- CAPÍTULO 4 -

Aparición

- Bienvenidos al Ministerio de Magia - dijo una gélida voz de mujer -. Por favor, digan sus nombres y el motivo de su visita.

- Er... Harry Potter. Vengo a hacer el examen de Aparición...

- Hermione Granger - dijo Hermione a su lado, mirando hacia las acristaladas paredes de la cabina tenefónica como si desease que la fría e indiferente mujer se dignase aparecer para enfrentarse con ella cara a cara -. Vengo a acompañarlo.

- Gracias - dijo la voz de mujer -. Visitantes del Ministerio, cojan la chapa y colóquensela en la ropa en un lugar visible -. Un tintineo metálico surgió de la ranura del cambio del teléfono. Harry cogió la suya: como en las otras dos ocasiones que había entrado al Ministerio de Magia, se trataba de una chapa cuadrada de plata, que esta vez tenía grabadas las palabras: Harry Potter, examen de Aparición. La de su compañera, a la que pudo echar un vistazo mientras se la prendía de la solapa de la chaqueta, decía: Hermione Granger, apoyo moral.

En cualquier otro momento se habría reído, pero no en esta ocasión: le daba la impresión de que, si soltaba una carcajada, se le iba a salir el páncreas por la boca. Hacía tiempo que no estaba tan nervioso: probablemente desde la primera vez que entró en el Ministerio de Magia, cuando se enfrentó a un juicio frente a todo el Wizengamot y a la posibilidad de que lo expulsasen de Hogwarts.

- Visitantes del Ministerio, tendrán que someterse a un cacheo y entregar sus varitas mágicas en el mostrador de seguridad, que se encuentra al final del Atrio.

La cabina telefónica se hundió en el suelo del callejón donde se alzaba, sin que los tres muggles que hacían cola para llamar por teléfono (y que, al parecer, no se habían dado cuenta de que los cables del auricular estaban arrancados) diesen muestras de notarlo. Se encogió de hombros, nervioso, mientras veía a través de los cristales cómo la tierra se alzaba para envolver el asfixiante y reducido habitáculo. Un minuto después la cabina, Hermione y él emergieron en el luminoso Atrio del Ministerio de Magia.

Estaba tal cual lo recordaba, como si la última vez que estuvo allí no hubiera visto cómo destrozaban la sala entera (y contribuído a ello, todo había que decirlo). El larguísimo vestíbulo seguía teniendo el mismo suelo de madera pulimentada, los mismos paneles de chapa de madera, las mismas chimeneas a ambos lados para que los magos y las brujas que trabajaban allí o tenían que visitarlo por cualquier motivo entrasen y saliesen. Incluso la Fuente de los Hermanos Mágicos permanecía en mitad del Atrio, intacta, con sus cinco figuras como nuevas y sus cinco chorros de agua cayendo alegremente sobre la pila. Nada parecía señalar que allí se hubiera desarrollado una lucha a muerte. Nada mostraba señales de que allí hubieran luchado dos hombres que ahora estaban muertos...

El nudo que sintió en el estómago al pensar en Sirius y en Dumbledore se unió al que ya sentía en el resto de su aparato digestivo y en otros muchos órganos de su cuerpo que no sabía muy bien para qué servían, y Harry temió vomitar en la pileta donde se suponía que tenía que echar un donativo para el Hospital San Mungo. Tragó saliva mientras Hermione y él se dirigían hacia una mesa, detrás de la cual se sentaba el mismo mago vestido de color azul eléctrico y mal afeitado que le había registrado la primera vez. Eric, recordó que se llamaba.

Con el mismo gesto de aburrimiento, Eric levantó una varilla larga y dorada y recorrió con ella los cuerpos de Harry y de Hermione, que apretaba los labios como si aquella operación le recordase demasiado a Argus Filch. Después les pidió las varitas, y las dejó caer, una detrás de la otra, sobre la curiosa balanza de un solo brazo, que vibró y soltó dos pequeños pedazos de pergamino. Eric los cogió y los leyó detenidamente.

- Mmmm... - dijo, y miró a Harry con los ojos entrecerrados -. Sí, esta varita ya ha entrado otra vez en el Ministerio, ¿no?... Acebo, veintiocho centímetros, núcleo central de pluma de fénix, seis años en uso.

- Sí - asintió Harry, alargando la mano para que le devolviese la varita. El mago de seguridad se la dio con el ceño fruncido y estudió el segundo pergamino.

- Madera de parra, treinta centímetros, núcleo central de nervios de corazón de dragón, también en uso desde hace seis años. ¿Es correcto, señorita?

- Así es - respondió Hermione. Eric asintió y le devolvió la varita; después clavó los dos trozos de pergamino en un pinchapapeles de latón.

- Que tengan un buen día - dijo -. Y, señor Potter...

Harry, que ya había hecho ademán de marcharse, dio media vuelta y lo miró. El mago de seguridad sonrió, burlón.

