Marinette estaba lista cuando Adrien llamó al timbre de su puerta. Sabine y Tom, sus padres, bajaron con ella para hacerle una foto a la adorable pareja, aunque lo que realmente captó la cámara de Tom fue la expresión anonadada de Adrien.
Marinette había escogido un modelo en tonos rosa, blanco y negro, un diseño propio que le había mostrado a Alya unos días antes y que su mejor amiga había aprobado con creces. Sin embargo, por mucho que Marinette siempre acertara con la ropa, Adrien no dejaba de sentirse como si aquella fuera su primera cita con ella. Y Marinette, que ya se había acostumbrado a las muestras de cariño en privado, disfrutaba de tener toda su atención también frente a los demás.
―Hola―saludó, aceptando la mano que él le tendía y echándole un vistazo rápido a su ropa―. No me lo digas: Plagg ha escogido la ropa por ti.
Adrien parpadeó para salir de su asombro y soltó una carcajada.
―¿Cómo lo has sabido?
Marinette alzó una ceja sin dejar de sonreír.
―Solo él te obliga a llevar algo verde―Marinette señaló la corbata y el pañuelo a juego sobre el pecho de Adrien.
Él se encogió de hombros e hizo a un lado a Marinette para poder saludar a sus padres. Tras intercambiar unas pocas palabras, Adrien ayudó a su novia a entrar en el coche y él rodeó el capó para poder sentarse a su lado. Al volante, Gorila no hizo ni un solo gesto y se puso en marcha en cuanto Adrien se lo indicó.
Marinette se mordisqueó el labio inferior distraídamente mientras Adrien tecleaba un mensaje rápido.
―Todo va sobre ruedas―informó Adrien en cuanto se guardó el móvil en un bolsillo interno de la chaqueta―. La mayoría de los invitados ya ha llegado al hotel.
―¿Qué se celebra esta vez?
Adrien sonrió ante el tono cansado de Marinette.
―Es una cena benéfica. La madre de Chloé se ha ofrecido voluntaria para asistir como invitada de honor―Adrien la miró con cierta diversión―. No sé de quién habrá sacado su hija el afán de protagonismo…
―Quién sabe: un padre alcalde, una madre diseñadora…―coincidió Marinette, siguiéndole el juego―. Tal vez por eso siempre lleve gafas de sol en el pelo, para evitar los continuos flashes de las cámaras de fotos.
Adrien se echó a reír.
―Te prometo que nuestros hijos no serán unos malcriados.
Marinette se puso tiesa en su asiento.
―¿Nuestros qué?
Adrien dejó de reír y la miró, confuso. ¿Qué acababa de decir?
―Bueno―dudó, desviando la mirada hacia el frente―, quiero decir… Cuando los tengamos… ¡Si quieres, por supuesto! Y…―se llevó una mano a la nuca, gesto que hizo sonreír de nuevo a Marinette.
Adrien había madurado mucho en aquel año. Había asumido rápidamente su papel como dueño de la empresa y cabeza visible de la firma Agreste. Pero aún existían algunos asuntos que conseguían ponerle nervioso. A Marinette le agradaba que él también pensara en su futuro juntos, en cómo podrían vivir y afianzar su relación y el hecho de que Adrien mencionara unos posibles futuros hijos hizo que las mariposas de su estómago hicieran saltos mortales.
―Relájate, gatito―rio Marinette, dándole un suave apretón en la mano―. Apenas estamos entrando en los veinte años, no tengo intención de ser madre todavía.
Adrien se giró hacia ella, ansioso, como movido por un resorte.
―Pero, ¿quieres? Es decir, más adelante, dentro de unos años…
Marinette creyó que se derretiría allí mismo.
―Sí, claro―asintió ella con suavidad, inclinándose hacia él―. Dentro de unos años.
Adrien soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta. Cerró un segundo los ojos, más aliviado de lo que habría imaginado. Él siempre había tenido claro con quién quería pasar el resto de sus días y formar una familia, pero una parte de él había temido el momento en que Marinette le dijera que eso no iba a ser posible.
