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-Esto… no sé por dónde empezar –musitó Bella, inquieta, cuando ella y Edward estuvieron frente a frente, sentados en la cocina de Bella, ella, con una taza de leche frente a sí.
-¿Qué tal por el inicio? –sugirió Edward amablemente-. Sea lo que sea que vayas a contarme, tiene que tener un principio.
-Eh… sí. Yo… conocí a alguien –empezó Bella, nerviosa.
Edward enarcó las cejas, como invitándola a que continuara. Era una suerte que ya hubiese procesado todo eso, o estaría al borde de la locura en ese momento.
-Supongo que es un hombre. Quiero decir, no te pondrías tan nerviosa para decirme que tienes una nueva amiga –dijo él, intentando ayudarle.
-Sí –admitió Bella, a quien esa calmada aceptación pareció tomar por sorpresa-. Es un compañero de estudios. Está un poco más avanzado que yo, pero no mucho. Se llama Joshua, le dicen Josh. Él me… me invitó a cenar mañana por la noche.
-Bella, espero que no me esté pidiendo permiso –advirtió Edward.
-¿No… no te molesta? –preguntó Bella, sorprendida.
-Ay, siempre dije que no eres capaz de verte a ti misma con claridad –suspiró Edward con una sonrisa-. Eres hermosa, inteligente, joven y soltera. No necesitas pedirle permiso a nadie para enamorarte, y menos a mí. Supe que eventualmente ocurriría… eres demasiado deseable para tu propio bien.
-Edward, acabas de decir que no necesito pedirle permiso a nadie para enamorarme –repitió Bella, patidifusa.
-Sí, eso dije –repitió él, consiguiendo esbozar una sonrisa amable-. Eres adulta, libre e inteligente. ¿Por qué tendrías que pedir permiso, y a quién?
-Pero yo no dije en ningún momento que estuviese enamorada de Josh –le hizo ver Bella, entornando los ojos-. Dije que íbamos a salir.
Ésos eran los momentos en que Edward podría dar toda su colección de automóviles deportivos de lujo con tal de saber qué es lo que está pensando Bella. Sólo ella lo pillaba con la guardia baja de un modo tan completo.
-Supongo que me adelanté a los hechos –se disculpó Edward, sonriendo culpable-. Si un muchacho te invita a cenar, tiene que estar, si no enamorado, al menos a punto de estarlo. De cualquier manera, me alegra que tengas a alguien, que pese a todo salgas y vivas –no aludió directamente a su enfermedad, pero elípticamente estaba refiriéndose justamente a eso-. Me alegra que confíes en mí como para contármelo, pero no lo hagas si no quieres. No tienes que darme explicaciones, Bella. En serio.
-Edward, no te entiendo ni un poco. ¿De dónde salió tanta tolerancia y comprensión?
-Ya lo dije. Quiero que salgas, que vivas, que seas feliz. Aceptaré tu decisión y no voy a entrometerme. Palabra de un Cullen.
-¿Seguro que no te molesta, o fastidia, o algo, que yo salga con Josh… o con cualquier otro? –insistió Bella, dudosa-. Sé sincero.
-Siendo sincero –Edward respiró profundo-, no creo que considere a nadie digno de ti, pero como ya dije, no voy a pretender dirigir tu vida ni a decirte con quién salir o dejar de salir, ni nada de eso. Eres adulta, y muy inteligente además, de modo que… bueno, sabes lo que haces. Pero si ése, y perdona lo cliché que suena esto, te hace sufrir o llorar, prometo romperle un par de huesos. Nada muy grave, sólo ambas piernas o todas las costillas…
Bella no pudo evitar reír, aunque algo en la voz de Edward daba a entender que la amenaza no era ni por asomo vacía.
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La cena de Bella con Josh fue bien, tranquila, formal. O al menos ésos fueron los adjetivos con los que Bella la calificó. Edward se fue a cazar cerca de Vancouver para aguantarse la tentación de ir a espiarlos.
