!ADVERTENCIA! este fic tiene LEMON EXPLICITO, muuuuuuuuuuuuuuuuuuuyyyyyyyyyyyyyy EXPLICITO y palabras obcenas, leanlo bajo su propio riesgo(?) :3... sin mas digo, que los personajes de Naruto no me pertenecen ni la historia..

Gracias a todos por sus reviews… esperen, esperen que aun falta la sorpresa… jijijijijijiijijii

Capítulo 4

Hinata se preguntó si se atrevería a irse de la casa de sus padres en lugar de quedarse para almorzar. En realidad se preguntaba si se atrevería a marcharse sin decir adiós. No había dormido después de regresar y se metió en la cama de su niñez, su mente inmersa con recuerdos de Sasuke y su familia hasta el punto de que su cabeza latía de dolor. Había tenido el sexo más fabuloso de su vida y ni siquiera iba a ser capaz de recordarlo con placer debido a que la ira, la culpa y el remordimiento habían envenenado su felicidad.

Se mantuvo acostada escuchando cómo el resto de la casa empezaba a agitarse y esperó a que hubieran bajado antes de arrastrarse hasta el baño. Incluso después de una larga ducha, tenía círculos oscuros bajo sus ojos y una helada pena en su corazón. Hinata sospechó que ambos permanecerían con ella por un largo tiempo.

La resurrección de sus habilidades de la adolescencia y el recuerdo preciso de cuál escalón, el tercero y el séptimo, chirriaban, le permitió a Hinata llegar a la parte inferior de la escalera sin que nadie la oyera. La puerta principal estaba a la vista. Cinco pasos. No más.

La cabeza de Hinata cayó. No podía hacerlo. Mierda, era una cobarde.

Podía librarse del almuerzo pero no podía evitar despedirse. Dejó su bolso en el pasillo y al llegar a la puerta de la cocina, escuchó su nombre.

—¿Qué hay de Hinata? —dijo su padre—. ¿No crees que es demasiado pronto?

—No queremos esperar —dijo Whiny Hanabi con su chillona voz de ratón.

¿Esperar para qué?

Hinata empujó la puerta y entró. Cuatro rostros giraron hacia ella.

Las miradas afectadas de sus padres, la mirada culpable en los ojos de Hanabi, y la sonrisa satisfecha del bastardo baboso de Kiba.

—Buenos días, Hinata.

Hinata apretó los dientes. Por supuesto que tenía que ser Kiba quien hablara primero.

—¿A qué hora llegaste? —preguntó su madre.

¿Cuántos años tenía? ¿Dieciséis?

—No demasiado tarde —cerca de las tres.

—Oh, estoy seguro de que te escuché llegar aproximadamente a las tres —dijo Kiba.

Maldito chismoso.

—Él tiene el sueño muy ligero —Hanabi acarició su mano.

—Yo no —dijo Hinata y sonrió, pensando que realmente no había mentido. Ella no era de sueño ligero.

—¿Dónde estuviste anoche? Pensé que íbamos a compartir un taxi para volver —dijo Hanabi.

—No sé cómo me perdiste. Estuve allí en la fiesta, aparte de una hora en la habitación con el tipo que se parecía a George Clooney. Ja, ja.

Nadie se rió. Kiba frunció el ceño y Hinata resistió el impulso de sacarle la lengua. ¿Por qué no podían ver a través de él? La frustración le retorció el intestino. No tenía sentido esperar que la atontada de Hanabi pudiera ver quién era en realidad, pero ¿por qué no sus padres? ¿Eran ciegos? ¿No podían ver que era un canalla?

Hinata suspiró. Muy bien, así a primera vista, no parecía tan malo.

Kiba era alto, moreno y moderadamente guapo, si te gustaba el estilo suave y elegante. A Hinata no le gustaba. Él tenía un buen trabajo en la ciudad y un automóvil inteligente. Algún tipo de Porsche. Hanabi era lo bastante superficial para que eso fuera suficiente. Hanabi era feliz, así que mamá y papá eran felices. No parecía importarles el que Hinata fuera miserable.

Llevó un vaso de agua a la mesa e hizo una mueca cuando su trasero golpeó el asiento.

—¿Qué pasa, Hinata? —su madre con ojos de águila le preguntó.

—Nada.