- Todos tenemos mucha fe en que El Elegido acabe con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado - dijo en un susurro -, pero, por favor, no cause más destrozos en el Ministerio cuando sea mi turno. Todavía no he conseguido que me retiren la suspensión de sueldo.

Harry le devolvió la sonrisa.

- Veré qué puedo hacer - respondió, y se alejó, seguido de Hermione, hacia los ascensores.

- Harry - susurró Hermione, apremiante -, ¿qué has hecho?

- ¿Qué he hecho? - preguntó Harry.

- ¡Te ha faltado decirle que sí que eres El Elegido! - exclamó ella. Harry se encogió de hombros.

- Qué va - dijo, mientras entraba en el vestíbulo más pequeño que salía del Atrio, donde se alineaban una veintena de ascensores -. Ese tío no se entera de nada, no te preocupes. Y, de cualquier forma - añadió -, ahora mismo tengo cosas más importantes que...

- ¡Harry, esto es sólo un estúpido examen de Aparición! ¡Lo que le has dicho a ese hombre es mucho más importante!

Harry se detuvo frente a uno de los ascensores y la miró, exasperado.

- Mira, Hermione - dijo en un susurro, para evitar que los magos y brujas que hacían cola delante de ellos le oyesen -, no le he dicho nada, así que no puede interpretar nada de mis palabras. Además, me da igual. Nadie iba a creerle en caso de que fuera por ahí diciendo tonterías sobre que yo he reconocido que soy El Elegido. Y ahora déjame que me concentre en lo enfermo que me encuentro, por favor.

Hermione sonrió.

- No tienes por qué ponerte nervioso - dijo, aunque, por la mueca que hizo, Harry estaba seguro de que sólo había postpuesto el tema de Eric -. Lo harás bien, ya lo verás... Sólo recuerda las tres...

- Estoy hasta las narices de las malditas tres "Des" - dijo Harry abruptamente -. Lo único que quiero es quitarme de encima este maldito examen de una vez por todas.

Hermione tenía razón: no tenía por qué ponerse nervioso, sabía Aparecerse perfectamente e incluso en una ocasión había transportado cientos de kilómetros a otra persona... a Dumbledore. El nudo de su estómago volvió a transformarse de nervios en pesar y tristeza en apenas un segundo. Apretó los labios y dirigió una mirada determinada en dirección al ascensor que acababa de aterrizar frente a él. Cuanto antes hiciera el examen, antes se libraría de él.

Entró en el ascensor, y él y Hermione se apretujaron contra una pared, mientras lo que parecían ser cientos de personas luchaban por hacerse con un hueco en el cubículo. Una mujer regordeta que le daba la espalda se echó hacia atrás y lo aplastó contra la pared forrada de madera.

Harry soltó un quejido, y la mujer se dio la vuelta, sorprendida de ver a alguien detrás de ella. A primera vista, parecía estar muy poco acostumbrada a las aglomeraciones de ese tipo, como si pocas veces hubiera subido en un ascensor. A segunda vista, llevaba una horrible túnica de color malva y una toca de punto acabada en unos largos y esponjosos flecos. A tercera vista, Harry descubrió que odiaba toda su persona, desde el lazo negro que adornaba sus rizos grisáceos hasta los pequeños pies enfundados en zapatos planos. Y no sólo porque acabara de aplastarle todos los órganos del cuerpo. Inconscientemente, se frotó el dorso de la mano derecha.

- Vaya, vaya... - dijo la mujer con una aborrecible voz infantil y una amplia sonrisa -. Señor Potter... Qué alegría verle por aquí.

Harry sintió que una oleada de furia y asco le inundaba por dentro, haciéndole olvidar todo el nerviosismo y el dolor que sentía segundos antes. A pesar del zumbido que provocaba en sus oídos toda la sangre de su cuerpo, que había decidido subir hasta su cabeza, pudo oír los murmullos que recorrían todo el ascensor, susurrando su nombre, e incluso escuchó a un hombre musitando en dirección a la mujer que tenía al lado: - Debe haber venido a ver a Scrimgeour... Seguro que es por algo relacionado con Ya-Sabes-Quién.

Sonrió fríamente. Si aquella gente supiera lo que había venido a hacer en realidad... Aunque debería haberlo pensado antes. Al acudir al Ministerio aquella mañana, en realidad le había seguido el juego a Scrimgeour. Se encogió de hombros. Cuando le viera, quizá le pediría una comisión.

- Profe... señora Umbridge - dijo, haciendo un burlón énfasis en el título corregido -. Veo que está ascendiendo en el Ministerio... lo digo por el ascensor - añadió socarronamente. Una mujer bajita que había a pocos centímetros soltó una risita tonta. Umbridge, por el contrario, dejó de sonreír.

- Veo que sigue teniendo un problema con la lengua, señor Potter - dijo dulcemente, en un tono que Harry había aprendido a reconocer como señal de peligro -. No debería hablar así a nadie... y menos a mí.

