que ya se había vuelto a enfriar. Veía con detenimiento el contenido de la olla y casi de inmediato se percató de la presencia de alguien más en la casa. Sin titubeos se volvió a ver en dirección a la entrada de la cocina viendo que esta se abría con lentitud y se apreciaba la figura de una mujer que conocía muy bien.

—¡Joven Li! —exclamó sorprendida al verlo ataviado cocinando—. No pensé que estaría aquí —repuso avergonzada la muchacha del servicio—. Déjeme ayudarlo —se ofreció acercándose hasta la estufa.

—No es necesario, hoy es su día libre, puede ir a descansar. Yo me haré cargo de todo.

—¿Esta seguro? Porque de lo contrario…

—Estaré bien. Gracias. Puede retirarse —la interrumpió viéndola asentir en silencio y dejarlo solo en cuestión de segundos.

Suspiró.

Revolvía con paciencia la sopa a medida que pensaba en todo lo que tuvo que pasar esa mañana, una mañana que sólo le daba muchas sorpresas sin desearlo. Le antojaba una broma de mal gusto todo aquello, ni él sabía cómo pudieron darse las cosas de ese modo. Él siempre viendo la manera de evitar los problemas, de evitar recordar su pasado, de evitar pensar en aquella mujer que parecía una maldición en su vida… Y ahora, para mala suerte suya, apareció una la cual le recordaba a cada instante a aquella que había jugado con él alguna vez.

¿Qué podía ser peor?

¡Oh, es cierto! Debía cuidarla y ayudarla para variar.

Entornó los ojos con fastidio tratando de apaciguar su ira contenida.

"¿No te parece divertido? Ahora tu tormento no es nada más y nada menos que la débil mujer a la cual ni siquiera puedes sostenerle la mirada…"

El comentario socarrón que asaltó sus pensamientos lo obligaron a cerrar los puños con fuerza y endurecer la mandíbula preso de la rabia. Sin pensarlo demasiado lanzó lejos uno de los vasos que estaban cerca de él, dejándose oír segundos después el mismo vaso partirse en mil pedazos al estrellarse contra una de las paredes.

Intento calmarse y respiró lo más hondo que le permitían sus pulmones.

—Cálmate, cálmate —murmuraba para sí volviendo su atención a la olla que tenía delante.

Apagó la estufa con saña y cogió uno de los platos que estaba en una de las repisas de arriba. Había vertido la sopa en el plato dispuesto a llevarla de nuevo a la habitación de huéspedes en cuanto terminaba de acomodarlo en la charola. Salió de la cocina sin prisas y se detuvo a medio camino al percatarse en uno de los espejos que su aspecto no era el mejor ya que seguía con la misma ropa deportiva que se había colocado a tempranas horas. Ni antes de llegar a la habitación se había cruzado de nuevo con la muchacha del servicio y no tuvo otra opción más que pedir su ayuda.

—Natsumi —llamó antes de que se retirara.

—¿Sí?

—Lamento incomodarla en su día libre, pero necesito un favor —viéndola asentir y notar que lo veía con atención al percatarse que le pasaba la charola a sus manos—. Llévatelo a la habitación de huéspedes, la que esta al fondo del pasillo.

—Con mucho gusto, enseguida regreso…

—Espere —reteniéndola con su autoritaria voz antes de que se marchara—. Ayude a mi huésped… esta enferma y débil. Necesitara de cuidados y estará más cómoda con una presencia femenina a su lado.

—Entiendo, joven. Iré a ayudarla —inclinándose levemente para luego dirigirse a la habitación que le había indicado el arquitecto.

La corriente fría que se filtraba por los amplios ventanales logró hacerlo estornudar de golpe y recordó instantáneamente que seguía con su ropa húmeda y su cabello embebido con el agua de la tormenta. Fue de inmediato a su alcoba a ducharse, cambiarse y procurar calmar sus nervios que estaban a flor de piel.

Ni bien terminó de asearse, vistió lo primero que encontró en su camino: una camisa blanca a rayas, unos jeans algo holgados y sus pantuflas. Estaba cansado y creía que lo menos importante en todo eso era su vestimenta. Bajó las escaleras con desgano después de haberse relajado un poco más y fue al encuentro de su nueva visitante. Al descender los últimos peldaños de la escalera se había topado con Natsumi nuevamente. De inmediato se detuvo al notar su presencia frente a ella.

—¿Cómo sigue? —fue su sencilla pregunta.

—Con un poco de dolor en la cabeza pero ya se siente mejor.

—¿Y comió?

