Lexa
He tenido que aparcar el auto en el improvisado estacionamiento de una solitaria y vieja tienda ubicada a 40 metros a la derecha de la carretera, "Nightbloods", según indica un letrero oxidado colocado en la parte superior del local. Al bajar siento mi cuerpo tensarse repentinamente y descubro que en esta parte de la ciudad el viento no es agresivo pero el ambiente es mucho más frío.
Miro el GPS del móvil para asegurarme si puedo permitirme un poco de tiempo y me tranquiliza saber que aún faltan 20 minutos para las 9:00 am y estoy a siete kilómetros de distancia de Lawrence. Si no vuelvo a cruzarme con descuidados e irresponsables mapaches, o algún imprudente transeúnte, o algún imprudente accidente, llegaré con cinco o diez minutos de retraso, esto me agobia un poco, pero no me parece tan escandaloso.
Guardo el móvil, coloco mi billetera en el bolsillo trasero del pantalón y me inclino para sacar la gabardina y ponérmela. Mientras aseguro las puertas del coche observo el lugar con cierta desconfianza, la vereda de la fachada está desagradablemente cubierta por latas vacías de Coca Cola y botellas de cerveza, envolturas de galletas y uno que otro desperdicio de lo que parece antes haber sido unas hamburguesas o algún tipo de comida rápida.
Aún así, me resulta muy extraño comprobar que a unos cuántos metros a los alrededores todo está limpio pero "Nightbloods" luce particularmente sepulcral. Entonces, le atribuyo este desapacible panorama al antihigiénico propietario.
El tétrico y sucio escenario me recuerda a la decoración de las tiendas que han sucumbido ante algún inminente desastre y han sido saqueadas o destruidas en las escenas de las trilladas películas post-apocalípticas que Raven me obliga a ver algunos jueves por la noche. cuando tras una extenuante jornada de estudios, nos permitimos un poco de calma.
Camino hacia la puerta, y a pesar de aborrecer la suciedad humana, deseo ardientemente que aún esté en funcionamiento porque necesito comprar urgentemente una camiseta, espero que vendan camisetas.
Cruzo la puerta y la diferencia atmosférica es gratamente sorprendente y agradable, lo primero que puedo visualizar es el psicodélico disco de vinilo de 'Silver Apples - Contac' colocado esmeradamente a forma de cuadro sobre una pared granate, y a la derecha, dos estantes llenos de miles de discos de vinilo ordenados alfabéticamente. A la izquierda, una vitrina llena de adornos, muñecos y pequeñas esculturas caricaturescas. Cambio de punto de referencia a un grande y rústico sillón de cuero marrón acompañado de una mesita con revistas y cómics, a la derecha hay una pequeñísima cafetería y un escaparate vidrioso lleno de postres y emparedados. Los pequeños espacios vacíos en las paredes están cubiertos por fotografías y flyers de conciertos y la iluminación amarilla produce una cálida sensación de relajamiento e intimidad.
Me recuerda mucho a 'Luna Music', una tienda de discos y cassetes en Indianópolis dónde mi padre y yo solíamos pasar las frías noches de invierno devorando vinilos y bebiendo café helado durante gran parte de mi ermitaña adolescencia. Noches en las que mi madre partía desde temprano para cubrir turnos nocturnos en el hospital y Lincoln estaba enclaustrado por temporada con su equipo de fútbol americano en la universidad.
También me recuerda a Gustus, el mejor amigo de mi padre y dueño del local, y en sus fallidos intentos porque aprendiese a tocar la batería o algún tipo de instrumento musical. Solía decirme que tenía el semblante digno de una melancólica y solitaria cantante de música country o soul, 'Como Janis Joplin, por ejemplo. Pero el semblante y el talento, nada más' recalcaba a modo de advertencia de que mal interpretara su cumplido y cabría la posibilidad de que me embarcase en los caminos sinuosos y turbulentos por los que sustancialmente transitó Janis y que adaptase conductas desadaptativas que me aseguren un pasaje directo al desenfreno, autodestrucción, e incluso a la muerte.
