Disclaimer:

Severus, Harry y otros posibles personajes y lugares que aparezcan o se nombren en este fic, y que forman parte del Universo Potteriano son propiedad exclusiva de la Sra. Rowling. Todo lo demás sale de mi depravada imaginación.


Bien, con este capítulo llegamos al ecuador de la historia. A partir de ahora se va poniendo interesante. O al menos eso espero.

Un abrazo.


Capítulo 4. Espectros

Sintió una mano en el hombro, alguien que se arrodillaba a su lado, levantando con el peso de sus rodillas, volutas de oscura ceniza. La mano sobre su hombro se deslizó por su pelo, apartándole un mechón de la cara y colocándolo con extrema delicadeza tras su oreja. Tuvo la sensación de que le hablaban en un tono pausado y lleno de ternura, de modo reconfortante, tal como le había hablado su madre siempre que se enfadaba con su hermano. Bajó la cabeza y el cabello, rebelde, se deslizó de nuevo por su frente, cubriéndole parte del rostro tiznado. En su mano pequeña y ennegrecida, apenas podía verse la rueda del tren de madera de Conor, pero sabía que estaba allí, notaba su peso. Una lágrima cayó sobre el objeto, limpiándolo y haciéndolo relucir bajo el sol de la mañana.

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Estaba en la cocina, preocupada y nerviosa, con la mirada perdida en la lejanía, como si estuviera ausente, pero en cuanto escuchó que la puerta del salón se abría, se levantó de su silla y salió apresuradamente al estrecho pasillo para enfrentarse a Harry.

—Volveré en unos días, Snape —dijo el chico de espaldas a ella, mirando hacia el interior de la habitación de la que acababa de salir—. Adiós.

Maureen se obligó a sonreír cuando finalmente el joven se giró en su dirección. En realidad, Harry siempre le había caído bien, le parecía un muchacho agradable, pero no podía evitar sentirse inquieta en su presencia puesto que estaba convencida de que sus reuniones con Snape escondían más que una renovada relación entre profesor y alumno. A fin de cuentas, había sido el propio Harry quien le había contado que nunca se habían llevado bien en el colegio. Entonces, por lógica, esas visitas sólo podían significar que el mortífago planeaba algo. Y a todas luces debía ser algo contra su persona. ¿Y por qué le dolía tanto ese pensamiento? ¿Acaso ella no llevaba meses haciendo lo mismo?

Pero no quería mostrarse paranoica por lo que mantuvo su sonrisa y procuró que ésta ascendiera hasta sus ojos. No le resultó demasiado difícil ya que Harry sonrió también, con esa franqueza que le caracterizaba, y que era capaz de desarmar al más pintado.

—¿Cómo le has visto? —preguntó.

—Sufre mareos, ¿te lo ha dicho? —preguntó él a su vez.

Ese comentario le borró la sonrisa definitivamente.

—¿Sigues sin confiar ni en mí ni en mi padre, Harry?

—En lo que no confío es en que él tenga la suficiente humildad como para reconocerlo —admitió.

Se lo quedó mirando, con la mente plagada de dudas, estudiando su expresión. Le pareció sincero así que decidió darle un voto de confianza.

—Mi padre le exigió honestidad si quería curarse —indicó—, y creo que de momento lo ha cumplido. Está recuperando la visión, lo que ocurre es que llevaba muchos meses viviendo en la oscuridad, es normal que a veces se sature y…

—No te lo estoy echando en cara, Maureen —la interrumpió, poniendo una mano sobre su hombro—, es sólo que me preocupa que esté mejorando con tanta rapidez.

—¿Rapidez? No creo que esté siendo tan rápido, simplemente hemos encontrado la fórmula correcta y su mejora es continua. Que pueda ver con total claridad, es sólo cuestión de tiempo.

El chico se giró hacia el perchero donde colgaba su capa y se la puso sobre los hombros con un movimiento fluido. Se abrochaba el primer botón cuando volvió a mirarla, clavando sus grandes ojos verdes en los azul oscuro de ella.

—Quería pedirte disculpas.

—No tienes que disculparte por…

—Sí, sí tengo que disculparme —volvió a interrumpirla—, tú y tu padre le estáis curando, y te pido que me perdones por haber sido tan abiertamente contrario a someterle a vuestro tratamiento. Es evidente que estaba equivocado.

Maureen se quedó asombrada, sin dar crédito a sus oídos. Snape ni siquiera le había dado las gracias por todo lo que estaban haciendo por él, y en cambio el joven se disculpaba por haberle mostrado su más que razonable desconfianza.

—Gracias, Harry —susurró.

El chico sonrió más abiertamente aún y negó con la cabeza, haciendo oscilar su cabello desordenado, restándole importancia al asunto con ese único y sencillo gesto.

—Volveré pronto —prometió—. Tengo que acelerar como sea el proceso para que le devuelvan su varita a Snape, ¿no crees?

—Para empezar no deberían habérsela confiscado —respondió con total sinceridad.

—A veces en el Ministerio son demasiado…

—¿Reaccionarios?

Harry rió.

—En realidad quería decir conservadores, pero tu definición no está demasiado desencaminada. —Se abrochó con rapidez el resto de botones de su capa y antes de marcharse añadió—: Cuídale, Maureen. Y cuídate tú también, estás un poco pálida.

—Lo haré —le respondió ella, forzando de nuevo una sonrisa.

