Hoola aquí les traigo el capitulo 4 :D espero lo disfruten.

Esto lo hago sin ningún fin de lucro los personajes le pertenecen a Suzzane Collins y la historia a Lynne Graham yo solo la estoy adaptando.

Capítulo 4

Haymitch Abernathy detuvo su elegante Jaguar en una plaza de una exclusiva zona residencial de Londres.

—Buena suerte —dijo en tono alegre.

—Gracias —Katniss abrió la puerta con una sensación de alivio. Mentir le hacía sentirse incómoda.

Haymitch se había ofrecido a llevarla cuando su madre había comentado que tenía que ir a Londres esa tarde. Al preguntarle por qué se tomaba una tarde libre en el trabajo, Katniss le había dicho lo primero que le había venido a la cabeza: que tenía una entrevista de trabajo. La excusa de un nuevo trabajo era la cobertura perfecta si Peeta seguía insistiendo con que tenía que marcharse al extranjero.

—Recuerda, te daré unas referencias excelentes. Volveré en una hora, supongo que ya habrás terminado —dijo Haymitch.

Katniss estaba avergonzada.

—No es necesario.

Haymitch le dedicó una sonrisa irónica.

—Si te llevo de vuelta a casa, tendré una excusa para ver a tu madre. No creas que no me he dado cuenta de que está baja de ánimo.

Salió del coche e hizo un gesto de dolor por su capacidad de observación. Agradeció que sus hermanos no fueran tan perspicaces. Subió los escalones hasta la impresionante puerta principal.

—¡Katniss! —gritó Haymitch desde el coche—. Se te ha olvidado el bolso.

Bajó los escalones corriendo para recogerlo, se disculpó y le dio las gracias en un segundo. Entró al recibidor de la casa acompañada por un sirviente que la invitó a sentarse en una enorme butaca. Se preguntó si el servicio de Peeta aún seguiría saludándolo cada vez que apareciera haciendo una genuflexión o una reverencia hasta tocar el suelo con la frente para demostrar su profundo respeto al heredero del trono. Un par de minutos después, un hombre barbudo de más edad se detuvo en seco al verla, una expresión de sorpresa atravesó su rostro de aspecto inteligente. Con una amabilidad exquisita hizo una ligera reverencia, pasó a su lado y desapareció.

Katniss fue llevada a una enorme sala del piso de arriba. Se alegró al ver que el sirviente hacía una reverencia en lugar de arrodillarse.

—Señorita Everdeen, su alteza real.

Peeta la miró con unos ojos tan fríos como el hielo del Ártico. Iba vestida con una informal chaqueta gris y unos pantalones negros. Casi parecía alguien normal. Aunque esa ropa acentuaba su belleza y la gracia de su figura. Unos cuantos mechones indómitos se habían escapado y ocupaban el espacio de encima de las cejas, algo que hacía presagiar lo glorioso de su pelo cuando estuviera completamente suelto. Los recuerdos se avivaron y, con ellos, la excitación que, rigurosamente, Peeta sometió a control.

—Siéntate —dijo él en tono áspero.

Los ojos de Katniss brillaban como plata sobre las mejillas arreboladas por la brisa primaveral. Lo miró nerviosa. Él llevaba un soberbio traje gris marengo, una camisa blanca y una corbata de seda azul cobalto. Estaba increíblemente guapo. Y serio. Bueno, al menos eso era lo habitual, se dijo a sí misma para intentar recuperar un poco la confianza. Peeta con aire de reprobación no era algo nuevo para ella. Cuando había estado saliendo con él, se había sentido en ocasiones como si la estuviera sometiendo a un meticuloso programa de crecimiento personal. Sintió un calor incómodo, se desabrochó la chaqueta, se la quitó y se sentó rígida en una butaca de brazos.

—No ha sido de muy buen gusto hacer que te traiga tu amante —dijo Peeta en tono de burla—, pero sí muy en la línea de infantil desafío que esperaba de ti.

Katniss respiró hondo para mantener el control y centró su atención en los zapatos hechos a mano que llevaba él. ¿Infantil? Pensó en la orden de desahucio y la enorme cantidad de dinero a que ascendía la deuda y decidió que pocos insultos podrían ofenderla. Por otro lado, sí quería desmentir las falsas inferencias.