La sonrisa de Harry se ensanchó, mientras los murmullos aumentaban de volumen en el ascensor. La voz fría de mujer dijo: - Séptima planta, Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, que incluye el Cuartel General de la Liga de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda, el Club Oficial de Gobstones y la Oficina de Patentes Descabelladas.

Se abrieron las puertas, pero no salió nadie. Entraron un par de personas, y, aún así, el ambiente en el ascensor no experimentó el más mínimo cambio. Todas las miradas estaban fijas en Harry, que a su vez miraba con desprecio y odio a Umbridge.

- Ahora todo el mundo sabe cómo es usted - dijo en un susurro tenso, haciendo caso omiso del pisotón de advertencia que le propinó Hermione -. Todo el mundo sabe lo estrecha de miras que es, y lo cerca que estuvo de ayudar a Voldemort a vencer en esta guerra. El Profeta lo publicó. Y, por lo que veo - hizo un gesto que abarcaba el ascensor -, aquí, en el Ministerio, también se han dado cuenta... Ya no es la subsecretaria del Ministro, ¿verdad...?

El rostro de Umbridge se contorsionó en una mueca de rabia. Harry soltó una carcajada breve y seca.

- Si quiere volver a tener ese poder que tan mal supo utilizar - dijo, apretando los dientes -, tendrá que unirse a Voldemort.

- ¡Cómo te atreves...!

- ¿Que cómo me atrevo? - exclamó Harry, furioso, apretando los puños -. ¡Lo único que le faltó la última vez para servir completamente a sus propósitos fue tener la Marca Tenebrosa! ¿Por qué no va a ver a Voldemort y le pide que se la tatue? ¡Así por lo menos no tendría que buscar excusas para utilizar las Maldiciones Imperdonables!

Umbridge parecía a punto de lanzarse sobre Harry. Los ocupantes del ascensor ya lo murmuraban: hablaban en voz alta, intercambiando opiniones acerca del enfrentamiento que tenía lugar ante sus ojos. La mayoría, según oyó Harry, estaban a favor de El Elegido. No le importaba en absoluto. Permaneció inmóvil, con la mano en el bolsillo, acariciando su varita, esperando, implorando, que Umbridge se atreviera a atacarlo.

- Sexta Planta, Departamento de Transportes Mágicos, que incluye la Red Flu, el Consejo Regulador de Escobas, la Oficina de Trasladores y el Centro Examinador de Aparición.

- Harry, vámonos - musitó Hermione en su oído, y notó cómo su mano le agarraba el brazo y tiraba de él -. Vámonos...

Todavía mirando fijamente a Umbridge, Harry se dejó arrastrar fuera del ascensor. La reja se cerró con un chirrido metálico, y el ascensor, llevándose a Umbridge rodeada de gente que murmuraba contra ella en favor de Harry, descendió entre fuertes traqueteos y sacudidas.

Harry se mordió el labio, frustrado. Después, una vez el estruendo del ascensor se desvaneció bajo sus pies, se encogió de hombros una vez más, y sonrió. Al menos, el encuentro con Umbridge había servido de algo: ya no estaba nervioso, y tampoco sentía nada que no fuera rabia al verla trabajando todavía en el Ministerio.

Habían salido a un amplio corredor pintado de blanco y flanqueado de puertas de madera, sobre las que, escrito en placas de latón, se leía, por ejemplo, Dirección General de Tráfico Aéreo, Oficina de Mantenimiento de la Red Flu, Autorización de Establecimiento de Trasladores, o Control de Vehículos Sin Catalogar (debajo de esta placa había una fotografía de la que salía y entraba a toda velocidad el Autobús Noctámbulo).

Se detuvieron al fondo del pasillo, junto a un amplio mostrador sobre el que se leía un cartel: Centro Examinador de Aparición. Admisión de Solicitudes. Una bruja delgada que se pintaba las uñas con la varita levantó apenas la mirada hacia ellos, y desenrrolló un pergamino.

- ¿Nombre? - preguntó.

- Este... - dijo Harry.

- Harry James Potter - respondió Hermione. La bruja levantó la mirada.

- Tienes nombre de chico, querida - dijo, y se rió fuertemente de su propio chiste -. Bien... Harry James Potter. ¿Edad?

- Diecisiete años - respondió Harry esta vez. La bruja levantó la mirada por tercera vez y la clavó en Harry, enarcando una ceja.

- ¿Ya? - preguntó, estudiándolo de arriba a abajo -. Caramba, cómo pasa el tiempo... Pero claro, cada año pasa un año.

- Muy inteligente - susurró Hermione, mordaz. La bruja la ignoró, con la mirada fija en Harry.

- Diecisiete años... Has cambiado, Harry Potter - dijo crípticamente. Harry se sorprendió.

- ¿Nos conocemos? - preguntó, alarmado.

La bruja soltó una rista aguda.

