Hola, ¿cómo estáis? Siento mucho todo el tiempo que me ha llevado publicar un nuevo capítulo, ni siquiera sé si aún hay gente por aquí a la que le interese leer esto. Entre que es una historia lenta y progresiva y lo que tardo en actualizar... De todas formas, para los que quieren, aquí tenéis un nuevo capítulo y, con suerte, el siguiente no tardará tanto, ya que está medio escrito ya.
En un par de capítulos los elementos de viajes temporales aparecerán, así que paciencia y disfrutar del drama Sirius/Remus por el momento.
Capítulo 4
—¿Así que está todo bien de nuevo? —preguntó Lily la tarde del día siguiente, mientras se dirigían a la biblioteca.
—Todo como siempre —asintió Remus—. Aunque, siendo francos, aun es pronto para asegurarlo. Deja que el tiempo lo diga.
La chica puso los ojos en blanco, medio exasperada, pero el gesto carecía de verdadera intención.
—¿Nunca te han dicho que no siempre tienes que esperarte lo peor? A veces te pueden pasar cosas buenas también, Remus Lupin. Deberías probar a ser optimista de vez en cuando.
—Oh, déjame citar: «El pesimismo es un asunto de la inteligencia; el optimismo, de la voluntad.» —bromeó antes de abrir la puerta de la biblioteca—: Me gusta creer que soy inteligente.
—Me gusta creer que soy inteligente y con gran fuerza de voluntad —arguyó ella.
—Touché.
Los viernes por la tarde la biblioteca no solía gozar de un gran populacho, debido a que la mayoría de estudiantes que no eran Ravenclaw o frikis de los libros como el propio Remus o la propia Lily, estaban deseando la llegada del fin de semana y, con él, la oportunidad de tirar los libros a un rincón olvidado de sus baúles —literalmente en el caso de Canuto; Remus se los había visto tirar una vez en tercero—. Aquel viernes no era distinto, lo que otorgaba a la amplia estancia una sensación de solitud que Remus atesoraba.
Después de acercarse un momento para hablar con Madame Pince acerca de una edición concreta de «Ideogramas Arcaicos: La naturaleza y cómo se define», por Bahkam Owna, Remus se encaminó a la mesa en la que Lily había predispuesto sus enseres y tomó asiento también.
—¿Ensayo de pociones? —preguntó.
Esta asintió con un suspiro.
—Extracurricular.
—Slughorn te adora.
—Oh, cállate, Remus.
Este no pudo evitar reír un poco por lo bajo. Se sentía ligero de alguna forma, como si el dormir le hubiera ayudado a terminar de asimilar que, si, sus amigos sabían acerca de él y todo había permanecido fantásticamente bien. Cierto, había habido cierta incomodidad en el ambiente aquella mañana. Cuando Sirius había botado fuera de la cama con nada más que unos calzoncillos antes de darse cuenta de que Remus estaba ahí y tratar de taparse sutilmente —o el equivalente de «sutilmente» para Sirius—, porque por supuesto que Sirius no iba a actuar normal así como así; o cuando Peter se había tirado la media hora que duraba el desayuno observándolo con suspicacia como si le fuera a contagiar algo. Aún así, Remus no podía evitar sentirse bien.
En la quietud del pasar páginas y el raspar de pergamino, el sonido de pasos acelerados captó su atención. Le pareció ver a una figura deslizarse por uno de los corredores laterales antes de perderlo de vista tras una de las estanterías. Parpadeó.
—¿Ese era Snape? —preguntó, empero al girarse hacia su amiga, la tensión en su rostro y sus labios fruncidos le hicieron detenerse—. Eh, ¿ocurre algo?
Lily pareció sobresaltarse.
—No —dijo, concisa—. No pasa nada.
No parecía «nada» y la experiencia siendo amigo de Lily le había enseñado que, si querías que la chica te contara sus problemas, los problemas que le quitaban el sueño de verdad, tenías que preguntar. Mil veces si hacía falta. Pero del mismo modo que él la conocía a ella, ella debía de conocerlo también, porque tomó la palabra de nuevo antes de que Remus tuviera oportunidad de preguntar.
—¿Incluso Black se ha comportado? Debo decir que estoy sorprendida, sobretodo después del numerito en clase.
—Ya te he explicado cómo se disculparon. Piensa en Sirius como un perro. —Sonrió ante su propia broma—. Perro ladrador poco mordedor.