Bella no le contó detalles de su cita, y Edward no le preguntó tampoco. A Bella se la veía feliz, y eso le producía a Edward la mezcla de emociones más conflictiva posible. La mujer que amaba era feliz, pero a causa de otro hombre.
Unos días después, Josh y Bella salieron a bailar, y siguieron saliendo regularmente más veces durante el mes siguiente. Josh empezó a hacer planes para presentarle a Bella a su familia, y Bella se preguntaba si hacer venir a Charlie y Reneé para presentarles a Josh, que hasta ese entonces había sido "un amigo" como "mi novio".
Edward, a todo esto, estaba a punto de derrumbar paredes a cabezazos. Ante Bella era gentil, amable, simpático. Con su familia mantenía una fachada de tranquilidad, sólo Jasper adivinaba la tormenta oculta tras esa apariencia de calma. Pero en cuanto se alejaba de Bella y de su familia, Edward se volvía un ente en un estado confuso, a medio camino entre la desesperación extrema y el odio más fervoroso. Su actual pasatiempo consistía en convertir grandes moles de roca en arenilla a fuerza de golpes y patadas, intentando darle un escape a sus salvajes emociones. Alice lo había visto, pero por solidaridad había evitado decirle a nadie al respecto.
Por fin, Jasper y Alice consiguieron llevarse a Edward con ellos y lo enfrentaron. Ni Alice ni Jasper tenían pelos en la lengua, aunque sí el tacto suficiente como para conseguir sonsacarle a Edward cuál era el asunto tras aquellas reacciones extremas, más allá que sólo podía, en rigor, tener una explicación: Bella.
-Está saliendo con un humano –admitió Edward, derrotado, dejándose caer sobre un tronco cubierto de musgo-. Se llama Josh, estudia con ella… y están pensando en hacer su noviazgo oficial.
Alice se sentó a su lado, y Jasper al otro. A juzgar por sus pensamientos, ninguno de los dos le tenía lástima, lo cual era un consuelo. Jasper estaba centrado en analizar los estados de ánimo de Edward de las últimas semanas, que a la luz de esta explicación adquirían una nueva significación. Alice intentaba ver el futuro a largo plazo, pero no había más que destellos tan confusos que no era posible ni siquiera saber si estaba viendo personas u objetos.
-Es raro… algo está cambiando. No consigo ver más allá de unos días. Algo, algo grande, está cambiando. Tu futuro no había estado tan inestable desde que conociste a Bella, Edward. Y Bella… es más raro aún. Salvo esos lapsos hace unos años, cuando desaparecía del mapa como si se la hubiese tragado la tierra, siempre había tenido un futuro bastante… ordenado. Casi previsible, como suelen ser los humanos. Pero ahora… -la voz de Alice se apagó de a poco.
-¿Tiene algo que ver con la enfermedad? –preguntó Edward de inmediato, alarmado.
-No. O al menos, no directamente. Es todo tan confuso… -se quejó Alice, mientras otra vez destellos imprecisos pasaban por su mente.
-No sé qué decirte respecto a Bella –admitió Jasper-. No voy a empezar con "ahí tienes, eso te pasa por haberla dejado", de modo que… bueno, sólo puedo decirte que eso pasa con los humanos. Muchas veces el amor no es para siempre, y si bien Bella estaba enamorada hasta el tuétano hace cinco años, pasó el tiempo, y el tiempo cambia a las personas. Lamento no poder hacerte sentir mejor, pero no voy a mentirte tampoco.