Hinata no estaba dispuesta a explicar que le dolía cada vez que se sentaba, porque eso significaría que tendría que explicar cómo la astilla llegó allí, la forma en que había sido retirada y cómo la vigorosa actividad que le siguió había agravado la lesión.

—Entonces, ¿por qué pones esa cara? —preguntó su madre.

Todo el mundo parecía sospechoso. Demonios. Tener una madre que durante sus años de adolescencia, había afinado sus técnicas de interrogatorio hasta adquirir una destreza olímpica era una desventaja enorme para Hinata, quien era como un libro abierto.

Desde que había salido de casa, el almuerzo de los domingos había sido como bucear en una piscina de tiburones con un pequeño corte. Lamentablemente su madre sólo aplicaba sus técnicas a sus hijas y no a la serpiente en el nido, que estaba sentada con una sonrisa en el rostro al otro lado de la mesa. Tan desesperados por ver un anillo en el dedo de la mano de cualquiera de sus hijas, su madre probablemente habría recibido con gusto a Jack el Destripador para tomar el té, si fuese un soltero disponible.

—¿Te lastimaste la espalda? —preguntó su madre.

—Solo un moretón —Hinata murmuró.

—¿Con qué?

—Una manija de la puerta.

Hanabi rió disimuladamente. Hinata viendo una salida la aprovechó.

—No es gracioso, Hanabi. Me duele.

—Déjame ver —dijo su madre.

Mierda.

—No es nada.

—Bueno, ¿cuál es? —preguntó su padre desde detrás del periódico—. ¿Estás bien o no?

Hinata captó la mirada oscura e indagadora de Kiba y desvió los ojos.

—Bien —dijo Hinata.

Durante mucho tiempo, nadie habló.

—¿Cómo estuvo la fiesta? —preguntó su madre.

—Bien.

—¿Así que pasaste un buen rato?

—Sí —Hinata sólo resistió diciendo bien.

—¿Conociste a alguien?

—No.

—¿Nadie en absoluto? ¿Qué pasa con ese que lucía como George Clooney?

—Eso fue la idea de Hinata de una broma, mamá —dijo Hanabi.

Hinata nunca había perfeccionado su cara de "inocente", pero ahora se estaba esforzando.

—Estoy seguro de que Hinata finalmente conocerá a alguien que le ayude a superar esto —dijo Kiba y alargó la mano para acariciarle la suya.

—¿Superar qué? —Hinata golpeó la mano y la arrastró fuera de su alcance.

—No hay necesidad de ser tan susceptible —dijo su madre.

Hinata se volvió a mirarla.

—Yo no estaba...

—Kiba sólo estaba siendo amable —su madre la fulminó con la mirada.

—Por favor, no discutáis —dijo Kiba—. Me siento muy mal por esto y Hinata no puede evitar sentirse de esa manera.

Cierra la maldita boca, tú completo y absoluto imbécil. Había un poco de consuelo al pensarlo, pero Hinata desearía atreverse a decirlo.

Su madre sonrió a Kiba.

—Y vosotros no podéis evitar haberos enamorado —ella se volvió hacia su hija mayor, con los labios apretados. Hinata se preparó— Deberías estar feliz por tu hermana, Hinata. Estás arruinando este momento tan especial.

¿Momento especial? La boca de Hinata se secó. Cristo. Hanabi estaba radiante sobre la mesa, luciendo tan feliz, demasiado complacida consigo misma. Hinata jugaría este juego, no preguntaría.

Alcanzó la caja de sus cereales favoritos, solo para descubrir que estaba vacía. Sin duda Kiba había tomado la última maldita porción.

—Hinata —su madre chasqueó.

—¿Qué?

—¡Basta! Hanabi tiene algo importante que decirte.

Hinata miró a su hermana y trató de mantener su rostro neutro.

—Kiba me pidió que me casara con él.

—Espero que hayas dicho que no —joder, ¿por qué había dicho eso? Kiba rompió el silencio.

—No seas así, Hinata.

Hubo otro largo silencio. Demasiado largo. Hinata no tenía la intención de esperar tanto pero era difícil lograr que su boca dijera una frase distinta a la que pasaba por su cabeza. "¡Estúpido jodido imbécil!" habría tenido a su madre alcanzando el jabón. El rostro decepcionado de Hanabi apuñaló la conciencia de Hinata.