—Sí, y demasiada testosterona para tan poco cerebro.
Remus no pudo reprimir la carcajada entonces, mordiéndose el labio con timidez después.
—Peter es el que lo lleva peor, pero nada dramático. De verdad, puedes dejar de preocuparte, creo que tu conversación con James tuvo su efecto. Que, por cierto, una lechuza me contó que parecías muy sorprendida.
Eso provocó que Lily levantara la vista de su pergamino.
—Como si pudiera —bufó.
Pero Remus no se dejó amilanar. Susurró:
—Te dije que era un buen chico.
Ella se limitó a emitir un ruido que pudo significar cualquier cosa y la conversación murió ahí en cuanto ambos se concentraron en sus propias tareas. No fue hasta una productiva hora después que su foco de atención volvió a encauzarse en algo que no fueran los estudios, cuando se levantó para buscar información que necesitaba para el trabajo de Astronomía que les asignaron el día anterior. La sección en la que se hallaban los ejemplares pertinentes al tema le pareció desierta en un primer momento, pero mientras echaba un somero vistazo a los tomos de los libros, vio de refilón que algo se movía a su izquierda.
Se sorprendió al comprobar que se trataba de Derek Guccini, el estudiante de intercambio de tercero que había entrado en Ravenclaw. Estaba acuclillado en una silla, con una pierna recogida contra el cuerpo, su mirada deslizándose sobre las páginas a una velocidad impresionante mientras se presionaba el dedo pulgar contra el labio inferior, moviendo los labios sin pronunciar sonido alguno. Remus dudó un segundo antes de acercarse.
—¿Derek Guccini, verdad? Yo soy Remus Lupin, de sexto. He oído hablar mucho de ti.
El niño alzó la vista después de un momento, como si no se hubiera dado cuenta hasta entonces de que no estaba solo, probablemente no lo había hecho. Tenía una mirada azul intenso, dos enormes estanques de gemas que lo estudiaron con curiosidad, resaltando en su piel morena. El silencio se alargó tanto que Remus empezó a sentirse cohibido bajo la mirada del niño, que en ningún momento dejó de mirarlo.
—¿Estás estudiando los sucesos mágicos? —preguntó echándole una mirada de reojo al tomo—. Leí algo sobre ellos el año pasado, pero por lo que pude encontrar los antecedentes son poco fiables y a los eruditos les falta integridad.
El niño parpadeó lentamente, parecía una muñeca de mejillas sonrosadas, con la túnica demasiado grande para su pequeño cuerpo.
—Los hay. En la sección Prohibida —dijo Guccini—. No me dejan entrar.
«Oh, vaya.»
—No es fácil que den un permiso de esos, aún más a un estudiante de tercero recién llegado.
El niño frunció el ceño, arrugando la nariz de forma que a Remus se le antojó graciosísima.
—Los adultos son absurdos —masculló, arrancando una sincera carcajada en Remus, porque, oh, bueno, el chico tenía razón. Él mismo recordaba ser mucho más lógico unos años atrás y no es que ahora fuera un adulto todavía.
Sacudió la cabeza.
—Bueno, cualquier cosa que necesites no dudes en hacérmelo saber. Soy uno de los Prefectos de Gryffindor, pero no me importa echarles una mano también a miembros de otras casas.
Guccini asintió ausentemente, con la vista perdida de nuevo entre las páginas del libro. Remus sonrió un poco antes de dar media vuelta, pero una pregunta lo detuvo en sus pasos.
—Remus Lupin has dicho, ¿verdad?
Asintió, realmente asombrado de que el otro hubiera prestado la suficiente atención como para registrar su nombre.
—Con la fuerza esotérica del cosmos… será enardecido por la concentración de magia puntual… —murmuró para sí mismo, frotándose los dedos—. El solsticio de invierno es el 21 de Diciembre, ¿te acuerdas donde hablan de las influencias astrales en la magia?
—Eh… pues, quinceavo pasillo sección dos. Yoite Mizukashi y Lin Yue son los más célebres…
—¡Es verdad! —gritó poniéndose en pie—. No sé como se me había olvidado. ¡Hasta luego!
—No… —empezó—… grites en la biblioteca.