―Vale, pero―Adrien abrió los ojos y esta vez miró a Marinette con algo mucho más oscuro que removió el deseo dentro de ella―, ¿puedo besarte mientras tanto?
Marinette ensanchó la sonrisa y cubrió los centímetros que la separaban de Adrien. Sus labios se encontraron con los de él, que atraparon los suyos con delicadeza y deleite. Notó, más que vio, cómo Adrien tanteaba a su espalda para pulsar un botón y que una placa de finísimo acero oscuro los separara del frontal del coche. Solo cuando sonó un suave clic, Adrien desabrochó el cinturón de Marinette y la sentó sobre sus piernas en medio de un revoltijo de tela.
Una de sus manos se acomodó en su cintura mientras que la otra encontró el camino hasta el interior de sus piernas. Marinette, por su parte, se acomodó en su regazo y se aferró al cuello de Adrien, profundizando aún más el beso y agradeciendo que el maquillaje fuese inmune a esos roces.
―No tienes idea de cuánto te necesito ahora mismo―murmuró Adrien contra la boca de Marinette.
Ella jadeó, con el corazón latiéndole a mil por hora. Ella también le necesitaba, deseaba tener su cuerpo cubriéndola por todas partes.
―¿Y si nos saltamos la cena y vamos directamente al postre?―propuso Marinette, sin ganas de que la prensa viera lo feliz que era junto a Adrien.
El joven Agreste soltó una risa grave. Su aliento sobre el cuello le provocó un escalofrío.
―¿Y si nos comemos el postre antes de la cena?―repuso él, avanzando en su camino por las piernas de Marinette hasta dar con su monte de Venus, cubierto por una finas braguitas de encaje.
Marinette apretó los muslos y, con ello, los dedos de Adrien.
―Quieto, gatito―le paró ella―. No juegues con fuego o te quemarás.
―No me pasará nada. Tengo mi lucky charm.
Marinette se separó un poco más, incrédula.
―¿Cuánto hacía que no…?
Pero Adrien se había dado cuenta de lo que había dicho y antes de que Marinette pudiera terminar la frase, él le puso un dedo en la boca para acallarla.
―Ni una palabra―sentenció, desviando los ojos unos segundos para ver por dónde iban―. Estamos a punto de llegar―cogió a Marinette por la cintura y la colocó de nuevo en el asiento del coche―. Tendremos que esperar para comernos el postre―y le guiñó un ojo para aliviar la tensión que se había instalado repentinamente en aquella parte del coche.
El coche paró justo delante de la alfombra roja que habían instalado frente a la puerta del Grand Hôtel. Adrien saltó de su asiento y se apresuró a rodear el coche para ayudar a Marinette a salir. Ella sintió cómo la mano de Adrien electrocutaba la suya, o tal vez fueran los innumerables paparazzis apostados a ambos lados de la alfombra tras unas cuantas vallas y varios agentes de seguridad. Su cuerpo se movió de forma automática, como había aprendido a hacerlo desde que su relación con Adrien salió a la luz. Plantó una falsa sonrisa en el rostro y rodeó el brazo de Adrien con el suyo. Le notó tenso, pero ni siquiera se preocupó, no cuando ella misma estaba a punto de explotar de impotencia.
Marinette apartó los pensamientos oscuros a un lado y se concentró en parecer una novia ejemplar: sonrisa perfecta, vestido perfecto, actitud perfecta… En esas ocasiones, admiraba a Chloé y su manera de que todo le importase un pimiento porque sabía que nadie tenía nada que criticar de ella; no en vano era Queen Bee, tenía vena de reina.
Adrien la guio por la alfombra y se detuvo con ella en un par de ocasiones para saludar al público y dejar que les hicieran fotos. Sabía que Marinette estaba enfadada con él. Llevaba un tiempo diciéndoselo, haciéndoselo saber, pero Adrien estaba tan absorbido por todas sus responsabilidades que lo olvidaba con frecuencia. No lo hacía aposta, sencillamente ocurría. En momentos como aquellos, cuando notaba a su novia tan distante y fría, lo único que quería era meterla de nuevo en el coche y huir del ruido, hablar, sentir de nuevo que ella estaba a su lado.