Cuando el chico se hubo marchado, suspiró aliviada. Si cuidar de Snape había tenido alguna ventaja era justamente el hecho de que no había tenido que fingir ni aparentar ante su ceguera. Quizá por eso se había desentrenado y ahora dejaba que las cosas la afectaran demasiado. La evidente bondad de Harry, a la que ella no había podido corresponder como debiera, la incomodaba hasta el punto de hacer que se sintiera mezquina. Apoyó la cabeza en la puerta cerrada y volvió a suspirar.

—¿Lamenta que el señor Potter se haya marchado?

Maureen supo que aquélla y sólo aquélla era su única oportunidad para intentar descubrir cuál era el verdadero objetivo de su «amistad» con Harry, así que se armó de valor y se encaró con el hombre que, enfundando en negro y con la mirada no tan perdida como unos días atrás, se apoyaba en la jamba de la puerta del salón.

—Quizá es usted quien lo lamenta, profesor. Dos visitas en apenas cuatro días. Si que tienen cosas de las que hablar…

—En realidad —el hombre sonrió con esa mueca de superioridad que Maureen quería aborrecer sin llegar nunca a conseguirlo—, sólo tenemos un tema del que hablar.

—¿En serio? —Se maldijo a sí misma por corresponderle a su sonrisa, y agradeció que él no pudiera verla con total claridad.

—Ajá.

No dijo nada más, simplemente se quedó allí plantado, bajo el umbral, mirando en su dirección.

A Maureen, que ya creía conocer el único tema que podía preocuparle, el pulso le latió en las sienes a una velocidad de vértigo haciéndole olvidar por completo su primera decisión de mostrarse indiferente.

—Y, ¿se puede saber qué asunto es ése?

—Oh, me temo que quizá lo considere demasiado… personal.

La rabia casi rugió desde su estómago cuando se dio cuenta de que había caído en su trampa como una principiante.

—Si se trata de cosas de hombres, creo que no me interesa —masculló, esperando que sonara hiriente pero no herida.

—De acuerdo, pues si no quiere saberlo, señorita Tretcore…

Regresó al salón, aunque esta vez dejó la puerta abierta. Maureen se quedó mirando el espacio vacío que había dejado la presencia de Snape, y su malestar se agravó. Le había subestimado, a él y a sus recursos, porque sabía algo, quizá no estaba seguro de lo que sabía, quizá no era nada concreto o, lo que le daba más miedo, tal vez recordaba todo y no había querido reconocerlo ante ella, esperando que reaccionara con pánico, que se descubriera a sí misma y a su verdadero origen. ¿O es que acaso no había notado el énfasis del hombre al pronunciar su apellido?

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Severus continuó con el nuevo tratamiento otras dos semanas más. Durante ese tiempo recibió noticias de Potter cada dos o tres días, sin ninguna novedad en lo relacionado con la enfermera pero con bastantes avances en lo que respectaba a la posible recuperación de su varita.

Aunque nunca pensaba agradecerle nada de todo aquello a su ex alumno, puesto que estaba convencido de que, en parte, era responsable del asunto, reconocía que el muchacho se estaba esforzando mucho por esa causa, aparentemente perdida.

Como había temido, a pesar de que no se había sentido con fuerzas ni para reconocérselo a sí mismo, apenas mejoró en ese periodo. La fórmula magistral que le devolvió a sus ojos el espectro de colores, no lo ayudaba a verlos con más nitidez. Volvieron a modificarla, y aunque pareció que los bordes de los objetos empezaban a definirse, con demasiada rapidez se estancó de nuevo. Seguía sin poder vislumbrar, por cerca que estuviera, el rostro de sus dos visitantes más frecuentes y, por supuesto, seguía siendo incapaz de leer o escribir. Su mal humor regresó y acababa casi siempre pagándolo con la enfermera.

Si en algo debía agradecer el cambio de fórmula era en que finalmente, se había eliminado de la nueva poción la irisidia (que le producía las consabidas «molestias» vespertinas), y sus pupilas se habían acostumbrado a su nueva percepción de la luz, así que los leves mareos habían cesado. Pero no hubo ningún otro progreso.

Aquella tarde, desanimado por la perspectiva de tener que vivir siempre entre insoportables sombras coloridas, su enfermera pasó al salón. Habían tomado el té en silencio hacía apenas una hora y desde ese momento había estado solo con sus pensamientos y con esa sensación, que jamás se iba del todo, de que su cerebro le ocultaba un dato importante tras capas y capas de confusión.

—He recibido una nota de mi padre —dijo la mujer, haciendo crujir un trozo de pergamino en su mano.

—No he oído ninguna lechuza.

—He estado fuera y el mensaje iba dirigido a mí, no a usted.

—Entonces, ¿por qué me lo cuenta?

—Porque le afecta. —Aquel día la enfermera llevaba un vestido, o quizás una túnica (Severus no podía saberlo con exactitud) de color verde que le parecía un buen complemento para el ácido aroma de lima que percibía en ella. Vio que se sentaba en su acostumbrada silla y que dejaba el pergamino en la pequeña mesa a su derecha antes de continuar hablando—. Mi padre reconoce que ya no puede hacer nada más por usted, profesor.

—Su padre debió reconocer eso hace ya tiempo, ¿no le parece? —dijo Severus.

—No se precipite —advirtió la mujer—. No puede hacer nada más por usted mediante pociones, pero quiere intentar mejorar su visión de otro modo.

—¿De qué modo?

—Dice que necesita encontrarse con usted y, tal vez, intentar llevar a cabo un antiguo ritual que mi padre conoce.