—Haymitch es lo bastante viejo como para ser mi padre. Una vez trabajé para él. Eso es todo.

Peeta le dedicó una impresionante mirada de valoración.

—Asististe con él a una cena y es rico.

—¿Cómo sabes tú lo de esa cena? Es amigo de la familia y necesitaba una pareja para el evento. Su saldo bancario no tiene nada que ver —los ojos le brillaban de rabia y resentimiento—. Me doy cuenta de que no te gusto y tienes una opinión de mí realmente mala, así que, por favor, explícame qué hago aquí.

—Mírate al espejo —dijo Peeta sin dudar.

Katniss había esperado que él negara que ella no le gustaba.

—¿Qué clase de tipo quiere tener una relación con una mujer que no le gusta?

—Define «relación».

Katniss se ruborizó hasta la raíz del cabello al descubrir que era extraordinariamente sensible a cada una de sus palabras y humillaciones. Había captado el mensaje: su único interés era físico.

—Hablaste de reglas —dijo ella cortante.

—Nada de otros hombres. Espero fidelidad total.

Katniss se sentía tan insultada por lo que traslucían sus afirmaciones que se puso de pie de un salto.

—¿Qué demonios te crees que soy? ¡Nunca he sido infiel a nadie!

Peeta dejó escapar una carcajada de desacuerdo.

—¡Sé que te acostabas con otros cuando saliste conmigo hace cinco años!

Katniss parpadeó y después clavó sus incrédulos ojos en el rostro de Peeta. Quedó consternada al comprobar que él realmente creía que era cierto lo que decía.

—¡No me puedo creer que me estés acusando de algo tan despreciable! ¿Por qué has decidido creer algo semejante sobre mí? Por Dios, ¿por qué iba a salir contigo y ver a otros tipos al mismo tiempo?

—Yo sólo era alguien a quien sacar dinero.

Katniss apretó los puños.

—¿Entonces por qué no te eché el lazo la primera vez que pude?

—Poniéndome las cosas difíciles, me enganchabas más.

Katniss se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo haciendo que cualquier inconsistencia de su conducta sirviera para apoyar lo que él pensaba. Había hecho que todo encajara.

—No me acosté con nadie más cuando salía contigo… ¿Cuál es tu problema, Peeta? ¡Estaba enamorada de ti! —le lanzó enfadada con él y consigo misma por sentirse herida por sus afirmaciones.

Ya le había resultado duro enfrentarse al hecho de que él la consideraba avariciosa, pero que pensara que era una mana era como una bofetada en el rostro.

—Y quieres que me lo crea.

—¿Quiénes son esos hombres con los que se supone que me acostaba? —exigió ella furiosa.

—No le veo ningún sentido a hacer ahora un recorrido por tu mala conducta del pasado —dijo con un gesto que era más que de desdén.

Impertérrita, Katniss alzó la barbilla.

—Sin embargo, a mí me encantaría hacer ese recorrido, porque todo lo que has dicho es completamente falso.

—Esta discusión me aburre. Es una historia del pasado —Peeta descansó su mirada en el ovalado rostro de ella preguntándose qué querría conseguir con ese alegato de inocencia—. Naturalmente, yo he visto las pruebas de esas acusaciones.

—Bueno, yo también quiero ver esas pruebas.

—Eso no es posible. Tampoco quiero seguir hablando contigo sobre este asunto.

Katniss temblaba por el sentimiento de vejación.

—No puedes acusarme de algo así y luego negarme el derecho a defenderme.

La miró con los ojos entornados.

—Creo que puedo hacer lo que quiera. Si no te gusta, por supuesto, eres libre de marcharte.

Katniss se sentía tan herida que estaba al borde de ponerse a llorar de rabia. El oscuro poder de Peeta se le aparecía sólido como una roca y tan implacable como su expresión. No aflojaría. Su fuerza se había forjado con experiencias más duras de lo que ella podía siquiera imaginar.

