El paciente especial
Era el segundo café del abuelo Light y se lo volvieron a arrojar en la cara, esta vez, fue debido a que la puerta de la Oficina postal se había abierto de golpe frente a él. El rostro del viejo, que por lo general era de un violeta oscuro, se puso tan rojo como un tomate, sin embargo, al ver la extraña escena que le siguió al portazo, su expresión de ira cambió por una de duda. New Wind estaba entrando al lugar, pero sobre su lomo yacía una poni totalmente desconocida, y eso de su cabeza… ¿era un panal?
—Acuéstala sobre la mesa —dijo el Dr. Healer, iba detrás del chico.
—¿¡Y ahora qué pasó!? —refunfuñó el viejo.
El doctor, tomó el maletín de su alforja con el hocico, lo arrojó al frente y contestó:
—No hay tiempo viejo, necesito que ayude a sujetar esa poni.
—¿Ya tengo un novio? —preguntó Glass, antes de volver a dejar caer su cabeza en el lomo del pegaso—. Quiero pastel de fresa…
El Abuelo Light tenía razones válidas para estar irritado esa tarde: el café había calentado su rostro ya dos veces consecutivas, unos ponis extraños estaban haciendo desastre en el negocio, y para rematar, ahora se le había antojado un trozo de pastel de fresa, ¡y no tenía ninguno! Pero todo cambió, cuando se dio cuenta de la expresión angustiada de Wind.
Con esos ojos rojizos entrecerrados, junto con las orejas caídas, el joven pegaso era la viva imagen de aquel amado hijo del abuelo Light. Por más cascarrabias que fuera, el viejo no podía mantenerse estoico ante ese rostro, así que sin hacer muchas preguntas, terminó haciendo caso a las órdenes del misterioso corcel en saco.
Después de que quitaran todos los papeles, Glass terminó acostada bocarriba sobre la mesa en medio del cuarto. El abuelo la sostuvo por los hombros y New Wind sujetó el panal, inmovilizándole la cabeza. El Dr. Healer por otro lado, abrió su misterioso maletín y a la vista de todos, sacó una sierra.
El aparato era corto, con una agarradera especial para tomarse con el hocico y un gran botón rojo en un lado. Pero lo que intimidaba de esa cosa era un disco de color cromo, que sobresalia de la parte frontal lleno de dientes brillantes y muy afilados.
—¿Es seguro usar eso? —preguntó el abuelo, abriendo los ojos más de la cuenta.
—No se preocupe por mí viejo, soy un profesional entrenado —el poni amarillo revisaba los dientes metálicos con rostro calmo—. Es más probable que ella salga herida, a que lo haga yo.
—¡Pero si a eso no me refería!
El Dr. Healer ya enfrente de su paciente, tomó la sierra con la boca y la encendió, en ese instante, la máquina comenzó a generar un ruido metálico estridente que resonó por todo del lugar.
...
Un poni terrestre de color ladrillo, caminaba hacia la oficina postal de Littleclouds sosteniendo una carta en su hocico. Despreocupado y feliz, tarareaba una canción (la cual mostraba cierta semejanza al intro de un show con temática sobre a la magia de la amistad).
La familia de él vivía en la gran ciudad, lugar de edificios altos, luces brillantes en la noche y caminos que de hecho, no estaban inundados por el pantano, debido a lo cual se comunicaba con ellos por medio del correo. No eran más que conversaciones casuales de cómo le iba en su trabajo, con su esposa o qué platillos sabrosos comía; cosas de todos los días.
Sin embargo, lo primero que vio al entrar por la puerta de La oficina postal, fue al Dr. Healer, precipitándose con su sierra y una cara de maniático contra el panal el en la cabeza de Glass. Los dientes del disco se encajaron con fuerza en la superficie curva amarillenta; «splash», la miel comenzó a volar por todos lados con un escándalo sonando de fondo.
Se veía tal cual una película de terror.
El pobre poni terrestre trató de recordar si había despertado aquella mañana, tal vez esa era una extraña pesadilla. Es decir, estaba desnudo en público, creía haber escuchado que esa era una señal muy clara de estar soñando.
