IV: Aprobación (An)

—No estuvo tan mal, ¿no?

Su tono es despreocupado, pero An está tensa, examinando la expresión de Sakuno con más atención que la calle que están recorriendo, camino a la estación donde un tren llevará a Sakuno a casa.

—No, tu hermano es un buen cocinero. —Sakuno sonríe, sincera.

—No tienes que ser tan amable —bufa An, siguiéndole la corriente en lugar de explicar que no se refería a eso—, sabes que casi todo fue comida precocida.

—Aun así...

—Te aseguro —insiste An con vehemencia— que no quieres probar sus esfuerzos.

Incluso los miembros del club de tenis de Fudoumine, que adoran a Kippei de manera desmedida, están de acuerdo con eso.

Sakuno ríe con suavidad y luego sigue un silencio, pensativo y demasiado extenso, que logra que An comience a juguetear con sus manos y morder su labio inferior para no decir algo más.

Pero al final, a tan solo una cuadra de la estación, Sakuno camina tan cerca de ella que sus hombros se rozan y sonríe mientras la mira de reojo.

—Me alegra haber venido.

Esta vez es el turno de An para sonreír e incluso cuando se despiden su buen humor continua y se refleja en su andar, lleno de saltitos.

Al llegar a casa, sin embargo, An se detiene y pone su rostro más serio antes de entrar y enfrentar a su hermano, quien está lavando los platos mientras la espera.

—Espero que cumplas tu promesa —le exige An con sus brazos en jarra de inmediato, no queriendo que caiga en olvido la condición que había puesto antes de acceder a invitar a Sakuno a cenar.

Kippei parece estar esforzándose para no sonreír.

—Solo dije que no me metería si me agradaba.

—Que no te meterías —comienza a enumerar An, impaciente—, que no nos seguirías, que no nos interrumpirías...

—Eres mi hermana menor —interviene Kippei, luciendo como el gran hermano mayor que An tanto quiere—, tengo que cuidarte.

Y ella aprecia el sentimiento y le importa la opinión de Kippei más de lo que quiere aceptarlo.

—¿Y?

Kippei hace un sonido sin palabras, pensativo, y aguarda hasta terminar con los platos antes de girarse y contestar.

—Parece una buena chica.

Ahora Kippei no está conteniéndose de sonreír y An imita el gesto sin pensarlo, incapaz de ocultar su alegría.

—Es la mejor.

—Parece que tendré que cumplir —comenta Kippei con un suspiro exagerado y aunque quizás debería seguirle la corriente y actuar molesta por la falsa resignación de Kippei, An lo abraza.

Esas palabras son, al fin de cuentas, justo lo que deseaba escuchar.