Pero el niño ya había desaparecido por uno de los corredores, presumiblemente en busca de lo que fuera que lo tenía tan intrigado acerca del solsticio de invierno. Remus suspiró, todavía medio anonadado medio divertido por el encuentro mientras volvía a la mesa en la que estaba Lily, que lo miró con una fina ceja pelirroja enarcada.
—¿No habías ido a buscar un libro?
Ah, había terminado olvidándolo por completo.
—He conocido a Guccini.
—¿El estudiante de intercambio? ¿qué tal es? Dicen que es un poco estrafalario.
—Mm… Supongo. Parece que está enfrascado en algún tipo de estudio acerca de los solsticios y su relación con los sucesos mágicos. —Cuando alzó la vista vio que su amiga lo miraba con una media sonrisa—. ¿Qué?
—Te ha caído bien el crío. Eres tan mamá gallina.
—No eres la idónea para decir eso.
—Tan mamá gallina —repitió risueña cuando Remus le tiró una bola de pergamino arrugado—. tan, tan.
Él se limitó a poner los ojos en blanco entonces. Para nada había una sonrisa bailoteando en su rostro.
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Los siguientes días transcurrieron en una sucesión borrosa en la que Remus era incapaz de distinguir un día de otro. James se había entregado a la tarea de persuadir a Peter —quién seguía actuando como una niña asustadiza a su alrededor— de que nada había cambiado porque a él le gustaran los hombres. Remus tenía que admitir que estaba gratamente sorprendido y agradecido por la sencilla actitud de James, él mismo se sentía cortado en algunos momentos, pero James fácilmente evaporaba esa sensación.
En cuanto a Sirius, obviamente lo intentaba también, solo que no era tan capaz como el otro merodeador. No que fuera su culpa; Sirius era el tipo de persona a la que se le ve a leguas cuando algo le incomoda y, pese a que actuaba mayormente con normalidad, Remus no había podido evitar notar que la tan consabida naturaleza táctil de su amigo había disminuido notablemente desde su salida del armario. Con él y solo con él. Remus podía entenderlo y no le culpaba, pero una parte de él no podía evitar echar de menos la forma en la que Canuto se tumbaba en su regazo o saltaba en su cama sin previo aviso para quitarle de sus manos uno de sus libros. Era imposible no echarlo de menos, incluso si todo lo demás continuaba como de costumbre. Sin embargo, Remus se obligó a no darle demasiadas vueltas, no valía la pena.
Por otro lado, tanto a James como a Sirius parecía que se les había metido en la cabeza la idea de que tenían que compensarle por algo, lo que conllevaba en que, básicamente, no le dejaran ni a sol ni a sombra. Si no estaba uno pegado como una lapa, estaba el otro.
—Estoy yendo a la biblioteca —había dicho Remus uno de esos días, con Sirius pisándole los talones—. Odias la biblioteca.
—Necesito estudiar para Estudios Muggles.
Paparruchas.
—Nunca estudias —puntualizó Remus, sin saber si decantarse por sentirse irritado o divertido—. Además, he quedado con Lily.
—Bien por Evans. Podrá bañarse en mi presencia.
No hacía falta decir que la sesión de estudio fue una catástrofe como las hay pocas, y que Madame Pince terminó expulsándolos a los tres de la biblioteca una hora más tarde. Lily se había marchado furiosa aquel día, tras poner a Sirius de guapo para arriba; ciertamente, el propio Remus había sentido un inminente dolor de cabeza aguijoneándole en las sienes.
Así, con el pasar de los días, se fue avecinando la luna llena de noviembre y con su proximidad el malestar en su cuerpo fue aumentando también. Fue el martes de luna llena por la tarde, cerca del anochecer, cuando Remus salía de la enfermería después de hablar con Madame Pomfrey, sin Sirius ni James alrededor, que se encontró a Ciel recostado contra la pared.
Este se giró para mirarlo, sus grandes ojos marrones relucieron con la luz de las antorchas.
—Hey, Remus. Te estaba buscando.
No era la primera vez desde la noche de Halloween; Ciel había tratado de hablar con él un par de veces durante esos días, pero sus amigos lo habían acaparado por completo y no habían tenido oportunidad.
—Lo siento me han tenido… ocupado —murmuró débilmente—. No llegué a darte las gracias por lo de la otra noche, hiciste la situación más llevadera. Realmente te lo agradezco.
—No hay nada que agradecer.
—Aún así.
Ciel asintió para sí mismo.