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Desde entonces, Edward al menos tuvo a Jasper y Alice para hablar. Era un alivio poder compartir algo de todo lo que sentía con ellos. Esme, Carlisle, Emmett y Rosalie seguían ignorantes de la situación, y Edward no quiso que lo supieran tampoco. Esme se preocuparía por él, y Edward no quería más que sufrir tranquilo. No era muy maduro, pero era como se sentía. Rosalie estaría satisfecha, probablemente. Emmett se las arreglaría para encontrarle el lado gracioso, de ser posible a costa de Edward. Carlisle seguramente sería de más apoyo, pero si él sabía, se sentiría en la obligación de decirle a Esme, ya que no tenían secretos entre ellos y menos cuando se trataba de sus 'hijos'.
De modo que Edward siguió viendo cómo Bella poco a poco se iba enamorando, quizás no locamente, pero sí con bastante firmeza, de Josh. Era una tortura insoportable, ya que ella parecía cada vez más feliz, mientras él sufría como un desgraciado al verla tan alegre a causa de otro.
Pero una noche, todo cambió. Edward había salido de caza; estaba regresando a su casa, con el estómago lleno y el corazón triste al recordar que Bella estaba en otra cita con Josh, cuando de pronto sonó su teléfono. Lo más sorprendente era que alguien llamaba desde el número de Bella.
-¿Hola?
Nadie contestó, aunque el sensitivo oído del vampiro captó unos sollozos.
-¿Hola? ¿Bella? ¿Estás ahí? Soy Edward. ¿Bella, puedes oírme? –insistió Edward, empezando a asustarse.
-… Ed-ward… -se escuchó entre hipidos.
-Voy para allá. ¿Estás en tu casa? –quiso saber Edward, empezando a correr lo más rápido que sus piernas le permitían.
-… sí.
-¿Te sientes enferma? ¿Tienes fiebre? –la posibilidad de una recaída lo aterró.
-No, no…
-¿Estás sola? –inquirió, sorprendido.
Una catarata de lágrimas fue la respuesta. Edward empezó a correr tan rápido que sus suelas casi dejaron de pisar el suelo. Estaba desesperado por llegar tarde otra vez…
Pero ésta vez no había nadie besando a Bella. Sólo estaba ella, acurrucada en el sofá, con el maquillaje corrido por toda la cara y su vestido elegante completamente arrugado, mientras lloraba a mares. Afortunadamente la puerta estaba sin llave, romper la cerradura hubiese alarmado a los vecinos.
-Bella… -se dejó caer a sus pies, aterrado.
Igual que aquella noche en el hospital, Bella se le lanzó al cuello y siguió llorando como una descosida, completamente desesperada. Edward hizo lo único que le pareció razonable: dejarla llorar. Y para tratar de tranquilizarla, pensó que canturrear su nana no sería mala idea, pero eso sólo hizo que el acceso de llanto fuese peor.
Repentinamente, sin dejar todavía de llorar, Bella empezó a besarlo. Edward se sorprendió tanto que ni siquiera reaccionó enseguida, lo que Bella aprovechó para seguir besándolo con desesperación, con furia, con tristeza.
-Bella, para, por favor –consiguió desasirse él no sin cierto esfuerzo-. ¿Qué pasó?
El llanto de la chica, que había disminuido un poco, volvió a sus estándares más elevados. Edward la abrazó con cariño, jurándose internamente que si Josh fuese mínimamente inteligente, en ese momento estaría tomando un avión y yendo a esconderse a las Islas Malvinas por unos… cincuenta años, mínimo.
-Josh… él… hoy… organizó… una salida romántica –hipó Bella tras varios minutos-. Después de la cena… salimos a pasear… y… me invitó a ir a… su departamento…
Decidido, se dijo Edward, Josh tendría que esconderse, pero en algún lugar mucho más alejado que las Malvinas. El planeta Marte empezaba a sonar como una buena opción. Y no por cincuenta, sino cinco mil años. Después de eso, Edward quizás considerara no aplastarlo como a un insecto.
-Yo… estuve de acuerdo. Fuimos… él era tan amable… pero… le confesé… que yo nunca había hecho… eso… -siguió sollozando Bella, la cara hundida en el hombro de Edward.