Sin embargo, no sería nada fácil dar explicaciones después, por lo que se vio obligado a contener sus impulsos y a rezar para que la noche fuera bien y a Marinette se le pasara. Sabía que no estaba bien, pero no podía hacer otra cosa. Ese era el problema: estaba tan atado como ella, si no más.
«Tal vez ella no lo sabe», pensó Adrien mientras giraban para que les hicieran las últimas fotos, agarrando a Marinette de la cintura y tirando de su cuerpo hacia él, aunque ella se resistía con todas sus ganas. «¿Cómo va a saberlo, imbécil? De lo único que hablas es de tu trabajo, no te interesas por lo que ella piensa», dijo una vocecita acusatoria en su cabeza. Adrien sintió un nudo en la boca del estómago. «Yo no hago eso», negó para sí mismo. «Sí lo haces, gilipollas y ella se está cansando de tu actitud de mierda. O paras ahora mismo o te vas a ver más solo que la una».
Adrien tragó saliva. «Seguro que no es para tanto…», se dijo a sí mismo, tratando de no entrar en pánico y observando a Marinette de reojo. «¿Ah, no? ¿Desde cuándo ella quiere separarse de ti? ¡Estás ciego!». Adrien suspiró. ¿Otra vez no se daba cuenta de sus sentimientos? ¿Realmente estaba cayendo de nuevo en el mismo error que había cometido años atrás?
―Marinette―murmuró, acercándose a su oído.
Con el corazón en un puño, Adrien vio cómo ella pegaba un respingo y se alejaba de él.
―Oye, tengo que hablar contigo…
Marinette giró el rostro hacia él, confusa, pero sin perder la sonrisa falsa.
―¿Tiene que ser ahora? Mira dónde estamos…
―Lo sé, pero…
―Adrien―le cortó ella, poniéndole una mano sobre el brazo―, tengamos la fiesta en paz, ¿vale?
Adrien sintió cómo su pecho se encogía.
―Por favor, Marinette, lo siento. Yo…―dijo a toda prisa, pero entonces escucharon la llamada de uno de los invitados de aquella noche y Adrien se vio obligado a morderse la lengua― Hablaremos luego, ¿de acuerdo?
Marinette parpadeó, sorprendida ante la determinación de Adrien. Sabía que cuando se le metía algo en la cabeza, era imposible quitárselo. Ignorando el suave aleteo de las mariposas en su estómago tras haber escuchado la disculpa velada de Adrien, Marinette le siguió hacia el interior del hotel, lejos de los flashes de las cámaras y las preguntas sin respuesta de los periodistas.
El vestíbulo del hotel había sido decorado con todo tipo de adornos dorados y negros. Unas cortinas negras con finos dibujos dorados ocultaba el interior del lugar de miradas indiscretas. Las mesas que habían distribuido por la zona estaban cuidadosamente decoradas con platos y cubiertos dorados, así como con copas cuyo borde resplandecía bajo la luz de las lámparas de araña. Una zona del vestíbulo había sido acotada para crear un espacio de baile, cuyo centro era una pista con mosaicos negros y dorados. Había flores blancas repartidas en varios jarrones de cerámica oscura y varios camareros pululaban aquí y allá, sirviendo bebidas y ofreciendo distintos canapés. Un hilo musical resonaba por unos altavoces escondidos tras las cortinas de los extremos.
―Menuda recepción―murmuró Marinette, que aún no se acostumbraba del todo a aquel lujo.
Adrien asintió con la cabeza.
―¿Quieres beber algo? ―ofreció, comenzando así a resarcir a Marinette por su pésimo comportamiento.
―Sí, por favor, estoy seca―aceptó ella con una tímida sonrisa.
Adrien bebió de aquel gesto y, sin separarse de ella, la llevó hasta una barra ubicada a un lado de las escalinatas que llevaban al primer piso del hotel. Marinette ahogó un grito de sorpresa al ver allí a uno de sus amigos.
