Capítulo 3

-De gallina a gallo, de cisne a pato-

Múltiples esperanzas tenía Oliver Wood cuando llegó el verano. Había pensado en ello desde la partida del expreso de Hogwarts, exactamente desde el pitido del tren, a cuyo ritmo ambos se habían despedido con una sonrisa, Hermione entrando en el compartimento que desde primero reservaba con sus amigos; Oliver dirigiéndose con los suyos al que usaban (varita en mano por si alguien osaba ocuparlo) desde segundo.

Pero lo que él estaba esperando no ocurrió la primera semana de vacaciones. Tampoco la segunda. Ni siquiera la tercera. Y a Oliver la espera se le antojaba insoportable. Gruñía, estaba de un humor de perros, sufría de insomnio y el calor estival se pegaba a su cuerpo por las noches como un invitado extraño, pero la anhelada carta nunca llegaba.

Era ver una lechuza y emitir un suspiro quejumbroso. Porque cuando uno está enamorado siempre tiene esa brizna de esperanza instalada en el pecho, un sentimiento absurdo que, con cada señal, te dice que "puede ser…", que "a lo mejor", que "ciertamente, es probable que ésta sea la carta que he estado esperando". Pero Hermione no mandó ninguna. No dio señales de vida en todo el verano. Y eso que Oliver en ningún momento bajó la guardia. Realmente, era muy molesto desayunar cada mañana con un ojo en el bol de cereales y el otro perdido más allá de la ventana. Si no fuera porque tenía que disimular, podría haberse quedado bizco.

-¿Estás bien, hijo? No dejas de mirar por la ventana. ¿Estás esperando algo?

-No –y ante las preguntas cada vez más insistentes de su madre, volvía a fijar la vista en el rancio desayuno que atacaba violentamente con la cuchara y luego se hundía junto con sus esperanzas en un bol de leche desnatada.


Oliver visitaba a menudo la tumba de su lindo perro Plutárquico. Era como un ritual que le recordaba su entrada en Hogwarts, pero también el momento en el que tuvo que alejarse de su cariñoso y fiel amigo. Le hablaba, le contaba lo que había ocurrido esos años, arrancaba los hierbajos que habían crecido alrededor y disfrutaba del momento de paz que siempre suponía estar en el sitio donde descansaba Plutárquico.

Fue uno de esos días de visita y de calor infernal cuando le dio la sensación de que alguien le estaba observando. Giró la cabeza y nada: dos pajaritos copulando en una rama. Sonrió al verlos. Qué extraño se le hacía ser el invitado indiscreto a un empacho público de carne. Volvió a girarla y sólo vio al vecino de enfrente, que le saludó con el siempre caballeroso gesto de quitarse el sombrero. Sus ojos se posaron de nuevo en la tumba de su perro y allí estaba otra vez aquella absurda sensación:

-¿Quién anda ahí? –preguntó girándose, buscando su varita en su bolsillo. –Sé que estás ahí, sal ahora mismo.

Su orden fue tan autoritaria que hasta él mismo se sorprendió. Fue en ese momento cuando descubrió que la voz de gallina se había convertido en el cacareo de un gallo. Carraspeó y se alegró al pensar que, a lo mejor, ya no volvería a hacer aquellos gorgoritos absurdos que acompañan a los adolescentes cuando su hombría se está haciendo notar.

-Si te descubres, no te haré nada –advirtió, complacido con su nuevo tono de voz. ¡Eh! Aquello sonaba realmente bien. Varonil, poderoso, inquietante.

De pronto una cabeza tímida asomó por encima de la verja del jardín y una muchacha saludó insegura con la mano.

-Lo siento –dijo con voz temblorosa. –No quería interrumpir.

-¿Y por eso te escondiste?

Ella asintió. Oliver al principio no reconoció a la muchacha, pero había algo familiar en su cara y en sus gestos. De pronto abrió mucho los ojos y bajó la varita, relajando el cuerpo que antes se había puesto en posición de defensa.

-¿Alice? –preguntó con incredulidad.

