:)

NOW MORONS ARE WIZARDS


Stairs, don't move!


Hogwarts estaba inquieto. Cada alumno, cada profesor, todos aguardaban la llegada de los magos que venían de traslado a su escuela de hechicería. Algunos, ilusionados, sonreían, otros muchos cuchicheaban sobre los posibles escándalos que sufrirían a partir de entonces, eran españoles, después de todo, y tenían fama de nunca parar las fiestas.

Pero tendrían que esperar aún un buen rato a que estos llegaran. A medida que los alumnos de Hogwarts comenzaban a entrar en el gran comedor, los otros seguían en el aeropuerto recogiendo sus maletas para coger el autobús que les llevaría al enorme castillo, el cual sería su hogar durante el resto del curso escolar.

Tamara, en aquel momento, estaba corriendo tras su gato por toda la sala. El minino había descubierto la forma de abrir su cesta, y se encontraba brincando sin control por el aeropuerto. Sus amigos observaron a la chica y a su hermana unos minutos. Durante un rato fue divertido. Después dejó de serlo y se cansaron de esperar. Sandra bostezó tirando de sus pertenencias hasta el vehículo, se había dormido en el trayecto, y Alba, que se sentaba a su lado, le había pintado corazones en las mejillas con su pintalabios. Obviamente, Cristian había hecho fotos para avergonzarla en Instagram.


El comedor estaba lleno, en silencio, impaciente. Todos aguardaban, sin tocar la comida, excepto tal vez algún amago fallido de Ron Weasley. La novedad de tener extranjeros en la escuela caía sobre cada persona de manera distinta.

Hogwarts estaba diferente desde la guerra, el señor oscuro les había quitado mucho, pero habían sobrevivido. George carecía ahora de una oreja y Fred tenía una cicatriz enorme en el pecho, pero habían regresado a salvo para retomar su último año. La muerte del director del colegio, Dumbledore, fue la que más les había afectado, pero cuando el espíritu de éste empezó a rondar por los pasillos y las aulas junto a Nick Casidecapitado la alegría volvió a todos los que le veían. Y todos echaban de menos a Snape, aunque le preferían en el hospital, recuperándose de la batalla, que quitándoles puntos en clase. Hubo que renovar la plantilla de profesores, muchos se quedaron, otros se fueron, pero la magia seguía siendo impartida. Las parejitas felices y las risas reinaban ahora sobre la angustia y la tristeza. Y esperaban que así siguiera.

Las puertas del comedor se abrieron, y esto trajo consigo un estallido de gritos y carcajadas que podían resonar de pared a pared. Una de las profesoras que iba con ellos les mandaba callar, mas ellos no parecían obedecer.

La ahora directora McGonagall parecía más y más frustrada por momentos. Sacó el sombrero seleccionador y lo dejó sobre el atril, dando a entender que la ceremonia iba a comenzar, estuvieran todos en silencio o no. Anna, que iba detrás de todos haciendo aspavientos para que bajaran el volumen, contó a ojo a los adolescentes para ver si alguien se había extraviado. Y como no, dos alumnos faltaban en el grupo.


—No me puedo creer que nos hayamos perdido. ¡Yo nunca me pierdo!

El intachable récord de Cristian en llegar el primero y sin descarriarse del camino había sido dilapidado por la falta de Wi—Fi en aquel extraño castillo desprovisto de utilidades modernas. Mientras que el chico subía las escaleras del pasillo, el cual parecía no tener fin, discutía tal vez consigo mismo, por haber hecho caso a su amiga, a la que culpaba de haberse separado del grupo una vez habían dejado todos sus equipajes.

—"No os separéis", dijo Anna. "Vamos a pillar un ascensor", dijo esta imbécil. ¡Y yo te he seguido! ¿Qué me pasa? Será el jetlag, o el hambre, o la falta de mis once horitas de sueño…

La discusión entre Cristian y Cristian continuó unos segundos más, hasta que él mismo la zanjó sacando su petaca del bolsillo, estaba llena de licor casero, la mejor causa y solución de todos los problemas, como él solía decir. A la vez que esto ocurría, Sandra se había quedado en mitad de las escaleras, con los brazos estirados hacia arriba, el móvil entre las manos alzándolo cuanto podía para poder pillar cobertura y así llamar a alguien o conseguir datos suficientes para abrir el GPS del aparato.

—Si sabías que nos iba a perder, ¿para qué me sigues cuando he salido a buscar el ascensor?— Cuestionó con una suave sonrisita, poniéndose de puntillas para llegar más alto.

—Porque no quería subir y bajar escaleras, dah…

—Lo has tenido que hacer igualmente.

—¡Mira, cállate, eh!

El chico se exasperaba por momentos, y el licor del recipiente disminuía cada vez que ella hablaba. Una especie de temblor sacudió el suelo bajo los pies de la joven, haciendo que casi se le resbalara el teléfono de entre las manos, por lo que se lo guardó rápido en los vaqueros y miró a su alrededor para comprobar qué pasaba. Frente a ella, la imagen de Cristian se alejaba.

—¿Pero a dónde vas?— Preguntó agachándose un poco.

—¡Si te estás moviendo tú, estúpida, las escaleras cambian de posición!

Sandra bajó la vista al suelo y dio una vuelta sobre sí misma observando lo que ocurría, efectivamente las escaleras se estaban moviendo hacia la zona de enfrente, dejando un gran vacío entre los dos compañeros.

—¡Escaleras, no os mováis!

El pobre chico observó cómo ella iba de un lado a otro de las escaleras, resoplando porque le había dado flato al subir y bajar tantos inútiles escalones, hasta que la escalinata se detuvo y pudo quedarse quieta.

—¡Salta, Cristian, no me dejes sola!— Exclamó con un leve puchero, su pasillo parecía mucho más feo y lúgubre que en el que estaba el chico.

Él se llevó las manos a la cabeza, desesperado.

—¿Pero cómo voy a saltar esto? ¡Ahí te quedas!

La chica gritó muy alto al ver que Cristian se daba media vuelta para marcharse, no quería quedarse allí sola, se perdería en algún armario escobero y no volvería a verla nadie jamás. Él se detuvo con un suspiro y volvió a las otras escaleras, subiéndose a ellas como una plataforma que le llevaban al piso de abajo y así podría subir por las que ella estaba. Pero entonces las escaleras donde estaba la chica también se movieron, haciendo que cambiaran posiciones y pisos.

—¿Para qué coño te mueves, Sandra?

—¡Porque se han movido!

—¡Espera ahí, joder!


Los chillidos resonaban por los ahuecados suelos y techos de los grandes salones vacíos, la piedra retenía aquellos ecos y los devolvía hasta que se disipaban. En el comedor donde todos se encontraban no llegaban esos gritos de auxilio, y las explicaciones de la directora se sucedían sin parar, dejando a los alumnos hambrientos.

Uno tras otro, cada estudiante de intercambio se aproximó en fila por el largo pasillo que dividía las cuatro mesas a la principal, en la cual se situaban los profesores. Una silla había sido colocada con anterioridad en mitad del mismo, para que los chicos se fueran sentando, y les posaran sobre la cabeza un raído y descosido sombrero que se arrugaba con la forma de un rostro. Cada vez que alguien lo llevaba chillaba un nombre, de lo que al parecer eran las casas o grupos del colegio en los que separaban al alumnado en cuestión de sus habilidades.

Los nombres de los desaparecidos fueron saltados y reposicionados al final de la lista, dándoles espacio a que llegaran por su propia cuenta, o a mandar una patrulla de búsqueda dirigida por Anna y su fusta.

Se les agotaba el tiempo.