―¡Luka! ―exclamó en cuanto estuvieron más cerca.
El aludido alzó la cabeza y le regaló una radiante sonrisa que puso a Adrien en guardia. Luka había viajado por varios países como músico. Sabía de él por algunos mensajes en el grupo de Whatsapp que compartía con el resto del Equipo Miraculous, un grupo que no se había disuelto a pesar de todo.
―Dios mío, ¿qué haces aquí? ―añadió Marinette, que se soltó del agarre de Adrien y rodeó la barra para darle un abrazo a su amigo.
Adrien apretó los dientes. Sabía lo mucho que a Luka le gustaba Marinette. Había sido así desde que se conocieron. En aquel tiempo, a él no le importaba que Marinette saliera con quien quisiera, pero ahora las cosas eran diferentes y Adrien deseaba quitarle esa mirada soñadora a su compañero de batallas.
―Me estoy tomando un descanso―explicó Luka, que dejó de mirar a Marinette un segundo para centrar la vista de sus ojos azules en Adrien―. ¿Qué tal, tío? Os veo genial.
―Gracias―respondió Adrien con sequedad, tirando de Marinette disimuladamente…, o no tanto, según la expresión airada de Marinette y la divertida de Luka―. ¿Has dejado tu grupo?
―No, solo estamos relajándonos un poco después de la gira. Pero ya sabéis que no puedo quedarme quieto, así que me he buscado un trabajo a tiempo parcial para mantenerme entretenido.
―¿Cuánto hacía que no nos veíamos? ―intervino Marinette, obviando lo molesto e incómodo que estaba Adrien― Y a Juleka… ¡hace siglos! Deberíamos quedar un día todos y reunirnos como el año pasado.
―Sí, sería genial todo―aceptó Luka, mirando alternativamente a Marinette y a Adrien―. Bueno, os habéis acercado por algo. ¿Qué necesitáis?
―Pues yo quiero…―comenzó a decir Marinette, pero Adrien dio un paso al frente y se interpuso entre ella y Luka.
―Para mí, una copa de champán. Marinette quiere el mejor vino rosado que haya.
―Vaya, ¿ahora te va el vino? ―bromeó Luka, agachándose para coger una botella de champán y descorcharla con maestría.
―Sí―respondió Marinette con los dientes apretados―, aunque a veces no me apetezca…―añadió, dirigiéndole a Adrien una mirada llena de significado que él no percibió.
Luka no dijo nada. Se estableció entonces un silencio incómodo, solo roto por el sonido de las bebidas cayendo en sendas copas.
―Aquí tenéis―Luka le entregó las copas a Adrien, que las cogió con rapidez y le dio la suya a Marinette―. Espero que disfrutéis mucho.
Adrien aprovechó el comentario para sonreír y abrazar a Marinette, posesivo.
―Por supuesto. Gracias, Luka―y arrastró a Marinette lejos de la barra.
Ella apenas pudo decir nada, puesto que varias personas le ocultaron a Luka antes de que se despidiera de él. Solo cuando Adrien y ella estuvieron lo suficientemente alejados, Marinette se soltó de su novio y le lanzó una mirada furibunda.
―¿A qué ha venido eso? ―estalló, furiosa― ¿Tienes idea del mal rato que me has hecho pasar?
Adrien se quedó mirándola, nerviosa, incrédulo, enfadado y avergonzado al mismo tiempo. No estaba claro cuál de los sentimientos predominaba más.
―He sido amable―se excusó, bebiendo un poco de champán.
―¿Amable? ―repitió Marinette, anonadada― ¡Solo te ha faltado ponerte encima de mí y bufar!
―Por favor, Marinette, no exageres…
―¡No exagero! Eres tú el que hace cosas sin sentido―Adrien frunció el ceño―. No hablas conmigo y si lo haces, es para contarme cosas de tu trabajo. No te interesas por mi carrera y me presionas para que les presente mis diseños a tus patrocinadores y a tus socios. Me obligas a venir a estas fiestas aun sabiendo que no encajo en este mundo. Me arrastras de un lado a otro sin pensar por un segundo en cómo me siento. Me hablas mal cada vez que sale el tema de los prodigios y de lo que ocurrió en tu casa. ¡Y ahora te pones en modo posesivo solo porque nos hemos encontrado a Luka!