- Todo el mundo conoce a Harry Potter - dijo -. Sí... Todo el mundo conoce a El Elegido. Bien... ¿Has venido a examinarte de Aparición?

- Creía que eso era obvio - masculló Hermione, pero en voz tan baja que la bruja no la oyó.

- Has llegado justo a tiempo - continuó la bruja, sonriendo -. En el Ministerio hacemos un examen cada día, y el siguiente...

- ¿Cada día? - se extrañó Harry -. Pero...

- Sí, el examen que se realiza en Hogsmeade en abril sólo tiene lugar una vez al año, porque los alumnos de Hogwarts no pueden salir del centro para venir a examinarse más que en verano... El Comité de Estudio de las Necesidades del Transporte está debatiendo la posibilidad de realizar otro examen en Hogsmeade al final del otoño, para que los alumnos de Hogwarts que no hayan cumplido los diecisiete el treinta y uno de agosto pero lo hagan antes del invierno no tengan que esperar hasta mediados de abril...

- Ya podrían haberlo pensado antes - susurró Hermione -, eso me habría ahorrado tener que aguantar las clases con Twycross.

- ...pero claro - siguió la bruja -, eso implicaría tener que colocar a otro monitor ministerial de Aparición al principio del curso escolar, y entonces los alumnos que hubiesen repetido curso se quejarían...

- Er... sí, claro - dijo Harry, desconcertado.

Hermione carraspeó. - Perdone - dijo -, ha dicho que habíamos llegado justo a tiempo...

- Oh, sí, querida - contestó la bruja, echándose hacia atrás los bucles castaños -. Disculpa -. Desenrrolló otro trozo de pergamino -. ¿Tu nombre es...?

- No, no, yo ya tengo el carné - dijo Hermione, y señaló la chapa que llevaba prendida de la chaqueta -. Sólo vengo de... - bajó la mirada y la leyó -. Ah, sí. Apoyo moral.

- Oh - respondió la bruja, incrédula -. Bien. En ese caso tendrás que esperar fuera... Tú entra, Harry - dijo, señalando una puerta que había detrás de ella -. El examen empieza a las diez. Tienes a quince personas delante, pero si tienes mucha prisa - le guiñó un ojo -, puedo colarte...

- No, gracias - dijo Harry, mirando aprensivamente en dirección a la puerta cerrada. Dirigió una mirada nerviosa hacia Hermione, y ella le sonrió.

- Mucha suerte, Harry... - dijo.

Harry tragó saliva, abrió la puerta y entró.

- ¿Lo ves, como no era tan difícil? - exclamó Hermione, sonriente, una hora después, mientras esperaban a que la bruja terminase de rellenar la licencia de Aparición que Harry acababa de conseguir.

- Ya... Bueno, ya lo había hecho - musitó, y, al ver que la bruja levantaba la cabeza, añadió: - Cuando Twycross nos daba clase conseguí Aparecerme dentro del aro de madera un par de veces...

- ¿Quieres que en tu carné ponga que has aprobado el examen con la nota máxima, querido? - preguntó la bruja, sonriente.

- No hace falta, gracias - respondió Harry apresuradamente -. ¿Los carnés suelen decir la nota que has sacado en el examen?

- Cuando es la nota máxima, sí - dijo la bruja, y mojó la pluma en el tintero -. Pero es opcional, claro... ¿quieres?

- Me da igual - contestó él -. No creo que vaya a ir por ahí enseñando el carné a la gente...

- Oh, bueno - dijo la bruja -, pero si te detienen los de la Brigada de Vigilancia de la Aparición, puedes ahorrarte una multa si comprueban que aprobaste con la nota máxima... Aunque con un nombre como el tuyo - le guiñó el ojo de nuevo -, no creo que vayas a necesitarlo. Por cierto, ¿quieres que ponga "Harry Potter", "Harry James Potter" o "El Elegido"?...

Los ojos de Harry se desorbitaron de horror, pero Hermione intervino rápidamente, conteniendo a duras penas una sonrisa. - Limítese a poner su nombre real, por favor - dijo.

La bruja la miró con el ceño fruncido, y bajó la vista de nuevo hacia el pergamino. - Harry... James... Potter - pronunció lentamente mientras escribía.

- Perdone - dijo Harry al cabo de unos segundos -, pero... ¿Por qué iba a multarme la Brigada de Vigilancia de la Aparición? Quiero decir, si ya tengo el carné...

La bruja sonrió, burlona, y chasqueó la lengua.

- Vaya... De modo que tú también te has presentado al examen sin leerte el Código de la Aparición - dijo -. Bueno, verás: pueden multarte si te escindes o te Apareces dentro de un objeto sólido y la Brigada de Reversión de Accidentes Mágicos comprueba que estabas bajo la influencia del alcohol... También pueden multarte si intentas Aparecerte en un lugar protegido expresamente contra la Aparición, como Hogwarts, por ejemplo... La Aparición En Paralelo es ilegal excepto en casos de peligro extremo, y sólo se permite practicarla con menores de edad, impedidos, ancianos o enfermos.

