Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 3: ¿Qué me has hecho?

Me guió por las escaleras hacia el piso inferior con tranquilidad y auténtica caballerosidad impropias de él. Al llegar abajo me señaló el primer cuarto a la derecha.

-Ese de ahí, es el cuarto de baño—dijo mientras abría la puerta.

La estancia estaba muy iluminada. Las paredes blancas y los muebles de color beis hacían del lugar algo parecido a un santuario. Entonces al fijar mi vista en el fondo, me eché a reír sin contemplaciones.

-¿Qué pasa?—preguntó extrañado mirando hacia donde yo señalaba.

Las cortinas de la gran bañera eran rojas y estaban decoradas con pequeñas figuritas negras que no percibí hasta el último momento. Pequeños murciélagos negros sacando la lengua.

-¿No son un tanto infantiles?

-¿No te gustan?—me sonrió.

-De hecho creo que son lo más simpático que he visto en esta casa hasta el momento.

-Vaya gracias—murmuró y aún me reí más.

Él cerró la puerta del baño y me dio la espalda para seguir con el tour. Llegamos a la siguiente puerta.

-Esta es una pequeña sala de entretenimiento, por si te aburres—dijo.

Dentro de la estancia había pilas y pilas de juegos de mesa amontonados. En el centro de la habitación había una mesa de billar gigante y otra de pimpón y al fondo una gran pantalla de plasma parecida a la de un cine con todas las videoconsolas que habían salido al mercado en los últimos quince años.

-Wow.

El se rió.

-Oye.

-¿Qué?

-¿Tienes hijos?

Él pareció un poco molesto y cambió su peso de pierna.

-No.

-Lo digo porque no es normal que a un adulto le gusten tanto este tipo de cosas.

Él me sonrió.

-Solo tengo dieciocho años así que no, no tengo niños pero tengo un hermano mayor que es peor que muchos de ellos juntos—me dijo al oído inspirando profundamente.

-¿Por qué haces eso?—pregunté apartándome un poco para despejar las ideas.

-Porque no puedo pasar demasiado tiempo apartado de tu olor—dijo sencillamente.

Vaya, y yo que pensaba que era su olor el que me aturdía a mí.

Continuamos caminando hacia la siguiente puerta.

-El resto de las puertas son habitaciones, elige la que más te guste.

Conté las puertas que nos quedaban por ver. Cuatro.

La primera habitación era roja prácticamente en su totalidad, desde las cortinas de seda hasta el dosel y la cama. Las paredes matizadas con dorado y blanco le daban un aspecto real y distinguido. Era bonita, pero no del tipo en la que me gustaría dormir.

La siguiente tenía las paredes blancas y el cubrecama de color pastel adornada con florecillas. Los muebles de mármol marrón oscuro le conferían un aspecto acogedor y confortable. Podría ser una opción.

En la siguiente predominaban el amarillo chillón canario combinado con azul, verde, rosa… vamos que se convertiría a partir de ahora en la habitación del arcoíris. Creo que al final me acabaría quedando con la número dos.

Al menos eso pensaba hasta que entre en el último dormitorio. Las paredes estaban decoradas con tonos dorados, el edredón negro, dejaban ver las sábanas aterciopeladas del mismo color. En el suelo se extendía una gran alfombra del mismo color que las paredes. Los muebles eran de un color claro y la pared del fondo poseía una enorme estantería repleta de libros y discos. ¿Conclusión?

-¡Me quedo con esta!—brinqué entusiasmada.

Casi pude percibir en sus labios una sonrisa siniestra antes de que me girara y me empujara hacia la primera puerta.

-Pues ya que has elegido dónde dormir, ve a darte una ducha.

-P-pero… no tengo muda de ropa…

-Te prestaré algo mío, eso no es problema—y me metió dentro del baño.

No quería admitirlo pero de verdad que estaba deseando darme un buen baño caliente y relajante desde que entré aquí. Me quité la ropa y me acerqué a la bañera.

-Vaya, aquí caben cuatro personas sin rozarse.

Reí que a mi anfitrión no le importaría que llenara la bañera y eso hice. Me metí dentro y me relajé contra el muro. Suspiré de alivio. Cuando sentí que ya se me habían desentumecido los músculos, comencé a enjabonarme todo el cuerpo de pies a cabeza y en cuanto terminé y me aclaré, decidí quedarme un rato más.

Lo primero que pensé después de un rato era que Edward ya tardaba demasiado en traerme la ropa. Lo segundo que pensé… bueno, ¿qué habrían pensado ustedes si al abrir los ojos se hubieran encontrado al adonis del dueño de rodillas al lado de la bañera con los brazos apoyados en la barandilla mirándote fijamente?

-¡CERDO!—grité aventándole agua encima, solo que antes de que una gota lo rozara ya se encontraba en la otra punta del baño desternillándose de risa.