La muchacha asintió y el resto es historia. Se podría decir que Alice fue su primer amor, aunque fuera sólo un amor de verano. Alice, la vecina que se había ido de viaje para estudiar runas antiguas en Rumanía. Alice, que era mayor que él, y quizá por eso toda su relación con ella se había limitado a cordiales saludos cuando ambos se encontraban en la calle, la panadería o el supermercado. O puede que fuera porque Alice no era muy agraciada de pequeña y, además, parecía una persona extremadamente tímida. Siempre que se veían, ella se ruborizaba. Luego salía corriendo, camino de la puerta de su casa, y él fruncía el ceño porque pensaba que, si huía, era por otros motivos, no porque ella escribiera su nombre en los pergaminos de Hogwarts o los rodeara de un corazón y pusiera dentro "Oliver x Alice".

Y a saber qué demonios le había pasado a Alice en Rumanía. Se había ido siendo un pato y había regresado siendo cisne. Él no tenía quejas, claro, pero era sorprenderte ver cómo, en apenas un año, ella había sufrido tal transformación que ninguno de sus amigos del barrio fue capaz de reconocerla.

-¡Tío, está muy buena!

-¿De dónde la has sacado?

-¿Cómo lo has hecho? ¡Una tía mayor!

Dios, por Merlín, Circe y todos los santos… ¡cómo le subían el ego aquellos comentarios! Se le hinchaba el pecho de orgullo cada vez que le regalaban los oídos de esta manera. Y sí, Alice era muy guapa, pero había un pequeño detalle aún más importante: él, Oliver, se la había ligado. Oliver, el hasta entonces tímido capitán de Quidditch, incapaz de mirar fijamente a una chica que le parecía atractiva. Oliver, que soportaba las burlas de sus amigos cuando le decían eso de "Vamos, tío, esto no puede seguir así. ¡Tiene que gustarte alguien!". Oliver, que hasta parecía haber puesto en entredicho su masculinidad y virilidad por el simple hecho de que ocultaba un amor enfermizo por alguien que no le correspondía. Sí, él lo había hecho, y, en consecuencia, tanto halago, tanta broma zalamera, había conseguido que su ego se inflara como un globo de helio.

La agarraba de la mano cuando daban paseos por el parque. Ella aplaudía sus paradas durante las pachangas de Quidditch de verano. Los dos se tiraban sobre la hierba y allí se desplegaban las caricias, los mimos y los arrumacos.

-Mucho mejor –le decía ella cuando se despegaba de su cuerpo y la miraba a los ojos.

Él intuía el tono de burla y veía aquella sonrisa de mofa, y entonces fruncía el ceño.

-¿Qué está mejor? –preguntaba, cayendo irremediablemente en su trampa.

-Tus besos. Has aprendido rápido.

Entonces estallaba en carcajadas y él le hacía cosquillas para que Alice suplicara clemencia -"Así que esas tenemos, ¿eh? ¡Pide perdón o morirás de risa!". Era todo perfecto. O casi… Porque aunque dejó de quedarse bizco cada vez que llegaba una lechuza a su casa, no podía evitar que el corazón llamara una y otra vez a las compuertas de su pecho. Insistente, el muy cabrón, golpeando con fuerza para que le abriera la puerta a Hermione. Bueno, estaba bien. Nada que no pudiera resolver respirando profundamente y pensando en otras cosas más agradables como "¿Me dejará Alice llegar hoy hasta la segunda base?".


La despedida fue tan traumática como era de esperar. Alice insistía en que siguieran en la distancia, porque nada era imposible si sus sentimientos eran francos.

-Te visitaré en Hogwarts las veces que haga falta, de verdad. No puedo creer que esto acabe aquí, Oli.

Oli… Un diminutivo absurdo, le restaba seriedad.

-No me llames Oli, Alice, suena muy extraño –protestaba. -Y no sé… Yo ahora tengo que centrarme en el Quidditch. Si tengo suerte y ganamos otra vez el torneo, a lo mejor algún equipo se interesa en mí –verdad y mentira. Tenía interés en el Quidditch, por supuesto, pero no se fiaba de sí mismo al saber que pronto vería a Hermione.