Apretando los labios, Katniss volvió a sentarse en la butaca. Era un reconocimiento de la derrota, pero sabía que si emprendía una batalla contra él, perdería. Y con ella su familia. Peeta estaba convencido de que era una buscona y parecía evidente que lo llevaba pensando mucho tiempo. Ya sabía por qué la había abandonado de un modo tan brutal, pensó con amargura. Le gustara o no, tendría que guardar sus argumentos de defensa para un momento más propicio. Pálida como la pared y con un esfuerzo que la autodisciplina exigía, se cruzó de brazos.

—Las reglas —dijo inexpresiva.

—Te esforzarás por complacerme.

—¿Puedes explicar eso con más detalle? —exigió temblorosa.

—Nada de cosas a medias. Te diré lo que quiero y te esforzarás por dármelo —explicó Peeta con suavidad—. Decidiré dónde vivirás, lo que te pondrás, cómo te comportarás, todo lo que harás.

Una esposa sumisa, pero sin anillo, pensó Katniss. Una mascota a la que poder llevar de la correa siempre. Se sintió horrorizada ante la perspectiva de tener que entregar las riendas de su vida a Peeta, pero no le sorprendían las expectativas de él: decirle a la gente lo que tenía o no tenía que hacer era algo muy propio del futuro rey de Bakhar. Por desgracia, para Katniss todo aquello no resultaba tan natural. Mientras que en otras áreas de su vida no había tenido muchos problemas en aceptar la autoridad, un fuego de rebelión había prendido dentro de ella cinco años antes cuando Peeta la había abandonado.

—Creía… creía que sólo querías acostarte conmigo —dijo Katniss en un murmullo—. No creo que sea para tanto.

—Cuando el placer se aplaza, se disfruta más —Peeta se dio cuenta de que Katniss arañaba compulsivamente la tela que le cubría el regazo.

No podía ocultarlo. Aquello no se ajustaba a la imagen que tenía de ella y eso lo desasosegaba.

«No creo que sea para tanto». Estaba sorprendido por un comentario tan poco seguro y la implicación que se deducía de él de que el sexo para ella no era algo tan excitante. ¿Cómo era posible que una mujer con su experiencia resultara al mismo tiempo tan ingenua? Lo más seguro era que estuviera intentando manipularlo para ganarse su compasión. ¿Había en ella algo que fuera real? ¿Era todo lo que decía parte de una actuación pensada para engañarlo? En su momento, se había hecho tan bien la inocente, dando marcha atrás para asegurarse de que él viviera atormentado por la pasión y el deseo de ella. Ese recuerdo incrementó la rabia y la amargura que había mantenido controladas durante cinco años. La había deseado como no había deseado nunca a una mujer.

—Da lo mismo —murmuró Katniss, asqueada de la fría entonación de Peeta y preguntándose qué había ocurrido con su lado más conservador. Aquello, en el pasado, le había hecho diferente de sus amigos.

Sin duda, esas civilizadas sutilezas habrían desaparecido hacía mucho tiempo arrastradas por la ola del sexo licencioso del que seguramente habría disfrutado desde que la había abandonado. ¿Cómo se atrevía a acusarla de infidelidad cuando la había traicionado? Lo odiaba por haber arrastrado su dignidad por el polvo. Lo odiaba por haberla juzgado tan mal, por su decisión de tener siempre la última palabra. Realmente lo odiaba.

—Por otro lado, creo que no hay ninguna razón por la que no me puedas dar un adelanto de lo que puedo esperar de ti —dijo Peeta con un timbre de seda en la voz.

Katniss alzó la cabeza y lo miró consternada.

—¿Un… adelanto? —farfulló.

—Creo que me entiendes perfectamente.

Katniss se quedó helada. Era una prueba, estaba segura. No podía creer que esperara que se acostara con él en ese momento. Su mirada temblorosa se encontró con la de él.

Katniss notaba en su rostro el calor de la turquesa mirada de él. Sintió que el corazón le latía con fuerza dentro del pecho. Estaba en un estado de alerta tal que le costaba respirar y sentía la boca seca. Era terriblemente consciente de lo hinchados de sus pechos y de la tensión de los pezones. Un calor líquido se extendía como un torbellino de miel por la zona de la pelvis. Se removió en el asiento de pronto incapaz de permanecer quieta, sintiendo crecer el conocido deseo como una maldición capaz de quebrar sus contenciones y romper todas las barreras.

