Cada día que pasaba era la misma rutina en la vida de Nathalie.
Levantarse, ducharse, tomar un desayuno ligero con un café bien cargado y escuchar las noticias, alterándose.
Porque no era fácil ser la asistente de Gabriel Agreste, el gran diseñador de la industria de la moda; cuidar de su hijo adolescente y de paso, cubrirlo cada vez que se transformaba en Hawk Moth.
No era fácil escuchar las noticias y los comentarios que las personas tenían que hacer, sobre el gran villano que atemorizada París. No era fácil caminar a su cafetería favorita y escuchar a desconocidos juzgarlo cada vez.
En esos momentos una parte de ella le pedía acercarse y hacerles saber que no podían hablar así, que el tenía sus razones para buscar los prodigios.
Razones importantes.
Si alguien conocía la historia de amor que Emilie y Gabriel compartían, era ella, sin duda.
Recordaba plenamente a Gabriel tarareando mientras trabajaba tras tener una conversación con ella, recordaba las decenas de vestidos de novia que él había diseñado para Emilie y recordaba lo vivaz y energético que se veía cada día desde que se enteró que esperaba un hijo con la mujer de su vida.
Momentos en los que ella había sido su confidente, mostrándole una sonrisa aún cuando el dolor atravesaba su pecho, por los sentimientos que sabía no eran correspondidos.
Recordándole que Emilie prefería los tonos turquesa, aún cuando el color perfecto para ella era el verde.
Apoyándolo mientras abrazaba las piezas de su corazón roto, diciéndose cada noche que todo lo que necesitaba, era verlo feliz.
Y cuando Emilie faltó y él se derrumbó, se prometió que lo ayudaría a recuperarla. Sin importar el precio.
Aún cuando le dolía escuchar a otros juzgándolo.
Aún cuando se preguntaba qué iba a pasar después, si Adrien sería capaz de entender sus acciones, si todo volvería a la normalidad cuando ella regresara.
Ella, que era una mujer dulce y fuerte; además de egoísta.
Tan egoísta que envenenaba.
Provocando que ella se preguntara si la gente no se equivocaba al señalarlo a él como el villano.
O quizás ella era la que se equivocaba, al permitir que sus sentimientos la cegaran como para pensar de una manera tan vil de quien era, el amor de su vida.
Día cuatro: villano.
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