-¿Me escribirás al menos? –preguntó ella, al borde de las lágrimas. Habían hablado cientos de veces de este tema, pero Alice siempre le hacía dudar con sus pucheros y esas caricias femeninas que le hacía en el pecho.

-Claro. Te escribiré todas las semanas.


-Ten mucho cuidado –le dijo su padre, apoyado en el umbral de la puerta mientras él empacaba el baúl con todos sus enseres personales.

-No te preocupes, papá, seguro que habrán puesto suficientes medidas de seguridad en el castillo.

-Nunca son suficientes –intervino su madre, que llevaba en la mano un par de calcetines limpios. Los metió en su baúl, le abrazó con fuerza y reprimió las lágrimas que se aturullaban en su garganta. –Sirius Black ya ha escapado de Azkaban –le dijo, sin aflojar el abrazo. –Si ha hecho eso, Hogwarts no será mayor problema para un mago como él.

Oliver asintió. Puede que su madre tuviera razón…


Lo evitó en el expreso de Hogwarts al subir y al bajar de él. De hecho, ni siquiera fue al baño durante el trayecto, por si acaso. Lo evitó también en las carrozas que los llevaban al castillo tiradas por los invisibles animales que no era capaz de ver. Miraba al suelo, respondía sin posar sus ojos en su interlocutor y trataba de no pensar en ello. Le hubiera encantado perderse la ceremonia de selección, pero no le quedó más remedio que unirse a los demás en la mesa de Gryffindor. Y allí estaba. Ese pelo revuelto, esa sonrisa, esos pechos que habían vuelto a crecer durante el verano. No tenía hambre, pero su estómago protestó. Y estaba seguro de que no se trataba de una protesta alimentaria -¡dame de comer!- porque él, Fling y los demás se habían puesto las botas y casi habían dejado sin provisiones el carrito de dulces del tren. No. Su estómago protestaba por haber hecho el intento de ignorar a Hermione, aunque estuviera deseando verla.

Sentada al lado de sus amigos, ella no le vio en un primer momento. Fue entre el saludo de bienvenida de Dumbledore y la presentación del nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras…

-La maldición de Snape se sigue cumpliendo –bromeó su amigo, señalando a Remus Lupin. –Este pobre infeliz tampoco pasará del verano. Alguien debería advertírselo.

…cuando sus ojos se encontraron. Hermione le sonrió e hizo un gesto de saludo con su mano. Pero, misteriosamente, ni se inmutó. La ignoró por completo. Algo dentro de él lo había paralizado. Un orgullo renovado, una sensación nueva que le decía "no hagas el tonto, ya has visto que no la necesitas". La morena frunció el ceño, sorprendida por el frío recibimiento, pero como Neville la interrumpió con algún comentario, no le dio tiempo de analizar la situación en aquel preciso momento y se puso a charlar con él.

Los ojos de Hermione volvieron a buscarle durante el banquete, pero Oliver se contuvo y en ningún momento la miró. Para cuando llegaron al postre, el enfado de la morena era morrocotudo. Probablemente jamás en su vida se había sentido tan ignorada. Así que, cuando llegaron a la sala común, ella aprovechó para indagar un poco:

-¿Te pasa algo? –le preguntó, la voz indignada.

-¿A mí? –dijo él con aires chulescos, alzando la voz para que todos los allí presentes los escucharan. -¿Por qué habría de pasarme algo?

-Bueno, quizá el hecho de que ni siquiera me hayas saludado te da una pista –respondió Hermione con todo el sarcasmo que fue capaz de emplear.

La miró de arriba abajo, con desdén, casi con odio, con una prepotencia extraña que no encajaba con su personalidad, pero que allí estaba.

-¿Y por qué tendría que saludarte a ti? –se le escapó. Fue la furia contenida de todos aquellos años de mantener un amor secreto no correspondido. Pero también fue la venganza, el decir "mírame, mira lo que te estás perdiendo". –Oh, espera –siguió diciendo, cada vez en un tono más chulesco, e hizo una semi reverencia-, discúlpeme, señorita Granger, no tengo perdón por no haberla saludado. ¿Qué tal ha pasado el verano?