- ¿Y si una persona no tiene el carné? - preguntó Hermione, evidentemente pensando en Ron. Harry bajó la mirada, intentando no ruborizarse al pensar que ya había infringido el Código tres veces antes incluso de tener el carné.

La bruja se encogió de hombros. - Según el Código, no se puede practicar la Aparición En Paralelo con mayores de edad en perfecto estado de salud, ni siquiera en casos de riesgo grave. Pero - añadió con su sonrisa pizpireta -, es un atenuante. Y la mayoría de la gente prefiere pagar la multa a dejar a una persona incapaz de huir del peligro, de modo que no se ha reformado el Código porque ese artículo supone una enorme fuente de ingresos para el Ministerio. Creo que luego destinan las ganancias a financiar la Sanación Pública...

Hermione parecía indignada. - ¿Y desde cuándo se utiliza una ley injusta como si fuera un impuesto indirecto? ¿Y cómo pueden destinar los impuestos indirectos para financiar la Sanación Pública? ¡Este sistema apesta!

La bruja pareció sorprenderse.

- ¿Impuesto indirecto? - preguntó -. ¿Qué es eso? ¿Un término muggle?

- Sí, exactamente eso - respondió Hermione -. Tanto que reniegan de ellos, y acaban haciendo exactamente lo mismo...

- Querida, yo no reniego de los muggles - dijo la bruja recuperando su eterna sonrisa y tendiéndole a Harry su nuevo carné.

- Bien... Gracias - dijo Harry, cogiendo sonriente el pequeño trozo de pergamino que le daba derecho a Aparecerse y leyéndolo detenidamente. De pronto recordó algo que hizo que la sonrisa resbalase de su rostro como un pastel derritiéndose al sol -. Hermione... - dijo con voz tétrica.

- ¿Qué? ¿Qué pasa? - preguntó la bruja, cogiendo el carné de manos de Harry -. ¿Está mal? ¿Hay algún error?

- No... Pero Hermione - dijo Harry -, Ron se va a subir por las paredes cuando se entere de que me he sacado el carné sin él... ¡Me estaba esperando para examinarse conmigo!

- Bueno - respondió Hermione, quitándole importancia -, si hubiera aprobado a la primera, habría tenido el carné él antes que tú, ¿no?... Siempre puede venir a examinarse después de la boda de Bill y Fleur.

- Sí... - dijo Harry, pero no podía evitar sentirse culpable por haberse olvidado de su promesa de examinarse con Ron cuando cumpliera los diecisiete. De pronto, se le ocurrió una cosa. Miró a la bruja y se esforzó por sonreír lo más ampliamente que pudo -. Perdone... ¿Usted podría hacerme un favor?

- ¡Pero, por supuesto, querido...! - exclamó la bruja ansiosamente -. ¿Qué quieres que...?

- La semana que viene igual viene a examinarse un chico, mi mejor amigo... ¿Podría...?

- ¿Que si puedo recomendarle? - preguntó la bruja haciendo una mueca -. No puedo hacer eso... Aunque quizás podría hablarle al examinador de él, y decirle que es tu mejor amigo... Él también es un admirador tuyo, como todo el mundo, claro. ¿Quién es?

- Bueno... es un chico alto, pelirrojo... Se llama Ron Weasley.

- ¿Ron Weasley? - exclamó la bruja, y soltó una risita -. ¡Pero, querido...! Ron Weasley consiguió su carné de Aparición hace dos días... Yo misma se lo entregué.

- No me lo puedo creer - seguía diciendo Hermione un buen rato después, en la cocina de Grimmauld Place, mientras preparaba té para ella, para Harry y para Lupin, que estaba en la casa esperándolos cuando volvieron -. Ron ha ido él sólo a examinarse, sin decírnoslo...

- A lo mejor no nos lo dijo por si acaso suspendía, Hermione - dijo Harry razonablemente, aunque sentía un ligero pinchazo de decepción: Ron se había examinado justo el día antes de que él, Harry, cumpliese diecisiete años... ¿No había podido esperar un día para examinarse los dos juntos?

- Sí, vale - admitió Hermione -. Pero entonces, ¿por qué no nos lo contó cuando aprobó? Ya hace dos días... No se puede decir que no haya tenido tiempo, ¿verdad?

- Supongo - dijo Harry -, que no nos lo ha dicho precisamente porque no se ha examinado conmigo. Verás, habíamos quedado en examinarnos juntos... A lo mejor él pensaba que suspendería, y por eso se presentó justo antes de mi cumpleaños. Y claro, cuando aprobó no quiso decírmelo por si me enfadaba por no haber esperado a que yo fuese mayor de edad...

- Ya - dijo Hermione con una expresión inexcrutable mientras servía el té.

- Bueno - intervino Lupin -, no puedes enfadarte, ¿verdad? Al fin y al cabo, tú también te has presentado sin decírselo a él...

