Disclaimer: Los personajes mencionados en esta historia son de Stephenie Meyer, la trama pertenece a la escritora Veronica Rossi por su historia con el mismo nombre, yo solo adapto la historia

3

Edward

La chica Habitante miró a Edward, sangre corriendo hacia abajo por su cara pálida. Ella dio unos pocos pasos, alejándose de él, pero Edward sabía que ella no se mantendría de pie por mucho. No con la pupilas dilatadas de esa manera. Un paso más y sus piernas se rendirían, haciéndola caer.

El hombre estaba detrás de su cuerpo inerte. Miró a Edward con sus ojos extraños, uno normal y el otro cubierto con el parche claro que todos los Habitantes usaban. Los otros lo habían llamado Jacob.

—¿Forastero? —dijo—.¿Cómo entraste?

Era el lenguaje de Edward, pero más duro. Filoso donde debería estar suave. Edward respiró lentamente. El temperamento del Habitante era espeso en el claro a pesar del humo. El ansia de la sangre le brindó un aroma rojo ardiente, por igual en hombres y animales.

—Vinieron cuando nosotros lo hicimos —Jacob rió—. Vinieron después de que desarmé el sistema.

Edward giró el cuchillo para un agarre más recio. ¿El Habitante no veía el fuego acercándose?

—Vete o te quemarás, Habitante.

Jacob se sorprendió al escuchar hablar a Edward. Luego sonrió, mostrando dientes cuadrados, blancos como nieve.

—Eres real. No puedo creer esto —Dio un paso hacia delante sin miedo. Como si sostuviera un cuchillo en lugar de Edward—. Si pudiera irme, Salvaje, lo hubiera hecho hace mucho tiempo.

Edward era una cabeza más alto, pero Jacob fácilmente le doblaba el peso. Sus huesos estaban enterrados muy debajo de los músculos. Edward raramente veía gente tan grande. Ellos no tenían suficiente comida para ser tan gruesos. No como aquí.

—Te acercas a tu muerte, Topo —dijo Edward. La esencia de otro Habitante, venía a él por detrás. Había visto tres hombres. Jacob y otros dos. ¿Los dos se estaban infiltrando, o sólo uno? Edward tomó otra respiración, pero no lo podía decir. El humo era muy denso.

—¿Topo? Eso es inexacto, Salvaje. La mayoría de los Compartimientos están en la superficie. Y no morimos jóvenes. No somos lastimados, tampoco. Ni si quiera podemos romper algo. —Jacob miró hacia abajo a la chica. Cuando miró de nuevo a Edward, dejó de caminar. Pasó demasiado rápido, su impulso moviéndose en sus dedos del pie. Él había cambiado de opinión acerca de algo.

Los ojos de Jacob lo recorrieron. Edward tomó aliento. Madera quemada. Plástico achicharrado. El fuego se estaba avivando. Inhaló otra vez, captando lo que esperaba. Otra esencia de un Habitante, viendo detrás de él. Había visto tres hombres. Jacob y otros dos. ¿Los dos se estaban abalanzándose hacia él, o solo uno? Edward respiró de nuevo, pero no pudo verificarlo. El humo era muy denso.

La mirada de Jacob cayó en la mano de Edward.

—Eres bueno con el cuchillo ¿no es así?

—Lo suficientemente bueno.

—¿Alguna vez has matado a una persona? Apuesto que lo has hecho.

Él estaba comprando tiempo, dejando que lo que sea que estaba detrás de Edward se acercara.

—Nunca he matado a un Topo —dijo Edward—. No aún.

Jacob sonrió. Luego se lanzó hacia delante y Edward sabía que los demás iban a venir también. Giró y vio a un solo Habitante, más lejos de lo que esperaba, corriendo con una barra de metal en su mano. Edward lanzó su cuchillo. La hoja salió recta y se hundió profundamente en el estómago del Habitante.

Jacob se precipitó detrás de él. Edward se preparó conforme volteaba. El golpe vino por el costado, golpeando la mejilla de Edward. La tierra se alzaba y bajaba. Edward envolvió sus brazos alrededor de Jacob conforme pasaba. Él empujó pero no pudo tirar a Edward. El Topo estaba hecho de piedra.