Me río al recordarlo. Gracias por tanto Janis, y perdona tan poco.
A Gustus, en su sano juicio, nunca se le ocurriría poner alguna cafetería dentro, ni siquiera fuera, le tenía absoluta devoción al material dentro de su santuario y le aterraba la simple visión de que alguien pudiese estropearlos con sus alimentos. Pero con mi padre y conmigo se permitía cualquier tipo de contemplaciones, a nosotros nos permitía tomar café e incluso, comer algún bocadillo.
'Nightbloods' parece estar diseñado para un desocupado viajero, para alguien que buscase distraerse y descansar mientras está rodeado de los más bellísimos sonidos. Momentos que yo no puedo permitirme hora, pero debo admitir que me gustaría poder pasar más tiempo en este lugar.
Salgo de la fascinación y la remembranza al ver ubicado en un rincón un armario abierto lleno de camisetas y botas militares. Me dirijo hacia allí y me tomo la libertad, y el tiempo, de buscar una que me interese. Son buenas, son malditamente buenas. Me cuesta decidir entre los temas abordados en los estampados, algunas camisetas llevan bandas de rock y otras inscriben mensajes que critican al sistema político y económico estadounidense.
Incuestionablemente elegiría la camiseta de Pink Floyd cuyo estampado era el póster de uno de sus más icónicos conciertos, Reino Unido - 1972. No he podido resistirme.
Camino hacia el pequeño mostrador y no hay nadie en el interior. He estado sola desde que entré y no lo había percibido. Noto el pequeño timbre de una bicicleta junto a unos libros sobre 'Guerras Medievales' y giro la palanquilla, supongo que vendrá alguien ha atenderme pronto y aprovecho el momento para sacar mi billetera y apresurar la compra.
Pasan unos minutos y me inquieto, reviso la camiseta y afortunadamente en la esquina inferior derecha hay una pequeña etiqueta con el precio. 30 dólares. No tengo la cantidad exacta así que dejo un billete de 50 dólares con la mitad visiblemente colocada entre las páginas de unos de los libros y salgo.
Llevo la camiseta en la mano y camino con prisa hacia el auto, casi parece que estoy corriendo.
Debería correr.
Cuando busco mis llaves entre los múltiples bolsillos de la gabardina escucho una aguda voz gritarme agresivamente desde lejos.
-¡Ladrona! ¡Ladrona, vuelve aquí!
Giro la cabeza hacia ambos lados buscando el sonido y veo a un jovencillo caminando hacia la tienda empujando un bote de basura, luce cansado y su andar es descompasado.
-¡No te atrevas a largarte y robarme esa camiseta!
Se detiene abruptamente y cierra los ojos con fuerza, una mueca de dolor parece dibujarse en su rostro, desde la distancia en la que me encuentro me es difícil tener certeza de sus expresiones.
Camino hacia él para explicarle lo que ha sucedido y compruebo que efectivamente algún dolor físico parece afectarle. Cuando estoy a escasos metros, el muchacho da un violento paso hacia atrás y se aferra con fuerza al bote de basura, se siente seguro detrás de aquel objeto y me observa con desconfianza y enfado.
Guardo distancia.
Inconscientemente levanto las manos en señal de paz y rendición y le dedico una pequeña sonrisa. Desvía su mirada a mi mano derecha y su expresión se endurece, la camiseta que llevo en la mano me pone ante sus ojos en indiscutible evidencia.
- ¡Y tienes el descaro de restregrarme tu acto vandálico en mis narices!
Bajo las manos inmediatamente y no puedo evitar reír ante la elegante elección de sus palabras.
¡Acto vandálico! ¡Narices! ¡Ladrona! reproduzco sus palabras en mi mente y vuelvo a reír, esta vez con sutileza, me ha hecho muchísima gracia escuchar estas expresiones en un pequeño adolescente, deduzco que los libros de guerras medievales están completamente involucrados.