Hermione se quedó completamente helada, observándole con curiosidad. Sus amigos parecían alucinados, aunque Fling, a quien nunca le había caído demasiado bien Hermione, se tapó la boca para reprimir una sonrisa. En un principio no supo cómo reaccionar, pero finalmente se dio la vuelta, la melena leonina despeinada acompañándola en el giro, y sin mediar palabra se alejó de él.

Una incómoda sensación de tristeza se hizo paso en su interior, pero cuando sus amigos le rodearon, riéndose de lo que acababa de pasar y dándole su apoyo, fingió estar contento con lo que había hecho. Todos, menos Percy Weasley, que catalogó aquello de:

-Una soberana tontería lo que has hecho. Espero que estés contento –aunque no le prestó atención. Era Percy con P de Pesado, ¿qué sabría él? Aquella era su cura, su desquite de Hermione. Tenía derecho a llevarla a cabo como le viniera en gana.


Su amigo Fling se alegró muchísimo de su cambio. Y se entusiasmó aún más tras escuchar las noticias del verano, las descripciones de Alice que su amigo le hacía, sus encuentros en el parque, y el hecho de que ella fuese mayor.

-¿Le tocaste las tetas? –le preguntó con un brillo maquiavélico en los ojos.

-Vamos, Fling, esas cosas no se cuentan.

-¿Pero se las tocaste?

Oliver se rió, pero también asintió, y Fling quiso dar una fiesta. Empezó a gritar de emoción, correteó por el dormitorio de los chicos de quinto año y de su varita salieron fuegos artificiales. Hasta empezó a hacer planes al ver que su amigo había dejado de ser el niñato melancólico que era el curso anterior y parecía interesarse más por las chicas. Y las chicas por él, claro.


Como hemos dicho, Oliver ya no era el mismo. Pero no lo era mentalmente y mucho menos físicamente. Había crecido. Sus espaldas eran más anchas, ya no era un muchacho apocado y barbilampiño: una sombra débil de barba empezaba a aparecer en su cara, sus músculos parecían haberse desarrollado. Tenía más vello, estaba más alto, y las chicas lo notaban, le hacían ojitos cuando se cruzaban con él en los pasillos del colegio. Le pedían citas, le mandaban cartas.

Ya no era sólo que se hubiera convertido en un chico guapo, atlético, sino que, además, era el capitán del equipo de Quidditch de Gryffindor, un papel que ahora ejercía con autoridad. Daba laaargos discursos en los vestuarios, motivaba a sus jugadores, les regañaba cuando estaban vagos o cuando protestaban por tener que entrenar a primera hora de la mañana de un sábado. Poco a poco, el Quidditch se había colado en sus venas y se había transformado en una prioridad, más allá de los exámenes, de las asignaturas o de las relaciones sociales. Su cuarto empezó a llenarse de pósters de los equipos que más le gustaban. Cada vez que iba a Hogsmeade, compraba revistas deportivas para estar al día de fichajes, nuevos modelos de escoba, equipos y entrenadores. Lo quería con toda su alma: había decidido que su sueño, su verdadera aspiración en la vida, era ser jugador profesional y si las cosas seguían como hasta entonces, quizá tendría una oportunidad.

-A nosotros nos parece fenomenal, Oli –le decía su madre, apoyándole cada vez que hablaban de chimenea a chimenea-, pero no debes descuidar tus estudios.

-Tu madre tiene razón, hijo –la apoyaba su padre-, una cosa no está reñida con la otra. Y si no sacas buenas notas, ningún equipo se interesará en ti. Ya sabes que son muy estrictos con el expediente de los jugadores que fichan en los colegios.

Escuchaba con verdadero interés los consejos de sus padres. Pero era difícil compaginar todo aquello con el despliegue hormonal que ese año estaban experimentando todos sus amigos. Bebían más de lo permisible, los sábados por la noche siempre había una pequeña fiesta en el dormitorio de los chicos, y los escarceos con las chicas se habían convertido en una prioridad para ellos. Él intentaba mantenerse al margen, tener la cabeza fría y centrarse en lo que realmente le importaba, pero de vez en cuando no podía evitar dejarse llevar, como buen adolescente que era.

