Cap. 4
Los soldados fueron despertados muy temprano, y unas horas después ya marchaban de camino a las murallas. Ninguno de los cuatro acompañantes tenía especiales ganas de "encerrarse como se encierra a los animales con la rabia" como había descrito Narteo, pero Kea odiaba la idea y lo hacía notar. Un aura de odio e ira la rodearon durante todo el trayecto.
Adral era el más sociable de los cuatro, así que muchos de los soldados estaban cerca de él, charlando de cosas estúpidas, hasta que al capitán se le ocurrió hablar de un tema menos ridículo.
-¿Qué le pasa a esa?-preguntó señalando a Kea con la cabeza, que iba muy por delante de ellos.
-No sé a qué te refieres.
-¿Qué por qué mierdas está tan infinitamente cabreada?
-Ah, eso-comenzó Narteo, como si se acabara de dar cuenta, entrando en la conversación sin ser invitado- Verás, a ninguno nos gustan esas jodidas paredes que huelen a muerto, pero ella las odia, las derrumbaría y bailaría sobre ellas si pudiera.
-Narteo…- dijo Adral, regañándolo.
-Ahora-empezó el aludido poniendo la manos tras la cabeza-, querrán saber el motivo, y dudo que la loca esa de las gafas se calle si no lo hacemos.
-Kea no es como el resto, nosotros siempre hemos sido libres, pero ella nació allí. No le gustaba demasia…
-Lo odiaba-cortó ella, que se había acercado con sigilo.- ¿Vais a seguir hablando de mí u os vais a centrar en lo verdaderamente importante?-y al acabar de hablar les dirigió una mirada a los soldados donde se leía "serán imbéciles".
Siguieron el camino una hora o dos más, en silencio generalmente, aunque siempre se oía el murmullo de alguien hablando. El camino era más corto de lo que parecía, pero al ser extremadamente tedioso se hacía muy largo. Los acompañantes deseaban llegar para bajar del caballo y caminar, pero no podían, sería un retraso.
Finalmente divisaron las murallas. Los soldados sintieron alivio, más los "salvajes" se comenzaron a sentir algo incómodos algunos y terriblemente encolerizados otros. Avanzaron hasta llegar a las puertas y entraron. Nadie lo notó, pero el olor putrefacto del interior de las murallas golpeó a Kea y le causó una arcada que tuvo que tratar de disimular y acallar. Notaba las miradas de los "encerrados" como solía llamarlos y sintió odio. Natche pareció notarlo y se colocó a su lado, le tendió la mano y Kea la aceptó. Natche frenó un poco el paso de su caballo para acercarse al oído de Kea y hablarle.
-Tranquilízate, y lo más importante, no te cargues a nadie.
-¿Por qué no te preocupas de ti misma ahora? ¿Eres consciente de lo que estos retrasados pueden decir de ti?
Natche calló, pero en realidad no le importaba lo que esa gentuza opinase de ella, personalmente opinaba que ella era mejor porque no podía quemarse al sol y eso le daba ventaja.
-¿Dónde estamos?- preguntó Kea a un soldado que creía que se llamaba Armin, el rubio que sabía cuándo hablar.
-No sabría decírtelo con seguridad, lo siento.
"Perfecto, que mierda" pensó ella. Los recuerdos de su infancia llegaron a su memoria en los siguientes segundos de travesía. Su mente empezaba a divagar cuando, con una sacudida de cabeza se despejó y apartó aquellos pensamientos de su mente. Lo último que necesitaba era ponerse sentimental.
-Chsst-dijo Narteo-, ¿no huele muy mal aquí? Así como a, no se…
-A encerrados, a eso huele. Todos huelen así, son repugnantes-respondió tajante la morena. De verdad lo pensaba, los detestaba. Incluso si los miembros de su familia seguían vivos, los odiaba. Casi todos los encerrados vivía en la falsa ilusión de que estaban a salvo y que eran libres. Sí, jaja, libres. Los únicos que se salvaban eran aquellos que se habían unido a la legión de exploración. Unirse a ellos había sido su sueño de pequeña, ansiaba la libertad desde lo más profundo de su ser. Pero, ni siquiera ellos eran libres, siempre estarían atados a ese pesado yugo que imponía su gobierno de falsos e incompetentes.
No, aquello no era libertad, y por eso, les odiaba.