Severus recapacitó por unos instantes antes de preguntar:

—Imagino que será un ritual que le enseñaron los Kindeye —la mujer no le respondió—. Y, ¿en qué consiste?

—No lo explica. Podríamos ir esta misma tarde y…

—No —contestó él de modo tajante.

—¿N-no? ¿Por qué no?

—Quiero que el señor Potter esté presente.

Hubo un momento de incómodo silencio tras su petición. De todos modos, le contestara lo que le contestara la enfermera, Severus no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer con aquello. No es que tuviera miedo de lo que pudieran hacerle entre el padre y la hija (no se le había olvidado ni por un momento que el señor Tretcore había sido reacio a ayudarlo a causa de algo que creía que Severus había hecho) porque la tortura y la muerte no le asustaban. Había sufrido ambas. Lo que sí que tenía claro era que si debía morir lo haría con su varita en la mano.

—¿Harry? —pronunció el nombre con algo de miedo, o quizá es que su voz temblaba de indignación, no podía estar seguro—. No sé si mi padre estará de acuerdo con eso, ¿sabe?

—No me importa si está de acuerdo o no —dijo, inflexible—. Es una condición sine qua non. En cuanto el señor Potter sea el custodio de mi varita, haré lo que su padre quiera. Me someteré a lo que me proponga, pero no antes.

Escuchó el sonoro suspiro resignado de la mujer al ponerse en pie.

—Está bien. Se lo diré, pero tiene que saber que aquí —golpeó el pergamino para enfatizar sus palabras—, mi padre ha escrito que el ritual depende de la posición de la luna en conjunción con Venus y que únicamente va a poder realizarse dentro de los siguientes tres días. ¿Cree que Harry conseguirá que le hagan caso en el Ministerio con tan poco tiempo?

Severus no tenía respuesta para esa pregunta, pero esperaba que así fuera porque, en caso contrario, estaba condenado a ver borrones y manchas el resto de sus días.

—Lo mejor será que enviemos una nota a Potter para que haga uso de su desmedida fama.

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Y lo había hecho.

Snape le había dictado una exigente nota que ella ató con manos temblorosas a la pata de su lechuza, y que envió aquella misma tarde.

El gran momento se acercaba, y Maureen no sabía cómo iba a reaccionar.

Su padre le había asegurado que podría devolverle la visión por completo a Snape, pero ninguno de los dos había contado con el hecho de que Harry tuviera que estar presente. Debían prepararse para poder neutralizarle en cualquier momento, ya que Maureen no quería que saliera herido. A fin de cuentas, había sido el Salvador del Mundo Mágico y ella había comprobado sobradamente que era una buena persona que no se merecía todo lo malo que le había pasado en la vida. Aunque había una cosa que sí se merecía, y era conocer la verdad sobre su «héroe».

Se acercó, taconeando, a la ventana que daba a la fachada principal sobre la calle de la Hilandera y observó el exterior, esperando que el joven llegara. Se estaba retrasando y aquél era el último día del plazo establecido por su padre. Si no llegaban a tiempo deberían asumir que toda esperanza estaba perdida.

Snape se había pasado la mañana tranquilamente repantingado en su butaca habitual, como si todo aquello no lo afectara, como si la espera no lo estuviera volviendo loco. Quizá a él no, pero Maureen debía reconocer que ella estaba cerca del histerismo.

Y aunque todo estaba planeado al segundo, no podía dejar de pensar que quizá habría algo que no saldría como estaba previsto. No tenía más que recordar lo que había sucedido con Hurst.

De aquella larga noche de noviembre de hacía ya cinco años, le había quedado una sinuosa cicatriz que le surcaba el flanco izquierdo y que en los días más húmedos le picaba como si de una herida abierta se tratara.

Andrew Hurst era un tipo que había apostado por la discreción desde que, tras la muerte de Lord Voldemort, se había librado de ir a parar a una mugrienta celda en Azkabán. No era ni lo bastante rico, ni tampoco poderoso, como para poder permitirse el lujo de pasear por el Londres mágico con la pose altiva de Lucius Malfoy, por lo que parecía conformarse con el ir y venir de un trabajo mediocre que le daba para vivir con suficiente holgura, sin caer en caros excesos.

Al menos eso era lo que Maureen creyó mientras, camuflada entre la multitud, como la leona que se agazapa entre las hierbas de la sabana africana acechando a su presa, observaba la invariable rutina diaria del mortífago. En alguna ocasión había visitado un concurrido burdel del callejón Knockturn, pero por lo general no parecía ser de los que caía en los vicios del sexo.

Pronto descubrió que sus perversiones eran otras.

Supo que había llegado el momento de actuar cuando Hurst empezó a relacionarse de nuevo con antiguos compañeros de fechorías. Se notaba en el ambiente que algo grande iba a suceder, no en vano, meses más tarde, Lord Voldemort resurgiría de sus cenizas en un pequeño cementerio a kilómetros de allí. Y parecía que sus mortíferos secuaces percibían el regreso de su antiguo Amo.

Así que, aceleró su plan y concibió una estrategia para entrar en su casa, protegida pero no inexpugnable (al menos para ella y la magia que le había enseñado su padre) y decidió actuar un viernes con la intención de que nadie echara en falta a Hurst en el trabajo hasta pasados unos días.

El barrio en el que vivía el mortífago era lúgubre, lleno de húmedos callejones donde poder esconderse. El hombre solía llegar a casa ya anochecido pero aquel día se retrasó más de lo habitual. Maureen temió que por una vez hubiera decidido hacer una de sus visitas al callejón Knockturn pero siguió esperando, con el corazón en un puño. Una media hora más tarde su sombra se deslizaba por el empedrado de la calle, haciéndola suspirar de alivio. Le dio otra media hora y atacó las protecciones de la casa.