-¡No le veo la gracia! ¡Cochino, más que cochino!—dije acercando toda la espuma hacia mí para evitar que viera más de lo conveniente. Aunque quizás ya era un poco tarde.

-So-so…-intentaba hablar entre espasmos—solo intentaba traerte esto…-y volvió a desternillarse.

En las manos llevaba una gran camiseta negra y unos bóxers que seguramente me iban a quedar grandes.

-No pienso ponerme eso—le dije ceñuda.

Él se encogió de hombros.

-Tu misma, pero si sales desnuda después no te quejes de que "miro" demasiado—volvió a reírse.

-¡Sal de aquí!

-¡Es mi baño!—se quejó divertido.

-¡Sí, pero estoy yo! ¡Sal de aquí!—dije tirándole más agua.

-¡Qué carácter!—dijo saliendo por la puerta riéndose.

¿Cómo había logrado entrar sin que pudiera escucharlo? ¿Tanto tiempo había estado en las nubes?

Salí de la bañera y me envolví con una toalla seca que encontré encima del taburete. Me sequé y me coloqué la ropa que él me había traído. Como yo pensaba, la camiseta y los bóxers me quedaban grandes iba a tener que andarme con cuidado.

Sequé el estropicio que había montado y busqué desesperada un cepillo con el que poder quitarme los enredos.

Abrí un poco la puerta asomando solo la cabeza.

-Edward…

Él estaba apoyado en la pared del frente.

-¿Sí?—dijo mirándome divertido.

-¿No tienes algún cepillo que pueda usar?

-A mí me gusta cómo tienes el pelo ahora. Pareces una pequeña leona—se rió.

Creo que mi mirada se lo dijo todo.

-Iré a buscar uno.

En cuanto vi que se ponía de nuevo en marcha cerré la puerta. Me di cuenta de que no llevaba sujetador puesto y me apresuré a lavarlo como pude en la bañera mojada. Luego lo tendí en el palo de la cortina. Ya buscaría la manera de lavar el resto de la ropa.

Sentí los golpecitos en la puerta y al abrir apareció un cepillo negro por la rendija.

-Gracias—le dije aún molesta. ¿Tanto le hubiera costado tocar antes?

-De nada—y cerré de nuevo.

Cuando por fin terminé salí al pasillo pero el ya no se encontraba allí. Me acerqué al cuarto que había elegido y entre.

La cama ya estaba preparada con grandes almohadones y las sábanas negras retiradas. Bostecé.

-¿Con sueño tan temprano?—preguntó una voz melosa pegada a mi oreja. Sentí como jugueteaba con el lóbulo.

Me aparté un poco pero él volvió a la carga.

-Sí. Ha sido un día largo así que si no te importa…

-Que prisas que tienes—dijo agarrándome de la mano y dándome la vuelta para que lo encarara.

Con su otra mano agarró mi cintura y me pegó contra él. Ronroneó sobre mi cuello y siseó de angustia.

-Umm… no llevas sostén…

Oh, mierda…

-Enserio…-traté de decir con dificultad, el aire se escapaba demasiado rápido de mis pulmones—de verdad… que tengo ganas de dormir.

Sus labios subieron por mi garganta hacia el lateral de mi cara, parándose en la comisura de mis labios.

-Haré que cambies de idea—susurró y justo después pasó su lengua por mi labio inferior, como si lo estuviera alisando.

Mi respiración se había vuelto errática y en esos momentos mi mente nublada solo podía desear besar esos exquisitos labios con todas mis fuerzas. Casi pareció capaz de leerme el pensamiento, porque en ese momento sus labios se apretaron contra los míos.

Fue lento al principio. Cuidadoso, delicioso, saboreando cada caricia dada, cada roce inesperado. Luego eso se volvió insuficiente. Sus labios se fueron volviendo cada vez más insistentes, más apasionados y comenzaron a besarme con furia y deseo mezclados. Lejos de asustarme, me hizo sentir cosas inesperadas y muy placenteras, haciéndome desear más. Toqué su labio inferior con mi lengua y lo atrapé entre mis dientes, mordisqueándolo con auténtico placer. Él siseó e hizo lo mismo con mi superior. Luego introdujo su lengua en mi boca y ya no supe ni siquiera quien era quien. En todo ese tiempo, sus manos habían permanecido sobre mi cintura. Ahora me empujaban hacia atrás sin razón alguna. O eso pensaba yo hasta que la parte trasera de mis rodillas dio con el filo de la cama y ambos caímos sobre ella. Sentí su peso sobre mí que, lejos de molestarme, me excitó en sobre manera. Poco a poco fuimos subiendo por la cama hasta dar con mi cabeza en las almohadas. Entonces sus labios dejaron mi boca para dirigirse hacia mi cuello y mi hombro desnudo—la camisa también era bastante grande—y los comenzó a besar con fervor. Yo apenas conseguía encontrar el camino del aire a mis pulmones y mis neuronas ya hacía rato que se largaron a por un descanso para cenar. Mis manos se enredaron con deleite en sus mechones alocados y gemí sin poder evitarlo. Sus manos se colocaron sobre mis muslos y los acariciaron en sentido ascendente, quedando tan cerca de mi intimidad que tuve que boquear para encontrar oxígeno.