-¡Disculpéme Rey Arturo! - digo con un poco de temor de que reaccioné violentamente a esta pequeña muestra de confianza que he decido tomarme y agacho suavemente la cabeza a modo de una pequeña reverencia- Pero no soy una ladrona. Lamento muchísimo haberle ocasionado tan exasperante situación de ira y rabia. Pero se trata de un mal entendido.
Su rostro se relaja y suelta el bote de basura que tenía inclinado contra su cuerpo y lo deja sobre el camino piedroso. Parece estar dispuesto a escucharme.
-¡Explícate! ¡Por favor! -el tono de su voz aún es agresivo pero en su rostro ya no hay rastros de ofuscación.
-Claramente la manera en la que he obtenido esta camiseta es inapropiada, pero no es deshonesta, ni mucho menos vandálica. -El pequeño me mira con el ceño fruncido- He esperado por varios minutos a que alguien viniera a atenderme y como vi el precio de la camiseta dejé el dinero entre la páginas de uno de sus libros.
Agacha la cabeza y parece estar avergonzado.
-¡Lo siento! -dice- ¡Pero esos detestables jóvenes rockeros me han engañado muchísimas veces!
Mira hacia la carretera y suspira.
-Saben que Emori trabaja los sábados, vienen aquí y se llevan las mejores camisetas y los refrescos, saben que no puedo defenderme... ¡Si tan solo pudiese!... -aprieta los puños con fuerza y empuja con violencia el bote de basura provocando que se alejara varios metros.
Camino hacia el objeto y lo levanto para llevárselo de vuelta al pequeño Arturo. Le llamo Arturo por su fuerte carácter, su belleza y su cabello rubio.
Mientras me acerco hasta él no puedo evitar fijarme en la suciedad de su pantalón, está manchado con tierra y tiene múltiples manchas que parecen chorros de Coca Cola. Coloco el cubo de basura cerca suyo, con cautela.
-Lo siento... Estoy muy enojado... Y mi tienda está impresentable. -Lanza una mirada de desaprobación cuando mira la fachada y resopla.
-No tienes que disculparte. Háblame sobre los jóvenes que irrumpen en la tienda y busquémosle alguna solución al problema.
-Vienen en una camioneta roja, deben tener 18 o 19 años, dos chicos y dos chicas, tienen un aspecto salvaje, y claramente van vestidos con lo que se llevan de aquí...
Mueve la cabeza al costado con cada dato lanzado y tiene un tono indiferente, como si todo esto lo hubiese tenido que repetir inútilmente muchísimas veces.
-He llamado a la policía, pero claro, tienen cosas importantísimas que hacer. -ironiza.
-¿Me permitirías quedarme aquí y esperamos a que lleguen esos jóvenes y los enfrentamos juntos? Mantendremos al margen a las inútiles autoridades -le guiño el ojo y él sonríe.
-Parecías ir con prisa. ¿Segura que puedes quedarte?
-Ya no es importante. -Miento y me encojo de hombros- No voy a dejarle pelear solo esta batalla, Rey Arturo. -Vuelvo a hacer una pequeña reverencia y el ríe.
-Gracias. Y tú tienes el porte de una guerrera medieval... Aunque... tu erguida postura y tu altura son muy impotentes, tu cabello ondulado te hace ver demasiado angelical.
Suelto una sonora carcajada. -Trabajaré en eso.
Me han emocionado sus palabras, me inclino hacia él y revoloteo su fino cabello con mis dedos, cómo si fuésemos grandes amigos que ríen y bromean juntos, como si nos conociéramos desde hace muchísimo tiempo.
-Soy Lexa -le tiendo la mano y él la estrecha inmediatamente.
-Y yo Aden... O Arturo, si quieres. -mueve la cabeza a un lado y sonríe.
-¿Qué te parece si primero empezamos tanteando el terreno y limpiamos este tiradero, Aden?