- No, supongo que no - respondió Harry. Pero no pudo evitar sentirse extrañamente desinflado. Sin embargo, decidió achacarlo al alivio por haber conseguido aprobar el examen de Aparición.

La idea de Hermione de preguntar a los miembros de la Orden del Fénix por Voldemort y por R.A.B. no obtuvo ningún resultado, como Harry había esperado. Tampoco podían interrogarles de una forma demasiado evidente, porque no quería tener que darles muchas explicaciones, pero, por lo poco que extrajeron de las charlas aparentemente insustanciales que mantuvieron con los pocos miembros que se dignaron a aparecer por Grimmauld Place (lo que obligó a Harry a salir a la puerta unas cuantas veces a decirles dónde estaba la sede de la Orden), parecía ser que la Orden no tenía ni idea de dónde estaba el escondite de Voldemort, y que en su vida habían oído hablar de alguien cuyas iniciales fueran "R.A.B.". Tampoco sabían absolutamente nada sobre el pasado de su enemigo: de hecho, muchos de ellos ni siquiera eran conscientes de que Voldemort y Tom Ryddle eran la misma persona.

Harry aceptó aquel pequeño revés con sentimientos enfrentados: por un lado, se sentía frustrado al ver que no avanzaba nada en su lucha contra Voldemort; pero por el otro, no podía evitar sentirse orgulloso al comprobar que Dumbledore había confiado en él mucho más que en el resto de la Orden. Pese a que sabía que su antiguo director lo había hecho porque él era el único que podía enfrentarse con éxito a Voldemort, Harry sentía una sensación cálida y agradable al ver que, después de tantos años de haberle mantenido al margen, Dumbledore le había contado a él, y únicamente a él, todo lo que sabía del pasado de Lord Voldemort.

Aquella semana Hermione y él intentaron por todos los medios avanzar aunque sólo fuera un poco en su investigación. Sin embargo, para el día que fueron a La Madriguera, la víspera de la boda de Bill y Fleur, seguían exactamente igual que al principio de verano: lo único que habían conseguido, decía Hermione en tono optimista, era descartar a la Orden como fuente de información.

- Por lo menos ya sabemos que no es necesario que les preguntemos - dijo animadamente -. Así, cuando volvamos a Hogwarts no perderemos el tiempo intentando ponernos en contacto con ellos.

El ambiente en La Madriguera era una auténtica locura; la señora Weasley corría por todos lados, con aspecto agobiado, limpiando la casa, ayudando a sus hijos a decorarla, supervisando a los cocineros que había contratado para que preparasen el banquete de boda (no había querido hacerlo ella misma para evitarse el agobio, pero Harry pensó que habría sido mejor que cocinase ella misma; así no habría tenido que pasar a cada momento por la cocina para darles instrucciones y corregir lo que, a su juicio, eran errores de principiante). Cuando llegaron Hermione y él, se limitó a darles un apresurado beso de bienvenida y corrió hacia donde Ginny se esmeraba en colgar una guirnalda de flores para explicarle cómo se hacía en realidad.

Harry miró hacia donde se dirigía la señora Weasley, inseguro. Ginny se había quedado quieta, con la guirnalda en la mano, mirando en dirección a él. Le dirigió un leve saludo con la cabeza; Harry tragó saliva y la saludó con la mano.

Hermione lo miraba con los ojos entrecerrados. Apretó los labios y se agachó para coger su baúl.

- Vamos arriba, Harry - dijo secamente -. Será mejor que quitemos esto de en medio para que no estorbe demasiado.

Y, sin detenerse a comprobar que Harry la seguía, enfiló hacia la puerta de la casa y atravesó el umbral.

Harry lanzó una breve mirada hacia el árbol en el que la señora Weasley intentaba ayudar a Ginny a colgar la guirnalda. Ella seguía quieta, con un extremo de la ristra de flores en la mano, mirándolo. Cuando vio que Harry la miraba, sonrió brevemente. Sintiéndose más infeliz de lo que se había sentido en semanas, Harry agarró el asa de su baúl, dio media vuelta y entró en la casa.

Estuvo a punto de chocar contra un hombre alto y fornido que salía en esos momentos; el rostro ancho y lleno de pecas bajo el revuelto cabello pelirrojo le dirigió una sonrisa bonachona y alargó una mano curtida, para estrechar la de Harry y ayudarle a no perder el equilibrio.

- ¡Harry! - exclamó -. Me alegro de verte. Hacía mucho tiempo...

- ¿Qué hay, Charlie? - preguntó Harry, sonriendo a su vez. Charlie Weasley, el cuidador de dragones, no había cambiado en absoluto desde la última vez que lo vio, hacía casi tres años; sin embargo, Harry ya no tenía que levantar la cabeza para mirarlo.

- Has crecido - dijo Charlie, estudiándolo con una amplia sonrisa, como si hubiera leído su mente -. Supongo que ahora tendrás que espantar a las chicas como si fueran moscas...