Le llevó un buen rato, pero acabó por conseguirlo, tal y como había hecho también en la casa de Bannister. Cerró la puerta de la calle con sumo sigilo y se giró para contemplar la morada de su enemigo. Un taquillón a su izquierda era el único mueble del pequeño recibidor en el que se encontraba y, al fondo, unas estrechas escaleras conducían al piso superior. Fue entonces cuando lo oyó por primera vez. Una extraña mezcla entre alarido y gemido que le erizó el vello de la nuca y los brazos. Lo peor fue pensar que aquel grito no había sido del todo humano.

Con la varita en la mano se armó del valor suficiente como para emprender la marcha, subiendo lo más sigilosamente que le permitía la vieja madera de los peldaños. En un par de ocasiones pudo escuchar el alarido animal, cada vez más cerca, a medida que ella ascendía, hasta que llegó al rellano superior y allí se quedó quieta, temiendo oírlo de nuevo, pero el silencio pareció apoderarse de todos los rincones de la casa.

Recorrió el pasillo, atenta a cualquier movimiento, hasta llegar a la puerta del fondo, por debajo de la cual se colaba una estrecha franja de luz. Aunque había creído que estaba cerrada, simplemente estaba entornada así que empujó con cautela la hoja de madera, evitando con un movimiento de varita que las viejas bisagras chirriaran.

Pero no estaba preparada para la escena que se desplegó ante ella, y cometió un error.

—Conor… —susurró.

Aunque en aquel momento creyó que se había descubierto a sí misma por la mala pasada que le había causado su imaginación, más tarde, mientras cavaba una pequeña fosa para el niño que ahora yacía medio inerte sobre la cama ensangrentada, supo que había sido su confusión lo que la había hecho perder un tiempo precioso, a causa de la cual Hurst, alertado (no sabía cómo) de la presencia de un intruso en su casa, y oculto tras la puerta, le había lanzado una maldición que le laceró el costado.

Cayó al suelo, con medio cuerpo dentro de la habitación y, antes de que el mortífago cerrara la puerta, aprisionando su cabeza entre ésta y el marco, se arrastró hacia atrás, huyendo del dormitorio henchido del olor metálico de la sangre fresca. Consiguió levantarse con la suficiente rapidez como para contraatacar con energía y volver a entrar en la estancia, pero Hurst se lo puso muy difícil.

No era un tipo muy alto, aunque sí fuerte, sobradamente preparado y poderoso, que luchaba con ímpetu, atacando a su vez, pero Maureen, que también se había preparado a conciencia para aquella ocasión, conocía su punto débil: su lentitud.

La falta de agilidad del mortífago le daba a ella una clara ventaja, que peleó sin descanso lanzando a discreción los hechizos y maldiciones que había aprendido de su padre, pero aún así, tardó casi media hora en conseguir reducirlo, desarmarlo e inmovilizarlo contra una de las esquinas del dormitorio.

Jadeando, con diversas heridas sangrantes y un intenso dolor palpitante bajo el pecho izquierdo, Maureen se alejó del hombre sin dejar de apuntarle con la varita, y lentamente se acercó a la cama. Nunca supo cómo había podido llegar a confundir la pequeña figura allí tendida con su hermano Conor. El niño atado a la cama, que debía tener unos ocho o quizá nueve años, era rubio y, a la luz de las velas de la habitación, se le veía muy pálido. Maureen pensó que se debía a la falta de sangre, ya que ésta surgía de las mil y una laceraciones del cuerpo del crío manchando las sábanas, que en otro tiempo debieron ser blancas, y que lucían completamente encarnadas.

Un gemido surgió del pequeño, un sonido insistente y monótono, como si se tratara de una palabra imposible de pronunciar. Maureen se acercó más al niño, inclinándose sobre la cama, apreciando que su ojo derecho era marrón, pero que el izquierdo se había convertido en una simple masa amorfa y sanguinolenta.

—Háaahehe… háaahehe… —repetía el niño insistentemente.

Hurst soltó una carcajada desde su rincón y Maureen desvió su mirada de la cuenca vacía, que la atraía como un pozo profundo y misterioso, hacia él.

—¡Sádico hijo de puta! —Le gritó.

El insulto pareció divertirle mucho porque rió con más fuerza. Maureen, asqueada, quiso alejarse de la cama para ir a su encuentro y hacerle callar a puñetazos, pero el niño, al perderla de vista, elevó su murmullo a gritos histéricos.

No recordaba lo que había pasado justo después, sólo pequeños retazos de realidad, lo que sí sabía era que el corazón le palpitaba en las sienes y que su visión se tiñó del mismo rojo sangre que el de las sábanas en el momento en que se abalanzó sobre…

—¡Maldito Potter! Retrasándose como siempre.

Maureen dio un respingo al escuchar la voz de Snape justo a su lado, haciéndola regresar al presente y alejándola del recuerdo que parecía haberla absorbido con tanta intensidad. Se giró a su derecha donde pudo apreciar, como si surgiera de una espesa niebla, el ganchudo perfil del hombre.

