LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…
LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY
Capítulo 4
Bella se olvidó de las inhibiciones y le devolvió el beso, experimentando de nuevo un juego de emociones, como le había ocurrido la noche anterior. Pero esta vez el deseo era más profundo, más excitante. Temblaba pensando en lo que iba a pasar.
Las grandes manos masculinas la apretaron contra su entrepierna antes de tirar de ella para besarla bajo el agua… sin oír nada, viendo el reflejo del sol sobre la superficie.
Y cuando volvió a salir para buscar aire, la parte superior de su biquini estaba en las manos de Edward.
Atónita, Bella miró hacia abajo. Sí, estaba desnuda de cintura para arriba.
—No sé cómo ha pasado —sonrió él—. Espero que no seas tímida.
Normalmente lo era, la clase de chica que apagaba la luz para hacer el amor. Y no había estado con nadie en algún tiempo. Pero ningún hombre la había atraído como aquél. Podría besarlo para siempre, pero como no era posible se alegraba de haber aprovechado el momento.
—Hoy me siento atrevida —sonrió por fin.
—Eso es mejor que no sentir nada, ¿no? —los ojos verdes de Edward brillaban, traviesos.
Estaba a punto de besarla otra vez cuando Bella se apartó, mirando por encima de su hombro.
—No hay nadie por aquí, ¿verdad?
El deslizó un dedo por su brazo, para hacer luego un círculo sobre una de sus aureolas.
—Eres atrevida, ¿recuerdas?
Derritiéndose con sus caricias, Bella no encontraba palabras… particularmente cuando Edward desapareció bajo el agua. Sintiéndose expuesta, pero resistiendo el deseo de cubrirse los pechos con las manos, rió al sentir que le bajaba la braguita del biquini. Y un segundo después se estremeció al sentir su boca rozándola entre las piernas.
Edward salió del agua y se quedó frente a ella, como una montaña de hombre, con el biquini en la mano.
—¿Sigues sintiéndote atrevida?
Sí… no.
—Nunca había hecho algo así.
—¿Eres virgen?
—No, no… pero nunca me he acostado con alguien a quien apenas conozco.
Edward puso una mano en su cabeza, empujándola suavemente hacia atrás mientras la besaba profundamente… haciendo que sus pezones ardieran mientras se rozaba con el vello de su torso.
—Entonces me considero un hombre muy afortunado —murmuró, tomando su mano para llevarla hacia su erección.
—¿Se supone que también yo estoy teniendo suerte? —bromeó Bella.
—Ahora mismo no deberías hablar tanto —protestó Edward, empujándola hacia él con una mano mientras con la otra la acariciaba entre las piernas, buscando el capullo escondido entre los rizos.
Bella dejó escapar un gemido.
—¿Puedo decir que me encanta?
—Con una condición —le advirtió él, apretándose más contra su vientre—. Que yo pueda decir lo mismo.
—¿Qué quieres decir?
—¿Tomas la píldora?
¿La píldora?
—No, me temo que no —contestó Bella.
Edward se apartó un poco, sin dejar de besarla.
—Yo tengo preservativos en el yate.
De modo que solía llevar allí a otras mujeres. ¿Cuántas, dos, veinte?
En fin, los dos tenían experiencia; él más que ella, sin duda. ¿Pero qué había esperado? ¿Y qué importaba cuando era capaz de encenderla con sus caricias?
Después de recuperar el biquini, Edward la tomó en brazos y se dirigió a la escalerilla del yate.
—Me parece que no voy a poder subir contigo en brazos.
Muy bien, pero ella no pensaba subir la primera a menos que se pusiera el biquini.
—Suéltame, yo te seguiré.
—No, espera, tengo una idea mejor.
Con un rápido movimiento, Edward se la colocó al hombro estilo saco de patatas, su trasero desnudo pegado a su cara. Y Bella sintió que le ardían las mejillas.
—No me siento muy cómoda en esta postura, la verdad.
—Debo confesar que siento el deseo inconfesable de darte un azote —rió él.
—¡No te atreverás!
Riendo, Edward la llevó al camarote y, después de dejarla en el suelo, se quitó el bañador. «Madre mía».
Pero antes de que pudiera seguir pensando, la llevó a la ducha y, tomando un bote de jabón líquido, empezó a enjabonarla por todas partes.
—¿Yo puedo jugar también?
—Cuando quieras.
Mientras Edward le frotaba el estómago, ella frotaba sus hombros que parecían interminables. Su torso, sus abdominales de piedra y más abajo…
—No te pares ahí.
De modo que Bella no se detuvo. Y cuando Edward echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, vio las venas de su cuello más marcadas que nunca…
—Creo que será mejor que pares —dijo luego con voz ronca, apoyando las manos en la pared.