—Felicitaciones —Hinata se forzó a soltar la palabra. Si tan sólo hubiera sonado sincero. Ella deseaba lo mejor, Hanabi quería ser feliz, pero esto era un completo error.

—¿En verdad es lo que quieres decir? —preguntó Hanabi.

—Quiero que seas feliz —dijo Hinata, lo que no era mentira.

—Dame un beso —Hanabi se puso de pie y abrió los brazos.

Hinata se levantó, rodeó la mesa y la abrazó. Hanabi la estrechó.

—Yo también —dijo Kiba y tiró de Hinata a un incómodo abrazo grupal.

No podía liberarse sin quedar mal así que Hinata se obligó a no retroceder ante su toque. Sus labios se dirigieron a los suyos y ella trató de girar la cabeza, pero atrapó el borde de su boca. Sus dedos excavaban en su brazo a través del suéter, uñas afiladas presionando con fuerza en su piel. Dolía tanto que se retorció hacia un lado. Sus padres intercambiaron miradas de preocupación. Por un momento consideró enrollar la manga para demostrar las marcas que sin duda le había hecho, pero ¿cuál era el punto? Dirían que lo había hecho ella cuando se echó para atrás.

—Así que, ¿cuándo es la boda? —preguntó Hinata, frotándose el brazo donde la había lastimado.

Kiba la miró, le echó un vistazo a su madre, poniendo cara de "¿qué puedes hacer?" y negando con la cabeza. El cabrón hizo todo lo que pudo para hacerla quedar mal.

—Hanabi estaba pensando en junio próximo —dijo Kiba—. Ella quería darte tiempo para que te adaptaras. Es todo un encanto.

Hinata cerró las manos en un puño. ¿Por qué iba a necesitar tiempo para adaptarse? Le importaba una mierda. En la cola para el cine, la primera vez que lo vio, ella había creído que era muy lindo, pero no era su tipo. Menos de diez minutos más tarde, cuando se había sentado a su lado sin preguntar, supo que no era alguien a quien quisiera conocer mejor. ¿Cómo es que Hanabi era tan estúpida?

—Pero no puedo esperar. Esta Navidad me parece perfecto —dijo Kiba y sonrió con su perfecta sonrisa.

Oh, grandioso. Arruina la Navidad también, ¿por qué no?

—¿Te importaría, Hinata? —preguntó Hanabi.

—¿Por qué habría de importarme? No me preocupa si te casas la semana que viene. De hecho, ¿por qué no os casáis la semana que viene? —dijo Hinata y en seguida se arrepintió. Su padre bajó el periódico y le dio una de sus miradas.

Kiba puso el brazo sobre el hombro de Hinata y ella se quedó inmóvil.

—Eres tan buena con esto —susurró.

Hinata quería darle una patada.

—Quiero que seas la dama de honor —Hanabi miró hacia abajo.

Patear a su hermana no sería suficiente. Hinata quería matarla. Dolorosamente. Ella y Hanabi tenían un acuerdo desde hace mucho tiempo, que no le pedirían eso a la otra. Demasiado para un pacto entre hermanas.

—Kiba quiere que seas tú, insistió en que te lo pidiera.

Hinata ignoró el mensaje de disculpa que Hanabi estaba tratando de enviar. Una disculpa no lo borraría. Tenían un acuerdo. ¿En qué estaba pensando Hanabi? Sólo que esta no era Hanabi, era Kiba manipulando a Hanabi. Hinata estaba desesperada por salir de la casa y ahora no podía, sino pensarían que estaba molesta. Ella estaba molesta, pero no por la razón que ellos creían. Se obligó a sonreír.

Mostrando todos sus dientes, ¿no?

—Lo harás, ¿verdad? —preguntó Kiba—. Sé que Hanabi no sentirá que el día está completo a menos que tenga a su hermana mayor, cuidando de ella.

Cuatro rostros a la espera de una respuesta. Incluso su padre había dejado de leer el periódico. No, quería gritar. Sobre mi cadáver. Cuando el Papa se case. Cuando George Clooney se case. Pero Hinata no tenía elección. No, si quería evitar una escena.

—Muy bien.

Hanabi aplaudió y gritó.

—¡Oh, gracias!

Hinata se sintió tan pequeña como una hormiga, porque no había forma de que caminara penosamente por el pasillo llevando un monstruoso vestido de color detestable, especialmente si Hanabi se casaba con Kiba.