Edward recibió un golpe en su riñón y gruñó, esperando por el dolor. No lo lastimó tanto como debería. Jacob lo golpeó otra vez. Edward se oyó a si mismo reír. El Habitante no sabía cómo usar su propia fuerza.

Se apartó, lanzando su primer golpe. Su puño se estrelló contra el claro parche del ojo. Jacob se paralizó, las venas en su cuello sobresaliendo como enredaderas. Edward no esperó. Puso su peso completo detrás del siguiente golpe. El hueso en la quijada del Habitante se quebró con un crujido. Jacob cayó fuertemente. Luego se contrajo en cámara lenta, como una araña moribunda.

La sangre corría a través de sus dientes. Su quijada estaba dislocada hacia un lado, pero nunca quitó la mirada de Edward.

Edward maldijo, alejándose. Esto no era lo que quería cuándo irrumpió.

—Te lo advertí, Topo.

Las luces volvieron. El humo moviéndose a través de los árboles en círculos, brillando con la luz del fuego. Se dirigió hacia el otro hombre para recuperar su cuchillo. El Habitante comenzó a gritar cuando vio a Edward. La sangre gorgoteaba de su herida. Edward no podía mirarlo a los ojos conforme sacaba el cuchillo.

Se volvió hacia la chica. Su cabello se desplegaba alrededor de su cabeza, café chocolatoso y brilloso como el pelaje de un oso. Edward vio su dispositivo ocular descansando en las hojas cerca de su hombro. Él lo pinchó con un dedo. La piel se sentía fría. Aterciopelada como un hongo. Más densa de lo que esperaba de un aspecto más parecido a una medusa. Lo guardó en su morral. Después levantó a la chica por encima de los hombros como si llevara la caza, envolviendo sus brazos alrededor de las piernas de ella para mantener su equilibrio.

Ninguno de sus sentidos fue de gran ayuda para él. El humo había crecido lo suficientemente para ocultar todos los otros olores y bloqueando su visión, desorientándolo. No había subidas o bajadas en esta tierra para guiarlo. Sólo paredes de flamas o humo a donde quiera que mirara.

Se movió cuando el fuego se dosificó. Se detuvo cuando exhalaba ráfagas de fuego que quemaban sus piernas y brazos. Lágrimas corrieron por sus ojos, haciéndole más difícil ver. Continuó, sintiéndose atontado y borracho por el humo. Finalmente encontró un canal de aire limpio y corrió. La cabeza de la chica Habitante golpeaba contra su espalda.

Edward alcanzó la pared del compartimiento, siguiéndola. En algún punto tenía que haber una salida. Tomó más tiempo de lo que esperó. Se tambaleó hasta la misma puerta por la que había entrado más temprano, entrando en una habitación de acero. Para ese entonces cada respiración se sentía como brasas encendiéndose en sus pulmones.

Puso a la chica en el suelo, cerró la puerta. Luego de un buen rato, sólo podía toser y seguir el ritmo hasta que el dolor detrás de su nariz se detuvo. Se frotó los ojos, dejando un hilo de sangre y hollín en su antebrazo. Su arco y el carcaj descansaban contra la pared donde los había dejado. La curva de su arco parecía dura contra las líneas perfectas de la habitación.

Edward se arrodilló, tambaleándose conforme lo hacía, y miraba a la Habitante. Su ojo había dejado de sangrar. Estaba hecha finamente. Delgada, cejas café oscuro. Labios rosas. Piel tan suave como la leche. Su instinto le dijo que eran cercanos en edad, pero con piel como esa él no estaba seguro. Había estado mirándola desde su posición en el árbol. Cómo ella había visto las hojas con asombro. Casi no había necesitado su nariz para saber su temperamento. Su cara había mostrado cada pequeña emoción.