Después de secarse con una toalla la llevó a la cama, que no era de matrimonio, pero en aquel caso no importaba en absoluto.
Bella se tumbó de espaldas, y él se colocó encima, besando sus pechos, pasando la lengua por sus pezones y tirando de ellos suavemente con los dientes.
—Si haces eso otra vez, voy a explotar.
—¿Esto, quieres decir? —sonrió Edward, haciéndolo de nuevo.
—¿Dónde están… los preservativos?
Unos segundos después estaba protegido y sobre ella otra vez. Y cuando la penetró, su sangre se convirtió en fuego y sus huesos parecieron derretirse. Era tan excitante…
—Creo que me voy a desmayar.
—Espera un momento…
Un momento en el que Bella descubrió que ése era su sitio, entre los brazos de aquel hombre, en su cama.
—Sé que aún no hemos terminado —murmuró, enredando las piernas en su cintura—, ¿pero podemos hacerlo otra vez?
Sabía que él se habría reído si tuviera energía para hacerlo. Pero, por el brillo de sus ojos, necesitaba conservar fuerzas para controlar la oleada. Y la de Bella estaba convirtiéndose en un tsunami.
Edward empujó con fuerza, llegando al sitio adecuado con la presión necesaria, y la ola la envolvió por fin. Sus músculos se contrajeron y, un segundo después, explotó con la fuerza de una bomba, el placer irradiando por todo su cuerpo, las sensaciones tan poderosas que no quería que terminasen nunca.
El empujó una vez más, todos los músculos de su cuerpo temblando. El sonido que escapó de su garganta era casi de dolor mientras empujaba de nuevo, y Bella deslizó los dedos por su brazo, con los ojos cerrados. ¿Dónde había estado toda su vida?, se preguntó.
¿Y dónde estaría durante el resto de ella?
Estuvieron abrazados durante largo rato; Edward apretándola contra su cuerpo, ella haciendo dibujos con el dedo sobre su torso.
Parecían estar hechos el uno para el otro; como si una vez hubieran estado juntos y ahora las dos partes se hubieran reunido. Pero eso eran cosas de su romántica imaginación, se dijo. Como era una tontería pensar que había conocido su olor antes… limpio y masculino. Real y embriagador.
Más tarde, cuando Edward sugirió que nadasen un rato, aún sintiéndose valiente, Bella lo siguió y nadaron desnudos en las frescas aguas del océano. Después comieron sándwiches y bombones de chocolate en la playa… e hicieron el amor de nuevo, esta vez tomándose su tiempo, haciendo que el placer durase, reteniendo la recompensa todo lo que les era posible… y la recompensa fue dos veces más satisfactoria.
Edward parecía conocer bien el cuerpo de una mujer y le complacía sinceramente dar y recibir placer, de modo que aquel día ella era la afortunada.
Cuando el sol empezaba a enterrarse en el mar salieron del camarote, Edward con el pantalón, ella sólo con la camisa. Nunca se había portado de esa manera con un hombre, pero le parecía lo más natural.
Riendo, se dejaron caer sobre las tumbonas de cubierta, con las manos entrelazadas, mirando el cielo.
—Mira, están saliendo las estrellas.
¿Siempre habían sido tan bonitas? «Todo va a salir bien», parecían estar diciéndole. Aunque era una tontería, claro.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó él.
—¡Viva!
—Me alegro —sonrió Edward, apretando su mano.
—Y también un poco… inquieta.
—¿Por qué?
—Porque tú sabes muchas cosas sobre mí, pero yo no sé nada sobre tí.
Quería saberlo todo, desde su infancia a cuáles eran sus planes para el futuro. ¿Había tenido alguna relación duradera? ¿Quería enamorarse? En fin, todo el mundo quería enamorarse. Eso era lo que hacía que la raza humana siguiera adelante. La atracción, el deseo, la sensación de poder contar con otro ser humano para todo. Lo había visto en las películas, lo había leído en las novelas románticas… pero nunca había sentido la posibilidad de enamorarse más claramente que en aquel momento.
Desde luego, Edward Cullen era un asesino a sueldo y su disparo le había dado directamente en el corazón.
—No hay mucho que saber sobre mí.
—Seguro que sí.
—No, en serio. No hay mucho de interés en mi vida —rió él.
—Estás siendo modesto.
—¿Por qué no usas tu bola de cristal?
Al mirarlo vio algo en su expresión que la acongojó. No estaba siendo modesto ni misterioso, sencillamente había algo que no quería contarle. ¿Qué habría en su pasado que no quería compartir con ella?
—Lo siento, no quería meterme donde no me llaman.
Edward la miró entonces, pasándose una mano por el pelo como para despertar los recuerdos.