La imagen de Snape se iba volviendo más nítida mientras pensaba que, aún hoy, se sentía culpable por no haber previsto que Hurst era un cruel torturador, por no haberse percatado de que durante meses (quién sabía si los mismos en que ella le estuvo espiando) había tenido a un pobre niño secuestrado, maltratándolo y mutilándolo a diario, ante sus propias narices. Un pobre niño que, sin lengua, le pidió a gritos que lo matara, que acabara con su sufrimiento. Y lo había hecho, por supuesto que sí, y le había dado sepultura. Era lo mínimo que podía hacer después de haberle fallado de ese modo tan estrepitoso, de haberle fallado a su hermano por segunda vez.

—¿No le ve llegar aún, Tretcore? —preguntó Snape.

No le contestó enseguida, de hecho hacía un buen rato que ni siquiera veía la calle al otro lado de la ventana, sino que continuó contemplando su perfil.

La primera vez que había entrado en aquella casa había registrado todas y cada una de las habitaciones con el corazón encogido, temiendo encontrar un cuarto prohibido donde Snape daba rienda suelta a sus vicios y a la monstruosidad de su alma. Aún la sorprendía que durante todos los meses que había convivido con él, tras salir del hospital de San Mungo, y hasta el presente, nunca hubiera hallado ningún aberrante vestigio de todo aquello.

Esa había sido otra de las cosas que la habían hecho dudar sobre su propósito final.

—¿Me ha oído? —dijo Snape. Maureen parpadeó al enfrentarse con los ojos negros del hombre—. ¿Le ve venir?

Miró de nuevo hacia la ventana y girando la esquina vio aparecer a Harry con su cabello negro más despeinado que nunca y una escoba voladora en la mano.

—Acaba de llegar —susurró.

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La escuchó salir de la habitación y Severus volvió a perder sus ojos en la lejanía, suponía que a través de la ventana. Como mínimo de allí provenía la luz que percibía. En los últimos dos días no sólo se había estancado su avance sino que, a veces, tenía la sensación de que había retrocedido. Casi se sentía tentado de tirarlo todo por la borda, seguro de que sería incapaz de curarse. Además se sentía intranquilo por el mero hecho de que se acercaba el momento de enfrentarse a los Tretcore y ni siquiera había podido hablar de ello en privado con Potter.

Pero debía reconocer que eso no era del todo cierto. No, no era cierto en absoluto. Había tenido infinidad de oportunidades de comentarle que los Tretcore sospechaban de él. Sospechaban que había hecho algo. Y de forma más concreta, que había matado a alguien. Entonces, ¿por qué no había puesto sobre aviso a Potter? Quizá se debía al hecho de que Severus se creía culpable de ello, aunque no supiera exactamente de qué asesinato le acusaban en realidad. Quizá se debía al temor de que Potter también acabara por creer que era culpable y le dejara solo en aquella empresa. O, simplemente, se trataba de que su sentido de supervivencia le había advertido de que era lo más conveniente, de que Potter actuaría mejor guiado por su instinto que siguiendo las instrucciones de su ex profesor.

Oyó pasos a su espalda y se volvió hacia la puerta, de donde provenían. Allí pudo apreciar dos manchas de color: la de la izquierda, Potter sin duda, era de un tono rojo escarlata, la de la derecha, había regresado al lavanda con el que Tretcore se había presentado aquella mañana.

Hacía sólo unos minutos que Severus había visto cómo ese mismo lavanda se había oscurecido, convirtiéndose en un tono morado del color de la piel de los arándanos. Había percibido cómo la magia de la mujer, esa parte indómita que siempre intentaba escapar a su control, se desbordaba, pero en lugar de sentirlo como una simple presencia poderosa, se había hecho visible en forma de un remolino opaco que la envolvía. Preocupado por lo que aquello podía significar, la había llamado varias veces por su nombre antes de levantarse y ponerse a su lado para intentar sacarla de ese cerco amoratado. No tenía ni idea de qué la había hecho sentirse así de airada (porque no le cabía duda de que ése era el color de la ira) pero había sido un alivio notar cómo algunos hilos morados se dispersaban, alejándose flotando de su cuerpo y su magia se relajaba junto a él.

—¿Está preparado, Snape? —Severus se concentró de nuevo en la voz del chico y pudo escuchar un par de pequeños golpes sordos—. ¿A que no sabe qué tengo aquí, en mi bolsillo de la capa?

—Por su bien espero que sea mi varita, señor Potter.

El joven soltó una carcajada.

—No sabe lo que me ha costado convencer al estúpido de Sorenson para que me la entregara.

—¿Quién es Sorenson? —preguntó la mujer.

—Es el encargado de la Oficina de Pruebas del Ministerio, y ni con la orden que conseguí del propio Ministro quería entregármela si no era bajo la supervisión de un auror.

—¿Y cómo lo has solucionado, Harry?

—Ha tenido que venir Shacklebolt en persona para conseguirlo, por eso me he retrasado.

—Y aún nos está retrasando más con su perorata sin fin, Potter —le recriminó él—. ¿Ha acabado ya de alardear de sus influyentes amistades?

El chico soltó un bufido y, al escucharlo, Severus no pudo evitar sonreír con complacencia.

—No sé si estoy muy seguro de seguir con esto, Maureen —dijo—. Si Snape ya es insoportable ahora, ¿qué será capaz de hacer cuando haya recuperado su varita?

La mujer no le contestó, aunque Severus había esperado que lo hiciera. Le intrigaba conocer su respuesta a esa pregunta.