—Ven aquí… —exigió Peeta con voz ronca, agarrándola de la mano y tirando de ella para que se pusiera de pie.

Antes de que Katniss pudiera siquiera intentar resistirse a él, la reclamó suavemente con los labios y un leve rugido de deseo. El calor, la insistencia de su boca apoyada en la de ella, le producía una conmoción. No le dio oportunidad de negarle a su lengua el acceso al suave interior de la boca, lo que desató en ella una violenta reacción. Su pulso se desbocó. Todos sus sentidos se tambalearon. Su sabor era adjetivo. Alzó las manos hasta apoyarlas en los anchos hombros, en principio para mantener el equilibrio, pero después para estar más cerca de él. Sus dedos se agarraron a la chaqueta como si necesitara ese apoyo para mantenerse de pie en medio de ese embriagador mundo de seducción que la cautivaba. Cada beso la hacía desear frenética el siguiente. Peeta le levantó el suéter y apoyó una mano en uno de sus redondos y exuberantes pechos. Apartó la tela del sujetador y le rozó un pezón. Katniss gimió de excitación. Las rodillas se le doblaron. Notaba una franja de tensión en el vientre, una tormentosa sensación de necesidad que hacía que se apretara contra él buscando alivio.

Peeta la agarró de las caderas para colocarla más cerca del creciente calor de su deseo. Estaba tan duro como el acero. Ella no se resistía a ninguno de los movimientos que él hacía. Experimentó una sensación de triunfó. Recordó cómo hacía años había sido tan fría como una estatua de mármol entre sus brazos. Se inclinó y la levantó en brazos. Cuanto antes satisficiera su deseo por aquel cuerpo perfecto, mejor. Ella tenía la moral de una gata callejera. ¿Por qué iba a esperar?

Katniss jadeó en busca de oxígeno. Temblando como una hoja en medio de un huracán, abrió los ojos y los enfocó sobre el hermoso y oscuro rostro de Peeta. La llevaba en brazos como si pesara menos que una muñeca.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

Peeta abrió una puerta de un puntapié. Tenía citas, por no mencionar una reserva para volar a Nueva York. No le importaba. Por una vez en su vida iba a hacer lo que quería hacer, no lo que debía. La quería a ella en ese momento, no quería esperar siquiera una hora. ¿No había esperado ya cinco años? La dejó encima de su cama y soltó la pinza que le sujetaba el pelo. Hundió las manos en la masa de su cabello y después las deslizó por sus delgados hombros.

Sorprendida de encontrarse en una cama cuando unos minutos antes estaba a salvo en un salón, Katniss lo miró con los ojos abiertos de par en par. El Peeta que recordaba nunca la había besado de ese modo, ni la había llevado a un dormitorio sin dudarlo. La había tratado con respeto y contención. Estaba asombrada por el cambio que se había operado en él. Aunque sólo brevemente privado de sus caricias, su cuerpo se retorcía con una sensualidad tal que casi le dolía.

—Peeta…

Peeta se desabrochó el pantalón con aire decidido. Sus abrasadores ojos azules se clavaban en ella con intensidad.

—Aquí, en mi cama, sellaremos nuestro nuevo acuerdo.

—¿Ahora? —dijo Katniss, horrorizada por semejante declaración de intenciones.

Prefirió no pensar en cómo su entusiasta respuesta a la pasión de él podía haberlo animado a creer que estaba dispuesta a disfrutar de un aperitivo sexual de media mañana.

—Quiero decir, ¿aquí y ahora?

Peeta la observó con una fuerza imponente.

—Es mi deseo —dijo.

Estaba peligrosamente acostumbrado a que se cumplieran sus deseos de inmediato, pensó Katniss aturdida. Estaba aún luchando consigo misma para aceptar convertirse en el entretenimiento de Peeta, en su posesión, su juguetito, y se encontraba con aquello. De pronto el peso de todas esas expectativas fue demasiado como para hacerle frente en ese momento.

—¡No puedo! —dijo ahogada—. Ahora no, aquí no.

Peeta no había considerado esa posibilidad. Apretó una mano en un gesto de frustración y después la volvió a soltar. La punzada de la excitación sexual era tan afilada que casi producía dolor.