—Muéstrale a Hinata tu anillo —dijo su madre.

Hanabi puso una pequeña caja verde sobre la mesa y se ruborizó.

—Quería decírtelo antes de que lo vieras. No quería que lo notaras y te molestaras- Hinata dudaba de que se hubiera dado cuenta.

—Déjame a mí —Kiba tomó el anillo de la caja y lo puso en el dedo de Hanabi—. Nunca te lo quites de nuevo.

¿Era su imaginación o había una nota de amenaza en eso? Hanabi se echó a reír así que Hinata pensó que debía estar equivocada. El anillo, bueno, era un anillo. Un diamante bastante grande rodeado por un círculo de piedras más pequeñas.

—Es hermoso —dijo Hinata diligentemente, aunque odiaba los anillos de cualquier tipo, excepto quizá los que perforaban los pezones. Ella siempre había tenido un anhelo secreto de probarlos, aunque quizás no los que pasara por los pezones. Ella no era tan valiente. Encima de un pezón estaría bien. Un día...

—Un día, tendrás uno propio —dijo Kiba.

Dos, pensó Hinata y soltó una sonrisa genuina. Que borró la mirada satisfecha de su cara. Hinata se ocupó preparando el desayuno, tratando de pensar en una buena excusa para salir antes del almuerzo. ¿Podía ser la aparición de la peste bubónica? ¿Los extraterrestres habían aterrizado en la calle de abajo?

Hinata, que estaba untando la margarina sobre su tostada, se congeló cuando sintió los dedos de Kiba en su brazo. Miró hacia arriba para descubrir que no había nadie más en la cocina.

—Nos han dado un minuto a solas —dijo él.

—¿Para qué demonios? —la garganta de Hinata comenzaba a cerrarse.

—¿Estas realmente feliz por mí, Hinata?

—Absolutamente extática —ella retorció el brazo y apretó tan duro su tostada mientras extendía la mermelada que se partió en dos. Mierda.

Él sonrió.

—Ese anillo podría haber sido tuyo.

—Lo habría tirado por el inodoro.

Se echó a reír, pero sus ojos permanecieron fríos.

—¿Dónde estuviste anoche? Estoy seguro de haberte visto entrar en el jardín, pero parece que desapareciste en el aire.

Hinata estaba tentada a decirle que había tenido estupendo y brillante sexo con el tipo del otro lado de la valla. En lugar de eso le dio una sonrisa enigmática.

—Lo que yo haga no tiene nada que ver contigo.

—Pero yo soy parte de la familia.

—Aun no —murmuró Hinata.

—Hanabi no es tan buena en la cama como tú.

Hinata dio la vuelta para enfrentarlo.

—¿Qué?

—Ella no me deja correrme en su boca. Sigo pensando en eso, Hinata. Cómo se siente al tener tus suaves labios húmedos a mí alrededor. Cómo se siente tu cabello sedoso contra mis bolas.

Hinata se estremeció. Mierda, mierda. ¡Qué gran error había cometido! Cuando había llegado a casa en aquel momento y lo había encontrado en su apartamento, le ordenó que se marchara. Pero él estaba tan trastornado, incluso lloró, que había permitido que la obligara a comer la comida que había preparado y beber el vino. Las cosas se salieron de las manos. Se le ocurrió vagamente que para la cantidad que había bebido, estaba demasiado mareada, pero había terminado dándole una mamada, porque no quería que la jodiera.

Sólo que la mamada empeoró la situación. Hinata había luchado y dicho que no, pero sabía que nadie iba a creer que no había querido lo que él le había hecho. Tendría que haber ido a la policía y decirles que la había violado, sólo que no era exactamente cierto. Pensó que podría haberla drogado, pero para el momento que despertó, sabía que era demasiado tarde para hacer nada. Hinata quería olvidar lo que había sucedido esa noche.

—Cuando estés excitada, sabes dónde buscarme.

—Preferiría ser jodida por un extraterrestre de tres cabezas- Él se rió.

—Te poseeré de nuevo. Sabes que me deseas.

—Vete a la mierda, Kiba —Hinata lo abofeteó justo cuando Hanabi entró.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo?- Hinata se sintió herida porque la pregunta iba dirigida a ella y no a Kiba. Él empujó a Hanabi en sus brazos.