El chaval se rasca la cabeza y suspira.-Me he caído y he tirado toda la basura por el piso.
Me avergüenzo, me avergüenzo muchísimo de mis pensamientos y de la manera en la que juzgué este lugar nada más llegar. Siento un nudo en la garganta y soy incapaz de responder.
Aden trata de moverse pero una queja de dolor se lo impide. Me acerco y lo tomo en brazos, por entre la parte trasera de las rodillas y la espalda, y lo siento en un pequeño banquillo que está en una esquina de la tienda debajo de un árbol, para que pueda cesar un poco lo que sea que lo lastima constantemente.
Esto parece aliviarlo y me pongo en cuclillas frente a él.
-¿Qué te duele, Aden? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Necesitas que te lleve a un hospital?
-No es necesario... Es... Es mi pierna izquierda.
-¿Qué le sucede a tu pierna izquierda?
No responde, hace una mueca y respira profundo, se inclina hacia la bota de su pantalón y empieza a enrollarla lentamente.
Puedo notar inmediatamente que es una prótesis. Estoy muy familiarizada con ellas.
Entiendo lo que tanto molesta a Aden y siento hondamente el dolor que debe estar atormentándolo en estos momentos al fijarme y notar la prótesis mal colocada.
-Déjame llevarte dentro, sacarte la prótesis, darte un masaje y cambiarte las vendas del muñón.
Me acerco a él para volver a cargarlo y me detiene rápidamente. Inclina la cabeza señalando la basura y se encoje de hombros.
-Primero limpia eso, por favor, Lexa. No me gusta ver mi tienda así.
¡He encontrado la reencarnación de Gustus!
No estoy de acuerdo con su petición, es primordial atenderlo a él primero pero Aden me regala una tímida sonrisa y saca de sus bolsillo dos guantes para que pueda cubrirme las manos. No puedo negarme. Luego de colocarme los guantes, me apresuro en terminar la tarea encomendada lo más rápido posible.
Lincoln
Siento la presencia de Indra como el más cálido consuelo, no se acerca, su fría mirada está clavada en mí desde el marco de la puerta y tiene la respiración agitada por el grito que acaba de lanzarme. ¿Por qué me ha dicho que debería ocultarle algo tan importante a Lexa? Pienso mientras limpio mi rostro y me levanto atropelladamente del suelo.
Siento un agudo mareo y un insoportable ardor en las manos.
Mis ojos se encuentran con los de Indra quien ha relajado su mirada y ya no son fríos, ahora me miran tristes y cristalinos.
-¿Qué voy a hacer ahora, Indra? - Le pregunto con la voz aún resquebrajada y con una profunda esperanza de encontrar en sus respuesta las soluciones y el alivio que en estos momentos estoy necesitando.
Sonríe, o lo intenta.
- Ahora irás a bañarte, Lincoln, y a cambiarte de ropa, tendremos camino suficiente para poder conversar. -Se acerca a mí y me envuelve en sus brazos, me reconforta, la abrazo con fuerza cuidándome de no hacerle daño, ella aplica más fuerza y luego se aparta cuando le es imposible respirar.
Me mira y toma mi rostro entre sus manos y acaricia mis mejillas. -Todo estará bien, Lincoln. ¡Ve! ¡Ve! Que llegaremos tarde- dice mientras me empuja suavemente para que me encamine al baño.
Trato de hacerme paso entre el desastre que he provocado cuando siento a otra persona observándome, alzo la mirada y me percato de la presencia de Nylah que ha permanecido en silencio todo este tiempo.
- Lo siento. -Me disculpo avergonzado.
Nylah también intenta sonreír -Afortunadamente no hay nadie más trabajando en esta planta del edificio. - dice tímidamente con media sonrisa en el rostro. -Yo limpiaré esto, Linc. No te preocupes. -el tono de su voz es compresivo pero a la vez firme.