-Tan sensible…-dijo contra mi piel.

Luego pasó de largo y metió las manos dentro de mi camiseta.

-No hagas eso—dije sin resuello.

-Es mi camiseta. Técnicamente puedo hacer lo que quiera con ella. Eso va también por esto—dijo enredando su dedo índice en el lateral de los bóxers que llevaba puestos.

El contacto me hizo enloquecer. Mi juicio había sido nublado por completo y ya solo quería que el siguiera y no parara nunca. Sentí que sus manos subían por mi vientre y se topaban con la parte inferior de mis senos.

En ese momento alejó sus manos, me colocó la ropa y me besó en los labios por última vez. Luego me tapó con las sábanas.

-Buenas noches—dijo apagando la lamparita de la mesa de noche y acostándose a mi lado.

Tarde un poco en recuperar la cordura y el aliento antes de darme cuenta de qué era lo que estaba haciendo.

-Hey, ¿no te vas a ir?

-Pero es que esta es mi habitación.

-Ya sé que todo lo que hay en esta casa es tuyo, pero me dijiste que eligiera un dormitorio y eso hice, creo que después de tus asaltos merezco un poco de tranquilidad.

-Pero es que tú elegiste MÍ dormitorio. Y no me apetece cambiarme de cama ahora—vi que su silueta en la oscuridad se sacudía. Se estaba riendo el muy cerdo.

-Entonces, ¿este es tu verdadero cuarto?

-Sip.

-¿Y siempre duermes aquí?

-Sip.

-Entonces me quedaré en otro cuarto—dije levantándome de la cama y acercándome a la puerta.

Cerrada.

Escuché el tintineo de unas llaves detrás de mí. Me giré. A pesar de la oscuridad pude percibir la silueta de unas largas llaves en su mano.

Me acerqué a él.

-Dámelas.

El las encerró en su mano y las pegó a su pecho. Se rió divertido.

-No.

-Dámelas

-Ven a buscarlas.

Gruñí. Agarré su mano y tiré con fuerza para intentar sacárselas. No hubo forma de moverla ni un centímetro. La dureza de su piel y su frialdad, me hacían sentir que estaba intentando sacar una llave de dentro de un muro de piedra. Volví a intentarlo.

Esta vez, el aprovechó mi agarre para tirar de mí y caí sobre su pecho desnudo y frío. ¿Cuándo se había quitado la camiseta? Por un momento me aturdí. Tenía su cara a un par de centímetros de la mía y la palma de mi mano extendida sobre si pectoral derecho. Aún siendo una situación extraña, me maldecía a mi misma por suertuda.

-Dame la llave—repetí en voz baja mientras me perdía en sus brillantes ojos en medio de la oscuridad.

-No—dijo en el mismo tono bajo.

No lo pude evitar y lo besé. Brevemente pero lo besé al fin y al cabo. Él agarró mi nuca con su fuerte mano y me atrajo hacia él. Nuestras lenguas se volvieron a encontrar en una danza que solo ellas dos conocían. Su sabor mezclado con su aroma me estaba volviendo loca. Ya no sabía qué hacer con este fuerte impulso y frenesí que sentía cuando estaba tan cerca de mí. ¡Por Dios! ¡Sí lo acababa de conocer hacía apenas unas horas! Acaricié su pecho con mi mano mientras que la otra se encontraba sobre el puño que contenía la llave. Entonces él abrió la mano dejándome libertad para coger la llave y marcharme si quería. Estúpida de mí que no supe hacerlo. Al contrario que eso, enredamos nuestros dedos alrededor de la llave y continuamos besándonos por largos y exquisitos minutos. Cuando ya no podía soportar la falta de aire, me separé jadeando. Vi que el también estaba algo alterado.

Me agarró por la cintura y nos hizo girar hasta quedar los dos acostados de lado mirándonos mutuamente sin decir palabra.

-¿Qué me estás haciendo?—pronuncié sin hacer ruido. Aún así él captó el mensaje.

-Qué curioso. Yo iba a hacerte la misma pregunta.

De ese modo, aún con nuestras palmas unidas alrededor de la llave, caí en los brazos de mi Morfeo particular.

Hola a todas¡

Aquí les traigo el siguiente capítulo! Ya en el proximo comienza el dia Dos¡

Espero que os haya gustado y perdonad por lo corto, tengo el tiempo justo para escribir¡

Me dejan un review?

Besitos, Sele.