Así habían empezado todo tipo de rumores. Que si Oliver está con Katie Bell, que si se ha enrollado con Angelina o aquel que aseguraba que estaba saliendo con una alumna de séptimo de Ravenclaw con la que había hecho algo más que manitas.

-¿Tú crees que están saliendo? –le preguntaba Ginny a Hermione de vez en cuando.

-¿Quién?

-¡Oliver y Angelina!

Hermione rodaba los ojos, todavía dolida por el comportamiento que había tenido con ella a principios de curso y por lo distantes que estaban ambos desde entonces. Pero también estaba celosa, aunque antes que reconocérselo a sí misma hubiera preferido tragarse su propio brazo, masticarlo, digerirlo y, finalmente, expulsarlo.

-La verdad, Ginny, es que me trae sin cuidado lo que haga Oliver Wood con su vida privada -respondió, apretando los dientes con fuerza para que la pelirroja no notara la quemazón que sentía bajo su piel cada vez que alguien le llegaba con nuevos y jugosos rumores sobre el capitán de Quidditch.


Y es que, de la noche a la mañana, Oliver parecía haberse convertido en un objeto de deseo y esto, a él, le complacía sobremanera. Por un lado, pensaba (y estaba completamente equivocado) que a lo mejor Hermione se sentiría más atraída por él ahora que no era uno del montón, ahora que muchas las chicas estaban dispuesta a vender su alma al diablo con tal de conseguir que él posara sus ojos en ellas. Y, por el otro, estaba convencido de que su actitud era la mejor para alejar a Hermione de su mente.

Finito. Caput. De ahora en adelante, Hermione había pasado a la historia. Tenía que recluir sus sentimientos pasados en la cárcel de los recuerdos y estaba decidido a hacerlo.


-¿Quién? ¿Black? Si Black viene a este castillo le patearemos el culo –Fling siempre alardeaba con cosas tan absurdas como ésta. Pero, curiosamente, Oliver había empezado a seguirle la corriente, se había dejado llevar por la estupidez.

-¡Que me lo manden a mí! ¡Yo le enseñaré lo que es un mago! –bufaba.

Hermione, que estaba sentada al lado de donde estaban hablando, estalló en carcajadas sarcásticas, recogió sus libros y se levantó para subir a su cuarto. Ellos la miraron perplejos.

-Sigue soñando, Wood –le dijo cuando vio en sus ojos el deseo de una explicación. –Espero que esta noche duermas tranquilo: hay miles de dementores pululando por el castillo.

Él puso un gesto de pánico al enterarse de este pequeño dato y Hermione se fue sin dar más explicaciones.


Habían perdido. Habían perdido el partido. Y contra los inútiles de Hufflepuff, nada menos. ¿Cómo podía haber sucedido aquella catástrofe? ¡Si les había dado un discurso! ¡Si habían estado entrenando hasta la extenuación los días antes del enfrentamiento! Joder… ¡Y ahora resulta que Potter se desmayaba al ver a los dementores! Para empezar, nunca debieron haber entrado en el campo. Y para seguir ¿por qué Potter era tan frágil cuando estaban cerca? Vale, él les tenía pánico, pero mierda…

Estaba tan deprimido y enfadado que, cuando llegó a la sala común de Gryffindor, tiró su escoba de malas maneras sobre el suelo y fue hacia las escaleras.

-No te enfades, Wood –le dijo de repente Neville, tratando de animarle mientras sujetaba un banderín del equipo tímidamente entre las manos-, aún podemos ganar la copa. Es sólo un partido.

Fue superior a sus fuerzas. Un volcán en su interior que estalló de repente. Se giró, dio dos zancadas poderosas para llegar hasta él y encaró a Neville con una ira incontrolada.

-¿Sólo un partido? –le espetó, casi chillándole. –¡Tú qué sabrás, niñato, si no tienes ni idea de nada!