—Entonces, ¿qué tal si me lo agradeces dejándome un poco de tu tiempo esta noche? —bromeó con ligereza—. Es un milagro verte estos días, pero entiendo que eso es porque al final todo ha salido bien con tus amigos. Me alegro, de verdad.
—Sí, son buenos amigos. —Se pasó la lengua por los labios, nervioso. Quería decirle que sí a Ciel, realmente quería. Pero no podía, no esa noche—. Lo… Me encantaría, pero no puedo esta noche. Lo siento.
La postura del otro chico varió ligeramente, pero nada en su expresión delató pensamiento alguno. Remus sintió la necesidad de justificarse.
—No me encuentro muy bien, he tenido unos días malos. Quizá he pillado un constipado.
En la quietud del corredor, Ciel lo observó de arriba abajo un instante. Una arruga surcó su frente.
—Sí que pareces cansado. Venías de la enfermería. ¿Quieres que te acompañe a tu sala común?
Remus sintió un tirón en las tripas. Tenía que darse prisa. Salir de ahí cuanto antes, no podía entretenerse.
—No hace falta, de verdad —aseguró—. Debería irme. Lo siento.
Trató de formar una breve sonrisa antes de dar media vuelta y esfumarse por el otro lado del pasillo, apresurándose hacia la casa de los gritos, donde sus tres amigos lo esperaban para una noche tan indomesticable como la propia luna. «Debe pensar que lo estoy evitando» pensó, frustrado; porque sabía lo que parecía, lo que daban a entender sus acciones, pero no era así. Muchas cosas habían sucedido los pasados días, Sirius y James estaban más encima que nunca y tal vez él no se hubiera preocupado lo suficiente por quedar con el Ravenclaw.
Pese a todo, hubo una vocecilla en su cabeza que, mientras se escabullía por los terrenos de Hogwarts, quiso recordarle que Ciel también parecía buscarlo más que nunca, pero Remus se la sacudió de encima y la hundió en un lugar recóndito en su consciencia cuando divisó a sus amigos junto al sauce boxeador.
La sonrisa de Sirius era de dientes blancos y caninos.
—Creíamos que tendríamos que ir a buscarte.
—Vamos —dijo James.
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El bosque era un depredador. El bosque era negro, sus sombras y formas densas como el alquitrán, asfixiaban el más mínimo resquicio de luz; incluso el pernicioso fulgor de la luna, redonda y magnánima en su columpio astral, era incapaz de penetrar semejante manto de oscuridad.
Quizá su luz no penetrara, pero sí lo hacía su influjo.
El lobo corría veloz como un balín entre la espesura. Junto al lobo estaba el perro, del negro de la misma noche. Había colmillos, garras. Jugaban a pelearse, se dominaban. Por los alrededores, el ciervo y el ratón se encontraban ojo avizor. Era una noche salvaje, de luna plena, de aullidos entonados en su honor. Era una noche tranquila.
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Una noche tranquila en luna llena significaba que no había habido contratiempos. Canuto y Lunático habían correteado por el bosque prohibido, rompiendo brancas, arañando cortezas de los troncos más nuevos y atemorizando pequeñas aves y roedores. Sirius la consideraba una buena noche; si bien las secuelas nunca resultaban agradables, no importaba lo bien que se hubiera desarrollado lo anterior.
Los párpados de Remus parecían pesados a simple vista, su respiración errática mientras Sirius le sanaba la última de las heridas justo debajo de las costillas. Sirius odiaba aquellos momentos.
—No tienes que quedarte. —El susurro áspero le sobresaltó y, al levantar la vista, vio que Remus lo contemplaba con los ojos a medio abrir. El pelo castaño claro se le pegaba a la frente, donde un moratón empezaba a entreverse; Sirius ya había limpiado la sangre ahí—. Madame Pomfrey puede ocuparse de ello.
Un gruñido escapó de la boca de Sirius como toda respuesta. Remus volvió a cerrar los ojos y el silencio se extendió largamente mientras la última herida era tratada. Se encontraban en la Casa de los Gritos todavía, la suave luz matinal filtrándose por las grietas de la madera de la planta baja, el gorjeo de algunos pájaros aliviando de alguna forma el infortunio que acompañaba a esas mañanas. Como cada mes, era él quién se quedaba a atender las heridas más superficiales de Remus; no James y no Peter. Era algo que Sirius había dejado claro desde la primera vez.