—Entonces, tendremos que esperar hasta que llegues a Bakhar.

Katniss se ruborizó hasta la raíz del cabello cuando se dio cuenta de que él había malinterpretado su arrebato. Bajó la cabeza consciente de que no iba a sacarlo de su error y se preguntó si eso la convertía en una tramposa. Como una de esas mujeres que fingían constantemente sufrir dolores de cabeza. Pero antes de que pudiera dejar que sus pensamientos vagaran en esa dirección, lo último que había dicho él se asentó en su cabeza. Lo miró a los ojos.

—¿Piensas llevarme contigo a Bakhar?

—Tengo un palacio en el desierto. El harén está hecho a tu medida.

Peeta estaba pensando con una satisfacción salvaje en Katniss en el Palacio de los Leones, aislada, alejada de las tentaciones del resto del mundo y obligada a depender sólo de él para tener compañía y diversión. Pronto lo descubriría ella. Sería su proyecto más personal. No habría más mentiras, más engaños ni fingimientos.

Ofendida y convencida de que le estaba gastando una broma pesada, Katniss se escabulló de la cama y huyó tratando de no mirarlo. Se detuvo al llegar a la puerta.

—Ya sé que me estás tomando el pelo. Me contaste una vez que en Bakhar ya no había harenes.

Peeta la miró con gesto sardónico disfrutando de su incredulidad y de la punzada de pánico que ella no era capaz de ocultar. Era una pequeña recompensa en comparación con la decepción sexual que acababa de sufrir. Otra vez. No tenía sentido que lo animara tanto para dejarlo siempre sin culminar. ¿Pero no era eso algo típico de ella? Dejarlo atisbar el provocativo sabor de su exquisito cuerpo para atormentarlo.

—Me refiero a que sé que eres demasiado civilizado para tratarme como a una concubina… o algo así —dijo Katniss con una voz tensa apenas audible.

—Mi abuelo tenía cientos de concubinas. No hablamos de eso. No es políticamente correcto en estos tiempos. Pero en la casa real siempre ha habido concubinas. La mayor parte de ellas eran regalos de sus familias. Se consideraba un honor entrar al harén real y una buena forma de ganarse el favor de la familia reinante —confesó Peeta en tono perezoso, mirándola abrir desmesuradamente los bellos ojos y la boca—. Yo tendré que conformarme sólo contigo, pero piensa en todas las atenciones con que contarás. Al menos no tendrás que compartirme ni que competir con otras mujeres.

—No voy a ser la concubina de nadie, y menos la tuya —gritó Katniss, abriendo la puerta de un empujón y saliendo al pasillo.

Peeta, que nunca había pensado en sí mismo como un hombre imaginativo, se imaginó a Katniss vestida con algo casi transparente reclinada en una de las camas del Palacio de los Leones, contando las horas que faltaban para que él fuera a visitarla. Encontró esa imagen mental tan atractiva que tuvo que hacer un gran esfuerzo para abandonarla y considerar los aspectos prácticos. ¿Cuándo había vivido alguien por última vez en el viejo palacio? Tendría que mandar un ejército de criados al antiguo edificio y reformarlo desde la cubierta hasta los cimientos para poderlo ocupar. Sería un trabajo enorme. Su personal estaría extremadamente ocupado.

—¿Cuánto tiempo piensas que me quede en Bakhar?

—Mientras yo siga queriendo acostarme contigo —dijo Peeta abriendo la puerta del salón.

—Si accedo… —dijo Katniss tragando.

—Ya has accedido.

—Tienes que cancelar el crédito y poner la casa a nombre de mi madre.

Sus coloristas ensoñaciones sucumbieron a la evidencia del agudo sentido financiero de Katniss. La miró con ojos duros.

—¿Crees que vales tanto? Katniss se prometió a sí misma que algún día, de algún modo, se vengaría de lo que le estaba haciendo. Pálida como una muerta, se agarró las dos manos y se cubrió la mirada de rabia.

—Eso tú lo sabrás —dijo llanamente—, pero si quieres que me entregue en cuerpo y alma y renuncie a toda mi vida sólo Dios sabe cuánto tiempo, necesito saber que mi familia va a estar perfectamente mientras yo estoy lejos.