Las palabras de Bella lo dejaron helado. Edward no había querido darle demasiadas vueltas al asunto, pero la verdad es que había acabado convenciéndose que lo más probable era que Bella hubiese tenido algún tipo de relación que incluyera sexo. Era lo acorde a la época en la que vivían, y Bella era joven y hermosa, de modo que en verdad lo sorprendente no era que hubiese empezado a salir con Josh, sino el que no tuviese a nadie a su lado al momento de reencontrarse Edward con ella, o al menos así le había parecido a él.
-Él fue… muy tierno… pero… yo… me pareció correcto… debía decirle… que no tengo leucemia… -los sollozos se incrementaron-… le dije. Que tengo SIDA… que debíamos tener mucho cuidado… con los preservativos… colocarlos correctamente… lo que dijo el médico… le expliqué… fue una transfusión… le dije… pero Josh…
Las lágrimas volvieron a privar a Bella del habla, lo cual le dio tiempo a Edward de planificar diversas venganzas y modos de asesinar a Josh de modos cada vez más creativos y horribles. Estaba en la parte en que lo descuartizaba vivo con una sierra eléctrica y echaba los trozos a un acuario repleto de tiburones martillo, cuando Bella volvió a hablar y la venganza pasó a un segundo plano.
-…dijo cosas horribles… que yo era… que si tenía la enfermedad… era porque… que no me pensaba tocar… ni con un palo… me echó… me dijo…
Josh tendría que esconderse fuera de la Vía Láctea para escapar de Edward. Ni toda la eternidad alcanzaría para que el vampiro dejara de desear su muerte y destrucción, del modo más doloroso posible.
-Sshh, Bella. Es un idiota, no dejes que lo que dijo ese inútil te afecte –dijo Edward, la voz le salió ronca de ira contenida.
Bella se apartó para verlo ala cara, y Edward se sorprendió al verse reflejado en los profundos ojos marrones de Bella. Su propio rostro aparecía descompuesto de furia, y sus ojos estaban completamente negros, pese a que acababa de alimentarse.
-¿E-Edward? –sollozó Bella.
-Lo siento –gruñó él, aunque su intención había sido murmurar-. Estoy tan furioso con él. Es una suerte que no sepa dónde está, porque podría matarlo. Quiero matarlo. Lenta y dolorosamente. No, no quiero beber de él, sólo quiero estrangularlo… aplastar su cabeza también suena bien… arrojarlo contra las paredes hasta que los músculos se desprendan de los huesos…
Bella no pudo evitar una risita que sonó a medio camino entre la carcajada y el hipo.
-¿Te hablo de alguna tontería para distraerte? –ofreció ella, aún hipando un poco, pero en general más tranquila.
-Por favor –gruñó Edward, pellizcándose el puente de la nariz con los dedos.
-¿Recuerdas cuando me salvaste de esos… esos depravados en Port Angels, hace años? Entonces también me pediste que te distrajera, y te conté que pensaba atropellar a Tyler Crowley con la Chevy… -le recordó Bella, una pequeña sonrisa adornando su cara compungida-. Que otra opción era destrozarle el Sentra, o dejarlo paralítico de la cintura para abajo. ¿Sabías que hace un par de años la mujer que compró la Chevy cuando me mudé chocó con Tyler, que viajaba en un Sentra, no el mismo de hace cinco años, pero un Sentra al fin? El Sentra de Tyler quedó completamente destrozado, y él sufrió daños neurológicos a causa de una herida a la altura de los riñones. Perdió la sensibilidad de parte de los dedos de los pies. ¿No es loco? ¡Ni que hubiésemos sabido…! No es exacto, pero lo bastante aproximado como para ser raro.