- Teniendo en cuenta quién es la última chica a la que Harry ha espantado - dijo una voz desde las escaleras -, yo no bromearía con eso, Charlie.

Harry dio media vuelta; bajando del piso superior, y con unas expresiones de seriedad que no les había visto nunca, estaban los gemelos, Fred y George Weasley. Ambos lo miraban con el ceño fruncido y los labios apretados; en sus rostros no se veía ni pizca de la simpatía que siempre le habían profesado. Harry cerró los ojos y maldijo para sus adentros; tenía que haber imaginado que pasaría algo así.

Fred y George llegaron abajo y se acercaron a él, mientras Charlie los observaba sorprendido.

- ¿De qué estáis hablando, chicos? - preguntó, vacilante, al comprobar que Harry abría los ojos y miraba directamente a los gemelos.

- Quiero decir - dijo Fred - que este... este...

- Imbécil - contribuyó George.

- ...se estuvo divirtiendo con nuestra hermana un par de meses durante el curso pasado - continuó Fred -, y decidió "espantarla", como tú has dicho, justo el día que volvían a casa a pasar el verano.

Charlie no dijo nada; Harry, sin embargo, levantó la cabeza y miró fijamente a los ojos de Fred.

- Sí - admitió -. Estuve saliendo con Ginny. Y sí, la dejé el último día del curso.

Charlie soltó una exclamación de incredulidad; el ceño de Fred se hizo más pronunciado todavía.

- Hay que tener muchas agallas para venir aquí después de lo que le has hecho - dijo George.

- O ser muy estúpido - añadió Fred.

- No sabes cuánto - suspiró Harry, aceptando lo inevitable. Si Fred y George querían demostrarle lo mucho que querían a su hermana, bien, él no se lo iba a impedir. Al fin y al cabo, él también hacía aquello, y estaba dispuesto a aguantar lo que fuera, porque la quería.

- Tenías que haber sabido que, después de ver a Ginny durante un mes vagar por los pasillos como si fuera el fantasma del ático, nos aseguraríamos de que salieras de aquí un poco más guapo de lo que has llegado -. Fred se arremangó la túnica, como si tuviera intención de darle a Harry una paliza al más puro estilo muggle.

- Sí - asintió George, haciendo el mismo gesto -. Vas a estar casi tan guapo como el novio.

Harry sonrió con desgana, recordando el rostro desfigurado y lleno de cicatrices que tenía Bill la última vez que lo vio. Suspiró. Se sentía tan infeliz que en ese momento pensó que incluso soportar el dolor de una buena paliza sería preferible.

Permaneció inmóvil cuando Fred y George se acercaron aún más a él, con unas expresiones tan amenazadoras que tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no salir corriendo.

- ¿Qué estáis haciendo?

Los cuatro miraron hacia la puerta. Una figura acababa de entrar en el diminuto vestíbulo de la casa de los Weasley. Harry contuvo el aliento.

Una joven alta y delgada los miraba con los ojos entrecerrados. Su largo cabello pelirrojo brillaba como un hierro al rojo vivo, y Harry supo que esa imagen se le quedaría grabada en la retina de la misma manera. Los ojos castaños relucían peligrosamente, e incluso en medio de su aturdimiento, Harry no pudo evitar sonreír al comprobar que los tres hermanos Weasley, mucho más altos y grandes que ella, retrocedían perceptiblemente.

Ginny Weasley los miró de uno en uno, y después dejó que su mirada descansase en Harry.

- ¿Qué estáis haciendo? - repitió en un tono engañosamente suave.

- Nada, Ginny - se apresuró a decir George, sonriendo ampliamente.

- Sólo queríamos decirle a este idiota - Fred señaló a Harry con la cabeza - que no vuelva a acercarse a ti...

Los ojos de Ginny relampaguearon de furia.

- Ya os dije una vez que no os metiérais en mi vida - dijo en un susurro furibundo -. Lo que haya pasado entre Harry y yo es cosa mía. Y suya. A vosotros no os incumbe en absoluto.

- Pero, Ginny...

- ¡Ni pero ni nada! - gritó ella, y su melena roja bailó de un modo que a Harry le hizo temblar las rodillas -. ¡Dejadlo en paz!

Y subió como una exhalación por las escaleras hasta perderse de vista.

Fred, George y Charlie se miraron elocuentemente. Harry, por el contrario, permaneció inmóvil, mirando hacia el lugar de las escaleras donde había visto desaparecer el tobillo de Ginny.

- Deja de mirarla - le advirtió Fred, amenazador, al cabo de un segundo.

- Tiene razón, ¿sabéis? - dijo otra voz, esta vez proveniente de la puerta que había a espaldas de Harry. Girando el cuello, éste comprobó que Ron Weasley salía en esos momentos de la cocina. Vaciló, sin saber si Ron había dicho aquello refiriéndose a Ginny o a Fred. Ron avanzó un par de pasos y se colocó delante de Harry, como si quisiera protegerlo de sus propios hermanos. Él sintió que el agradecimiento le inundaba el alma.