—No dejo nada en el plato —contestó satisfecha al rememorar como saboreaba cada sorbo de su sopa.

—Me parece bien —agrego sin inmutarse—. Yo me encargaré de ella a partir de ahora. Puede aprovechar lo que queda de su día libre —expreso serio—, agradezco mucho su ayuda.

—Gracias a usted, joven —retirándose en silencio camino a la cocina.

Sin contratiempos se encaminó a la habitación de abajo cuando un sonido proveniente de uno de sus bolsillos irrumpió en medio del silencio. Detuvo su andar por un momento y como un autómata cogió su móvil y contestó la llamada.

—Diga.

—Li, amigo, soy Yamazaki —expreso alegremente el sujeto desde el otro lado de la línea.

—Yamazaki, ¿cómo estas? —contestó tratando de aparentar tranquilidad.

—Te escucho tenso, ¿llamé en mal momento? —inquirió revolviendo el vaso de agua que tenia en manos.

—N-No… no exactamente…

—Vacilaste —afirmó sorprendiéndose ante la actitud de su amigo—. Eso significa que si llamé en un mal momento.

—No, no es eso. Es que… tuve una mañana algo complicada hoy —encogiéndose de hombros—. Pero aún no me has dicho si necesitas algo o querías decirme algo importante.

—Sólo quería invitarte a almorzar. Como andas muy solo y me preocupa que estés encerrado tanto tiempo en tu casa creí que sería interesante hacer algo distinto este domingo —contestó animadamente el japonés—. Chiharu ha decidido cocinar hoy ya que la lluvia no nos deja ir a ninguna parte —arrugando el entrecejo afligido—, aunque temo que me de una indigestión su comida…

—¿QUÉ DIJISTE? —se oía la voz de la enojada mujer a lo lejos.

—Nada cariño, fue una broma…

Li tan sólo rió ante las ocurrencias de su amigo sabiendo de antemano su sentido del humor.

—¿Y qué dices? ¿Nos acompañas?

—Agradezco la invitación pero tengo un asunto pendiente que resolver —repuso de manera rara mirando al final del pasillo la puerta cerrada—. De todos modos, gracias.

—De acuerdo. Es una pena que no puedas venir a comer pero en parte estoy contento de que no vengas.

—¿Por qué me dices eso? —preguntó el joven de ojos chocolate sin comprender aquel comentario.

—Porque evitarás enfermar del estómago por la comida de Chiharu —expresó con una enorme sonrisa.

—¡TAKASHI YAMAZAKI! —oyendo el tono de advertencia en la voz de la muchacha.

—Lo siento, cariño. Es una broma —esquivando lo libros y revistas que le arrojaba—. Creo que será mejor que hablemos mañana…

—Sí, me parece bien —sonriendo ante las rabietas que le hacía pasar a su novia—. Deberías ser más considerado con Chiharu, amigo, te lo advierto por si no quieras morir joven —profirió burlón desde el otro lado.

—Lo tomaré en cuenta —portando una bella sonrisa a medida que su novia le lanzaba los objetos que encontraba a su paso.

—Lamento mucho no poder compartir el almuerzo con ustedes. Dale las gracias a Chiharu de mi parte y mándale mis saludos.

—Claro, lo haré.

Ni bien terminó la llamada decidió avanzar camino a la habitación.

Inhalo con fuerza como si con aquel gesto pudiera ganar la tranquilidad que necesitaba sin que le llegara a salir a flote toda su impaciencia. Al estar frente a la puerta dio unos leves golpes en ella y una vez que lo invitaban a pasar se adentró a la habitación sin preámbulos.

Cerró la puerta tras de sí ni bien estuvo dentro y se fijo en la extraña con mucha curiosidad. Creyó ver a alguien muy distinta pese a llevar puesto su propia ropa aquellos instantes. Ahora podía distinguir mejor el color de sus cabellos castaños recogidos en una sencilla coleta dejando su rostro despejado y pudiendo apreciarse con claridad sus delicadas facciones. Aunque su ropa le quedaba bastante grande al menos debía conformarse de que tenía algo que le quedara; después de todo, no tenía otra ropa que proporcionarle de momento. Ella por su parte a pesar de sentirse perdida y sin recordar siquiera su procedencia, se sentía avergonzada por todo lo que estaba pasando y más aún teniendo que usar una ropa que ni siquiera era suya. Una gran timidez nació con rapidez en sus adentros sin saber cómo actuar ante aquel sujeto al cual ya estaba causando demasiadas molestias con su sola presencia en su casa. Ni antes de que ella pudiera decirle algo, él decidió hablar.