Asiento y camino con prisa hacia el baño de la oficina, entro rápidamente a la ducha y salgo luego de unos minutos con la misma velocidad. Miro en el delgado armario lleno de trajes del trabajo y busco el que me parece más adecuado, me decido por uno negro, camisa blanca y corbata negra, elijo unos zapatos negros también y con agujetas. Me visto, me observo detenidamente por unos instantes en el espejo y creo estar presentable, el intenso rojo de la sangre que invade mi rostro y mis ojos hinchados contrastan notablemente con mi atuendo, me cepillo los dientes, respiro profundo y salgo.
-No tienes que limpiar esto, Nylah, sólo cierra la puerta con llave y yo lo ordenaré al volver.- Busco mi pequeña maleta en la oficina pero Indra ya la tenía cerca a sus pies.
-No me cuesta nada, mañana es domingo, no trabajo, además veré que puedo averiguar...- Se encoje de hombros y vuelve a sonreír.
No quiero que averigüe nada, no quiero que vuelva a mencionar algo sobre ese falso testigo, y no quiero que continúe esta investigación.
-Lo sé, lo sé -dice, parece que ha leído mis pensamientos- Solo siento mucha curiosidad por el idioma, no indagaré más hasta que vuelvas.
Indra y yo salimos del edificio, sin muchas prisas, tenemos todo muy bien coordinado, ha aprovechado a llamar un taxi mientras me alistaba. Coloco nuestro pequeño equipaje en el maletero mientras ella aborda el taxi y le lanzo las llaves de mi coche a Nylah que nos ha seguido por detrás.
-Cuídalo- Le guiño el ojo y ella sonríe.
-Como siempre, colega- se ríe, se despide de Indra con unas señas de manos y desaparece por las puertas cristalinas del edificio.
-Ella me cae muy bien -Indra me sonríe pícaramente mientras me coloco el cinturón de seguridad- Siento que sería una buena chica para ti.
Me río.
-Sin duda, ella es muy buena chica... Para una chica.
-¡Oh! -Indra se ríe y agacha la cabeza, sigue riéndose.
Luego de reírnos tontamente unos instantes su rostro se vuelve serio y vuelve a mirarme con tristeza.
-Lincoln... No.. no te había visto reaccionar así desde... desde que te enteraste de la muerte de tus padres.
La sonrisa desapareció completamente de mi rostro y pude sentir mi cuerpo tentarse al recordar lo ocurrido. Aquella fría noche de invierno está grabada con tinta indeleble en mi mente, aquella noche Luna terminó nuestra relación, aquella noche Lexa visitó la cabaña de Indra en la que Luna y yo habíamos ido a pasar junto a ella un fin de semana y me dijo que nuestros padres habían muerto, aquella noche la culpé estúpidamente de todo lo ocurrido, aquella noche destrocé la sala de estar, aquella noche empujé a Lexa violentamente contra la pared ocasionando que un cuadro cayera y ella resbalara y se cortara con un pedazo de vidrio parte de la nuca. No soy una persona agresiva, ni mucho menos violenta, pero aquel episodio me atormentaría por el resto de mi vida y lo merecería.
Lexa me había perdonado, de eso no tenía ni la menor duda, pero yo, a mí mismo, nunca podría hacerlo.
-Lo sé, Indra. Esta vez nadie ha salido lastimado- Miro a Indra quien tiene la mirada fija en mi, seria y fría, intuyo que los mismos recuerdos la han asaltado.
-Debes controlarte, Lincoln, esta vez no ha pasado nada grave, pero si...
-¡No soy un monstruo, Indra!
-Lo sé, cariño, lo sé... Eres un buen hombre, pero debemos controlar nuestros impulsos, no podemos reaccionar de esa manera frente a cualquier situación, podrías lastimar a alguien, podrías lastimarte.
Nunca he lastimado a nadie más, Indra.
Se acerca a mí y gira mi rostro con su mano, obligándome a mirarla.
-Sé que no eres un monstruo -Acaricia mis mejillas con sus pulgares y esto me tranquiliza un poco. -Cuéntame qué ha pasado.
