Memorias de una cazarrecompensas.
Aguas Estancadas no es un lugar para los débiles. Hace tiempo que dejó de serlo. Según me decía mi madre, la isla comenzó siendo un lugar para pescadores y comerciantes. Era lo que se llamaba antes el Mercado de Valoran. Fueron ellos los que dijeron la existencia de la Dama Barbuda o Madre Serpiente. Pero claro, si existe una fuente donde el oro entra y sale, existen criminales atraídos por él. Así fue como la Isla de la Llama Azul pasó a convertirse en el cubil de los mayores piratas y traficantes que jamás hayan existido.
La ley y el orden fueron suplantados por la fuerza y el poder. Lo único que campaba a sus anchas era la propia muerte, acechando por cada esquina a esa desdichada alma que había osado hacer frente a un pirata. Daba igual la edad que tuvieras o el sexo, tu cadáver aparecería de todas formas tirado en la calle, donde las ratas de los muelles no tardarían devorarte hasta ser únicamente un montón de huesos que luego serían tallados.
Se dice que hubo un pirata que era tan poderoso, que decidió formar una sociedad con todos los piratas, formar una ciudad-estado en la isla que se igualase a Demacia o Noxus. Se hacía llamar el Rey de los Piratas, fue quien creó el famoso código de la piratería. Mi abuela vivió esa época, y según decía mi madre de ella, fue la más calmada de todas. Todos los corsarios obedecían a ese rey, todos se trataban como hermanos, atacaban y mataban a los que se metían con nuestro hogar.
Pero como bien sabéis, los piratas son muy ambiciosos, todos querían ser el próximo rey. Así que cuando ese truhan murió de viejo, todo lo que había hecho se fue por la borda. Hubo conflictos por saber quién le sucedería, miles de muertes asolaron durante meses la isla. Pasó el tiempo, y el viejo código fue olvidado. Los negocios sucios volvieron, al igual que los secuestros, las amenazas y las traiciones. Yo nací sobre esa oscura época. Mi padre era el mejor tirador de toda Aguas Estancadas, pero los corsarios nos respetaban por mi madre.
Ella era la mejor fabricante de armas de toda la isla, todo el mundo hacía cola para comprarle armas o utensilios, o simplemente para repararlos. La fabricación de sus armas de fuego era legendaria, pocos eran los adinerados que no contaban con una de sus creaciones. Desde que tengo uso de razón estaba con ella en la forja, con las llaves de rueda de un lado para otro, engrasando las poleas y pistones de las grúas del muelle, limpiando los viejos cañones, calibrando los gatillos y forjando espadas de nuestro mejor acero. Adoraba la forja, encender la fragua y poner el metal hasta ver el líquido ardiente para darle forma. Lo mejor era la munición que creaba por mi propia mano, desde una simple bala que se dividiera en otras más, hasta una bala de doble disparo.
Mi madre fue quien me enseñó todo, decía que yo tenía talento para crear las mejores armas. Se juró que yo no quedaría en esta isla a usar mi talento para esos criminales, ahorraría y me llevaría a Piltover, donde al menos lo usaría para ayudar a la policía en su lucha contra el crimen. Había oído hablar de esa ciudad, donde una joven se armó de valor y poco a poco fue eliminando a los malhechores y trúhanes que la habían asolado durante años. Luego la conocería, y tendría la mejor rivalidad amistosa que jamás he tenido con alguien, ni siquiera con Rafen.
Pero el destino no siempre es benefactor con los niños, y menos en Aguas Estancadas. Al igual que mi madre era famosa por sus armas, también era la codicia de las mayores ratas que haya tenido Valoran. Uno de ellos era el mismo que osó a matar a su propio padre por la espalda, traicionándolo y quedándose con su tripulación y su barco. Gangplank llegó a la forja justo cuando íbamos a cerrarla, en ese momento mi padre estaba fuera. Le ordenó a mi madre que hiciera dos armas únicas en el mundo, mi madre se negó al saber cómo era ese hombre, pero tuvo que aceptar a regañadientes después de las múltiples amenazas impuestas por ese asqueroso.
Mi madre me prohibió trabajar en aquellas armas, decía que esas serían su perdición y no quería que también fuera la mía. El tiempo pasó, seguimos trabajando como si nada. Un año más tarde, justo en el momento en el que íbamos a cerrar, volvió a aparecer, pero esta vez con el rostro cubierto y dispuesto a llevarlas sin pagar una sola serpiente de plata. Reclamó sus armas, y mi madre se las enseñó. Yo estaba sorprendida, eran unas pistolas gemelas, las mejores que había visto en toda mi corta vida, hechas para el hombre con el corazón más negro de toda la isla.