Edward apartó su chocolatoso cabello lejos de cuello y se inclinó. Con su nariz embotada por el humo, esta era la única forma. Respiró. Su carne no era tan penetrante como la de los otros Habitantes, pero aún era agria. Tenía sangre caliente pero también una vigorosa esencia de descomposición también. Él inhaló otra vez, curioso, pero la mente de ella estaba sumergida profundamente en el inconsciente, por lo que no despedía ningún temperamento.

Pensó acerca de llevarla con él, pero los Habitantes morían afuera. Esta habitación era su mejor oportunidad para sobrevivir al fuego. Había planeado chequear a la otra chica también. No había posibilidades de eso.

Se paró.

—Más te vale vivir, pequeña Topo —dijo—. Después de todo esto.

Luego selló la puerta detrás de él y se dirigió a otra cámara, ésta aplastada por un golpe del Éter. Edward se introdujo por un oscuro pasillo desmoronado. El camino se volvía más angosto, lo que lo obligó a arrastrarse sobre el cemento roto y metal retorcido, empujando su arco y su mochila delante de él, hasta que estaba de vuelta en su mundo.

Enderezándose, inhaló la noche profundamente. Acogió el aire limpio dentro de sus chamuscados pulmones. Unas alarmas rompieron el silencio, primero silenciada a través de los escombros, y luego a todo volumen a su alrededor, tan fuerte que sintió que el sonido rasgaba su pecho. Edward tomo la correa de su mochila y el carcaj y los puso sobre su hombro, tomó su arco y sacó su pie, corriendo a través de la fría madrugada.

Una hora después, con la fortaleza de los Habitante a no más de un montículo en la distancia, se sentó para darle un descanso a su cabeza palpitante. Era de mañana, una cálida en el Valle Shield, un tramo de tierra seca conducía a su casa dos días hacia el norte. Dejó que su cabeza cayera contra su antebrazo.

El humo se aferraba a su cabello y piel. Lo sentía con cada respiro. El humo de los Habitantes no era como el suyo. Olía como acero fundido y productos químicos que quemaban más que el fuego. Su mejilla izquierda latía, pero no era nada comparado con el dolor en el centro detrás de su nariz. Los músculos en sus muslos temblaron, aún huyendo de las alarmas.

Ya era bastante malo que él hubiera irrumpido en la fortaleza de los Habitantes. Su hermano lo hubiese echado sólo por eso. Pero él se había enredado con los Topos. Probablemente matado al menos a uno de ellos. Los Tides no tenían problemas con los Habitantes como otras tribus. Edward se preguntó si él acababa de cambiar eso.

Buscó por su mochila y rebuscó en el paquete de cuero. Sus dedos rozaron con algo fresco y aterciopelado. Edward juró. Olvidó dejar el parche del ojo de la chica detrás. Lo sacó, examinándolo en su palma. Captó la luz azul del Éter como una gota de agua enorme.

Escucho a los Topos tan pronto como había irrumpido en el área boscosa. Sus voces habían hecho un eco de risas desde la granja. Se había deslizado y estaba observándolos, asombrado al ver demasiada comida pudriéndose. Había planeado salir después de unos minutos, pero para entonces ya estaba curioso acerca de la chica. Cuando Jacob desgarró el parche del ojo de ella, no pudo permanecer y ver por más tiempo, incluso si ella fuese simplemente un Topo.

Edward volvió a colocar el parche dentro de su mochila, pensando en venderlo cuando los comerciantes estuvieran de vuelta en primavera. Los aparatos de los Habitantes alcanzaban un buen precio, y había un montón de cosas que su gente necesitaba, por no decir nada de su sobrina, Reneesme. Edward excavó más profundo en la bolsa, más allá de su camisa, chaleco y la superficie del recipiente de agua, hasta que encontró lo que buscaba.

La piel de la manzana brillaba con más suavidad que la pieza del ojo. Edward pasó los dedos sobre ella, siguiendo sus curvas. La había guardado en la granja. La única cosa que había pensado en tomar cuando había acechado a los Topos. Se llevó la manzana a la nariz y respiró el dulce aroma, su boca llenándose de saliva.

Era un regalo estúpido. Ni siquiera era por lo que había irrumpido.

Y ni siquiera lo suficiente.