Por supuesto que Severus sabía lo mucho que podía hacer con su varita, incluso tras meses de estar alejado de ella, la madera de acebo que contenía un núcleo de corazón de hidra era una extensión de su propia magia desde que la había adquirido en Ollivander. La única cosa realmente suya, lo único que no había comprado de segunda mano. Estaba convencido de que sería capaz de hacer lo que él pidiera de ella, sólo que no sabía qué se vería obligado a pedirle primero. Y tenía la sensación de que Tretcore sí lo sabía.

—El profesor tiene razón, Harry —dijo entonces la mujer—. Deberíamos marcharnos ya. Deja tu escoba aquí, no la vas a necesitar.

Otro hombre le habría pedido a Potter que no obedeciera, que la llevara consigo. Otro hombre menos valiente que pensara que huir montado en escoba era una posibilidad.

Severus mantuvo la boca cerrada y se dejó conducir mediante una desaparición conjunta a la boca del lobo. Una pequeña punzada de remordimiento le recordó que Potter estaba con él, dirigiéndose inocentemente hacia el mismo peligro.

Ignorar cuándo se había convertido en un manipulador como Dumbledore para que aquello no le importara demasiado le hizo aparecerse en otro lugar, a kilómetros de la calle de la Hilandera, con los dientes apretados y un rictus de desprecio en sus facciones.

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Tras el último remolino de la desaparición Maureen soltó los brazos de sus acompañantes. Contempló por un segundo el rostro ceñudo de Snape sin comprender qué le molestaba, y entonces escuchó la voz de su madre, Violete Tretcore.

—¡Ya han llegado, cariño! —gritó la mujer al verles. Estaba sentada en un sofá tapizado con una tela de llamativas flores, y justo cuando Maureen la miró, cerró un libro con un golpe sordo. Acto seguido lo posó en una pequeña mesa de mármol que había junto a ella.

—Hola, madre —la saludó Maureen. Se acercó al sofá, se inclinó sobre la mujer y besó la mejilla que ésta le ofrecía.

—Habéis tardado mucho, hija —dijo en tono recriminatorio—. Tu padre está preocupado por si no queda suficiente tiempo antes de que salga la luna.

—Ha sido culpa mía, señora Tretcore —confesó Harry, aproximándose a ellas.

Ambas mujeres le miraron y Maureen pasó a presentarles. Mientras intercambiaban las consabidas frases corteses, vio cómo el señor Tretcore entraba en el salón vestido con su túnica blanca ceremonial. Su cabello, que estaba plagado de hebras plateadas, lo llevaba cubierto por un turbante de la misma tela que la túnica, y en la mano portaba su báculo de madera de ocotea, de cuyo extremo colgaba el tenebroso sonajero que le había causado más de una pesadilla cuando tan solo era una niña asustada.

—Violete, querida, no podemos perder más el tiempo —dijo el hombre con su voz atronadora.

Su esposa dirigió hacia él su mirada de color verde pálido y por unos segundos sus ojos saltones parecieron sobresalir más de su rostro.

—Por supuesto, querido —murmuró segundos antes de girarse hacia Harry, que estaba a su derecha y posar su mano sobre el antebrazo del joven—. Siéntese a mi lado, señor Potter.

Maureen se dio cuenta de que parecía incómodo, como si no quisiera tomarse tales confianzas sin haberse presentado debidamente a su anfitrión. Ella le sonrió y siguiendo la dirección de su mirada, clavada en la espalda de su padre, denegó con la cabeza. Puso una mano sobre su hombro y susurró:

—Ya habrá tiempo de presentaciones, Harry. Ahora no es el momento. Créeme.

Eso pareció dejarle conforme y se acomodó en el sofá, no sin antes lanzar una mirada a su antiguo profesor de pociones, que seguía plantado en mitad de la estancia.

—¿Y Snape?

—Yo me encargo, tranquilo.

En ese momento su padre la llamó.

—Maureen, cariño, vas a tener que ayudarme —advirtió el hombre.

—Claro, padre, ¿qué necesitas que haga?

Siguiendo sus instrucciones Maureen llevó una de las grandes butacas tapizadas con la misma tela que el sofá donde reposaban su madre y Harry, hasta el centro del salón, y allí hizo que Snape tomara asiento.

Aunque el hombre no le preguntó nada, ni tampoco le hizo ninguna observación, se sintió obligada a aclararle que se hallaban en Hampshire, en la misma habitación de hotel que visitaron unos meses atrás, en su primera visita a los Tretcore. El hombre se limitó a asentir, sin mostrar si había sido una explicación innecesaria o que agradecía la aclaración.

La cálida luz solar se iba deshilachando en sedosas pinceladas ardientes por el horizonte cuando Maureen cerró los cortinajes y dejó la habitación sumida en la penumbra de docenas de velas repartidas por todo el salón, y que su padre había ido prendiendo con ayuda de una pequeña mecha de cera blanca.

—Ahora quédate ahí, Maureen —le advirtió el hombre, sin mirarla, concentrado en la figura sentada en mitad de la sala—. Necesito completo silencio.

Mientras ella se quedaba de pie junto a las cortinas cerradas observó a su padre dibujar una circunferencia alrededor del sillón de Snape, quedando ambos hombres encerrados en un perfecto círculo de polvo azulado. Junto a la butaca del mortífago había una pequeña mesa camarera, parcialmente oculta por la silueta del chamán en que se había transformado Robert Tretcore. Allí reposaban su varita, varias bolsas de cuero y algunas velas más. Maureen quiso carraspear, pero justo en ese instante su padre empezó el cántico sagrado.

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Se sentía mareado.

