¡Hola a todos! Gracias de nuevo por sus opiniones; me motivan a seguir escribiendo para ustedes. Ya tengo varios capítulos pero por cuestiones de escuela no los puedo subir a la historia; voy a hacer lo que pueda para apurarme. Este capítulo es uno que en lo personal se me hace muy bello; demuestra los sentimientos profundos de las personas aunque ellas lo nieguen. Ocultar los sentimientos sólo causa angustia y dolor al individuo que los posee.
Inuyasha, Sesshomaru, Kikyo y demás personajes son propiedad de la autora Rumiko Takahashi.
Izayoi se encontraba en su cama, agonizante; la fiebre era cada vez más alta y ningún remedio casero calmaba su dolor.
—¡Mamá! ¿Qué puedo hacer por ti? ¡Dímelo, por favor!
Izayoi, presintiendo lo que en muy poco tiempo le iba a suceder, utilizó el resto de sus fuerzas para llamar a su hijo.
—Inuyasha, hijo mío. Mi cuerpo está débil y cansado.
—¡Descansa un poco, mamita! Pronto te vas a recuperar.
—Tienes razón. Dentro de poco voy a descansar de este mal.
Izayoi temía por el bienestar de su hijo cuando ella se marchara. Esforzándose un poco más, se levantó levemente de su cama y con la vista nublada por la fiebre volteó a ver a Inuyasha.
—Inuyasha: yo no estaré aquí toda la vida para protegerte; prométeme que serás siempre fuerte, pero que nunca perderás la nobleza de tu corazón.
—Mamá —respondió Inuyasha con lágrimas en los ojos.
—Sólo promete —continuó Izayoi casi sin fuerzas.
Inuyasha comprendió a lo que su madre se refería y empezó a llamarla en desesperación.
—¡Mamá: no te vayas, por favor…!
—¡…Mamá! —exclamó Inuyasha antes de despertarse por completo. Esa era una de tantas noches donde tenía pesadillas con los recuerdos de su madre. Todavía no amanecía y la luna llena se mostraba brillante en el horizonte. Inuyasha se levantó y trató de tranquilizarse; volteó a todos lados y no encontró a Sesshomaru, quien seguramente volvería para el amanecer. Inuyasha entonces se sentó en el suelo en silencio mientras presionaba fuertemente sus rodillas contra su pecho.
Había pasado un año desde que Inuyasha comenzó a acompañar a Sesshomaru y ser entrenado por él. En ese momento se encontraban los dos caminando por los prados ante los indicios de un nuevo día. La mayoría de las veces Inuyasha iba correteando alegre o cantando mientras caminaban, pero este día, como todos los demás donde Inuyasha había soñado la noche anterior con su madre, el pequeño híbrido se mostraba muy serio y triste; caminaba despacio, pero a buena distancia de su maestro Sesshomaru; su cabeza estaba baja y su mente estaba inundada por pensamientos melancólicos. Sesshomaru notaba mucho el cambio de Inuyasha en esos días, ya que el silencio durante el trayecto era muy grande cuando Inuyasha no cantaba o reía; su maestro sabía a la perfección que cuando eso pasaba, Inuyasha estaba pensando en su madre.
—Estás pensando de nuevo en tu madre, ¿no es así? —preguntó tranquilamente Sesshomaru.
Inuyasha volteó a ver a su maestro, pero inmediatamente bajó la cabeza sin dar respuesta alguna.
—Pues entonces te recomiendo que dejes de hacerlo —continuó fríamente Sesshomaru—. Los sentimientos sólo se encargan de confundir tu mente y no te dejan actuar de manera adecuada. Las bestias no piensan en cosas así.
—Sí, señor Sesshomaru —respondió Inuyasha de manera desanimada. Por más que quería, no podía dejar de sentir nostalgia por su madre; Inuyasha se esforzaba por olvidarla, pero sus recuerdos aparecían constantemente en el aire. El híbrido creía que al no tener sentimientos, como quizás le hacía su maestro, podría hacerse todavía más fuerte, pero eso era casi imposible para el pequeño niño.
Los dos continuaban su viaje hasta caer la tarde, no pasaba nada fuera de lo común hasta que Inuyasha comenzó a percibir un olor a sangre y humo un poco más adelante.
—¿Qué es eso, señor Sesshomaru? —preguntó Inuyasha, alarmado.