-No lo sabíamos, y creo que ni siquiera Alice hubiese podido saberlo –sonrió Edward levemente-. En realidad, lo más loco es esto: en esa ocasión, quise matar a unos degenerados que querían abusar de ti; ahora, quiero matar a un idiota que cree que no eres suficientemente buena para él. Y en las dos ocasiones, me detuviste de cometer asesinatos contándome de Tyler Crowley –respiró profundamente, buscando calmarse-. ¿Cómo están mis ojos?
-Bien. Dorados, como cuando acabas de beber –respondió Bella con naturalidad-. ¿Cómo están mis ojos?
-Enrojecidos, hinchados, y con el rímel corrido. Quisiera tenerte mejores noticias, pero, con mis disculpas por la falta de tacto, estás horrible –le dijo Edward, acariciando su mejilla con suavidad-. ¿Por qué te maquillas, Bella? Estás preciosa sin pintura de guerra en la cara.
-¿"Pintura de guerra"? –rió Bella débilmente-. Creí que era un maquillaje discreto y elegante.
-No tiene nada que ver con tu habilidad para maquillarte, es sólo que no me gustan la mayoría de los cosméticos –repuso Edward, frunciendo la nariz-. Me gusta tu olor, no el de esos perfumes raros que usan las mujeres. Y el maquillaje… huele horrible. Como a deshecho químico. Estás hermosa siempre, sin base, rubor, lápiz labial, corrector de ojeras, sombra de ojos, máscara de pestañas ni rimel, ni ninguna otra cosa rara. Me gustas así, con acné, pálida, ojerosa por una mala noche. Me gustas… como eres.
-Gracias –susurró ella con contenida emoción.
Edward pudo convencer a Bella, pasado un rato, de lavarse la cara, peinarse, beber varios vasos de agua y cambiarse a algo más cómodo. Esa noche, Bella durmió entre los brazos del vampiro, igual que en los buenos viejos tiempos.
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Por la mañana, Bella amaneció con fiebre, no mucha, apenas un grado centígrado y medio por encima del nivel normal, pero suficiente para ser considerado fiebre. Edward estaba medio muerto de preocupación, y la lentitud humana de Bella para cambiarse y peinarse lo sacó de sus casillas. Cuando por fin estuvo lista la llevó medio volando al hospital, sin importarle las ocho infracciones de tránsito que Bella contó con expresión severa.
Los doctores, al igual que Bella, le restaron importancia. Era sólo una leve infección en la garganta, amígdalas un poco inflamadas, pero nada grave. Bella tuvo que quedarse veinticuatro horas en observación, pero sólo por si acaso. Hasta Carlisle, que acudió en respuesta al desesperado llamado de su hijo, dictaminó que no era nada de vida o muerte.
-Parece que sólo fue una leve baja en las defensas –explicó Carlisle tras echarle un vistazo a la garganta de Bella-. Eso pasa a veces, en casos de estrés, por ejemplo… ¿estás estudiando par aun examen difícil, que te pone nerviosa?
-Sí –dijo Bella, sin poder evitar enrojecer ante la mentira, aunque por suerte el sonrojo pudo pasar por bochorno-. No consigo recordar las fechas de las publicaciones de los escritores románticos.
Era más fácil eso que admitir su desastrosa cita humana, y más teniendo en cuenta que Carlisle mismo le había dado la coartada.
-Tendrás que tomarlo con calma, descansar mucho y comer bien –sonrió el médico vampiro con amabilidad-. Quizás algo de yoga o alguna terapia tranquilizante sea buena idea, aunque personalmente recomiendo el arte como vía de escape de emociones muy fuertes. Pintar, dibujar, modelar en arcilla… todo eso puede servir como cable a tierra.
Bella asintió por cortesía. Siempre había sido desastrosa en las manualidades, y no tenía pensado ponerse a tallar esculturas justo ahora.
-Dado que no quieres ver a una psicóloga, quizás el arte sea una buena opción –completó Carlisle, volviendo al tema que ya había provocado una discusión bastante seria entre Bella y Edward, ya que ella se negaba a ver a la psicóloga del hospital que se suponía le iba a ayudar a sobrellevar la noticia de su enfermedad.