Por lo que había podido calcular, debía haber pasado una hora desde que había empezado a escuchar la cantinela continua de Tretcore a su alrededor. En un momento dado, no podría determinar cuándo, las yemas callosas (y suponía que tan amarillentas como las suyas) del hombre le habían entregado una pequeña escudilla de barro, o tal vez de cerámica vasta, y había tomado una poción que le había dado náuseas, y luego le había relajado tanto que sentía que su cuerpo se hundía en el asiento. Se notaba pesado y cansado.

Y, entonces, de entre el galimatías de palabras desconocidas, Severus empezó a entender algunos conceptos. No es que su cerebro tradujera cada una de las contundentes sílabas que el hombre pronunciaba, sino que comprendía la esencia del conjunto. Alguna parte de su cerebro le indicó que ese estado de iluminación había sido provocado por la poción que había tomado y que olía a resina, pero pronto se dejó atrapar por la cadencia de las frases y el armonioso lenguaje de los Kindeye, y la verdadera causa dejó de importarle.

Tretcore le decía una y otra vez, en su desconocido idioma, que habían abierto una brecha en su enfermedad, aunque él no lo llamó enfermedad sino lacra, y que gracias a la Diosa Hlarnimaan y a él, Ksidhy muhjty, que era su instrumento en la Tierra, y con la ayuda de la energía de las velas, la fuerza de la salvia y el poder de los ancestros, lograrían eliminar la oscuridad.

Severus sintió cómo sus globos oculares parecían crecer en sus órbitas, con un dolor estremecedor y torturante. Cerró los párpados con fuerza, quiso llevar sus manos al rostro para evitar que los ojos salieran disparados pero no podía moverse, el cuerpo le pesaba demasiado. Apretó los dientes y estuvo seguro de que el grito ensordecedor que llegaba hasta sus oídos, eclipsando el cántico interminable del otro hombre, provenía de su propia garganta, del centro de su pecho, dejándole sin aire e impidiéndole respirar.

La luz, un fuerte relámpago blanco, se hizo tras sus párpados cerrados y entonces perdió el conocimiento.

»»» 7 «««

Esa era la señal que había estado esperando. Una intensa luz que inundará la habitación, habían sido las palabras exactas de su padre. Lo que no había dicho era que la luz provendría de los ojos de Snape, y que el grito agónico que salía de su cuerpo rígido, y que reverberaba contra las paredes de la estancia, le provocaría un extraño temblor en las rodillas y un vuelco en el estómago.

Soltó el cuchillo ensangrentado que había estado apretando con fuerza en su mano izquierda, tal y como le había indicado su padre que hiciera. Según le había dicho, el dolor la alejaría de caer en el trance que el extraño cántico sagrado les sumiría a él y a Snape.

Su madre había recibido las mismas instrucciones, así que suponía que en aquel mismo instante estaba apoyando contra las costillas de Harry el arma de fuego que previamente habían escondido entre los cojines del sofá.

Se giró hacia su izquierda, para corroborar con un simple vistazo si estaba sucediendo todo como debía, si Harry se había quedado tan fuera de combate como le convenía. De su mano derecha sobresalían las dos varitas que había traído consigo, la suya y la de Snape. Maureen no sabía cuándo se las había sacado del bolsillo, ni por qué seguía apretándolas fuertemente entre sus dedos mientras su madre le amenazaba con disparar contra su pecho a bocajarro, pero no quiso saberlo. Dio un par de pasos en su dirección, apoyó su propia varita bajo el mentón fuerte y varonil del chico y susurró:

—Suelta las varitas, Harry —no supo por qué había seguido hablando, ni siquiera por qué se vio obligada a decir las últimas dos palabras, pero le pareció que eran imprescindibles—. Por favor.

—¿Qué le habéis hecho? —Fue lo que el joven dijo, sin aflojar la mano y sin apartar los ojos verdes del cuerpo desplomado en el butacón—. ¿Qué significa todo esto?

—Suéltalas, Harry —pidió muy despacio—. No queremos hacerte daño. A ti no.

El chico la miró, con una extraña mezcla de enfado y decepción, pero ella no se dejó impresionar, alargó su mano izquierda y se apoderó de las dos varitas, casi arrancándolas de entre sus rígidos dedos.

—¿Por qué, Maureen?

—No te muevas —le advirtió, sin contestar a su pregunta. Guardó las varitas en un bolsillo de su túnica y miró a su madre por encima de la cabeza despeinada del chico—. Si intenta hacer algo, dispara.

—Sí —sonó la respuesta, más tensa y ronca de lo que cabría esperar.

Maureen apreció que en el suelo, junto al sofá, había una gran mancha oscura y húmeda.

No quiso pensar en la intensidad con que Violete Tretcore debía haberse clavado el cuchillo en la mano para no sucumbir ante la magia que había a su alrededor, no en vano era una squib y eso la dejaba en clara desventaja frente a los demás, volviéndola aún más vulnerable.

Se apartó del sofá y se aproximó a Snape, encerrado solo en el círculo que había pintado en el suelo. Su padre se había dejado caer en una cómoda silla, cerca de la chimenea, alejado del mortífago, con los ojos entornados y tiritando. Maureen, sin prestar atención a la sangre que aún manaba de su mano izquierda, pronunció un susurrado Incendio y un fuego crepitó en el hogar, iluminando de tal modo a Robert Tretcore que éste parecía mucho más viejo y cansado que en la oscuridad.

Después, con un movimiento violento de su varita, las gruesas cortinas fueron descorridas, y dejaron entrar la plateada luz de la luna que brillaba muy alta en el cielo nocturno.