Dejó a Neville boquiabierto y dolido, pegó un portazo y se encerró en su habitación, temblando de ira y de frustración. Por un momento pensó que se había excedido con Neville; él no tenía la culpa, sólo había intentado ayudarle. Pero luego pensó que el partido, él y sus sueños, eran más importantes: todos sus ilusiones de entrar en un equipo de Quiddtich profesional habían quedado arruinadas por culpa del presumido de Cedric Diggory… Y eso era más importante que todo lo demás.


Esa noche no bajó a cenar y sus amigos, que le conocían bien y no insistieron para que se sumara a ellos. Pero sí los acompañó al filo de la medianoche. Estaban en la sala común y Oliver hundió su cuerpo en un sillón mientras dos de ellos jugaban al póker. Y de repente pasó. Hermione entró furibunda por el hueco del retrato. No saludó a nadie, no miró a otra persona, sólo a él, a quien se dirigió sin dilación, con zancadas decididas y una cara de enfado que hizo que Fling pegara su cuerpo contra el respaldo de su silla.

-¿Quién te has creído que eres? –le espetó de repente, enfadadísima. –Neville me lo ha contado todo. Oh, perdone usted, capitán, que alguien tan dulce y bueno como Neville haya intentado animarle después de haber perdido un estúpido partido de Quidditch. A ti no te importa si Harry ha estado a punto de matarse con esa caída, ¿verdad, Oliver? A ti lo único que te importa eres tú mismo. Tú y tu estúpida obsesión por el Quidditch. Tengo a un amigo herido que ha estado a punto de matarse en el campo y a otro que no para de decir que "es un inútil" porque el capitán del equipo de Quidditch de su casa le ha tratado como si fuera el imbécil más grande del mundo mágico….

La verborrea de Hermione había cogido a todos por sorpresa. Varias cabezas de la sala común se giraron para observar la escena. Oliver estaba alucinado, escuchando lo que ella decía. Había tanta verdad en sus palabras que, por más que buscaba algo que objetar, era incapaz de responder o defenderse de aquellas acusaciones.

-….no sé qué demonios te ha pasado este año o en qué has estado pensando, Oliver, pero la persona que tengo enfrente no es la persona que yo conocí –le señaló. -Eres cruel, egoísta, prepotente y maleducado. Neville no se merecía que le hubieras tratado así sólo por intentar animarte. Y Harry no tiene la culpa de que hayáis perdido ese absurdo partido contra Hufflepuff. Si alguien tiene la culpa aquí de no haber sabido estar a la altura y ser un buen capitán, ése eres tú. Y te lo digo ya por si no te ha quedado claro: sé lo que quieras ser, compórtate como un imbécil y haz el ridículo cuanto quieras, pero no te metas con mis amigos.

"Sé lo que quieras ser, pero no te metas con mis amigos". Aquella frase se le quedó grabada a fuego en el alma. Hermione dio media vuelta y se fue, camino de su habitación. Para ella las cosas estaban más que claras. Fling hizo ademán de aplaudir para burlarse del discurso de Hermione, pero Oliver le detuvo con un gesto de la mano. Había tenido suficiente. Se había comportado como un verdadero idiota y ahora lo veía. Se había dejado llevar por la atención de los demás y lo que los demás esperaban de él, y aún así no había logrado alejar a Hermione de su mente. Ahora se daba cuenta.


El golpe de sus palabras fue tan duro que permaneció más callado de lo normal los siguientes días. Su amigo Fling estaba preocupado porque intuía que su comportamiento tenía mucho que ver con lo que le había dicho la morena. Una noche que estaban solos en su dormitorio, se acercó a él con la intención de hablar y fue más directo de lo que había sido en toda su vida:

-¿La quieres? –le preguntó a bocajarro.

Oliver, que estaba hojeando una revista de Quidditch, la apartó y alzó las cejas con sorpresa.

-Porque si la quieres eso debería ser suficiente, ¿sabes? –Fling empezó a pasear alrededor de su cama. Le costaba horrores decir estas cosas, pero en el fondo era un buen tipo. –Quiero decir que no debería importante lo que opinen los demás, ni siquiera lo que te digamos nosotros. He visto cómo la miras, Oliver. He visto la cara que pones cada vez que ella está delante. Y aunque pensé que tras este verano todo eso había pasado, está claro que no es así. Deberías pensártelo. Todavía estás a tiempo de arreglarlo... Si de verdad sientes eso por ella, no lo pierdas, ¿vale?