—Vamos a ver…, crecí en una casa de acogida. A los dieciséis años conseguí un trabajo y con él me pagué la carrera. A los veinticuatro descubrí la Bolsa y un año después había ganado un millón de dólares. El resto, como suele decirse, es historia.
Su infancia no era lo que ella había esperado. Había imaginado una casa similar a la suya, vacaciones en un yate o esquiando, unos padres que cuidasen de él.
—¿Qué fue de tus padres?
—Mi madre murió unos días después de que yo naciera. No hace falta que digas que lo sientes, ni siquiera la conocí.
Y a Bella se le encogió el corazón precisamente por eso.
—¿Y tu padre?
—Buena pregunta.
—¿Tu madre no estaba casada?
—Sí, lo estaba, pero se divorciaron casi enseguida.
—¿No has intentado buscarlo?
Ella lo hubiera hecho. Querría saber de dónde venía, si tenía hermanos o hermanas, si tenía abuelos. ¿Edward no quería respuestas?
—La verdad es que contraté a un investigador privado hace poco, pero por el momento no ha encontrado nada. Había pensado probar con una agencia importante, gente más profesional… pero si a mi padre biológico no le importé entonces, no creo que le importe ahora —Edward miró el cielo—. Algunas personas no quieren ser encontradas.
Lo había dicho con una sonrisa, pero Bella se dio cuenta de que le dolía. ¿Se habría entrenado a sí mismo para que no le importase porque así no se llevaría una desilusión? Tal vez por eso se había mostrado tan comprensivo con ella. Al fin y al cabo, también ella se había agarrado tontamente a una esperanza. Dolía tener que dejarla ir, pero Bella había descubierto que dolería más seguir agarrada a ella.
—Seguro que tu padre estaría orgulloso de ti.
Edward, que seguía mirando el cielo, hizo un gesto con la mano.
—¡Mira!
—Una estrella fugaz —sonrió Bella—. Hacía siglos que no veía una.
—Yo solía mirarlas desde mi ventana, esperando… —Edward se quedó en silencio, como si pensara que había hablado demasiado—. Se supone que hay que pedir un deseo.
Imaginando a un niño solitario buscando estrellas fugaces desde su ventana. Bella cerró los ojos y pidió un deseo para los dos.
—Sé lo que has pedido —dijo él, levantándose de la tumbona.
Sí, tal vez lo imaginaba. Pero ella no lo admitiría nunca porque no quería que supiera que ya era casi una adicta a su sonrisa, a sus caricias.
—¿Ah, sí?
Edward levantó un dedo, como pidiendo que esperase un momento, antes de bajar al camarote. Unos segundos después llegaron hasta la cubierta las notas de una canción, y cuando Edward reapareció, una silueta masculina formidable, tiró de su mano para levantarla.
—Has pedido un baile.
Bella apoyó la mejilla en su torso, mordiéndose los labios. Nunca se había sentido tan especial.
¿Pero lo era? ¿Sería aquello un simple revolcón o se atrevía a esperar algo más?
—Me alegro de que nos hayamos conocido.
—Yo también.
—Prometo cuidar bien de la empresa Swan, Bella.
Ella tuvo que morderse los labios, pero se dijo a sí misma que eso era algo que debía dejar atrás.
—Seguro que sí.
Estuvieron bailando, casi sin moverse, durante largo rato, en silencio.
—Me gustaría que siguiéramos en contacto.
El corazón de Bella empezó a dar saltos.
—Eso estaría bien, Edward —consiguió decir, con una voz más o menos firme.
—Podría llamarte cada trimestre para contarte cómo van las cosas.
¿Cada tres meses? ¿Era de eso de lo que estaba hablando?
Sí, claro, sólo hablaba de la empresa de su padre, que pronto sería su empresa. No estaba hablando de mantenerse en contacto a nivel personal.
«Sigue adelante con tu vida, Bella». Edward Cullen no era un hombre que buscase una relación sentimental. Y después de haber tenido que renunciar a la empresa Swan, tampoco ella debería estar pensando en eso.
—¿Te gustaría que nos quedásemos aquí esta noche?
Si era sincera, debía decir que lo deseaba más de lo que había deseado nada en su si pasaba más tiempo en sus brazos, en su cama, sería muy difícil marcharse. Aquél podía haber sido un encuentro casual, pero había despertado en ella unos sentimientos inesperados. Sí, sería más seguro marcharse ahora para salvaguardar su corazón.
—Prefiero irme a casa.
¿Era su imaginación o Edward la había abrazado con más fuerza?
—Vamos a terminar este baile.
Cuando la canción terminó, la letra estaba grabada en su cabeza y en su corazón para siempre.
Pero había llegado el momento de marcharse.
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