- Ron - dijo George, aunque Harry notó que su tono vacilaba -. Este... imbécil, se ha aprovechado de Ginny, y después la ha dejado tirada. Tú mismo has visto estos últimos días cómo está...

- Sí - admitió Ron -. Pero también sé por qué la ha dejado Harry. Y os puedo asegurar que no pretendía hacerla daño. De cualquier forma - subió el tono al ver que Fred tenía intención de interrumpirle -, como ha dicho Ginny, eso es algo entre Harry y ella. Y no veo que Ginny haya intentado pegarle en cuanto ha aparecido por la casa... Así que dejad que sean ellos los que arreglen esto.

Fred soltó un bufido; George, por el contrario, hizo un gesto obsceno con la mano.

- Veremos si pueden arreglarlo cuando le dejemos incapaz de acercarse a otra chica en toda su vida...

- Chicos - intervino Charlie en tono tranquilo, pero con la autoridad que le confería ser el hermano mayor de los otros tres -. Yo creo que tanto Ron como Ginny tienen razón; esto es algo entre Harry y ella. Harry es amigo vuestro, ¿no?... Pues dejad que sea ella la que decida si quiere ser amiga suya. A vosotros no os tiene por qué influir...

- ¡Es nuestra hermana! - exclamó Fred, furioso.

- Sí - dijo Charlie -. Y os ha pedido que le dejéis en paz.

- ¡Pero bueno! - dijo Ron, y Harry comprobó que se le habían puesto rojas las orejas, algo que nunca había presagiado nada bueno -. ¿Acaso os habéis olvidado de que Harry es uno de los nuestros? ¿Ya no os acordáis de todo lo que ha hecho por nosotros? ¡Si no fuera por él, no tendríais vuestra tienda! ¡Me salvó la vida el año pasado! ¡Le salvó la vida a papá hace dos años! ¡Incluso le salvó la vida a Ginny hace cuatro!

- Pues ahora parece como si ella no estuviera muy agradecida por eso - gruñó George.

- Escucha, idiota - dijo Ron agresivamente, dando un paso en dirección a George -. Si Harry ha dejado a Ginny ha sido para que Quien-Tú-Sabes no vaya detrás de ella otra vez, ¿lo entiendes? Cuando la llevó a la Cámara fue para atraer a Harry, y él no quiere que vuelva a pasar algo así. Si alguien está pasándolo mal por toda esta historia, te aseguro que ese es Harry. Así que deja de hacer el tonto.

Harry desvió la mirada y la clavó en el reloj de pared que se veía a través de la puerta entreabierta de la cocina, mortificado. Todas las manecillas seguían apuntando a "Peligro Mortal". Sabía por qué Ron había tenido que decirles aquello a sus hermanos, pero eso no lo hacía más llevadero. Casi prefería ver sus rostros enojados, o incluso llevarse un buen puñetazo, antes que tener que soportar sus expresiones de conmiseración y lástima. Porque Fred, George y Charlie habían vuelto la cabeza hacia él, con los rostros llenos de sorpresa y arrepentimiento.

Musitó una excusa cualquiera y se zafó de ellos, arrastrando su baúl escaleras arriba hasta la habitación de Ron. Se sentó en la cama y suspiró profundamente.

Ya había sido suficientemente traumático tener que volver a ver a Ginny, sabiendo que iba a compartir casa con ella durante algunos días (los menos posibles, si estaba en su mano), pero enfrentarse con Fred y George, con los que siempre se había llevado tan bien... Pese a que sabía que hacían todo aquello por su hermana, la escena había sido desagradable, y no estaba de humor para soportar muchas más como aquella. Si por él fuera, se quedaría encerrado en la habitación de Ron todo el tiempo que permaneciese en casa de los Weasley. Pero no se engañaba a sí mismo: tendría que salir a cenar aquella noche, y tendría que asistir a la boda al día siguiente...

En ese momento, Ron entró en la habitación. Lo miró un instante, y fue a sentarse a su lado sobre la colcha de color naranja. Ambos permanecieron en silencio durante lo que parecieron horas.

- Siento lo de esos idiotas - dijo Ron al fin. Harry hizo un gesto evasivo con la mano -. No, en serio - insistió Ron -. No tenían ningún derecho a echarte nada en cara. Ya has oído a Ginny...

Se detuvo abruptamente al ver la expresión del rostro de Harry, y no dijo nada más, algo por lo que Harry se sintió agradecido. No se sentía con ánimos para volver a hablar otra vez de lo mismo. Ron pareció comprenderlo, porque le dio una palmada en el hombro, se levantó y dijo: - Tómate tu tiempo para deshacer el equipaje, tío. Lo de abajo es una locura, nadie te echará de menos hasta la cena.

Y volvió a salir de la habitación, cerrando suavemente la puerta detrás de sí.