Mamá pareció darse cuenta, pues le estuvo diciendo a la cara que eran demasiado buenas y espléndidas para alguien como él. Gangplank alzó la voz, amenazando con matarla ahí mismo si no se disculpaba. Pero mi padre intervino, le pidió que se marchara con sus asquerosas armas y no volviera jamás. El rio.
- Muy bien. – aquella voz se tornó aún más oscura.
Agarró las pistolas por la fuerza, pillando a mis padres desprevenidos. Fue muy rápido, pero lo recuerdo todo como si lo hubiera vivido ayer. Gangplank hecho una furia, disparando contra mi madre y luego contra mi padre. Apenas tuve tiempo de poder gritar, pues yo fui la siguiente. La bala me dio en el pecho, más gracia a la Dama Barbuda no me dio en el corazón. El dolor era abismal, caí al suelo ante tal calvario, mientras ese asqueroso pirata pisoteaba las preciadas pistolas de mi madre, y luego prendía fuego a todo el lugar.
- Si yo no las puedo tener, nadie más las tendrá. – dijo antes de marcharse.
Aquel sufrimiento era agónico. Mi cabello estaba empapado en la sangre de mi madre. Quería llorar, pero me obligué a no hacerlo, no era el momento, tenía que salir de allí o moriría. Me arrastré por las tablas, sentía el calor de las llamas rodeándome, estaban cada vez más cerca de alcanzarme. Seguía arrastrándome, la sangre emanaba de la herida como una fuente emana agua. Alcancé las pistolas, todo el trabajo que mi madre puso con su último aliento destrozado. Decidí llevármelas, las mismas armas que mataron a mis padres serían las que matasen a Gangplank.
Logré escapar a tiempo, mi casa no era más que una enorme hoguera, cuyas llamas se alzaban tan alto que eran capaces de verse en cualquier parte de la isla. Los vecinos gritaban, algunos ya venían con agua. Reconocí a Pharrah, una vieja amiga de mi madre, gritándome mientras yo seguía en el suelo abrazando las pistolas. Aquel día, dejé de ser la pequeña Sarah.
Me recuperé, pero una parte de mí deseaba venganza, y la acabaría obteniendo fuera como fuese. Con el paso del tiempo se fueron inventando cosas sobre mí, como que mi cabello se volvió rojo por la sangre de mi madre. Pero no sólo las historias me acosaron, también lo hicieron las pesadillas al recordarme siempre cómo la muerte se deleitaba con los cuerpos de mis padres ante mis ojos. Más yo aprendí a hacerlas frente, a no darme por vencida.
Esas pistolas volverían a disparar. Me llevó su tiempo, pues las lágrimas me entorpecían el trabajo, siempre me recordaban lo que mi madre me enseñaba cuando estábamos en la fragua. Los gatillos y calibradores que usaba mamá eran bastante complicados de realizar, pero lo conseguí. Recordé lo que dijo mi padre una vez. 'Cuando encuentras un arma importante para ti, debes ponerle un nombre para que nunca la olvides'
Eran importantes para mí, serían las vengadoras de mis padres. Su fuego sería resonado en toda la isla. Descargaría toda mi ira sobre aquellos que apoyasen a Gangplank, les haría temblar de pavor. Con ese pensamiento se me ocurrieron los nombres. Las pistolas gemelas, Descarga y Pavor, las únicas cuya munición era especial. Pero no podía hacerle frente a Gangplank, todavía no.
Poco a poco fui buscando toda la información que tuviera que ver con ese asqueroso rufián. Me atreví pisar Aguas Estancadas, la tan aclamada ciudad de piratas. Vi el cartel de un hombre que se buscaba vivo o muerto, lo arranqué para buscarlo. Minutos después lo hallé en el muelle. El pobre diablo no se esperaba que una simple niña le matase. Llevé su cuerpo a rastras, bajo la mirada de todos los que no se creían lo que sus ojos veían. Cobré mi recompensa y cogí los demás carteles.
En menos de una semana, había logrado matar o capturar a más de una docena de criminales. Cada bar y casa de esta asquerosa ciudad hablaba sobre mí, algunos me llamaban la Dama Roja porque el color de mi cabello era lo último que veían. Un día escuche a dos viejos marineros hablando de supersticiones, diciendo que una mujer en un barco era símbolo de mala fortuna.
Así fue como adquirí mi nombre y mi apellido. Miss Fortune. Ya no era la pequeña Sarah. Sarah Fortune es lo que me repetía una y otra vez. Con cada recompensa que recibía, la gente empezó a decir que yo acaparaba toda la fortuna que tenían los pobres marineros. Sonreía siempre que lo escuchaba, y con el paso del tiempo obtuve mi propio lema. 'La fortuna no sonríe a los necios. Asustaba a mis presas con ella, y ocultaba mis verdaderas intenciones con mi forma extravagante y sensual.