—Habló la mártir —murmuró Peeta con desprecio.

Katniss se contuvo y no reaccionó a un comentario tan incendiario.

—¿Cuándo detendrás el proceso de desahucio?

—El día que llegues a Bakhar. Eso te dará unos diez días para que te organices.

—¡No puedes hacerlo así! —lo miró con gesto reprobatorio.

—No confío en ti, así que mantendré la presión. No habrá ninguna oportunidad de renegociar buscando condiciones más favorables o lucrativas, ni tendrás oportunidad de romper el acuerdo —miró por la ventana y vio el lujoso Jaguar que la esperaba. Se volvió hacia ella y la miró con fría intensidad—. Mientras tanto, tendrás que ser cuidadosa y comportarte lo mejor posible.

—¿Comportarme lo mejor posible? —frunció el entrecejo—. ¿De qué estás hablando?

—Tu amante ha vuelto a buscarte, pero no puedes volver a subir a su coche, ni quedarte a solas con él ni con ningún otro hombre. Soy un tipo muy desconfiado y te tendré vigilada desde el momento que salgas de esta casa hasta que llegues a Bakhar. Si hay el más mínimo atisbo de un flirteo o de una conducta reprobable, romperé el acuerdo y el desahucio seguirá adelante.

Katniss lo miró con muda incredulidad.

—Me estás asustando.

—Te estoy advirtiendo de que, si me engañas, sufrirás las consecuencias. Líbrate ahora de tu anciano chófer. El reloj ya está en marcha —murmuró Peeta con una frialdad letal.

Katniss rebuscó en el bolso, sacó el móvil y llamó a Haymitch a toda prisa. Le dijo que le faltaba aún bastante tiempo para salir y que no tenía ningún sentido que la esperase.

—Excelente. Siempre he estado convencido de que con la dirección adecuada te parecería muy fácil seguir las instrucciones —dijo Peeta arrastrando las palabras.

Katniss se estremeció de rabia y frustración. Se sintió como en medio de un tornado y luchando por encontrar la salida. Pero no se atrevía a explotar; no se atrevía a ofenderlo u oponerse a él porque tenía el poder de hundir a su familia. Deseaba decirle cuánto lo odiaba, pero en su lugar, el odio hervía a borbotones en su interior y tenía que aguantarse.

Alguien llamó a la puerta, entró y se dirigió a Peeta en su lengua.

—Tengo que irme al aeropuerto —dijo Peeta—. Haré que te lleven a casa. Estaremos en contacto para posteriores instrucciones.

Katniss alzó la cabeza y lo miró con el ardiente plata de sus ojos.

—Sí, su alteza real. ¿Algo más?

—Me aseguraré de hacértelo saber —desde su postura de poder y autoridad, sin siquiera notar su silenciosa hostilidad, Peeta le dedicó una mirada de fría satisfacción.

Desde la ventana del salón, Katniss lo vio subirse a una enorme limusina negra. Diez minutos más tarde, estaba en el Mercedes que había ordenado que la llevase a casa. Katniss se concentró en la historia que contaría a su familia. Ensayó una sonrisa refrescante y una voz alegre. Su total rendición no serviría para nada si su madre sospechaba lo más mínimo.

—Tengo grandes noticias, Peeta me ha ofrecido un trabajo impresionante —dijo a su madre en cuanto entró en casa—. Me pagará lo bastante como para poder liquidar la deuda que tenemos con él.

Effie al principio estaba atónita, pero su palpable alivio pronto silencio sus preguntas.

—¡Por supuesto! Fuiste la mejor del curso de contabilidad, así que Peeta tendrá una empleada de primera. Me alegro tanto de no haberme equivocado con él. Siempre he creído que era un joven decente y digno de confianza —dijo Effie llena de felicidad—. ¿Dónde vas a trabajar?

—En Bakhar.

—Oh, Dios mío, ¡el nuevo trabajo será en el extranjero! Debería haber pensado en esa posibilidad —exclamó su madre—. Te vamos a echar mucho de menos. ¿Estás segura de que te viene bien esto?

—Claro, totalmente —Katniss seguía sonriendo aunque le empezaba a doler la mandíbula.