«¿Pero qué no estamos desnudos la mayoría del tiempo?», se preguntó durante su lapsus mental, no obstante, un instante después y aún con su carta en el hocico, decidió que no era el momento más oportuno para cuestionar los hábitos de desnudez de la población en general, o mandar correspondencia. Por lo que con los ojos muy abiertos y las orejas caídas, decidió cerrar la puerta e irse lentamente. Ya regresaría otro día.
Por otro lado, el doctor, con una destreza semejante a la de un escultor de hielo trabajando en su obra maestra, movía la sierra de un lado para otro. La miel junto con los pedazos de panal pronto comenzaron a cubrir gran parte del suelo así como de la mesa también, y al cabo de unos minutos, New Wind pudo retirar los cascos con dos grandes trozos de la colmena pegados en ellos. La cabeza de Glass era libre por fin.
Al apagar la sierra, el ruido del aparato también dejó de chillar en los oídos de los pegasos. La paz y tranquilidad imperaba otra vez, no obstante, la habitación quedó hecha un desastre; el líquido dorado pegajoso estaba por todos lados, incluso en el techo. Parecía como si el panal, tratando de contener un gigantesco estornudo, hubiera explotado por la presión.
New Wind, junto con el abuelo Light, terminaron bastante manchados también, respiraban aprisa, casi se les salía el corazón, «¿qué tan cerca estuvo de cortarla?», se preguntaban perplejos.
—Ahora podrá respirar sin problemas —comentó el Dr. Healer, al igual que los pegasos, se notaba un poco cansado—, pero aún está mensa.
—¿Ya llegamos? —preguntó Glass, alzando la cabeza. Su crin brillante le cubría gran parte de la cara, ya que caía por el peso de la miel y algunos pedacitos de panal que resistían dejarla—, ¿no hemos llegado aún verdad? ¡Siempre trotas muy lento mamá!
El abuelo Light, supuso que ya no había necesidad de sostener a la yegua, así que retiró los cascos.
Lo primero que hizo Glass al ser libre, fue acurrucarse en la mesa, como si de una cama se tratara. Cuando ya estaba tan cómoda cual potrilla en su cuna, articuló una gran sonrisa y dijo:
—Gracias mamá, siempre quise quedarme y no ir a la escuela.
—¿Cuánto más se quedará así? —preguntó Wind.
El doctor, que ya había vuelto a su maletín, comenzó a buscar entre sus cosas. —Unas horas —comentó, sin asomar la cabeza de su equipo—, pero podría ser menos tiempo, si tenemos suerte.
El terrestre se volvió de nuevo a los dos pegasos, en su hocico sostenía una botella de vidrio con un elixir verde fosforescente dentro. Caminó con cuidado y dejó el recipiente en suelo a un lado de la mesa.
—¿Qué rayos es eso? —preguntó el abuelo Light, con mucha desconfianza.
—Medicina por supuesto, después de todo soy un doctor —cuando el poni terrestre le quitó el corcho a la botella con la boca, ambos pegasos arrugaron la nariz; el líquido olía horrible y despedía un tenue vapor morado—. Verán, cuando visitamos Ponyville, conocí a una cebra que venía de una tierra lejana, la cual resultó ser una curandera tradicional. Fue muy interesante platicar con ella, en especial porque compartió unos cuantos de sus remedios. Este en particular, me gustó bastante por cómo lo nombró, le llamaba: "levanta muertos".
—Levanta... ¿muertos? —pensó Wind en voz alta.
—La cebra me aseguró que un poco de esta receta, puede despertar a cualquiera de un desmayo al instante, o en este caso, un estado alterado de la mente. Averigüemos si no mentía.
Si bien usar esa cosa no era lo más ortodoxo del mundo, el Dr. Healer no perdería la oportunidad de probarlo, además, de funcionar, su colega estaría lúcida lo más rápido posible. Todos ganaban, según él. —Oye Glass —dijo con una sonrisa traviesa—, tu mami me encargó que te diera tu pan de maíz, di: "aaaahhh".
—¿En serio? ¡Gracias!