Gangplank nunca me reconocería, sería otra cazarrecompensas más en la isla. Me dio por muerta ese día, que grave error por su parte. Con el paso del tiempo, mi fama fue aumentando, hasta ser escuchada en cada parte de Valoran. En ella se hablaba de cómo le robé La Sirena a un capitán que se había metido en asuntos ajenos, recuerdo como lo metí en el cañón y lo lancé unas cuantas millas al mar. O cuando ahogué en ron al líder de la Daga Sedosa, podía haberle pegado un tiro, así no desperdiciaba tal exquisito licor. O también cuando saqué a rastras a Doxy el Destripador de las tripas de ese leviatán podrido del muelle que él llamaba su guardia, los días siguientes estuve lavándome con vinagre, ese asqueroso olor a molusco putrefacto me duró días. En aquel entonces era demasiado sanguinaria.
Pasaron los años, estuve reuniendo una tripulación fiera y leal, con algún que otro amante para matar a mis pesadillas. Recuerdo a Luminis, una simple ladrona que entendía de navegación. También era una recompensa, pero no todos los días conoces a alguien que se volverá tu amiga. Luego llegó Elisabeth, una dura contrincante que me dejó sin munición en nuestro duelo, pero fue proponérselo y aceptó enseguida. También estaba Rafen antes de que desapareciera. Por la Dama Barbuda, menudo cuerpazo tenía.
Siguió pasando el tiempo, hasta que un día me enteré de que estaba embarazada. Al principio supuse que se trataba de un pequeño mareo, pero Luminis me demostró lo contrario. Maldije a los cuatro vientos, me descuidé y ahora tenía algo que podía hacerme perder todo lo que estuve trabajando esos años. Me dijeron que abortase, que un niño sería mi perdición. Supongo que en ese momento me llegó el típico instinto maternal. No sabía qué hacer. Por suerte, su padre era de los pocos hombres con cabeza de la isla.
- Sarah, sea cual sea tu decisión, te apoyaré hasta el final. No me importa tener que cambiar pañales unos cuantos meses, pero tampoco vamos a abandonar tu venganza. –
Tras meditarlo varias veces, decidí seguir adelante. Esperaba que el día de la muerte de Gangplank no tardase en llegar.
Y no tardó. Arriesgué todo lo que tenía ese día. Lo tenía todo medido meticulosamente, su humillación total delante de toda Aguas Estancadas. El autoproclamado nuevo rey se convirtió en pasto de las llamas, o en carnaza para las criaturas marinas. He de reconocer que Graves y Twisted se jugaron mucho para seguir mi plan, puede que les ocultara detalles, pero todo era por el bien de la isla. Tras su muerte, todos los piratas empezaron a disputarse el trono de rey. Creo que supe cómo se sintió mi abuela al morir el primer rey.
La guerra había comenzado. Pero yo fui más lista, alejé todos mis dominios de la ciudad, puse medidas de seguridad para que no atacaran a mi tripulación, mi barco o mis propiedades. Todo aquel que era pillado, ordenaba que lo cañoneasen para que así el resto aprendiera. Estuvimos en paz durante meses. Hasta que un día de tormenta, tuve que dar a luz.
Creo que no hay mayor dolor para una mujer, que el de parir un hijo. Recuerdo cómo quería matar a cada uno de los presentes con tal de desahogarme. Llevaba meses sin beber y fumar, simplemente porque me dijeron que sería malo para el feto. Así que haceros una idea de cómo estaba de cabreada y añadirle un poco de sufrimiento. Para mí el tiempo pasaba lentamente, quería que aquello acabase.
Pero no puedo negar que al escuchar su llanto, algo en mí se despertó. Una sensación cálida que llevaba años sin tener, desde que mis padres murieron. Luminis acercó a mi pequeña mis brazos. Era una niña, una pequeña Fortune. Lloraba, Rafen me preguntó que si estaba bien. Pero no lloraba por algo malo, sino al contrario. Sonreía y lloraba de felicidad, esa niña me había devuelto el significado de la vida. La sanguinaria y cruel Dama Roja había muerto, sus pesadillas se habían ido con ella, al igual que el deseo de matar a todos los amigos, familiares y conocidos de Gangplank. Ahora sólo quedaba Sarah Fortune.
- Llámala Wendy, como la esposa del capitán Sparrow. – propuso Luminis.
- Por favor, todo el mundo sabe que Elisabeth es lo mejor. – respondió la artillera.
- Chicas, debería ser Sarah quien decidiera el nombre. – dijo Rafen.
Wendy Elisabeth Fortune. Así decidí llamarla, ambos nombres me gustaban y no me apetecía tomar decisiones. Decidí tomar cazas mayores para no tener que andar todos los días tras un asqueroso criminal, de tal forma que podría ver a mi hija crecer. El problema es que estaría fuera de la isla, en otras ciudades-estado, pero Pharrah la cuidaba en mi ausencia.
