IV. Una declaración de amor no correspondido
Flashback
Le observaba comer, daba una mordida y luego me daba a mí de un pedazo de la comida.
-Te gustan mucho los deportes-asintió para luego sonrojarse-.
-Sólo en hockey soy un poco malo...-sonrió-
-Sí, cada vez que sé que juegas contra Matthy sales lesionado o gravemente herido-.
-Es bueno-hiso un pequeño puchero- sin embargo yo le gano-.
-En tus películas tú siempre ganas en la vida real... no tanto-reí y le miré, se encontraba enojado-.
-Pero yo gané algo que él no- me quedé sorprendido-.
-¿Qué cosa ganaste?- me acerqué a él para ver su respuesta, en cambio miró a otro lado, murmuró bajo a tal que no le escuché-.
-Perdona ¿qué dijiste?- bajó la bandeja al piso y me dio un beso sujetando mi mano, luego se separó de mí y susurró para mí-.
-Yo gané tu corazón- sonreí feliz de escuchar ésas palabras, sujetó una almohada y hundió en ella su rostro, aproveche despeinando sus cabellos-.
-Y me alegra mucho que también tenga tu corazón-.
Finish Flashback
Después de unos cuantas semanas construí un lugar para proteger a mi adoración, al encontrarme con él descubrí que mi jefe ya le empezaba a inducir en la escritura, la política entre algunos otros libros. Al llegar sonrió y vino corriendo en nuestro encuentro, me dijeron que Kujimiro le habían encerrado en el cuarto de mi pequeño, que no era posible que haya traído a condenado animal a la tan majestuosa Francia.
-Hermanito- derramó unas cuantas lágrimas- ¿d-dónde… e-estabas?- dijo sollozando-.
-Ocupado, pero listo para mostrarte un bonito y mejor lugar en donde vivirás- al oír eso, ocultó su carita en mi pecho y siguió negando- ¿no? ¿Por qué?-.
-Sólo si tú estás conmigo y no me dejas, iré con esa condición, no quiero volver sin tu presencia- sus ojos me recordaron a los de Al y me fue imposible negármele-.
-Entendido- me incliné como si se tratara de un príncipe- lo que diga mi dulce hermanito, éste se sonrojó-.
-N-No hagas e-eso- levanté en brazos a mi niño-.
-Jefe… me llevo todo mi trabajo al nuevo mundo, cualquier cosa envíenme una carta- me dirigí a la puerta-.
-¿Eh? ¿De qué hablas?- ya no lo escuché-.
-¿Y-Y t-tu t-trabajo? El señor me dijo que…- le cubrí sus labios impidiendo que dijese algo más-.
-Ahora tú en adelante serás mi único trabajo ¿estás de acuerdo?- con esto logré una vez más que su cara se tornase roja como un tomate rico para comer-.
-S-S-S-S-I-I-I-I- sonreí, le abracé y volvimos a sus tierras nada ni nadie me impediría estar junto con él, si Kirkland quería guerra, guerra es lo que le daría-.
Los años pasaron, Matthew estudió mi lengua, le vestía como tal y le hacía comportar ante la sociedad; como Alfred le pertenecía aun a mi enemigo, con el tiempo dejamos tanto como mi pequeño como yo de dejarlo de ver
Mi protegido no entendía nada sobre lo acontecido, claro trataba de evitar sus preguntas con respecto a éste, me era muy difícil decirle, no sabía cómo explicarle; en más de una ocasión mandé a mi sirvienta a decirle al infante de Arthur que tanto como mi niño y yo estábamos ocupados.
-Quiero verlo, por favor- oí una voz muy cerca-.
-Llévense a Matthy a su habitación- me fui a la puerta-.
-¿Hermanito? ¿Qué sucede?- preguntó, habían pasado dos años y yo, a pesar de eso lo veía como de 5 años-.
-Nada, Matthy tienes que cambiarte habrá una fiesta en París y tenemos que arribar el barco-.
-C-Comprendo… dile a Alfred que lo quiero- agachó la cabeza y se fue escoltado por mis sirvientas-.