La unicornio, aún acostada, abrió la boca con gusto, pero en lugar del delicioso trozo de pan que tenía en mente saborear, un chorro de la sustancia verde le cayó dentro del hocico. Cuando el líquido espeso recorrió su garganta tal cual fuera un tobogán, sus ojos se expandieron como platos, se llevó los cascos al cuello y comenzó a retorcerse mientras tenía un ataque de tos. Al cabo de unos segundos, se quedó callada e inmóvil de golpe.
«¡La mató!», pensaron los dos pegasos al tiempo, pero antes de que alguien moviera un casco, Glass se levantó de repente.
—¿¡Qué, qué, qué pasa o qué!? —dijo la yegua, girando el cuello de un lado a otro.
—Nada Glass —le informó el doctor—, al parecer te salve el flanco.
—Siento como si la cabeza me fuera a explotar.
La científica, cabizbaja, se llevó un casco a la frente, solo para no poder despegarlo después debido a la miel. Suspiró un poco frustrada y preguntó:
—¿Dónde estamos?
—En la Oficina postal de Littleclouds —explicó el joven pegaso, luego, avergonzado, agachó la mirada—. Lo siento, lo que te ocurrió con el panal fue mi culpa. Estaba tratando de deshacerme de él y por accidente lo arroje en tu dirección.
Wind, en el mismísimo instante que dijo eso, sintió un golpe en la nuca. El abuelo Light no se había contenido en lo absoluto al darle un merecido coscorrón.
—Por eso te he dicho que tengas cuidado cuando planees entre las ramas en medio del verano, ¡las abejas flash abunda en esta época del año!
—Lo siento abuelo, no volverá a pasar —dijo Wind, sobándose la nuca. Tuvo que juntar su gorra del suelo pues el coscorrón se la había tirado—, eso sí que dolió.
—¡Pues para eso lo hice! Espero que esta vez ese "no volverá a pasar" si sea verdad nieto y uses una balsa para salir del bosque. En cuanto a esto, señorita, emm…
—Shining Glass —completó la yegua—, ese es mi nombre, pero pueden llamarme únicamente Glass si quieren, y mi colega, que ya tuvieron el gusto de conocer pero seguramente no se ha presentado aún, es el doctor Heavy Healer.
El poni terrestre se limitó a levantar su pata vendada en forma de saludo. No les dirigió la mirada, porque estaba muy ocupado revisando su sierra en el suelo.
—Señorita Glass, Dr. Healer, mi nombre es Light Feather y mi nieto, este pegaso torpe, se llama New Wind, es un placer conocerlos. Si hay algo que podemos hacer para compensar esto que le ha hecho mi muchacho, solo háganoslo saber.
—No se preocupen, fue un accidente —dijo la unicornio, mientras se trataba de despegar la pezuña de la frente—, aparte de esta jaqueca y el desagradable sabor a podrido en mi boca, estoy bien.
Después de un fuerte tirón, el casco por fin se despegó de ella, pero sintió otra punzada de dolor al instante, no le fue muy difícil descubrir la razón, ya que sobre su pezuña podía ver un poco de pelaje arrancado, pegado con miel. —Aunque… —mencionó luego de una rápida reflexión—, si me pudieran dar algo con que limpiarme, estaría muy agradecida.
Glass y el Dr. Healer recibieron unas cubetas anchas llena de agua caliente con un par toallas, y mientras los dos carteros limpiaban todo el desastre, ellos fueron al balcón trasero a asearse.
La unicornio usaba magia para manipular la toalla y restregarse el cuerpo con cuidado. Su bata, ya lavada, estaba secándose al aire libre colgada desde barandal del balcón, así que su cutie mark estaba al descubierto; era la imagen de un cristal de corte cuadrado artesanal, con un ligero brillo color ámbar en su centro, muy similar al tono de sus ojos.
El doctor por su parte, usaba la toalla para eliminar cualquier rastro de esas sustancia pegajosa en su sierra.
—No entiendo por qué me diste ese elixir tan horrible —comentó la unicornio—, con unas cuantas horas de sueño me hubiera recuperado también, pero sin este sabor a zanahoria podrida en mi boca.