-Lo tendré en mente –murmuró Bella.
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Al día siguiente ya estaba de nuevo en su casa, con Edward cuidándola de un modo un poco obsesivo. Bella tuvo que ladrarle que no estaba inválida, ni ciega ni sorda y que podía hacer las cosas por sí misma para que él dejara de tratarla como si estuviese hecha de nitroglicerina.
Tres días después de la fallida cita, Josh se presentó en el departamento de Bella. Edward y Bella estaban en la cocina-comedor, donde Bella ésta vez sí estudiaba los escritores románticos ingleses, y Edward le tomaba lección. Gracias a la memoria fotográfica, él no necesitaba leer ningún texto más de una vez, y le estaba ayudando a estudiar a ella, que tenía algunas dificultades para recordar las fechas.
Cuando sonó el timbre, Bella ni siquiera levantó la vista de un largo resumen que tenía ante sí.
-¿Puedes ir a abrir? A menos que sea algo muy importante, despáchalo. No tengo tiempo –musitó ella, la mirada fija en los apuntes.
Orgullosísimo ante la nueva confianza depositada en él, ya que acababa de pasar de esconderse cuando venía alguien a abrir la puerta, Edward se dirigió a paso gimnástico hacia allí y la abrió sin detenerse a escuchar los pensamientos de quien estaba al otro lado.
-Hola… ¿está Bella? –preguntó Josh educadamente.
¿Éste quien es? Ah, uno de sus alumnos particulares, seguro. Creí que había dejado de dar clases de apoyo tan cerca de los exámenes…
Edward se contuvo apenas de desnucar a Josh ahí mismo, aunque tuvo que admitir con tristeza que la suposición de que era un alumno de Bella parecía lógica. Él seguía aparentado diecisiete años, mientras que Bella tenía veintitrés.
-Está muy ocupada estudiando –repuso Edward con frialdad, sin cederle el paso al otro. Tenían la misma altura, lo cual le confería a la situación cierta igualdad de condiciones-. ¿De parte de quién?
-De su novio –repuso el otro con aspereza.
Antes que Edward tuviese tiempo de formular una respuesta cortés pero hiriente, Bella misma se acercó. Su expresión fue de sorpresa primero, y de dolor después.
-Lárgate, Josh. Fuiste bastante claro hace tres días, no creo que te quede nada más que decirme –le dijo en voz clara, antes de darse vuelta y volver a salir rumbo a la cocina.
-¡Bella, yo…! –un brazo duro como el granito detuvo a Josh, que no alcanzó a adentrarse en el departamento.
-Ella dijo que te largues. No me obligues a lastimarte –la amenaza era clara en la voz de Edward.
-Quiero hablar con ella.
-Y ella no quiere hablar contigo. Mala suerte.
-¡Bella! –gritó Josh desde la puerta-. ¡Vine a disculparme!
-Disculpa aceptada. Ya puede irte –respondió Bella desde adentro de la casa.
-¡Tenemos que hablar! –exigió Josh.
-No, no tenemos –se negó Bella-. Adiós.
-¿Quieres que lo mande a rodar por las escaleras? –ofreció Edward, solícito-. Podemos simular un accidente.
-No, gracias. Muy gentil de tu parte, por no quiero que mates a nadie por mí –sonó la voz casi divertida de Bella.
-Lástima –suspiró Edward teatralmente-. Lo hubiese disfrutado.
-¡Bella, por favor! ¡Me tomó por sorpresa lo que me dijiste, pero valoro tu honestidad y vine a pedirte que me perdones…! –gritó Josh, intentando apartar a Edward, que sonreía cínicamente. Como si ese humano de fuerza promedio normal pudiese moverlo un solo centímetro sin que él quisiera.