Dicho esto, Fling salió de la habitación y cerró la puerta con delicadeza. Miró largamente y sin propósito alguno el dosel del techo de su cama y suspiró con alivio. Lo sabía… y el muy cabrón nunca le había dicho nada.

Pensó entonces que a lo mejor Fling tenía razón, que todavía estaba a tiempo de hacer algo, de dejar de comportarse como un estúpido excesivamente hormonado y conseguir que Hermione se fijara en él por lo que era, no por lo que aparentaba ser. Pero ¿cómo? No conocía a nadie que hubiera metido tanto la pata como él… En menos de un año había pasado de gallina a gallo y, finalmente, de cisne a pato... Oliver suspiró profundamente y se dio tres absurdos golpes en la frente. ¿Cómo había podido ser tan estúpido?


NdA: ¡y seguimos con el culebrón! Bueno, explicaciones varias… entendería que Oliver os hubiera caído fatal en este capítulo (a mí tampoco me ha parecido demasiado agradable), pero como ésta es la historia de una pubertad, he pensado que necesitaba esta parte y os digo por qué, por si no se ha entendido: cuando tienes cierta edad, algunos chicos, de repente, se "suben a la parra", como decimos en mi tierra. Se les infla el ego y se hacen los gallitos cuando descubren que son más guapos que los demás, etc. Yo he visto muchas situaciones en las que el chico en cuestión estaba enamorado de una chica pero la trataba con desprecio y chulería por estos misterios que tienen las hormonas de la adolescencia. Luego se les pasa y se vuelven personas "normales" y lógicas, pero, de verdad, qué mala es la pubertad para estas cosas…

Total, que más o menos esto es lo que he intentado reflejar en este capítulo. No sé si lo he conseguido, pero espero que no haya sido demasiado desagradable de leer. Prometo no tratarle mal en los que vienen a continuación que, por cierto, espero que sean dos más y ya.

¡Besos a todos y gracias por el apoyo que está teniendo la historia! ¡Estoy contenta!

¿Nos vemos en el siguiente o aquí me abandonáis ya?


Lis: has tenido suerte, ya ves que para ti la actualización ha sido rápida porque hace poco que te lo leíste. Gracias por comentar!

Aislinn: no pretendo abandonarlo, la verdad. Y muchas gracias por asumir tan bien los cambios con respecto al canon. No es que sean demasiados, pero sí los suficientes para que os enfadéis conmigo jaja. Besos!

CiNtHiA: seguro que éste no te ha parecido tan bonito, pero los demás lo serán. Palabrita de la autora ;)

Maju: no llegué a ver la serie, así que no lo sé. La verdad es que apenas veo la tele, sólo a veces, para reírme con mis amigas de un reality o algo así. Un beso!

Dermiel: me alegro de que te guste la pareja. A ver si consigo juntarlos de una vez, jeje

Ariadna: ya está. Continuado ;)

Adriana: creo que voy a acabar dándote mi mail para contestarte a los reviews, que son bien largos!! Quería escribirte, pero como no los has firmado pues no he podido. Me alegro de que sigas aquí. Eres una lectora muy entusiasta!! Así da gusto. Mil besos!

Maju: si el fic te parece original, yo encantada. En esta historia trato de escribir cosas diferentes a las que estoy acostumbrada, así que no te creas, también es nuevo para mí. Gracias!

Daniela: sí, yo pienso que esta pareja puede dar mucho de sí, pero aún tengo que ver cómo voy a sacar algo de romance entre ellos. Creo que llegará pronto. Estad pendientes, jeje

Claudia: y tan lento!! Llevo ya cuatro capítulos y poco ha pasado, por no decir nada. Pero volvemos a coincidir: no me gusta cuando los autores apresuran las cosas, sobre todo con una pareja extraña. Siempre en la lentitud está la mesura, creo yo. Un besito y gracias por estar siempre ahí