»Sinceramente, Adrien, ni siquiera sé qué hago aquí―suspiró Marinette, agotada, llevándose una mano a la frente para quitarse el pelo de la cara y dejando la copa de vino intacta en una de las mesas.
Antes de que Adrien pudiera reaccionar, Marinette le rodeó y se perdió en medio de la multitud. Él se quedó allí, mudo, sin saber exactamente cómo habían llegado a esa situación. Le recordaba a cuando Marinette no quería ilusionarse con él el verano anterior, solo que ahora todo era mucho peor. Marinette no podía haber sido más clara, ni el más tonto.
Tras un par de minutos asimilando lo que había ocurrido, Adrien dejó su copa junto a la de Marinette y fue tras ella. No sabía bien dónde podía estar. La buscó junto a la puerta del hotel, pero estaba seguro de que ella no saldría por allí; así que se fue a la salida de emergencia. Tampoco se encontraba en la parte trasera del hotel. Intentó encontrarla en el armario de la limpieza donde, una vez, estuvo a punto de descubrir su identidad como Ladybug; si hubiera revisado las cámaras de seguridad, la habría visto entrar con su traje rojo y salir con su ropa de civil. Lo habría descubierto todo y, quizás, podría haberla hecho feliz antes.
En cierto modo, Adrien había superado aquel horrible fallo, aunque en momentos como el que vivía, sentía que seguía fallándole a Marinette una y otra vez sin remedio, como si fuera un círculo vicioso de mala suerte.
A medida que avanzaba en el vestíbulo, varias personas trataron de hablar con él, pero Adrien se lo impidió. Su prioridad no era entablar nuevas relaciones comerciales ni establecer lazos de interés mutuo, sino encontrar a la chica que le dio una oportunidad cuando él menos se la merecía. Finalmente, tras recorrerse todo el vestíbulo, la halló.
Estaba sentada en uno bancos altos junto a la barra, donde Luka y ella conversaban. En el fondo, agradeció que el mueble bar estuviera entre ambos y él no pudiera tocarla de más. Su instinto posesivo le hacía querer mostrarle a Luka que la amaba y que no era tan malo como Marinette podía hacerle creer. Porque, ¿acaso ella le estaba contando lo que había ocurrido? ¿Sabría ahora Luka el penoso novio en que se había convertido? ¿Se aprovecharía de la situación para intentar llegar a Marinette?
Fuera como fuese, no pensaba dejar que nada de aquello pasara. En un par de zancadas, llegó hasta ellos. Luka desvió la mirada hacia él con una ceja alzada y le murmuró algo a Marinette, que se giró para encontrarse con un Adrien atribulado, nervioso y arrepentido. Respirando entrecortadamente, Adrien le tendió una mano sin siquiera mirar a Luka.
―Ven conmigo, por favor.
Marinette miró la mano y su rostro. Pocas veces había visto así a Adrien. La última vez fue tras la lucha en la mansión Agreste contra Hawk Moth y Mayura, cuando aún ella estaba convaleciente en la cama. Adrien se había volcado con ella, cuidándola para que, cuando sus padres llegaran de su viaje, no se percataran de nada. A Marinette le dolió el corazón con solo recordar aquellos días, maravillosos y perfectos, mucho mejores que los que siguieron al anuncio de Adrien de hacerse cargo de la empresa y de todo lo que eso conllevaba.
Marinette suspiró.
―Está bien―aceptó, dándole la mano y permitiendo que la ayudase a bajar del banco; no obstante, antes de marcharse con Adrien, se giró hacia Luka y le sonrió―. Muchas gracias por todo, Luka.
Él se limitó a guiñarle un ojo. Adrien no hizo nada, por mucho que quisiera gruñirle. Solo caminó cuando Marinette lo hizo y se la llevó al armario de la limpieza, escondido en una esquina y oculto de los focos que iluminaban el vestíbulo.