Aún así, odiaba ver el estado en el que quedaba su amigo.
Por alguna razón, esta vez estaba siendo peor. Todo. Las heridas, el curarlas, el estar a solas con Lunático. Y el silencio. El jodido silencio. Era como si le estuvieran exprimiendo las costillas, arrebatándole el aire que le permitía respirar.
—Estás callado.
La voz de Remus le volvió a sobresaltar y Sirius juró que estaba comportándose como un retrasado mental. No que fuera su culpa. ¡Era culpa de Lunático! ¿Por qué mierdas le gustaban los hombres? ¿Cómo podían gustarle? Las mujeres eran maravillosas, con sus largas melenas, labios como pétalos aplastados, piel tersa, manos delicadas y curvas pronunciadas; entonces, ¿qué era lo que veía Remus en otros hombres? Sirius no lo entendía y, francamente, le daba cierto repelús solo de pensarlo, pero lo apoyaba porque era Remus. No necesitaba más motivo que ese.
—¿Canuto?
—¿Es que no puede uno relajarse con un poco de silencio? —gruñó, tratando de alejar la agitación que sentía.
Una risa ronca y breve brotó de los labios magullados de su amigo. Su rostro estaba pálido como el pergamino.
—No intentes hacerme creer… que sabes lo que es relajarse.
Sirius arqueó una ceja en respuesta, pero un repentino ataque de tos de Lunático cambió su expresión por una de preocupación.
—En serio —murmuró mientras le levantaba la cabeza cuidadosamente con una mano—. Eso te pasa por imbécil.
—No creo que ese sea el motivo.
La palabras de su amigo eran un traqueteo rasposo y hecho pedazos, así como debían estar sus cuerdas vocales tras la noche anterior. Sirius le mantuvo elevado unos segundos más, el ceño fruncido y un nudo en el estómago no del todo desconocido. De pronto, se escuchó un murmullo de pasos desde el exterior. «Pomfrey», pensó. Era hora de marcharse.
Sirius alcanzó con una mano la capa de invisibilidad amontonada en un rincón y se cubrió con ella con una rápido movimiento. Pomfrey descendía por las escaleras y Remus, que había vuelto a cerrar los ojos, quedaba por tanto en buenas manos.
Él, por otro lado, iría a buscar a la morena de Hufflepuff que le había prestado el ensayo de estudios Muggles la semana pasada. Le apetecía echar un polvo.
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No hacía aún una semana desde la última luna llena. La recuperación había sido más manejable que en otras ocasiones, lo cual era de agradecer. Remus giró por un recodo más, inmerso en sus pensamientos durante la ronda de prefectos de aquella noche. Tal vez por eso, y porque no se esperaba a nadie en esos últimos minutos antes de poder irse finalmente a dormir, el lumus de su varita no fue suficiente como para advertirle de la presencia de alguien más en el pasillo.
La sombra se le abalanzó antes de que pudiera reaccionar, cogiéndole de las muñecas. Su espalda golpeó suavemente la pared de piedra y un gruñido escapó de su boca. Una oleada de pánico repentino lo sacudió justo antes de que una boca húmeda cubriera la suya, tragándose el hechizo que había tenido en la punta de la lengua.
La luz cian de su lumus rieló ligeramente sobre un rizo rubio. Remus sintió como su cuerpo perdía la tensión que le había agarrotado los músculos hasta entonces. El otro chico liberó su boca entonces, sin romper el contacto de sus cuerpos; su respiración cálida se derramó sobre la mejilla de Remus. Ciel parecía agitado.
Hubo unos segundos de silencio estático.
—Es pasado el toque de queda —murmuró al fin.
Ciel rio por lo bajo.
—Lo siento. Se me han acabado las ideas legales para intentar ganar unos minutos de tu compañía.
—Oh.
No fue capaz de decir más. La mano que se estaba deslizando por su brazo, bajo la manga de su túnica, resultaba distrayente, así como el latido del corazón de Ciel contra su pecho. Su propio pálpito parecía querer seguirle el ritmo y Remus se dejó besar de nuevo cuando los dientes del otro chico mordisquearon su labio inferior antes de enredar su lengua con la suya. Remus jadeó mientras pasaba una de sus manos por la espalda del otro —la mano restante sosteniendo la varita— y este se apretujaba más contra él. La delatora protuberancia de la mitad inferior de su acompañante le devolvió a la realidad de forma súbita.
