Esa mañana, Hermione trataba de dormir sin sentirse incómoda. Una intrusa en un hogar que no conocía. En un lugar sucio y polvoriento, que Severus Snape llamaba hogar. Trató de apartar los sueños negativos de su cabeza, pero era una tarea imposible.
Pero durmió. O dormía. Y mientras dormía, alguien la miraba. Esperaba que despertara, pero ya era tarde para desayunar. Así que lo mejor era ayudarle con ello. Con que despertara.
Colocó la bandeja con el desayuno y al sentir el movimiento, Hermione despertó sobresaltada. Al despertar, se dio cuenta de que se trataba de él. Tenía una bandeja con lo que parería ser el desayuno. Lo dejó sobre sus piernas y alzó una de sus manos. Temblaba, parecía no saber qué hacía. La dejó a un lado de su rostro, lo acarició suavemente, apartando el cabello que impedía su movilidad.
— Buen provecho. Tengo cosas que atender. ¿Puede esperar aquí?
Hermione asintió y él se apartó de la cama, con una sonrisa. Había estado mirándola, mientras dormía. Nunca había sentido que algo tan prosaico como el acto de dormir, el hábito, atraería tanto su atención. Como en ese momento.
Ella admiró el desayuno. Muy elaborado, muy impropio de alguien como Snape. No podía mentir, tenía mucho apetito, esa mañana. Pensar tanto, comenzaba a desgastar sus energías. Huevos de una forma que jamás había probado. Y un delicioso tocino. Pedazos de pan.
El terminar, fue anhelando volver a comenzar. Había estado exquisito. No conocía que Snape tuviera dotes en la cocina. Ni mucho menos.
Se levantó de la cama y bajó las escaleras de la habitación, con mucho cuidado. El enorme librero, estaba abierto y al salir, se asombró de la vista.
Todo estaba muy cambiado. Ya no era la sombra de lo que antes había sido. Todo estaba limpio, en su sitio. Los muebles tenían un tapizado nuevo. Los libros estaban organizados, desempolvados. La cocina brillaba, relucía en limpio. Tenía todas sus piezas. Las gavetas y los aparadores tenían todas sus asas y estaban en su lugar. La cocina lucía estupendamente.
Las paredes también. Todo el lugar. Era como si su mirada y gestos, hubiesen dado pie para que Snape hiciera un gran trabajo de limpieza. Ni siquiera quería pensar en cómo lo había hecho. No se lo había pedido y ahora vivía prácticamente; en un palacio.
Caminó hasta el librero y sustrajo uno de los libros. No le parecía apropiado, tomar algo sin permiso, pero estaba aburrida. No quería perderse en divagaciones sobre el repentino comportamiento de su ex profesor. Y ahora, el pretendiente que acabaría con la guerra en aquella mitad del mundo.
Mientras estaba sentada en el "nuevo sofá", sin poder creer que hacía pocas horas, era un viejo mueble con raspaduras y la tela descocida, escuchó que la puerta se abría lentamente. Sintió miedo. Snape no le había dicho a dónde iba. Y tampoco parecía estar dentro. Sobretodo; porque no le gustaba el hecho de estar sola, en un lugar que no conocía en lo absoluto.
Se levantó y tomando su varita, que se había caído tras uno de los cojines del sofá, se levantó y apuntó en dirección a la puerta.
Pero se trataba de él y traía algo entre sus manos. Era lo que parecía ser un enorme paquete. Parecía un vestido.
— ¿Qué...?— dijo él, sobresaltado. Estaba desarmado y Hermione le apuntaba con una varita. ¿Qué podía hacer?
Hermione negó con la cabeza y bajó la varita lentamente. Miró el libro que había sacado del librero y se encogió de hombros.
— Estaba aburrida. Lamento si tomé sus cosas sin permiso. La casa ha quedado maravillosa, pero no me malinterprete. No quería obligarlo a nada de estas cosas.
Severus colgó el largo vestido en una de las alacenas y miró a Hermione, sin entender el concepto. No esperaba una respuesta como esa, pero lo podía entender en cierta forma.
— No malinterpreté...solo quise darle un aspecto más "hogareño" a este lugar. No tenía motivos para estar aquí, pero ahora...ahora lo hago por usted. Porque vivir en un lugar tan desaliñado, nunca fue sano.
Hermione asintió. Le daba la razón. Todo era mucho más cómodo. Mucho más adsequible. Ya no temía tocar las cosas.
— Hizo un gran trabajo, señor. Debió tomarle mucho.
— No si tienes ayudantes. Elfos. Se los pedí para usted y ellos amablemente aceptaron ayudarme.
Hermione alzó la cabeza hacia el vestido que reposaba en la alacena. ¿Era para ella?
— Es para usted. Mi madre una vez dijo que si había algo especial que regalar a una mujer, aparte de flores y joyas, era un poco de ropa. Por supuesto. El amor también podría serlo.
Lo podría ser, pero no en ese momento.
— Y...¿lo compró?
— No. Mi madre.
¿Su madre?