Su supuesto nuevo empleo fue el único tema de la cena esa noche. Como ninguno de sus hermanos estaba al tanto de la difícil situación económica de la familia, lo que todos asumieron fue que Katniss había conseguido el trabajo de sus sueños.

—Supongo que trabajar en el extranjero será un buen cambio para ti —comentó Boggs, su hermano, antes de subir al piso de arriba a estudiar.

Era excepcionalmente inteligente y, como muchas personas intelectualmente brillantes, completamente ajeno a los aspectos prácticos de la vida.

—Vas a poder ganar una fortuna libre de impuestos en Oriente Medio —dijo su hermano Darius.

—¿Tendrás que ir a trabajar en camello? —preguntó la pequeña, Rue, llena de esperanza.

Su otra hermana, Primrose, estaba más pensativa y menos convencida por la aparente normalidad que había en la superficie. Cuando las hermanas estuvieron listas para irse a la habitación que compartían, los ojos de la adolescente eran un mar de confusión.

—¿Cómo ha sido volver a ver a Peeta? ¿No lo odiabas?

—No. Lo he superado hace mucho tiempo —dijo Katniss en un susurro para no despertar a Rue.

—Pero no has salido con nadie después de él.

Katniss giró el rostro hacia la pared y apretó con fuerza los ojos.

—Eso no tiene nada que ver con Peeta. Me refiero a que las relaciones son como son… —murmuró—. He tenido algunas citas… pero no han llegado a nada.

—Porque no te interesaban… los hombres siempre son…

—No he tenido tiempo para los hombres.

—Tenías tiempo para Peeta cuando andaba por aquí.

Las lágrimas pendían de las pestañas de Katniss. Trató de tragarse el dolor que le oprimía la garganta y de decirse que no fuera tan estúpida. Se pasó la mitad de la noche despierta pensando cómo se organizaría su familia para hacer la cantidad de cosas que ella hacía normalmente. Era consciente también de que tenía que dejar resuelto el tema de Snow. Esas dos preocupaciones dejaban en un segundo plano el problema de cómo iba a manejar a Peeta.

A la mañana siguiente, dio el preaviso en el trabajo y, al final de la jornada, se fue en autobús a casa de su padrastro.

—¿Qué quieres? —preguntó de mala manera Snow desde el umbral de la puerta.

—Si vuelve siquiera a intentar sacarle dinero a mi madre otra vez, te denunciaré a la policía —dijo Katniss—. Si amenazas o haces daño a cualquier miembro de mi familia, también iré derecha a la policía, así que ¡déjanos en paz!

La oleada de insultos y el resentimiento con que le contestó Snow la convenció de que la advertencia lo había asustado lo bastante como para mantenerlo alejado. Como la mayoría de los maltratadores, Snow normalmente evitaba a las personas que le plantaban cara y concentraba sus agresiones en las personas con caracteres más blandos.

Estaba esperando otro autobús cuando sonó su móvil.

—Pensaba que tu padrastro ya era historia —señaló la voz de Peeta con cristalina claridad.

La sorpresa casi hizo a Katniss dar un salto.

—¡Pensaba que estabas en Nueva York!

—Lo estoy.

—Entonces ¿cómo sabes que he estado en su casa?

—Mi equipo de seguridad te está vigilando. Te he dicho que no te quitaría la vista de encima —dijo Peeta arrastrando las silabas—. ¿Por qué has ido a ver a Coronalius?

Katniss recorrió con la mirada la calle de arriba abajo. Tenía tanto tráfico como cualquier zona residencial a esa hora. Pero no había ninguna señal ni otra cosa que atrajera su atención de un modo particular; si la hubiera habido, estaba del humor adecuado para decirle cuatro verdades.

—No es de tu incumbencia. No puedo ni imaginarme por qué te tomas el trabajo de poner fisgones tras mi pista.

—Nada es demasiado cuando se trata de mi concubina favorita.

Con una sonrisa de diversión en su hermosa boca, Peeta se recostó en el respaldo de la silla de su despacho y escuchó el furioso clic que interrumpía la llamada. Sentía una potente descarga de adrenalina cada vez que veía o hablaba con Katniss. La verdad era que eso lo perturbaba…