Sesshomaru no contestó a la pregunta y siguieron caminando; habían avanzado varios metros cuando se comenzó a divisar fuego. Un pequeño pueblo estaba siendo atacado por un ejército mediano; unos soldados estaban matando gente y saqueando casas, mientras otros prendían fuego a las casas vacías o que tuvieran refugiados. La escena era muy sangrienta y caótica.
—Típico de los humanos —agregó Sesshomaru—. Saqueando pueblos para fingir superioridad y matando gente inútil. Lo que no saben es que yo los mataría a todos si acaso quisieran amenazarme.
Inuyasha y Sesshomaru continuaban su camino sin detenerse; el híbrido miraba aterrorizado las escenas de violencia y muerte mientras seguía a su maestro hasta que algo en esa escena lo hizo detenerse: una madre abrazando a su pequeña niña lloraba sobre el cuerpo de su esposo asesinado; el terror y la desesperación se reflejaban en su rostro. Inuyasha de pronto visualizó en esa mujer a su propia madre.
—¡Mira que tenemos aquí! —interrumpió sarcástico un soldado el llanto de la señora. La madre dejó de sollozar y miró fijamente al horrible hombre que se paraba frente a ella.
—¿Qué hacemos con estas dos pobres "palomitas"? —preguntó sarcástico otro soldado mientras se unía a la escena
La madre abrazaba a su niña más fuerte que antes, mientras intentaba retroceder de rodillas; el problema es que detrás de ella quedaban los escombros de una casa que no le permitían escapar. La señora estaba totalmente aterrorizada ante lo que los soldados le pudieran hacer a ella o a su hija.
—¿Por qué no las liberamos de este sufrimiento de una vez por todas? —comentó burlonamente el primer soldado.
El segundo soldado rió al momento que sacaba una espada; poco a poco estaban comenzando a rodear a la señora que gritaba piedad por su hija.
—¿Qué estás esperando? —interrumpió Sesshomaru.
Inuyasha estaba observando todo lo que pasaba con terror; no quería que esos hombres mataran a la señora con su hija. Él mismo tenía el impulso de ir en ese momento a defenderlas. Sesshomaru miró la escena y rápidamente respondió.
—No vale la pena que mires a esos patéticos humanos. ¡Vámonos ya! —dijo mientras comenzaba a impacientarse.
Inuyasha seguía sin obedecerlo; los soldados se acercaban a la mujer y estaban dispuestos a darle muerte.
—¡Vámonos ya, Inuyasha! —dijo de nuevo Sesshomaru, ahora levantando un poco las cejas.
Inuyasha sabía que su maestro sólo le llamaba así cuando el híbrido ya estaba influyendo en su estado de ánimo. A pesar de eso, no podía permitir que los hombres se salieran con la suya. De un momento a otro, el primer soldado levantó su espada y estaba dispuesto a dar un golpe. La madre cerró los ojos e intentó cubrir a su hija mientras gritaba desesperada.
—¡Ayúdenme!
En ese momento, el niño se lanzó hacia los soldados.
—¡Inuyasha! —gritó Sesshomaru con una mezcla de confusión y enojo al ver la reacción del híbrido.
Inuyasha se abalanzó sobre el primer soldado y rasguñó su brazo; el soldado dejó caer la espada gritando de dolor ante los ojos asombrados de la señora.
—¡Ah! ¡Maldito monstruo! ¡Cómo te atreves!
El soldado golpeó a Inuyasha, haciendo que el híbrido cayera de espaldas. El segundo soldado sostuvo firmemente su espada mientras llegaban otros dos soldados más.
—¿Estás bien? —preguntó el segundo soldado.
—¿Qué te pasó? —preguntó el tercer soldado.
—¡Ese maldito engendro me atacó! —gritaba furioso el primer soldado mientras señalaba a Inuyasha. El niño, que antes se había sentido valiente, ahora estaba lleno de terror al verse rodeado de tantos soldados armados.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó rápidamente el cuarto soldado.
—¡Vamos a matarlo! —contestó el segundo soldado mientras se ponía en posición de ataque.
El tercer soldado y el cuarto sacaron sus espadas; Inuyasha se encontraba en un grave aprieto.
Una esfera brillante se acercaba rápidamente a los hombres al momento que derribó al segundo soldado, quien fue el primero en atacar. De la esfera apareció Sesshomaru, poniéndose enfrente de Inuyasha, mientras miraba a los hombres.
—¡Miren: apareció otro! —exclamó el tercer soldado.
En ese momento las bestias habían llamado demasiado la atención del ejército y todos los hombres se reunían rápidamente al evento.
—¡Eliminémoslos a ambos! —gritó el cuarto soldado.