-¡Hombres! –se quejó Bella en voz alta-. ¿Por qué primero meten la pata y después ruegan perdón?
Esto congeló a Edward. Después todo, él no había hecho algo tan diferente a Josh, y había tardado mucho más en reconocer su error y regresar a pedir una nueva oportunidad.
-Bella… quizás debas hablar con Josh –dijo Edward con voz tranquila.
-¡¿Qué?! –Bella apareció unos segundos más tarde junto a ellos, incrédula-. Hace tres días querías matarlo, ahora intercedes por él. ¿Qué es eso?
-Sería mejor que ambos hablen y aclaren las cosas –opinó Edward, mirando a Bella con toda la intensidad de su mirada vampírica-, para… hacer las paces, o separarse en buenos términos, sin que queden cosas no dichas entre ambos. Es lo mejor, creo yo… pero es tu decisión Bella. ¿Los dejo solos o lo arrojo por el balcón?
¿Quién entiende a este tipo? ¿Y de dónde salió? ¿De dónde lo conoce Bella? Es más fuerte de lo que parece… todas esas amenazas de matarme… hay algo en sus ojos, parece que lo dice en serio. Como si lo importara matar… ¿es una bravuconada o Bella es amiga de un asesino…?
Hum, aparentemente Josh no era del todo estúpido. Al menos había captado lo peligroso que Edward podía llegar a ser.
Bella lo pensó durante un largo minuto antes de asentir hacia Edward.
-Déjanos para hablar, por favor –pidió.
-Estaré cerca –prometió Edward. Si bien no había captado malas intenciones en la mente de Josh, la mente humana puede pasar de un estado de agitación a uno de emoción violenta con demasiada facilidad-. Si ocurre algo, grita.
-Está bien –asintió Bella, conforme.
Edward salió a esperar en el pasillo, no sin antes darle un fuerte pisotón a Josh. Con un poco de suerte, al menos le produciría un buen moretón.
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La conversación no fue muy larga, y acabó con una discusión a los gritos. Josh resultó ser un poco hipocondríaco cuando de enfermedades contagiosas se trataba, y si bien el SIDA no era especialmente virulento, estaba aterrado por acercarse a Bella.
Ella no fue muy amable ni muy paciente tampoco con alguien que retrocedía un paso cada vez que ella se acercaba, sobre todo cuando siguió haciéndolo después de que ella le explicara que el virus sólo era transmitido por los fluidos corporales: sangre, semen, flujo vaginal y leche materna. Por eso las relaciones sexuales eran el modo casi más seguro de transmitirlo, a menos que se usaran correctamente los preservativos o se mantuviesen relaciones sin penetración.
Pero Josh estaba demasiado asustado y era demasiado obtuso para atender a razones. Pronto la conversación que pretendía ser civilizada derivó en una catarata de reproches mutuos y palabras hirientes, hasta que Josh se marchó dando un portazo.
Bella no lloró esa vez, sino que se descargó verbalmente, haciendo gala de un florido lenguaje de insultos que Edward ni siquiera sabía que ella tuviese en su repertorio. Por muy impactado (y un poco anticuadamente escandalizado) que se sintiera él al oírla decir ese tipo de cosas, no pudo evitar estar felizmente de acuerdo con todos los insultos dirigidos a Josh, y hasta añadir algunos.
Esa misma noche, cuando Bella regresó de sus clases, encontró la mesa del comedor puesta para una persona, aunque con dos sillas. Unas velas iluminaban la habitación dándole un toque romántico, los manteles y servilletas combinaban; la luz estaba mitigada por pantallas de colores.
Todo el escenario parecía sacado de una película cursi y dulzarrona.
Lo compensaba Edward sirviéndole pescado a la plancha, la ensalada favorita de Bella, jugo de frutas (a causa de los medicamentos, tenía prohibido el alcohol) y un gran helado de chocolate como postre. La velada fue amena y ligera, lo cual era justo lo que Bella necesitaba después del día tan movido.