—Fue por dos razones muy importantes mi pequeña compañera: la primera era porque te necesitaba cuerda lo más rápido posible y la segunda, es debido a que estabas…
El doctor contó toda la mini aventura, aderezando el relato con una imitación muy buena de Glass soltando todas esas frases aleatorias a cada rato.
—¿¡En serio dije todo eso!? —preguntó la yegua, sosteniéndose la cabeza. Debido a su pelaje blanco, era muy fácil ver que estaba bastante colorada.
—Lo del novio fue lo más divertido —el doctor no pudo contener una leve carcajada. Era casi con lo único que se podía ver a ese poni reír, con la humillación ajena.
—Awww, ¿y ahora cómo me van a creer una científica sería en este lugar?
—Lo que yo me pregunto es si te volverías a poner así emborrachándote —Heavy iba a soltar una carcajada aún más fuerte, pero lo interrumpió la toalla de Glass impactándole en toda la cara—, muy maduro de tu parte.
—Bueno, al menos ya estamos aquí —la unicornio caminó hacía su bata—, le preguntaremos al abuelo donde podemos encontrar hospedaje, después iremos por la carreta y ya instalados, haremos lo de siempre.
—¿Te refieres a que yo haga consultas a bajo costo, mientras tú vas por ahí a pasear?
—Se llama buscar información por si no sabias. Irías también tú, si te gustara socializar con ponis en general.
Durante la conversación, la puerta que daba a la oficina postal se abrió, dejando ver un abuelo Light con el uniforme de cartero ya limpio. Wind, detrás de él, iba sosteniendo en su lomo una charola con un frasco de azúcar, un tarro de leche y cuatro humeantes tazas de café.
—Todo está en orden de nuevo —dijo el viejo—, tuvimos que sacar el tapete, pero al menos nos quedó bastante caramelo, podremos endulzar tazas de café de aquí hasta el día de Los corazones cálidos.
Todas las construcciones sobre los árboles en Littleclouds, eran de tonos marrones y verdes oscuros, se sentían naturales, mezclados efectivamente con el bosque pantanoso. Aquel balcón donde estaban no era la excepción: ancho piso de madera en forma de medialuna, barandal curvo simulando una enredadera, y un lindo juego rústico de cuatro troncos cortados a modo de sillas, los cuales estaban en torno a una mesa hecha también en madera. No era lo más cómodo del mundo para descansar, pero Glass agradecía tener un lugar lindo para reposar que no estuviera lleno de lodo, o fuera esa carreta atiborrada de los trastos y menjurjes del doctor.
—Me alegra que todo se resolviera, y gracias por darme algo con que limpiarme, fue de mucha ayuda —la unicornio estaba impresionada de que su bata se hubiera secado tan rápido. Feliz, volvió a cubrirse el cuerpo con ella y después comenzó a amarrarse una coleta en su crin, ya que debido a todo lo que pasó, estaba estropeada por completo.
—No hace falta agradecer —contestó el abuelo Light, agarró con calma una de las tazas que su nieto había dejado sobre la mesa—. Tomen un café si gustan, eso les dará energía.
Glass se sentó a la mesa, agarró una taza por cortesía y le echó bastante azúcar. Para ella era raro que con tanto calor, tomaran algo caliente, pero el doctor no se reprimió en la absoluto; en cuanto tomó su taza, le dio un enorme trago con los pocos modales característicos de él.
—¿Van de paso? —preguntó el abuelo, para romper el hielo.
—No, nos quedaremos por un tiempo en el pueblo —contestó la científica, luego, dio un pequeño sorbo a su café, le quedó tan dulce como le gustaba—, tenemos algo que hacer por parte de un decreto real.
—Guau, un decreto real —exclamó Wind—, debe ser una tarea muy importante.
—No te emociones muchacho —contestó el doctor, negaba con la cabeza—, es solo una forma elegante de decir "trabajo". Aunque pensándolo bien, a mí prácticamente me están obligando a esto, mi caso es algo así como esclavitud pero bajo amen…
—¡Bajo contrato! —intervino Glass callando terrestre con la pura mirada—, él quiso decir que está bajo contrato. Somos un equipo enviado por la princesa Celestia del instituto médico de Canterlot, en busca de un paciente, uno muy especial.