Recuerdo como Luminis le decía que las mujeres no deben llorar cada vez que ella sufría por una herida, como Elisabeth le enseñaba los mecanismos de los cañones cuando la pillaba en el barco. O como Rafen jugaba con ella cuando apenas tenía unos meses, no esperaba tal comportamiento de alguien que se había cargado piratas desde que tenía diez años. Creo que fue él quien le metió en la cabeza la idea de los corsarios, los barcos y el mar. Pero ella no se acordaría de él, pues al igual que una cuarta parte de mi tripulación, desapareció un día que les ordené hacer una incursión en los muelles.
Luminis y el resto fueron a buscarlos, pero no hallaron rastro de nada, ni siquiera de sangre que te dijera al menos que habían muerto. Era como si el repugnante sapo se los hubiera tragado. Tardé en recuperarme de esa perdida, en eso me ayudó mucho mi niña. Siempre que la veía no podía evitar sonreír como una idiota. Elisabeth decía que algún día acabaría babeando. Pero era imposible no hacerlo. Tenía mi cabellera roja, mis ojos, mi belleza. Y cuando la veía jugar con esas maquetas, o con las construcciones, supe que tenía el intelecto de su padre y la habilidad para hacer cualquier cosa de mi madre.
El día que la llevé por primera vez a la escuela, la única de Aguas Estancadas, fue cuando tuvo cinco años. Había niños que venían del hospicio, otros que eran hijos de mercaderes o dueños de los bares. Ella era muy diferente a ellos, los trataba por igual a pesar de que su origen era diferente. Siempre se ausentaba de jugar con los demás por el mero hecho de hacer alguna maqueta, leer libros de historia de nuestra isla, de los mapas marinos, o por hacer diseños de aparatos que pensaría propios de Piltover.
No pasaría ni un mes cuando tuvo su primera pelea. Se habían metido con su padre, diciéndole que nos había abandonado porque nos odiaba. Ella no dudo en liarse a palos con todos, hasta romperles la nariz o algunos dientes. Recuerdo la charla que le di al respecto, aunque en el fondo me alegraba, ella no se andaba con rodeos, al igual que yo. Fue tras este acontecimiento cuando me preguntó por él. Decidí inventarme una historia, le dije que era un poderoso pirata buscado por todo el mundo, y que por nuestra seguridad se había alejado de nosotras. Que parte del oro que ganaba nos lo entregaba él para asegurarse de que no le faltaba de nada, que todo aquel amigo mío era también suyo para que luego le dijera cómo iba creciendo.
Ella se lo creyó, durante años se creyó esa mentira. Tal vez fuera por esa mentira lo que aumentase sus ansias de ser capitana de un barco, para ir a buscarlo y reunirnos como una familia. Incluso tras la explosión del Fortunia, tras la muerte de toda mi tripulación, ella siguió adelante. Consiguió hacer un barco más fuerte y mejor que todos los que había tenido, hacerse con una tripulación leal, encontrar amigos en los seres más peligrosos de Aguas Estancadas, como Nautilus. Pensé que había llegado mi momento de colgar el sombrero de pirata y darle las pistolas gemelas, más se negó, quería que fuéramos a buscarle juntas.
Lamentablemente, una mentira no dura para siempre. Todo por culpa de ratas rastreras que me tenían una venganza jurada, y la pagaron con ella. Se enteró de la peor forma, y pude ver en sus ojos como la niña que conocí cambiaba radicalmente. Graves dijo que se volvió otra Dama Roja, yo no quería creerlo. Tras eso muchos cadáveres aparecieron en los muelles, todos de un disparo en la cabeza. Pasé los días buscándola. Y fue aquí, en este puente del carnicero, bajo una lluvia torrencial donde me encontré con ella.
- ¡¿Por qué me mentiste?! – espetó entre lágrimas mientras me apuntaba con Pavor. No era un farol, esa pistola estaba cargada.
Lo que pasó no es necesario contarlo en esta carta, lo redactaré en otra diferente. No obstante, aquel día fue el inicio de otro cambio para ella. Hizo algo que ni yo misma habría hecho, que ninguno en esta isla habría osado hacer. La noticia corrió como la pólvora, yo seguía sin creérmelo, pero ella realmente lo hizo.
Creo que fue gracias a ello, cuando pude gritar a los cuatro vientos de que estaba orgullosa de ser su madre.
Sé que el camino que recorre está lleno de peligros, que no se quedará amparada en esta isla al igual que hice yo, que será leyenda en otros lugares. Pero está preparada.
Estás preparada, Wendy.
Firmado: Sarah Fortune.
Y aquí otro one-shot, centrado más en Miss Fortune y su relación con Wendy.
En este caso he decidido usar el nuevo lore, ahora que Gangplank es un serio rival para la pirata y da mas jugo a la historia.
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Kaiserelle
Alcrews S.A
