Capítulo 4 - Recuerdos
Los recuerdos de la infancia de Videl nunca fueron gratos. En las calles de aquel barrio sucio de calles angostas y maltratadas casas minúsculas, la mayoría de las personas conocían a la chica de las coletas. Todos los días después de la escuela, a la que se negaba por voluntad propia a dejar de asistir, Videl buscaba las calles más transitadas y se dedicaba a pedir dinero a las parejas con cara amable. Por experiencias anteriores evitaba a los hombres solos y de miradas turbias
Casi siempre alguna de las personas a las que se acercaba le entregaban una o dos monedas, por lo general las chicas con maquillaje impecable y ropas femeninas eran las mas consideradas con ella después de ver su maltratadas prendas viejas. También había ocasiones en que algunas mujeres, madres, creía identificar Videl por la mirada de preocupación, intentaban ayudarla. Se ponían sobre sus rodillas y empezaban a sonreír y hacerle preguntas. Con los años aprendió a alejarse rápido de ellas, a insistir en que le dieran una moneda pero a no esperar a cuando llamaban a la policía.
Así desde pequeña y más después de que su madre se fuera, Videl aprendió a conseguir dinero para la bebida de su padre. El mismo que se tambaleaba de un trabajo a otro y que jamás llevaba comida a casa. Sabía que si cumplía con su parte sería recibida a golpes, insultada a gritos y al final lanzada fuera de casa.
Los días calurosos de la vacaciones eran los peores para ella, en esos días no podía escapar a la escuela donde aprendía cosas y fingía ser normal. Cada mañana de esos días era levantada temprano por su padre, quien nunca dejaba de oler a alcohol, y que no dejaba de gritar hasta que la veía salir a la calle, sin siquiera dejar que tomara un bocado de lo que fuera que quedaba en la vacía alacena. Hubo ocasiones, en que tanta era la urgencia de su padre por deshacerse de ella que la ponía fuera sin mas ropa que la vieja camiseta que usaba para dormir. Otras veces la cargaba hasta la calle, la bajaba sin cuidado y cerraba la puerta. Con los pies descalzos, Videl caminaba sobre el pavimento que empezaba a calentarse y las amenazas ya sabidas de no dejarla entrar si volvía sin el dinero.
No había nada de lo que pudiera hablar con añoranza, ningún recuerdo feliz que anhelaba repetir. La única cosa que perdió en ese tiempo y que de verdad extrañaba era aquel chiquillo, su único amigo.
En un día sin escuela, cuando la encargada de la tienda ya no la dejó pedir la botella de su padre fiada. La señora ya le había dicho que se podía meter en problemas si la veían vender alcohol a una menor. Que sería mejor que su padre fuera el mismo por el licor de ahora en adelante. A Videl no le pareció tan mala idea después de todo solo eran un par de cuadras, no obstante apenas término de contarle su padre la abofeteó con fuerza.
—¡Entonces deberías de haberla robado! —gritó refiriéndose a su querido licor.
Y con la mano en alto se disponían a asestar otro golpe sobre el rostro de su hija, que asustada intentaba aflojar el agarre de su ebrio padre. Sin otra opción Videl había mordido la mano que la sujetaba por la camisa y corrido de nuevo al calor de las calles desiertas, con los gritos de su padre por fondo y las amenazas de matarla si llegaba a encontrarla.
Videl recordaba la sangre saliendo de su labio herido y sus pensamientos sobre que podía hacer hasta que su padre cayera dormido y pudiera regresar a la casa. No tenía miedo de las amenazas pues apenas volvía a estar sobrio y olvidaba todo lo que decía. Su mayor interés en ese momento era encontrar un lugar tranquilo para descansar unas horas, o eso creía cuando vagando por los callejones del lugar escuchó golpes que salían del interior de uno de los patios vecinos.
El cerco de ladrillo no era muy alto y Videl sabía que lo podía saltar con facilidad, sin embargo lo que había más allá del lindero, desaparecía en la sobra del edificio de al lado dando un tinte peligroso y de temer. Claro que a esa edad Videl se creía lo suficiente valiente para hacer cualquier cosa y si tomaba en cuenta que no tenía nada mejor que hacer... las razones para alejarse desaparecieron y saltó la pared.
Del otro lado encontró una vieja bodega, no muy grande y con el cerrojo puesto por fuera. Los golpes ya no se oían y tampoco veía a nadie por ahí cerca así que sin vergüenza se adentró hasta pegar la oreja sobre la puerta, si no se equivocaba el ruido había salido de ahí dentro, estaba casi segura.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó a la puerta.
Después de esperar una respuesta que no llegaría, Videl se sintió una completa tonta por haber llegado hasta ahí siguiendo unos ruidos cualquiera. El silencio de alrededor la envalentonó a explorar un poco mas y curiosa abrió el cerrojo oxidado.
La luz del atardecer entró con ella, dejándola ver un cuerpo pequeño tendido sobre el polvoroso piso. Asustada cayó hacia atrás cuando un quejido escapó del niño tirado dentro. Al menos no estaba muerto, pensó Videl con alivio.
Otro sollozo del desconocido la devolvió a la realidad, y asustada entendió lo grave de la situación. ¿Cuánto tiempo llevaba ese niño ahí encerrado? Debía de pedir ayuda pero ¿A quién si no había nadie cerca? ¿Y porqué estaba temblando tanto? ¿Alguien le había hecho daño? Con cuidado Videl giró la cabeza de pelo negro y pudo ver que en efecto, el chiquillo no estaba nada bien. Tenía el rostro lleno de lágrimas, la boca abierta y de esta, y de la nariz escurría un líquido trasparente como el agua. Estaba en algún estado de shock grave y ella como idiota solo lo estaban viendo. Con cuidado sujetó los hombros del otro para sacarlo de esa bodega, pero apenas trató de levantarse cayó junto a el. Entre dientes susurro una maldición, en esos momentos odiaba ser una chica ¿Por qué los chicos tenían que ser tan grandes y pesados?
En su lugar desde el piso, Videl sentía al chico temblar. Una idea pasó por su mente, ¿Y sí el chico solo estaba asustado, como ella cuando era pequeña y sus padres empezaban a pelear? Apretando su abrazo, acercándose a su oído, Videl susurro las palabras que le decía su madre cuando la encontraba temblando.
—Tranquilo, todo esta bien.
Meciéndose junto a el chiquillo entre sus piernas. Videl no dejó de repetir aquella frase durante un largo rato.
Cuando el niño dejó de temblar, despegó el rostro de su camisa hasta encontrar sus ojos negros con los azules de ella...