—¡Vaya!, eso no se ve todos los días por acá —dijo el abuelo, antes de por fin poder probar su café, al parecer el tercer intento del día fue exitoso—. Si él vive aquí, nosotros le podemos ayudar a localizarlo. Conocemos a todos en el pueblo.
—Es complicado —replicó el doctor—, no tenemos registros de él, y casi ninguno de su familia. No sabemos cómo es o cómo se llama.
—¿Cómo los buscan entonces? —preguntó Wind, mientras agregaba un cubo de azúcar a su café.
Al escuchar esa pregunta, el doctor bajó su sierra y se inclinó en la mesa dejando reposar sus codos. El mueble generó un chillido debido a la presión.
—Esa es una pregunta muy interesante —contestó el terrestre—, hay tres requisitos que tenemos que saber. El primero es que tiene que ser un pegaso y ese, obviamente, ya lo cumplen ustedes dos.
El doctor se tomó un momento para darle un segundo trago a su taza, cuando ya hubo tomado hasta la última gota de la bebida energizante, la bajó con fuerza. El ruido de la cerámica contra la madera, hizo que los dos pegasos pusiera todavía más atención, entonces el Dr. Healer, continuó:
—Pero el segundo por otro lado, es menos común: el pegaso que estamos buscando, no puede volar. Hasta donde sé por el momento, ese requisito solo cumple el muchacho.
Glass al escuchar esa declaración, escupió su café de la impresión. —¡Es ridículo! —objetó, con el hocico aún goteando—, se mira que New Wind es un pegaso sano. Aparte, usted me dijo que lo vio volar cuando descendió hacía a mí.
—Dije "planear", no "volar", ósea, como dicen algunos, caer con estilo, y por la forma en lo que lo hizo, sugiere que tiene una lesión en el lomo, por algún lugar encima de su ala derecha, muy cerca de la columna vertebral. Esa herida tuvo que ser demasiado peligrosa en su tiempo. Aparte, el abuelo le dijo que usara una canoa en lugar de simplemente volar por encima de los árboles, como cualquier pegaso con capacidad de vuelo lo haría en primer lugar.
—Me impresiona que lo haya descubierto solo con verlo planear una vez doctor —dijo el viejo con un tono ya más serio—, en efecto, mi nieto, debido a una lesión que sufrió de niño, desgraciadamente no puede emprender el vuelo.
—Pero eso no es ningún secreto —argumentó Wind, su voz se notaba apagada y había desviado la mirada—, todos en el pueblo saben que no puedo volar.
—¡Al parecer nuestro participante lleva dos de tres! —exclamó el doctor, acompañado de sus cascos extendidos hacía el joven pegaso, tal cual fuera un presentador de juegos—, ¿será que cumple con el tercero y se transforma en: "el paciente especial"?
Glass más temprano que tarde se dio cuenta porqué motivo el doctor le había dado ese nefasto levanta muertos. Tal vez, frente a ellos, estaba el poni que tanto habían buscado.
—¿Y cuál es ese famoso tercer requisito? —preguntó el abuelo, ya un poco interesado.
La científica, ante tal pregunta, pasó saliva y navegó un poco en sus pensamientos, dejando la conversación en un silencio incómodo de repente. Por un lado, ella estaría feliz de por fin terminar su búsqueda, pero por otro, cumplir ese último requisito era algo que en cierto modo, no le deseaba a ningún poni.
—Ser… un sobreviviente de La tormenta sorpresa —contestó por fin la unicornio—. Me atrevería a decir, que esa sería la característica más peculiar para ser ese pegaso.
Wind, frenó su taza de café cuando esta estaba a punto de rozarle los labios, había quedado inmóvil. Con tan solo oír ese nombre: "La tormenta sorpresa", el mundo se hizo más pequeño a su alrededor, mientras los pocos recuerdos destellaron su mente como los relámpagos que iluminaban el cielo aquella noche. La noche, donde tan solo en unos instantes perdió su hogar, la capacidad de volar y a sus dos queridos padres.
Un agradecimiento especial a Neoklaitus por su ayuda especial en la edición.