—¿Cómo se siente? —inquirió al ver que lo miraba apenada.

—Mucho mejor… gracias.

—¿No necesita nada? —encogiéndose de hombros en cuanto pensaba y miraba alrededor—. Agua, cobija, almohadas tal vez…

—No, no, estoy bien. Gracias —adujo a prisa con un ademán—. Yo… agradezco mucho su generosidad, por ayudarme, por darme comida, ropa y un techo —emitió con suavidad tratando de controlar sus ganas de llorar—. Lamento mucho todos los inconvenientes que ha tenido que pasar por…

—No es su culpa —la interrumpió de inmediato antes de que siguiera con aquello y la viera llorar de nuevo—. Ya le he dicho que esto no es culpa suya ni de nadie. Las cosas se dieron de este modo sin que nadie lo hubiera deseado —agregó pasivo acercándose a la joven con lentitud—. Sólo descanse y trate de olvidar todo esto por hoy. Mañana veremos que se puede hacer.

—Esta bien —dijo no muy convencida de ello—. Eh… disculpe, no recuerdo su nombre —murmuró con el rostro levemente ruborizado.

—Li, Li Syaoran —expresó serio y ceñudo.

—Li… —dijo con lentitud como si tratara de grabar su nombre en su mente para no volver a olvidarlo—. ¿Puedo… pedirle un favor?

—¿De qué se trata? —alzando una ceja desconfiado.

—¿No le importa si le tuteo? —viendo su entrecejo fruncirse casi de inmediato—. Es que yo… —tratando de explicarse pero ni antes de que continuara la calló con un ademán.

—Si eso la hará sentirse mejor puede hacerlo —contestó sin rodeos.

—¡Muchas gracias! —exclamó con una bella sonrisa adornando su pálido rostro.

Una sonrisa.

Una maravillosa sonrisa adornaba su rostro marmóreo y desmejorado.

¿Quién hubiera dicho que tan sencillo gesto lograría iluminar su rostro de un modo especial? Aún luciendo de aquel modo parecía que su sonrisa era más que suficiente para ver la mejoría en su estado de ánimo.

Li creyó asfixiarse de tan sólo verla sonriendo como lo estaba haciendo, dejando ver sus perfectos dientes blancos alineados que brillaban cual perlas relucientes. Un aura bastante maligna creyó que se apoderaba de su mente en un santiamén ya que pensó que no iba a soportar por mucho tiempo todo aquello. No sabía cuanto iba a durar, por lo tanto, sólo debía limitarse en buscar la forma de que ella recuperara su vida y él recuperara la suya: y eso incluía cero mujeres viviendo bajo su mismo techo.

Al instante se sintió arrepentido de haberla permitido que le tuteara.

—"¿Por qué diablos tuve que decirle que si?" —caviló irritado.

La inocente joven podría decirse que no comprendía lo que estaba ocurriendo ya que de un momento a otro el semblante aparentemente sereno del arquitecto cambió a uno que ni siquiera podía descifrar con exactitud.

—¿Pasa algo malo? —preguntó tratando de comprender lo que ocurría con él.

Como si un balde de agua fría se le cayera encima salió de su ensimismamiento y centró su atención en su visitante. Una mirada fría e insensible se posó sobre la demacrada muchacha logrando estremecerla de tan sólo ver los ojos flameantes del sujeto.

—No, no pasa nada —repuso con rapidez al percatarse de que ya estaba a punto de estallar—. Debo ir a encargarme de unos asuntos, volveré más tarde por si se te ofrezca algo —encaminándose con enojo hasta la puerta.

"¿Desde cuando decidiste tutearla?"

Y allí volvía esa voz socarrona y fastidiosa resonando en su mente como miles de misiles que deseaban destruir todo cuanto lo rodeara.

"Admítelo, se parecen bastante, pero existe una gran diferencia entre ambas: ella no recuerda quién es, por lo tanto, no deberías preocuparte demasiado en el hecho de que pueda arruinar tu vida… ¿o sí?"

Estúpida voz.

Ya tenía suficiente con la presencia de aquella joven en su casa y ahora tenía que tolerar la molesta vocecilla que parecía como un bufón arrepentido de su labor.

Abrió la puerta con brusquedad y casi destroza al cerrarla de un solo golpe al abandonar la habitación. Hasta la joven convaleciente dio un pequeño salto en la cama del susto que genero la puerta al cerrarse.

—¿Acaso dije algo malo…? —murmuró para sí observando en dirección por la que se había ido el arquitecto.

Continuará…