Vuelvo a tensarme.
-El testigo que tenía, quien profesaba tener todas las pruebas sobre el asesinato de mis padres, se echó para atrás esta mañana.
Silencio. Puedo sentir a Indra ser lastimada por mis palabras. Me mira con furia pero con pánico al mismo tiempo.
-Nunca debimos confiar en esa persona, Lincoln. ¡Eres el mejor detective privado de Los Ángeles! ¡No debiste apresurarte y pedir una audiencia sin haber estudiado a tu testigo antes, y confiar en él! -Grita.
-¡¿Tú también confiaste en él, Indra? Por eso has venido hasta aquí, también tenías esperanzas! -Le recrimino y también he aumentado el volumen de mi voz.
-¡Claro que sí, muchacho, claro que tenía esperanzas, era el único que podía corroborar y sustentar mi testimonio, cuyas pruebas podrían abrir una nueva investigación!
Antes de responder, el taxista llama nuestra atención y nos indica que ya hemos llegado al aeropuerto. Le pago y salimos del auto con nuestro equipaje. Caminamos en silencio y hacemos todo el trámite para abordar el vuelo, en silencio también. Le pregunto a Indra si quiere beber o comer algo antes de nuestro viaje y ella asiente.
Ordenamos unos refrescos y ella pide una ensalada de frutas. Luego de comer más de la mitad parece estar dispuesta a continuar nuestra conversación, y así lo hace.
Me apresuro -Sé que he manejado absolutamente mal todo esto, Indra. Me dejé llevar por mis emociones, dejé de lado todo mi raciocinio y experiencia.
-¿Lexa sabe lo del testigo?
Niego con la cabeza.
-Entonces no se lo diremos...
-¡No! ¡No puedo hacer eso!
-¿Quieres atormentarla con esto, Lincoln? Empezaremos de nuevo, desde cero, con la cabeza fría, iniciaremos nuestra propia investigación y cuando hayamos avanzado, cuando tengamos pruebas sólidas, entonces, le contamos todo a Lexa. Está terminando la universidad Lincoln, es una brillante estudiante, no podemos distraerla ni estresarla con algo tan delicado como esto.
Trato de reflexionar todo lo que ha mencionado Indra y solo hay razón en sus palabras.
No sería la primera vez que le miento.
No le he contado a Lexa lo del testigo porque quería sorprenderla. Ella desconoce todo lo que yo sé ahora, no sabe lo que Indra y yo sabemos, no se lo he contado para no inquietarla.
Todo ha sucedido muy rápido estos últimos meses, desde que Indra irrumpió en mi departamento y me contó todo lo sucedido. Que lo que terminó con la vida de nuestros padres no fue un accidente, no podría serlo luego de los extraños sucesos que ocurrieron antes y que ella explicó con detalles después, todo había tomado un rumbo completamente distinto ahora.
Pero Indra también me ocultaba cosas, lo sentía.
Lexa también está convencida de esto pero toda su búsqueda e investigación había sido interrumpida constantemente por el juicio que afronta desde hace años con la aerolínea responsable del accidente. Juicio del que me negué participar por la furia y el dolor de nuestra pérdida. La dejé sola con eso, en primer lugar estaba molesto y quería excluirme del tema, pero luego de graduarme, asumí la responsabilidad de hermano mayor y deposité toda mi confianza en Gustav, mi compañero, ya que códigos éticos me prohíben investigar un caso tan personal en mi Agencia.
Una vez que hemos abordado el vuelo, me pierdo instantáneamente en mis pensamientos mientras observo el paisaje por la ventanilla. Indra permanece en silencio a mi costado. Lexa no sabe que me reuniré con ella en Lawrence, a estas alturas, Octavia ya debería habérselo contando. No sé como sustentaré la presencia de Indra, la última vez que nos reunimos lo tres fue cuando amigos de nuestros padres llegaron a nuestra casa a dar sus condolencias, hace cinco años.