-Háganle pasar lo recibiré en el salón principal- respondí fríamente-.
-Sí, señor-.
Entré y me vio, me limité a ir a mi silla y mirarle desde arriba.
-¿Qué es lo que quieres?- hablé de horrible forma, me dolía más a mí que a él-.
-¿Francis? ¿Qué acaso no me recuerdas? ¿Sabes? Últimamente no te eh visto, claro a Matthy tampoco, quería entender ¿por qué ya no me dejas acercarme más a ustedes? ¿Hice algo malo? ¿Dije algo que no era? Si es así, perdón no era mi intención, yo me disculpo…- reí sarcásticamente-.
-¿Tu dulce hermano no te lo dijo?- en mi interior se moría lentamente mi alma-.
-¿Decirme qué? Francis, no soy como mi hermano si te hizo algo yo…-riendo estrepitosamente logré que dejase de hablar-.
-Kirkland Arthur, me declaró la guerra, yo prometí dejar en paz a su protegido y él a cambio haría lo mismo- sus ojos me decían lo que yo esperaba-.
-Yo no soy de su propiedad- replicó, yo bufé y lentamente me acerqué a su cuerpo -.
-Demuéstramelo, libérate dulce pajarito, te veo y compruebo que tus cadenas contigo siempre llevas; ¿hasta cuándo?-.
-¿Hasta cuándo qué?- contestó resentido de lo que había dicho-.
-¿Cuándo dejarás de depender de él?- acariciando su mejilla hasta levantarle su barbilla, en su dulce rabiar, no podía distinguir si era un pequeño de 8 años quién me estaba empezando a odiar- te puedo ayudar… tú dilo –me acerqué a sus labios- yo te apoyaré- bajando la mirada me dijo todo- como quieras-.
-Mi hermano no es como tú- susurró- tú privas a Matthy de todo y todos, ¿eso te hace feliz?-.
-Él está muy alegre de no verte, igual yo a ti, una persona menos de quién preocuparme-.
-¿Eso crees? No debí haber venido, tú no mereces que mi hermano esté contigo, es más espero y Arthur te ponga en tu lugar-, con un puño cerrado se fue a la puerta- te odio, Francis espero y no muestres nunca más tu horrendo rostro en mi cara-.
Abrió la puerta y me dejó, derrumbado en el piso comencé a llorar, una parte de mí falleció, recostado en el piso llegó quien menos esperaba a declarar su amor.
-Dime Francis, ¿puedo lograr quitar ése clavo llamado Alfred de tu corazón?- reaccionando me recosté, él se sentó entre mis entre piernas- no quiero que sufras hermanito, la verdad me enamoré de tu andrajosa apariencia, hasta el día de hoy me sentía a gusto, el simple hecho de que te dedicaras a mí y solo a mí, me dejó como un egoísta- tragué saliva y desvié la mirada-.
-Matthy… yo…- me interrumpió con un beso-.
-A diferencia de Alfred yo no te quiero compartir, me niego a estar sin ti, déjame curarte, te prometo nunca irme- mis labios se resistían pero gracias a su ternura empecé a olvidar, decidí ya no más-.
Mi amado ya no lo vi otra vez por ahí, su reflejo me mantenía bastante ocupado, entre estudios, trabajo y mi intento para callar mis sentimientos; cada noche me embriagaba y tomaba el cuerpo de Matthew, solo para mí, imaginaba una y otra y otra vez tener en mis brazos a quien me volvía loco.
Llegué a decepcionar en más de una sola ocasión a mi privilegiado, me despertaba, acariciaba sus alterados cabellos, le besaba en la frente, tomaba mis cosas y me iba.
Pronto se despertaba, con su voz triste y con un poco de resentimiento pronunciaba para sí.
-¿Hasta cuándo me verás? ¿Hasta cuándo le dejarás de amar? ¿Acaso no soy lo bastante egoísta para que me puedas mirar aunque sea una sola vez?- apoyando mi cabeza en la puerta y sin las ganas para abrir ésa puerta y parar lo que no debió ni siquiera dar inicio-.