El tercer y el cuarto soldado se abalanzaron contra Sesshomaru; él los eliminó a ambos con un zarpazo: inmediatamente después, el resto de los soldados atacaron a la bestia, quien sacó su látigo y comenzó a atacarlos de vuelta; gran cantidad de hombres caían muertos o heridos ante el látigo de Sesshomaru, mientras Inuyasha observaba sorprendido. Después de varios ataques, el ejército entero había sido devastado.
—¡Retirada! —exclamó un soldado.
Los soldados sobrevivientes tomaron a sus compañeros heridos y huyeron del lugar. Sesshomaru guardó su látigo e Inuyasha se puso de pie buscando a la señora.
—Disculpe: ¿está usted…?
—¡Ah! ¡Un demonio! —exclamó la mujer en el momento que el híbrido intentaba acercarse.
—¿Pero, qué? —preguntó Inuyasha, desconcertado; hacía unos segundos su maestro le había salvado la vida.
—¡Aléjate de mi hija! ¡Auxilio! —gritaba la madre mientras abrazaba de nuevo a su hija, quien miraba con mucha curiosidad a Inuyasha.
Los aldeanos sobrevivientes del pueblo salieron de sus escondites y corrieron a ayudar a la mujer.
—¡Demonios impuros! ¡Fuera de nuestras tierras! ¡Los acabaremos! —gritaban algunos individuos.
Los aldeanos comenzaban a congregarse alrededor de las bestias; entre tanto escándalo de pronto surgió una esfera blanca brillante y salió volando hacia el cielo. Después del resplandor, los aldeanos voltearon hacia el frente con asombro: ambas bestias habían desaparecido.
Cerca de ahí, en un lugar con árboles, retumbaban en el aire los regaños de Sesshomaru; la bestia estaba sumamente enojada por las acciones de Inuyasha. El pequeño híbrido estaba de pie con la cabeza baja mientras escuchaba el sermón de su maestro.
—¡Por algo es que te doy órdenes, Inuyasha! —gritaba Sesshomaru, como muy pocas veces lo hacía—. ¡Por tu negligencia tú solo te metiste en problemas muy grandes, y peor aún, me involucraste a mí en un ridículo pleito de humanos asquerosos! ¡Estoy tan enojado que podría matarte ahora mismo!
Inuyasha se sentía fatal ante el regaño; no solamente había desobedecido a su maestro, sino que casi había arriesgado su propia vida para salvar a un grupo de gente ingrata que incluso quiso asesinarlo. En ese momento pensó en su pueblo natal y las reacciones tan poco piadosas de los humanos de ahí; el híbrido comenzó a deducir que no valía la pena tener sentimientos por seres tan despreciables como los hombres, incluso si él era casi uno. El visualizar a su madre rechazándolo como la señora del pueblo provocó que los ojos de Inuyasha comenzaran a llenarse de lágrimas.
—No conseguiste nada haciendo esta ridícula acción —continuaba Sesshomaru—. Los humanos que salvaste querían eliminarte después. ¡Qué tienes que decir en tu defensa!
Sesshomaru hizo una pausa, quizás para intentar tranquilizarse. En ese momento, Inuyasha levantó su rostro y le habló, con sus ojos llenos de lágrimas.
—¡Discúlpeme, señor Sesshomaru! —rogaba el niño mientras sollozaba—. Hice mucho mal en desobedecerlo, pero creí que era lo correcto. Le ruego me disculpe, ¡en serio! ¡Prometo ser mejor en mi entrenamiento y no pensar en nada más!
Diciendo eso, Inuyasha continuó sollozando mientras esperaba algún castigo o golpe por parte de su maestro. Sesshomaru lo miró fijamente y después se dio la media vuelta.
—Será mejor que te olvides de esos sentimientos. Si sigues así, nunca serás más fuerte.
Sesshomaru se alejó mientras Inuyasha se tiraba de rodillas al suelo; con sus manos jalaba el pasto mientras continuaba su llanto. Tener sentimientos lo habían hecho vulnerable y poco precavido. Envuelto en lágrimas, Inuyasha finalmente encontró una alternativa para combatir sus sentimientos y no volver a debilitarse jamás: si ellos no ayudaban, lo mejor era reprimirlos completamente. Esa noche no hubo entrenamiento.
¿Qué tal les pareció este capítulo? Sesshomaru se enojó: ¡Qué miedo! La verdad a mí no me gustaría estar en una situación así. Gracias de nuevo por sus opiniones y prometo poner el siguiente capítulo lo más pronto que pueda.