-Gracias por mimarme –susurró cuando Edward retiraba la copa vacía del helado.
-Te hacía falta, estás teniendo una semana horrible. ¿Más helado?
-No, gracias. Lo que ahora necesito es un abrigo… y un abrazo.
Bella obtuvo ambos, y ya estaba a punto de quedarse dormida contra el pecho pétreo de Edward, inhalando su dulce olor, cuando él la sacudió levemente.
-Bella, antes de que te quedes dormida… hay algo importante que quiero decirte.
-Te escucho –bostezó ella, intentando no entrar en pánico ante la nota de nerviosismo en la voz de Edward.
-Bella. Te amo. Te amé todo este tiempo, siempre. Esos siete meses en Forks, los cinco años que no nos vimos, las veinte semanas que llevamos reunidos de nuevo. Te amé antes y te amo ahora.
-¿Me… me amas…? –preguntó Bella, los ojos como platos.
-Claro que sí. El que no esté diciéndotelo todo el tiempo no quiere decir que te ame menos, sino sólo que no quiero fastidiarte. Te lo dije en el hospital, ¿recuerdas? Pero no me correspondías entonces, algo que yo merecía sobradamente, y no volví a preguntarte más después de eso.
-Creí que habías dejado de amarme cuando te comportaste tan… amistoso, pero no como un novio o algo así –reconoció Bella.
-Yo esperaba que tomaras la iniciativa… -Edward rió con algo de tristeza-. Ah, el nuestro es un caso grave de falta de comunicación. Bella, te amo. Que conste en actas.
-Edward… tengo la edad de Carlisle ahora. Estoy enferma de SIDA. Estoy demasiado pálida, ojerosa casi siempre, demasiado delgada… -Bella parpadeó sorprendida-. Casi parezco una vampiresa, salvo por el hecho que no soy hermosa.
-Eres hermosa, las mujer más hermosa de todo el mundo –replicó Edward fervientemente, besándole la frente y de paso toda la cara.
-Edward, en serio. Rosalie es hermosa, no yo –replicó Bella, cerrando los ojos, conforme con los besos.
-Dicen que las rubias se divierten más… pero yo las prefiero morenas –sonrió Edward-. Más particularmente, a una morena: Bella Swan. No me gusta ninguna otra, ni me gustó nunca Rosalie ni ninguna otra mujer o vampiresa. Sólo Bella, única entre todas las féminas del universo.
-Halagador, pero exagerado –sonrió Bella, sonrojándose.
-No exagero –insistió Edward-. Te amo, y no me importa si tienes noventa años, un tumor en la frente y la piel color violeta.
-Eso sería muy raro.
-Pero lo que importa es que te amo con locura. Bella… -Edward dudó un largo segundo-. ¿Me quieres?
-Sí –respondió Bella, hablando lentamente-. No creo que el mío sea el mismo amor adolescente de hace cinco años, pero… te amo. De un modo distinto, más… serio.
-¿Me amas? –preguntó él, con la misma expresión feliz de un niño al constatar que es el día de su cumpleaños.
-Sí, mi vampiro adolescente. Te amo.
-¿Josh? –no pudo evitar preguntar Edward, sólo para despejar dudas.
-Ése fue mi intento por ser humana, normal y por vivir –sonrió Bella con tristeza-. Pero parece que alguien como yo necesita un vampiro a su lado. Los humanos… no son lo mío.
Edward de pronto sentó a Bella en la silla, clavó una rodilla en tierra y sacó una cajita forrada en satén negro de un bolsillo. Todo fue tan rápido que Bella casi no pudo asimilarlo, pero sí pudo notar que las manos de Edward temblaban.
-Isabella Marie Swan, te amo con locura, quiero pasar el resto de mis días a tu lado y hacerte feliz –dijo él lentamente. Era claro que lo había ensayado-. ¿Quieres ser mi esposa?
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