-Lo siento…- ocultando continuamente mi cara fingí que lo había olvidado, lo que decía mientras tenía mis encuentros de derroche de amor no correspondidos en él, no era tonto al punto estaba de hablar pero silenció sus labios y riendo me preguntó-.
-Francis… ¿qué vamos a estudiar?- no era justo lo que yo me propuse le juré arrepentido me invadía más y más de otras cosas que de su propio bien estar-.
Durante 2 años duré así cuando cumplió 10 años, una carta, ahí mi director estipulaba que vinera lo más pronto.
-¿Qué querrá ése viejo?- segundos después entró-.
-¿De quién hablas Francis?-negué y pedí que viniese a mi lado-.
-Matthy... tengo que ir a Paris, ¿me esperarás?- me enterneció sus pucheros, le di un beso y se ruborizó-, por favor... ¿lo harás por mí?
-Mmmhh comprendo-.
Partí, dejándolo a merced de mis sirvientes y fieles aliados. A mi llegada, sólo abrí la puerta y dejé que mi boca hablara.
-¿Qué ocurre? Me encontraba ocupado, señor-.
-Ayuda... me- levanté la cabeza y mi sorpresa fue-.
-Vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí? Un jefe y un subordinado-.
-¿Qué haces aquí?- venía con sus ropas de vándalo, jugando con la garganta de mi Jefe en sus manos-.
-No, no, no, se dice: "Bienvenido, ¿por qué no me hablaste antes? Me hubiese vestido mejor para la ocasión"- escupí muy cerca de sus zapatos-.
-Antes morir a decir tal cosa- haciendo tan ruidosas carcajadas, cedió libertad a mi jerarca en paz-.
-Ok, ya puedes entrar-.
Vestido andrajosamente como mi aullador enemigo entró, con la carita sucia, ropas rasgadas y una pequeña coleta amarrándole su melena; con repudio me miró de abajo hacia arriba
-Alfred...-recibí una bofetada luego de haberlo nombrado-.
-Más cuidado, estás ante mi infante, mi capitán y general al mando del nuevo continente- yo negué-.
-Él sigue siendo el rubio, ojiazul, tierno que me encontró y que él estaba tan perdido que sin darse cuenta me robó el corazón- con la mirada le supliqué que viniese conmigo pero era imposible; me arrepiento de todos y cada uno de mis pecados-.
-Yo no sé quién eres, ah no... espera eres el que me rechazó, que dijo que era propiedad de mi hermano y además me dijo que era un pajarito enjaulado, preso de mis cadenas que me eran tan pesadas que me niego a quitar, porque solo conozco a ése sujeto y nada más-.
-No... -mis ojos se humedecieron ya no dejándome observar-, yo...-.
-Tu tiempo se acabó- sentí una punzada atravesar muy cerca de mi corazón, fue entonces cuando vislumbré por última imagen la cara de espanto de Alfred, trató de tocarme pero se lo impidieron- es tarde, se morirá como tú lo deseaste-.
-¡NO! ¡Yo nunca dije tal cosa! ¡Arthur sálvalo! ¡NOOOOO!- se lo llevó a rastras, sonriendo, extendí mi mano-.
-Je t'aime- instantes después caí preso del gran desangrado que sufría mi cuerpo ya atravesado-.
Desperté justo con mi viejo rezongón a un lado, no tenía muchas ganas de seguir, tres largas semanas después me dijeron que ya podía moverme, sin embargo mi dolor perpetuaba, veía una y otra vez un pequeño retrato que mandé hacer de Matthy, junto con Kujimiro, mi amor y yo.
Me habían arrebatado a mi pequeño, mi niño, mi protegido, efectivamente no supe lo que tenía hasta que me lo arrebataron; llegó la boda entre María Antonieta con mi amigo Luis, mientras la alianza con Roderich se hizo más estrecha, escuchando su música me relajaba a pensar y más que nada a dejar de lado mis sentimientos. Me encarcelé yo mismo en una jaula para no volver a ver, sentir y creer que alguien me amaría, viviendo felices por toda la eternidad.