—No podemos hacer esto aquí —murmuró entre besos que eran presionados sobre la arteria de su cuello. Ciel deslizó la lengua generosamente en un camino ascendente hacia su oreja, cuyo lóbulo succionó con parsimonia.
—Vamos a otro lugar, entonces.
Remus podía sentir estremecimientos de placer hormiguear por su cuerpo ante las atenciones y la voz ronca de su amante.
—Es imposible encontrarte solo últimamente —continuó el Ravenclaw, besándole ahora la mandíbula y parte del rostro—. Ya no pareces encontrarte mal. No me puedes decir que tú no echas de menos esto.
Remus tuvo que acallar un gemido cuando Ciel presionó su erección contra su pierna. Merlín, si lo echaba en falta. Nada les impedía escabullirse como fugitivos a un rincón de la torre de Astronomía, en ese preciso instante, tal y como Ciel estaba diciendo. Ciel, cuyas manos vagaban afanosamente entre los pliegues de su ropa; cuya erección prometía las mil maravillas y un hambre insaciable; cuya respiración trémula, jadeante, era más que prueba suficiente de cuánto quería aquello. Pero aún así…
Aún así.
Algo en la forma de hablar del otro no estaba bien. Remus lo agarró de los hombros y, no sin un gran esfuerzo por su parte, lo alejó unos centímetros.
—Espera —pidió falto de aire; su mirada encontró la de Ciel, pero en la oscuridad cualquier matiz que podría haber discernido a la luz del día permaneció secreto—. Es pasado el toque de queda, ¿qué hace un Ravenclaw dejándose a semejante irrespon…?
Pero su tanteo a una broma para relajar el ambiente fue interrumpido con un siseo enfurecido:
—No te parece importar tanto cuando tu grupo de amigos rompe las reglas.
Ciel puso distancia entre ellos inmediatamente después, el eco de su exabrupto todavía pesado a su alrededor, e, incluso a través de su propio anonadamiento, Remus era capaz de sentir la rigidez en los hombros del otro chico sin siquiera tocarlo. El silencio se extendió durante lo que parecieron horas, ahuecado por la quietud de las paredes de piedra y por los ronquidos de los cuadros dormidos. Remus frunció el ceño a su pesar, sus manos inquietas con la necesidad de acercar al otro chico.
Algo claramente no estaba bien con Ciel. «Está… ¿está celoso de James y los otros?».
—Perdona —habló este de pronto sorprendiendo a Remus. Se pasó una mano por la nuca, cabizbajo, parecía avergonzado—. No… no quería decir eso.
—¿Pero lo piensas?
Ciel sacudió la cabeza, alzó la mirada; sus ojos marrones y vivarachos lucían un velo opaco. Volvió de desviar la mirada.
—Las cosas no están bien con mi padre estos días. Digamos que… bueno, no tiene las mismas expectativas que yo respecto a mi futuro. —La nuez de su cuello se movió al tragar saliva, había un tensión en su mandíbula—. Tal vez por eso…
No dijo más. Remus se removió, indeciso. Porque sabía lo que era necesitar espacio, porque también sabía lo que era necesitar un oído, y no estaba seguro de conocer a Ciel lo suficiente como para distinguir cuál era la prioridad en un momento como ese. Se pasó la lengua por los labios, repentinamente cansado.
—Mañana. Por la tarde. Podemos vernos mañana…
—No —declinó Ciel suavemente—. Sería un poco injusto para mí, Remus, ¿no crees? Después de tanto esperar, odiaría que hicieras tiempo para mí solo por pena. Si me permites, volveré a mis cuartos. Buenas noches.
Remus apenas fue consciente del fantasma de una sonrisa asomar al semblante del chico antes de que este diera media vuelta alejándose por el corredor. Remus se dejó caer contra la pared y no se marchó del lugar hasta mucho después, perdido en sus pensamientos. Uno predominante: había desconocido que Ciel esperaba por pasar tiempo con él. Al fin y al cabo, lo de ellos era una acuerdo amigable entre ambos. Ni siquiera se podía decir que fueran amigos en el sentido estricto de la palabra. ¿Pero en qué momento aquello había cambiado?
«¿En qué momento…?» pensó con horror, «¿en qué momento le he empezado a gustar a Ciel?».