—No te enojes, cariño, pero Hinata me pidió que tuviéramos relaciones una última vez. Le dije que no y ella me golpeó- Hanabi frunció el rostro. Hinata sintió su furia elevarse como una marea viva.

—Por el amor de Cristo, Hanabi. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Yo no lo quiero, nunca lo quise, si fuese el último maldito hombre sobre el planeta no lo querría. Te diría que lo tomes, pero te mereces algo mejor. Las lágrimas cayeron de los ojos de Hanabi.

—¿Por qué eres tan horrible? ¿Por qué no quieres que sea feliz?- No era la salida que hubiera querido, pero la tomó. El hecho de que su padre no parecía demasiado molesto al verla marcharse y que su madre lucía aliviada no le hizo ningún bien a su autoestima. Cogió su bolso y se dirigió a la parada de autobús.

Para cuando Hinata regresó a su apartamento de una habitación en Surrey Quays estaba furiosa con todo el mundo, incluída ella misma. Mentiroso Sasuke, estúpida Hanabi, pervertido Kiba, molestos padres y patética Hinata. No estaba segura de quién la enojaba más.

No, eso era mentira. Si se sacaba a sí misma de la ecuación era Sasuke, porque tenía el poder de hacer que todo en su mundo estuviera bien y había empeorado la situación.

Hinata se afanaba en su apartamento, haciendo los trabajos de rutina de fin de semana como la limpieza y lavandería y todo lo que podía pensar era la manera en que Sasuke le había hecho sentir, el roce de su cuerpo contra el suyo, su olor almizclado, el gusto de su semen, la forma en que se retorcía cuando ella le lamía la oreja. ¿Por qué engañaría a su esposa? ¿Dónde estaba? ¿Y su niño?, llegar a eso.

Tal vez salieron durante el fin de semana. Hinata gimió. Era inútil tratar de convencerse de que no había mentido, que estaba divorciado, que era un ladrón. Era una casa de familia y Sasuke era un hombre de familia.

Meter la ropa sucia en la máquina hizo a Hinata pensar en Kiba. ¿Qué diablos iba a hacer con él? ¿Estaba jugando una especie de juego de poder? Se estremeció al pensar en su matrimonio con Hanabi, pero la idea de que la dejara esperando en el altar era la perspectiva más aterradora. Hinata no quería que Hanabi saliera lastimada, pero estaba incapacitada para hacer algo, mientras Kiba siguiera siendo el chico de oro.

Una cosa que podía hacer era encontrar a un hombre por su cuenta. Eso detendría todas las habladurías sobre ella anhelando a aquel patético imbécil. Sasuke no era la solución, por lo que tendría que buscar otro. Preferiblemente uno que fuese tan bueno entre las sábanas. Hinata mostró una sonrisa nostálgica y sacó la aspiradora. Apenas oyó su celular sonar por encima del ruido. Comprobó quién la estaba llamando. Kiba tenía su número y aunque Hinata hubiera preferido cambiarlo, era más fácil verificar la pantalla. Era Ino, su amiga de la infancia, que había vivido en la casa de al lado, mientras Hinata crecía.

—Hola —dijo Hinata

—Hola de nuevo. Acabo de recibir una llamada de mi madre con la noticia del compromiso de Hanabi. ¿Estás bien?

Hinata cayó sobre el diván.

—Bien.

—No tienes que ser valiente, ya sabes. ¿Quieres que me acerque y bebamos hasta sacar al cabrón de tu sistema?- Ino era una de los amigos a los que Hinata no había logrado convencer sobre Kiba. Era culpa suya. Kiba había aparecido un par de veces cuando ella había salido con el grupo y como no había dicho la verdad absoluta, cuando finalmente lo hizo, pensaron que estaba exagerando. Kiba se había convertido en uno de los muchachos. Hinata se sintió impotente ante un maestro manipulador y sabía que era mejor alejarse de todos ellos por un tiempo. Lástima que sus amigos fuesen tan estúpidos como su hermana de ojos diamantinos.

—Estoy bien, gracias, Ino. Realmente no me molesta que se hayan comprometido —no en ese sentido, Hinata pensó.

—Bueno, te llamaré la próxima semana y quedamos para vernos.

—Bien —dijo Hinata y cortó la conexión.

—Bien. Bien. Bien —repitió y rompió a llorar.