—¿Puedo entrar ya en el círculo, padre? —preguntó, mirándole con los ojos brillantes.

El hombre simplemente asintió.

—Bien —murmuró, paseando su mirada azul de la tiritona figura de su padre a la inmóvil de Snape.

Pero Maureen, en lugar de cruzar el círculo inmediatamente, se agachó junto a él y dejó caer unas gotas de su sangre sobre el polvo azul. Una llama de un frío color índigo se prendió al instante, se extendió con rapidez siguiendo la circunferencia trazada en el suelo y se extinguió.

Solo entonces, cuando ya no quedaba ningún vestigio de polvo, Maureen se levantó y se adelantó hasta casi poder tocar a Snape, que seguía presumiblemente inconsciente. Le observó con detenimiento: los ojos cerrados, las piernas y los brazos desparramados en la butaca, la cabeza colgándole hacia atrás, el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración superficial. Deseó poner una mano sobre su rostro y acariciarle la ajada y pálida mejilla. Debía estar tan agotado como su padre, ya que los dos habían pasado casi tres horas en un estado continuado de trance.

El ansia por tocarle creció con ese pensamiento, pero lo reprimió con un bofetón.

La cabeza inerte de Snape se ladeó por el golpe recibido y la mejilla le quedó manchada de sangre. Se arrepintió de haberle pegado al mismo tiempo que deseó volver a hacerlo. Ignoró el grito de protesta de Harry y apretó los dientes.

—Hazle callar —dijo, no supo exactamente a quien, pero supuso que había sido su padre quien le había hecho caso, porque el silencio volvió a instalarse en el salón.

Cogió a Snape de la barbilla y con los ojos recorrió cada señal de su rostro relajado, cada arruga de la piel, su palidez extrema, las manchas violáceas de los párpados, cada pequeño punto oscuro que representaba un pelo incipiente en su bigote y su barba. Elevó la mano y le apartó el cabello sudoroso pegado a su frente. Una gota de sangre le cayó en la mejilla y Maureen se la limpió con un dedo.

—¿Puede oírme, profesor? —susurró inclinada sobre él—. Despierte.

Al ver que el hombre no reaccionaba volvió a erguirse de nuevo, se cambió la varita de mano y esta vez le golpeó con la derecha al mismo tiempo que le gritaba.

»»» 8 «««

Algo le golpeó en la mejilla arrancándole bruscamente de los brazos de la inconsciencia. Parpadeó en un rápido aleteo y abrió los ojos. Todo regresó a él con la misma fuerza con la que le habían golpeado. El viaje hasta Hampshire, el cántico, la poción, la deslumbrante luz y después de nuevo la oscuridad.

Una silueta difuminada descendió sobre él y el aroma de naranja y lima le llenó las fosas nasales.

—Profesor —susurró la voz grave de su enfermera—. Profesor, ¿cómo se encuentra? ¿Puede verme?

No respondió enseguida. Le dolían los riñones por la absurda postura que había tomado sobre el sillón. Apoyó las manos en los reposa-brazos y se irguió para poder apoyarse correctamente contra el respaldo. Suspiró y volvió a parpadear, diciéndose que abofetearle para que despertara no había sido demasiado delicado. A saber qué había pasado mientras él estaba inconsciente.

—¿Dónde está Potter? —preguntó, sintiendo que su garganta estaba llena de cristales rotos.

—Profesor —repitió la mujer con suavidad—, míreme, ¿quiere?

Severus buscó con la mirada la mancha granate que era su antiguo alumno, pero la habitación estaba demasiado a oscuras como para identificar ningún color. Le agarraron fuertemente por la barbilla.

—Míreme —gruñó la enfermera, y él no tuvo más remedio que obedecer. Cuando lo hizo, volvió a preguntarle—: ¿Puede verme, profesor?

Se concentró en la figura frente a él, cerró los ojos que notaba doloridos y resecos y volvió a abrirlos. De forma muy lenta, el rostro pegado al suyo empezó a tomar forma y a volverse menos borroso. Se echó algo hacia atrás para mejorar su perspectiva. Se perfilaba la suave línea de la mandíbula, los labios pálidos y carnosos, la nariz pequeña y recta, algo puntiaguda, y las finas líneas de las cejas que tildaban los grandes y almendrados ojos de un color azul tan oscuro que parecía violeta.

Sabía que había visto esos ojos antes, y el simple hecho de pensarlo le esclareció que no había sido en una mujer sino en un niño. Un pequeño que le había mirado suplicante y asustado antes de que él le apartara. En los que ahora le contemplaban no había miedo o súplicas, sino pura determinación.

Severus sabía que, para confirmar la idea que se estaba formando en su mente, una simple comprobación le bastaría. Sólo tenía que buscar el sello familiar.

»»» 9 «««

Maureen vio que Snape bajaba la cabeza y notó cómo deslizaba sus fríos dedos por su brazo derecho, levantándole la manga y dejando al descubierto la cicatriz circular que lucía cerca de la muñeca, en la cara interna del antebrazo. Pasó las yemas por cada uno de los surcos de la fina piel, como si así leyera el pequeño escudo impreso en ella, haciéndola estremecer con el ligero roce.

Sólo ella pudo escuchar la palabra que susurró, fijando de nuevo los ojos negros, brillantes y fríos, en su oscura mirada azul.

—Breslin.

Nunca escuchar su apellido había hecho que se le erizara el vello de la nuca, pero aún así tuvo la suficiente frialdad como para advertir:

—No grite, profesor, o será peor para usted.