¿Hasta qué punto lo había fallado por imaginarse a otro mientras intimaba con él? ¿Hasta qué punto…? Hundió la cara entre las manos, incapaz de continuar aquel hilo de pensamiento.
«Merlín, ¿qué he estado haciendo?».
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—¿Habéis visto la cara de Snape últimamente?
El susurro confidencial de Sirius, sentado a un lado de Remus, inició algo en lo que esté último no quería tener nada que ver. En realidad, si le daban opción, prefería que no se diera con o sin su participación. Pero la forma en la que James tarareó con interés desde la mesa de atrás le confirmó que sus esperanzas no tardarían en verse truncadas.
Eso, y que la profesora se había ausentado unos minutos.
Remus no estaba de ánimos para lidiar con aquello, no después del encuentro con Ciel la noche anterior. No pudo evitar fijarse en la figura estoica de Snape, en su perfil ensombrecido con las comisuras de su delgada boca retorciéndose hacia abajo; Snape tampoco parecía tener un buen día.
Canuto y Cornamenta no tardaron en ponerse manos a la obra, pero por alguna razón, que Remus no podía comprender en ese momento, Snape parecía más reacio a reaccionar a las provocaciones de los Merodeadores que de costumbre. Remus parpadeó, vagamente intrigado al ver que este permanecía con los hombros en tensión, la mirada en el frente del aula y la boca apretada en una línea recta.
El nuevo estoicismo de Snape, sin embargo, no sobrevivió al conjuro de James cuando la pluma del primero empezó una danza frenética tratando de suicidarse. Remus se mordió el labio. Sí, la pluma de Snape se lanzaba como un balín contra el suelo y las paredes como si intentara suicidarse y Snape no tardó una gruñir con ferocidad una sarta de motes despectivos que harían enrojecer de furia a cualquiera. O cualquiera que no fuera Sirius y James, quienes parecían estárselo pasando en grande. Remus no quería ni saber de dónde sacaban esa clase de conjuros, porque probablemente los inventaban ellos mismos, lo que era aún peor.
Remus suspiró por lo bajo cuando la profesora volvió para poner orden en la clase, volviendo a notar que, pese a la forma en la que Snape tenía los puños cerrados en mal contenida furia, había algo diferente en su expresión. Sacudió la cabeza y se dispuso a atender a la explicación que ya había dado comienzo. Curiosamente, no obstante, la melena pelirroja de Lily captó su atención: la rigidez en su semblante no podía ser casualidad.
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—¿Entonces?
Lily le echó un somero vistazo de reojo antes de pasarse los tomos de libros de un brazo al otro. La luz de mediodía cayendo sobre ellos en los aglomerados terrenos de Hogwarts. Cuando contestó, su tono fue disoluto:
—¿Entonces qué?
—¿Ha pasado algo con Snape?
Unas finas líneas de tensión aparecieron en los contornos de la boca de Lily.
—No sé a qué te refieres.
Remus paró de caminar y se giró para mirarla directamente, pero ella no se detuvo. «Figúrate», pensó Remus a la par que soltaba un suspiro y se apresuraba para alcanzarla otra vez.
—Sé que desde que ocurrió aquello no…
—No sé a qué te refieres. Hace mucho que no tengo nada que ver con Snape —replicó con frialdad.
Remus decidió no hurgar en el tema, al menos por ahora y siempre y cuando el descontento de su amiga se tratara de algo temporal. Súbitamente, notó que algo tironeaba de la manga de su túnica. Parpadeó al darse cuenta que era Lily, que le miraba con el ceño fruncido.
—Cambiando de tema —enfatizó de una forma que solo ella podía hacer—, has estado raro todo el día, ¿te ha pasado algo a ti?
Y de ese modo le fueron recordadas las implicaciones que el encuentro de la noche anterior tenían con su relación/amistad/acuerdo con Ciel. Tuvo que pensar hasta qué punto podía permitirse confiar a Lily, o a cualquier otra persona para el caso; porque, razonablemente, el hecho de que le gustaba alguien más y que ese alguien era Sirius era un no-no. Para el resto… para el resto quizá sí podría agradecer un buen oído, y la ceja arqueada de Lily parecía indicar que ella podía ser ese oído. No había mucho más que pensar.
Hasta aquí por ahora, ¿alguna duda? ¿suposiciones? ¿gustos, disgustos? Recordar que de comentarios nos alimentamos los escritores de fanfics. ¡Besos a todos!
